La fiesta de la Patrona de Valencia

Plasmar en un artículo los tradicionales actos con que Valencia honra a la Virgen de los Desamparados en el segundo domingo del mes de mayo, es poco menos que imposible. Porque un conjunto de emociones sin límite, de explosiones de amor filial y de unánime oración y súplica escapan a toda literatura o formas 'de expresión. Es el anhelo de los corazones que coinciden en un solo sentimiento: el amor a la Madre celestial y la súplica sobre nuestras flaquezas y miserias humanas.

Al iniciarse el día de la gran fiesta miles de valencianos asisten con gran fervor a la misa en la que se descubre la venerada imagen. Muchos han quedado por los alrededores de la Basílica desde altas horas de la noche anterior para ser los primeros en penetrar en el santo recinto y estar lo más cerca posible de la Mareta, que con su rostro inundado de ternura y compasión por sus hijos les hace sentir esa emoción y paz interior que produce su bondadosa y maternal mirada.

En la misa de Infantes que se celebra en el altar de flor a la puerta de la Basílica, un coro de ángeles se desplaza a la tierra y toma vida en las vocecitas de plata de tres mil niños que, acompañados por la Banda Municipal, entonan sus cánticos de alabanzas y súplicas a la Reina y Señora. Cantan el amor filial de todo un pueblo que inunda la plaza y calles adyacentes. En esos momentos es tal la emoción que se experimenta que diríamos que un trozo de cielo se ha trasplantado a la tierra. Y el colofón de este acto es la ofrenda que unos valencianets y valencianetes, en representación de toda la grey infantil, hacen a su Virgen, ofrenda que es recibida por nuestras primeras Autoridades «eclesiásticas y civiles, mientras la multitud que asiste a este acto entona cantos marianos...

El sol, ya en el espacio, deja sentir su influencia y contribuye al esplendor de la fiesta; quiere ser testigo de un hecho extraordinario: «El traslado». Durante un buen rato estuve pensando que lo más difícil que pueda encomendarse a persona alguna es la descripción de este acto.

Para los que. tuvieron la dicha de haberlo presenciado, sería ridículo y no encontraría frases con que explicarlo, y a quienes nunca lo vieron, me siento impotente para darles la más ligera idea de lo que acontece en la realidad. Es un acto de brillante aclamación popular que no tiene igual en el mundo católico.

La plaza en donde se desarrolla y las calles colindantes, pese a su amplitud, se hacen insuficientes para contener a toda la masa humana. La animosa juventud valenciana, desde mucho antes de la hora señalada, espera el feliz instante de trasladar sobre sus hombros la venerada imagen desde su Real Basílica a la Santa Iglesia Catedral.

Al aparecer la Virgen los corazones de todos los asistentes se agitan y laten con rapidez, como queriendo salir del cuerpo y ponerse a los pies de su Reina. Se inicia el recorrido con los delirios de la multitud que se deshace en vítores y aplausos, agitar de pañuelos y lluvia de flores. La gente llora, grita, ríe; se pierde la noción del tiempo y del espacio, parece como loca. Es la santa locura del amor inmenso, infinito, que siente Valencia por su Patrona. Y la Madre de los Desamparados parece que contempla comprensiva y llena de bondad, con la cabeza inclinada, a toda la desordenada y enfervorizada multitud. Avanza con gran dificultad, pues todos quieren llevarla sobre sus hombros y parece como una barca que navegase sobre un mar humano.

Y los que, por sus condiciones físicas o de edad no pueden aguantar semejante esfuerzo, situados estratégicamente en sitios donde puedan contemplarla, elevan al cielo sus oraciones y lloran con lágrimas de ternura. Poco es el trayecto a recorrer, pero mucho el tiempo empleado. Cuando, por fin, entra en la Catedral a los majestuosos acordes del órgano, se inicia acto seguido el solemne Pontifical,, quedando terminado con éste los actos que empezaron al amanecer.

En contraposición al fervoroso desorden del «traslado», por la tarde se inicia otro acto grandioso y ordenado, cual es la solemne procesión.

