Los unos y los otros
Acerca del hombre
«El hombre es un enigma extraño.» Esto lo dijo alguien de quien no me quiero acordar.
Pudo opinar así si intentó trazar el origen del hombre y perfilar su fin a pulso, sin el auxilio indispensable del cartabón de la divinidad.
No sólo es entonces un enigma el hombre, sino que su dominadora realidad es tan insoportable como la brizna que se ha introducido en el ojo. Todas cuantas frases se ajusten a su entorno para substanciarlo en aspectos ideales quedarán insuficientes, raquíticas, inadecuadas, si no se les da la elasticidad verdadera de la presencia de Dios.
La preocupación más grave que pesa sobre el hombre es su origen y su fin. Estos dos extremos que unen la parábola de su vida —el crecimiento y decrepitud— están inmersos en un pasado y un futuro inaccesibles y difíciles, cuando sólo se poseen las luces de la razón, interferida por tantos prejuicios.
Teorías que responden a su modo de estas dos realidades del origen y fin del hombre abundan muchas en las obras de los filósofos.
La apreciación sobre el hombre que se pudiera llamar inamovible, justipreciativa, porque se adapta al entorno humano y clarifica los enigmas acerca del origen y fin del hombre, es la que señala al hombre como esfinge de Dios.
A esfinge sólo le concedemos el significado de figura corpórea, que recoge dos aspectos: el que refleja un parecido al de Dios —como dice la Escritura— y el que supone tal calidad en el hombre, que sólo a Dios hay que atribuirle plenamente la realización.
Si como frase parece poco, como realidad no puede ser mejor.
Junto a la citada anteriormente, se pueden elaborar otras apreciaciones que recuerdan a la mencionada en sus partes o van entresacando aptitudes, gustos del hombre. Todas aceptables, o menos que medianas, en cuanto rechacen o supongan la trascendencia, como obra de Dios.
«¡Cuán diverso es el hombre del hombre!», Shakespeare. ¿Será esto por aquello de que cada hombre es un mundo? Esto último es del dominio y expresión del público, y que por lo mismo no se le puede poner grandes reparos.
«El hombre vale tanto cuanto él se estima.» Para darle el visto bueno a esta «(estimación» sería muy interesante saber el momento espiritual o, mejor, psíquico que vivía Rabelais. Pudo ser la desazón pesimista o el victorioso optimismo; mas de cualquier forma no han de ser nunca los inspiradores de la mesura y de la circunspección. ¿¡Me querrá decir que si yo me estimo prudente es porque soy prudente?; ¡ah!, amigo Rabelais, ¿no sabe usted que uno nunca puede ser juez de su persona ni de su obra? Si no hubiera el vaho del amor propio sobre la conciencia tal vez usted tuviera razón.
La afirmación simplista y exigua del hombre visto por una piedra: El artilugio que se pone en movimiento.
La de cualquier animal sobre el hombre: El dueño de cuantos seres hay en la creación.
La de un santo que señala a los que no son de su grupo: El ser que quisiera ser Dios.
Le cuadraría a un científico que dijera: El complemento de la naturaleza.
Al sabio de verdad: El ser que no sabe cuando se cree que sabe.
Un filósofo existencialista: El hombre es una pasión inútil.
Un filósofo cualquiera: El que busca la felicidad aun cuando no sabe lo que es.
A muchos se les podría colocar el epitafio: El personaje que le sobresalta la muerte y la quisiera, o antes, o después.
La de un buen cristiano: El ser que reconoce los atributos divinos.
¿Para quién colocaríamos esta lindeza?: El único animal que se disgusta de sí mismo.
Y créanme que yo me he reservado aquella: El hombre, cuando es cristiano, es hijo de Dios.
Ninguna como esta.
La incredulidad
II. En los cultivadores de la Filosofía
«No hay absurdo alguno que no haya sido defendido por algún filósofo», dijo Cicerón. Y esta afirmación del orador romano es válida para todos los tiempos.
