El San José de plata
Era una pequeña estatua de San José, pero preciosa, bellísima, una verdadera obra maestra de orfebrería, cincelada por algún desconocido Benvenuto; en una actitud llena de majestad y nobleza, llevaba en sus brazos el divino Infante; su rostro, de líneas y contornos ideales, estaba impregnado de una serena dulzura. En aquello que en su edad primera no había sido más que un lingote, el arte aliado con el sentimiento y la inspiración religiosa habían sabido imprimir un ideal casi infinito: la belleza perfecta y el esplendor eterno.
¿Pero cómo esta joya tan piadosa como rica y digna de ostentarse en el altar mayor de una capilla real, vino a ser propiedad de Hugo, el viejo sabio, plenamente ateo y desprovisto de toda creencia religiosa?
No; no era por el amor al bendito Patriarca, ni llevado por su fe, que él guardaba la imagen del padre virginal del Niño Jesús, sino por amor y afición de coleccionista. El adoraba las antigüedades: bronces, cuadros, medallas, monedas, cerámica..., su vida se concretaba en la rebusca de objetos antiguos y raros. Su pasión eran los hoteles de ventas, las exposiciones; dotado de un instinto extraordinario que nunca le había engañado ante las verdaderas obras de arte, célebre entre todos los anticuarios por haber pagado 100.000 francos por una vieja sopera de
Rouen, Hugo no conocía más que una felicidad, gozar de sus joyas, él, completamente solo, después de cerrar la puerta de la calle y cuando los habitantes de la casa estaban todos durmiendo.
Las vitrinas, espléndidamente iluminadas, mostraban entonces a sus avaros ojos todas las riquezas y preciosidades que encerraban; él las acariciaba con mimos delicados de avaro y de amante, bebía con avidez el brillo espléndido de sus luces, saboreaba con delicia de gourmant la exquisitez de su arte; este era el placer más grande de su vida, su única felicidad.
Así el San José de plata, adquisición considerada como una fortuna extraordinaria por su rareza y hermosura, se codeaba sobre una consola con una cigarrera Luis XVI, toda pintada de color de rosa y adornada de cintas.
«La belleza establece la igualdad en las obras de arte», decía nuestro coleccionista, pensando en aquella extraña mescolanza de lo religioso y lo profano.
Hugo tenía una sobrina encantadora que había de hacer aquel año su primera Comunión. Sola y desamparada en el mundo la pobrecita por haber perdido a sus padres, que la muerte descarnada le había arrebatado antes de saber ella lo que es el dolor y las lágrimas y la inmensa desgracia de la orfandad, había encontrado gracia en el viejo y feroz maniático. Linda y maniática, dominaba completamente a su tío; en sus vacaciones hacía de su casa un laberinto, trastornándolo todo sin que el tío se quejara; se hacía iniciar en las maravillas de la colección, jugaba a las muñecas con una tanagra y convertía al viejo en un esclavo de sus caprichos. Es que con la niña entraba en aquella casa un rayo purísimo de sol, un perfume de azucena, un destello de alegría, una expansión de cariño.
Lucila era la segunda pasión de aquel viejo, que nunca había pensado en casarse.
La niña hablaba con mucha frecuencia de Dios, de la Virgen, de San José..., estudiaba en voz alta, a estilo de niño, su catecismo, y lo comentaba, cantaba piadosas plegarias; todo ello disgustaba muy fuertemente al buen hombre. Un día la niña lo advirtió, y con el atrevimiento de la inocencia, le dijo:
—Dime, tío, ¿por qué tienes esa estatua tan bonita de San José si no le amas? ¿Y por qué la colocas ahí, al lado de esa cigarrera y de esa mujer desnuda y sin cabeza, en vez de ponerla en tu alcoba para rezarle todos los días tus oraciones?
Hugo quiso reírse y contestó:
—Eso de rezar, hija mía, es solamente propio de niños; tú misma, cuando seas grande, ya no pensarás en rezar.
—Eso no, tío. Se ha de rezar toda la vida, de niño y de viejo. ¿Tú no rezas el Padrenuestro?
—No.
—¿Jamás?
—Jamás.
La pequeña se calló, miró a su tío con ojos espantados y comenzó a llorar, exhalando tristes gemidos.
—Entonces tú te condenarás sin remedio, tú te condenarás. El señor cura nos lo dice: es necesario creer en el Dios de la primera Comunión para que El se acuerde de nosotros en la hora de la muerte y nos conceda la gloria de su paraíso. ¿Es que tú no hiciste tu primera Comunión ?
