Salmo 7: Plegaria de un hombre calumniado

2. Señor y mi Dios, en Ti me cobijo; líbrame de todos mis perseguidores; sálvame,
3. no sea que alguien me desgarre cual león; me asalte sin que halle yo auxilio.
4. Señor y mi Dios, si hubiere hecho tales cosas; si se hallare maldad en mis manos; o. si hubiese pagado mal a quien bien me hubiere hecho, o hubiese salvado al que me odiaba sin motivo,
6. persígame mi rival, me dé alcance y pisotee y mi honor hunda en el polvo.
7. Levántate, Señor, en tu enojo; álzate contra el furor de mis enemigos; suscita en mi favor el derecho que estableciste.
8. Que te rodee la asamblea de los pueblos; siéntate en lo alto por cima de ellos.
9. El Señor juzga a los pueblos. Júzgame según mi rectitud e integridad que hay en mí.
10. ¡Acabe ya la maldad de los impíos y confirma al justo! El que escruta el corazón y las entrañas es el mismo Dios.
11. Dios es mi escudo; El salva a los de corazón recto.
12. Dios es un juez justo; un Dios que amenaza cada día al impío.
13. En verdad dirigida está ya su afilada espada; entesado está tu arco y apunta al blanco.
14. Preparadas tiene sus armas mortíferas; prestos sus dardos de fuego.
15. Mira: el impío concibe la iniquidad, pare la maldad y engendra la mentira.
16. Excava una hoya profunda; mas cae en la misma fosa por él preparada.
17. Su maldad revertir ha en su cabeza; sobre su nuca recaerá su violencia.
18. Yo, en cambio, alabaré al Señor por su justicia; loar he el nombre del Señor Altísimo.

COMENTARIO

El salmo 7, según su encabezamiento, es también de David y alude probablemente a uno de los muchos episodios desagradables vividos por el joven rey en la corte de Saúl o en su apartamiento voluntario de ella, ante los peligros que le acechaban de continuo, durante la primera época de su actuación pública.

La morbosa envidia que corroía a Saúl contra el joven capitán, vencedor de Goliat, era alimentada por indignos cortesanos que creían congraciarse con su rey a costa de chismes y calumnias, inventadas por su ruin condición contra el valiente debelador de los filisteos. Esto es lo que supone el salmo. Mas David, que acosado cual alimaña salvaje había buscado cobijo en lo más abrupto de la región desértica de Judá, al occidente del mar Muerto, lo ha encontrado seguro en Dios, defensor invicto de su inocencia.

En cuatro estrofas vibrantes de lirismo expone su precaria situación frente a tan despiadados adversarios. Y afirma, en primer lugar, la inflexible justicia de Dios, ante Quien todos han de comparecer y cuya rectitud no conoce personas.

Garantía de esta rectitud y justicia de Dios es que El no juzga según las apariencias, sino que cala hondo y escudriña lo más recóndito del corazón. En segundo lugar, el salmista está firmemente persuadido de que sus enemigos van de caer un día en la misma pieza que han preparado para cazarlo a él.

Así son los planes de Dios. Y mientras actúan los hombres hemos de vivir como el santo rey, alabando al Señor porque su justicia y santidad triunfarán, al fin, sobre toda la maldad de los hombres.

Fr. Rafael Fuster, ofm

Subiendo al Cabezo

—Pasado mañana cumplo mis dieciocho años.

María José, que acababa de repasar sus lecciones del día, rió con el mayor placer.

—Me ha prometido papá que pasaremos el día en el campo. Es lo que más me gusta. Allí soy libre, fuera de todos estos tontos convencionalismos de la ciudad que, de verdad, me llegan a ser molestos. Y no es que odio la ciudad, pero hay demasiada ficción y mentira. Si sale bueno el día voy a correr como una loquita por aquellos tan bonitos montes. En lo alto del Cabezo respiraré a todo pulmón hasta que me canse. Aquel aire tan puro...

Se quedó María José mirando, sin darse cuenta por qué, los elegantes retratos que en la pared de enfrente había colgado papá. Dos ricas ampliaciones a todo color del pasado veraneo, frente a La Fontalba, la alquería de papá, aquella casona de ancestrales regustos. Verdad que quedó una monada con la reforma de hace dos años. Pero en nada perdió su carácter sietecentista.

