Doce campanadas

Hay varios modos de pasar una Noche Vieja (aunque para muchos trasnochadores sea Madrugada Nueva).
Con objeto de poder observar mejor los acontecimientos de una noche de fin de año en su propia salsa, vamos a transformarnos, vosotros y yo, en seres invisibles.

Los que me acompañéis en esta experiencia procurad analizar lo que veamos de una manera imparcial, sin intransigencias ni sonrisas picaronas. Así es que el que quiera que se uno a nosotros.

¿Ya estamos todos invisibles? ¡Pues a la calle se ha dicho!

Noche vieja

Como gente joven que somos los que formamos esta singular caravana, pasaremos sin detenernos ante las juergas familiares con sus botellas de champaña o sidra (según sus posibilidades) y nos perderemos la actuación de los niños más o menos repipis recitando ese versito tan mono y tan largo (¡pobres maestros!) que les han enseñado y que solamente nos hace gracia cuando el protagonista se equivoca o se pone a llorar.

Al pasar frente a un local oímos que desde el interior llegan a nosotros gritos y música. Como hay juerga a la vista, por unanimidad acordamos entrar. ¡Y qué gusto da colarse en un sitio sin ser visto! Cruzamos un pasillo y ante nosotros se extiende un salón inmenso. ¡Cuánta gente! En el centro hay una gran cantidad de parejas que apenas disponen de espacio para dar saltitos. Es que están bailando. ¡¡Ah!!

El ambiente está cargado. Grandes nubes de humo se elevan de las bocas de algunos asistentes y se esparcen por la sala para ser absorbidas nuevamente por las narices de todos los presentes.

—¡Atchisss!

Ante el estornudo de uno de nosotros un señor que lo oyó perfectamente queda un poco mosca, pues no llega a comprender quién pudo ser el autor.

Como todos quieren hacerse oír por las personas con quienes están hablando, chillan a todo pulmón y, claro, lo que consiguen es que nadie entienda a nadie porque en las mismas condiciones se encuentran varios centenares de gargantas. ¿Resultado? Un murmullo informe y sonoro que se mete punzante en la cabeza. De vez en cuando se oye el sonido _ estridente de una trompeta. Es que los de la orquesta están ejecutando una composición... (¿musical?) llamada Cha cha cha.

Después de ambientarnos, damos una mirada a la gente que nos rodea. ¡Atiza! Si aquel señor con bigote y nariz postiza es el sesentón don Filomeno. ¡Tan serio y formal que es en la calle! Seguimos mirando;.. ¡No puede ser! ¿Sí? ¿No? ¡¡¡Sííí!!! Claro que aquello que parece un pelele con ese gorrito de papel tan cursi es la distinguida dama de sociedad doña Sinforosa. ¡Quién lo dina! Si no fuese porque lo vimos no lo podríamos creer.

Pronto sacamos la consecuencia de que aquí, en este local, el que hace el ridículo es el que procede con normalidad y no ostenta en su persona y atuendo cosas raras. Ahí se ve la «personalidad» de la gente. Porque a uno se le ocurrió que todo el mundo debe ir con gorritos de papel y narices de cartón, ¡todos a ponérselos!

Paramos nuestra atención en una mesa. Unos señores con bastantes años encima y según apariencias con bastantes copas también, están berreando fragmentos de alguna canción vulgar. En la de al lado una pareja de novios... ¡Bueno! En la otra de más allá una señora vigila a su hija que está bailando con un joven. Por la expresión de su rostro deducimos en qué está pensando. ¿Lo cazará? ¿No lo cazará?...

Son las doce menos dos minutos en el reloj de la sala. Al año 1956 solamente le quedan dos minutos de vida.

Al micrófono un caballero requiere silencio a los asistentes para que puedan oírse las campanadas de las doce. Empiezan a sonar, y como no son muy lentas y a cada una de ellas los asistentes toman un grano de uva, es un espectáculo lamentable ver. las caras de algunos que no pueden tragar al ritmo de las mismas. ¡¡Ya podía el dichoso relojito ir más despacio!!

¿Qué os parece, amigos, si nos trasladásemos a la torre más alta de la ciudad para respirar un poco de aire fresco? Pues, allá vamos.