Hugo se sentía molesto y disgustado ante la insistencia y las lágrimas de la sobrina; levantó los hombros y le dijo:
—Cállate, pequeña, cállate; esas conversaciones no son para las niñas.
—Pues yo quiero hablar... Yo no creo que tú quieras ir al infierno; esto sería muy terrible para ti y para mí también, que te amo tanto. ¿No has tenido tú una madre que te enseñara a juntar las manos delante del pecho y pusiera en tu boca la oración para el buen Dios?
De repente el coleccionista se sintió conmovido por las palabras de la niña, se acordó, ante aquella evocación lejana, de los consejos y cariños de su madre, de las alegrías inocentes de su infancia..., pero queriendo dominar su emoción y ser fuerte, con voz encolerizada contestó a la niña:
—Vete al diablo, fastidiosa. ¿Es que piensas convertirme? Es ya muy tarde. Vete a dormir y no pienses más en esas necedades; quiero que me dejes tranquilo.
—Ya me voy, tío, ya me voy, pero déjame llevar esta noche ese San José, ya que tú no le dices nada no te hace ninguna falta; yo le hablaré por ti y le rezaré mucho, mucho...
Por amor de la paz, Hugo tomó la pequeña imagen de plata de San José y la puso en las manos de la niña, diciéndole:
—Vete y acuéstate en seguida, a ver si duermes de un tirón toda la noche.
Una hora después el sabio estaba pensando, con los codos sobre la mesa y la cabeza en la palma de las manos; todo un mundo de recuerdos había surgido en su espíritu, despertados por las palabras infantiles: el dulce pasado, que él creía muerto para siempre, con su fe y su inocencia, revivía por la acción de la memoria, que es la segunda juventud de los viejos.
Sin darse cuenta murmuró:
—He disgustado a la pobre niña y la he visto llorar... Con tal que ella, que es más impresionable que una sensitiva, no se ponga enferma... Los criados velan tan poco... Si yo fuera a ver si duerme tranquila y sosegada mi pobre niña...
Tomó un candelabro, lo encendió, y con apagados pasos se dirigió al dormitorio de la niña, cuya puerta abrió con cautela para no hacer el menor ruido, pero la emoción no le dejó pasar.
El San José de plata, puesto sobre una mesita, cubierta con una blanca servilleta y adornado de flores, brillaba radiante en medio de muchas bujías. Lucila, en camisita, de rodillas delante de aquel improvisado altar, había dejado caer su cabecita sobre el brazo que descansaba en la mesita y tenía los ojitos inundados de lágrimas; se veía que el sueño la había dominado mientras rezaba y lloraba; el espectáculo era idílico y encantador.
El viejo entra, toma a su sobrina paternalmente en sus brazos y la acuesta en la pequeña camita; entonces la niña, medio dormida, se acuerda de la oración que el sueño interrumpió y dejó sin acabar, y murmura casi inconscientemente: «San José, yo os pido la gracia de la conversión de mi tío Hugo, que yo amo tanto. Yo os la pido en nombre de tu hijo Jesús y de tu esposa María.»
Su cabeza vacila y cae sobre la almohada; de nuevo está dormida.
El sabio arropa cuidadosamente a la niña y responde en voz muy baja:
—Así sea.
Y son tan poderosas sobre el corazón de un viejo las palabras acariciadoras de una niña y la protección de San José que, a su vez, el viejo se arrodilla delante del excelso Patriarca y comienza a rezar, para concluir al día siguiente a los pies del párroco su completa conversión.
Salmo 8
Grandeza de Dios y pequeñez del hombre
1. Al director de música. Al son de la getea. Salmo de David.
2. ¡Oh Señor, nuestro Dios!, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra, pues fijaste tu magnificencia en los cielos.
3. Hasta de la boca de los infantes lactantes hiciste un baluarte frente a tus enemigos; para que cese el contrario y el rival.
4. Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos; la luna y las estrellas que en ellos pusiste... exclamo:
5. ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes o el hijo del hombre para que de él te cuides?
6. Pues le hiciste algo inferior a los ángeles; de esplendor y gloria lo coronaste.
7. Le hiciste señor de la obra de tus manos; todo lo pusiste bajo sus pies:
8. ovejas y bueyes cuantos existen y además las fieras agrestes;
9. las aves del cielo y los peces del mar que cruzan las sendas de los mares.
