Flores de la Pasión
El ángel del cáliz
— ¡Qué difícil misión me ha encomendado Señor! —iba diciéndose a sí mismo el ángel enviado al huerto de los Olivos—. Temo no poder cumplir; mis manos ya no pueden sostener el peso del cáliz. Viene en él la muerte. Es la muerte lo que tengo que ofrecer al Unigénito, muerte cruel e infamante. Y en tanto, lo veo bajo los olivos luchando entre aceptar y rechazar la muerte. Y mi misión es decidirlo que la acepte plenamente, porque ésta es la voluntad del Padre.
(De Oración en el Huerto)
Y mientras iba bajando raudo el ángel acercándose cada vez más a su destino, levantó esta vez su oración a Dios, diciendo: «Señor, dame más amor para que mi mensaje de que tome su cruz y muera lo acepte plenamente.»
Pero aun con esto, sintiéndose pequeño el ángel para esta importante misión, sentía levantarse de lo más íntimo de su ser: «¡Señor, temo no poder cumplir!», mas el esfuerzo que le daba la obediencia fue más fuerte que toda la vacilación y temor que sentía.
Al llegar el ángel a Getsemaní vio a Jesús cubierto de sudor de gotas de sangre, de rodillas y hundida su cara entre las manos, apoyándose sobre la roca, y en tanto que decía: «¡Señor, pase de mí este cáliz!» Se detuvo el ángel admirado de oír estas palabras.
Seguía la oración de Jesús: «Padre mío, no se haga mi voluntad, sino la tuya!» Y fue esto, como un rayo de luz, para que el ángel pudiese cumplir con su misión celestial, entregando el cáliz.
—¡Qué grande misión de obediencia se ha cumplido!—, seguía y sigue diciéndose el ángel en la eternidad de dicha y sin fin de que goza.
Doce legiones
Doce legiones angélicas estaban prestas para cumplir la voz de mando del Señor. Todos estaban aguerridos y avezados a las luchas contra el dragón y sus secuaces.
El comandante de las legiones que estaba al frente de las mismas se adelantó al trono del Señor y le dijo:
—Señor, recibí noticias de Getsemaní.
—Lo sé, ahí se encuentra mi Hijo.
—Señor, la chusma va a asaltarlo.
—Ya uno de los once tiene espada. Y dijo mi Hijo que bastaba.
—Señor, Pedro tiró un mandoble a Maleo, pero nadie se asustó.
—Es que Pedro recibió nuevo mandato de volver la espada a la vaina.
—Señor, no dijo acaso Jesús: «¿No tiene mi Padre doce legiones a mi disposición?» Entonces, dadnos licencia para acudir a Getsemaní. Van a matar a tu Hijo. Que no obtengan ni una aparente victoria. Mándanos para derrotar a los siervos de Satán.
En aquel momento llegó otro mensajero celestial ante el trono de Dios:
—Señor, tu Unigénito recibió humildemente el cáliz de la muerte.
Con esto, aunque no intervinieron las legiones, tampoco fueron licenciadas, sino que permanecen en pie de guerra por los siglos de los siglos.
Delante del Palacio de Pilato
Claudia Prócula, mujer de Pilato, estaba abriendo una ventana de su palacio y vio y oyó a unos niños que cantando pedían limosna:
Somos niños desvalidos
y andamos en busca de techo y pan;
a Dios lleguen nuestros pedidos
por los que socorriéndonos van.
—¡Niños, ¿de dónde venís?—, preguntó la mujer.
—Venimos de un cenáculo donde anoche hubo fiesta. El dueño nos llamó y nos socorrió—, dijo el mayor.
—Y nosotros —dijo el otro— también representamos una escena de una majada de ovejas que, atacada por el lobo, se dispersó.
—Y en pago —añadió el tercero— nos dieron un pan blanco que sobró de la cena. Y nos dijo que el que coma de ese pan será siempre feliz.
En eso estaban, cuando fue creciendo un rumor de multitudes que se acercaban. Era que, de Caifás, traían ante Pilato a Cristo.
Viéndose obligados a retirarse los niños para dar paso a la multitud que venía, Claudia les dijo:
—Hijos, id y seguid soñando y cantando en el pan blanco que os hará felices por lo que sois inocentes.
La caña
El aura encargada de crear a Jerusalén y de pulir las piedras del Gólgota en ese día sentía un punzante dolor.
Recorriendo las vertientes y laderas del torrente Cedrón buscaba su amiga la caña, a quien todos los días acariciando mecía. No la encontró, y en su lugar encontró un tocón muerto.
Y fue a buscarla por las calles de la ciudad, por los atrios y patios, hasta que por último la halló en el atrio del palacio de Pilato. Estaba muerta y destrozada. Quería resucitarla y reanimarla con su soplo, tal como hacía los otros días; pero esta vez, privada de raíces, era en vano.
