"Deixem fer a Deu"
Como una lluvia prieta y vigorosa
que bajase clavándose en el viento
y llevase cogidas de la mano
las aguas de un torrente,
así llega hasta mí la recia mano
con cetro de zarzales
de Dios.
Yo le he sentido conduciendo
como un soplo caliente
oleadas de espigas y amapolas.
Dios es así. Nosotros
somos así también.
Dejémosle que oprima, hasta que salten
rotas de plenitud y de empujones,
las venas enzarzadas
de nuestra voluntad tensa de lluvias.
El agua que nos llega, luminosa
de contactos divinos;
el agua que se enturbia al anegarnos
de luz el lodazal de los sentidos,
bien merece una orilla
de juncias y juncales,
un reflejo de nubes, pesarosas
de andar, de tanto andar en su blancura,
o una sombra de chopos en hilera.
Dios pasará de nuevo.
Dejémosle pasar. Habrá un camino
que nos trace su mano y una estrella
que nos diga las huellas de su paso.
Arriba es todo azul. ¿Por qué empeñarse
en enturbiar proyectos que no alcanza
la mirada del hombre?
Arriba es todo azul. De arriba viene
la azul imposición que nos conforma
las orillas del alma
a las aguas de Dios. No levantemos
la tosca empalizada
de nuestra voz. Rindamos
la mirada y la frente.
Dios es así. Dejémosle que pase
caminando a su antojo.
Fr. Ángel Martín, ofm
Como se salvó el cuerpo del Venerable Fr. Pedro Esteve en el año 1936
¡Qué cierta es aquella frase que dice que Dios escribe recto con renglones torcidos! ¡Cuán lejos de mi pensamiento estaba la idea el día en el que se me obligó a practicar una operación en el cuerpo del Pare Pere, que en aquellos momentos creí que sería una profanación, que yo era el instrumento señalado por el dedo de Dios para lograr la conservación del mencionado cuerpo, salvándolo de la destrucción o del incendio que con furia satánica atacaba en aquellos tiempos lo más santo y más glorioso de nuestra España! Pero así fue la realidad y quiero aprovechar esta oportunidad del tercer centenario de su muerte para dar a conocer lo ocurrido y con ello contribuir con mi modesta colaboración a la divulgación de unos hechos que estimo importantes para la identificación de los venerados restos e historia de los mismos.
En uno de los días inmediatos al 18 de julio de 1936 se me presentaron en la Clínica Municipal de Denia, sita en la planta baja del Ayuntamiento, unos individuos de los que se estaban dedicando en la iglesia parroquial de la Asunción a la inconcebible, sacrílega y horrorosa labor de destruir todas las imágenes y altares de la misma, diciéndome que al llegar a la sepultura de Fr. Pedro Esteve habían hecho un alto en su sacrílego trabajo por haber acordado que si realmente era el Pare Pere el que estaba allí enterrado querían respetarlo y trasladar su cuerpo al Cementerio Municipal, y en caso contrario incendiarlo como las restantes imágenes (lo que demuestra el respeto y la veneración que siempre ha gozado nuestro Venerable entre los dianenses, incluso los más desalmados y forajidos), y que para resolver sus dudas venían en busca de un médico que pudiera informarles con certeza sobre el caso.

Al oír semejantes manifestaciones mi cuerpo se cubrió de un sudor frío, quedé estupefacto pensando en la operación que se me obligaba practicar y que yo estimaba una horrorosa atrocidad y profanación de unas reliquias por mí tan veneradas toda mi vida, pero ante el peligro que se corría en aquellos momentos en el caso de desobedecer las órdenes emanadas de aquella gente, como un autómata tomé de la vitrina del instrumental unas pinzas, un bisturí y unas tijeras y me dirigí al Ayuntamiento, donde había sido trasladado el cuerpo por mí tan recordado, ya que en varias ocasiones, como todos los dianenses, había tenido ocasión de venerarlo, metido en su caja que descansaba sobre dos banquillos y comencé a practicar la siguiente operación: con las tijeras hice un corte entre la falange y el metacarpiano del quinto dedo del pie izquierdo, dejando el hueso al descubierto y con el mango del bisturí le fui golpeando para que se apercibieran los presentes de que era hueso y no otra materia; después con las pinzas fui disecando la piel demostrando que no se rompía, y por lo tanto, no era cartón, sino piel.
