Flores de la Pasión

El ángel del cáliz

— ¡Qué difícil misión me ha encomendado Señor! —iba diciéndose a sí mismo el ángel enviado al huerto de los Olivos—. Temo no poder cumplir; mis manos ya no pueden sostener el peso del cáliz. Viene en él la muerte. Es la muerte lo que tengo que ofrecer al Unigénito, muerte cruel e infamante. Y en tanto, lo veo bajo los olivos luchando entre aceptar y rechazar la muerte. Y mi misión es decidirlo que la acepte plenamente, porque ésta es la voluntad del Padre.

Ángel consolador
Ángel confortador
(De Oración en el Huerto)

Y mientras iba bajando raudo el ángel acercándose cada vez más a su destino, levantó esta vez su oración a Dios, diciendo: «Señor, dame más amor para que mi mensaje de que tome su cruz y muera lo acepte plenamente.»

Pero aun con esto, sintiéndose pequeño el ángel para esta importante misión, sentía levantarse de lo más íntimo de su ser: «¡Señor, temo no poder cumplir!», mas el esfuerzo que le daba la obediencia fue más fuerte que toda la vacilación y temor que sentía.

Al llegar el ángel a Getsemaní vio a Jesús cubierto de sudor de gotas de sangre, de rodillas y hundida su cara entre las manos, apoyándose sobre la roca, y en tanto que decía: «¡Señor, pase de mí este cáliz!» Se detuvo el ángel admirado de oír estas palabras.

Seguía la oración de Jesús: «Padre mío, no se haga mi voluntad, sino la tuya!» Y fue esto, como un rayo de luz, para que el ángel pudiese cumplir con su misión celestial, entregando el cáliz.

—¡Qué grande misión de obediencia se ha cumplido!—, seguía y sigue diciéndose el ángel en la eternidad de dicha y sin fin de que goza.

Doce legiones

Doce legiones angélicas estaban prestas para cumplir la voz de mando del Señor. Todos estaban aguerridos y avezados a las luchas contra el dragón y sus secuaces.

El comandante de las legiones que estaba al frente de las mismas se adelantó al trono del Señor y le dijo:

—Señor, recibí noticias de Getsemaní.
—Lo sé, ahí se encuentra mi Hijo.
—Señor, la chusma va a asaltarlo.
—Ya uno de los once tiene espada. Y dijo mi Hijo que bastaba.
—Señor, Pedro tiró un mandoble a Maleo, pero nadie se asustó.
—Es que Pedro recibió nuevo mandato de volver la espada a la vaina.

—Señor, no dijo acaso Jesús: «¿No tiene mi Padre doce legiones a mi disposición?» Entonces, dadnos licencia para acudir a Getsemaní. Van a matar a tu Hijo. Que no obtengan ni una aparente victoria. Mándanos para derrotar a los siervos de Satán.

En aquel momento llegó otro mensajero celestial ante el trono de Dios:

—Señor, tu Unigénito recibió humildemente el cáliz de la muerte.

Con esto, aunque no intervinieron las legiones, tampoco fueron licenciadas, sino que permanecen en pie de guerra por los siglos de los siglos.

Delante del Palacio de Pilato

Claudia Prócula, mujer de Pilato, estaba abriendo una ventana de su palacio y vio y oyó a unos niños que cantando pedían limosna:

Poncio Pilato
Poncio Pilato

Somos niños desvalidos
y andamos en busca de techo y pan;
a Dios lleguen nuestros pedidos
por los que socorriéndonos van.

—¡Niños, ¿de dónde venís?—, preguntó la mujer.

—Venimos de un cenáculo donde anoche hubo fiesta. El dueño nos llamó y nos socorrió—, dijo el mayor.

—Y nosotros —dijo el otro— también representamos una escena de una majada de ovejas que, atacada por el lobo, se dispersó.

—Y en pago —añadió el tercero— nos dieron un pan blanco que sobró de la cena. Y nos dijo que el que coma de ese pan será siempre feliz.

