Ahora la esposa
Otro día, y con permiso explícito, para que lo pueda referir, ocurrió lo siguiente:
—Yo soy la esposa de Francisco González.
—A su disposición. ¿De qué ocasión tengo el gusto de conocer a su marido al que alude?
—Es el señor que ¡ha hablado a, usted de nuestras cosas.
—¿De nuestras cosas dice? Se lo habrá dicho él.
—En la Revista lo ha publicado usted y como soy suscriptora he leído su nombre y quiero explicarle.
—Sí; he sido indiscreto. Habrá sido una distracción.
—No tiene por qué excusarse. Su intención es muy buena.
—Téngalo por seguro.
—Pero yo he sido malenjuiciada, y por tanto difa...
—Le ruego, señora...
—Y usted ha de publicar mis declaraciones.
—Por favor; no suelo decir lo que otros quisieran que dijera, sino lo que juzgo que debe decirse.
—Por esta vez tiene obligación.
—¿Y no cree que sería mejor realizarlo mediante la prensa y en forma sensacional?...
—No; no me gustan esas sensacionales formas.
—¿Son largas sus declaraciones? (Sacando el bolígrafo.)
—Epígrafe: Ahora la esposa.
—Así es.
—La mujer es el ser espiritual, ornato de la creación.
—¿Y el hombre?
—Dios la ha hecho indispensable con el don de la maternidad.
—¡Vale por toda una apología! No corra usted y sintetice.
—La esposa es el ángel de la felicidad en el hogar.
—¡Uf! y qué cosas dice usted.
—¿No son ciertas?
—Si usted quiere levantar la estima hacia la mujer no lo desapruebo, pero si juzga que es su defensa...
—Yo no necesito defenderme. Necesito decir que la esposa no es una persona más en casa. Es la r-e-i-n-a.
—Es reina porque es esposa del hombre, que es rey.
—¿Lo reprocha?
—Si desea su reinado para mandar y exigir necesitará de esclavos y es muy probable que no los encuentre; si lo desea para ejercer la misericordia y administrar la paz me parece muy bien.
—Veo que no tenemos las mismas opiniones.
—No es este el caso. Pudiéramos tenerlas idénticas las opiniones y ser desaceptables.
—Yo no me desdigo de lo dicho y no quiero abusos...
—Pues me habré de decidir y ser yo el que se desdiga para que sean iguales las opiniones. Su marido reconoció, al fin, su equivocación.
—Como que está equivocado.
—Sí; pero en esa equivocación de él se incluye la convicción suya de que es reina, reina con servidores, que es como decir reina pagana.
—No soy la única que así piensa.
—En cuyo caso otros son los que necesitan la verdad. Dispénseme ahora, que he de dar mi clase.
La Tercera Orden Franciscana y el mundo actual
El tremendo cataclismo que ha azotado al mundo con la guerra mundial, la guerra fría y los pavorosos problemas sociales que amenazan retrotraer la civilización cristiana a la barbarie, son la consecuencia directa del olvido de Dios y del abandono de los preceptos del Decálogo por los hombres. Por eso digno es de notarse el profundo malestar y el desconcierto de los Gobiernos y de los pueblos, que en medio de las embravecidas olas que amenazan tragárselos, buscan anhelantes, en el oscuro horizonte, un rayo de luz que los guíe a seguro puerto.
Jamás pudieron imaginarse aquellos espíritus ciegos que negando los destinos providenciales del mundo y las enseñanzas del Evangelio, al propio tiempo que endiosan la razón humana iban a cosechar, como fruto de sus doctrinas, un levantamiento brutal de las más salvajes pasiones que dormían en los bajos fondos sociales de los pueblos-. Se llegó al desprecio del principio de autoridad en los Gobiernos, y como lógica consecuencia debía seguirse el desprecio de los divinos mandatos.
Por otra parte, una ola desenfrenada de goces materiales y de apetitos insaciables ha venido a dominar por doquier en las clases ricas y elevadas de la , sociedad contemporánea. El progreso en sus múltiples manifestaciones, unido a una mayor distribución de la riqueza, que a su vez ha desarrollado el cosmopolitismo que pone en contacto las más diversas sociedades; el telégrafo, la radio, la prensa, los espectáculos..., todo ha venido a coadyuvar maravillosamente para que las sociedades no vean sino el lado material de la vida, apegándose a la tierra y olvidándose del cielo.
Como un tirano avasallador, el lujo más desmedido, la moda y los bailes han producido un fermento que no es otra cosa que el paganismo de las costumbres y el reino de todas las concuspiscencias. Si la Providencia no velara sobre el mundo, todo haría creer que éste retrogradaba, decrépito y enfermo, a la época pagana.
