Florecillas de san Antonio

El milagro de los peces

Al P. Juan Bautista Pérez, mi buen amigo.

Uno de los milagros que constelan la hermosa vida de San Antonio de Padua fue el tan conocido de los peces. Podemos leer con deleite y detalle lo referente al hecho en el capítulo 39 de las Florecillas de San Francisco, primera parte.

Rímini, ciudad situada en la confluencia del Ausa, en la orilla derecha del Marecchia y no lejos del Adriático, pertenecía en el siglo XIII a los Malatesta; la recibieron en el siglo X de Otón III y la conservaron hasta el XVI, en que volvió (1518) a poder de los Papas. Y decimos volvió, porque a ellos correspondió siglos atrás por donación de Pepino el Breve.

San Antonio fue un día a Rímini y comenzó a predicar a los fieles y a polemizar con los herejes. Mas he aquí que éstos ni siquiera quisieron oírle. Es lo peor que puede hacer un hombre, no querer escuchar la palabra de Dios. Porque, bien mirado, es como atrincherarse tras un muro de orgullo y soberbia. Al Señor no se le puede tratar con un «no me da la gana», pues entonces El se complace en derribar esa fatuidad. Los de Rímini se comportaron así y fueron confundidos de modo aleccionador y digno de tenerse en cuenta.

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«Oíd la palabra de Dios, vosotros, peces del mar y del río, ya que no la quieren oír los infieles herejes.» Así hubo de gritar Antonio desde la orilla. Y los peces, que también son criaturas de nuestro Padre que está en los cielos, se mostraron por celestial permisión más racionales que los mismos seres racionales. Sacaron sus varias y graciosas cabezas y el Santo les habló palabras llenas de encanto y de deliciosa sencillez franciscana.

En este milagro se deben considerar varias circunstancias:

1. San Antonio de Padua recibe inspiración de Dios y va a la ribera del mar, junto a la desembocadura del río, con la clara intención de hablar a seres irracionales.

2. Los peces le «oyen» o, lo que es lo mismo, se congregan para atender a su voz.

3. Suspendidas las leyes propias de respiración branquial, sacan las cabezas. Y si queremos apurar más:

4. «Abrían las bocas e inclinaban las cabezas», como dicen las Florecillas; pero esta última circunstancia podemos tenerla por menos maravillosa y de menor importancia.

Un milagro más. Jesucristo nuestro Señor, que en su vida entre nosotros se alimentó muchas veces de peces, les alimenta con su palabra —pronunciada por labios antonianos—, ya que los hombres, soberbios, no la quieren oír, y por ello son indignos de recibirla. Hace Cristo un milagro notorio ante todos, quedando manifiesta la santidad de aquel fraile menor y confundida la altanería espiritual dé los herejes de Rímini. Estos, como es claro, no tuvieron más remedio que convertirse y seguir al Santo.

Carmelo Jaén

Carmelo Jaén

Por una pesca milagrosa reconocieron los apóstoles a Jesús resucitado (véase Jn 21, 1-14); con el pez que cogió Tobías hijo recobró la vista Tobías padre; con unos cuantos panes y dos pescados comieron unos cinco mil hombres (Lc 9, 12-17); por una predicación a los peces vuelven al seno de la fe y de la Iglesia unos heterodoxos...

Lector: tú no le pidas a Dios milagros para creer. Porque creer a fuerza de milagros tiene muy poco mérito a los ojos de Dios. Para creer, anonádate, hazte humilde, haz a tu alma ancilla Domini —como se hizo María ante el anuncio del ángel—, y resonarán en tu corazón las palabras de Cristo a Santo Tomás: «Bienaventurados aquellos que sin haber visto han creído» (Jn 20, 29).

Mariano Vila-Cervantes

Los Salmos

El Salterio es la plegaria oficial de la Iglesia.

Si hubiese podido definirse a sí mismo, escribe Zolli, hubiese estampado como título de la colección: «Yo soy la plegaria».

En efecto, los salmos son una muy subida plegaria, viva, angustiosa, confiada y palpitante de sed de Dios; son un suspiro, una invocación apremiante, que desde los primeros cristianos hasta nuestros días se eleva incesantemente al Señor: «Hacia Ti elevo mis ojos, ¡oh Señor, que moras en los cielos!...» «Como el ciervo sediento corre en busca de los manantiales de agua, así suspira mi alma por Ti, Dios mío...»

Los salmos responden a todas las situaciones interiores del espíritu y son la más alta manifestación lírica de la literatura inspirada bíblica. Cuadran a todas las clases sociales y son la más genuina expresión de los más variados estados del alma: reyes, vasallos, señores y esclavos, poderosos y desvalidos, todos sin excepción, pueden encontrar consuelo y aliento en estas hermosas composiciones escritas bajo la moción del Espíritu Santo.

En el discurso pronunciado por Pío XII con motivo de la clausura del Congreso Internacional de Liturgia, celebrado en Asís en septiembre de 1956, ensalzó el valor y significado de la Liturgia, así de la misa como del Oficio divino, especialmente de los salmos, «cuyas riquezas nos descubre el espíritu y el corazón».

Esto es lo que nos ha movido a iniciar esta sección litúrgica en La Acción Antoniana, con el fin de interesar a nuestros lectores en lo que desde los días lejanos del Cenáculo constituye el alimento más asiduo de la piedad cristiana, los salmos.

Salmo 1. Las dos sendas

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que en su gozo es la Ley del Señor,
y medita en su ley día y noche.

Será como árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no marchitan sus hojas.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

Comentario

Con este precioso salmo, cuya versión del texto hebreo damos, se abre la colección del Salterio. Desde el principio aparecen bien destacados los dos caminos que recorre la humanidad y el final bien distinto en que desembocan la vida o la muerte. Los impíos triunfan muchas veces en este mundo, pero ¿qué les valdrá las riquezas, el poder, la gloria ante el juicio de Dios? Sólo tendrán valor entonces las buenas obras.

¡Cristiano!, reflexiona bien y a tiempo.

Fr. Rafael Fuster, ofm

Citas citables

Una mujer prudente pone un terrón de azúcar en toda palabra que dirige a un hombre, y acepta con un grano de sal cuanto él le dice a ella. — H. R.

Es muy raro que un matrimonio se vaya a pique en las grandes rocas de la adversidad, sino más bien en las piedrecitas de todos los días. — V. B.

Un niño de tres años es un ser que goza casi tanto con un triciclo carísimo como con una diminuta lombriz verde que él mismo descubre. — Nana.

Los que se quejan de que no reciben todo lo que merecen debieran felicitarse. The. I. D.

Nada enflaquece más a un hombre que una mujer que está guardando la línea. F. P.

Para hacer un discurso inmortal no hay necesidad de hacerlo eterno. Lord Leslie.—

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