En eso estaban, cuando fue creciendo un rumor de multitudes que se acercaban. Era que, de Caifás, traían ante Pilato a Cristo.

Viéndose obligados a retirarse los niños para dar paso a la multitud que venía, Claudia les dijo:

—Hijos, id y seguid soñando y cantando en el pan blanco que os hará felices por lo que sois inocentes.

La caña

El aura encargada de crear a Jerusalén y de pulir las piedras del Gólgota en ese día sentía un punzante dolor.
Recorriendo las vertientes y laderas del torrente Cedrón buscaba su amiga la caña, a quien todos los días acariciando mecía. No la encontró, y en su lugar encontró un tocón muerto.

Y fue a buscarla por las calles de la ciudad, por los atrios y patios, hasta que por último la halló en el atrio del palacio de Pilato. Estaba muerta y destrozada. Quería resucitarla y reanimarla con su soplo, tal como hacía los otros días; pero esta vez, privada de raíces, era en vano.

Y cuando vio que además tenía algunas gotas de sangre, se despidió, diciéndole:

—Has perdido la vida, pero la perdiste gloriosamente sirviendo de cetro a un Rey.

Las mujeres de Jerusalén

Junto a la puerta Judiciaria estaba un grupo de mujeres gimiendo y llorando que decían:

—No tiene ninguna culpa.
—A nadie hizo mal.
—A todos socorrió; por donde iba hacía bien.
—Con los desamparados tenía sus complacencias.
—Consolaba a los afligidos.
—Perdonaba, infinitamente perdonaba.

Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Mientras esto decían, al pasar Cristo con la cruz, cayó. Y un soldado le azotó y aún le dio un puntapié para que se levantase. Una de las mujeres, acercándose al soldado y tocándole el hombro, le dijo mansamente:

—A ti también te perdonará.

Fr. Rodolfo Dilonc, ofm

Bodas de Oro de la Unión Misional Franciscana

Con ocasión de 50 aniversario de la fundación de la Unión Misional Franciscana, enriquecida por San Pío X con muchas indulgencias, el P. Ministro General se ha dignado encargarme que, en calidad de Secretario de todas las Misiones de la Orden, exhorte a todos los Superiores, provinciales y locales, a que con el mayor interés sean solícitos en proteger, alentar y divulgar la excelente Unión Misional Franciscana.

Es grato copiar lo que el P. Bernardino Klumper, Ministro General, dijo en el año 1922 sobre la necesidad de la ayuda material, sin la cual no pueden subsistir las Misiones:

«Las necesidades de las Misiones crecen de día en día por lo mucho que han cambiado las actuales condiciones del apostolado. No basta ya la nuda predicación del Evangelio, sino que se requieren innumerables obras de todo género para captar, sostener, educar debidamente e instruir bien en la vida cristiana a los catecúmenos y a sus familias. La construcción de capillas y otros edificios; la apertura de nuevas cristiandades; la erección de orfelinatos y hospitales; la creación especialmente de escuelas de varios grados con la requerida dotación de maestros; la sustentación de los misioneros y de sus auxiliares: cada cosa de éstas constituye otros tantos capítulos de los grandes gastos y expensas a que hay que hacer frente constantemente; mientras que, por otra parte, el precio tanto de las provisiones como el de las demás cosas van en aumento. En este estado de cosas no sólo no es posible acrecentar y ampliar las obras misionales tal cual lo exige la necesidad, sino que apenas o ni siquiera apenas, ciertamente, se pueden mantener las ya existentes.

»En cambio, urgen los conatos de los herejes y cismáticos, quienes, para propagar sus errores, emplean dadivosamente mucho dinero y se desviven por arrancar del seno de la Santa Madre Iglesia a las almas redimidas con la preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

»Encarecidamente rogamos e incitamos a los Superiores y predicadores que expongan con frecuencia al pueblo cristiano y fiel las urgentes, múltiples y siempre crecientes necesidades de nuestras Misiones. Mientras otras Congregaciones e Institutos religiosos en su mismo seno pueden hallar y disponer de los auxilios materiales, nuestra Orden, en cambio, que ni en común puede poseer nada por su profesión de la Altísima Pobreza, sólo puede contar con el apoyo de la caridad de los fieles para subvenir a las Misiones que le están confiadas por la Santa Sede. Ahora bien, como, por otra parte, la Orden Seráfica está ya extendida por todo el orbe con gran aceptación del pueblo cristiano, si cada convento hace cuanto le es posible por colaborar, es evidente que se pueden conseguir subsidios y ayudas mayores.