Al terminar esta intervención, que me pareció la más difícil, delicada y larga de las efectuadas en toda mi vida profesional, a pesar de su sencillez y brevedad, me volví a los presentes y les dije: «No puedo asegurar a qué persona correspondió este cuerpo, pero lo que sí estoy dispuesto a defender en todo momento es que este cuerpo ha vivido hace muchos años, a pesar del perfecto estado en que se encuentra.»
Consecuencia de todo ello fue el que el cuerpo del Pare Pere fue enterrado en un nicho del Cementerio Municipal, en el que permaneció durante todos los años de dominación marxista, siendo trasladado de nuevo a la referida parroquia a la liberación de España e instalado en el nicho de la pared del lado del Evangelio de su altar mayor, donde se conserva en la actualidad.
No quiero omitir mi agradecimiento al Venerable, que pronto premió mi trabajo, ya que en un momento de la operación le corté un pedacito del hábito, el que mi madre (q. e. p. d.), gran devota del Pare Pere, cosió en el interior del forro de un chaleco a mi único hijo cuando éste fue llamado a filas por los rojos, aconsejándole que se encomendase a él, y efectivamente al poco tiempo de salir de Denia lograba pasar a las filas nacionales, y en el momento de hacerlo fue descubierto en el instante en que en su alocada carrera se le caía de la mano un libro que llevaba, y al inclinarse a recogerlo coincidió con una ráfaga de ametralladora que le dirigieron y le pasó por encima, no alcanzándole las siguientes por estar sobre aviso y aprovechar lo accidentado del terreno, atribuyendo este favor a la reliquia de nuestro Venerable.
Y para terminar me resta relatar el hecho, que considero heroico, de aquellos dianenses anónimos que durante el tiempo que estuvo enterrado en el Cementerio Municipal el cuerpo del Venerable Fr. Pedro Esteve no le abandonaron, a pesar de la terrible persecución religiosa de aquellos tiempos, y además de con sus oraciones supieron honrarlo con el cariño y devoción que en todo tiempo le han tenido los dianenses, cubriendo, no se sabe por quién, a diario su tumba de flores.
Manuel Lattur Catalá
Médico

«El predicador dels bribons»
Para los no muy entendidos pareció y sigue pareciendo fácil y sencillo «hablar en necio para darle gusto al pueblo».
Bien es verdad que «hablar en necio» no ofrece harta dificultad. Lo arduo es que se consiga con ello dar gusto a alguien, culto o desprovisto de conocimientos.
Ya Horacio advertía «aquella difícil sencillez», cuya piedra de toque era que, puesto otro a hacerlo, aunque se imponga un duro trabajo, no lo consiga.
El mismo propagandista del «hablar en necio», lo hizo de un modo tal que cautivó a los sabios y a los ignorantes de su época, al ser a un tiempo poeta cesáreo y popular —precisamente el ser popular lo encumbró a lo cesáreo—, y al correr de los tiempos y cuando éstos son más exigentes, su «gloriosa monarquía» —nunca como en él más absoluta— es cada día más reconocida y acatada por propios y extraños.
Para ser nombrado Comisario Apostólico el P. Esteve, harto conocido en los mercados y plazas del reino de Valencia como predicador popular, y cuando en la Provincia observante del reino de Valencia florecían el arte del bien decir y los conocimientos escriturísticos y teológicos, como refiere el P. Mercader, que compuso su obra veinticinco años después de finado el Siervo de Dios, debieron de mediar graves motivos. El nombramiento lo hizo el Provincial Fr. Gaspar Menor, «Calificador del Santo Oficio, doctísimo en todo género de letras, serio en su aspecto, áspero en su trato, inflexible en sus resoluciones», según nos relata el mismo P. Mercader, que debió tal vez tratar u oír muy de cerca a los que lo hicieron con el tal P. Menor.
El lenguaje por él usado es el valenciano, pues su público en la casi totalidad, aún en la propia Valencia, hablaba el valenciano. Sus ejemplos del orden profano abundan en típicas situaciones, como la descrita explicando la parábola de los talentos:
Mireu, fillets; este mon es com una venta en que entren pobres y rics; arriba el pobret, demana posada, demana per a sopar una cuerna y dos dinés de formache y se chita a dormir damunt de un banc. Arriba a la venta un ric en molts criats, demana pera sopar pollastres y perdíus, demana llits, palla y sivada pera les mules, y també se chita.
