El primer Nacimiento
Fue San Francisco quien levantó el primer belén en la cueva de Grecho, y sobre ese asunto se desenvuelve este cuadro escénico por si se quiere representaren la Nochebuena antes de la misa solemne de esa noche sagrada.

CUADRO PRIMERO
Sala espaciosa, en cuyo fondo está levantado el belén oculto por una cortina hasta el momento de la última escena en que será expuesto.
Primero la abuelita y luego sus nietecitos, que llegarán a escena.
Abuelita.— (Sola.) Cuántos recuerdos deliciosos y alegres guardo esta noche en mi corazón: reuniones de familia, conjunto y algaradas de los niños, regocijos y cantos de villancicos junto al belén... Pero ya llega mi parvada de nietecitos. ¿Será esta la última vez que paso en la tierra esta fiesta, para mí tan feliz, de Nochebuena?... Pero lo que es ahora voy a dejarles a mis nenas el recuerdo más imborrable de esta noche de gloria... La fiesta va a tener una escena real, con representación de los personajes que actuaron en el primer belén del gran P. San Francisco. Mas ya llegan...
(Entran con alboroto Sofía, Carmen, Maruja, Pepín y otros.)
Sofía. — Abuelita, ya estamos aquí.
Carmen. — Y con panderetas y castañuelas. Todos. — Buenas noches, abuelita.
Abuela. — Bienvenido sea mi ejército de nietos y nietas. ¿Venís gustosos a celebrar la Nochebuena?
Maruja. — Que me lo digan a mí (Sonando la pandereta.) si vendré con gusto.
Pepín. — Pues yo no me quedo atrás. (Repicando castañuelas.)
Teresín.— Ya verás, abuelita, qué bien lo pasamos.
Abuela. — Desde la edad de vosotros ha sido para mí siempre la noche más feliz.
Sofía.—¿Pero vamos ya, abuelita, al Nacimiento? Yo quiero colocar las palomitas de papel y la escarcha de brea.
Carmen. — Sí, abuelita, yo voy a poner mis estrellas brillantes.
Maruja. — Y yo mis vestidos nuevos a los pastores.
Teresín. —Y yo las campanitas de plata y los faroles de colores.
Pepín. — Y yo mis caramelos para el Niño.
Abuela. — Sí, sí; ahora iremos; pero antes habéis de contestar a una pregunta.
Todos. — Sí, sí, yo, yo, yo...
Abuela. — A ver quién lo acierta. ¿Quién fue el que inventó los nacimientos o belenes?
Sofía. — El señor San José...
Carmen. — Los pastorcitos...
Maruja. — El sacristán de la parroquia...
Pepín. — El buey y la borrica...
Abuela. — Por Dios, nenes, no dais en el clavo...
Socorro. — Pues, abuelita, díganoslo usted.
Abuela. —Callad. Antes de terminar el arreglo de nuestro Nacimiento y cantarle al Niño, antes de irnos a la misa del Gallo, os contaré una preciosa historia.
Todos. — Sí, sí, que sea bonita.
Abuela. — Pero silencio, y todos sentaditos y quietecitos a mi alrededor.
Sofía. — Yo junto a la abuela.
Carmen. —Yo aquí. (Poniéndose de frente.)
Maruja. — Abuelita, espere que voy a por papel para apuntarla.
Abuela.—No hace falta, que ya la verás escrita cuando sepáis leer bien en la revista de San Antonio, que ahora quiero contarla yo como último recuerdo de vuestra abuelita.
Esto ocurrió hará ya unos setecientos años.
Todos. — ¡Atiza! ¡Ah cuánto tiempo!
Abuela. — Vivía entonces en aquella nación donde está el Papa un santo famosísimo, alegre y muy querido de la gente, que por donde pasaba pasaba haciendo bien.
Carmen. — Sería San Francisco, ¿verdad, abuelita?
Abuela. — Sí, precisamente él era; y siendo un muchacho rico se hizo pobre por amor al Niño Jesús, que también quiso ser pobre por amor a los hombres; y eran tan amigos Jesús y Francisco, que quiso Dios que fueran muy iguales desde el nacer hasta el morir que por eso Cristo le imprimió sus llagas, y de tal modo que parecía otro Cristo.
Maruja. — ¡Ay qué lindo!
Abuela. — Y como Cristo Jesús murió en la cruz por amor a los hombres y en la cruz clavado decía que tenía sed de almas, Francisco se dio a correr el mundo para buscar las almas y llevárselas, a Cristo; y predicaba con tanto amor para salvar las almas, que él mismo decía que Cristo le había puesto en una hoguera de amor, y así se derretía su corazón en amor: amor a Dios, amor a los hombres y hasta un tierno amor a todas las criaturas como hijitas de Dios. Amaba a las flores, a las aves y a todos los seres.
