Las dos vidas de José Mojica

Hace dieciocho años se eclipsó un hombre. Alto, trigueño y bien parecido, había llegado a la cumbre de una brillante carrera artística. Habitaba una mansión color de rosa con piscina de natación y cancha para tenis, en un barrio elegante de Hollywood. Fascinaba a las mujeres y poseía extraordinario don de gentes. El mundo entero lo había aplaudido en los conciertos; en la ópera había sido el galán de la Gali-Curci en Lucía di Lammermoor y de Mary Carden en Tais, y desde el advenimiento de las películas sonoras, poco antes de 1930, obtuvo triunfos repetidos como ídolo cinematográfico en Estados Unidos y en todos los países de habla hispana. De repente, en 1941, después de una brillante gira artística por Sudamérica, llegó la intempestiva y lacónica noticia: «José Mojica se ha retirado de la escena».
El anuncio cayó como una bomba en el mundo de la música y el cine. Mojica tenía entonces cuarenta y cinco años. Ganaba 1.000 dólares por cada concierto; 900 por cada aparición que hacía en la ópera, tres veces por semana. Tenía, además, un sueldo de 1.200 dólares semanales. ¿Qué lo habría inducido a despreciar todo esto? Su vibrante voz de tenor estaba más entera que nunca.

José Mojica
José Mojica

En una esquina de Arequipa, ciudad andina del Perú, un fraile franciscano, en hábito y sandalias, esperaba tranquilamente una seña para empezar a cantar. Centenares de fieles bordeaban las aceras de la calle adoquinada por donde había de pasar la procesión de Viernes Santo. Era una espera larga y fría. Ráfagas heladas bajaban de la nevada cumbre del volcán Misti, en cuya ladera se halla encaramada la ciudad de Arequipa, a 2.400 metros de altitud. La gente, entumecida, pataleaba para entrar en calor. Cuando el religioso entonó al fin con su potente voz de tenor el Ave María, de Schubert, la gente enmudeció, recogida y dispuesta a compenetrarse con el símbolo de la cruz alta que se acercaba destacándose sobre las cabezas y los cirios encendidos.

El fraile era José Mojica, quien desde su ordenación hace doce años ha cantado ante multitudes más numerosas que las que asistían a sus conciertos o a la ópera, y su voz ha llegado a los corazones de incontables gentes. ¿Cómo pudo tender él ese puente entre sus dos vidas? ¿Por qué razón el famoso cantante de ópera prefirió la humilde vida del fraile? Las respuestas a estas preguntas hay que buscarlas en su pasado.

La ascendencia de José Mojica tiene profundas raíces en el suelo de Méjico; de ahí su herencia de amor a la tierra y a su fe católica. Pero aquello se disipó antes de llegar a ser hombre. Su padre, modesto ranchero, murió cuando José apenas tenía seis años. Ocho años después Francisco Madero se lanzó a la revolución de 1910, cruzada política idealista a la cual siguieron años de anarquía y desorden. Virginia Mojica, madre de José, lo llevó a la capital para protegerlo. Pero esta ciudad se convirtió pronto en vértice de los desmanes revolucionarios, donde peligraban, a la par que vidas y haciendas, la fe y los ideales en varios años de creciente violencia. El mozo se vio envuelto en la ola del anticlericalismo y abjuró de sus creencias religiosas.

Su madre entonces lo matriculó en una escuela de agricultura, pero a él no le interesaba el estudio; quiso ser pintor; después cambió la pintura por la música, cuando un notable maestro que lo oyó cantar le ofreció su ayuda. A los veinte años obtuvo su primer triunfo artístico con un importante papel en El barbero de Sevilla. «Entonces me di cuenta de que el mundo me esperaba», dice ahora Fr. José en tono burlón.

Durante todos esos años la madre fue su único sostén moral y material. Los revolucionarios les habían quemado el rancho, pero ella mantenía y vestía a su hijo único haciendo labores de costura. Pasaron épocas muy precarias, pero Virginia Mojica sonreía siempre, y confiadamente solía decir: «Dios proveerá; Él nos mostrará el camino».