Al sendemá venen els contes; arriba el pobret, y com prengué poc, presto li fa el conte el hoste de sis dinés que deu y pasa a vant. Veu el ric que el pobret ha eixit tan barato, pensa que ell també eixirá barato; fali el conte el hoste molt gran, espantas y diu al hoste: «Señor, cóm ha eixit aquell pobret tan barato y a mí em demaneu tan gran conte?» Respon-li el hoste: «Señor, si vosté haguera pres poquet de la venta, com lo pobret, poc conte tinguera que dar; pero com vosté ha pres molt de la venta, té molt conte que dar.»
Tiene una enorme fuerza emotiva en su explicación la parábola del sembrador, en que pone para llegar al corazón de su auditorio una escena tan familiar como esta:
Mireu, fillets; ya tres maneres de morters; uns son de térra, que apenes els sentiu cuant piquen; atres son de pedra, que ya els sentiu més, y atres son de coure, que fan molta remor; los pobres piquen en lo morter de térra, los ciutadans en lo de pedra y els cavallers en lo de coure; pues mireu, cuant lo pobre posa les salses en la olla ningú o sent, un poquet més remor fan los ciutadans, pero cuant en casa del cavaller se posen les salses en la olla tot lo veinat ho sap, perque senten el repiquet, pero per al profit son unes mateixes les salses.
Con verdadero espíritu apostólico reprende los vicios, hostiga aún a personas constituidas en dignidad y defiende los intereses del pueblo, llega en ocasiones a enfrentarse con los poderes públicos.
Es de notar el gracejo con que satiriza a los que por ser forasteros captan la atención de los indígenas, sin más mérito y aun tal vez con demérito de los propios:
Haveu vist cuan vé una cabaña carregada de forment al almodí, que venen els burrets en ses esquelles y campanetes fent grant remor, y demaneu quin ruido es aquell, y vos diuen que es forment de Castella que baixa; entonces dieu: «Pues así no hia bon forment, y entra de eixa horta sense fer remor?»; os respondrán que el forment de Castella, encara que no siga tan bó como el de la térra, es més campanechat y fa més ruido.
En el mismo tono de zumba ridiculiza a los que sienten las ansias de gobierno:
Habeu vist un pobret plé de plagues, que está a un carasol a hon se el menchen les mosques, y si arribeu en caritat a aoixárseles vos pega un crit dien-vos que les deixeu; demaneu-li per qué y vos dirá: «Perque més val que éstes que están ya fartes estiguen, que no que vinguen atres famolenques.»
En sentido análogo se produce con los administradores de la justicia, que tan mal parados dejara Quevedo, pero sin su causticidad, aunque con indudable gracejo:
Señor, había dos chermanetes beates que no volien cuinar lo divendres sant, y per aquell dia feren dos panades;les posaren en el almari y al atre día aná a obrir-la una beata y trobá la una panada foradadeta de les rates; lo digue a sa chermana, y ella digué:
«Posan dins el armari el gat y cuant ixca la rateta se la menchará.»
Feren-ho així; el gat com se veu les panades, se les menchà totes; aná el divendres sant per ses panades y trobá que se les había menchat; entonces digué:
«Chermana, millor estavem en les ratetes, que cuant molt hagueren fet algún foradet a la panada, pero este gat se les ha menchat totes.»
Y como nota sobresaliente de su afán en defensa del pueblo, sin dejar su sal mediterránea, este tríptico:
Un llaurador tenía tres filies: la una es día Engracia, la atra Eulalia y la atra Visenta; la primera es casa en un llaurador, la segón en un ciudadá y la tersera en un cavaller; la primera arribó a pastar y quedó en les mans mol netes; la segón no se embarasó en aixó, manava pastar a una criada; volgué pastar la señora Visenta y se li quedó molta pasta entre les mans.
