Índice del número 351

Junio de 1958. Año 32. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

El Sagrado Corazón de Jesús y San Antonio de Padua

La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se celebra el mismo mes, y a veces, como ocurre este año, el mismo día de San Antonio de Padua. Ella me da ocasión de hablar aquí del Santo paduano en sus relaciones con esa modalidad de la piedad cristiana.

La devoción del Sagrado Corazón de Jesús no es moderna como algunos imaginan. Según afirma el Breviario, las almas de todos los tiempos han penetrado en el Corazón de Cristo por la herida del costado, símbolo de aquel íntimo y ardiente amor que de continuo abre el pecho de Jesús en el deseo de nuestra correspondencia de amor. El corazón ha . sido considerado siempre asiento de los sentimientos, especialmente los nobles, sobre los cuales tiene la supremacía el amor.

Hablar, pues, del Corazón de Jesús, es hablar del amor de Cristo hacia nosotros. Manifestación suprema de ese extremado amor del Corazón de Jesús hacia los hombres es la divina Eucaristía, que colma los deseos más ardientes del cristiano que ama: la unión. Entre los humanos el amor más ardoroso se expresa con un abrazo y no le es posible manifestación ulterior. Pero Jesús llegó hasta el extremo de entregársenos en manjar. Y se nos entra en las entrañas para poner en contacto directo su divino corazón con el nuestro. «O sacrum oonvivium» ¡Oh sagrado banquete el de la Eucaristía!

San Antonio de Padua es uno de los santos que han descubierto para sí y han indicado a los demás ese refugio de las almas puras, esa arca de salvación para las arrepentidas que es el Corazón Deífico. Al declararle Doctor, la Iglesia ha señalado a los fieles que es necesario acudir al Santo taumaturgo en busca de su celestial doctrina. He aquí, pues, una enseñanza del Santo: el amor al Sagrado Corazón. Ese amor que está compendiado en correspondencia de amor y reparación. Amemos y reparemos por los que no aman y por el tiempo y por las veces que no amamos. Si así lo hacemos, el Sagrado Corazón será también para nosotros refugio de salvación, propiciación por nuestros pecados, consuelo en nuestra muerte, premio de nuestra vida eterna.

Leí en la vida de una santa, que invocado San Antonio por la misma no acudía a su súplica.

—No le llamabas como debías —le dijo Jesús—; aquí está, escondido en mi Corazón.

Invoquemos al Santo de los milagros, pero, sobre todo, imitemos su ejemplo. Busquémosle donde se halla, en el Corazón de Cristo. Y le hallaremos siguiendo sus pasos: imitando su amor a Jesús en el misterio del amor de su Sagrado Corazón, que es la divina Eucaristía.

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Nuevos alumnos del Seminario menor de Benisa con el P. Juan Nadal y PP. educadores

San Francisco y Santa Bemardita

"Había cierta afinidad de alma entre Bernardita y San Francisco de Asís —escribe Mons. Trochu—, y así la niña de Lourdes tenía una afectuosa devoción al Poverello. Lo que más poderosamente la atraía era su gran amor a los sufrimientos y a Jesús Crucificado. Como las Constituciones de Saint-Gildard no permitían alistarse en la Tercera Orden de San Francisco, se hizo afiliar a la Cofradía franciscana de los Cordígeros. Recibió el cordón en la enfermería el 8 de diciembre de 1878 de manos de un capuchino que había ido a Nevers para predicar unos Ejercicios espirituales.»

No tenemos espacio para destacar cada uno de los incidentes de su vida que prueban la afirmación hecha arriba de que había «cierta afinidad de alma entre Bernardita y San Francisco de Asís».

La palabra «penitencia» ya indica bastante. Y ha sido perpetuada en la Tercera Orden de Penitencia.
El mensaje de penitencia, pronunciado por nuestro Señor como su primer mensaje, repetido como primer mensaje de nuestra Señora a Bernardita y reavivado a través de los siglos en las Ordenes franciscanas, es en esencia el mensaje que nuestra Señora nos da por Bernardita en este año centenario.