Virginia consintió a regañadientes en que José fuese a Nueva York; pero nadie se interesó por él allá. Era imposible lograr una audición de ópera para un oscuro aprendiz, y su inglés era demasiado chapurrado para cantar canciones populares. Después de gastar sus escasos ahorros tuvo que emplearse como lavaplatos en un hotel. Más tarde, sin embargo, consiguió trabajo con un grupo de ópera que se formaba para hacer una temporada en Méjico. Aunque hacía papeles de poca importancia, los desempeñaba con tanto entusiasmo y con tan auténtica vocación que logró llamar la atención de varios artistas consagrados. En 1919 Caruso lo recomendó a la Compañía de Opera de Chicago.

Tenía entonces Mojica veinticinco años y llegó a Chicago con un contrato para cantar como «tenor secundario», con un sueldo de 75 dólares a la semana. Inteligente y aplicado, se dedicó al estudio sin descanso: canto, drama, idiomas (italiano, francés, alemán, inglés), amén de un curso de rígida gimnasia. Al cabo de un año se codeaba en la escena con los cantantes más famosos. La prensa de todo el país aplaudía su voz, su imponente presencia, el extraordinario magnetismo de su personalidad dramática y su desconcertante adaptabilidad.

La alta sociedad de Chicago lo acogió en sus círculos más íntimos, atraída tanto por el talento artístico como por la gallardía de este Adonis en el apogeo de su espléndida juventud. Deslumbrado por el éxito, aquel joven introvertido de otro tiempo se tornó en hombre mundano, pero al cabo de pocos años comenzó a sentir los primeros síntomas de disconformidad consigo mismo. En sus tiempos de lavaplatos se había sentido esclavizado por ese duro oficio, pero ahora era realmente el prisionero de sus contratos. Buscó inútilmente la paz interior en la lectura, en la meditación. El mismo lo dijo: «Era yo como un barco sin timón: lo tenía todo y no tenía nada.»

Tal era su estado de ánimo, cuando un amigo millonario lo invitó a pasar un temporada en la finca que tenía en una isla de la costa de Maine. Allí, vagando entre los pinares, el cantante, que por entonces contaba veintisiete años, volvió a descubrir los tesoros de la naturaleza, y este hallazgo lo convenció de que no había nacido para la vida que llevaba. Tanto su temperamento como su herencia racial estaban en violento desacuerdo con el materialismo que lo rodeaba. Una mañana, al contemplar desde una roca la ensenada que tenía a sus pies, se sintió sobrecogido por la belleza del paisaje. Alzó los brazos al cielo y comenzó a cantar: «Canto a las flores que revientan, a los pajarillos que saludan a la aurora...»
Al oírlo el mayordomo de la finca exclamó: «¡San Francisco de Asís! ¡Así era él! »

José no sabía a ciencia cierta quién había sido San Francisco de Asís, pero no tardó en conseguir su biografía, y al leerla comenzó a pensar en el santo, en el que habiendo sido «rey de los jaraneros» en su mocedad, abandonó su rica mansión para hacerse hermano de los, pobres, hermano de las bestias del campo, predicador de las avecillas. Mas todavía no se sentía capaz de imitar al hombre de Asís, y una vez más volvió al bullicio de la vida mundana.

Durante los años que siguieron José Mojica se exhibió en la ópera y en 309 conciertos dados en distintas partes del mundo. Y en el cine, naturalmente. Su primera película, Lo que cuesta un beso, apareció en 1928 en inglés y en español. A fines de 1933 había figurado en doce películas más. La vida exagerada y ostentosa de Hollywood acabó por acentuar más la lucha interior que sostenía su doble personalidad. Ahí estaba el José Mojica, actor de cine, galán de pasajeros amoríos, cuyo papel en El rey de los gitanos le dio fama de «segundo Valentino» en 1932. Y estaba el otro Mojica, el que en una función de beneficio en el Colegio de Quincy, en Illinois, tuvo su primer encuentro con los franciscanos. Los halló ((llenos de comprensión». Los vio jugar al fútbol con sus discípulos y asumir en seguida su carácter de sacerdotes y maestros. La iglesia que él recordaba, la de sus tiempos juveniles, era un lugar sombrío regentado por clérigos demasiado austeros que hacían lúgubre la vida. Y se preguntaba ahora: «¿Se habría rebelado él contra su fe, o solamente contra aquellos hombres que carecían de la cordialidad que necesitan los apóstoles de la fe? Después de esa visita José Mojica volvió otra vez los ojos a Dios.