»Se engañarían ciertamente los Superiores provinciales y locales si, estimando en poco este grave asunto, juzgasen no ser de su incumbencia el interesarse por socorrer las necesidades de nuestras Misiones. Se tratra de las necesidades de nuestros Hermanos que están peleando en la vanguardia de los ejércitos de Cristo Rey, y "soportando el peso del día y del calor"; y ya que participamos de sus méritos y con gusto nos gloriamos de sus proezas y triunfos, sonrójenos el no darles una mano auxiliadora proporcionándoles cuanta ayuda podamos para aliviar sus necesidades. Se trata finalmente de la extrema necesidad espiritual del prójimo, tantos y tantos infieles por los que también derramó su preciosa Sangre el divino Redentor, cuya salvación eterna no puede ser indiferente a quien de veras ame a Jesucristo» (Acta Ordinis Fratrum Minorum, págs. 132-33. 1922).

Esto que escribió en 1922 el reverendísimo P. B. Klumper no sólo es verdad actualmente, después de casi cuarenta años, sino que se ha agudizado y urge tanto más cuanto más se extiende por doquier el progreso material y aumentan muchísimo las mencionadas necesidades.

Y aunque casi todas las Provincias de la Orden han adoptado una Misión propia, no todas, sin embargo, parece que proveen con el mismo celo a las necesidades de las mismas Misiones en lo que respecta a la ayuda en personal y subsidios materiales. Los que en esta obra máxima de caridad se reconozcan deficientes, tal vez llevados de la humana prudencia, recuerden las siguientes palabras de Jesús: «La misma medida que hiciereis servir para los demás servirá para vosotros y aún se os dará con creces» (Mc 4, 24). «Puede hacer Dios nacer de piedras hijos de Abraham» (Lc 3, 8; Mt 3, 9). Bien cierto es, pues, que quien más da más recibirá, ya se trate de personas enviadas a las Misiones, ya de medios materiales en favor de las Misiones.

Por esto, al cumplirse el 50 aniversario de la fundación de la Unión Misional Franciscana, me permito exhortar a todos los Superiores, tanto provinciales como locales, que miren con la mayor simpatía y velen con el mayor celo por la prosperidad de esta Unión Misional, de manera que los que hasta el presente lo han hecho bien al respecto lo sigan haciendo mejor aún, pues siempre debemos tender a superarnos; y los que nada o poco han hecho, empiecen ahora con todas las veras y ardor de su corazón a preocuparse por la prosperidad de sus Misiones.

No será inoportuno repetir lo que escribió el 11 de febrero de 1958 nuestro P. Ministro General Fr. Agustín Sépinski en su Encíclica «La gloriosa lucha»:

«Al cumplirse los cincuenta años de la fundación de la benemérita Unión Misional Franciscana, que tiene por fin instruir a los fieles acerca del estado de las Misiones, de los trabajos de los misioneros y de sus necesidades, excitar los ánimos en favor de las mismas Misiones, allegando recursos y manifestando su penuria; se presenta ocasión oportuna para que se favorezca más y más esta provechosa institución, estableciendo nuevos centros en cada convento, y dentro del territorio de cada Provincia restaurando los ya establecidos y dándoles mayor incremento. "No se deje en parte alguna de instruir a los fieles acerca de nuestras Misiones; acelérese el advenimiento del reino de Dios por medio de oraciones y de socorros." (A. O. F. M., pág. 97. 1958.) Llamo además la atención sobre lo que dice el artículo 611 de nuestras CC. GG.: "Los Ministros Provinciales designen en cada convento un Padre que promueva y dirija en todo el respectivo distrito conventual la Pía Unión Misional Franciscana, aprobada por la Santa Sede y enriquecida con gracias espirituales, el cual haga las veces de Procurador local de la misma Unión Misional."»