Si el «amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios» ha producido la ciudad terrena que ahora no reconoce más que ciencia y tecnología como supremas conquistas de la raza humana (instrumentos de voracidad y poderío), es el «amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo» que crea la Ciudad de Dios por la cual estamos todos luchando. Este amor a Dios que eventualmente aplastará todo egoísmo es el misterio central de toda la vida terrena y obra de Cristo.

Como el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios se manifiesta primaria y claramente en la codicia de riquezas y de poderío, así el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo se ve claramente en la pobreza y humildad de Cristo. «Cristo Jesús..., teniendo la naturaleza de Dios, no juzgó tesoro codiciable el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y en su condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso también Dios le exaltó y le dio un nombre que está sobre cualquier otro, para que, al nombre de Jesús, doble la rodilla todo en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Fil 2, 6-11).

Estas palabras de San Pablo revelan que la kenosis, el vaciamiento, de nuestro Señor es el medio para glorificar al Padre, el camino para el reino de Dios, en el cual todos, por Cristo y en su nombre, confiesan la gloria del Padre. Nuestro deber, como hombres redimidos por Cristo y poseídos de su gracia, está indicado en las palabras del Apóstol: "Revestios de los mismos sentimientos que tuvo Cristo" (Fil 2, 5).

La metanoia, «hacer penitencia», en un cambio completo de aspecto, significa así esencialmente que el ciudadano del reino de Dios debe revestirse de "los sentimientos de Cristo" (1Cor 2, 16) y «semejarse a la imagen» de Cristo (Rom 8. 29); o, como dice San Pedro: «Como hijos obedientes, no os amoldéis a las pasiones que teníais anteriormente en vuestra ignorancia, sino sed también vosotros santos en todo vuestro proceder, como es santo el que os llamó» (1 Pe 1, 14-15). Por eso cuanto más el hombre redimido comparte e imita el vaciamiento y la pobreza de Cristo, tanto más llenan su corazón la santidad y el amor de Dios, para que pueda devolver amor por amor. "Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que se hizo por vosotros pobre, siendo rico, para que os enriquecieseis vosotros con su pobreza" (2 Cor 8, 9).

Estas palabras encuentran lecciones de cosas de carne y sangre en las vidas de San Francisco y de Santa Bernardita Soubirous. Lo que para ellos significaba el completo vaciamiento de sí mismo está escrito en sus vidas, que pueden leer todos. Es un camino doloroso, del cual no eximió a Bernardita la buena Señora de sus visiones, ni le fue permitido a San Francisco llevar sin dolor, en sus manos, pies y costado, las señales de la Pasión y Muerte de Cristo.

Bernardita «no era buena para nada», no era nadie. San Francisco era el pobre infeliz, el Poverello. Describía a sus compañeros como «una nueva y humilde gente», contenta de poseer solamente a Cristo. No se había de tener nada propio y, sobre todo, voluntad propia. Un «propietario» era el que poseía cosas, espirituales o materiales, si pertenecían al individuo y no a Dios. Esto es el completo vaciamiento de sí mismo. Esta es la verdadera penitencia. Conversión. Lo que nuestra Señora pedía de Bernardita. Lo que nuestro Señor pedía de todos sus seguidores. Lo que Francisco repitió para sus franciscanos.

¿Policía San Antonio?

A don Apolinar le enfadaba cierto modo de tratar a San Antonio. Protestaba de la manera tan egoísta como el vulgo entendía la devoción al Santo. Ese ofrecerle dinero para conseguir; ese meterlo a explorador de cosas perdidas; a concertador de noviazgos; a componedor de imposibles... Ese querer esperarlo todo por vía de milagro... No ocultaba su reprobación de tan fácil deseo de conseguir.