Sofía. — Sí, abuelita, yo me acuerdo que un día me contabas que San Francisco predicaba a los pajaritos y ellos le estaban escuchando quietecitos.
Carmen. — Y también hasta un lobo feroz lo convirtió en manso cordero.
Abuela. — Por esto también quiso convertir a los fieros moros, y logró predicarle al Sultán y a los turcos en Palestina; y el Sultán, que era el rey, le dejó visitar los Santos Lugares y entrar en la cuevecita de Belén. Allí, hijitos míos, allí se le derretía el corazón pensando en aquel amor tan grande que le hizo bajar del cielo para venir a nacer como un pobre niño en aquella helada cueva, y entre pajas, aquella primera Nochebuena. Meditó allí el P. San Francisco en ese amor tan grande de Jesús, mojó aquellas peñas con sus lágrimas y besó aquella tierra dichosa. Ya de regreso- no podía olvidar aquel recuerdo, no se le borraba de su imaginación aquel pesebre y...
Maruja. — ¿Se paró a dibujar, abuelita, para hacer otro igual?
Abuela. — No, que ya lo llevaba dibujado en su corazón. Y cuando llegó a su convento de Italia ya tenía resuelta otra cosa...
Socorro. — ¿Qué cosa era, abuelita?
Abuela. — Pronto lo sabréis. Ahora vamos a terminar los adornos del Nacimiento y luego tendréis una sorpresa.
(Se levantan todos con la abuelita cantando un villancico y sonando las panderetas y castañuelas y se retiran. Ya sola la escena, se deja caer un telón de fondo ya preparado que representa un salón del convento.)

CUADRO SEGUNDO
Escena primera
Momentos después sale San Francisco ensimismado en la idea que le preocupa y va hablando solo.
Francisco.—¡Belén! Sagrada cueva; tu recuerdo está grabado en mi corazón. ¡El Hijo de Dios en una pobre cueva, tiritando de frío y envuelto entre pajas! Todo por amor al hombre, y los hombres no reconocen tan grande amor. ¡Belén!... Sí... El Amor no es amado. El Amor no es amado. Sí; mi deseo, mi plan, es reproducir esa escena de Belén, mostrar al divino Niño nacido en una cueva para que los hombres se den cuenta de su divino amor, que el Amor no es amado... ¡En Grecho! el buen amigo Juan ama a Dios y atenderá a mis ruegos. Le espero con ansia, porque el amor al divino Niño me derrite el alma... ¿Vendrá ya Fr. León, la ovejita de Dios? ¡Oh, sí, ya oigo sus pasos! (Pone atención. Momentos después llega Fr. León, se arrodilla ante Francisco y besa su mano.)
Francisco. — Levántate, ovejita de Dios. (Se levanta.) ¿Qué dice el piadoso amigo y hermano Juan? ¿Le has manifestado bien mis deseos?
Fr. León. — Sí, Padre; el hermano Juan contentísimo de darte gusto, y pronto va a llegar para ponerse a tus órdenes.
Francisco. —¡Loado sea Dios. Con esta seguridad podemos ya prevenir a todos los moradores de Grecho para que en esa noche no falte nadie a la cueva para adorar al divino Niño. Irán los Hermanos a recorrer estos montes y valles anunciando, como los ángeles, la buena nueva. (A Fr. León.) Tú entiéndete con ellos y luego espera la llegada del Señor y dueño de estas tierras. La paz sea contigo, ovejita de Dios.
(Se va Francisco y queda en escena fray León; luego llegan Fr. Gil, Fr. Junípero y Fr. Silvestre.)
Escena II
Fr. León primero, y luego Fr. Gil, Fr. Junípero y Fr. Silvestre.
Fr. León. — (Solo.) ¿Y qué cosas pensará realizar Francisco por esos montes? El no piensa ni habla de otra cosa que de Belén, del Nacimiento, de la misa del Gallo y convertir estos montes en un cielo; que todos vengan a adorar al Niño Dios, que nació en una cueva. Pero ya se oyen venir los Hermanos, a quienes ha encargado a cada uno una misión... Veremos... (Llegan en grupo Fr. Gil, Fr. Junípero y Fr. Silvestre.)
Fr. Gil. — (A Fr. León.) La paz de Dios, Hermano. ¿Qué misión es la tuya?
Fr. León.—Mi misión es esperar.
