La niña y la estrella
(Leyenda oriental)
Sobre la blancura de la nieve ardía la última llamarada del crepúsculo. Allá a lo lejos, sobre las primeras penumbras de la noche, comenzaba a perfilarse la tímida silueta de una pequeña ciudad, Belén, En el azul malaquita de la noche se encendía una estrella, única, rubia, como una inmensa flor de oro.
En un recodo del camino apareció una caravana de camellos y dromedarios. Son tres Reyes. Vienen de Persia, de Arabia, de Etiopía. Rompe la marcha, sobre un fino camello de raza, Gaspar, el príncipe de la Arabia Feliz, joven, de barba ensortijada y negra como menudas virutas de ébano. Le sigue la alba litera de Baltasar, el Rey etíope, negro y deslumbrante como una noche asaeteada de estrellas, portada por atléticos esclavos de Nubia. Casi a su paso cabalga, sobre un robusto y esbelto dromedario, Melchor, Rey de Persia. Su blanca barba patriarcal se mece mayestática en el viento frío del anochecer. Les escoltan elegantes pajes, fieros y descomunales guerreros y un largo cortejo de esclavos que conducen camellos, asnos y dromedarios cargados de enormes fardos y preciosos cofres taraceados. De pronto se detienen. Llenos de asombro ven cómo la estrella desciende del cielo, como una enorme mariposa de luz, y se posa sobre una gruta que se encuentra a la entrada de la pequeña Belén.
Ellos habían visto nacer ese astro maravilloso en remotos países. Sabían que anunciaba el nacimiento del Rey de Israel, el Soberano más grande de la tierra. Y venían a ofrecerle sus presentes en testimonio de admiración y acatamiento. Seducidos por tan portentoso fenómeno aceleran el paso. Se detienen a la entrada de la cueva. La estrella parpadea deslumbrante sobre la rústica gruta. Los Reyes se asoman maravillados. Pero su asombro se llena de desilusión cuando contemplan sobre las pajas de un mísero pesebre a un Niño recién nacido, enfajado en pobres pañales. Una Mujer joven y hermosísima
velaba su sueño, extasiada junto a la humilde cuna. Un hombre de viriles y nobles facciones alimentaba el fuego de una pequeña hoguera. En un rincón del establo rumiaban perezosamente un buey y un asno.
Los Reyes se retiraron. Aquel Niño nacido tan pobremente no podía ser el gran Rey de Israel anunciado por los astros. Y después de una corta deliberación acordaron dirigirse a Jerusalén, capital de los príncipes del Reino Hebreo.
Pero cuando levantaron los ojos al cielo no encontraron la estrella. Había desaparecido misteriosamente. La noche comenzó a ennegrecer de tal manera que no se veía brillar la más leve luz, ni en el cielo ni en la tierra. El viento se sumió en el éxtasis de la más absoluta quietud. No se oía el más leve ruido ni se movía una sola hoja. (Los Magos decidieron armar sus tiendas de campaña y descansar de sus largas jornadas. A la mañana siguiente emprenderían su viaje a Jerusalén. Hacía mucho frío. Los esclavos encendieron hogueras para templar el sueño de sus señores. Pero las llamas no quisieron profanar la negrura de aquella extraña noche.
Y pronto la leña se hizo brasa, una brasa oscura y rojiza que daba calor, pero no luz.

La danza del tiempo y el Gobernador de Jerusalén
Al día siguiente, apenas floreció el pálido lirio del alba sobre los horizontes, los Magos emprendieron su marcha hacia Jerusalén., Cuando los camellos y dromedarios comenzaron a cabecear soñolientos sobre la nieve, el tiempo empezó a girar con la velocidad del vértigo. El paisaje era una fuga dantesca de imágenes. Las plantas, los árboles, la vida toda, nacía y envejecía con la rapidez del relámpago. Sobre cada minuto cabalgaban diez años. Durante las tres horas y cuarto que los Reyes Magos tardaron en llegar a Jerusalén habían transcurrido mil novecientos cincuenta años. Presenciaron las cosas más raras y caprichosas. Asistieron a increíbles transformaciones geológicas, y ante sus atónitos ojos se libraron numerosas y sangrientas batallas con la rapidez del rayo. Templos y palacios maravillosos que una hora antes estaban en construcción se desmoronaban súbitamente sin dejar el menor rastro. Pero a pesar de su extraordinario asombro una fuerza desconocida los empujaba hacia Jerusalén.
