Una duda de "ella"

El aviso de llamada por tercera vez. El Hermano portero sale al encuentro para advertirme que en el recibidor me esperan. Y en un ángulo, asentada, una señora, «ella».

—Buenas.

—Buenas. ¿Es usted el P. David?

—El mismo. ¿Le puedo ser útil?

—Quisiera que me diera un consejo que fuera solución en mi estado de casada.

—¡Ah!, de casada. Me sorprende que me pida esa solución...

—De lo insoluble, ¿verdad?

—No digo yo tanto. Es soluble como cualquier tarea humana. Me refería a que no sé yo tanto como para solucionarle su estado.

—Es que como he leído sus opiniones...

—¡Cómo las mías! Son opiniones de «ellos» que ocasionalmente vinieron a dar conmigo.

—Pues esas vengo a oír yo, porque las mías no sé qué lío me hago, ¡ay, Señor!

—Yo recojo el parecer de «ellos» y de «ellas» y retoco lo que es egoísmo.

—A ver, pues, eso del egoísmo.

—No, no. Es usted quien tiene que hablar primero. Ha de decirme su dificultad, cómo se comporta su marido.

—Muy bien, no tenemos dificultades.

—Son felices.

—No lo crea. Porque yo quisiera otra cosa.

—Que fuera más generoso, más cariñoso.

—No. Pobre Demetrio, si lo es con exceso. Me parece que la felicidad habrá de ser algo exquisito. (Juntó las manos ante el pecho con fervor.)

—Señora, no entiendo nada. Quisiera usted que su pobre Demetrio fuera de otra manera, más decidido, más resuelto y hasta un poco más brusco.

—Me apura un poco el confesarlo, pero me parece que sí, que es lo que usted dice. No me da ilusión desear alguna cosa, pues, no encuentro la negación, la dificultad, ni se me concede la amable coyuntura de solucionar. Pienso que hago el papel de una tonta.

—En cuanto a lo de los papeles, cada uno hace uno y el éxito está en desempeñarlo bien.

—Pero no me diga que es muy fácil el representar el papel de tonta tratándose de una esposa.

—Sí; eso concedido y cuanto usted quiera, porque la verdad que estoy aturdido. Y le he de confesar que por aquí han pasado otras señoras y esposas que se hubieran felicitado si pudieran hacer ese papel... que a usted le disgusta.

—Vamos, que no comprendo para qué les vale ser mujeres.

—Sí, sí, lo son.

—Adorada, servida, como una flor, cómo un objeto de decoración; ver discurrir el mundo sin apenas tomar parte en él; oír cómo se había y se discute sin mediar para acertar o para desbaratar. Vamos, que no.

—En fin, que no le prueba la tranquilidad, las atenciones, que le gustaría compartir un poco el papel de «marido». No se lo aconsejo esto.

—No, Padre. Lo que no quisiera es hacer una vida tan monótona, tan inútil. Si tuviéramos hijos.

—¿Cómo no lo ha dicho usted antes?

—¡Bah!, ¿qué iba a hacer usted?

—Aconsejarle a usted el apostolado, el que sirva a los hijos de otras a quienes Dios concedió los hijos. Se sentirá madre, que es lo. que le falta, pues esposa es para usted bien poco.

—¿Me irá bien?

—Podrá solucionar, pensar, realizar, enseñar.

—¿Seré más feliz?

—Dependerá de su vocación al apostolado, de que ¡e cuadre a su marido, de que sea buena.

—Gracias. Lo intentaré.