Fr. Junípero. — No está mal pero de esperar poco se adelanta.
Fr. León. — Es que mi esperanza lleva la resolución de todo lo que ha de hacerse.
Fr. Junípero. — Pues no te entiendo.
Fr. León. — Y la cosa es muy clara. Espero al Señor de estos montes, al buen amigo Juan Velita, que viene a dar conformidad a todo lo que Francisco se propone realizar; y corre prisa, porque la Nochebuena está cerca.
Fr. Gil. — En verdad, y nuestra misión es dar aviso a las gentes para que estén prevenidos. Mi misión es a Fonte-Colombo y anunciarles la buena nueva de este primer recuerdo del Nacimiento que ha de realizarse en este monte, tal como ocurrió en Belén, y no me detengo.
Fr. Junípero. — Espera, H. Gil, que también he de recorrer yo estos montes y he de remover hasta las piedras para que todos vengan y adoren al Niño Jesús. Con seguridad que Francisco ha de esperar hasta las avecillas del bosque para que con sus cantos alegren al Niño Dios; y las águilas, y los aleones, y las fieras se han de regocijar en esa noche por el nacimiento del Niño; y hasta las flores se desprenderán de su tallo para adornar el altar; y todas las criaturas cantarán la gloria de Dios, y yo lo he de remover todo.
Fr. Silvestre. — Pues al campo y no perdamos tiempo; mi misión es hablarles y enfervorizar a los moradores de Grecho para que hagan honor a tan nuevo y grato acontecimiento. Así que la paz de Dios sea con vosotros.
Todos. — Sí, vamos con la paz de Dios.
(Se van todos y Fr. León también se mete en el convento.)
Escena III
Un labriego o siervo del señor Juan viene a dar aviso. El labriego llega y da golpes a la puerta: tan... tan... Llegan luego Juan y Francisco.
Fr. León.— (Saliendo.) ¿Qué buscas, buen amigo; qué prisa llevas?
Labriego. — No la llevo yo, la prisa es del señor Juan Velita, que acaba de llegar con prisa, devorando las leguas del camino con su valiente caballo, espoleado por el ansia de su dueño de llegar pronto subiendo lomas y bajando cuestas; pasando sobre el cristal de un arroyo congelado, y sobre campos que blanqueaban, cubiertos con un manto de nieve; porque es duro el invierno y sopla un viento frío y cortante que hasta hiela los huesos, aunque el caballero don Juan parecía no hacer caso, pensando en el gusto de hablar con e¡buen santo Francisco y ver qué le iría a decir y en qué podría servirle.
Fr. León. — Pero ¿ha llegado ya el buen caballero don Juan?
Labriego. — Sí, ya bajó del caballo, que deja amarrado al tronco de un árbol, y al momento va a subir.
Fr. León. — Pues ve y dile que ya tiene la puerta abierta de par en par. (Se va el labriego y al momento. llega el caballero don Juan.)
Fr. León. —La paz sea con vos, buen caballero. Pase y descanse al calor del hermano fuego de esta chimenea que está al lado; caliéntese un poco, que viene aterido de frío. Voy yo mientras tanto a avisar a nuestro buen P. Francisco, que está aquí.
(En ese momento llega San Francisco.)
Francisco. — (Al llegar.) La paz sea contigo, hermano Juan Velita. (Le dice abrazándole.)
El caballero se pone de rodillas y besa reverente el hábito del Santo. Francisco le hace levantar y le dice:
Te he llamado, buen amigo Juan y buen hermano, porque traigo aquí en el alma una cosa que ya no puedo soportar. Hace poco he vuelto de Tierra Santa, donde he tenido la gran dicha de visitar los Santos Lugares. Puse mis pies en los mismos lugares donde puso sus plantas Jesucristo bendito; me metí en la cueva, ¡cueva santificada!, donde en un pobre pesebre, adornado con heladas pajas, vino al mundo nuestro Redentor. Lloré allí mucho, hermano Juan, porque, sí, porque el Amor no es amado. Desde entonces traigo siempre en mi memoria el recuerdo de ese pesebre bendito, y quisiera..., quisiera..., sí, que hiciéramos una cosa, hermano Juan.
Juan.— ¿Qué cosa quisieras, P. Francisco? No te detengas. Si necesitas dinero te doy todo el que gustes. Mi casa es tuya, mi vida está a tus órdenes, mi persona te pertenece. Habla, P. Francisco.