Cuando llegaron a la Ciudad Santa el sol ardía como una antorcha sobre la inmensa cúpula del Santo Sepulcro. Las torres de la ciudad vieja se clavaban, con desesperación de eternidad, sobre el azul desvanecido del cielo. El tiempo había detenido de nuevo su vertiginosa carrera. Para ellos todo era nuevo y asombroso. Estaban en la mitad del siglo XX. Ante sus ojos se deslizaba e! milagro de lujosísimos y bruñidos automóviles y enormes monstruos de guerra. Gigantescos y deslumbrantes aviones rasgaban la limpidez del cielo con la rapidez de los meteoros. Melchor, ebrio de asombro, miró a los otros dos Reyes.
—Todo esto —les dijo— me parece un sueño absurdo, la loca y fantástica pesadilla de una mala noche.
Hizo un esfuerzo para abrir más los ojos y pasó sus manos incrédulas sobre la crin sedosa de su manso dromedario. Era todo espantosa realidad.
Ya estaban a las puertas de la ciudad. Preguntaron a un flamante policía que, con las manos enguantadas y los brazos en cruz, señalaba, con la rigidez de un muñeco mecánico, la dirección de los infinitos automóviles que cruzaban en todas direcciones.
—Venimos de lejanos países —le dijeron— buscando al nuevo Rey de los hebreos. Quisiéramos hablar con el Gobernador de la ciudad.
Él policía de tráfico, mientras seguía aspeando las manos en todas direcciones, apretó en el suelo un botón con el pie. Los automóviles pasaban velozmente rozando los polvorientos y perezosos camellos y dromedarios. A los pocos minutos se presentó un oficial del ejército jordano impecablemente vestido, con su jata (especie de velo), blanco y rojo, sujeto por el elegante y negro eigal (cordón que formando dos aros sujeta a la cabeza el jata).
—Acompaña a estos personajes a la casa del Gobernador —le dijo el agente de tráfico—, me parecen un poco sospechosos. Preguntan por Weissmann.
El oficial árabe, atravesando la Puerta de San Esteban, los condujo a las oficinas del Gobernador militar. Al entrar los anunció:
—Tres altos personajes un poco sospechosos.
Los Reyes entraron con aparatosa y deslumbrante solemnidad.
Después de los saludos rituales, el Gobernador, deslumbrado por tanta riqueza, les preguntó, haciendo una profunda reverencia:
—¿Qué desean sus altezas?
—Somos príncipes —dijo Gaspar—, venimos de Arabia, de Persia, de Etiopía. Una estrella nos anunció el nacimiento del nuevo Rey de Israel. Venimos a tributarle nuestros homenajes.
—iJe, je! Rey —les contestó el Gobernador, sorprendido de tanta ingenuidad— no ha nacido ninguno. Si SS. AA. quieren llamarle así al Presidente del nuevo Estado Hebreo tendrán sus razones. Desde luego, yo no las comparto. Sería ridículo. Pero bueno, dadas sus características especiales de príncipes de países árabes o simpatizantes nuestros, les voy a extender un pase para que puedan atravesar las líneas y satisfacer sus curiosidades turísticas un tanto morbosas.
Los Reyes Magos, sin poder entender nada de lo que el Gobernador les dijo, le dieron las gracias y, guiados por el oficial jordano, se encariñaron a las líneas. A su paso encontraron la carretera obstruida en varios sitios por grandes conos de cemento que impedían la circulación. Los preciosos hotelitos que en otro tiempo sonreían plácidamente entre la umbrosa sombra de los jardines, trágicamente mutilados, guiñaban ahora los ojos vacíos de sus ventanas desgarradas. La tierra de nadie, entre las zonas hebrea y árabe, era una verdadera maraña de alambreras. Los Magos habían visto ya tantas cosas raras que ya nada les causaba asombro.
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Hacia Tel Aviv
Las Autoridades hebreas ya habían recibido aviso del Gobernador árabe. Media docena de lujosos coches esperaban a los príncipes. Pero ellos se negaron rotundamente a subir sobre aquellos brillantes monstruos de hierro. Ellos harían la jornada sobre sus camellos y dromedarios, y el Rey Baltasar en su blanca y mullida litera. En vista de su negativa un automóvil de oficiales hebreos guió la caravana a Tel Aviv. Los Reyes se maravillaban del movimiento y las extrañas costumbres de la Jerusalén nueva. Las jovencitas hebreas se paseaban, coquetas y tentadoras, con sus cortos pantaloncitos, admiradas del boato y la riqueza de tan extraños príncipes. Pero los Reyes continuaban impertérritos, sin apenas mirarlas.