Ocopa

Mural que cuenta la vida de los misioneros en la selva. Convento de Ocopa, Perú

Es también útil recordar lo prescrito por los PP. Buenaventura Marrani y Leonardo Mª Bello, Ministros Generales que fueron de nuestra Orden, a saber: que «en todas las iglesias de la Orden se coloquen cepillos cerca de la imagen de San Antonio de Padua —Patrón de la Unión Misional Franciscana— con esta inscripción: "Limosnas para las Misiones Franciscanas".»

Respecto al envío de misioneros a la mies del Señor, quiere nuestro P. Ministro General que copie aquí también las siguientes palabras del ya citado P. B. Klumper: «Con el mayor encarecimiento rogamos y conjuramos en el Señor a todos los Superiores, provinciales y locales, que en esto se comporten con buena y generosa voluntad. Tengan presente que no es sólo de mera perfección, sino de estricta obligación, el no retener a los que vieren idóneos para enviar a Misiones y el no enviar a los ineptos (CC. GG., aa. 648 y 650). Y esto reza incluso con aquellas pocas Provincias de la Orden qué todavía no tienen a su cargo una Misión propia, o que aún no han empezado a enviar misioneros entre infieles.
Y no presenten objeciones inspiradas por la humana prudencia, rebatidas y desaprobadas ya por nuestros predecesores. Confíen más bien en Dios que, como lo saben por experiencia muchas Provincias, colma con sus mejores bendiciones y con mayor número de vocaciones a todas aquellas Provincias que se muestran generosas para con las Misiones» (A. O. F. M., pág. 129. 1922).

Confío que cuanto en nombre y por mandato del P. Ministro General he escrito, procurará meditarlo y, en lo que sea necesario, mandar que se cumpla para que redunde en incremento de la Unión Misional Franciscana y utilidad de nuestras Misiones; e imploro de todo corazón al Señor una bendición copiosa sobre V. R. y sobre toda la su Provincia.

Humilde Hermano suyo en N. S. P. San Francisco,

Fr. Alfonso Schnusenberg, ofm
Secretario de Misiones


El puñal

(Conclusión)

Aún parecía percibir en sus oídos aquel grito desgarrador y angustioso de Berta.

— ¡Dios mío!, sácame de duda para poder descifrar este gran misterio—, exclamó angustiado.

Iba a emprender el regreso a su casa cuando vio que se hallaba cerca de una iglesia. Se dirigió hacia ella, empujó débilmente su pequeña ' puerta lateral y entró en la misma. Unos cuantos devotos se hallaban allí reunidos orando con gran fervor y recogimiento. Eduardo, una vez dentro del recinto, sintió en su alma una sensación de alivio, recorrió detenidamente sus naves hasta llegar delante del altar de San Francisco. Una vez allí experimentó una honda emoción e instintivamente se dejó caer de rodillas ante la imagen del Santo y con sus ojos puestos en él balbuceó una plegaria íntima, expresiva de su inmensa gratitud por la forma rápida y milagrosa cómo le había resuelto un asunto tan doloroso y peligroso.

Pero a pesar de todo su tranquilidad no era completa; no veía claro el asunto; el puñal estaba aún en su poder. Su inteligencia no arrojaba luz clara, se sentía vacilante y confusa, podían sorprenderle con el puñal en su poder. Ansiaba tener una inspiración del Santo que aclarara aquel misterio. Se sintió desfallecer, y nervioso y titubeando salió repentinamente del templo.

Cuando se encontró de nuevo en la calle armándose de valor y fuerza se encaminó hacia el río; se apoyó en un malecón del mismo, y después de mirar a un lado y otro para cerciorarse de que nadie le veía, arrojó el puñal con fuerza, que al caer pareció rasgar las aguas del río. Cerró los ojos y suspiró. Le pareció haberse sacudido un gran peso de encima. Con el ánimo quebrantado por todos aquellos acontecimientos y enfermo se dirigió a su casa. Empezó a subir la escalera y a cada dos peldaños tenía que detenerse. Al fin pudo llegar, y cuando su tía abrió la puerta Eduardo, apoyándose en su brazo, pidió por favor que le acompañara hasta su habitación.