Indudablemente, el P. Esteve, al llamarse predicador dels bribons, confirmando el título con que era conocido de predicador dels belitres, acreditó que su estilo encajaba a la perfección con aquella forma que el máximo evangelizador con esa inmensa cultura que le caracteriza, retrata a los verdaderos apóstoles que deben predicar oportuna e inoportunamente, aunque los tengan como locos, pues Cristo es, en fin de cuentas, el que hace fructificar la semilla, y quien la siembra, con el arte o talento que tenga, cumple a la perfección, y en esto el P. Esteve fue un verdadero apóstol.
¿Por qué se salvó el cuerpo del P. Pere Esteve
durante la guerra civil?
Nuestro Venerable P. Pedro Esteve, que vio la luz primera de este mundo en Denia el mismo siglo que cerraron sus ojos a esta misma luz tantos santos en España y fuera de ella, llenó los últimos años del siglo XVI con sus ejemplos juveniles de santidad que había de resplandecer e iluminar toda la primera mitad del siglo XVII Su vida, salvo esporádicos viajes fuera de la región levantina, se consumió entera dentro del espacio valenciano, en el amplio sentido de la palabra. Vivió en constante movimiento, pues lo exigía su condición de predicador apostólico y su cargo de Comisario General de Tierra Santa. Ambos títulos recababan del Pare Pere un constante desplazamiento de lugar, si bien debió ser Denia el centro escogido para sus correrías por La Marina y Valencia para las restantes.
¡Cuántos pueblos le vieron recorrer sus calles pidiendo limosna para los Lugares Santos de Palestina! ¡Cuántas gentes contemplaron su austera figura y oyeron su recia voz que predicaba penitencia y la conversión a Dios por la guarda de los Mandamientos de Dios! Sin ánimo de remedar a otro gran predicador valenciano, San Vicente Ferrer, cuyo lema «Temed a Dios» le daba aire apocalíptico, nuestro Venerable Fr. Pere se apropiaba un pasaje del mismo Apocalipsis diciendo que era el águila que vio y oyó San Juan que volaba al cielo, diciendo con voz potente: «¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! de los habitantes de la tierra...» Esta manera de predicar tan sugestiva y dramática debió obrar en sus numerosos auditorios conversiones ruidosas, habida cuenta de la austeridad de su vida penitente.
Mas volvamos a la pregunta que encabeza este articulito: ¿Por qué el cuerpo incorrupto del Pare Pere se salvó del saqueo y devastación durante los años 1936 al 1939?
Es del dominio público el furor iconoclasta que se apoderó de las turbas frenéticas que demolían e incendiaban lo más santo y más sagrado. ¡Qué de cuadros y preciosas tallas perecieron para siempre en las llamas! ¡Cuántas joyas de arte arquitectónico y restos sagrados desaparecieron en voraces incendios! Y ni respetaron los cuerpos venerandos de santos que habían respetado los siglo y que eran una fuente perenne de bienes materiales y espirituales para los pueblos que los habían conservado y venerado. ¿Dónde están los cuerpos íntegros de San Pascual Bailón, del Beato Andrés Hibernón, de la Beata Inés de Benigánim..., por citar sólo algunos de nuestra región?
Desaparecieron en las llamas, prendidas por las turbas irresponsables, lanzadas por quienes son responsables de tanto desastre. Mas el Pare Pere fue respetado. ¿Por qué? ¿Acaso eran menos feroces las turbas de Denia que las de Villarreal, Gandía o Benigánim, o menos sectarios sus dirigentes? No lo creemos. Se trata simplemente, a nuestro parecer, de un caso excepcional de la Providencia que velaba sobre el cuerpo incorrupto de nuestro Venerable Pare Pere para que en día no lejano pueda aclamarlo el pueblo con el título de Beato Pare Pere.
San Pascual Bailón y otros santos y beatos, cuyas reliquias perecieron en las llamas, habían recibido ya en la tierra los máximos honores; no así el Pare Pere, cuyo cuerpo se ha conservado providencialmente ileso porque Dios quiere, sin duda, su glorificación en la tierra. A nosotros, pues, nos incumbe la tarea de trabajar humanamente cuanto podamos para acelerar ese momento de su beatificación.
¿Cómo? Difundiendo su devoción en el pueblo, propagando su santidad y virtudes, encomendándonos fervorosamente a su valiosa intercesión ante Dios y pidiéndole milagros. ¡Dianenses! ¡Valencianos! ¡Franciscanos todos! Nosotros tenemos la palabra.
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