Y cuando vio que además tenía algunas gotas de sangre, se despidió, diciéndole:
—Has perdido la vida, pero la perdiste gloriosamente sirviendo de cetro a un Rey.
Las mujeres de Jerusalén
Junto a la puerta Judiciaria estaba un grupo de mujeres gimiendo y llorando que decían:
—No tiene ninguna culpa.
—A nadie hizo mal.
—A todos socorrió; por donde iba hacía bien.
—Con los desamparados tenía sus complacencias.
—Consolaba a los afligidos.
—Perdonaba, infinitamente perdonaba.
Mientras esto decían, al pasar Cristo con la cruz, cayó. Y un soldado le azotó y aún le dio un puntapié para que se levantase. Una de las mujeres, acercándose al soldado y tocándole el hombro, le dijo mansamente:
—A ti también te perdonará.
Fr. Rodolfo Dilonc, ofm
Bodas de Oro de la Unión Misional Franciscana
Con ocasión de 50 aniversario de la fundación de la Unión Misional Franciscana, enriquecida por San Pío X con muchas indulgencias, el P. Ministro General se ha dignado encargarme que, en calidad de Secretario de todas las Misiones de la Orden, exhorte a todos los Superiores, provinciales y locales, a que con el mayor interés sean solícitos en proteger, alentar y divulgar la excelente Unión Misional Franciscana.
Es grato copiar lo que el P. Bernardino Klumper, Ministro General, dijo en el año 1922 sobre la necesidad de la ayuda material, sin la cual no pueden subsistir las Misiones:
«Las necesidades de las Misiones crecen de día en día por lo mucho que han cambiado las actuales condiciones del apostolado. No basta ya la nuda predicación del Evangelio, sino que se requieren innumerables obras de todo género para captar, sostener, educar debidamente e instruir bien en la vida cristiana a los catecúmenos y a sus familias. La construcción de capillas y otros edificios; la apertura de nuevas cristiandades; la erección de orfelinatos y hospitales; la creación especialmente de escuelas de varios grados con la requerida dotación de maestros; la sustentación de los misioneros y de sus auxiliares: cada cosa de éstas constituye otros tantos capítulos de los grandes gastos y expensas a que hay que hacer frente constantemente; mientras que, por otra parte, el precio tanto de las provisiones como el de las demás cosas van en aumento. En este estado de cosas no sólo no es posible acrecentar y ampliar las obras misionales tal cual lo exige la necesidad, sino que apenas o ni siquiera apenas, ciertamente, se pueden mantener las ya existentes.
»En cambio, urgen los conatos de los herejes y cismáticos, quienes, para propagar sus errores, emplean dadivosamente mucho dinero y se desviven por arrancar del seno de la Santa Madre Iglesia a las almas redimidas con la preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
»Encarecidamente rogamos e incitamos a los Superiores y predicadores que expongan con frecuencia al pueblo cristiano y fiel las urgentes, múltiples y siempre crecientes necesidades de nuestras Misiones. Mientras otras Congregaciones e Institutos religiosos en su mismo seno pueden hallar y disponer de los auxilios materiales, nuestra Orden, en cambio, que ni en común puede poseer nada por su profesión de la Altísima Pobreza, sólo puede contar con el apoyo de la caridad de los fieles para subvenir a las Misiones que le están confiadas por la Santa Sede. Ahora bien, como, por otra parte, la Orden Seráfica está ya extendida por todo el orbe con gran aceptación del pueblo cristiano, si cada convento hace cuanto le es posible por colaborar, es evidente que se pueden conseguir subsidios y ayudas mayores.
»Se engañarían ciertamente los Superiores provinciales y locales si, estimando en poco este grave asunto, juzgasen no ser de su incumbencia el interesarse por socorrer las necesidades de nuestras Misiones. Se tratra de las necesidades de nuestros Hermanos que están peleando en la vanguardia de los ejércitos de Cristo Rey, y "soportando el peso del día y del calor"; y ya que participamos de sus méritos y con gusto nos gloriamos de sus proezas y triunfos, sonrójenos el no darles una mano auxiliadora proporcionándoles cuanta ayuda podamos para aliviar sus necesidades. Se trata finalmente de la extrema necesidad espiritual del prójimo, tantos y tantos infieles por los que también derramó su preciosa Sangre el divino Redentor, cuya salvación eterna no puede ser indiferente a quien de veras ame a Jesucristo» (Acta Ordinis Fratrum Minorum, págs. 132-33. 1922).
Esto que escribió en 1922 el reverendísimo P. B. Klumper no sólo es verdad actualmente, después de casi cuarenta años, sino que se ha agudizado y urge tanto más cuanto más se extiende por doquier el progreso material y aumentan muchísimo las mencionadas necesidades.