Francisco. — Ya te acordarás que té tengo prometido enviar algunos frailes a que habiten en el eremitorio que nos has hecho en el monte de Grecho, que también nos regalaste por amor de Dios, Pues bien, como estreno de ese nuevo convento quiero ir yo mismo a Grecho para celebrar allí el Nacimiento de nuestro Niño Dios.
Juan. — ¿De modo que vas a venir con nosotros a celebrar la Nochebuena, P. Francisco? Eso me hace brincar de alegría el corazón.
Francisco. — Ya mí la alegría inmensa de poder realizar mi grande ilusión. Pues vete y fíjate bien en lo que te voy a decir. ¿Te acuerdas que en el monte hay una cueva honda y silenciosa? Tienes que preparar allí un pesebre, colocar abundante paja de la mejor que haya. A ver cómo haces para subir hasta allí un buey y una borrica para ponerlos a los lados del pesebre, según es fama que estuvieron en la cueva de Belén calentando al Niño Dios. Llevarás también los corderitos más blancos que encuentres. Adornarás con heno y forrarás de estrellas las peñas desnudas, colocarás cortinas de flor de peña y perfumarás con aromas de pino oloroso la cueva fría. Prepararás ramajes y trozos de leña para que todo brille con fulgores de cielo, como brilló la noche bendita y sacrosanta en que vino al mundo mi Señor Jesucristo.
Juan. — Todo eso, Padre mío, estará prevenido prontamente junto a la cueva para gloria del Niño Dios.
Francisco.—Todos mis frailes y yo con ellos, cuando se acerque la fecha, estaremos en la tarea de arreglar y disponer las cosas para que resulte un verdadero Belén; y mandaré dos de mis frailes la víspera llevando lo necesario para la celebración de la Santa Misa. Y yo, con el favor de Dios, estaré en Grecho al caer de la tarde, antes de Nochebuena, y subiremos tú y yo, y con todos nuestros hermanos y amigos de la aldea y de toda la vecindad para la fiesta. Y no dudo, porque me lo dice el corazón, el mismo Niño Jesús en persona no dejará de mostrarse realmente con el gozo de repetir el grande acontecimiento realizado aquella noche sagrada en la cueva de Belén. Y toda la cristiandad se hará eco de esta reproducción del Nacimiento para repetirla en todas partes, para gloria y recuerdo de aquella sagrada noche, en la que tanta paz y gracia repartió el cielo sobre la tierra para bien de los hombres de buena voluntad.
Juan. — Rogad así por mí, P. Francisco, para que esa gracia y esa paz que trajo el divino Niño al mundo llene mi alma y me otorgue la eterna felicidad.
Francisco. —Tened por segura esa digna recompensa y marcha con la bendición de Dios.
(Se arrodilla Juan mientras Francisco le bendice y luego lo levanta y abraza y salen con él Francisco y Fr. León y cae el telón.)

CUADRO TERCERO
Escena primera
La misma decoración del primer cuadro. Salen la abuelita doña Eufrasia con Aurora Linda, que vienen de ver el Belén que preparan las niñas.
Abuela.—Ya ves, hija, se hace lo que se; puede para dar a los niños una impresión agradable de la Nochebuena, para que se perpetúe en la familia el recuerdo de Belén con esas tiernas representaciones del Nacimiento que tuvo la feliz idea San Francisco de dar a la cristiandad ese medio de representar los nacimientos de un modo plástico que' da un recuerdo imborrable a los niños.
Aurora. — Por eso es muy oportuna la idea de poner a San Francisco presente como principal personaje.
Abuela. — Por eso mismo tengo esa costumbre de ponerlo.
Aurora. — Bien, doña Eufrasia, he gozado mucho de ver su lindo belén y no faltaremos a la misa del Gallo.
Abuela. — Adiós, hija. (Se abrazan y besan y se va Aurora. En ese momento se oye el alboroto de los niños que llegan.)
Escena II
Dª Eufrasia. — (Sola oyendo a los niños.) Dichosa niñez, que no les perturba las calamidades de la vida; para ellos, para los niños, es la verdadera paz que trajo el buen Jesús de Belén; quiera Dios que nos dé a gozar de esa paz en esta sagrada noche de Navidad el buen Jesús. Pero ya llegan con su alboroto y alegría.
Una. —Abuelita, ¿estás contenta?
Maruja. — ¿Verdad que está muy lindo el Belén?
Sofía. — ¿No has visto el Niño? ¿Verdad que parece que se está riendo?
Carmen. — Claro, le hemos puesto un colchoncito de plumas.
Pepín. —¿Y los corderitos blancos que le he traído yo?
