La Inmaculada Concepción del Beato Nicolás Factor
Es la franciscana, quiere decir, la del Niño Jesús en los brazos que empuña la Vara de la Cruz, hiriendo la cabeza de la serpiente. Viene bien este tema en este año franciscano, porque ofrece dos fiestas del Beato: una el 14 de diciembre para toda la Orden y la otra el 23 del mismo diciembre para toda la diócesis de Valencia, patria del Beato Nicolás. Y las dos fechas son gloriosas y evocativas en su vida, por su devoción entrañable a la Virgen y al Niño.
«... así desbravaba algunas veces los ímpetus de su espíritu mi Padre Maestro el Beato Fray Pedro Nicolás Factor, a quien vi yo estando con él en los maitines de Navidad, en el coro de San Francisco de la ciudad de Valencia, que no pudiendo contenerse de gozo, de lo que del Niño Jesús se cantaba, se salió del coro con la sobrepelliz (porque hacía oficio de cantor y lo era bueno y diestro) por los terrados hacia la parte del Noviciado, gimiendo y sollozando y diciendo con palabras no muy claras: "0 Jesús mío, o Niñito mío, en el pesebrito"; y otras de este jaez que parecía querer rendir el alma» (A. Pascual, Filocosmía, fol. 108, v.).
«En otra ocasión [estando en Barcelona] dijo tales cosas de la Purísima Concepción de María Santísima, que los oyentes no dudaron exponer su vida en obsequio y por la verdad de tan dulce misterio» (Beltrán, Epitome, pág. 430). «Día de la Purísima Concepción se elevó en Valencia en casa de un amigo suyo, volvió del rapto y dijo que caminando por un desierto había visto a una Señora muy hermosa a caballo en un jumentillo y un gracioso Niño en sus brazos, acompañado de un varón muy venerable, que éste le llamó y se fue con él por el camino de Egipto, y habiéndose parado al ponerse el sol, cerca de una fuente y árboles, San José tomó el Niño de las manos de su Señora y me lo entregó a mí para que se
lo guardase. Volvíselo, pero estuve toda la noche a los pies del Dulce Jesús, besándoselos..., y dichas estas palabras se volvió a arrobar.

»Antes de subir al púlpito de la Colegial de Gandía, arrodillado en una capilla, vio una imagen de María Santísima con un hermoso Niño en sus brazos y le pidió si quería hacerle la merced de darle aquel Niño, y al instante la santa imagen alargó la mano y me le dio. Abrazando yo al Niño Él me besó y yo le besé, de lo cual mi alma quedó unida con el Niño con tan dulce amor que no quería amar ni desear otra cosa sino a El» (Id. 28).
«Finalmente, dijo a los religiosos que le auxiliaban, que de cuando en cuando le nombrasen los Santísimos Nombres de Jesús y María y le dijesen el Credo. De esta suerte y con los ojos levantados al cielo, como elevado, diciendo algunos versos de los salmos de David y otros pasajes de la Sagrada Escritura, con un juicio muy claro y con mucha tranquilidad, entregó su alma en manos de su Creador. Fue su dichosa muerte viernes entre las ocho o nueve de la mañana, día 23 de diciembre del año 1583, a los cuarenta y seis años de hábito y a los sesenta y tres, cinco meses y quince días de su edad» (Id. 135).
Fray Pedro Nicolás Factor Estaña, nacido en Valencia; su padre Vicente Factor, de Siracusa (Sicilia), y su madre Úrsula Estaña, de Albaida (Valencia). Era de la parroquia de San Martín y «nació en una casa que por el tiempo se agregó a la iglesia del monasterio de Santa Tecla, de religiosas agustinas, de manera que el lugar del trasagrario corresponde al aposento en donde nació el Siervo de Dios...; fue bautizado en la parroquia de San Esteban por la gran devoción que sus padres tenían al glorioso San Vicente Ferrer» (Id., 3),
Familia y educación
Hoy vamos a tratar del cine. De esa arma de dos filos, educadora y deseducadora, según como se la maneje, que se ha introducido en nuestras costumbres con ímpetu arrollador.
Del teatro se dijo en tiempos pasados que era «escuela de costumbres». Lo mismo, por la similitud que presentan ambos espectáculos, puede decirse del cine. El dicho no especifica si las costumbres, de las que el teatro era escuela, son buenas o malas. Tampoco lo especificaremos del cine, pero si a nuestros antepasados les parecía escuela de costumbres el teatro, al que asistían por mucho una vez al mes, ¡cuánto más nos lo deberá parecer el cine, que se ha hecho hábito semanal, por poco, cuando no es dos a tres veces por semana!