Una enorme cantidad de jóvenes y hombres figura en ella, formando compactas filas que, en recorrido por las calles de la ciudad, acompaña a su Soberana. Un detalle de la asistencia nos lo puede dar el hecho de que, desde que se inicia la salida de la procesión hasta que aparece la Santísima Virgen por las puertas de la Catedral para iniciar su recorrido, transcurren cerca de dos horas. Y desde ese momento es cuando se produce un hecho casi incomprensible: ¿de dónde sacan los valencianos tantísima flor? Pues desde la salida del templo hasta su llegada una ininterrumpida lluvia cae desde balcones y azoteas, que se hace, si cabe, aún. más copiosa a su paso por la Bolsería, en emocionada ofrenda a la Reina del cielo. Durante todo el trayecto las plegarias de unos y los vítores de otros forman un clamor que Ja acompaña, y ya en su Basílica, con la Salve, gozos e himnos termina la tradicional jornada que Valencia dedica a su amadísima Patrona. Un detalle de la cantidad de flor que se derrama al paso de la Virgen queda patente en las calles del itinerario, que quedan cubiertas de espesa alfombra de pétalos.
Por mucho que se escriba no se logrará salir de un pálido reflejo de la realidad. Para penetrar en el espíritu mariano de estas fiestas sólo hay una solución: venir a Valencia y sentirse valenciano durante ese día. Entonces es cuando se comprenderá en toda su amplitud que en el mundo no puede haber desamparados, ya que no lo es quien tiene por Madre a la Patrona de Valencia.

José Mª Gimeno Tichell

Romance de la madre del sacerdote

Anhelo de cosas grandes,
sol de verdades eternas,
amor tan sutil y altivo
que con nada se contenta.

Marqués de Lozoya

Aquí estoy en el portal
de la mi antigua casona
por ver lo que mi alma entona
con ritmo espiritual.

Por recordar de la vida,
por soñar como de niño,
por aspirar el cariño
de aquella edad florecida.

Como cuando ella vivía,
la madre que en mí soñaba,
la madre qué suspiraba
porque yo fuera algún día

misionero como aquellos
que un día nos deslumbraron,
cuando nimbados pasaron
de virtud con los destellos.

Que de una madre los sueños,
¡ay!, suenan a profecía,
porque ella ya me veía
realizando sus ensueños.

Empeños que eran divinos,
los de empuñar una cruz
y llevar divina luz
andando por mil caminos.

Errante cual mensajero
de la corte celestial
con la cruz como señal
del poder más verdadero.

Del poder de perdonar
la culpa al hombre caído,
de traer al hijo huido
que abandonara el hogar.

Del soberano poder
de hacer a Cristo bajar
a la mesa del altar
accediendo a mi querer.

Y cuando ella me vio
un día en el altar se acercó,
Pan divino me pidió,
¡con qué amor lo recibía!

Y cuando yo razonaba
en la cátedra del templo

memorando aquel ejemplo
de la madre que soñaba...

Que los sueños son verdad,
no son fingida ilusión
los sueños del corazón
de una madre con piedad.

Porque Dios se lo revela,
porque Dios la hace sentir
lo que oculta el porvenir
cuando su plegaria eleva.

Tiene poder misterioso
de la mí madre la plegaria
cuando reza solitaria
con un corazón lloroso.

Y el mismo Dios obedece,
cual sabemos pasó allá
en las bodas de Caná,
siempre que una madre rece.

Que Madre, Jesús tenía
cuando andaba por el mundo,
la amó con amor profundo,
como amar Cristo sabía.

Cuando se postra de hinojos
una madre ante el altar
sabe Jesús apreciar
las lágrimas de sus ojos.

Como cuando ella vivía
la madre que en mí soñaba,
la madre que confiaba
que al altar yo subiría.

Y nunca le faltan flores
en su tumba solitaria,
las flores de mi plegaria
regadas con mis amores.

Ella soñó que yo un día
subiría al altar santo,
hoy espero yo entre tanto
verla en la eterna alegría.