Este cuadro sombrío no es nuevo en la historia. Ya en las postrimerías del siglo XII y en los albores del XIII, según lo expresó magistralmente el inmortal y sabio Pontífice León XIII en su Encíclica Auspicato, «el libertinaje había alterado las costumbres de los pueblos; los hombres vivían esclavos de las cosas temporales, amando con locura excesiva los honores y las riquezas, viviendo en el lujo y la opulencia. Se había extinguido la caridad, y por doquiera se habían seguido los diferentes y cotidianos males del odio, de la envidia y de los celos: Los ánimos estaban tan enconados que por el menor motivo se hacían guerras asoladoras unas ciudades contra otras».
Ese tiempo fue el que Dios deparó a San Francisco de Asís para que viniera, como una especie de segundo redentor, a traer al mundo la verdadera imagen de la perfección cristiana. Salvo la distancia de los tiempos y de la época, parece que existiera un extraordinario paralelismo entre los males que aquejaban a las sociedades en que le tocó actuar el Serafín de Asís y los aciagos y calamitosos tiempos que hoy todos presenciamos y vivimos.
San Francisco de Asís asombró al mundo con su misión restauradora de las virtudes cristianas fundando la Tercera Orden de Penitencia. La sola diferencia que existe entre la época del Poverello y la actual es que en que por más corrompida que estuviera aquella sociedad, mantuvo siempre latente y arraigada en su corazón una fe grande y sincera en sus inmortales destinos; mientras que hoy ya no existe ni reina esa fe en todos los corazones. De ahí-que los males que hoy presenciamos tengan raíces más profundas, se hayan generalizado por parejo en casi todas las naciones y que las resultantes de esta tremenda lucha tengan proyecciones que no podían alcanzarse ni soñarse en el siglo XIII.
Al igual que entonces, la Tercera Orden de San Francisco está llamada a restaurar nuestra sociedad de todos los males que le aquejan. Para ello es preciso que nos informemos bien del espíritu de su Santo Fundador.
Fr. Juan José Baydal Tur,ofm
Director de la V. O. T. de Teruel
Horas regaladas
Se alzó la Custodia, Y salían del alma los salmos, Se apagaron los ruidos mundanos, Se perdieren memorias molestas, Y la voz de un apóstol contaba |
lo que envidian los ángeles puros, Y se amaba lo mismo que un día Qué grandes, qué bellas Hosanna a la Hostia, |
Vicente Monroy Alaguero, Redentorista
¡Qué vida ésta!
Gamberradas
Desde que existe el hombre sobre la tierra ha tenido que soportar a algunos de sus semejantes en las variadísimas formas de mala educación que con él han convivido. Como es natural, esta clase de tipos han tenido sus alternativas, ampliándose o reduciendo su número en la sociedad, así como, según su actuación, han pasado más o menos desapercibidos en la misma; pero siempre, eso sí, fueron repudiados por la mayoría de las personas sensatas.
Ahora, ¡cómo no!, sigue existiendo esta plaga y con su hombrecito y todo. Se les denomina «gamberros», y dentro de esta clasificación existe desde el "aprendiz de gamberrito" hasta el «gamberro bestia», con una gama variada entre ambas denominaciones. De este último no quiero ni me atrevo a decir nada. Afortunadamente las Autoridades parece que van tomando cartas en el asunto, puesto que el mal se extendía con rapidez, y a ellas compete la labor de hacerle desaparecer.
Hoy quiero ocuparme de una variedad que, sin molestar directamente a los ciudadanos, les hacen la vida desagradable.
Para éstos el arte, la elegancia, la naturalidad y la sencillez son ideas que sólo recuerdan de «oídas». Sus diversiones, gustos y la vida misma giran en torno a la parte animal. (Lo espiritual queda en un plano muy alejado y... así va el mundo.
Para triunfar y ser famoso en la actualidad, así como para obtener grandes éxitos, es preciso ser, por lo menos, «gamberrito» (que es ser gamberro, pero menos). Si repasamos la lista de los que han alcanzado últimamente la cima de la popularidad, nos daremos cuenta de que, salvo honrosas excepciones, muchos pertenecen a esta variedad. No dudo que el valiente que se decidiese a imitarles, pero de verdad, triunfaría al igual que ellos.
Por ejemplo, una manera de alcanzar la fama y el dinero podría ser componiendo música. Ustedes irían en seguida al Conservatorio, estudiarían solfeo, armonía y composición y se dispondrían a trabajar... ¡Pero qué infelices son, y perdonen la franqueza. El componer en la actualidad es la cosa más sencilla del mundo y no hace falta ningún estudio. Basta coger un perro, atarle unas cacerolas en el rabo, darle una patadita y... ¡ya está!
