Canonización de Juan de Ribera

Día 12 de junio. Bullicio de gente española en las calles de Roma. Ha sido elevado a los fulgores de la gloria un nuevo santo español. Su Santidad Juan XXXIII, con un ritual sobre el cual los siglos han pasado sin dejar polvo ni arrugas, ha solemnemente canonizado al Beato Juan de Ribera.

Vivió en el siglo XVI. Fue consagrado Obispo a sus treinta años, en el 1562. Entre las convulsiones de aquella época debilitada por el error luterano, pero reconfortada ya por las sapientes directrices del Concilio de Trento, Juan de Ribera llegó a representar el ideal perfecto del pastor de almas. Obispo de Badajoz primero, Arzobispo después de Valencia y Patriarca de Antioquía, se distinguió de tal manera en el ejercicio de su actividad pastoral, que San Pío V no dudó en definirlo en público Consistorio: «Luminar de España, singular ejemplo de virtud y de bondad, adorno de santidad».

Todo está dispuesto ya en la Basílica, revestida de damascos, esplendorosa de luz. En el ábside, 26 Cardenales de Curia, Cuerpo Diplomático, Patriciado romano, dos eminentísimos purpurados españoles: Arriba y Castro y Bueno Monreal, los Arzobispos de Valencia, Zaragoza y Barcelona, una nutrida representación de Obispos españoles, la misión oficial del Gobierno, presidida por el Ministro de la Gobernación general Alonso Vega.

Una multitud ingente llenaba la Basílica. Más de 6.000 españoles.

La solemne ceremonia comenzó a las ocho y media. Lento y majestuoso el cortejo papal, descendiendo por la Scala Regia, entró en San Pedro. Maravilloso dicho cortejo procesional, que todas las veces renueva, ante los ojos atónitos de los peregrinos, los fastos de las antiguas pinturas religiosas. Representación de todas las Ordenes mendicantes, del clero secular, de todas las dignidades eclesiásticas vaticanas y de curia, los abogados rotales, los obispos, los arzobispos, los patriarcas, los cardenales con los paramentos de sus respectivas Ordenes. El Papa en silla gestatoria, con la mitra y Capa Magna. La multitud de fieles, con crecientes aclamaciones entusiásticas, acompañó el lento andar del cortejo, mientras de una logia de la Basílica resonaron potentes las trompetas de plata con la marcha triunfal de Longhi.

A la vista del Papa todos caímos de rodillas. El canto de Tu es Petrus saludó, en el sucesor del Pescador de Galilea, a aquel a quien Jesús encargó, con mandato ininterrumpido, de confirmar su grey en la fe.

Todos han ocupado sus respectivos sitios. Se inició el sacro rito bajo la dirección de monseñor Dante, Prefecto de Ceremonias. Después de las tres peticiones del Emmo. Cardenal Cicognani, Prefecto de la Congregación de Ritos, por medio del abogado consistorial Corsanego, a las que respondía el Secretario de los Breves ad principes, el Papa procedió a la canonización.

En aquel memorable instante todos nos levantamos de pie. La enorme Basílica fue invadida por un gran silencio, el silencio del Sinaí, antes que resonase la voz de Dios. El Vicario de Cristo, teniendo en la cabeza la mitra, desde su Cátedra, con la plenitud de su Sacro Magisterio, pronunció la fórmula de la canonización.

El Santo Padre acababa de depositar en las sienes de Juan de Ribera la aureola de los santos. Una grande aclamación de los fieles saludaba la solemne definición, mientras las campanas de la Basílica sonaban a gloria.

La ceremonia de la canonización ha terminado. Inmediatamente después el Santo Padre celebró la Santa Misa con la siempre majestuosa liturgia pontifical. La Capilla Sixtina, bajo la dirección de Mons. Bartolucci, interpretó la misa Nigra sum, a cinco voces, de Palestrina.