[Puede encontrar algunas canciones en You Tube]

Virginia Scully
(De Selecciones. Julio de 1959.)

(Continuará)

Modalidad de la piedad franciscana

aToda la admirable vida de San Francisco de Asís, después de su total entrega a Dios, está dominada por dos grandes amores, que para él eran uno: el de Jesucristo, Dios y Hombre, Hermano nuestro, y el de la Santísima Virgen María, su santísima Madre y también nuestra, a quien amaba por Cristo.

Se ha escrito que la humanidad de Jesucristo es el centro de la vida cristiana, y se me antoja que para nadie haya sido tan verdaderamente centro como para San Francisco. Para este Cristo era el único e inmejorable principio y fin de su ser y de su actuar. No sólo le imita en el estado de Dios, gracia santificante, sino en su proceder, en sus atributos, consecución o logro de todas las virtudes que resplandecen en Cristo.

Y como es imposible moralmente separar a María de Jesús y a Jesús de María, no hay que extrañar que el de Asís los acariciase con el mismo amor.

Son admirables las ideas y encantadores los afectos que él en sus escritos nos ha legado, y no menos admirables los rasgos que sus biógrafos relatan sobre su amor al Hijo y a la Madre de Dios.

Culto a la santa humanidad

La fe de San Francisco, tan espontánea y tierna, y el fuego de su caridad, tan celosa de la gloria de Cristo, originó en él una actitud constante y especial con respecto al Verbo Humanado. Cristo, que dio a su piedad y después a la de su siglo una fisonomía nueva: la de acentuar la contemplación y el culto a la santa Humanidad de nuestro Señor. Los misterios de su Nacimiento temporal y de su Pasión y Muerte le enardecían, desbordándole el alma en un júbilo sin par y en unos lamentos de honda tristeza. Se diría que su amor inmenso se alimentaba místicamente de las pajas del pesebre, de la mesa de la cena y del leño de la santa cruz.

Cierto que su gran fe no necesitaba tocar los sagrados misterios como el apóstol Santo Tomás para creerlos, pero los creía de tal manera que —se diría— lo quería tocar por devoción, tener de ellos un conocimiento experimental, empírico, reproduciéndolos y reviviéndolos así lo mejor que podía.

Pruebas

El pesebre de Greccio, el crucifijo de San Damián, el Cristo de la Alverna son monumentos todavía existentes que comprueban el pensar, el sentir y el obrar de Francisco y su tierno e inmenso amor dirigido preferentemente a la santa Humanidad del Redentor del mundo.

Los hechos de que fueron teatro nos ponen en claro que los sentidos espirituales del de Asís se valían, eñ cierta manera, de los corporales para valorar mejor el acto de fe y de amor, que se traducían así en expresión de edificación cristiana también.

Es una forma de piedad nueva más humana todavía que la de San Bernardo; más unida a las maravillas del mundo creado por Dios y rebosante de entusiasmo y de gratitud, la que prendió después en muchas almas y sigue alentando a muchas en la Iglesia de Dios.

Esta visión más intuitiva y más afectuosa de Cristo, en cuanto Hermano nuestro amabilísimo, motivó en San Francisco una contemplación más tierna y filial de la Madre de Dios, criatura la más sublime después de Cristo. ¿Podía dejar de amar Francisco a la que, con el Espíritu Santo, fue la artífice de Jesucristo? La amó y dejó, en sus edificantes escritos, los más subidos encomios de su grandeza excepcional.

Final

Si San Francisco dotó a la Iglesia de una milicia nueva adaptada a las exigencias del tiempo; si opuso a las fuerzas de disgregación de la sociedad el poder irresistible del simple y puro Evangelio, hay que reconocer que dotó también a la divina heredad de una piedad más tierna, afectuosa e intensa a la Humanidad de Cristo como medio eficaz para pasar de lo humano a lo divino, de lo visible a lo invisible, de lo temporal a lo eterno y unirnos así más y mejor al Padre celestial por, con y en Cristo.

Fr. Deodato Carbajo, ofm


Estampas antonianas

II. Primeros mártires franciscanos

"Nos situamos de nuevo junto a las márgenes del tiempo para presenciar el paso de un gran santo: Antonio de Padua. El dulce siervo de Dios, corazón abierto a todas las influencias más dulces de la vida, el ser que ama profundamente en sus inconmovibles convicciones la gloria y majestad de Dios.