Allí las madres no lloran,
allí estaremos los dos
en la presencia de Dios,
¡allí las madres adoran!

Vicente Monroy Alaguero Redentorista

Estelas alcantarina

San Juan José de la Cruz

III. En el místico refugio

Hacia fines de agosto de 1669 el aspirante a la vida seráfica se trasladó a Nápoles para exponer a los Padres franciscanos de Santa Lucía al Monte su vocación religiosa. Se encontró con el P. Carlos de las Llagas, hombre de extraordinaria virtud, muerto después en olor de santidad, el cual, como experto conocedor de las almas, descubrió fácilmente en el angelical Carlos Cayetano maravillosos progresos espirituales. Sin embargo, quiso con mucha prudencia examinarlo con varias pruebas antes de presentarlo al Padre Superior.

Por espacio de nueve meses nuestro joven pretendiente tuvo que hacer la travesía desde la isla de Ischia a Nápoles. Finalmente fue presentado al P. Guardián del convento Fr. Andrés Messia, el cual, habiendo obtenido facultad del Provincial de Granada, de cuya jurisdicción dependían los conventos de la Provincia de Nápoles, para recibir novicios del reino, le admitió en la Orden Seráfica, siendo Carlos Cayetano el primer italiano que asumió las divisas de la Reforma Descalza de los Alcantarinos de España.
Se le concedió permiso para regresar a la isla y despedirse de su familia, lo que renunció voluntariamente a estos derechos del corazón por dar satisfacción a sus deseos vehementes de comenzar pronto su vida de cruz.

El Maestro de novicios, el insigne P. José Robles, se encargó de modelar su alma de santo. Carlos Cayetano entró en el Noviciado con el mismo raudo vuelo de la paloma que busca el refugio en un día de tempestad. Más tarde expresará a sus parientes el inmenso gozo que le proporciona el claustro y el renunciamiento a todas las cosas del mundo en una carta que más bien parece un cántico celestial. «Os dejo —escribe él—, adiós; no me escribáis más. Adiós mundo. Adiós Ischia. Adiós querida madre, adiós hermanos y amigos. Quiero sólo gozar de mi Jesús Crucificado y de su Santísima Madre María, mi Protectora y Madre. Que Dios os bendiga y consuele a todos. Amén. Carlos Cayetano.»

El 18 de junio de 1670 recibió el Santo Hábito franciscano tomando el nombre de Fr. Juan José de la Cruz, porque su deseo era consagrarse por completo al sufrimiento en unión de Jesús, su adorable Redentor, por el cual había renunciado al mundo, a sus pompas y vanidades.

Morando en aquel sagrado retiro en la verde colina de Nápoles, en el que se revivían los primeros fervores franciscanos de Rivotorto y de Rieti, Fr. Juan José se sentía extasiado de tanta pobreza y santidad. Besaba los muros del convento no sabiendo expresar su gran felicidad y el inmenso gozo que inundaba su alma. «¡Me parece —dirá más tarde a uno de sus Hermanos— como si el mundo haya sido destruido y no quede más que Jesús Crucificado. Lo que motiva esta mi gran alegría es que aquí se padece y se sufre algo por amor de Dios.»

Con estos buenos deseos fácilmente podemos vislumbrar los grandes progresos en la virtud y en la santidad del joven franciscano Fr. Juan José. El Señor se servirá después para reformar la Orden Franciscana en Italia, obteniendo copiosos frutos de santidad.

P. Juan José Baydal, ofm

Obispos sin pasaporte

No queremos que pase inadvertida entre las noticias telegráficas que a diario sirven las agencias y reproducen los diarios del mundo entero, esta tan escueta, pero tan significativa:

«Los Gobiernos de las cinco Repúblicas de la América Central —Costa Rica, San Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua— han acordado abolir los pasaportes para los Arzobispos y Obispos residentes en los cinco Estados. En el futuro los miembros del Episcopado podrán atravesar aquellas fronteras sin formalidades de ninguna clase.»

