La Santa Cena

Uno de los temas que a través de los siglos ha solicitado la atención de los pintores con mayor acuciamiento expresivo e íntimo ha sido este de la última cena del Salvador con sus discípulos. Podría ir el crítico considerando paralelismos técnico-sacros y deduciendo consecuencias, signar efectividades valorativas, que denunciaran filiaciones ductrices para la historia de la pintura a través del tiempo y del espacio. Esta «Ultima Cena» que reproducimos, de distinción italiana y adscripción post-renacentistas, con atisbos barrocos, muestra la ponderación composicional, el acusado claro obscuro y una espectación emocional moderna. Desde «La Cena» de Leonardo —pasando por la de Mantegno a la de nuestro Juan de Joanes —, la línea conceptual es perenne con la obtención siempre de nuestra fervorosa admiración más rendida.— José Mª Bayarri

EL SANTO CÁLIZ DE LA PASIÓN
que se venera en la Iglesia Catedral de Valencia.
Salmo 4
Nuestra felicidad cifrada en Dios
2.— Cuando te invoque, óyeme, ¡oh Dios de mi justicia!
Tú, Señor, que en mi angustia me pusiste a salvo, ten piedad de mí y escucha mi plegaria.
3.— ¡Oh, hombres! ¿Hasta cuándo trocando mi gloria en ignominia amaréis la vanidad e iréis tras la mentira?
4. — Mas sabed que el Señor distingue admirablemente a su santo.
El Señor me atiende cuando yo le invoco.
5. — Cantad de manera impecable al Señor,
meditad en vuestro corazón,
sobre vuestros lechos tendidos cantad quedamente.
6. — Ofreced sacrificios de piedad y confiad en el Señor.
7. — Muchos dicen: «¡Quién nos diera contemplar ventura! »
Alza, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro.
8. — Tú has depositado en mi corazón tal alegría
que supera a la que suele proporcionar una abundante cosecha de grano y mosto.
9. — Recogido en paz, tranquilo duermo,
porque Tú sólo, Señor, me haces vivir en seguridad.
Comentario
La ocasión que inspiró este salmo es parecida a la que motivó el anterior: una tremenda conspiración se estrechaba en torno a David, creándole una situación sumamente apurada. El primer impulso de su corazón es recurrir a Dios, a quien suplica confiadamente se sirva despejar su angustiosa situación.
Y así, ya repuesto en su ánimo, seguro del favor divino, se vuelve a sus enemigos interpelándoles para que desistan de sus perversos planes. Cumplida esta delicada atención con sus enemigos, centra de nuevo toda su atención en Dios, reiterando sus sentimientos de ilimitada confianza en El, de la cual deriva un gozo inefable que invade toda su alma.
A imitación del Salmista, las almas atribuladas en todo tiempo sólo encuentran alivio para sus males en Dios.
¡Qué hermoso ejemplar de oración cristiana cuando se cierne la tribulación, venga de donde viniere!
Recogido en paz, duerme tranquilo el Salmista porque Dios vela su sueño.
Y San Pablo dirá más: «Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros?» Nadie ni nada: ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni los peligros, ni la misma espada. (Rom 8, 31-35)
San Pablo en el Areópago
En el año 51 de nuestra Era comenzó San Pablo (Saulo de Tarso) sus viajes. A este varón sin par se debe la conversión de los gentiles, hasta el extremo que se le titula honorífica y justamente Apóstol de las gentes.
San Pablo es un divino impaciente, si se nos permite esta bella frase de Pemán. Antes de su conversión sentía impaciencia porque no había exterminado y raído de la faz de la tierra a los cristianos, pero una vez que hubo visto y oído a Cristo en el camino de Damasco se impacientaba de muy otro modo, de manera divina. Quería gritar a todos los vientos la nueva verdad del Cristo Redentor y resucitado; quería devorar las leguas que le distanciaban espacialmente de aquí y de allá, y a ser posible abarcarlo todo con una voz gigante que resonara en todos los oídos y corazones. Y Cristo Jesús, que se complace en probar a los suyos, le va cortando esos santos deseos le dosifica la acción, permitiendo que sea metido en cárceles, y que reciba azotes, y que necesite ocultarse y trasladarse, y que ganarse el sustento con aquellas manos que querían escribir cuáles eran los caminos de salvación.