Les aseguro qué entre los aullidos del can y el ruido de las latas quedará una composición «musical» estupenda. Sólo tiene que buscar alguien que trasplante eso a un papel pautado y darlo a una orquestina para que lo «ejecute», en el buen sentido de la palabra. Después ya viene lo de impresionar discos y la gente se volverá loca bailándolo. Romperán sillas, se rasgarán los vestidos y... etc.
Por lo que respecta al teatro, ídem de lienzo. Si tiene un estilo elegante, fino y sencillo, está perdido. Para hacerse con el «respetable» no tiene otra solución que unirse con otro artista que componga música (cuanto más ramplona, mejor) y con unos cuantos chistes verdes y meterse con el Ayuntamiento, éxito seguro. Supongo que no olvidará la parte principal, que son los artistas. ¿A que lo primero que pensó ha sido ir a contratarlos a la Escuela de Arte dramático? Pero, hombre, ¡es usted incorregible! Si hace eso a su revista no irá ni un gato. Para llenar el patio de butacas y el resto de las localidades tiene varias soluciones. Una de ellas es contratar «er niño de los jipíos», que con cuatro contorsiones acompañadas de unos ayes lastimeros les hará caer la baba a los que asistan a la representación.
Otra buena fórmula es la de buscar una primera figura femenina. Esto es facilísimo. Con encontrar a una chica que tenga las piernas bonitas y él palmito aceptable, ya está. ¿Qué no sabe cantar, ni bailar, ni recitar? Eso no tiene la menor importancia. Lo fundamental es que carezca igualmente de vergüenza, que es lo que le interesa al «respetable». Con muy poca tela para el vestuario y grandes cartelones anunciando a la supervedette del siglo podrá colocar el tan codiciado cartelito de «no quedan localidades».
En cuanto a las películas, coja un guión en el que salga la malvada, una huérfana que sufra mucho y un juez que tenga que condenar a su padre. Lo importante es que padezca mucho la candorosa huérfana. ¡ Pobrecita! Llorarán los espectadores, aposentadores, barquilleros. Ya verá lo que se divierten todos teniendo el corazón en un puño. Naturalmente, a llenazo por sesión.
Dejaremos para otra ocasión las tantas y tan distintas maneras de practicar esta clase de «gamberrismo» y sírvanos de consuelo ver que, aun metidos en esta época de gustos tan estragados, gracias a Dios existe una gran masa de jóvenes que con su sensatez y valentía, por haber convivido con esta lacra de la sociedad actual, con mayor facilidad podrán combatirla. Hasta otro día, amigos.
José Mª Gimeno Tichell
La Primera Comunión
Entremos en el Cenáculo grande de Jerusalén donde Jesucristo, sentado a la mesa con sus apóstoles, celebra la última fiesta de la Pascua. Noche es entonces en la bulliciosa ciudad de los judíos ¡ noche de plenilunio, cálida ya por la proximidad de la estación abrasadora del estío, en la que se doran las espigas y se maduran los racimos; noche apacible y perfumada de primavera, en la que se abren a la vida los primeros capullos de las flores, para dar a la brisa, que les ha acariciado y les ha mecido, el primer beso impregnado de esencias intensas y penetrantes.
Estamos ya en el Cenáculo grande de Jerusalén. Delante de Jesús, que preside la mesa donde reposan, en el desorden de un final de comida, pedazos de pan ácimo, sin levadura según el rito sagrado de la Ley; vasos de dorado vino a medio consumir; platos sucios y fuentes repletas de lechuga y hierbas amargas con la que, también según el rito, se ha de acompañar la consunción del Cordero Pascual; utensilios diseminados sobre el albo mantel con señales de haber servido, olvidados ahora y reducidos a la insignificancia y pequeñez de su utilidad convencional y de ocasión. Agrupados en torno del Maestro y pendientes de sus palabras, los once amados compañeros. Ya se fue el traidor, tras recibir impávido el insinuante reproche de Jesús, llevando el alma revuelta en la tormenta de sus pasiones desencadenadas y endurecido el corazón, como roca granítica, por la grandeza de sus muchos pecados, nunca arrepentidos ni llorados (contra el cual, vanamente y muchas veces, ha llamado el Profeta divino con dulces toques amorosos, que han encontrado siempre cerradas sus puertas, sin poder conseguir que sus palabras y acciones las abriesen al arrepentimiento y al perdón).
Ha pasado ya el lavatorio de los pies, en el que Jesucristo, eterno Sacerdote según el orden de Melquisedec, como símbolo y señal de otra más completa y espiritual purificación, se ha arrodillado delante de sus discípulos, y así, humillado y rendido, ha lavado sus pies, sucios del polvo del camino, a fin de que, limpios y purificados, se sienten a participar de la Mesa en que Se van a realizar los mayores y más grandes misterios del Amor. Y ya solos los elegidos y el Maestro, los limpios y purificados y el divino Purificador de conciencias y corazones sucios por las impurezas recogidas en los senderos de la vida, congregados en la intimidad del hogar todos aquellos amigos del Maestro, he aquí que se va a realizar el gran misterio, el gran sacrificio del Amor.