Para nosotros importa, más que la excepción o dispensa de trámites aduaneros, el espíritu que subyace en esa determinación de los respectivos Gobiernos. En definitiva se trata de un reconocimiento, sin especial proclama ni pomposas declaraciones, del carácter universal de la Iglesia y de la ciudadanía mundial de sus Obispos. A la vez que se hace posible a éstos el libre paso y circulación por los. territorios de las cristiandades para mejor cumplimiento y despliegue de sus actividades apostólicas.

Vuela la imaginación hacia los tiempos en que los apóstoles recorrían libremente los caminos polvorientos del viejo imperio romano sembrando la verdad del Evangelio a derecha e izquierda de las grandes calzadas que unían a los pueblos del orbe entonces conocido.

Pero no. Los tiempos son otros, las rutas y los medios de desplazamiento más fáciles. Aunque quizá, en contraposición, esos requisitos y trámites interfronterizos de la moderna civilización que para estos prelados ahora suprimen fueran más molestos que la marcha lenta por los libres caminos del Viejo Mundo.

Lo ejemplar y grato es que los gobernantes de cinco países del Nuevo Mundo hayan marcado de modo tan sencillo, pero expresivo, la supernacionalidad de la Iglesia y la ciudadanía universal del sus pastores.

(De la revista Ecclesia)

El esposo otra vez

Por detrás:

—Buenos días, Padre.

—Buenos días—, volviéndome.

—Es usted con quien hablé y con quien discutí hace algún tiempo, y con todos mis respetos he de declararle mi sorpresa, pues he leído su artículo del mes último en La Acción Antoniana en el que refleja la conversación que tuvimos sobre cosas de esposos.

—Voy recordando.

—Pues bien; no apruebo el que usted dé publicidad a mis opiniones.

—Señor mío, he de atajarle y de reducirle a la férrea sujeción del dilema. O dice lo que siente o no lo dice. Si no lo dice, poco ha de importarle lo que yo publique. Si dice lo que siente me habrá de agradecer mi informe, pues con ello coopero a esclarecer conceptos.

—Entonces le agradezco su intención y retiro mis palabras. No obstante, tengo miedo que se sepa lo que yo he dicho.

—Repare en que no he empleado su nombre, porque no lo sabía.

—Francisco González, servidor de usted.

—Gracias.

—Y ¿qué? Dice usted que yo debo mandar.

—Usted debe regir los negocios, orientar las economías; usted el responsable de la vida que con los dos surge: el matrimonio.

—Ya, ya. Yo entonces en mi sitio.

—(Y un sitio para cada cosa.) Pero no enderece el cuello, ni dé puñetazos en la mesa. Todo eso supone que no está en «su sitio».

—Si usted me quita esto pues no sé con qué me quedo.

—Es lo que debe suprimir. Usted ha abandonado desde un principio «su sitio», ese «sitio» que a usted le gusta.

—Sí, el de cabeza. Pero si conociera a mi mujer vería cómo no es posible. Paseamos por donde quiere y nos sentamos cuando quiere; se compra lo que ella quiere y se habla de lo que a ella le gusta. Y cuando me decido por un traje es él que ella quiere.

—Bueno, en cuanto ha dicho hay cosas que se refieren a la sensibilidad y en esto ha de comprender que ella le puede ganar. Debe actuar ella. ¿Quién dice la hora en que hay que dar el biberón al hijo?

—Pues muchas veces se lo recuerdo yo.

—Sí; lo supongo.

—Me tiene harto con lo que cuenta de la familia de Mengano, de la de Perengano. ¿Cómo he de conseguir retroceder?

—Me alegro que reconozca que es usted quien paga las consecuencias de su equivocación. Y que no diga tan suavemente que es su mujer, porque no dejó Dios sin amonestar a Adán porque dijera «la mujer que me has dado me dio a comer». A Adán le llegó lo suyo.

—Si ella observara sus deberes...

—Es que usted no ha sabido mantener sus derechos. No hablemos de sus deberes, que son tan importantes como sus derechos. ¿Los ha cumplido?

—Sí.