En uno de sus viajes llegó a Atenas. Y allí quedó esperando a Silas y a Timoteo. Pero nuevamente sentía la divina impaciencia: «Se consumía interiormente su espíritu, considerando aquella ciudad entregada toda a la idolatría» (Hch 17, 16). Pablo de Tarso era un hombre de acción y no podía permanecer inactivo en modo alguno. Y menos aún en Atenas, una de las ciudades rectoras de las inteligencias antiguas. En esta época nos muestran los griegos una gran semejanza con los posteriores bizantinos: el afán por la polémica y por las novedades y sutilezas mentales. Así se lee: «En ninguna otra cosa se ocupaban, sino en decir o en oír algo de nuevo» (Hch 17, 21).
Pablo, llevado de ese vivo deseo de predicar el Evangelio, hubo de lanzarse por las calles y lugares de concurrencia y revelarles verdades necesarias y desconocidas. Y así lo hizo.
Atenas era una ciudad cosmopolita. Griegos, sirios, romanos, egipcios... todos tenían cabida en aquella polis, que por haber sido fiel a Roma durante la conquista de Macedonia y Grecia gozaba de la condición de ciudad libre. Mientras que Corinto, por ejemplo, fue tratada con suma dureza y sus moradores esclavizados; luego, en el año 44 a. de J. C., fue reconstruida por César con el nombre de Colonia Laus Julia Corinthus.
Cuando unos y otros oyeron a San Pablo ocurrió lo que suele suceder: que unos se pusieron de su parte y otros no estuvieron conformes. Filósofos estoicos y epicúreos discutieron con él y tuvieron pareceres encontrados. Resumiendo: Pablo fue llevado al Areópago. Y nosotros, insensiblemente, también hemos llegado a este lugar de la vieja Atenas. Era la meta de nuestro viaje, la intención de este artículo, y tiene naturalmente su historia y su significación.
* * *
Las tribus griegas, en general, y el Ática tuvieron en tiempos inmemoriales reyes. Pero no monarcas con arreglo al concepto que nos podamos formar, influidos por el fulgor de monarquías posteriores, sino de una sencillez muy en consonancia con aquel tiempo heroico que pinta de admirable modo el padre Homero. Eran reyes y sacerdotes a la vez empuñaban las riendas del gobierno, disparaban sus arcos contra los pueblos o tribus enemigos y, a la par que administraban justicia, dirigían las conciencias.
Guardan un cierto parecido con sus colegas posteriores los reyes escandinavos, que conocemos a través de las viejas sagas. Estos individuos de carácter sacro-real descendían —según ellos— de los dioses, de Zeus, el Júpiter romano, concretamente.
También desde remotos siglos hubo en Grecia una institución, conocida con el nombre de boulé, que era un Consejo. Integrado por miembros aristocráticos, fue hurtándole al rey prerrogativas y asumiendo funciones que si antes eran exclusivas de éste, ahora no. Era el gobierno de uno moderado por la acción de una selección, como diría muy luego Aristóteles. De todos modos era una forma de gobierno justa, si seguimos al discípulo de Platón. Sólo que faltaba una cierta intervención del pueblo para llegar a lo ideal. Ya llegaría esto, y más, con Clístenes.
Primero se juzgaba en casos criminales por la ley del Talión, pero después se abolió; entonces es cuando el Consejo de Areópago se encargó de entender en estos procesos. El nombre dé Areópago está relacionado con unas divinidades que tenían dedicado a ellas un montículo en Atenas, sede de los areopagitas. Mas se le dio también tal denominación para evitar confusiones con otros boles similares. No fue ajeno el Areópago, a partir del 712 a. de J. C., a la selección de magistrados aristócratas (como polemarcas, thesmothetes y demás) que, por un triunfo político de las altas clases, se encumbraban sin que el pueblo participara para nada en el gobierno. Hasta que llegó Clístenes, verdadero paladín de la democracia helénica, e hizo que las innovaciones de tipo político reformaran el Consejo del Areópago. Este se resistió porque amaba lo tradicional, pero fue en vano.