Las personas mayores tienen su criterio formado y pueden juzgar y discernir de cuanto ven en la pantalla. Existe, es cierto, una censura estatal y eclesiástica, pero ¿es ello suficiente? Creemos sinceramente que no. Creemos que son tan pocas, tan pocas las películas que, sometidas a una crítica y censura severa (y no sólo en el orden moral) se librarían de anatema que las comisiones censoras se ven obligadas poco menos que a declarar «aptas» las menos malas de las cintas.
Cierto que no se tolera la entrada a menores de dieciséis años a aquellas películas que presentan escenas amorosas demasiado reales, crudas, escabrosas, etc., pero también es cierto que muchas de las películas «aptas» que ven los niños de diez o doce años les presentan aspectos de la vida, maneras de comportarse, acciones en general no ya poco edificantes, sino francamente rechazables: crímenes y asesinatos, robos, asaltos, atracos, contrabando, espionaje... Frecuentemente el héroe de una película es un bandido o un ladrón, y aunque a veces cae en manos de la justicia, es más fácil que los niños recuerden sus éxitos y triunfos que no el final, quizá sobreentendido.
Creo innecesario citar aquí más que de pasada la influencia y sugestión del cine en los niños en esa edad tan sugestionable de los diez a doce años. Lo hemos podido comprobar en la escuela: al día siguiente de una película policíaca los niños juegan a ladrones y policías, mejor dicho, a gangsters y detectives. Si la película de ayer fue de ambiente futurista, hoy las conversaciones girarán en tomo a Marte y Venus. Y muchas veces hemos leído en la prensa de bandas de delincuentes juveniles que actuaban con procedimientos aprendidos en el cine, o bien de tal atraco o asalto, con técnica cinematográfica vista en una película.
Estamos, pues, convencidos de que el cine es un peligro y un problema. Un problema al que hay que buscar la solución y que no es precisamente negarlo o volverle la espalda. Un peligro que hay que conjurar quizá con sus mismas armas, es decir, combatiendo el cine malo con cine bueno. Los cine-clubs, cada vez más numerosos (en una ciudad como Gandía existen tres) nos dan la norma. Hacen cine bueno y además lo comentan y aclaran.
En muchos colegios y Grupos Escolares se cuenta con un pequeño equipo (que no es realmente muy costoso, máxime si se tiene en cuenta que se amortiza por sí mismo) y se dan unas sesiones dominicales de cine que apartan a los niños de otras películas sin garantías o quizá de otras distracciones peores. Y no liemos citado el «ambiente» que a veces hay en las salas de cine.
Películas de animales, documentales, selva, exploraciones, viajes, infantiles propiamente, «de risa», dibujos, de ambiente científico en plan de vulgarización y otras, tienen gran aceptación en los niños y las prefieren incluso a películas hechas para mayores y que no las comprenden bien. No es preciso, ni mucho menos, que las películas para niños sean de ambiente religioso o ñoñas.
Apuntamos, pues, tres directrices en el «problema» del cine:
- 1ª El que los padres se muestren reacios a que los niños vean películas «corrientes» de esas que igual sale un adulterio que un infanticidio.
- 2ª Los cine-clubs de que ya hemos hablado antes; y
- 3ª Fomentar el cine escolar. No estamos acostumbrados en España a esta modalidad educativa, pero si en un Grupo Escolar de 200 alumnos, por ejemplo, cada niño pagase un par de duros, se podría alquilar un proyector que podría ser, para empezar, de 8 mm. y podría terminar con un equipo sonoro una vez comprobados los excelentes resultados, ya que la pesetita de entrada sería suficiente para el mantenimiento y alquiler de películas.
Brindo esta idea a padres y educadores para que, de común acuerdo y en estrecha colaboración, lleguen así al logro del mejor perfeccionamiento educativo de estos que hoy son niños y mañana serán hombres.
Felipe G. Perles Martí
Noche Buena
I ¡Noche Buena! Dios nace: fiesta en los cielos, II Esta noche es la noche de los ensueños |
de invisibles arcángeles y querubines III Gozad ésta vosotros, que pequeñuelos |
José Zorrilla
Villancico
En un helado pesebre No llores, mi cielo, Sin cesar cae la nieve; No llores, mi cielo, |
Los ángeles en la altura No llores, mi vida, El Niño sigue llorando. No llores, mi vida, |
Fr. Francisco A. Pávez, ofm
Fecha gloriosa
Se cumplen en el corriente el septingentésimo quincuagésimo (750) aniversario de la fundación canónica de la Orden Franciscana. El hecho, aunque humilde en sí, bien merece un cálido recuerdo por sus inconmensurables y benéficos resultados.
