Villancico

Cuando lloras, Niño mío...

Cuando lloras, Niño mío,
todo es llanto en derredor:
llora diamantes la flor,
llora la aurora rocío,
llora perlas el bohío,
y en el erial de mi pecho
llora escondido y deshecho
el dolor de tus dolores,
pues no es posible que llores
sin que llore lo que has hecho.

Cuando duermes, Niño mío,
todo calla en derredor:
no turban tu sueño, Amor,
ni las quebradas del río,

ni el zenzontle del plantío,
ni el rumor del encinar;
yo dejo, Amor, de llorar
porque la quietud te envuelva,
y desde el mar a la selva
se oye el silencio cantar.

Cuando miras, Niño mío,
todo es luz en derredor:
es más nevado el candor
de las rosas del estío,
más verde el verdor del río,
más rítmica la cintura de la palmera,
más pura la lumbre de mi cariño;
con sólo mirarme, Niño,
me has vestido de hermosura.

Fr. Jerónimo Verduzco, ofm

¿Comerciantes...?

Se dice, y con razón, que el comercio es uno de los ejes principales sobre el que se sostiene una nación. Se ha definido como la industria que tiene por objeto el servir de intermediario entre productor y consumidor con ánimo de lucro. Es decir, que el comerciante nos proporciona todo cuanto nos es indispensable y aun superfluo para nuestra existencia de una manera fácil y cómoda, poniéndolo a nuestro alcance.

Imaginemos por un momento una ciudad sin comercios. Sería catastrófico. La gente tendría que desplazarse a grandes distancias para subsistir; al campo por la comida, a tal ciudad por telas para vestir, a tal otra por zapatos con que calzarse, etc. Sería el caos, y la vida en estas condiciones resultaría poco menos que imposible.

Pero volvamos a la realidad, que nos resulta más cómodo. Reconozcamos que el comerciante nos facilita la vida y que influye de una manera positiva en la sociedad en que vivimos.

La historia nos muestra la influencia que ha tenido el comercio en el desenvolvimiento del mundo. Por él se han hecho descubrimientos, se han creado civilizaciones, se han provocado guerras... Es decir, que está íntimamente ligado a los destinos de una nación.

Pero actualmente, ¿se le reconocen al comerciante todas estas influencias? ¿Se le agradece cuanto pueda hacer en beneficio de todos y de la patria? ¿Está bien considerado?

Con el fin de poder enjuiciar mejor todas estas interrogantes y percatado de mi poca experiencia en estos menesteres, me dediqué a sondear la opinión de diversas personas más o menos duchas en estas materias y...

¿Para qué voy a indicar todo lo que me dijeron? Unos los defienden y otros sustentan la opinión de que son unos pillines con más picardía que vergüenza.

Me parece que no tienen toda la razón. El comerciante arriesga un capital y tiene que luchar contra mil enemigos. Es una profesión no apta para cardíacos ni para holgazanes. Hacen un trabajo digno y honrado para ganarse el sustento de cada día. Lo que ocurre es que, como en todas las profesiones, hay de todo y siempre resalta más lo malo que lo bueno. Es lamentable que por la conducta de los desaprensivos sean perjudicados los demás en su reputación. Hay que diferenciar a los comerciantes en general de otros, pocos por fortuna, que confunden la palabra comerciante con la de ladrón; es decir, que creen que comerciar es robar.

Sería muy interesante poder hacer esta distinción entre los unos y los otros, y este trabajo de separación y saneamiento entiendo que corresponde a los que caen en el desprestigio injustamente al ser juzgados igual que los que se conducen de una manera sucia y poco digna.

Hoy la gente anda un poco «mosca». Prueba de ello son los comentarios de la calle, la infinidad de chistes y artículos humorísticos que hacen alusión a ciertos... llamémosle «negocios». El mismo Gobierno ha. tomado cartas en el asunto y está llamando la atención a los desaprensivos.