Con maravillosa sencillez nos describe el evangelista San Juan el magno acontecimiento, que jamás habrían podido contemplar los mundos sin la divina y sobrenatural intervención del Hijo de Dios, hecho hombre como nosotros y por nosotros encendido y arrebatado de amor. «Y el Señor, tomando un pan de los que aun quedaban sobre la mesa, lo partió en pedazos y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed, éste es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Haced esto también vosotros en mi memoria, y del mismo modo tomó en seguida el cáliz, dio gracias y se lo entregó diciendo: Tomad y bebed de él todos porque ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros para la remisión de vuestros pecados, y siempre que bebáis haced esto en memoria mía.»
Y aquellos felices apóstoles, compañeros inseparables y amigos incondicionales del Maestro, ven al fin recompensadas todas las amarguras y tristezas sufridas, todos los dolores pasados en tan noble compañía con esta primera Comunión del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Ya sienten con ella el alma, otrora alborotada y revuelta por humanos sentimientos, tranquila y sosegada en cambio milagroso y repentino.
Lejos quedan ahora los rencores sentidos en el trato continuo de compañeros, como ellos hombres sujetos y sometidos a las debilidades del carácter o del humor; lejos aquellas ambiciones desmedidas tenidas entre ellos por deseos de preferencia en el futuro reino de Israel; lejos aquellas dudas e incertidumbres que les hicieron sufrir amargas desilusiones y que les traían en continuo desasosiego y desconfianza; lejos los apegos excesivos a los bienes de la vida presenté que les tenían como aprisionados y sujetos a cuidados y atenciones materiales que, más de una vez, merecieron la reprobación del Maestro; lejos aquellas infantiles presunciones que halagaban su amor propio y henchían de orgullo su vanidad cuando el Señor les mandaba echar los demonios de los poseídos o les daba divina potestad para perdonar los pecados; lejos aquella debilidad y cobardía de espíritu que les llevaba a pedir al Maestro se quedase en lugares tranquilos y seguros, sin exponerse ni exponerlos a ellos a los peligros de la persecución de la Sinagoga y el Sanedrín; lejos, en fin, aquellas murmuraciones y resentimentos que herían tan hondo el Corazón amoroso de Jesús y que tan en pugna estaban con los preceptos y la predicación misericordiosa de su Maestro.
Sienten ahora en los labios y en el corazón las mieles de su primera Comunión y encendida el alma y arrebatada en éxtasis amoroso hacia el Hijo de Dios, que a ellos se ha dado, dejan correr en el Cenáculo grande de Jerusalén y en las penumbras de las pocas luces que lo iluminan, el torrente impetuoso de los sentimientos que les agobia y les embarga y que difícilmente pueden retener escondido y oculto en el agradecido corazón, que de gozo se rompiera si no fuera porque la misma fuerza y poder de Dios lo contienen y lo perduran en su ser.
Allí está Pedro, el apóstol de las prerrogativas y privilegios; allí está Felipe, el de los generosos arrebatos; allí está Simón el Cananeo, el apóstol cumplidor y exacto; allí está Tomás, el de las inconcebibles incredulidades; allí están Mateo y Bartolomé, los hijos del Zebedeo Santiago el Mayor y Juan; allí están Andrés, Judas Tadeo y Santiago el Menor, todos en silencio, como arrebatados y encendidos en íntimas y santas satisfacciones, gustando las dulzuras de su primera Comunión, a la espera de una palabra del amado Maestro o de un gesto que les vuelva a la realidad de la vida presente, de la que les arrebató el haber comido y bebido hace un momento el Pan y el Vino consagrados. Allí está, por fin, el divino Jesucristo, el Mesías prometido, el Salvador del mundo, el Maestro bueno y misericordioso contemplándoles uno a uno y separadamente, con largas miradas amorosas dirigidas al alma y al corazón antes que a la cara y a los sentidos.
Por último, el propio Jesús rompe el éxtasis y la exaltación de amor en que ha sumido a estos once primeros privilegiados la Comunión sacramental y dirigiéndose a ellos, como para explicar la razón suprema de aquella y de todas las posteriores comuniones de la tierra, que era la glorificación del Padre, la ausencia de El y la santificación de las almas, les dice estas palabras: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado por El... Pero, hijos míos muy amados, ya muy poco tiempo más voy a permanecer con vosotros... Me buscaréis y no podréis encontrarme... Todas estas cosas os he dicho con el fin de que halléis en Mí la paz en el mundo; tendréis grandes tribulaciones, pero tened confianza en Mí; Yo he vencido al mundo.»
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