Al entrar en ella fue directo al lecho, tendiéndose en él. Su sistema nervioso se hallaba en un estado de gran agitación, que sin saber cómo perdió el conocimiento, no pudiendo su tía conocer la causa de aquel estado tan alarmante de su sobrino. Varios días permaneció luchando con aquella grave enfermedad causando gran alarma en la familia y en los médicos que lo visitaban. A los ocho días al fin experimentó una gran mejoría, pero estaba tan débil, tan agotado, que no tenía memoria para recordar nada. Su tía tampoco quiso ahondar sus sentimientos, y Eduardo guardaba fidelidad a aquel escándalo y misterio.
Pasados varios días de su convalecencia, su tía, acercándose a la chimenea junto a la cual Eduardo se hallaba sentado y retirando de sus manos la bandeja del alimento que le habían llevado, dijo:

—Tienes una visita, Eduardo.
— ¡Una visita...! —exclamó él sobresaltado—. ¿Quién es?
—Una mujer de mediana edad. Va enlutada.

Eduardo cerró los ojos y dominando su emoción dijo:
—Tía, ayúdame a levantarme.
—¿Por qué, Eduardo? ¿Es que no puedes recibirla en el salón...?
—Sí, claro, pero aquí hay tanta luz. Entorna un poco las persianas y dile que pase.

No sabemos con qué intención ordenó entornar las persianas, tal vez para evitar que le encontraran tan desmejorado. Su tía obedeció y la mujer entró en el salón sin saludar, permaneciendo cerca de la puerta con los ojos fijos en Eduardo.

—¡Doña Berta!, ¿es usted...? Acérquese—, exclamó él apoyándose en el sillón.

Ella avanzó lentamente sin quitarle los ojos de encima.

—Siéntese—, dijo Eduardo señalándole un sillón.

La mujer obedeció. Su aspecto había cambiado; su cara aparecía afilada, su rostro pálido amarillento y sus ojos hundidos, faltos de vigor. Eduardo a simple vista no la hubiera reconocido.

—¿Dígame que le trae por aquí?—, preguntó él con amabilidad.

Ella de momento no respondió. Al cabo de unos instantes dijo en voz baja fijando en el suelo sus ojos.

—Berta ha muerto hace siete días en el manicomio.

Poco faltó para que esta noticia le causara un desfallecimiento a Eduardo que le dejó paralizado.

—¿Ha muerto...?—, preguntó apenas sin aliento.

—Sí —repuso la mujer—. ¡Pobre hija mía! —continuó—. He venido, Eduardo, a pedirte perdón por haberte calumniado.

Los ojos de Eduardo estaban brillantes. Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos y su pecho estaba oprimido. Sin embargo, tuvo fuerzas para contener su dolor.

—Es horroroso lo que voy a decirte, pero es cierto —dijo enrojeciendo súbitamente—. Yo cogí el puñal del suelo para matar a mi hija —añadió—. Tenía miedo que tú la despreciaras, la abandonaras, al darte cuenta que Berta estaba loca. No quería verla sufrir, prefería verla muerta, y por eso quise matarla —dijo la mujer invadida por la emoción, y continuó—. Pero al ver el rostro de espanto y terror de mi hija me sentí estremecer de horror y más aún al pensar en la loca inclinación que yo sentía en mi alma de matarla; me faltaron las fuerzas para ejecutarlo y dejé caer el puñal. Al momento vi caer a mi hija sin sentido al suelo y creí que tú la habías matado como para librarte de ella—, dijo después de una ligera pausa.

Eduardo al oírla se estremeció de espanto, ya que nadie como él había sido testigo presencial de aquella tragedia. Entonces recordó las palabras del joven doctor, su buen amigo; «Tanto la madre como la hija son dos esquizofrénicas.»