Cuando a determinadas personas que han sufrido las consecuencias por haber caído en las garras de alguno de estos ejemplares se les habla de comerciantes, con una sonrisa picarona que más bien parece una mueca, por asociación de ideas, se acuerdan del calificativo poco grato de... ¡No tienen razón!
Por fortuna existe una mayoría de honradez en el comercio; lo que ocurre es que, como dijimos al principio, es más llamativo lo malo que lo bueno.

Hemos de tener fe en nuestros comerciantes, pero al mismo tiempo hemos de ir con los ojos muy abiertos para no caer en las manos de ningún «caco».

Quien da menos de lo que se le ha pagado; quien da una cosa de mala calidad haciéndola pasar por buena; quien por medio del fraude da gato por liebre; el que deliberadamente arregla mal un objeto con el fin de que cuanto antes vuelva nuevamente al taller o al almacén, etc., ¿qué calificativo le daremos?...

Hay que acabar con esa minoría. Pues el salteador se arriesga cara a cara con el peligro, y esta clase de «comerciante» poco escrupuloso roba traidoramente sin arriesgar nada. Tira la piedra y esconde la mano. Además de cínico es cobarde, traicionando no sólo el buen nombre de una digna profesión, sino que además provoca la confusión de la gente y hasta se hace responsable de las crisis económicas de una nación. Es causa de los aumentos de precios y, como consecuencia, otra vez el aumento de salarios, formándose un círculo vicioso y creando un ambiente poco grato.

Hay que despreciar a los que por afán desmesurado de lucro se convierten en un peligro para la sociedad. Hemos de huir de ellos como quien huye de la peste, hacerles ver que son basura y que mayor será su bajeza cuanto mayor caudal hayan conseguido por estos medios ilícitos.

Ya sé que son palabras fuertes. A nadie van dirigidas expresamente. Es más, creo que nadie debe merecerlas, pero... si alguien se da por aludido lo siento por él. Que siga como hasta ahora, pero que sepa que en el mundo aún existe la honradez y que aún se saben conocer y distinguir los verdaderos valores humanos.

Que sepan que cuentan con nuestro desprecio por muchos millones que consigan y por muy bien considerados que se encuentren entre los de tan baja estofa como ellos.

Tal vez haya pecado de exagerado, que haya sido injusto, pero con estas líneas no he pretendido otra cosa que defender una profesión que, por arriesgada y difícil, merece nuestra admiración y respeto. Hay que dar la palabra comerciante a quien la merezca; a los demás...

Y para terminar casi me atrevería a afirmar que el bienestar de una nación está en razón directa con la solvencia y honradez de su comercio.

José Mª Gimeno Tichell

Acerca del texto único del catecismo

La fórmula de la creencia concepcionista en el Catecismo del P. Pedro Vives, ofm, anterior a la Definición Dogmática

En este movimiento unificador del Catecismo será bueno aportar algún dato olvidado que avala mucho el popular Catecismo del P. Vives Ivars, el cual está difundido por todo el reino de Valencia, parte de Cataluña y Aragón.

Y como decimos, en cuanto a la Inmaculada Concepción. nos regala la edición de Zaragoza, 1808:

«P.— ¿Por qué veneráis a María Santísima?
»R.— Por su singular excelencia de ser Madre de Dios, por cuya consideración fue llena de gracia en el primer instante de su purísima Concepción» (1).

Y todavía más esplendorosa y bella, como sagrario de oro y plata, es la fórmula que se lee con admiración en la edición hecha en Alcoy, un año antes de la Definición, 1853:

«P.— ¿Qué quiere decir llena de virtudes y gracia?
»R.— Que aún en el primer instante de su animación, tuvo la gracia y todas las virtudes y dones del Espíritu Santo; porque el Señor estuvo con Ella en el principio y desde el principio de su Concepción con una asistencia perpetua gobernándola, dirigiéndola y defendiéndola; y por eso no tuvo jamás mancha de pecado alguno: ni original, ni actual, ni mortal, ni Venial» (2).