Fr. David Cervera, ofm

Revuelo en las majadas

Zagales, zagalas,
venid a la cueva,
la cueva sagrada
que diz que está llena
de misterios que nunca se vieron
en la historia.
—Decidnos las nuevas
que esparcidas por todo el poblado
ya las gentes han ansia de verlas.
Pedís imposibles,
lo vimos de cerca,
y quedamos suspensas las almas
y los ojos clavados en Ella.
Es Zagala divina, Zagala
que cautiva con tanta belleza
que ni Sara ni Ester la aventajan,
que es más linda que nuestra Rebeca.
Y un Niño en sus brazos...
la misma belleza,
un capullo tierno,
una rosa fresca.
Patriarca de rostro bendito
les custodia y defiende en la cueva.
Por los aires volando unos ángeles
y cantando canciones tan nuevas,
y con una armonía tan linda,
que jamás en el mundo se oyera.
Resplandores tan vivos brillaban
en el aire que, más que serena
noche, daban idea de soles
en cenit de fulgente carrera,
Qué luces, qué cantos,
qué letra tan tierna,
qué espíritus bellos
cruzando la esfera.
Decimos, zagales,
que aquello era fiesta
al Rey de los cielos
y Rey de la tierra.
Porque un ángel nos dijo el misterio;
era aquello que dijo el profeta,
era aquello que fiel Patriarca
ya soñara sentado en su tienda;
lo que dijo David en Sión
cuando allá su salterio tañera.
Venid con nosotros,
venid a la cueva.
Y gozosos se fueron con ganas
de admirar las contadas lindezas.
Y llegaron y extáticos todos
se quedaron... ¡¡¡Es Él!!! Si le vieran
nuestros Padres de tiempos antiguos
qué de cosas al Niño dijeran...
* * *
Que seáis bienvenido; tus siervos
te proclaman Señor de esta tierra.
Antes un besico
con el alma llena
de nuevos amores,
que está que revienta.
Y nos vamos llorando de gozo,
mas el alma contigo se queda.

Vicente Monroy Alaguero, redentorista

Pastorcitos

Pastores de Belén en un teatro infantil (Colegio San Antonio de Carcaixent)

Espejismo

Doña Javiera cayó enferma y en complicaciones graves. Se observaba en sus hijitas cierta preocupación impropia de su edad. En cuanto advertían visita de amistades o de algún doctor entre las dos ejercían suma vigilancia de expresiones y de gestos en los demás para captar, sin duda, la verdad del estado de salud de su mamá.

Doña Javiera era hermana de don Apolinar, y en una de sus visitas, le dijo ésta:

—Hoy he tenido un vértigo y creí me moría.

—Mamá, yo no quiero que te mueras. Yo no podría pasar sin mamá—, interrumpió ¡María Enriqueta, muy abiertos sus oídos a la conversación.

—Parece mentira lo sensible que es esta niña a mi enfermedad. No me deja de vista y está en todos los detalles a pesar de su poca edad—, añadió doña Javiera.

—¡Jesús, pon buena a mamá!—, siguió exclamando María Enriqueta al tiempo que volvía sus ojos a un cuadro del Sagrado Corazón y juntaba sus manitas en actitud suplicante con la mayor naturalidad.

—Apolinar, yo creo que si me pongo buena será más bien por las oraciones inocentes de mis hijas. La mayor ofrece su Comunión diaria por mi salud, y ésta en cuanto puede ya va a la iglesia y allí se la oye decir mil veces: ¡Jesús, pon buena a mamá!

—¡Qué lindas niñas, Javiera! Confía en sus oraciones. Es seguro que por tus niñas Dios hará te pongas buena. Aviva tu fe en Dios.

—Es que ¡es tan triste morirse dejando en el mundo tres niñas como éstas! ¿Qué sería de ellas si yo me muriera?

—Si Dios te quiere para sí ellas no quedarán abandonadas. Pero humanamente pensando aún es preciso que vivas más tiempo para completar su crianza. Nadie como tú podrá realizarla.

Al fin, después de varios meses se venció la peligrosa crisis de su larga enfermedad, habiendo gustado doña Javiera, con el dolor, los consuelos de la gratitud de tantas personas a quienes había beneficiado, o con la instrucción, o con sus generosidades materiales. Entre éstas se halló Rosaura, la joven
novensana nuera del criado favorito de los padres de la enferma, casada hacía dos meses con el hijo mayor de éste que llevaba en aparcería la media hacienda de toda la familia. Rosaura, ni tarda ni perezosa, voló junto al lecho de doña Javiera para prodigarla sus cuidados durante los primeros meses de la enfermedad y la recreaba con los relatos de los sucesos más recientes de la tierra natal de ambas con aquellos colores pintorescos propios de la montaña.