El supremo Jerarca de la Iglesia Inocencio III, en 1209, da el visto bueno a un movimiento de espiritualidad nuevo que, a través de más de siete siglos, ha resultado fecundo y provechoso no sólo para la divina heredad, sino hasta para toda la humanidad.
Desde aquel momento, si la Orden Franciscana debe su vida a la Iglesia, también la Iglesia debe mucho a la Orden Franciscana, puesto que los hijos del de Asís la han amado, servido y honrado con la palabra, con el ejemplo, con la fidelidad de unos hijos ideales.
De ahí que la historia de la Orden Franciscana esté connaturalizada con la de la Iglesia y no se puede arrancar su recuerdo de la mente ni del corazón del pueblo de Dios. ¿No os parece que ello sería atentar contra el patrimonio civil, religioso, social, literario y artístico de la divina heredad y hasta de la humanidad?
Irreparables efectos.— Quitad la Orden Franciscana de la Iglesia y ¿qué habrá pasado? Pues que habréis eclipsado, en el horizonte de las batallas humanas, una de las más fúlgidas encarnaciones del verdadero, sincero y fecundo espiritualismo cristiano; que habréis arrancado del seno de la Iglesia uno de los más eficaces reformadores de costumbres, uno de los más poderosos forjadores de almas, el inspirador de las más bellas y altas virtudes, el pacificador de familias, hermanador de pueblos, el mejor apóstol de la fe y de la caridad, la mejor misionera de la Iglesia. Aun en el campo de las letras y de las artes le habréis acarreado un daño incalibrable. En las pinacotecas, en las academias, en las artes plásticas habría que hacer un vacío enorme, pues son valiosas e innumerables las obras que en esos campos surgieron por inspiración de Francisco, de su Orden o a impulsos de los mismos.
Lo propio hay que decir en el horizonte de las ciencias, de la liturgia, de las prácticas de piedad.
Con cuánta razón se ha escrito que, suprimidos Francisco de Asís y sus instituciones religiosas de la historia universal, «perdería ésta, en los últimos siglos, la parte tal vez más delicada y bella de su sangriento contenido».
Si eso se puede aseverar con exactitud de la historia universal, con más motivo de la de la Iglesia y hasta de nuestra historia patria. Mucho debe la Iglesia, nuestra patria, la humanidad entera a las instituciones franciscanas.
Verdadera demócrata.— Pero no nos avenimos a dar paz a la pluma sin esclarecer cierta ambigüedad.
Se escribe que la Orden Franciscana es demócrata y de ahí su difusión y sorprendente eficacia a través de más de siete siglos.
No lo negamos, pero si el vocablo demócrata se entiende en el sentido moderno y etimológico que con gusto hasta los católicos hoy le dan: doctrina filosófica, política y espiritual que reconoce y se descubre a sí misma en el obsequio a los principios mortales del 1789, la Orden Franciscana es abierta y rotundamente antidemocrática. Nadie tiene más fuertemente que ella la conciencia de la fe y de la caridad sobrenaturales, el sentimiento de la disciplina hacia las jerarquías. Jamás pensó que la autoridad debiese recibirse del pueblo mejor que de Dios, que la transmite a sus legítimos vicarios, los superiores.
La Orden Franciscana es demócrata, pero en un sentido pleno y rotundamente cristiano: por ver en todas las cosas, sucesos y personas a sus hermanos, efectos del Padre nuestro que está en los cielos. La Orden Franciscana buscó siempre, sobre todo, despertar e infundir el espíritu de Cristo en los individuos y en las colectividades, ese espíritu que es necesario inyectar en la sociedad moderna que pretende poder vivir de la mística democrática del siglo XVIII y sostenerse con las leyes de una moral laica negativa, ya que, prescindiendo de Dios, rechaza el sólido fundamento de toda moral. La Orden Franciscana ha sido y sigue siendo un edificio majestuoso basado en solo Cristo que, como Dios y como hombre, ha sido siempre la regla y vida de su espíritu y de su vivir y de ahí su eterna y espléndida fecundidad en todos los órdenes humanos y divinos.