Dios entregó el mundo a las disputas de los hombres, según dice la Sagrada Escritura; pero se reservó para Sí la revelación de las verdades que necesita el hombre para marchar rectamente por el camino de la vida hacia su inmortal destino. Por su orgullo desmedido cae el hombre constantemente en error si quiere recorrer aquél guiado sólo por su razón. Cualquier niño que sepa el Catecismo sabe más y sin error que Platón y Aristóteles, que, no obstante su poderoso talento, ignoraron el destino del hombre y las normas de su vida mortal.
Hoy en día los filósofos que prescinden de la revelación yerran lamentablemente, como erraron los antiguos que la desconocían. Así se ha llegado por algunos, sobre todo en países de ambiente protestante, a presentar una religión sin Dios.
Para ello, o se niega «a Dios completamente, lo que no es corriente —¡dice el Obispo norteamericano Mons. Sheen—, o dejan subsistir la idea de Dios, vaciándola de su contenido tradicional e identificándola con algo tan vago como el nisus (apoyo, esfuerzo) y tan impreciso como una "sociedad divinizada"».
El llamado nominalismo en Filosofía, defendido por Occam y sus seguidores en la Edad Medía, niega que la inteligencia humana pueda percibir la realidad de las cosas, o sea su verdad, pues «la verdad es la realidad», según San Agustín. Y si sólo puede conocer la inteligencia la imagen de las cosas, el conocimiento de éstas será mental en vez de ser real. La inteligencia será, según esto, el centro alrededor del cual gira todo el universo.
Lo mismo en el orden espiritual: si lo divino, lo sobrenatural, la gracia, no alcanza lo natural en su ser íntimo, nada entonces puede haber en lo natural como tal que pueda hacerse agradable a Dios; pero hay mucho en lo sobrenatural que. puede hacerse agradable a lo natural. Estas ideas las aceptó Lutero, el reformador protestante, pues pensaba como su amigo Staupitz «que la gracia por la cual estamos en amistad con Dios no es aquello por lo cual nosotros agradamos a Dios, sino aquello por lo cual Dios nos agrada y se hace agradable a nosotros».
Según esto nosotros no podemos agradar a Dios, pero Dios puede agradarnos, con lo cual, si esto fuera verdadero, el hombre y no Dios sería el centro y objeto de la religión.
Todas estas ideas no aparecieron claramente al principio de la Reforma luterana, pero su germen estaba allí, como hizo notar Staupitz. Germen desarrollado desde entonces hasta la actualidad de tal modo que un cultivador de la Filosofía, el profesor Alexander, ha podido afirmar que el hombre no es solamente el centro de la religión, sino el verdadero creador de Dios. Idea compartida por numerosos seudofilósofos extranjeros, y entre los españoles por Unamuno.
A cualquier espíritu equilibrado parecerá un absurdo esta afirmación de esos modernos sabios. Seguidores de las ideas semejantes a las anteriores, de Kant, para quien la verdad no es la realidad de las cosas, sino el concepto que de ellas nos formamos, habrá tantas verdades como ideas se formen quienes piensen sobre las cosas que examinen. De aquí que la realidad, según ellos, no existe; sólo el pensamiento tiene realidad y es la auténtica verdad. Pero no piensan, como nosotros, que la verdad de los objetos, o sea su realidad, es independiente de que haya o no alguien que piense sobre ellos: el sol, las estrellas, una silla, una mesa, etc., existen realmente, con independencia de que haya o no algún ser inteligente que piense o no en su existencia. Y la verdad objetiva existe al mismo tiempo que la verdad subjetiva.
No crea, pues, el hombre la idea de Dios independientemente de su existencia eterna, que según aquéllas debería empezar con el tiempo, con lo que Dios no sería Dios eterno y omnipotente. Pero prescindiendo de estas razones, podemos aplicar a la cuestión que nos ocupa el método que se emplea mucho en Matemáticas, de reducción al absurdo.
Consiste en hacer resaltar la contradicción que supone el aceptar como verdadera una proposición que está en oposición con otra anteriormente demostrada como tal: se acepta con este objeto provisionalmente como verdadera una proposición. Y poniéndola en contraste con otra demostrada antes como verdadera, es preciso desechar como falsa la que provisionalmente se admitió, que también lo era y que contradice a aquélla. Tal es el caso de las afirmaciones de los seudofilósofos que atrevidamente intentan crear a Dios y realmente le niegan.