—Pues justo es que tenga sus derechos.

Fr. David Cervera, ofm

Benisa ha sonado en los Andes

Un criollito de seis años quiere ser franciscano

—¡Taita! ¡¡Taita ! ¿Cómo le va?

—Muy bien, precioso, aunque con mucho calor. ¿Y tú?

—Mamita dice que vos sois el taita, ¿no es cierto?

—¡Exactamente, pequeño!, y además ¡¡¡l amiguito de todos los niños!!!

—¿Y por qué llevás vos esa cuerdita con borlas?...

—Mira, chiquitín: la cuerda es para azotar al demonio cuando quiere y nos dice que seamos malos. Las borlas me sirven para limpiarme los lentes y... ¡¡¡para hacerle cosquillitas en la punta de la nariz a los pibitos que aprenden bien el Catecismo... !!! -¿Y...?

—Toma esta medallita. ¿Te gusta? Bueno, ¡hasta lueguito!

—¡No te vayas, taita, no te vayas...!

* * *

—Señora, ¿y el niño?
—Acá está. Se mueve siempre en todo el día. ¡Es un muchito malo y un muchito pícaro. Mirá, Pety, andate con el Padre cura...

—Mira, pituso, ¿quieres que yo te lleve a un Colegio en donde hay muchos pibitos como tú que juegan y estudian para ser taitas de cuerda blanca?...

—Y... ¿en qué sitio?

—¿ En Benisa!

—Bini... ¿cómo? ¡Otra vez, decilo!

—¡¡¡Be-ni-sa!!!

—¿Y me iré lejos de la mami ?...

—Sí. Pero después volverás a ella. Vestido con una sotana como la mía y una cuerda blanca a la cintura. ¿Te gusta?...

(Una mirada de angustias de separación se cruzaron ambos.)

—Mamita, ¿a mí me gusta?

—¡Y...?
—Y... entonces, bueno; yo quiero ir a ese Colegio, y ser taita como vos... y... y llevar una cuerda blanca... y sandalias, y...

—¿Y enseñarás el Catecismo a otros niños?

—Y enseñaré catecismo a otros niños y...

—Y les harás cosquillitas en la puntita de la nariz con las borlas del cordón.

Entre sonriente y vergonzoso corrió a los brazos de su madre.

* * *

—Adiós a todos. Muy buenas noches y a esperar mañana, último día de misión. Pequeñín: mañana te contaré cosas muy lindas de Benisa. Toma un caramelo y... ¡guárdale el papelito a la queca! (abuelita).

* * *

Estaba terriblemente cansado cuando llegué a casa. Dejado caer encima del jergón comencé a reconstruir el día: la misa a la sombra de unos gigantescos eucaliptos; la gente apiñada al altar examinando todos mis gestos y ceremonias. La gran emoción mía de siete jóvenes—¡simpáticos muchachos... !— de dieciocho a veinticinco años que habían confesado y comulgado por primera vez y que se sintieron —¡me aseguraron!— tan cambiados y tan felices y optimistas... Pero, sobre todo, ¡aquel niñito de seis escasas primaveras, vivo, desenvuelto, morocho y perspicaz, llamado Pety, y que apoyaba la voz en la garganta para que le saliera firme y sin tropiezos aquel: «¡Yo seré taita de cuerda blanca como vos !...»

Recordé sus ojos de viva inquietud que pinchaban donde se posaban. Lo imaginé ya en Benisa, vestidito de hábito como yo un día lejano y como esos añorados seráficos que acabo de dejar... Estudié el significado de aquella mirada entre ansiosa y nostálgica que cruzó Pety con su mamita cuando descubrió que para ser taita había de separarse de ella..., ¡de la madre...!

Me levanté del jergón. Miré la estampa de la Virgen que me alienta y le conté la historia de Pety, el pequeño criollito de un rincón de los Andes que pronunció mal —pero con afecto— el nombre de Benisa...

Después tomé en mis manos la fotografía de mi madre y... de mis ojos se descolgó un blanco rosario de lágrimas, homenaje de nostalgia y cariño.