Oportuno y aleccionador. — Por ello la celebración del septingentésimo quincuagésimo aniversario de su humilde acto fundacional resulta oportuna y aleccionadora, sobre todo en las presentes circunstancias de la humanidad, que no ha logrado todavía desintoxicarse de las venenosas doctrinas filosóficas y pseudohumanitarias del siglo xviii que llegaron a abatir en la conciencia de los gobernantes y en el sentimiento de los gobernados los derechos de Dios poniendo en su lugar los derechos del hombre y abriendo amplio camino a la incivilización del bolchevismo.
Recordar el acto fundacional de las instituciones franciscanas es virtualmente presentar a las conciencias una visión del mundo inspirada en la más pura espiritualidad, contraposición rotunda a las concepciones materialistas que hoy en muchas partes privan tanto en política como en economía.
Fr. Deodato Carbajo, ofm
Cultura religiosa
¿Para qué sirven nuestros ojos?
Que existan inteligencias más o menos romas, hombres ignorantes, que desconociendo la maravilla de las leyes de la naturaleza carezcan de ciertos medios para elevarse por ellos al conocimiento del supremo Hacedor, no es mucho de extrañar; pero hombres que escudriñan los fenómenos naturales, su regularidad, la intencionalidad que revelan y no radica en los mismos fenómenos, se desentiendan del Creador que les da la existencia, sólo se explica por sus prevenciones y cargas afectivas, como diría un autor moderno, propias del psiquismo inferior que les rige; prescinden de lo que es característico del hombre: el raciocinio, la inteligencia. No se aplican con seriedad critico científica a la investigación de la verdad religiosa.
No os sorprenderá seguramente si afirmo que para conocer la existencia del fabricante de un objeto sólo se necesita ver el objeto fabricado, y más si éste es observado en función de su intencionalidad. Bastaría conocer su organización para tener que aceptar la existencia del organizador; pero si, como digo, se observa que el objeto en cuestión muestra un propósito, un fin, una intención, y que precisamente ese propósito, ese fin, esa intención, no está, no puede estar en el objeto fabricado, pero lo revela intrínsecamente, se ha de aceptar al autor, fabricante, ingeniero o simple artesano, que es, en definitiva, el que ha comunicado al objeto dado la finalidad que ostenta, y así no nos equivocamos del para qué de un reloj, de un lápiz u otros objetos de nuestro uso. Me dirijo a los que, por lo menos, hayan saludado, como suele decirse, la Física, las Matemáticas, la Trigonometría.
Habréis observado el invariable fenómeno de la reflexión de la luz al chocar con algún objeto; o el no menos fijo de la refracción al atravesar la luz un medio de diferente densidad. En el primer caso, como sabéis, el ángulo de reflexión es siempre igual al ángulo incidente; en el segundo, el seno del ángulo incidente, dividido por el seno del ángulo refractado, es igual al índice de refracción: del aire al agua, equivale a 4 3; entre el aire y el vidrio, a 3/2, etc., y esto invariablemente.
P. Fermat, ya en el siglo XVII, halló la ley que rige estos fenómenos. ¡Demos gloria a Dios! «La luz —dice— busca constantemente aquel camino en el que empleará menos tiempo en su trayectoria.» Continúa realizándose la proporción directa entre el espacio y el tiempo recorrido. La luz, del modo expuesto, halla la solución a dos interesantes ecuaciones. Si se comportase de otra manera habría de emplear necesariamente más tiempo del que invierte de hecho. Decidme, ¿quién ha podido domesticar de ese modo a un ente azoico, sin vida, inerte, hasta el punto de conseguir realice unos cálculos que son privativos de una genuina inteligencia que, por añadidura, en el hombre, sin la preparación adecuada, no podría llevar a cabo? La luz no hace otra cosa que obedecer fatalmente la ley impuesta por Aquél que es el autor de todas y al que todo le está sujeto. Ejerciendo nuestra voluntad su libre albedrío es como, iluminada por estas realidades que no rebasan el orden natural, puede y debe conocer (¡reconocer!) la inteligencia omnipotente que precisamente para que tengamos facilidad para ese reconocimiento, ha plasmado esas y tantas otras maravillas como van descubriendo los hombres.
El que tenga ojos para ver mire la mano del Supremo Hacedor delineando y realizando prodigios tales que solamente en la gloriosa eternidad seremos capaces de agradecer debidamente.
Esta es la verdadera grandeza del hombre: reconocer agradeciendo y adorando debidamente a su Creador, cuanto por sola la humanidad ha tenido a bien regalarnos.
¡Para eso son los ojos de la inteligencia creada!
Fr. Lorenzo Cervera,ofm
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