Don Apolinar, en sus frecuentes y cortas visitas a su hermana, gozaba de oír a Rosaura cuando de la patria chica hablaba. Su cargo pastoral le obligaba a vivir alejado de la histórica y vetusta villa donde abrió los ojos a la luz y pasó toda su infancia.

—¿ Qué novedades hay por nuestro pueblo, Rosaura?

—Las de siempre, don Apolinar. Nosotros con los animales y pensando sólo en recoger cosechas.

—Que sean buenas es menester. Mucho se las pido a Dios. Que a todos nos vendrán bien...

—Nosotros, ¡qué más quisiéramos!

—Y ¿cómo te has resuelto a desprenderte de tu marido?

—Duro es, pero amor con amor se paga. Tratándose de doña Javiera hago lo que haría con mi madre. A ello me obliga los favores recibidos. Es muy de agradecer lo que ya desde sus padres de usted han hecho ustedes con la familia de él.

—¿Sigue bien?

—Trabajando que se mata y con un dolor de muelas que rabia. Debiera de arrancarse todas las piezas, porque ni una sana lleva.

—¿Tu bisabuelo aun vive?

—Y aun hace de las suyas. Dice que somos unas señoritas todas las de la familia.

—Es que entre vuestra edad y la de él...

—Dice que nuestra vida no es su vida.

—¡Claro! De su juventud a la vuestra... ¿Aun sale de casa?

—Apoyado en su garrote aun salta por el empedrado de las calles altas de nuestro pueblo creyéndose un chiquillo. Nosotras le decimos: «Cuidado, abuelo, con tropezar, que para usted no venden piernas.» Y él contesta:

«Nunca me las rompí y noventa años voy por el mundo sin montar en un automóvil, ni en bicicleta, ni en esos demonios de pájaros de hierro que vuelan tan altos por encima de la torre con ese ruido que da miedo.» A la radio la llama «brujerías», y ¡anda, que el otro día...! Nos hizo tontear. Le diré: Se casó una tía mía y nieta directa suya. ¡Le invitaron a ver los muebles. Se plantó, cuando quiso, en la puerta de su casa, tocó dos golpes y llamó: «¡Chicas, bajad, que estoy aquí!» «Suba, abuelo», le dijimos. Y subió golpeando, como es natural, con su garrote las escalera haciendo el ruido consiguiente. A mitad advertimos que no subía ya.

—¿Tuvo algún desvanecimiento?

—¡Quiá! Se halló frente al cuarto de los novios y se le antojó ver a un hombre escondido. El abuelo le saludó diciendo: ,«¡Buenos días, buen hombre!» Como el hombre no contestaba, nos gritó el abuelo: «¡Bajad!, ¡bajad!, que hay aquí un hombre escondido que no contesta.» Bajamos todas y vimos al abuelo frenético de ira mirando desencajado desde la escalera al fondo del cuarto. En nuestra presencia aún decía: «¿Lo veis?... ¡Diga buenos días al menos, si no...» Nos moríamos de risa. Era el armario de luna, frente al cual se hallaba y veía su figura sin advertir que era él mismo. Le cogimos las manos y le hicimos tocar el espejo para abrirle los ojos a la realidad. No se quería convencer, y al fin exclamó: «¡Gracias que habéis bajado en seguida. De lo contrario ya estaría roto el armario de un garrotazo!» Nunca había visto un armario de luna.

El bisabuelo de Rosaura contempló los muebles uno por uno con entrecejo de extrañeza y después, moviendo la cabeza, se enfrentó con la nieta novensana y le dijo:

—La despensa llena hubiera querido ver, y no este espejismo. Las novias de mi juventud, más que en muebles inútiles y enclenques, ponían su interés en tener las trojes llenas de cereales y de pan los cajones de la mesa y las jarras de fritura de cerdo muerto. Que luego vienen los duelos y los duelos con comida duelen menos.