Llegaron a Tel Aviv. Los oficiales hicieron su presentación a Ben Gurión, Ministro de Asuntos Exteriores. Fueron muy bien acogidos. Ben Gurión, después de saludarlos muy democráticamente, les preguntó el objeto de su visita.
—Venimos —dijo Melchor— de Etiopía, de Arabia y de Persia. Somos príncipes que nos consagramos al estudio de los astros. Hemos visto florecer en el cielo la gran estrella que anuncia el nacimiento del nuevo Rey de Israel. Quisiéramos saber dónde debe nacer según las predicciones de vuestros profetas.
—Sí —les contestó Ben Gurión—, aquí acaba de nacer un nuevo y poderoso Estado Hebreo, pero, príncipe... príncipe propiamente dicho, no sé que haya nacido ninguno. Con todo llamaremos a uno de nuestros rabinos para que les informe. Yo me retiro. Estoy sumamente ocupado.
Y dándoles un apretón de manos se despidió de los Reyes Magos.
A los pocos minutos llegó un viejo rabino de corva nariz de aguilucho y barba y melena gris.
—Estoy informado —dijo después de saludar con una leve inclinación a los Magos— que ustedes se interesan por el nacimiento de nuestro suspirado Mesías. El Mesías —dijo el rabino bajando la voz y mirando con desconfianza—, para estos hebreos jóvenes descreídos e ilusos que han invadido Palestina, es el mismo e incipiente Estado Hebreo. Esta adoración idolátrica del estado y del dinero es el pecado más horrendo que hasta ahora ha cometido nuestro pueblo. Para nosotros los creyentes el Mesías debe aparecer de un momento a otro. Según nuestros profetas debe nacer en Belén, de familia real.
Los Magos quedaron pensativos un momento, y como iluminados por una súbita inspiración, se levantaron impacientes. Dando las gracias al viejo rabino, de ojos chiquitines y sabios, se despidieron. En la puerta les esperaban los flamantes oficiales hebreos. Montaron sus camellos y dromedarios y emprendieron la marcha hacia Jerusalén.
La vuelta a Belén y el milagro de la estrella
En el camino , les sorprendió la noche. Miraron al cielo, pero la estrella aun se obstinaba en ocultarse en la negrura infinita del espacio. Los Reyes se inquietaron.
—Todo esto me parece un sueño —volvió a reflexionar Melchor dirigiéndose a sus compañeros— con que Dios nos quiere castigar.
Los otros dos Reyes se miraron meditabundos. Armaron sus tiendas de campaña y se fueron a dormir entristecidos. Pero el insomnio los atormentó durante toda la noche.
A la mañana siguiente continuaron el Viaje. Cuando llegaron a la Ciudad Santa la mezquita de Ornar dormía amodorrada bajo el incendio del medio día. Atravesaron las líneas. Una extraña inquietud los empujaba inconscientemente por el camino de Belén. Apenas cruzaron el valle Cedrón, el tiempo comenzó de nuevo a girar vertiginosamente, pero en sentido inverso. Los hombres, las plantas y las cosas rejuvenecían rápidamente hasta perderse otra vez en la noche misteriosa de su origen. Era una maravillosa cinta cinematográfica ver galopar el tiempo hacia el génesis de la naturaleza y de la historia.
Los Reyes Magos, al contemplar de nuevo la carrera cósmica del tiempo, se sumieron en profunda tristeza. Baltasar, rompiendo la monotonía dolorosa del silencio, dijo en tono de propio reproche:
—Dios nos ha castigado. No quisimos oír la voz luminosa de la estrella y la naturaleza toda se ha conjurado contra nosotros.
Casi a la mitad de camino entre Jerusalén y Belén comenzó a oscurecer rápidamente. La noche llegó a ser tan negra que los esclavos encendieron sus antorchas para guiarla caravana. Poco después llegaron a una encrucijada de tres senderos. ¿Cuál será el camino que nos lleva a Belén? Cuando desorientados no sabían como salir de aquel conflicto, vieron brillar una lucecita en la ventana de una casa vecina.
—Preguntemos —dijo Gaspar— y así sabremos con certeza cuál es la ruta que nos lleva a Belén.
Se acercaron y llamaron a la puerta, pero nadie respondió. Pasados unos minutos de silencio golpearon con más fuerza. Al fin se abrió la puerta. En el dintel hizo su aparición una niña de unos diez años que, muy asustada, preguntó tímidamente a los extraños personajes qué deseaban.