Sintió lástima y compasión de aquella pobre mujer enferma y dolorida. Se levantó del sillón y acercándose a ella la besó en la frente. El rostro de la mujer resplandeció de alegría. Eduardo se dio cuenta y sonrió.

—Puede vivir tranquila, doña Berta, está perdonada.

Ella, sobrecogida, enrojeció y balbuceando dijo:

—Gracias, Eduardo, gracias. Este remordí miento no me abandonaba un momento. Me marcho tranquila; adiós.

Levantándose se dirigió a la puerta. Parecía una sombra. El la siguió con la mirada hasta verla desaparecer. Después se dejó caer en el sillón y recostando su cabeza hacia atrás cerró los ojos. Por fin le había sido revelada la clave de aquel misterio que atormentaba su espíritu.

Eduardo estaba convencido que San Francisco fue su mediador en aquellas horas de gran peligro y amargura para él. El Santo envió a su perro, compañero fiel y sumiso que fue en sus andanzas misioneras por caminos y aldeas. Quiso demostrarle que él no echaba en olvido las plegarias de una fiel hija franciscana como fue su madre.

Ahora le parecía que volvía de nuevo a nacer y toda su vida le pareció fea, espantosa y triste. Sus pensamientos y esperanzas eran otros; su corazón vibraba de júbilo al verse impregnado de aquella alegría que le hacía dueño de su corazón. Se levantó y acercándose al balcón observó tras los cristales el bullicio de la calle.

Estaba inquieto, nervioso, al Verse allí encerrado. El quería luchar, se sentía fuerte, optimista; su corazón iba recobrando poco a poco el vigor y la energía que en otro tiempo le infundió su madre. Quería ser religioso.

Un día, 4 de octubre, en una iglesia que no digo cual, un religioso, vistiendo los hábitos del P. San Francisco, alto, arrogante, enérgico, predicaba con gran elocuencia y con viva emoción exaltando las glorias y milagros de San Francisco, arrancando del corazón de sus fieles oyentes lágrimas de ternura y de amor. Aquel religioso era Eduardo.

Olga Bauza de Lloréns

La ignorancia

La caridad, puesta por Dios en el mundo para acompañar al prójimo hasta el cielo de la redención, se convenció de que poco, muy poco, conseguiría en su empresa si no triunfaba de la ignorancia. Ardiendo en su cristiano amor, fue en busca de ella... Estaba en una caverna. Llegó allí la caridad con una luz encendida, pero la ignorancia es ciega y no distinguía la luz de las tinieblas. Le habló, pero la ignorancia es sorda y no entendía. Quiso sacarla del antro, pero la ignorancia es paralítica y se resiste a todo cambio.

Entonces la caridad curvó su espalda y con el rostro abatido sobre el pecho se convirtió en plegaria.

Constancio Vigil

Noticias

Honroso nombramiento.— El P. Rafael Reig, Custodio de la Seráfica Provincia de Valencia y Prefecto de Estudios del Colegio La Concepción, de Onteniente, ha sido nombrado por el P. Ministro General de la Orden Franciscana Visitador General de la Provincia Seráfica de Cataluña. Gozosos por tan honroso nombramiento, felicitamos cordialmente desde estas líneas al P. Rafael Reig.

Vicariato Apostólico de Requena en Perú.— Está confiado a la Provincia Franciscana de San Francisco Solano en Perú. Tiene 85.225 km2 y 80.000 habitantes —casi todos mestizos y cerca de 2.000 indígenas—, católicos casi en su totalidad.

La mayor parte de los habitantes viven en las orillas del río Ucayali y los restantes en las riberas de los ríos Tapiche y Blanco, pues los ríos son las únicas vías de comunicación, siendo lo demás selvas impenetrables pobladas de fieras y animales silvestres.

Allí misionan doce Padres de la Orden Franciscana —cuatro de ellos son de la Provincia de Valencia—, los cuales regentan cinco Cuasi-parroquias, 47 casas, 2 escuelas elementales, una media, una agrícola y una de prevocaciones. Y además editan La Voz de Requena, de la cual reparten gratuitamente cada domingo 500 ejemplares.