El examen de la naturaleza, su hermosura v armonía, la imposibilidad de que el azar, la casualidad, produzcan el orden en tal número de seres y fenómenos naturales como existen y la convicción de que todo efecto requiere una causa, claramente prueban la necesidad de la existencia de Dios, causa y origen de todo cuanto existe. Y si esto es verdadero, las ideas que lo contradigan son falsas.
Hermosamente San Agustín en las Confesiones, buscando a Dios, pregunta a la tierra y a cuantas cosas se contienen en ella si ellas son Dios. Lo mismo hace con el mar y sus abismos y con los animales que en él viven. Y con el aire que respiramos. Pregúntalo también al cielo, sol, luna y las estrellas. Y todas a una le dijeron: «Tampoco somos nosotros ese Dios que buscas.» «Entonces —dice el santo— dije a todas las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi Dios, decidme por lo menos algo de El. Y con una gran voz clamaron todas: El es el que nos ha hecho».
Como ha hecho y redimido, como a nosotros, a esos orgullosos profesores que no creen en El y quieren suplantarle en este mundo que le debe su existencia y conservación.
Arturo Fosar Bayarri
¡Cosas de curas!
En estos tiempos en que el hombre se entrega «de lleno» al conocimiento científico, a los viajes de cultura y placer, a las conferencias sociales y a las charlas instructivas, sólo se queda relegada al olvido «una ciencia», que se le desconoce, que la mayoría de los hombres no le da importancia, y que se cree es patrimonio exclusivo de «los curas, frailes y beatas»: la religión, que «es el conocimiento de la Divinidad y el culto que se le debe junto con la voluntad de cumplir con esta obligación». Atendiendo a la palabra, «es un vínculo que une al hombre con Dios...»
El sabio Quatrefages, en su Introducción al estudio de las razas humanas, pregunta: ¿Qué es el hombre?, y contesta a sí mismo dando la siguiente definición: «Es un ser organizado, dotado de moralidad y religión».
Esta respuesta hace pensar en «el hombre mitad» o la mitad de hombre que llena nuestra sociedad. Su mira se dirige únicamente a adquirir ciertos conocimientos científicos y a tener determinada especialización que le honre con el preciado título de sabio... Su ambición, el hacer viajes a otras patrias; su interés, aprender uno o dos idiomas; su avaricia, ganar buen sueldo, darse a la vida y... nada más. ¡Es la mitad de hombre!
A ese ser organizado le falta la moralidad y la religión... O si tiene parte de moralidad, acomodada a las reglas urbanas, desconoce completamente, por otra parte, la religión.
Es el famoso crítico J. Ernesto Renán quien lanza en rostro a los «irreligiosos» de la actualidad su falsa posición. «Nada más falso —dice él— que el sueño de quienes queriendo concebir a la humanidad perfecta, la imaginan sin religión... Pues cuanta mayor intelectualidad y moralidad reine en la mente y ser del hombre, tanto mayor será su religiosidad.»
«El progreso —asegura el mismo autor— dará por resultado el engrandecimiento de la religión y no tratará de destruirla ni disminuirla.» (Les apostres.)
Bien se deja ver «la esencia» del hombre que rechaza la religión: carencia de verdadera cultura.
El escritor León de Tolstoi escribe lo siguiente, que también es un duro reproche para el «irreligioso»: «Si cruza por tu mente el pensamiento de que los conceptos que tienes formados de Dios no son justos, y que acaso ni siquiera existe Dios, no te desesperes. Todos podemos pasar por tal trance. No creas que tu incredulidad tenga por causa el que Dios no exista.»
Muchos, efectivamente, quisieran arrancar toda idea religiosa de la sociedad, y son irreligiosos para no tener que sujetarse a la observancia de unos preceptos morales que Dios mismo ha establecido al crearlo; son irreligiosos para no tener que encararse con Dios, pero pierdan cuidado, Dios se encarará con ellos... Mientras llega este momento debieran de tener presente aquella sentencia de Lactancio: «La religión es casi lo único que separa al hombre de los brutos.» Tal vez así muchos no se jacten de irreligiosos y aprendan a ser sinceros consigo mismos.
Fr. Otto Samavoa, ofm —