Corría el año 1219, y aquella seráfica milicia, aquel ejército blanco que antes, en 1210, fundara San Francisco de Asís, empezaba a fecundar la tierra con la semilla ardiente y generosa de la sangre. Ya sea por un azar del destino o quizá mejor bajo la disposición de la divina Providencia, lo cierto es que pasaron los abnegados misioneros camino del África, por Coimbra, aposentándose en el monasterio de Santa Cruz, donde moraba el canónigo don Fernando.

El trato con aquellos esforzados paladines de la cristiandad edificó tanto el corazón del joven Antonio que cuando éstos abandonaron los seguros refugios del convento por las inciertas rutas de otros extraños y a veces adversos lugares, el alma del frailecillo pareció partir con ellos.

Mientras tanto, en el sentimiento de don Fernando, que así se llamaba San Antonio antes de su entrada en la Seráfica Orden, mantenía una lucha en su interior. Una brasa que le aguijoneaba las carnes sedientas de padecer los mismos martirios y sacrificios físicos que aquel reducido grupo que allá en tierras de infieles laboraba tenaz en pro de los ideales de la cristiandad. Y según cuenta uno de sus biógrafos, una aparición del propio San Francisco de Asís, vivo todavía, acabó de decidir sus hondas vocaciones misionales. Por ello «la salida de don Fernando de la Orden de los Canónigos regulares y su ingreso en la franciscana se realizó fácilmente y con brevedad a mediados del año 1220, cuando se cumplían los veinticinco de su edad y los diez de su permanencia en los monasterios de San Vicente, de Lisboa, y Santa Cruz, de Coimbra.

Ya con el hábito de la Orden Seráfica recibió el hasta entonces don Fernando el nombre de Antonio, y con él comenzó su nueva vida. Una vida que estaba destinada por Dios a obrar grandes maravillas; un espíritu tocado con la gracia divina; hermoso y dulce como la simbólica azucena, emblema y definición de este gran santo.

Sin embargo, una ansiedad crecía cada vez más arrolladora en el corazón del bienaventurado Antonio, y era su gran sed de apostolado. El no ansiaba la paz recoleta del claustro, la seguridad física que brindan los sólidos y sagrados muros, su alma se deshacía en anhelos de rutas evangélicas, en sacrificio incluso: una entrega absoluta a la causa sublime de Cristo.

Por fin, dicen sus biógrafos, San Antonio ve cumplidos sus deseos allá a últimos del año 1220, ya que una orden de sus superiores le hace trasladarse con otro Hermano a Marruecos. No obstante, esta fervorosa aspiración no pudo llegar a realizarse plenamente, pues tan sólo desembarcar y haber pisado tierra africana, le postró una grave enfermedad.

No era tal vez el plan del Altísimo el que su vida se consumiese en un rincón oscuro, luchando contra la impiedad y la práctica absurda de las supersticiones raciales. Otro camino se le había trazado de antemano al fiel siervo, un puesto en el corazón mismo de Europa, rebatiendo falsas doctrinas, enfervorizando a las multitudes muchas veces frías e indiferentes, y, sobre esto, la oportunidad de asombrar con sus prodigios el alma de una sociedad semihundida en los grises lagos de la materialidad. La prueba del poder soberano de Dios cristalizado en aquel su fiel siervo.

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San Francisco se aparece estando san Antonio de Padua predicando en el capítulo de Arlés. Giotto.

Y regresó a la civilización sin haber tenido la oportunidad de establecer contacto con los seres de una raza hostil y peligrosa. A tal efecto, desembarcó en Taormina, ya que un furioso temporal desvió las rutas de la nave que habría de conducirle a Sicilia. Desde la primera de las plazas citadas se trasladó a Messina, hospedándose en el convento que los religiosos Menores tenían en aquella ciudad.

«Allí tuvo conocimiento de que el Santo Fundador de la Orden Seráfica acababa de llamar a Capítulo en Asís a sus hijos espirituales —dice un autor—, y deseoso de presenciar tan gran solemnidad se puso en camino para la sede franciscana, adonde llegó a fines de mayo de 1221.»

Una página la de hoy que ha recogido en breve síntesis un aspecto de nuestro amado santo: su celo apostólico. Un deseo incontenido de llevar a las almas la luz, la esperanza y consuelo de esta noble y hermosa religión cristiana.