Fórmula parecida no será fácil de encontrar, sobre todo en un Catecismo popular. Y por ello es digno de alabar la mano piadosa y sabia que siguió "viviendo" al P. Vives, ocultando su nombre. ¡Ojalá lo hubiera hecho siempre así, como lo hicieron los exclaustrados del 35! A buen seguro que seguiría «viviendo» el P. Vives, remozado en cada exigencia religiosa que traen los tiempos modernos.

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) «Catecismo del P. Vives a uso común en el obispado de Teruel: —Arreglado de nuevo con conocimiento del Ordinario (Aquí va el sello del Santo Hospital de Nuestra Señora de Gracia, Zaragoza). Con permiso y privilegio: En Zaragoza por los herederos de la viuda de Francisco Moreno 1808», página 52.

(2) «Catecismo breve de la Doctrina Cristiana compuesto por el P. F. Pedro Vives, y ahora nuevamente añadido por otro religioso. Dedicado al Patriarca San José por un devoto. Edición corregida. Alcoy: Año 1853. Imprenta y Lit. de José Martí e Hiijos. - (Lo que llamamos Texto estrictamente, en letras grandes a modo de silabario para lectura)», página 55.

Cuento de Reyes

El collar del diablo

I

Manolín era un niño pobre, hijo de jornaleros. Cuando volvía del colegio de los Hermanos Maristas en que una buena señora le hiciera ingresar, se detenía a contemplar con secreta codicia los escaparates de juguetes y golosinas; y si por casualidad algún niño poseedor feliz de tales tesoros pasaba ante él, una envidia punzante roía su pobre corazoncito de seis años.

 Se acercaba el día de Reyes, y Manolín se extasiaba ante el mágico espectáculo de los escaparates, admirando con verdadera veneración los móviles y majestuosos Reyes Magos, que con la alcancía entre sus manos brindaban a los niños en la entrada de los comercios de juguetes a depositar en ellas sus cartas de petición.

El pobre niño pensó que tal vez aquellos magníficos señores tendrían lástima de él, y proyectó escribir su cartita como los demás niños y depositarla en manos del Rey negro que, por no llevar larga barba como los otros dos, le inspiraba menos respeto. Mas... surgió una gran dificultad: Manolín no sabía escribir aún. Y el día de Reyes se acercaba...

En este conflicto, nuestro amigo recurrió a otro niño, grandullón ya, y le pidió con encantadora ingenuidad que le sirviera de secretario en tan importante asunto.

El amigo, lanzando una carcajada de burla, le contestó diciendo:

—¡Panoli! ¿Pero tú crees en esas patrañas...? Los Reyes están en el bolsillo de los papás ricos. Con que ya puedes limpiarte. ¡Juguetes para ti...! ¡Que te crees tú eso...!

Manolín sintió una pena muy honda, muy amarga: la de su primera desilusión...

II

Pocos días después, la víspera de Reyes precisamente, se hallaba nuestro héroe encaramado en la ventana de su buhardilla contemplando tristemente el panorama de tejados que desde allí se dominaba. El niño estaba solo; acababa de volver del colegio; su madre estaba asistiendo a su padre en el trabajo.
Era esa hora de la tarde en que el sol, antes de ocultarse, tiñe de oro y grana el firmamento como para darle un beso de despedida, embelleciéndole con sus más brillantes luces. Grandes ráfagas anaranjadas teñían las plomizas nubes que se agrupaban hacia poniente. La naturaleza parecía envuelta en esa dulce melancolía que precede a toda despedida. Manolín contemplaba tristemente aquel hermoso espectáculo y su mirada, que vagaba por el encendido horizonte, fue a recaer en la larga serie de tejados que dibujaban su silueta sobre aquel fondo de oro y fuego.

Sobre lo más alto del caballete del tejado más próximo un gran gato, de pelo rojizo con manchas negras, se lavaba lentamente, pasando y repasando su aterciopelada pata del hocico a las orejas, arqueando su cabeza con graciosos movimientos. El felino causó en nuestro héroe un efecto singular; nunca había visto un animal semejante. Le llamó con un silbido, y el gato interrumpió su tocado, permaneciendo con la pata levantada, fijos en el niño sus grandes ojos verdes que parecían despedir chispitas de fuego.
Manolín tendió su mano haciendo castañear el índice y el pulgar, y el gato, estirándose sobre sus cuatro patas, arqueando el lomo y abriendo su boca en un largo bostezo, se dirigió a Manolín.