Está visto que ningún reloj va igual que otro. Ahora resulta que en el de la torre donde estamos aun falta un minuto para las doce. Pero, ¡mirad a través de ese ventanal qué espectáculo tan raro! ¿Qué harán todas esas personas en la iglesia de rodillas y un gran número de jóvenes y hombres con la cabeza inclinada hasta tocar el suelo?

Noche vieja

La curiosidad se apodera de nosotros y entramos en el sagrado recinto. Aquí el ambiente es claro. Las personas visten como tales y un silencio impresionante invade todo el templo. Ahora nos explicamos el por qué de esa actitud. Llevan el distintivo de la Adoración Nocturna y están esperando la llegada del nuevo año adorando al Rey de reyes. El resto de los asistentes solamente de rodillas les acompañan igualmente en este acto de adoración. Pronto invade nuestro cordón este mismo sentimiento y nos postramos como los demás ante Jesús Sacramentado. Empiezan a sonar las campanadas y cada una de ellas repercute en nuestro corazón ensanchándolo y llenándolo de una paz interior. Por nuestra imaginación pasa la cara grotesca de aquél con la boca llena de uva, tosiendo y con un gorro de payaso... Como horrible pesadilla lo aparto de mi pensamiento. Al dar la última campanada todos se levantan. Un órgano, con sus majestuosos acordes, interpreta un himno en acción de gracias que cantan los asistentes. «Gracias, Señor —parece decir—, por habernos concedido a todos el inefable don de ser tus fieles centinelas y haber sido escogidos para servirte y adorarte.»

¿Verdad que es emocionante cómo los adoradores nocturnos reciben al nuevo año?

¡Qué! ¿Os gustó el viajecito para ver cómo pasa la gente la Noche Vieja?

Si os parece bien nos volveremos nuevamente visibles. Pero antes decidid dónde queréis continuar la noche.

¡Bueno, hombre, no pongáis esa cara de enfado! Perdonad si os ofendí con la proposición. Ya sé que la elección no es dudosa, pero... ¡como no tienen todos el mismo modo de pensar!

Me parece que todos hemos coincidido en la elección, ¿verdad?

José Mª Gimeno Tichell

Cristo ha nacido

Conmemoramos en estas fechas del año el. misterio altísimo de la venida al mundo del Hijo de Dios hecho Hombre en las entrañas virginales de ¡María. Cuando vemos que los niños se acercan reverentes al «nacimiento» y miran con ojos de inocencia las figuritas o cantan un villancico con sus labios puros, ¿meditamos entonces lo que significa Jesús para nosotros?

Dios, que es omnipotente, derramó en la creación su poder sumo y su bondad. ¡Todo lo hizo bien! Pero una de sus criaturas, el hombre, pecó; entonces la Belleza infinita puso ceño de justo enojo, y a lo largo del Antiguo Testamento el Señor aparece con una severidad muy comprensible. Corren los siglos y nace Jesús; y con su venida comienza a destruir dos cosas: nuestra enemistad con Dios y la perversidad de aquel mundo antiguo lleno de aberraciones.

El, que salió fiador nuestro; El, que se ofreció al Padre para reparar lo que no hubiera tenido remedio de otra manera, dio su sangre y su vida y hasta (después de muerto) su corazón. Las manos y los pies, rotos; sus sienes, heridas; sus espaldas, desgarradas; su corazón, partido por aquella lanza cruel... Pero las puertas del cielo quedaron abiertas para nosotros. Ya no había un abismo insalvable entre el reino de Dios y las almas humanas. A partir de Jesucristo ya no hay impedimento para llegar a las moradas eternas, siempre —claro está— que nuestras almas sean puras a la hora del tránsito.

Jesús nos ha enseñado a tener plena confianza en nuestro Padre que está en los cielos. Cuando absolvió a la adúltera, cuando comió con pecadores, cuando dialogó con Pilato, cuando sanó la oreja de Maleo, cuando perdonó a los que le pusieron en cruz y cuando le prometió al buen ladrón el Paraíso, no hizo más que darnos seguridades de que Dios es sumamente misericordioso.