10. ¡Oh, Señor, Señor nuestro! ¡Cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!
Comentario
El salmo 8 es toda una pieza, así en el fondo como en la forma literaria.
Va dedicado al director de música con la indicación del instrumento músico que debe acompañar a este hermoso canto lírico. Se trata del arpa getea.
Una misma exclamación, mezcla de alegría y de admiración, abre y cierra este sublime canto.
Una idea dominante campea en los ocho versículos que forman el cuerpo del salmo; el hombre, tan pequeño y exiguo en su aspecto material comparado con el vasto mundo sideral y la enorme extensión de la tierra, es, sin embargo, el rey de la creación visible y el empalme con el mundo angélico, al que sólo cede un punto por hallarse ligado a la tierra.
* * *
La magnificencia de Dios ha puesto un pálido destello en el mundo visible, tanto en el firmamento poblado de astros como en la redondez de la tierra, poblada de plantas y animales. ¡Qué gigantesco aparece el sol recorriendo en su marcha triunfal de punta a punta el firmamento! ¡Qué grandiosa vista ofrece la bóveda celeste con la infinidad de lámparas ardientes colgando de su dilatado techo! ¡Y qué insignificante aparece el hombre cotejado con la inmensidad de esa techumbre que cobija a toda la tierra! Y sin embargo, ¡cómo le hizo Dios señor de cuanto pueblan los mares, la tierra y los aires!
Las aves que surcan las rutas del cielo, los peces que cruzan las sendas del mar y hasta las fieras salvajes que anidan en los bosques inaccesibles, todo está puesto bajo el señorío del hombre, y éste bajo la gran cúpula de ese inmenso santuario del cielo, creado para recrear ahora con su hermosura al hombre y servirle luego de morada.
* * *
Esto escribió el gran profeta David al despertar del profundo éxtasis en que le había arrobado el espíritu del Señor en la contemplación a cielo abierto de las maravillas de la creación.
La comunidad franciscana de Teruel en homenaje a
D. Antonio Buj, Deán de la Catedral


Don Antonio Buj fue como un franciscano más en Teruel. Su muerte ha ocasionado una gran pérdida a la Orden Franciscana. Su gran amor y admiración por San Francisco le hizo militar en sus filas seráficas como fervoroso terciario. Fue insigne bienhechor y protector de nuestro convento de San Francisco de Teruel, distinguiéndose notablemente en las gestiones que se llevaron a cabo para conseguir el que volvieran a la Ciudad de los Amantes los religiosos franciscanos después de sesenta y siete años que estaban ausentes por la forzosa exclaustración del infausto Mendizábal.
Siempre demostró su gran admiración y simpatía por la Orden Franciscana. Por eso no podía menos la Orden Franciscana de ofrecer un homenaje D. Antonio Buj como reconocimiento a tan ilustre terciario que tanto hizo por sus franciscanos. Este homenaje consistió en un solemne funeral por el eterno descanso de su alma pidiendo al Señor y al S. P. San Francisco le recompensen con la gloria de los bienaventurados. Se celebró el pasado día 21 de enero, oficiando nuestro P. Provincial, que no quiso faltar a este digno homenaje, y presidido por el Sr. Obispo Fr. León Villuendas, O. F. M.
La misa de Requiem, de Perosi, fue magistralmente interpretada por los estudiantes teólogos bajo la experta batuta del tan conocido y popular maestro-director P. Pérez Jorge, O. F. M.
Pedimos a nuestro finado y querido don Antonio que siga desde el cielo intercediendo por estos franciscanos que se han quedado en la tierra para que algún día nos podamos unir en la gloria para gozar de la paz de los bienaventurados.
Fr. Juan José Baydal Tur,ofm
Teruel, febrero de 1958.
La última noche del Iscariote
Y luego que se llegó a Jesús dijo: —Salve, Maestro. Y le besó. — (San Mateo.)