—La Fontalba...

Maquinalmente miraba aquellas fotos, hechas por y a gusto de papá, váyase a saber por qué. En una aparecía María José, estupenda como nunca, riendo la feliz aceptación de un ramito de romero que con tanta ternura le ofrecía Miguelín, el hijo del señor Juan, el del nuevo chalet, rabiosamente moderno, que a unos diez minutos, entre frondosos álamos, junto al verde barranco de los Olmos, se levantaba.

Miguelín hasta en estudios era parigual a la muchacha. Hijo de un comerciante de grande y nueva fortuna, era un muchacho de buenas cualidades físicas, pero muy de su tiempo. Unigénito, rico, locuaz, hasta ocurrente, amigo de la francachela y el sarao, mejor que aficionado al pupitre de su clase, era un diablillo, con sal para hacerse interesar por las muchachas. Que era simpático y zalamero, nadie disputárselo puede. Y en la foto estaba con una sonrisa que para qué. Justicia ante todo.

—No sé papá por qué se empeña en que venga Miguelín. Le voy a decir que me dará un gran disgusto. Con mis hermanitos Mari-Luz y Joselín y los papás ya hay bastante. Además, que allí está la Carmen, la hija del casero, tan buena y tan cariñosa. ¿No es día de familia? ¿Para qué más gente? Si papá se empeña en que Miguelín venga...

La joven se puso su poquitín de seriecita. Y de verdad que no le paraba mal, que estaba muy mona, con aquella sonrisa de esfinge pegada a sus finos labios de rubíes de quilates.

—Papá dice que Miguelín es la mar de simpático. Sí, ¿y qué?

Ni puede ocultar el interés que antes por Miguelín sentía. Las veces que con la Carmen había bajado al chalet, porque pasaba deliciosos ratos con el muchacho, tan trapacero, que casi llegaba a sorberle los sesos. Pero al filo de acabar las vacaciones en La Fontalba había tenido un tropezón porque no cuajaba con su carácter de muchacha cristiana. ¡No! María José, sin ser ñoña criatura, era una muchacha cabal. Como debe ser la joven cristiana que quiere quedarse a vivir en el mundo.

—Aun estoy afrentada...

Nerviosa, se tapó con sus manos marfileñas la lindeza de su redondeado rostro, encendido más que las amapolas.

—¡Eso nunca! Miguelín no será para mí. No puede serlo... Confiada en su leal amistad, cuando por la quebrada subíamos al Cabezo no se mostró caballero con una joven cristiana. Sus bromas, aún aún. Pero su osadía cuando andábamos algo separados de los papás, en medio del pinar... No fue cosa, no. Pero...
Se había tomado Miguelín, contra la voluntad de María José, que protestó indignada, algunas pesadas libertades. Ella no era una cualquiera. Tenía su dignidad, que perder por nada quería. Y entonces empezaron a percibirse los repiqueteos de las cayadas de los papás, que se acercaban por las revueltas del pedregoso camino.

—Tontita —le dijo él sonriendo—, y... ¿eso qué? Si te tengo ya por mi novia. Te amo con...

—Basta, atrevido —repuso ella—, basta. Yo te empecé a amar de verdad creyendo serías un caballero. Desde ahora me repugnas. Antes que tú está mi conciencia. ¿Qué confianza te puede tener una doncella cuya honra no sabes guardar? ¿Cómo celarás mañana la decencia de una mujer casada, tu esposa? Basta, y no me importunes ahora ante los papás.

Cuando los alcanzaron a la vera de un tupido seto de pinos María José, algo separada de Miguelín, con el rostro encendido de vergüenza e indignación, aun pudo dibujar en sus labios una fresca sonrisa para decir a los papás:

—Gracias que os hemos visto. ¡Vaya manera de caminar!