Abuela. — Sí, hijitos, el Niño está muy lindo y es preciso que se alegre. Todo está muy bien, como hecho por vosotros.
Teresín. — Venga, abuelita, corra la cortina y que se vea; verás como parece un cielo. Yo tengo ganas de cantarle al Niño.
Todas. — Sí, sí. Cantémosle «Pastores a Belén».
Abuela. — Bien, ahora, cuando vengan.
Maruja. — Si cuando vengan se querrán ir a la misa. Ahora.
Otras. — Ahora, ahora.
(La abuela corre la cortina en el momento en que entran los familiares. Aparece el belén.)
Todos. — ¡Oh, qué bonito! ¡Qué lindo! ¡Cuánta luz!
Una. — Mirad cómo se ríe el Niño y su Madre.
Todos. — Cantemos. Cantemos.
(Cantan un villancico y se entretienen unos momentos. Al callar dice la abuelita.) Abuela. —- Bien, niños. Ahora quietecitos, a callar y arreglaros para ir a la misa del Gallo, que allí el Niño Jesús nos espera. (Salen y cae el telón.)
Escena III
Alrededores de la cueva en el telón de fondo, con trozos de monte y camino con un rellano. Llegan los pastores Silvio y Antón.
Silvio. — Créeme, Antón, no sé qué decirme; ese buen P. Francisco está hecho como un loquillo arreglando la cueva: tan pronto le canta al Niño como le baila.
Antón. — No sé qué pasará esta noche. Ya has visto; por todas partes el monte parece que está ardiendo, por todas partes fogatas que elevan al cielo sus llamas, y todo brilla con fulgores del cielo; y dentro de la cueva multitud de candilejas que dan la impresión de un cielo estrellado; y aquel pesebre, y el buey, y el jumento, y corderitos blancos, y mil cosas que no sabe uno si aquello es la cueva de Grecho o es un mercado a plena luz.
Silvio. — Pues no digas si hay gente; por todas las veredas cuesta arriba del monte de Grecho, hormigueros de gentes llevando mechones encendidos. Parecía una gigante culebra de luz que se arrastraba serpenteando. ¿Dónde van a caber?
Antón. — ¿Y cuándo se ha visto cantar la misa del Gallo en una cueva?
Silvio. — Menos mal que hay más luz y esplendor que puede haberlo en cualquier iglesia. En fin, esto no se ha visto jamás. Esto no lo promueve nadie si no es un santo como lo es el P. Francisco.
Antón. — Y que lo digas. Ese hombre es un gran santo y Dios sabe lo que nos hará ver esta noche.
(Llega Jacobin, hijo del pastor Antón.)
Jacobín. — Padre, buscándole estoy hace gran rato. Vámonos a prisa, que ya está lleno hasta el monte. Ya ha llegado el señor don Juan Velita con P. Francisco y los frailes, y la cueva brilla como una arena de oro; la gente reza y los frailes cantan, y ya va a empezar la misa.
Antón. — Hijo, pues vamos. No hay que perder este espectáculo de' gloria nunca visto.
Silvio. — Sí, vamos, que esto será como entrar en el cielo.
(Se van los pastores y momentos después sale a escena el cronista, que recita o lee el resumen.)
Epílogo
Cronista.— Señores: todas las obras grandes tienen su epílogo, que es como el resumen del fruto de la obra. La obra es el primer Nacimiento o belén plástico realizado en la cueva de Grecho por el glorioso P. San Francisco en la media noche del día de Navidad del año 1223, tres años antes que muriera San Francisco. La noche aquella fue maravillosa, como nunca se había ofrecido a la cristiandad otra igual. Lo más grandioso es que, como refiere la historia, se celebró la Santa Misa de tres Padres, siendo el diácono San Francisco, que al Evangelio predicó fervorosamente, relamiéndose los labios al pronunciar el nombre de Belén. Y a la hora de la consagración se vio allí sobre las frías pajas del pesebre al buen Jesús, escapándose de la Hostia consagrada, mostrándose lleno de vida en el pesebre el Niño Dios tiritando de frío, sonrosado, sonriente, que tendía los brazos a San Francisco, y el Santo enardecido de amor lo tomó en sus brazos para que fuera adorado por todos y recibieran la gracia, la paz y la bendición del dulcísimo Niño Jesús. Esta es la mayor maravilla de aquella santa Nochebuena; y el fruto es esta invención de los belenes de Navidad que repercutió en toda la cristiandad, que aceptó y perdura fresca y como reciente en todas las almas, dando a sus moradas los goces inefables que trajo Jesús a la tierra la noche feliz de su nacimiento en Belén.