Consumada la delación, que entregaba al divino Maestro en manos de sus verdugos, Judas se alejó sin volver la cabeza, fijo el pensamiento en los treinta dineros de la traición, que llevaba: dentro de una bolsa de cuero como las que solían usar los mercaderes hebreos. En el cielo la claridad crepuscular se disipaba lentamente, como se deshace el humo en la atmósfera, y el paisaje se envolvía en un sudario de misterio. Judas echó a andar por el camino de Betania, donde vivía, libre aún del torcedor del remordimiento. La preocupación de poner el dinero a buen interés le dominaba. «¿Cómo haré para asegurarlo con pingüe rédito?», se preguntó. Su primer impulso fue prestárselo a los pescadores, gente menesterosa y apurada por las vicisitudes del oficio pero recordando que eran cristianos se avergonzó de su proyecto. Luego pensó avistarse con los proveedores de las legiones romanas, que traficaban sin escrúpulos a la sombra del procónsul, que estaba a la parte en las ganancias; pero tuvo miedo de que su condición de judío le entregase inerme a la codicia voraz de aquellos tunantes.
A mitad de camino quiso recontar las piezas de su tesoro, y sentándose sobre un ribazo vació el bolso en la hierba. Su estupor fue grande al observar que sobre la plata de las monedas se extendía una mancha carmesí, como de sangre. Luego, sintiéndose hambriento, alargó las manos hacia las ramas de una higuera que las abría frondosas sobre su persona y advirtió que el fruto y las hojas se desprendían secos del árbol, posándose sobre su cabeza y sus espaldas, como el plumaje de aves muertas que dispersa el viento. Palpó el tronco para convencerse de que no era víctima de una alucinación, y la higuera se le hizo cenizas a los pies. Y entonces el alma se le amedrentó. Se disponía a huir de aquellas soledades para buscar una diversión a sus temores en la compañía de otros hombres, cuando acertó a pasar por allí una moza con un cántaro de agua a cuestas. La voz del Iscariote sonó con angustia en el otero.
—¡Rebeca ! ¡Hermana mía ! ¡Dame un poco de agua! ¡Me muero de sed...!
La bella adolescente no le hizo el menor caso. Vio la higuera, que parecía demolida y calcinada por un incendio, y pasó de largo sin detener la atención en su hermano. Judas, desesperado, echó a correr tras ella, y por más que se afanaba no conseguía darla alcance. Taciturno y sin consuelo, hizo alto de nuevo en la ruta, porque había visto unas matas de flores, de las que solía recoger y besar el Señor en sus diarios paseos por la campiña. Eran unas humildes campánulas que coqueteaban inocentemente con los brezos del borde del sendero. El Iscariote se acercó a las flores con amor, y antes de tocarlas vio que se habían marchitado. Su aliento, como la llama, lo devoraba todo. Entonces decidió acogerse al seguro de su hogar, que estaba en Samaná, y doblando el otero se internó por unos prados. Todo lo que pisaban sus plantas perdía su verdor.
Se acordó de su casita de adobes, con su techo de palmas entretejidas con cáñamo, y el parral delantero, que adornaba, como una guirnalda, la entrada. Había cerrado la noche y sobre el camino cabalgaban las sombras como almas de seres que hubieran salido de las tumbas. El viento empezó a mugir procelosamente, y al cruzar una pinada Judas creyó oír la palabra «¡Traición!», que se alargaba sonoramente en todo el ámbito. Tuvo miedo y, para sobreponerse a la emoción, quiso rezar. Fue en vano. La oración aprendida de los labios del divino Maestro había huido de su memoria. En aquel instante pasaron bordeando el bosque unos trajineros de los que hacían el comercio de abastos entre los burgos de la Galilea, gente conocida del Iscariote y asequible, como es siempre el pueblo a los requerimientos de la compasión.
—¡Eh ! ¡Amigos! —les gritó—. ¿Queréis prestarme uno de vuestros jumentos? Tengo que llegar pronto a Samaná y estoy cansado...
La caravana pasó de largo y las voces del Iscariote se extinguieron en el viento. Entonces, sintiendo que su razón vacilaba, hizo un esfuerzo poderoso y echó a andar, aquerenciado por el clemente recuerdo de su casa. La oscuridad era completa. Los astros se habían escondido en el firmamento y la luna parecía un garabato amarillo en una mancha fuliginosa. El hambre y la sed le acosaban, y sus pies se movían torpemente, como si la tierra los rechazase. De pronto se aclaró el cielo y pudo orientarse. Estaba en las cercanías de Samaná. Sus ojos ávidos recogieron aquella luz que venía de las estrellas y se posaron ansiosamente en el brocal de una cisterna próxima a una casita de pastores. En el agua quieta y profunda el reflejo lunar había trazado una palabra que el Iscariote leyó con espanto: «¡Traidor!» Fuera de sí, emprendió la marcha nuevamente, despeado y febril, y en la claridad plateada del olivar que rodeaba su vivienda la silueta del fugitivo imprimía al paisaje el tono siniestro de una pesadilla.