Jesús acabó, como decíamos, con la maldad de aquel mundo antiguo. El vino a reformar el mundo. No se allegó a la tierra con el propósito de ser simpático a los hombres, sino a indicar los senderos de la Nueva Ley que es preciso seguir. Para ello se valió de sus enseñanzas admirables. Doce hombres de Dios y San Pablo se encargaron de predicar al orbe la palabra de Cristo. El quería dos cosas muy necesarias: amor a Dios y amor al prójimo. Dos preceptos nuevos. Nuevos, sí; porque el mundo los desconocía, e Israel, que los conocía, los tenía como olvidados. Esto es lo que quería Jesús, y no la esclavitud, ni que los reyes se dijeran dioses, ni sacrificios humanos a los ídolos (ocurría en Fenicia), ni tanta gula, lujuria y molicie como se daban por todas partes. Jesús hizo que la humanidad se preocupara del espíritu más que del cuerpo, que se pensara en el cielo más que en la tierra. Pero como conocía toda nuestra debilidad quiso darnos el poderoso remedio eucarístico. El Pan del Sagrario es el Cuerpo de Cristo. Su Cuerpo santísimo y santificante, purísimo y purificador, divino y deificante, vivo y vivificador. Alimenta poderosamente el alma y la llena de fortaleza y amor, y al cuerpo le desvía de los apetitos que acarrean la muerte eterna.

Ese Jesús tan lleno de bondad es el Niño divino que ha nacido para nosotros y yace en las humildes pajas de un pesebre pidiéndonos que le amemos. Acerquémonos con la misma sencillez y ternura con que lo hacía San Francisco de Asís y démosle nuestro corazón. Aniñémonos en su presencia, porque solamente de los que son puros e inocentes como niños es el reino de los cielos.

Mariano Vila-Cervantes

Niño Jesús

Dulces ojos...

Dulces ojos, como estrellas
de divinos resplandores,
luceros embrujadores
que calman nuestras querellas.

Pupilas claras y bellas
que en aquel establo frío
son cual gotas de rocío
sobre trémulo rosal
y nos muestran el panal
de tus mieles, Jesús mío...

Dulces ojos que arrebatan
a quien con amor los mira...
Ojos que ignoran la ira
y las angustias desatan...

Ojos que hieren y matan
de dulcísimos amores...,
que abrasan con sus fulgores
al lucero matutino
y dan su aroma divino
y su color a las flores...

Ojos radiantes y bellos
de ese Niño encantador
que sólo inspiran amor
en sus hermosos destellos...

Ojos que al mirarse en ellos
el cielo su gloria alcanza
y son iris de bonanza
desde el humilde portal,
que dan al pobre mortal
luz, consuelo y esperanza...

Quiera Dios que en esos ojos
los humanos corazones
purifiquen sus pasiones
y aminoren sus enojos...

Sólo así, de los abrojos
de nuestros tristes eriales,
brotarían los rosales
de paz, de amor y de bien
que nos ofrece Belén
a los míseros mortales...

Jesús Galbis

Homenaje al P. Sanchis

El día 14 de octubre, en ocasión de las fiestas anuales de Alcudia de Crespíns, se dedicó al ilustre hijo de la villa P. Joaquín Sanchis, Delegado General en Madrid, un fervoroso homenaje popular en el que intervino muy gentilmente nuestro Gobernador civil Excmo. Sr. D. Jesús Posada Cacho, rodeado de las Autoridades locales y de las poblaciones comarcales.

En un acto público, al que asistió el pueblo en masa, se descubrió la lápida que bajo el escudo franciscano rotula la nueva calle del P. Sanchis. Pronunciaron sendos discursos, además del homenajeado, el señor Alcalde don Adolfo Franco, que ofreció el homenaje con cálidas palabras, y el Excmo. Sr. Gobernador civil, que clausuró el acto con una vibrante alocución. Fue particularmente emotivo el momento en que, a los acordes de la marcha de Infantes y entre fervorosos aplausos de la multitud y el estruendo de las carcasas, se descubrió la lápida y se ofreció al P. Sanchis, en nombre de todo el pueblo, un artístico pergamino, obra del renombrado pintor don Manuel Diago, ricamente enmarcado.

Después del acto don Jenaro Sanchis, hermano del homenajeado, ofreció un lunch al señor Gobernador y demás Autoridades y a las, distinguidas personalidades del pueblo y de distintos puntos de la región que asistieron al homenaje. La Orden estuvo representada por el P. Rafael Reig, Rector del Colegio de Onteniente.