—Somos gentes de bien, buena niña —dijo Melchor, el Rey persa de la luenga barba de nieve—. Venimos de Jerusalén, pero al llegar aquí nos hemos encontrado con tres caminos y no sabemos cuál será el que lleva a Belén.
La niña, que a la luz de las antorchas había visto las caras sonrientes y bonachonas de los -Reyes, perdió todo temor y con su voz dulce y argentina comenzó a charlar como una cotorra.
—Soy betlemita —dijo a los Reyes—, pero vine a pasar unos días con mi abuelita. ¡Es tan viejecita y está tan sola la pobrecita! Conozco muy bien el camino. Vengan conmigo. Yo se lo enseñaré.
Avanzaron unos pasos. Y al levantar la niña su moreno bracito para señalar la ruta, en la infinita negrura de la noche, floreció de nuevo la estrella.
Un grito de júbilo se escapó de todos los labios. La estrella había vuelto a brillar bajo el milagro sencillamente humano de la inocencia. Y los Reyes Magos, agradecidos a esta candorosa gentileza de la niña betlemita, le regalaron una maravillosa flor de oro y una muñeca muy linda, de ojos azules y rizos rubios como el cárabe.
Y desde entonces todos los años, en la noche de Reyes, bajan los Magos del cielo en sus grandes camellos para depositar en las camitas de los niños buenos hermosos ramilletes de juguetes y golosinas.
Los Reyes Magos continuaron su camino. Y cuando allá a lo lejos la silueta de Belén comenzaba a dibujarse bajo la lánguida claridad de los astros, la estrella descendió de nuevo del cielo para posarse sobre la humilde gruta. Los Reyes, arrepentidos de su primera incredulidad, avanzaron hasta la gruta y postrándose a los pies de la cuna del Niño-Dios le adoraron. En sus riquísimos pebeteros quemaron mirra y oloroso incienso. Y de sus cofres, de bellísimas taracea de preciosos metales, le ofrecieron oro y pedrerías.
La negrura de la noche se rompió con el hechizo de una luz deslumbradora. Y en el silencio sideral de las alturas se estremeció la armonía suavísima y angélica del canto de la paz.
P. Antonio Rivas

A Zaragoza o al charco
El origen de la frase «A Zaragoza o al charco» debe ser un cuento que he oído referir, hace muchísimo tiempo, del modo siguiente:
Cuando Jesucristo andaba por el mundo predicando el Evangelio en compañía de sus apóstoles, encontróse en las riberas del Ebro a un baturro que caminaba en dirección opuesta a la suya conduciendo una yunta de bueyes, y le preguntó:
—¿A dónde va el buen baturro?
—A Zaragoza voy —contestó el baturro—, donde venderé estos bueyes, que, aunque viejos, espero venderlos bien, y con su importe compraré unas vacas de cría que me valdrán más dinero y me sacarán de apuros.
—Eso —interrumpió San Pedro, que siempre le gustaba meter baza— será... si Dios quiere.
—Que Dios quiera o no quiera —dijo amostazado el baturro— los bueyes ya los llevo vendidos, a las vacas las tengo ya echado el ojo y están ajustadas para traérmelas; y en cuanto ir a Zaragoza creo que para lo que me queda que andar no necesito de su ayuda para nada.
Entonces Jesús con gravedad le dijo:
—Pues para que veas que para todo necesitas de su ayuda y que todo se hace con arreglo a sus designios, de aquí no pasarás y te quedarás convertido en rana en este charco hasta que sea su voluntad sacarte de aquí.
Y así sucedió, quedando el baturro en el charco, convertido en rana, hasta que fue voluntad del Señor, pasado muchísimo tiempo, sacarlo de allí en su primitiva figura.
Una vez en este estado, echó a andar hacia Zaragoza, y en el camino encontróse con un caminante que le preguntó a dónde iba.
Entonces, recordando su percance pasado, estuvo por anteponer el «si Dios quiere» al punto de su destino; pero volviendo por su terquedad de buen baturro miró hacia delante y exclamó con coraje:
—A Zaragoza... o al charco.
J. G.
Noticias
Ordenes sagradas en Teruel
El pasado día 22 de diciembre, en la iglesia del Seminario de Teruel, Fr. León Villuendas Polo, ofm, Obispo de la diócesis, confirió el sagrado presbiterado a tres religiosos de la Seráfica Provincia de Valencia-Aragón:
- Fr. Esteban Varo Gonzalo, que celebró solemnemente su primera misa en la iglesia de San Lorenzo, de Valencia, el día 27 del mismo mes, y la predicó el P. Anselmo Martí;
- Fr. Antonio Álvarez Tomás, que la cantó en la iglesia de San Francisco, de Carcagente, el día 28, y tuvo por orador sagrado al P. Custodio Fr. Gonzalo Valls, y
- Fr. Pablo Ares González, en la iglesia de los PP. Franciscanos de Teruel, el día 23.