Los últimos rayos del sol, poniente rodearon al gato de una aureola de fuego.

Y entonces ocurrió una cosa extraña, sobrenatural, que a poco hace morir de miedo al pobre Manolín.
Aquel extraño animal, que el niño había tomado por un gato vulgar, bajó suavemente por la pendiente del tejado y, deteniéndose ante el niño, lanzó un maullido prolongado tras el que el aterrado muchacho oyó distintamente estas palabras:

—¿Me llamas? ¿Es que quieres algo de mí... ?

Manolín no se atrevía a contestar; aquel suceso era tan extraordinario que el pobrecillo sentía erizarse el pelo en su cabeza; mas el gato, fijando en él sus ojos fosforescentes, prosiguió lanzando un nuevo maullido.

—No seas tonto y pídeme lo que quieras. ¿Has visto tú nunca un gato como yo...? No me tengas miedo; ya sé que quieres muchas cosas que otros niños tienen. ¿Por qué no las has de tener tú también? Mira, ¿ves este collar que llevo puesto? Cógelo; yo te lo doy; no tiene más que siete cuentas: son siete deseos que puedes satisfacer; no tienes más que sacar una cuenta del collar. Cuando se terminen las siete cuentas me llamas y te daré otro mayor.

Y el fantástico animal, flotando su cabeza contra el brazo .del niño, haciendo ese ruido característico en lo; gatos cuando acarician, le repitió:

—Anda, tonto; coge el collar, que tuyo es...

Después de muchas vacilaciones y con mano temblorosa, Manolín se atrevió a tocar el cuello del gato, y el collar se enredó por sí solo en sus dedos, mientras el felino, lanzando un postrer maullido, echó a correr tejado arriba a tiempo que desaparecía el último resplandor del astro rey.

Manolín tuvo miedo y se metió temblando dentro de su casa estrechando entre sus dedos agarrotados el fantástico collar.

III

¿Quién posee un tesoro sin aprovecharse de él? Pasado el primer sentimiento de terror Manolín pensó que debía probar el poder de su talismán. Precisamente aquella tarde había contemplado con profundo deseo un hermoso caballo que se ostentaba en el escaparate de un comercio. Era un verdadero prodigio, cubierto de fina piel color castaño con larguísima crin, con sus espuelas plateadas, sus arneses de cuero charolado y con brillantes clavitos... Manolín desató el hilo que sostenía las siete bolas, tomó una de éstas y la lanzó al aire, diciendo:

—Si es verdad tu poder, tráeme el caballo.

Y, ¡oh estupendo prodigio!, el caballo apareció ante él todavía más bonito que en el escaparate. Pero su piel tenía manchas rojizas y negras como la piel del diabólico gato.

En aquel momento la madre de Manolín, que abría con el llavín la puerta de entrada, al ver aquel precioso juguete lanzó una exclamación de asombro:

—¡Hijo! ¿De dónde has sacado semejante caballo?

—¡Los ha llevado una señora muy elegante al colegio como premio de Pascua—, dijo el niño con un aplomo singular que no dejó la menor duda a la buena mujer, que no advirtió que en las azules y diáfanas pupilas del niño aparecía una sombra que empañaba su pureza: la del primer pecado. Manolín había mentido a su madre.

IV

Pocos días después Manolín, al salir 'de la escuela, se quedó contemplando el escaparate de una confitería en cuyo centro descollaban una colección de cerditos de mazapán que eran un encanto. Los había chiquitines que se podrían cerner de un solo bocado... Más grandes; hasta uno grandísimo y que lo menos pesaría un kilo, y en cuya boca entreabierta se veía un manojito de frutas escarchadas.