 

Torre de los italianos
Torre de los italianos. Iglesia de San Antonio de Torrero. Zaragoza

Hizo un viaje a Zaragoza sin pensar en San Antonio. A la capital aragonesa se desplazó atraído más bien por la Virgen del Pilar, que podría visitar durante el proceso de una Asamblea Nacional de la Parroquia de mucha importancia, de varios días de duración, a la que fue empeñadamente invitado. En su plan no entró a priori rendir homenaje a San Antonio de Padua, aunque sabía que en la capital de Aragón existía un famoso santuario dedicado al popular Santo franciscano: el de los italianos. Así llamado por ser su torre monumental el mausoleo osario de esos extranjeros caídos en España durante nuestra guerra de Liberación.

Se asoció a la Asamblea y comenzó a seguir con todos los asambleístas su curso muy entusiasmado por lo que en ella se trataba, esperando podría ayudarle a modernizar sus métodos apostólico-parroquiales. El contacto personal con ponentes de gran altura y con lo más selecto del clero parroquial español, esforzaba su ánimo y le obligaba a concentrarse en aquel movimiento ecuménico nacional completamente absorbido por los problemas específicos que se iban exponiendo y solucionando con la intervención de los científicos y de los experimentados. Veía con agrado el sesgo que tomaba la Asamblea enfrascado en las ideas y métodos nuevos que iba conociendo. Puede decirse que se encontraba en su elemento.

03Un accidente de automóvil de un familiar, ventilado a los cuatro vientos por las emisoras de Radio Nacional en el noticiario del día, vino a distraerle y a perturbar su gozo obligándole a partir su atención hasta robársela toda una mañana el teléfono y el telégrafo en sus centrales: Entre tanto perdió su Breviario sin saber dónde. El percance aumentó su aflicción. Lo buscó diligentemente por todas partes preguntando por él a cuantas personas había tratado aquella mañana. Pasó todo un día sin esperanza de hallarlo.

En último recurso acudió al célebre santuario. Su exterior le impresionó con huella de sublimidad. Los graníticos arcos de sillares en rústico que invitaban a la entrada le sombrearon con ideas de realidades austeras preparando la aclimatación al interior, sublimemente sencillo, de paredes lisas, de líneas románicas, con sobria decoración, de frescos pálidos en capillas laterales bajísimas y un coro de ángeles en el ábside superior que cortejaban la efigie del Santo de Padua fuertemente abrazado al Niño Jesús, como en éxtasis místico, tallada, de una pieza, en el tronco de un robusto árbol. Más que escultura parecía una visión sobrenatural del misticismo de San Antonio. Ante ella cayó arrodillado don Apolinar mascullando con el corazón y los labios su oración.

—San Antonio bendito, hazme el milagro de que aparezca mi Breviario. Si alguien lo ha robado que se arrepienta y lo restituya. Si es menester sea la policía quien me lo entregue por encargo de un anónimo para evitar el castigo del delincuente.

El asombro de don Apolinar fue que al llegar a su residencia de las Nazarenas la Hermana portera le sorprendió con la noticia, recibida por teléfono de un policía, de que éste tenía en depósito el Breviario. Corrió apresuradamente a recogerlo y comprobó había sido entregado en las circunstancias que indicó en su instancia oral al Santo.

Inmediatamente volvió al santuario para estampar un beso de gratitud en el pedestal marmóreo de la preciosa imagen. No dudó nunca que San Antonio de Padua fue el diligente actor de la feliz devolución.

Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)

Más fotos de la iglesia de San Antonio de Zaragoza

Lourdes, punto de reunión de todos los pueblos

Lourdes, ¿es francés? No del todo. Hay mucha gente que viene de todas partes del mundo, con sus lenguas, sus dialectos, el perfume de sus países, de sus continentes.

Lourdes, ¿es internacional? Tampoco. Son demasiado numerosos los franceses que con sus plegarias y sus cantos emergen a la superficie entre la oleada de peregrinos.