Amón

a

Aquel día el cielo

«Pastores los que fuerdes...»
San Juan de la Cruz

I

Oídme, zagales,
oídme, doncellas,
que yo tengo canciones muy lindas,
que yo digo canciones muy bellas,
las tejidas con versos alegres,
las de estancias de métrica añeja,
como aquellos vates
de edades pretéritas,
las que saben a olor de tomillo,
las que imitan rural pastorela;
mis canciones son claro de luna,
mis canciones son brillo de estrellas.
Que yo canto la Noche sagrada,
la poblada de músicas tiernas;
cantaban querubes
con voces de fiesta
himnario sublime,
tonada que alegra.
Los arpistas del cielo bajaron,
y cruzando la atmósfera etérea
volaban, cantaban
canciones selectas,
con un aire que nunca en el mundo
los mortales atentos oyeran.
Y decían de gloria en la altura
y de paz y bonanza en la tierra.
Sabedlo, zagales;
sabedlo, doncellas,
que en la gruta de mísero establo
que es cercano a la próxima aldea
yace un Niño que es Dios y que es Hombre
y que viene a salvar a la tierra.
David le anunciara
con voz de profeta,
patriarcas de bíblicos tiempos,
en las noches pobladas de estrellas
le sintieron venir que venía
pastoreando en la antigua Caldea.
Suspiraban ellos
con ansias muy veras
por rendirle homenaje de amores,
por besar su manita azucena
y traerle unos cuencos de leche
y una blanca, muy blanca cordera.
Ah de los zagales, a
h de las doncellas,

dejad las majadas,
venid a la cueva,
que también es Zagal el Pequeño,
pues «Pastor» le llamara un profeta.

II

Permiso, Señora,
que aquí ya se llegan
los llamados por ángeles bellos
que el mensaje del cielo trajeran.
Si le viera Abrahán Patriarca,
si le viera David el Profeta,
saltaran de gozo,
dijéranle fiestas.
Y nosotros le vemos tendido
sobre pajas en esta vil cueva,
mas sabemos que es Dios, le adoramos,
y sabemos que es Hombre, la ofrenda
de tiernos corderos
de nuestra dehesa
le ofrecemos gustosos, pidiendo
el permiso a su Madre tan bella
que nos deje acercarnos humildes,
mas el alma de amor hondo llena,
a darle un besico,
a hacerle una fiesta,
decirle requiebros,
tocar castañuelas
pa que el Niño no llore, se alegre,
y su Madre se ponga contenta
sabiendo que es suya
nuestra vida entera.

III

Ah zagales, los buenos y humildes
que le visteis la Noche de fiesta,
si supierais la envidia que os tengo,
¡si le viera de amor me muriera!
Que estallara de gozo mi pecho
apenas le viera.
¡Aquella mirada!
¡Aquella Doncella!
¡Aquel día el cielo
estaba en la tierra!

Vicente Monroy Alaguero, redentorista

La Adoración de los Magos

Imitemos la fe de los Magos,
la constancia, paciencia y fervor,
que del mundo baldones y halagos
despreciaron por ir al Señor.

En seguida que vieron los Magos
fulgurar en el cielo la estrella:
«Dios nos llama, dijeron, con ella
y a su Hijo nos quiere mostrar.»

Y dejando placeres y honores,
despreciando su reino y riquezas,
se dirigen con suma presteza
a su Dios y Señor a adorar.

Dios también a nosotros nos llama
con sus gracias y voces secretas,
como a nobles y fieles atletas,
a mayor santidad y virtud.

Y si, dóciles, todos oímos
de su voz el suavísimo acento,
lograremos también el contento
de encontrar al divino Jesús.

Decididos los Reyes caminan
de Jacob por la estrella guiados;


mas se ven de repente privados
de su luz al entrar en Salem;

por Jesús, sin temores, preguntan
su valor y su fe no decrecen,
y por eso de nuevo merecen
ver la estrella brillar en Belén.

Si nosotros nos vemos un día
del consuelo divino privados,
no quedemos por eso turbados
ni perdamos jamás el valor.

Que después de pasada la prueba,
otra vez, para nuestro consuelo,
brillará nueva estrella en el cielo
que nos lleve a Jesús, nuestro amor.

A Jesús, generosos, le ofrecen,
como místico y triple tesoro,
el incienso, la mirra y el oro
en ferviente y sincera oblación.

Hoy también ofrezcamos nosotros
rica mirra de santa pureza,
con el oro de amor y ternura
y el incienso de fe y oración.