El año 462 a. de J. C. fue fatídico para las facultades que tenía en sus manos el Areópago, porque un tal Efialtes se encargó de que el Consejo llamado de los Quinientos y las Asambleas populares se repartieran el poder de aquel preponderante boulé. Verdad es que no se lo quitaron todo, sino parte. Le dejaron entender en lo tocante a derecho penal y asuntos religiosos. Y tuvo que resignarse con repugnancia a que el pueblo gobernara. Ya no era, como antaño, una institución similar al Senado de Roma o a los Parlamentos de las democracias europeas.
Mas como quiera que nada es eterno sobre la faz del mundo y todo está sujeto a variaciones, la situación cambió. Hubo un nuevo auge aristocrático y ello fue al dominar Roma a Grecia. Atenas, como decíamos, no fue hostil, no resistió las armas latinas y tuvo un trato de favor: ciudad libre. Y bajo esta consoladora —aunque indigna— realidad se desarrollaba la vida en la vieja polis, que escuchó las graves doctrinas de Sócrates y se rió de la vanidad y de los andrajos de Diógenes el cínico. El Areópago se rehízo con arreglo a los moldes antiguos y se encargó de los aprovisionamientos, de conservar la alta ciencia, de vigilar la educación. Tareas
que hoy requieren cada una un ministerio, pero entonces no.
Y a este Areópago, que estuvo consagrado a las Euménides, llevaron a San Pablo.
Al Apóstol de Cristo lo llevan a un tribunal o Consejo ateniense, situado en una eminencia o montículo, para que hable allí palabras elevadas y santas y haga cátedra de aquella sede de justicia. Pablo, el profundo, el intelectual, disertó ante intelectuales en una institución venerable por la antigüedad y por su alta dignidad. El verbo apostólico fue como «mosto nuevo en un odre añejo», un injerto divino en un árbol sin frutos. Luego se hubo de marchar, pero ya la labor estaba hecha y algunos habían sido ganados para el cristianismo, para la religión de fe, de amor, de pureza, de caridad.
Nos parece que el Dios no conocido habló allí por boca de Pablo, destronando tanto ídolo y diosecillo ridículo y extemporáneo. La verdad, desde que Cristo murió en otra colina —el Gólgota—, ya no era tiempo de dioses, ni de ridiculeces, ni de cuentos de viejas, como diría con lenguaje viril nuestro Apóstol.
Lo que allí habló puede verlo el lector en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 17, versículos 22 al 34. Esto nuestro ha sido una curiosa divagación histórica, de la que hemos silenciado varios pormenores para no cansar al lector.
Mariano Vila-Cervantes
Añoranzas
No repases el libro de tu vida
siempre con añoranza...
Muy pronto lo presente ha de esfumarse...
¡Mira que todo pasa!
El presente haz siempre por vivirlo
con plenitud de vida,
sin añorar las cosas que pasaron
en momentos de dicha.
¿Hoy son espinas?... Pues las espinas tomo;
procuraré no hieran.
¿Son alegrías?... Lo mismo miro al cielo.
¡A todo estoy dispuesta!
María de Santangel
Ruskina
Cuento ruso
Era una casita rusa de madera, una isba, en la villa de Kalinin. La familia tenia en el apellido la nobleza de un antiguo boyardo: ese caballero boyardo que estuvo en la Duma del zar Alejandro, y que poseía un usabda flanqueado por cuatro torres, mansión de la danza y del despotismo...
Pero todo aquello lo barrió el viento helado de la estepa.
Ahora, en la isba de madera vive Soloviev con su mujer Tamara y tres hijos; la más pequeña tiene doce años y se llama Ruskina.
El hogar de Pedro Soloviev tiene una gran ventana abierta bajo el techo de bálago; desde ella se ven las estrellas del cielo en las noches de verano y las nubes grises en los días del invierno. Tras la ventana pasaba horas y más horas la pequeña Ruskina, alternando entre sus manos finas y pálidas la aguja de labor con la púa de la balalaika.