A Manolín se le hacía agua la boca. ¡Qué no daría él por tener aquella magnífica pieza! Mas... ¿quién le podía privar de tal gusto? ¿No tenía en el bolsillo el precioso talismán? Tras una ligera vacilación sacó una bolita del collar prodigioso y la arrojó con decisión por la entreabierta puerta de la confitería.
En el mismo momento apareció el gato fantástico, pasó como un rayo por entre las piernas de Manolín y penetró en el establecimiento, dando saltos sobre las mesas y el mostrador, derribando bandejas y estropeando tartas.

Se armó una confusión indescriptible. Los compradores huían gritando:

—¡Un gato rabioso! ¡Un gato rabioso!

Y Manolín, aprovechando aquella revolución, penetró resueltamente en la confitería y se apoderó del cerdo de mazapán, huyendo con él sin que nadie pensara en seguirle.

—¿Qué tienes, hijo mío? —le preguntaba aquella noche su madre al acostarle— Pareces triste; ¿estás malo?

Manolín no se atrevió a mirarla de frente. Llevaba sobre su corazón el peso de un segundo pecado aun mayor que el primero: el de un robo.

V

Pasó algún tiempo; los niños del colegio de Manolín se preparaban para hacer la primera confesión unos y su primera Comunión otros.

Nuestro héroe se resistía a ello y echaba la culpa a sus padres que, según él, decían era muy pequeño. Pero como no podía evadirse de asistir a las clases de Doctrina y a las explicaciones y consejos que los buenos Hermanos les daban, en su infantil corazón reñían violenta batalla su ángel de la guarda y el enemigo malo.

Y sucedió una tarde que Manolín, pasando por delante de un cine del que los Hermanos de su colegio aconsejaban a los niños buenos se alejaran como de la peste, se quedó contemplando los grandes carteles en que con abigarrados colores se veía pintada una mujer muy rubia y muy poco vestida, que en una mano levantaba una copa de espumoso champaña, mientras con la otra ocultaba un puñal.
Los ojos fulgurantes de aquella mujer parecían fascinar al niño, como le fascinaron las chispeantes pupilas del gato. Manolín pensó que, dijeran lo que dijeran los Hermanos, aquello debía ser muy bonito. Sacó una nueva bola del collar y la arrojó por la puerta; un pelotón de gente le envolvió, el niño se sintió arrastrado y, sin saber cómo, se encontró dentro de la sala.

En uno de los palcos había un niño de la edad de Manolín. Este observó que todos cuantos entraban en el palco obsequiaban con golosinas y juguetes al niño.

Una envidia punzante se apoderó de él, envenenando su corazón.

Al salir del cine ambos niños se encontraron en el vestíbulo. Manolín llevaba un remendado delantalillo; el niño, un rico abrigo de pieles.

Se comparó, con esa amarga tristeza que envenena las almas débiles, con aquel niño afortunado, y un mal pensamiento, un deseo cruel, manchó su alma.

Y cogiendo la última bolita que le quedaba la arrojó con saña al paso del niño. Este, que bajaba las escaleras del vestíbulo, perdió el equilibrio y fue rodando hasta caer a los pies del envidioso muchacho, que vio ante sí al diabólico gato llevando enredado entre sus patas otro collar en todo semejante al que anteriormente le diera.

Y saltando, con el lomo arqueado y la cola erizada, el felino fijaba en Manolín sus ojos verdes con destellos luminosos, como invitándole a coger el collar. Y a medida que el niño alargaba la mano el gato iba creciendo, creciendo...; las manchas rojas y negras de su piel se dilataban en simétricos dibujos contorneando su cuerpo; sus uñas se endurecían y encorvaban alargándose en forma de formidables garras: ya no era un gato, era un tigre cuyas fauces se abrían como para devorar al aterrado Manolín.
El collar se alargaba también, y sin saber cómo se sintió sobre su cuello como una cadena candente. Lanzó un grito de dolor, quiso arrancarle de sí, forcejeó desesperadamente, y en esta lucha sus manos encontraron un pequeño objeto que sobre su pecho llevaba: era la medalla Milagrosa que su madre tenía buen cuidado de ponerle todos los días al vestirle. Al contacto de aquella bendita imagen la cadena que le ahogaba saltó hecha pedazos y el espantoso tigre, lanzando un rugido aterrador, retrocedió, hundiéndose en la sombra.