Al fin llegó a su casa y llamó a grandes voces. La puerta permaneció cerrada y sus moradores mudos. Impaciente por sentir el abrigo familiar, entró por la puerta trasera que daba sobre el huerto; pero el perro que la guardaba no sólo no le reconoció, sino que se abalanzó a él con las fauces temblorosas de cólera. Rendido de fatiga, Judas escondió la bolsa al pie de un árbol y se tendió para dormir, con la esperanza de que el nuevo día le devolviese la calma y el dominio de las cosas. Pero antes del amanecer el sueño se apoderó de él no para curarle de la fatiga, sino para hacerle sentir, en una sucesión de imágenes, la magnitud de su delito. Vio al Señor preso, azotado, vilipendiado, escarnecido, y luego, pendiente su cuerpo hecho jirones del madero infame que había de ser, andando el tiempo, signo de la redención humana. No sólo vio su rostro exangüe y lívido en la cruz, sino que oyó las terribles palabras que, repetidas por la Sagrada Escritura al través de los siglos, debían turbar el sosiego interior de muchos creyentes: «¡Padre mío! ¡Por qué me has desamparado... !»
La pesadilla lo despertó cuando aún no había roto el alba, y entonces, enloquecido por lo que acababa de ver, se colgó del árbol que acababa de velar su sueño y de esconder los treinta dineros de la traición, que nadie, nadie, debía encontrar jamás...
Manuel Bueno
Fr. Basilio Sancho Ugeda, ofm. In memoriam
El 21 del pasado mes de febrero, a los ochenta y siete años de su edad y sesenta y tres de profesión religiosa, falleció santamente en Roma Fr. Basilio Sancho Ugeda, natural de Paterna. De carácter sumamente amable y servicial, se ganó el afecto de todos cuantos le trataban, tanto en los conventos de esta Provincia franciscana como en Madrid y, sobre todo, en la Curia General de la Orden y en el Colegio Internacional y Pontificio Ateneo Antoniano de la Ciudad Eterna, en donde prestó sus valiosos servicios por espacio de más de cincuenta años. El Cardenal Benlloch le distinguía con su afecto personal, y también varios Cardenales y prelados romanos y otras altas personalidades.
Muy devoto de la Santísima Virgen María (especialmente de Nuestra Señora de los Desamparados), tenía frecuentemente en sus labios la invocación «Ave María Purísima», basta el punto de lograr que quien se cruzase con él (incluso el mismo P. Ministro General) se la dijese, y él respondía siempre incansable y prontamente: «Sin pecado concebida». En los últimos años (hasta morir) estaba encargado de la capilla de la enfermería del Pontificio Ateneo Antoniano, y además de tenerla siempre muy bien atendida ayudaba todas las misas.
Reciban sus familiares y la Orden el testimonio de nuestra honda condolencia y rueguen en caridad nuestros lectores para que Dios le conceda la eterna gloria.
Noticias
Indulgencia jubilar. — El Sumo Pontífice Pío XII, en su Constitución del 1.° de noviembre del año 1957, concede indulgencia plenaria jubilar a los fieles que visiten el santuario de la Virgen de Lourdes, que podrán ganar desde el 11 de febrero de 1958 hasta el 11 del mismo mes de 1959. Los peregrinos podrán gozar una sola vez de está indulgencia, en un día cualquiera comprendido entre estas fechas, a condición de que se acerquen debidamente preparados a los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía y recen por las intenciones del Pontífice.
Oratorio franciscano en Lourdes.—Los Padres Generales de las cuatro ramas franciscanas han decidido erigir en el santuario de Lourdes un oratorio franciscano en conmemoración de la importante contribución de la familia franciscana a la causa de la Inmaculada Concepción.
Santa Clara de Asís, Patrona de la televisión (Ciudad del Vaticano, 17 de febrero). — Su Santidad Pío XII ha proclamado Patrona de la televisión a Santa Ciara de Asís en un Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos.