Isba con techo de bálago
Ruskina tenía un alma blanca como la nieve que se adhería a los cristales de su ventana. Sabía de memoria todos los romances del campo y de la guerra, y además la historia entera del Niño Jesús y de la dulce Virgen Zeotokos. Porque —se nos había olvidado el decirlo— el hogar de Soloviev conservaba prendido en sus carbones, como un dorado tesoro, la lumbre de la fe cristiana y católica, pura, incontaminada. Era una larga tradición de gracia y de luz; todos los hijos de Pedro Soloviev sabían que lejos, en Roma, había un Papa de vestiduras nevadas como la campiña invernal de la santa Rusia...
Una tarde de invierno se hallaba congregada toda la familia alrededor de la chimenea, cuando de repente aullaron los perros y se escucharon a la puerta unos golpes fuertes y desacostumbrados.
En el dintel apareció un kustar, o artesano ambulante, que a la vez que ofrecía sus baratijas inspeccionaba atentamente el interior de la isba.
—Aquí es, sin duda —murmuró el recién llegado—, no me equivoqué en las señas... ¡Dios sea bendito!
Soloviev se adelantó al artesano:
—No queremos nada, buen kustar..., debe de estar confundido...
Pero el desconocido dejó el canasto de sus baratijas en el suelo, se desenfundó de su abrigo de pieles y mostrando un pectoral de plata sobre su pecho, exclamó extendiendo los brazos ante la maravillada familia:
—¡La paz sea con vosotros! Soy un sacerdote católico de Roma...
Horas felices las que pasó el P. Browne en la isba de Soloviev.
Había sido ordenado secretamente Obispo y enviado a Rusia por el Papa... Se trataba de recoger informes fidedignos...; pero, además, traía una visita del Padre de todos para estos hijos, perdidos entre la ortodoxia nacional y el sindiosismo soviético... Y allí estaba él para fortalecerles en su fe, para recordarles su misión de levadura apostólica..., para celebrar con ellos la divina liturgia y repartirles el pan y vino de la Vida eterna...
A la mañana siguiente Ruskina se adornó con sus mejores galas. Se vistió el sarafán, o falda de cinco colores, y el corpiño de seda negra, se colgó los pendientes de su madre, ensartó en sus doradas trenzas una cadenilla de esmaltes y tejió sobre su cabeza una corona graciosa de abalorios y moneditas de plata.
¡Qué contenta estaba! Era el día de su primera Comunión y... tal vez de su última... Ese Niño Jesús, cuya historia sabía cantar acompañándose en la balalaika, iba a venir ahora de veras a su corazón...
El P. Browne les hablaba emocionado: «Vosotros sois como reliquias, como granos de trigo perdidos en este gran campo y relicario de la santa Rusia; no solamente habéis de conservar el don de la fe..., tenéis que transmitirlo..., tenéis que ser apóstoles, al menos, con la oración y el sacrificio. A veces un alma sencilla e inocente, que ofrece sus sacrificios y su vida por los otros, hace mucho más que la predicación de un misionero...»
Ruskina escuchaba absorta estas enseñanzas. Con sus ojos grandes y puros y su rostro ovalado bajo la coronita de metal se parecía a la Zeotokos [Madre de Dios] del venerable icono del rincón rojo.

Icono de María, la Madre de Dios (Theotokos)
—Ruskina, ¿qué le has dicho al Niño Jesús en tu primera Comunión?—, le preguntó el P. Browne.
La niña enrojeció por un momento, y acercándose tímidamente al misionero le dijo al oído:
—Es un secreto...
* * *
En el comisariado político de Preskaia ha sido detenido el P. Browne. Su personalidad está identificada: se trata de un Obispo católico que practicaba una información...: es el delito de «penetración» castigado con la pena de muerte.
Una feliz circunstancia salva provisionalmente al detenido: el P. Browne tiene un pasaporte diplomático inglés que actúa de pararrayos protector. Deberá por tanto marchar a la frontera, donde será objeto de un minucioso registro: si se le encuentra algún documento comprometedor será fusilado en el acto.