F. G. S.

Llevemos el mundo a Cristo por medio de María

Es por María, y sólo por María, que el mundo se torna cristiano. Y en tanto será pronta y completa esa conversión, en cuanto sea María más perfectamente conocida, imitada e invocada como la Apóstola por excelencia. Así fue ayer, lo es hoy y lo será también mañana.

Reflexionemos un momento. El mundo no se aproxima a Cristo porque no se le muestra suficientemente el camino: María. Llevemos más, mucho más, cada vez más, las almas a Jesús por María. Este mundo es un hijo pródigo. Halla duro el regreso al Padre; pero si le hiciésemos ver que en la puerta de la casa paterna se encuentra María para recibirle con los brazos abiertos, ¡qué estímulo y qué esperanza!

Aún no comprendemos enteramente el sentido profundo de estas palabras: «Por una mujer se perdió todo; por otra mujer vino para todos la salvación.» Si al papel de María en la Redención se diera el sentido que le dan la Iglesia y las Escrituras, se salvarían muchas más almas, desaparecerían muchos errores y muchos desórdenes. Entre dos billones y medio de hombres, hay en el mundo poco más de cuatrocientos millones de católicos. Es para preguntar qué es de la Redención. Ella está completa, pero no llega aún a todas las almas; o se desperdicia porque los hijos abandonan a la Madre.

Ningún hombre huye de su madre; y el mundo no huirá de María, que le ha de llevar a Cristo.

San Cirilo de Alejandría ensalza a María, Apóstola del mundo, en estos términos: «Por Ti es glorificada la Trinidad Santísima; por Ti la preciosa cruz es venerada en toda la tierra; por Ti exulta el cielo, se alegran los ángeles y arcángeles, se espantan los demonios y el propio hombre alcanza la felicidad eterna; por Ti toda criatura, envuelta en los errores de la idolatría, llega al conocimiento de la verdad, los hombres reciben el bautismo y la iglesia se extiende por toda la tierra. Con tu ayuda los pueblos abrazan la penitencia; por Ti el Unigénito Hijo de Dios, Luz verdadera, iluminó aquellos que estaban sepultados en las tinieblas y en las sombras de la muerte. Por Ti anunciaron los profetas y los apóstoles predicaron a los hombres la salvación.»

Vivimos hoy envueltos en un laberinto de errores, de desórdenes morales, de supersticiones, de falsos cultos, de miserias materiales. ¿Cuál es la causa? Responde el Obispo húngaro Tihamer Toth: «Las guerras, en último análisis, no son desencadenadas por los gobernantes, sino que por los profesores incrédulos, por la prensa atea y materialista, por el laicismo en la vida social. Son los asesinos del pueblo. Las guerras actuales son consecuencia lógica de una cultura anticristiana.» Enormes conquistas técnicas, pero un retroceso desolador en nuestros espíritus y en el pensamiento entre los pueblos llamados cristianos. La civilización se redujo a un cuerpo sin alma.

En un mensaje radiofónico (14 de mayo de 1942) Pío XII señalaba como «causa de la guerra la incredulidad de nuestra época». Y en el mismo año, consagrando el género humano al Corazón Inmaculado de María, dice que el mundo era víctima de sus iniquidades. Se repite lo que San Agustín escribía, aludiendo a la decadencia del Imperio Romano: «Para que un pueblo prospere y sea feliz, es preciso que en él la justicia sea reina, la caridad ley y fin la eternidad.»

Hoy el género humano perdió la propia alma y no siente su falta. Pío XI había dicho: «El único medio para erguir la sociedad es la práctica de las virtudes cristianas.»

Pero ¿cuál es el método y cuál el camino? Lo indica Pío X en este bello axioma: «Por María a Jesús». Y sigue diciendo: «¿Quién no ve que no hay camino más seguro, camino más expedito que María para unir todos a Cristo y obtener por Ella la perfecta adopción de hijos a fin de vivir así santos e inmaculados en la presencia de Dios?»

Quien halla a María encuentra la Vida, que es Jesucristo. Por eso Pío XII, de feliz memoria, indicó el Corazón de María como única esperanza de salvación para todos, y le consagró el mundo.

P. Tiaco Alberione