Santa Clara de Asís murió en el año 1253, después de haber fundado con San Francisco de Asís la Orden de las Clarisas Pobres, y fue un año antes de su muerte cuando se produjo el milagro más importante de la vida de la santo. Se encontraba entonces gravemente enferma en su celda del convento de San Damián, en Asís, en la Nochebuena de 1252. Santa Clara estaba orando fervientemente para que el Señor le permitiese asistir a la misa del Gallo que se estaba celebrando en la iglesia de San Francisco, a alguna distancia del convento. Sus oraciones fueron escuchadas y le fue permitido, sin salir de la celda, contemplar toda la misa del Gallo. Esta milagrosa visión fue después descrita por la santa con todo detalle.
Santo Clara, que fue canonizada por el Papa Alejandro IV en el año 1255, fue sugerida para santa Patrona de la televisión en 1953, en ocasión del séptimo centenario de su muerte.
¿Patrono de los astronautas? (Ciudad del Vaticano). Un funcionario del Vaticano dijo que las autoridades de la Iglesia Católica Romana están considerando la selección de un santo patrono para los viajeros del espacio. Se cree que la selección probablemente recaerá en San José de Copérnico, fraile franciscano italiano del siglo XVII, que según la tradición flotó en el aire durante el éxtasis religioso. En Italia también está considerado como el santo Patrón de los estudiantes.
Dos franciscanos en vísperas de próxima canonización.— La Sagrada Congregación de Ritos tiene suficientemente adelantada la causa de canonización de dos religiosos franciscanos: Carlos de Sezze, fallecido en 1670 y beatificado en 1882, y Tomás Cori, fallecido en 1729 y beatificado en 1786.
Cristóbal Colón, terciario franciscano.— La beatificación de Cristóbal Colón, terciario franciscano, ha sido solicitada en más de 900 petitorios recibidos en la Santa Sede de parte de los miembros del Episcopado. La revista Palestra del Clero, del Vicariato romano, que se ocupa de esa cuestión, desea que se pueda encarar nuevamente el examen de la causa de la beatificación del navegante genovés, dado que es imposible estudiar la figura de ese hombre sin ser ganado por su aureola de evangelización infatigable, su tenacidad civilizadora y el potencial de su visión tan ampliamente alentada por los Papas. Agrega la revista Palestra del Clero que la proclamación de las virtudes heroicas de Cristóbal Colón sería actualmente una gloria para la Iglesia, sobre todo en estas horas de crisis por la que pasan los pueblos, más necesitados que nunca de ejemplos de santidad como el que ofreció Cristóbal Colón. Recuerda, por último, que León XIII aprobó la proposición de beatificación del descubridor del Nuevo Mundo.
Cruzada de oraciones.— El Cardenal Primado, Enrique Pla y Daniel dirigirá un llamamiento a los católicos hispanoamericanos para que acudan en peregrinación al acto mariano que se celebrará en el monasterio de Guadalupe, regido por los PP. Franciscanos, el día 15 de mayo de este año en que se hará una proclamación solemne del mensaje de Fátima para iniciar la cruzada de oraciones del Ejército Azul de María en España con el fin de conseguir la cooperación de todos los católicos españoles en este movimiento mariano que pretende lograr la conversión de Rusia y la paz del mundo.
Monumento al Cardenal Mercier.— En presencia del rey Baudonín y de las más altas autoridades civiles y religiosas ha sido recientemente inaugurado un monumento a la memoria de un gran terciario franciscano, el Cardenal Mercier, Arzobispo de Malinas, del cual no se puede olvidar el célebre artículo que publicara con motivo del VII Centenario de la muerte del Seráfico Patriarca y que se intitula: «La sinceridad de San Francisco».
Monumento a San Francisco en Gorizia.— El monumento dedicado a San Francisco en Gorizia, en el Trentino italiano, recuerda a nuestra época moderna con su inscripción: San Franciscus Assisiensis, Humanae Fraternitati, al hombre de paz, a la doctrina de paz y a la obra pacificadora del Patrón de la Acción Católica.
Actividad franciscana.— Según revela un artículo de L'Osservatore Romano, los franciscanos realizan en el Oriente Medio, además de su misión de Custodios de Tierra Santa, una intensa labor educativa, con 35 Centros de enseñanza y 97.569 alumnos. Hay diez colegios franciscanos en Jordania, seis en Israel, siete en Siria, tres en el Líbano, ocho en Egipto y uno en Chipre...
El Papa mirando satélites.— El Papa realizó una serie de observaciones estelares con el ¡nuevo telespectroscopio británico instalado en el observatorio de Castelgandolfo. El instrumento permite el estudio completo de las constelaciones y proporciona datos de gran valor científico.
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