Es el día 5 de diciembre, primer viernes de mes. El Obispo católico ha llegado al puesto fronterizo ruso-polaco de Stolpce. Va optimista y confiado. Primeramente en Dios, pero también en sí mismo: tiene seguridad de haber roto los papeles y notas, de haberse despojado de los objetos y símbolos religiosos; sí, lo ha revisado todo..., ¿todo?..., menos una nota que ha quedado inadvertida, enterrada como una mina, en las páginas inofensivas del pasaporte: se trata de unas anotaciones comprometedoras para el Padre que un día hizo rápidamente en la página 22 del pasaporte, ante la falta de otro papel, y que después permanecieron allí olvidadas.
Y el P. Browne lo recuerda perfectamente ahora, ya demasiado tarde, cuando, después de sufrir una minuciosa pesquisa, acaba de entregar su pasaporte al comisario de frontera.
Frente a frente está el policía de entrañas de lobo y la víctima. El Obispo se encomienda al Corazón de Jesús: quizá es la última oración de su vida.
El comisario hojea cuidadosamente el pasaporte, página por página, 18..., 19..., 20..., 21..., 24..., 25...; sin saberse por qué ha pasado unidas las páginas 22... y 23...
El P. Browne respira hondamente. Se lleva maquinalmente la mano al reloj, son las cuatro y diez de la tarde.
—Puede usted proseguir su viaje —dice el policía devolviéndole el pasaporte—. All rigth.
—Gracias. Ya le advertí que llevaba toda la documentación en regla...
* * *
Al mes de salir de Rusia, y después de haber dado cuenta en Roma del resultado de su misión, el P. Browne volvió a su residencia de partida. Entró en su aposento. Sobre la mesa le aguardaba un crecido montón de cartas, se habían ido acumulando allí pacientemente, sin perseguirlo por su misterioso itinerario. Una de las últimas tenía un timbre ruso y el matasellos de Kalinin.
—¡Vaya con estos buenos rusos! —exclamó el Padre, tomando la carta complacido—. Debe de ser la familia Soloviev.
La carta contenía un pliego y un retrato, una foto de Ruskina con el sarafán de cinco colores y las trenzas rubias ensartadas en monedillas de plata...
«Kalinin, 12 de diciembre de 19...
«Respetable P. Browne:
»Le enviamos estas líneas para agradecerle su visita a esta familia que nunca lo podrá olvidar.
»Y finalmente una noticia triste y alegre a la vez. La pequeña Ruskina, sin ninguna enfermedad anterior y con la sonrisa en los labios, se nos ha volado al cielo. Nos dijo que el día de su primera Comunión le había ofrecido la vida al Niño Jesús por la del Padre misionero. Murió el 5 de diciembre, a las cuatro y diez de la tarde.»
El señor Obispo no pudo contener las lágrimas. Tomó con cariño y respeto el retrato, e imprimió un beso sobre la foto de Ruskina, la niña rusa que le había salvado con el sacrificio de su propia vida: aquella Ruskina que tenía el alma como un copo de nieve y unos ojos grandes y puros que recordaban al icono de la dulce Zeotokos...
J. A. de Sobrino, S.J.
No hables de los que no entiendes
Tres indígenas del Transvaal decidieron abandonar su pueblo para buscar trabajo en la ciudad de Johanesburgo.
—Pero, ¿cómo encontraremos trabajo —se decían por el camino— si no sabemos pedirlo? No sabemos ni palabra de inglés.
Siguiendo su ruta se encuentran de pronto con tres ingleses que discuten acaloradamente.
—¡Magnífico! ¡Qué ocasión más estupenda para aprender inglés!
Se ponen, inmediatamente de acuerdo: uno en pos de otro irán a escuchar la conversación.
Se acerca el primero sigilosamente para que no le vean. Aguza el oído y percibe esta frase: "Nosotros tres".
Vuelve gozoso:
—He aprendido: "Nosotros tres". No sé lo que quiere decir; pero, bueno, es inglés y basta.