Manolín sintió que se le iba la cabeza; vaciló y fue a caer sobre la acera, perdiendo por completo el sentido.

Cuando abrió los ojos se encontró acostado en su camita; su madre, a pocos pasos de él, remendaba un delantal; era de noche.

—¡Madre! —preguntó el niño tímidamente—. ¿Quién me ha traído aquí?

Su madre le miró con sorpresa.

—Cuando vine de asistir ya estabas acostado —dijo—. ¿Quién quieres que te haya traído?

Manolín tentó su cuello y con gran alegría estrechó contra su pecho la medalla Milagrosa. ¡Todo había sido un espantoso sueño...!

—¡Madre! —dijo de nuevo—. Mañana, cuando vaya a la escuela, diré al Hermano que quiero confesar como los otros niños de mi edad.

—¡Sí, hijo mío! —contestó su madre besándole—. Ya tienes seis años.

Bajo el dulce calor de aquel beso Manolín volvió a cerrar los ojos, pero esta vez se durmió plácidamente.
Y vio ante sí a un ángel muy hermoso que iba recogiendo una a una las bolitas del' collar del diablo, depositándolas a los pies del P. Miguel de los Santos, aquel Padre tan bueno que les decía la misa los domingos en la capilla del colegio.

Y el Padre, bañado de una luz divina, hacía la señal de la cruz sobre aquellas cuentas que se transformaban en perlas líquidas, semejantes a lágrimas, y se evaporaban como gotas de rocío al beso del sol...

J. G. Herreros

Bibliografía

El asesinato de Dios, por Nino Salvaneschi, versión española por Fr. Camilo Jordá, ofm. 130 págs. Editorial el Perpetuo Socorro. Madrid, 1957.

He aquí un libro del mundialmente famoso y sugestivo escritor Salvaneschi apasionante en verdad, libro en el que se expone una visión muy sucinta y exacta de importantes problemas del mundo actual. Empezar a leerlo significará no dejarlo de las manos hasta terminarlo.

Al P. Camilo Jordá —bien conocido ya por sus escritos y varias traducciones de gran éxito editorial debemos agradecer el poder leer en castellano este libro tan interesante con sus relatos escalofriantes —bien documentados— sobre los ardides malignos de los enemigos jurados de Dios.

Noticias

Oración mariana del Papa para los enfermos.— Su Santidad Pío XII ha compuesto una oración mariana para los enfermos, quienes ganarán 100 días de indulgencia cada vez que la reciten. La leyó él mismo por primera vez a mediados del pasado octubre en la concentración de, 5.000 enfermos italianos del Centro de Voluntarios del Sufrimiento. Dice así:

«Madre de amor y de clemencia, con el corazón traspasado por la espada del dolor apiádate de nosotros, pobres enfermos, reunidos contigo en el Calvario de Jesús.

Los elegidos con la sublime gracia del dolor deseamos completar en nosotros la Pasión de Cristo, cuyo Cuerpo místico es la Iglesia, y consagrarte nuestras personas y sufrimientos para que, como humildes víctimas propiciatorias, las ofrezcas en el altar de la cruz de tu divino Hijo en bien de nuestras almas y de las de nuestros hermanos. Acepta, oh Madre Dolorosa, nuestra dedicación y confirma en nuestros corazones la gran esperanza de que, por compartir los dolores de Cristo, seamos merecedores de compartir la gracia divina aquí y en la eternidad. Amén.»

San Francisco de Asís, Patrono de los turistas.— La iniciativa ha partido del Director de la revista salesiana, tan apreciada en Italia. Se trata de nombrar a San Francisco de Asís Patrono de los turistas.