Pergamino

El pergamino, aureolado por la imagen del Santísimo Cristo del Monte Calvario, Patrón del pueblo, con una representación de su ermita-santuario, por los escudos de la Orden y de la villa y por escenas franciscanas, lleva el texto siguiente:

«El Ayuntamiento de esta villa, interpretando el unánime sentir de su vecindario y el suyo propio, concede la honrosa distinción de rotular la calle prolongación de la del Calvario dedicándola a Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, la cual se denominará en lo sucesivo calle del P. Sanchis, como reconocimiento de sus méritos personales y de su noble y desprendida conducta observada constantemente, así como su incansable afán en pro de los intereses morales y materiales del pueblo de su naturaleza. En Alcudia de Crespíns, a 14 de octubre de 1956. El Alcalde, A. Franco. El Secretario, A. Biosca.»

La Acción Antoniana se suma al homenaje de uno de sus más destacados colaboradores.

Florecillas de San Antonio

El Santo y el Tirano

Al Rdo. P. Manuel Balaguer, maestro y amigo.

San Antonio de Padua fue un modelo de pureza, inocencia y mansedumbre. Y bien, ¿son acaso virtudes que no tienen fuerza para oponerse eficazmente al mundo y a su maldad? Que nadie crea eso. En esta florecilla vamos a ver cuánto pudo San Antonio sobre un hombre diabólico.

Se lee en la vida del santo paduano que en cierta ocasión se enfrentó con un hombre de malas costumbres llamado Ezzelino. Así es, efectivamente. Era Ezzelino IV, hijo de Ezzelino III el Monje y Señor de Vicenza. Fue jefe del partido gibelino y aliado (y después yerno) de Federico II, monarca de viciosas costumbres. De la ciudad de su señorío hay que decir que fue víctima de las enconadas contiendas entre güelfos y gibelinos.

San Antonio llevaba un género de vida de todos conocido: oración, predicación, alto ejemplo; santidad, en una sola palabra. Ezzelino llevaba una vida reprobable, pues tanto en Verona como en Vicenza, en Brescia como en Padua, lugares en que mandaba sin discusión, oprimió al pueblo con crueldad suma; por esto se le apellida el Feroz. El servía a Federico y no le importaba derramar la sangre popular con tal de tener el favor de Barbarroja.

Por otra parte, Ezzelino fue excomulgado por los Papas Inocencio IV (1243-54) y Alejandro IV (1254-61), después de la muerte de San Antonio, como puede verse por las fechas de pontificado. El Papa Alejandro llegó a predicar cruzada contra Ezzelino por ser sospechoso de herejía paulicana; pero esto a Ezzelino no le importaba, pues —como Federico— era absolutamente escéptico. Preso de un claro espíritu diabólico, se propuso derrocar el Pontificado, cosa que, naturalmente, no consiguió.

Y bien, lectores. Ante este hombre de tan negros perfiles morales se presentó un buen día nuestro San Antonio. Es muy lógico pensar que el tirano acogería al franciscano (que le reconvenía por las crueldades cometidas) con una carcajada estrepitosa, ¿verdad? Pues no, nada de eso. Dios, que abate a los soberbios y ensalza a los humildes, quiso que un hombre sin armas materiales consiguiese de otro lo que no habrían logrado huestes bien armadas: que se contuviera aquella carnicería y aquella serie de iniquidades.

Sabemos que el santo deseaba la conversión de aquel hombre de inconcebible maldad; sabemos también que no lo alcanzó. Muy bien; Antonio deseó lo que debía desear, y el resto estaba en los designios y las manos de Dios. Mientras Antonio vivió, Ezzelino no ensangrentó sus manos. ¡Ya era mucho! Ello dice más en favor del poder de intercesión de San Antonio de Padua.

¿Vemos claramente cuánto puede la bondad y la pureza? ¿Vemos el milagro maravilloso que se obró en aquel siglo XIII, tan fuerte en contrastes que una ovejita de Cristo llegó a amansar a un lobo sanguinario?
En alabanza de San Antonio.

Mariano Vila-Cervantes

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