El segundo repite la operación y oye: "Queríamos dinero". Vuelve riéndose, enseñando dos blanquísimas hileras de dientes, repitiendo su frasecita, pero sin entenderla.
Hace otro tanto el tercero y aprende: "Cuanto antes mejor".
Con un vocabulario inglés tan abundante prosiguen su camino más alegres que unas castañuelas; ahora sí que van a encontrar trabajo.
Para que no se les olvide lo aprendido, lo van repitiendo durante todo el resto del viaje:
—Nosotros tres.
—Queríamos dinero.
—Cuanto antes mejor.
Al llegar a los arrabales de Joanesburgo encuentran un cadáver en la calle y se acercan a curiosear.
Llegan los policías y les preguntan:
—¿Quién mató a ese hombre?
—Nosotros tres—, responde el primero.
—¿Por qué lo matasteis?
—Queríamos dinero—, replica el segundo.
—¡Asesinos! Seréis condenados a muerte.
—Cuanto antes mejor—, dice tranquilamente el tercero.
Al verse maniatar, comprendieron que algo grave les ocurría; protestaron con gritos, gestos, palabras..., todo fue inútil.
Después de pasar varios días en la cárcel, los llevan al juez.
—¿Sois vosotros los que disteis muerte a aquel hombre?
—Nosotros tres.
—¿Por qué lo matasteis?
—Queríamos dinero.
—¡Infames! Os condeno a ser empalados.
—Cuanto antes mejor—, dice alegremente el tercero.
Parecían perdidos. Afortunadamente el juez, al ver lo alegremente que aceptaban la sentencia, sospechó que allí había alguna equivocación. Llamó a un intérprete que puso en claro todo el embrollo y salvó a los tres alumnos de la academia Berlitz.
Amigo lector: ¿Has visto a alguno que sin saber inglés se ponga a hablar en inglés? Seguro que no. Pero tal vez hayas visto a alguno que sin saber palabra de religión se pone a hablar de la Iglesia o del Papa y a ridiculizar la fe para dárselas de sabio y de hombre moderno. Cuéntale la historia de nuestros amigos del Transvaal.
Carlos González-Cutre, S. I.
Noticias
Nuevos lectores provinciales. — Después de haber superado las pruebas prescritas por los Estatutos Generales de Estudios de la Orden, han obtenido el título de Lector provincial los siguientes Padres de la Seráfica Provincia de Valencia: De Filosofía especulativa, el P. Anselmo Martí; de Filología Clásica y Moderna, el P. Juan María Nadal; de Ciencias Matemáticas, los PP. Francisco Agulló y Ladislao Ríos. Nuestros más sinceros plácemes.
Confirmación de nombramientos. — Con motivo de la visita del P. José Antonio Arnau, Ministro Provincial de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, al Comisariato de la Argentina, y dadas las nuevas circunstancias creadas por la aceptación definitiva de la parroquia de Glew y de la provisional de Angaco (San Juan), el P. Provincial, con el Consejo de la Comisaría y P. Delegado, hizo los siguientes nombramientos:
Para Angaco (provisional): Presidente y Párroco, P. Simón Sáez; Discreto y Vicario, Padre Javier Pons. Para San Rafael: Discreto 2.° y Vicario, P. Julián Gómez. Para Jovita (Hospicio): Párroco, P. Gerardo B. Ureña. Para Serrano: Presidente y Párroco, P. Rogerio San Juan; Director del Colegio y Discreto, P. Fidel Presa; Discreto 2º, P. Arcángel Crespo; Prefecto de Disciplina del Colegio, P. Jerónimo Gómez. Para Glew (Buenos Aires): Superior, P. Atanasio Jordá; Párroco y Director de las Escuelas, P. Leonardo Bernabeu.
Estos nombramientos, revisados en la reunión definitorial habida en San Lorenzo, de Valencia, el 20-21 de marzo pasado, fueron aprobados y confirmados por el Venerable Definitorio.