Nuestra enhorabuena a los nuevos ministros del Señor.
Congreso Litúrgico Internacional en Asís
La ciudad de Asís, patria chica de San Francisco, gran enamorado de la liturgia de la Iglesia, ha sido escenario, durante el mes de septiembre próximo pasado, de un Congreso Internacional de Liturgia Pastoral, que por la cantidad y calidad de los asistentes y por los temas tratados creemos va a tener una repercusión en la vida de la Iglesia. Asistieron a esta magna Asamblea cinco cardenales, un centenar de obispos y mil quinientos sacerdotes y religiosos de todas las partes del mundo.
El punto central propuesto en este Congreso Internacional era: «La renovación litúrgica bajo el pontificado de Pío XII». Se fueron, pues, estudiando las diversas etapas y facetas de esta renovación, al mismo tiempo que se insinuaban claramente las metas ideales a que se puede llegar por este camino de renovación.
Entre las cosas que se trataron figuran la simplificación de las rúbricas y la reforma del Breviario.
Un Obispo misionero pidió notables reformas litúrgicas en las diócesis misioneras. Las principales reformas pedidas son: el cambio de colores litúrgicos en la misa, ya que en varias regiones los colores expresan distintos sentimientos a los nuestros, y la autorización a los catequistas de arraigadas convicciones para dar la Comunión, predicar la palabra de Dios y administrar el bautismo en forma solemne, como se hacía primitivamente con el orden diaconado, todo en beneficio de los fieles y para suplir la tremenda escasez de misioneros. Estas peticiones también fueron ratificadas por la Asamblea. Todo encuadrado en la celebración de solemnes pontificales en la Basílica superior de San Francisco, el rezo colectivo de algunas horas canónicas y la visita a los lugares santificados por la presencia de San Francisco y Santa Clara.
El Congreso se clausuró con una audiencia del Papa en el Vaticano. El Padre Santo alentó y estimuló el movimiento litúrgico actual, aunque siempre bajo la vigilancia de la Santa Sede, a la cual únicamente están reservadas las reformas litúrgicas.
¡Ayudadnos, ayudadnos!
Son los últimos gritos de la resistencia de un noble pueblo que no se resigna a perecer. Son gritos de socorro: «Ayudadnos, ayudadnos, ayudadnos!» Unas horas más y tal vez se haya apagado toda señal de vida en las víctimas. Sobre su silencio queda flotando la voz de un anciano venerable que amonesta al mundo: «La sangre de Hungría pide venganza como la del inocente Abel». Pobre Hungría, pueblo digno de mejor suerte, y pobres también de nosotros si Dios va a tener en cuenta nuestra inercia.
El Colegio Español en Roma
El 12 de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, ha sido colocada en Roma la primera piedra del nuevo Colegio Español para la formación de sacerdotes. Fue arrancada de las ruinas del monumento al Corazón de Jesús, en el Cerro de los Ángeles, y bendecida por el Papa. Con este motivo Su Santidad el Papa dirigió a los asistentes a ésta ceremonia un sentido discurso de agradecimiento por el homenaje que con este Colegio le rinde España, de la que espera su pronta terminación. «Lo pide así —dice el Papa— el honor de España en el centro mismo de la cristiandad; lo exige la buena formación de sus futuros sacerdotes, que de Roma llevarán a todas las diócesis españolas esa aura de romanidad que forma el ambiente común para todos los hijos de la Iglesia.»
Nueva gloria del Pontificado
El 7 de octubre fue beatificado el Papa Inocencio XI. El emocionado y largo discurso del Papa en esta ocasión pregona muy alto la alegría y satisfacción de Pío XII al inscribir en el catálogo de los santos a su predecesor Inocencio XI, el más grande Papa del siglo XVII. El cuerpo del Beato ha sido colocado en una preciosa urna que, a través de los cristales, deja verlo. Una mascarilla de plata cubre su rostro. La sotana blanca, la muceta roja y el anillo papal son un regalo de Pío XII. Pío XII lo ha proclamado campeón de la fe, reformador de las costumbres, defensor de los derechos de la Iglesia frente a las intromisiones regalistas y salvador de Europa. —