Rosaura hizo reír de satisfacción a don Apolinar porque arrancó también carcajadas a doña Javiera, prendada de la lección que dio a su familia el bisabuelo que les parecía chocheaba.

Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)

Salmo 6: Súplica de un hombre atribulado

2. Señor, no me castigues en tu furor, no me reprendas en tu enojo.
3. Ten piedad dé mí, Señor, pues languidezco; sáname, Señor, pues mis huesos se estremecen.
4. Mi alma se halla turbada en extremo Mas Tú, Señor, ¿hasta cuándo...?
5. Vuélvete, Señor, líbrame; sálvame por tu misericordia;
6. pues no hay recuerdo de Ti en la muerte; en los infiernos, ¿quién te alabará?
7. Extenuado me siento de tanto gemir; baño en llanto mi lecho cada noche; llego a empapar con lágrimas mi jergón.
8. De ira se impacientan mis ojos; altivos miran a todos mis enemigos.
9. ¡Alejaos de mí los que obráis la maldad, pues ha escuchado el Señor la voz de mi llanto!
10. Escuchado ha el Señor mi súplica; el Señor ha acogido mi plegaria.
11. Confundidos queden y avergonzados todos mis enemigos; vuelvan atrás al punto llenos de confusión.

Comentario

Este salmo es el primero de los llamados penitenciales y en él se pueden admirar los delicados sentimientos de confianza en Dios cuya bondad puede librarnos de nuestras desventuras.

Si damos fe a la inscripción que lo encabeza en el texto original, sería su autor el propio David quien acudía a Dios confiadamente en uno de tantos apremios de su vida. Esta vez se trata de una grave enfermedad que le llevó a las más mas puertas de la muerte.

Por otra parte, el argumento del salmo es muy similar al que describe el capítulo 38 del libio de Isaías, donde se refiere la grave dolencia que padeció el rey Ezequías y de la cual curó milagrosamente. Sea lo que fuere del motivo que dio ocasión a este salmo, todo él es una subida plegaria a ¡Dios, en la cual se describe al vivo la miseria humana que sume al salmista en una impotente postración. Al mismo tiempo se descubre su alma profundamente religiosa que ve en Dios el único remedio eficaz de nuestros males, ya que sólo El tiene en sus manos las riendas del gobierno del mundo y puede moderar así los acontecimientos tanto físicos como morales, sin menoscabo de las causas libres que actúan en el mundo.

Signo de la piedad del salmista es el valiente apóstrofo con que increpa a los malvados (v. 9): «¡Alejaos de mí los que obráis la maldad!»

Fr. Rafael Fuster, ofm

a

Tricentenario de Fr. Margil
(1657-957)

Si América no ha perdido el rumbo de su espíritu; si sabe sonreír en el dolor y cultivar la esperanza, es porque encuentra en su pasado veneros de inspiración en el arte, en la leyenda, en el hombre, en el pensamiento, en la ejemplaridad de sus próceres y en la santidad de sus apóstoles.

Entre los hombres que adquirieron relieve y ganaron gloria en el Nuevo Mundo, porque con la palabra y con el ejemplo, con la bondad y la fe hermanaron al conquistador y al conquistado, se distingue el misionero y andariego prodigioso Fr. Antonio Margil de Jesús, el mejor guía y conocedor de los caminos y atajos de la tierra que media entre Panamá y la Luisiana.

El 18 de agosto del año actual hizo tres siglos que vino al mundo Fr. Margil de Jesús. Nació en Valencia, España, en una casa del barrio y parroquia de San Juan del Mercado. Ni sus padres Juan Margil y Esperanza Ros, ni sus padrinos de pila Antonio Fradella y Paula Castillo, pasaron de un mediano vivir.
Pobre había nacido Antonio y pobre quiso vivir y morir, por eso el 22 de abril de 1673 recibió y vistió el hábito franciscano en el convento valenciano de la Corona de Cristo. A los veinticinco años recibió las órdenes sacerdotales y poco después se ofreció para venir a la Nueva España con la misión propagadora de la fe, dirigida por Fr. Antonio Linaz de Jesús María.