¡Fue el rosario blanco que ofrecí aquella noche ¡por ella! y ¡por la misión!

Florecillas de san Antonio

El milagro eucarístico

Cuando aquellas gentes que seguían al Señor le hallaron en Cafarnaúm le dijeron entre otras cosas: «¿Qué milagro haces Tú para que nosotros veamos y creamos?» (Jn 6, 30). Jesús les ilustró de esta manera: «Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo. Quien comiere de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré es mi misma carne para la vida del mundo» (6, 51-53).

Esta promesa grande y solemne la cumplió antes de su Pasión, cuando consagró las especies y dio precepto de que aquello se hiciese en adelante en memoria suya. ¡Gran milagro, lectores! El Amor se hizo manjar para que el hombre alimentara su amor al Amor de los amores.

¡Cuán lastimoso es que haya hombres que no crean en la Eucaristía; qué triste es su marcha por este mundo ! No sólo hay quien no cree, sino que además ataca al Sacramento supremo. Esto ocurría también en tiempos de San Antonio de Padua.

Cuando se habla del hecho sin par de un hereje que cree en la presencia real porque su mula deja la avena (tras largo y desusado ayuno) y cae de hinojos ante una Hostia consagrada, atestiguando a los hombres que aquello no es pan, sino el Cuerpo de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, no se precisa exactamente la localidad en que aconteció. ¡La tradición se conserva en Rimini y hay monumentos allí que se han alzado al calor de la misma. Hemos de inclinarnos, pues, por esta ciudad de Italia.

Rimini estaba infectada en el siglo XIII de herejes patarinos. El Concilio de Letrán de 1179, siendo Pontífice Alejandro III, condenó a toda la familia maniquea: cátaros, patarinos, paulicianos (llamados también paulicanos y publicanos), albigenses, etc.

En el doscientos eran llamados patarinos todos los herejes, pero éstos de Rimini eran muy peligrosos por sus creencias. Los había que consideraban el matrimonio como un estado impuro. ¡La Iglesia no puede olvidar que el divino Maestro lo dignificó y santificó asistiendo a las nupcias de unos amigos en Caná de Galilea, donde además obró por intercesión de ¡María el gran milagro de trocar el agua en vino selectísimo. San Antonio luchó mucho contra dichos patarinos. Y como Dios no le dejaba un momento de su mano, lo que no conseguía con su santa palabra lo lograba con un milagro bien sonado.

* * *

Uno de los descarriados,, por nombre Bonvillo, se obstinó en rito dejarse convencer por los razonamientos del buen franciscano. Y le propuso osadamente hacer la prueba de dejar su mula tres días sin comer y luego ver si ante el Sacramento y la avena se inclinaba a comer ésta o a mostrar reverencia a Aquél. Si Antonio dijo que sí es porque creía con fe ciega. Que oró con fervor no es necesario decirlo, pues ya se sabe. Y fue a la prueba muy seguro que Cristo daría una buena lección no solamente a Bonvillo, sino a todos los herejes.

Ocurrió lo contrario que Bonvillo y los suyos habían imaginado. La mula dejó la avena y dobló reverente las patas delanteras: adoraba a su Dios. Antonio, franciscano al fin y al cabo, veía en aquel milagro algo muy natural: que una criatura del Señor adorara a su Creador. Los herejes es de suponer que sentirían un escalofrío de pies a cabeza; se sabe, sí, que lloraron silenciosa y dulcemente; que Bonvillo se postró y adoró al Santísimo; que se convirtieron.

Cristo, por medio de Antonio, había encendido aquellos corazones en el amor de Dios. Eso quiere Jesús, inflamar los corazones. Y para eso vino, entre otras cosas, al mundo: «Yo he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué he de querer sino que arda?» (Lc 12, 49).

Encendamos nuestras almas en amor eucarístico, porque sólo así podremos propagar fuego tan puro y tan santo a los corazones de nuestros hermanos. La consideración de este milagro de Rimini nos ayudará.

Mariano Vila-Cervantes