Y aunque casi todas las Provincias de la Orden han adoptado una Misión propia, no todas, sin embargo, parece que proveen con el mismo celo a las necesidades de las mismas Misiones en lo que respecta a la ayuda en personal y subsidios materiales. Los que en esta obra máxima de caridad se reconozcan deficientes, tal vez llevados de la humana prudencia, recuerden las siguientes palabras de Jesús: «La misma medida que hiciereis servir para los demás servirá para vosotros y aún se os dará con creces» (Mc 4, 24). «Puede hacer Dios nacer de piedras hijos de Abraham» (Lc 3, 8; Mt 3, 9). Bien cierto es, pues, que quien más da más recibirá, ya se trate de personas enviadas a las Misiones, ya de medios materiales en favor de las Misiones.
Por esto, al cumplirse el 50 aniversario de la fundación de la Unión Misional Franciscana, me permito exhortar a todos los Superiores, tanto provinciales como locales, que miren con la mayor simpatía y velen con el mayor celo por la prosperidad de esta Unión Misional, de manera que los que hasta el presente lo han hecho bien al respecto lo sigan haciendo mejor aún, pues siempre debemos tender a superarnos; y los que nada o poco han hecho, empiecen ahora con todas las veras y ardor de su corazón a preocuparse por la prosperidad de sus Misiones.
No será inoportuno repetir lo que escribió el 11 de febrero de 1958 nuestro P. Ministro General Fr. Agustín Sépinski en su Encíclica «La gloriosa lucha»:
«Al cumplirse los cincuenta años de la fundación de la benemérita Unión Misional Franciscana, que tiene por fin instruir a los fieles acerca del estado de las Misiones, de los trabajos de los misioneros y de sus necesidades, excitar los ánimos en favor de las mismas Misiones, allegando recursos y manifestando su penuria; se presenta ocasión oportuna para que se favorezca más y más esta provechosa institución, estableciendo nuevos centros en cada convento, y dentro del territorio de cada Provincia restaurando los ya establecidos y dándoles mayor incremento. "No se deje en parte alguna de instruir a los fieles acerca de nuestras Misiones; acelérese el advenimiento del reino de Dios por medio de oraciones y de socorros." (A. O. F. M., pág. 97. 1958.) Llamo además la atención sobre lo que dice el artículo 611 de nuestras CC. GG.: "Los Ministros Provinciales designen en cada convento un Padre que promueva y dirija en todo el respectivo distrito conventual la Pía Unión Misional Franciscana, aprobada por la Santa Sede y enriquecida con gracias espirituales, el cual haga las veces de Procurador local de la misma Unión Misional."»

Mural que cuenta la vida de los misioneros en la selva. Convento de Ocopa, Perú
Es también útil recordar lo prescrito por los PP. Buenaventura Marrani y Leonardo Mª Bello, Ministros Generales que fueron de nuestra Orden, a saber: que «en todas las iglesias de la Orden se coloquen cepillos cerca de la imagen de San Antonio de Padua —Patrón de la Unión Misional Franciscana— con esta inscripción: "Limosnas para las Misiones Franciscanas".»
Respecto al envío de misioneros a la mies del Señor, quiere nuestro P. Ministro General que copie aquí también las siguientes palabras del ya citado P. B. Klumper: «Con el mayor encarecimiento rogamos y conjuramos en el Señor a todos los Superiores, provinciales y locales, que en esto se comporten con buena y generosa voluntad. Tengan presente que no es sólo de mera perfección, sino de estricta obligación, el no retener a los que vieren idóneos para enviar a Misiones y el no enviar a los ineptos (CC. GG., aa. 648 y 650). Y esto reza incluso con aquellas pocas Provincias de la Orden qué todavía no tienen a su cargo una Misión propia, o que aún no han empezado a enviar misioneros entre infieles.
Y no presenten objeciones inspiradas por la humana prudencia, rebatidas y desaprobadas ya por nuestros predecesores. Confíen más bien en Dios que, como lo saben por experiencia muchas Provincias, colma con sus mejores bendiciones y con mayor número de vocaciones a todas aquellas Provincias que se muestran generosas para con las Misiones» (A. O. F. M., pág. 129. 1922).
Confío que cuanto en nombre y por mandato del P. Ministro General he escrito, procurará meditarlo y, en lo que sea necesario, mandar que se cumpla para que redunde en incremento de la Unión Misional Franciscana y utilidad de nuestras Misiones; e imploro de todo corazón al Señor una bendición copiosa sobre V. R. y sobre toda la su Provincia.
Humilde Hermano suyo en N. S. P. San Francisco,
Fr. Alfonso Schnusenberg, ofm
Secretario de Misiones