Hay 17 religiosas franciscanas Misioneras de María que regentan: un internado con 215 niñas, una escuela media con 133 niñas, una escuela de artes y una elemental con 324 niñas y un orfelinato con 75 niñas. También administran un Comedor escolar en donde todas las mañanas se distribuyen 150 desayunos, hacen doctrina los domingos a 760 niños y niñas y catequesis a 34 ancianos; y además trabajan mucho en la cura de enfermos y en la preparación de muchos matrimonios.

Hermanas Franciscanas del Niño Jesús atienden un Comedor escolar para 250 niñas, un Asilo de Infantes con 207 niños, un Curso preparatorio para estudios elementales con 32 niñas y una escuela de artes con 37 niñas.

Comisariado Provincial de San Salvador y Guatemala. — Pertenece a la Provincia Franciscana de San Antonio de Padua de Venecia. En este Comisariado trabajan un Obispo, 51 sacerdotes y 20 Hermanos legos de la Orden Franciscana. Los cuales tienen 5 residencias religiosas y atienden a 36 parroquias con otras 400 iglesias entre 650.000 católicos; 6 colegios con 625 alumnos, 4 escuelas parroquiales con 400 alumnos y 155 escuelas catequísticas con 3.850 alumnos. El año 1958 predicaron cerca de 7.000 sermones y administraron 166 bautismos a adultos, 25.983 bautismos a niños y niñas, 5.506 confirmaciones, 543.812 comuniones, 2.093 matrimonios y 2.259 extremaunciones.

El caso del Obispo de Prato. — La Corte de Apelación de Florencia ha absuelto a monseñor Fiorelli, Obispo de Prato. Este, como recordaremos, había sido declarado culpable de «difamación», con pena de 40.000 liras de multa y pago de otras 425.000 en costas, por el delito de haber llamado en carta pastoral «concubinos y pecadores públicos» a una pareja de la diócesis de Prato casada civilmente. El Obispo había apelado a un tribunal superior, y éste ha declarado que lo dicho por Mons. Fiorelli en cumplimiento de su ministerio pastoral no constituye delito ninguno. Informado Monseñor por teléfono del resultado, dijo que daba gracias a Dios por depararle este consuelo. Añadió que el resultado del juicio de apelación no debe ser considerado como una victoria, ya que la Iglesia se siente dolorida cuando tiene el deber de amonestar a sus hijos y recordarles el cumplimiento de sus obligaciones.

Inclino mi cabeza. — Tras haber sido elegido Papa y cuando le fue preguntado solemnemente en la Capilla Sixtina si aceptaba su designación, el Cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, minutos después Juan XXIII, respondió: «Al escuchar vuestra voz tremens factus sum ego et timeo (estoy estremecido y lleno de temor). Lo que yo sé de mi miseria y de mi pequeñez es suficiente para confundirme. Pero viendo en los votos de mis eminentísimos Hermanos cardenales de nuestra Santa Iglesia la señal de la voluntad de Dios, yo acepto la elección hecha por ellos y yo inclino mi cabeza para soportar el cáliz de amargura y el yugo de la cruz. En la fiesta de Cristo Rey nosotros decimos: «Dios es nuestro Juez. Dios es nuestro Legislador. Dios es nuestro Rey. El nos salvará.»

Celebración mariana. — Peregrinos dé cinco continentes, en número de 20.000, asistieron en Beauraig (Bélgica) a las celebraciones del vigésimo aniversario de la aparición de la Virgen a varios niños de esta población. Los niños, ahora ya padres y madres de familia, vieron a la Virgen treinta y tres veces en el espacio de cinco meses, quien les pidió rezaran por la salvación de la humanidad. Las fiestas, presididas por catorce prelados, comenzaron con una procesión de antorchas, en que tomaron parte gran número de impedidos. El Pontifical del día siguiente fue oficiado por el Nuncio de Su Santidad.

—