Con crespones de luto recibió Veracruz al P. Margil el 6 de junio de 1583. (Los piratas habían saqueado el puerto, profanado su templo y pasado a cuchillo a muchos hombres.

Con un hatillo y su libro de rezos Fr. Miguel se encaminó hacia Puebla y México. Como todo viajero, se detuvo en el Tepeyac, vio a la Virgen Morena y se enamoró de ella para siempre. Le dijo que sería su servidor, su «negrito», que llevaría siempre su efigie sobre el pecho para extender su culto.

Un luminoso 13 de agosto llegó al término de su destino: la ciudad de Querétaro, y con sus compañeros tomó posesión del convento de la Santa Cruz de los Milagros en la loma del Sangremal, en donde quedó establecido el primer Colegio Apostólico de Propaganda Fide, tan ilustre en los anales de la evangelización y la cultura.

De aquella loma —mirador espléndido— bajaba Fr. Margil a cantar su Alabado en las puertas de las vinaterías y bodegones, y los truhanes y tañedores de guitarra salían a verlo y a oírlo cantar para después seguirlo hasta su convento.

Pero había llegado a la hora de la gran aventura, y Fr. Margil se fue a Tabasco y de ahí a pie a Guatemala, por selvas bochornosas, de congoja en congoja, para fundar el Colegio de Cristo Crucificado. De Guatemala prosiguió a El Salvador en ruta hacia las oscuras montañas de los talamancas y el país de Nicaragua, en donde fundó el hospicio de Santa María de Guadalupe.

Después fundó el tercer Colegio Apostólico, el de Nuestra Señora de Guadalupe de Zacatecas, y luego fue a Texas. Es imposible seguir sus itinerarios y referir cuanto hizo, que fue mucho, muchísimo. Ir tras él requiere tiempo y espacio. Recordémosle amorosamente, con ocasión del tercer centenario de su nacimiento, en las haciendas y rancherías donde resuena su dulce Alabado; entre pipiles y lacandones, en las inmensas soledades de Texas, en las veredas que enrojeció con la sangre de sus pies desnudos; en las márgenes del Grijalva o entre los brujos de Nicaragua, predicando a los niños o a los viejos, o hecho cruz frente al olvido y bajo las estrellas en el silencio de los bosques del Petén.

Amor y gratitud al franciscano, caballero de Cristo, que tenía los pies deformes de tanto trasegarlos. Pies que sangraban y causaban lástima y espanto, y que a la hora de la muerte del apóstol se tornaron suaves, blancos, como si Dios los hubiese querido preparar para que pisasen, ya no abrojos, sino estrellas.

Otro agosto —el 6 de agosto de 1726— es notable en los anales marginales. En esa fecha murió el Borrico de Dios —como a sí mismo se llamaba Fr. Antonio—. Cerró sus ojos exclamando: «¡Ya es hora de ir a ver a Dios!»

Sí, ya era hora. Su palabra había fructificado en muchos pueblos de América.

Eduardo Enrique Ríos

Idilio de amor

El Niño duerme en la cuna,
capullito de clavel...
La tierna Madre le canta
fijos los ojos en él...
Tiembla en sus ojos el llanto
como el rocío en la flor...
El Niño duerme en la cuna
su dulce sueño de amor...
No llores, lindo lucero,
pues tu llanto es un puñal
que hiere, mata y destroza
mi corazón virginal...
Dale a la tierra malvada
tus sonrisitas de miel,
que trocarán en dulzura
nuestro llanto y nuestra hiel...
No mires, de los mortales
el desdén y la maldad...
Extiende a todas las almas
los ríos de tu bondad...
Abre tus ojos de cielo
y báñanos en tu luz...
Danos en ella tu vida,
tu paz y amor, buen Jesús...
Oye el clamor que a Ti sube
de mi pecho maternal...
Rompe el hielo de las almas,
mata el odio, vence el mal...
Así, junto a tu pesebre,
sencillo y embrujador,
vivirán todos los hombres
en un idilio de amor...

Jesús Galbis

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