Gran Romería a Santo Espíritu del Monte. — La Romería a Santo Espíritu del Monte, que todos los años organiza la Venerable Orden Tercera de San Francisco, establecida en la iglesia de San Lorenzo, de Valencia, tuvo lugar el día 5 del pasado mayo.
Tomaron parte en ella las Terceras Ordenes Franciscana y Capuchina de Valencia y las Hermandades de Benisa, Manises y otras localidades.
Por la mañana, lluvia intermitente y tiempo desapacible restaron encanto y colorido a la Romería. No obstante, se celebraron los actos tradicionales con entusiasmo y fervor.
Nuevas modificaciones sobre el Ayuno Eucarístico. El día de San José S. S. Pío XII ha firmado el Motu proprio Sacram Communionem, en el que introduce nuevas disposiciones sobre el ayuno eucarístico y celebración diaria, por la tarde, de la Santa Misa.
Las condiciones son estas:
1ª. Los Ordinarios del lugar, exceptuados los Vicarios Generales sin mandato especial, pueden permitir todos los días la celebración de la Santa Misa por la tarde, siempre que así lo requiera el bien espiritual de un número considerable de fieles.
2ª. Los sacerdotes y los fieles están obligados a abstenerse durante tres horas de alimentos sólidos
y bebidas alcohólicas, y durante una hora de bebidas no alcohólicas, antes del Sacrificio de la Santa Misa o antes de recibir la Comunión. El agua puede tomarse libremente.
3ª. De ahora en adelante deberán observar el ayuno conforme a las normas del párrafo anterior, incluso aquellos que celebren o reciban la Comunión a media noche o en las primeras horas del día; y
4ª. Los enfermos, aun aquellos que no guardan cama, pueden tomar bebidas no alcohólicas y verdaderas y propias medicinas, tanto líquidas como sólidas; si son sacerdotes, antes de celebrar, y si son fieles, antes de recibir la Sagrada Comunión, sin límite de tiempo.
No obstante, exhortamos vivamente a los sacerdotes y a los fieles que puedan hacerlo, a observar antes de la Santa Misa o de la Sagrada; Comunión la vieja y venerable forma del ayuno eucarístico. Todos aquellos que se sirvan de estas concesiones procuren compensar el beneficio recibido con ejemplos de vida cristiana y principalmente con obras de penitencia y caridad.
Las disposiciones de este Motu proprio han entrado en vigor el 25 de marzo de 1957, fiesta de la Anunciación de María.
Posición de la Iglesia ante el empleo de anestésicos quirúrgicos. — En discurso reciente al Congreso Nacional de la Sociedad Italiana de Anestesioogía, y respondiendo a las tres preguntas por el mismo formuladas, señaló el Papa que el paciente, sin inquietud de conciencia, puede utilizar los medios, de por sí no inmorales, para evitar o calmar el dolor; que la narcosis que lleva en sí la disminución o supresión de la conciencia, dentro de los límites adecuados, es permitida por la ley natural conforme con el Evangelio; y finalmente agregó que al moribundo, siempre que no haya otros medios y no impida el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales, esos analgésicos pueden serle aplicados.
Día festivo en toda Italia. — Ha sido propuesto en el Parlamento, en una demanda suscrita por noventa diputados, el proyecto para declarar día festivo en toda Italia el día de su Santo Patrón San Francisco de Asís. El proyecto será discutido próximamente. Se hace constar en la petición por los interesados que dicha instauración, a¡ semejanza de otras naciones que han fijado estas festividades de sus santos patronos (España, Irlanda, Francia, etc.), haría que Italia encontrara en ella el símbolo de una más estrecha y eficaz solidaridad nacional.
Apostolado eficaz en los medios populares de Francia. — El jesuíta francés P. Duval está realizando un eficaz apostolado en los medios populares de Francia con una guitarra y un extenso repertorio de canciones modernas con letras piadosas adaptadas a las mismas. Lleva ya impresos varios miles de discos con las mismas y su actuación en la televisión francesa, teatros, salas de conciertos y en otros lugares la tiene cubierta hasta el año 1960. La prensa francesa ya le ha denominado «un jesuíta con alma franciscana»...
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