Ante el incremento incesante del turismo en Italia, nada más puesto en razón que pensar en dar un Patrono a todos esos amantes del espectáculo nuevo y pintoresco que ofrece la naturaleza y el arte tan profundamente sobre el suelo privilegiado de Italia, ¿y qué cosa más lógica que evocar la figura de San Francisco de Asís, el cantor enamorado de la naturaleza, dotado de una sensibilidad artística excepcional?

La idea del Director del Meridiano ha cuajado tan bien que muchos periódicos italianos la han acogido con calor; los católicos se han puesto a estudiar y discutir el problema del turismo, y más de cien obispos italianos se han adherido sinceramente a la propuesta.

Como era de esperar, los Ministros Generales de las Ordenes Franciscanas Menores, Conventuales, Capuchinos y Terciarios Regulares se han apresurado a tomar cartas en el asunto y han elevado una petición al Sumo Pontífice para que se tramite el nombramiento de San Francisco de Asís para Patrono de los turistas. Y se ha iniciado ya una campaña en todas las revistas franciscanas en pro de semejante iniciativa con objeto de hacer llegar los artículos que en ellas se escriban a la Sagrada Congregación de Ritos, que es la que ha de estudiar el caso y decidir en consecuencia.

Muy digna de aplauso la iniciativa del Director de Meridiano 12. El P. Cappello no ha hecho en ello más que interpretar ¡os sentimientos de su excelso fundador San Juan Bosco, «quien amó tanto a San Francisco de Asís que, en un momento de su juventud, deseó hacerse su hijo y seguidor», como escribe el Rector Mayor de los Padres Salesianos Renato Ziggiotti, aprobando con entusiasmo la idea.

Nuevos sacerdotes.— El día 21 de diciembre pasado fueron ordenados de presbíteros en Teruel por el Sr. Obispo de la diócesis Fr. León Villuendas Polo, O. F. M., nuestros coristas franciscanos PP. Antonio Porturas Plaza, Bernardino Sutil Honrado y Javier Navas Rodríguez, que cantaron su primera misa, respectivamente, los días 22 de diciembre en Teruel, 26 de diciembre en Grisuela de Páramo (León) y 27 de diciembre en Castro del Río (Córdoba). A los tres nuestra cordial felicitación.

Jerusalén.— Numerosos fieles han tenido ocasión este año de visitar los Santos Lugares y asistir a las funciones religiosas en el templo de la Natividad sin que se hayan producido incidentes. En Belén se congregaron varios millares de personas procedentes de las más diversas nacionalidades. El Patriarca de Jerusalén Mons. Alberto Gori, O. F. M., presidió la tradicional procesión hasta la iglesia de la Natividad, donde en la capilla del Pesebre ofició 1a misa del Gallo.

En Jordania el día de Navidad fue declarado festivo por disposición del rey Hussein, mientras que en El Cairo el Gobernador de la capital egipcia representó al Presidente Nasser en la misa navideña, oficiada en la iglesia católica de Heliópolis por el Vicario Apostólico. El internuncio asistió a la misa del Gallo oficiada en la iglesia que regentan los Padres Franciscanos de El Cairo, misa que fue retransmitida por las emisoras de Egipto.

Belén.— Más de 3.000 peregrinos procedentes de casi todos los países del mundo han celebrado la Nochebuena junto a la gruta donde nació el Redentor.

Una constante y fría lluvia caía sobre las colinas de Judea, en las que los pastores guardan todavía sus ganados como hace mil novecientos cincuenta y siete años.

A vosotras. Confidencias

Sonríe...

Sonríe, como la bella primavera
que sólo tiene aromas.."
Sonríe, como la aurora delicada
que por la sierra asoma...
Sonríe, aun cuando sientas lacerado
tu corazón tiernísimo;
que las penas, si se ocultan con sonrisas,
son de un valor subido.
No digas si recibes las sonrisas
de «un triste» corazón,
que es hipócrito afán su disimulo
callando así el dolor.
Deja siempre que te hablen las sonrisas
un íntimo lenguaje...
¡El corazón más ama cuando calla
lo que Dios sólo sabe!

María de Santangel

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