De todos modos esto no tiene importancia; lo que interesa es, que Lourdes es católico. Católico no sólo por la significación confesional de la palabra, sino sobre todo en el sentido geográfico del término. Cruce de pueblos. Lourdes es católico, sin prevención ninguna contra el pueblo que allá va a orar y a recibir gracias. Lourdes es católico como el Saludo del ángel Gabriel a María en Nazaret; como el Magníficat entonado en la casa de Isabel por la Virgen, bendita del Verbo Eterno; como el Credo que nos llega, desde los tiempos apostólicos uniendo a la cristiandad entera en la misma fe. Y estas son las principales oraciones recitadas o cantadas en común por todos los creyentes en Lourdes, prescindiendo por completó de toda lengua y nacionalidad.

En la comunidad de las plegarias, de los cantos, de las procesiones, los peregrinos olvidan por un instante lo que individualmente son: los franceses olvidan que son franceses; los alemanes, que son alemanes; los eslavos, que son eslavos; los blancos, que son blancos, y los hombres de color olvidan también que son de color.

* * *

En Lourdes no hay odio ni entre los hombres ni entre los pueblos, porque a causa de la Virgen el Amor de Dios no se ha derramado sobre un solo pueblo exclusivamente, sino sobre todo el mundo, y porque la Virgen ha orado siempre por todos, en Caná y al pie de la cruz.

Y por esto el árabe del Líbano no se pregunta si el enfermo que conduce a la bendición de los enfermos es israelita o francés. Para él no se trata sino de un hermano o de una hermana de Cristo. ¿Hay en la tierra otro lugar como en Lourdes donde las antipatías heredadas o suscitadas desde la más tierna infancia contra otras naciones se disuelvan tan fácilmente? ¿Hay en toda la tierra otro lugar donde las palabras del Apóstol adquieran tanta evidencia?: «Ya no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, porque Cristo lo es todo en todos» (Col 3-11).

Hasta los mismos paganos, en el mundo antiguo, rodeaban con el privilegio de la tregua y de la paz los lugares de peregrinación. Así Delfos, Epidauro, Efeso y Balbek. Era como si Dios Padre hubiera querido derramar sobre estos lugares de piedad y superstición un poco del amor y de la misericordia que El aporta a los hombres y a los pueblos; porque aquellos paganos, en medio del error y a través de él, buscaban al único «desconocido», que también para ellos era el Amor. En un sentido muy superior, los lugares de peregrinación de hoy son puertos de paz y de perdón. En ellos el amor de Cristo se manifiesta de un modo particular a todos los pueblos. Y así Roma, sede del Magisterio y tumba de los apóstoles y de los mártires, Roma es, juntamente con el Papa, una. institución de la fe, la sede oficial de la roca que es la Iglesia.

Lourdes y los restantes lugares de peregrinación marianos son complementos preciosos de nuestra fe; son dones de María, como el vino de Caná que reclamaba a su Hijo: «No tienen vino...»

De todos los países acuden multitudes a Lourdes y a los demás lugares marianos para beber allí ese vino de alegría, de esperanza, de confianza. Acuden todos, sin distinción de nacionalidad, y si alguna nación quisiera hacer valer algún privilegio para ella sólo podría ser el de su mayor fervor.

Lourdes es un regalo de María a la cristiandad. Las naciones de la cristiandad necesitan de este regalo para tener un lugar de mutuo encuentro. Lugar donde no se acercan a mesas en las que entren en juego sus múltiples problemas, mesas de interminables conferencias, sino donde se arrodillan juntas y juntas recitan el Confíteor que cada una reza para sí misma y por la cristiandad entera.

Las naciones sienten la necesidad de un lugar de encuentro, de un punto de reunión donde sus problemas internacionales queden incluidos en la plegaria: "Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido".

Mons. Lorenzo Freiberger

Redactor-jefe del semanario diocesano de Munich Munchener Katholische Kirchenzeitung. Nació en Baviera en 1903; estuvo preso en Rusia; actualmente se interesa por los problemas de arte religioso y sigue de cerca, objetivamente informado, los problemas de la evolución religiosa, social y económica de Baviera, con la preocupación de evitar cuidadosamente ciertas confusiones político-religiosas.