Durante la consagración resonaron de nuevo suaves las trompetas de plata, mientras resplandecía la candidísima Hostia entre los dedos del augusto Pontificó.

Finalmente descendió sobre todos la paterna bendición apostólica.

San Juan de Ribera

San Juan de Ribera. (De Laus Deo)

La Iglesia tiene un nuevo santo, nuestra católica España ha añadido una nueva gema a la corona de su fidelidad secular a Roma.

Por la tarde, alrededor de las seis y media, el Santo Padre dirigió una férvida alocución a los peregrinos de las varias diócesis españolas. Momento emocionante la entrada del Sucesor de Pedro en la sala de las Bendiciones. Estruendosos aplausos, manifestación sincera del entusiasmo y fervor del pueblo español. El Santo Padre, con sonrisa paternal, iba bendiciéndonos a todos desde la silla gestatoria. En el trono le esperaban nuestras Autoridades eclesiásticas y civiles.

Con ligero acento italiano el Papa pronunció el discurso en español, acogido con entusiásticas aclamaciones.

Alabó las ciudades donde nació y donde ejerció su actividad el nuevo santo: Sevilla, Badajoz, Salamanca y sobre todo Valencia: «Alégrate, Valencia, y envía toda la fragancia de tus vegas y rosaledas a quien tuviste casi medio siglo como Padre y Pastor.»

Nombró la constelación de santos de la fecunda tierra española. Finalmente nos propuso el santo como modelo en nuestra vida.

Al retirarse el Santo Padre fue saludado por un mar blanco de pañuelos, quedando visiblemente emocionado.

Así terminó aquella memorable jornada, que todos los que la presenciamos llevaremos impresa en nuestros corazones.

«Alégrate, sí, España al asistir a la apoteosis de uno de los más preclaros representantes de tu Siglo de Oro, porque éste es un día venturoso para la Iglesia.»

Fr. Raimundo Domínguez, ofm.


Estampas antonianas

IV. Sabiduría de un santo

Grande fue en todos los órdenes la sabiduría de San Antonio; cualquier problema era resuelto satisfactoriamente por las agudas dotes de reflexión de este elevado espíritu; las torpezas humanas se resolvían como un tumor maligno ante las radiaciones de un poder curativo: el radium de su santidad.

De lo asombroso de sus conocimientos en las letras sagradas dio testimonio el mismo Pontífice Gregorio IX, quien después de haber oído uno de sus sermones, le llamó «Arca del Testamento» para demostrar que en su privilegiada memoria se hallaban escritos con caracteres indelebles los Libros Santos. También su amigo y maestro Tomás Gallo le denominó en una de sus obras «lámpara ardiente y luminosa», y el Cardenal Guido Monforte tenía a San Antonio por Padre de la Ciencia. Pero más todavía que todos estos elogios son testimonio de la extraordinaria sabiduría de nuestro dulce santo en las sagradas ciencias sus Comentarios sobre los salmos, sus Sermones de tiempo y su Exposición de la Biblia, obras éstas en las que demostró el bienaventurado Antonio una erudición tan vasta y profunda que para encontrarla semejante hay que recurrir a los libros de los Padres más doctos de la Iglesia.

Y a todo esto unía San Antonio un gran amor al trabajo. No podía permanecer ocioso mientras tanta impiedad iba salpicando los caminos de la tierra, mientras tanto pecador se debatía en las tinieblas del error, por ello quizá nadie empleó mejor que él la preciosa dádiva del tiempo. Dormía poco, y entre esta acentuada vigilia aún le quedaba bastante espacio para la oración y trato con Dios, de cuyo espiritual contacto extraía Antonio las fuerzas necesarias para dedicarse a la predicación y conquista de las almas.

Según las referencias de algunos de los biógrafos de este gran santo, el primero de los milagros públicos que vienen a jalonar el sendero de su innegable santidad, fue la resurrección de un muerto en el templo de San Eusebio de Vercelli, donde, se hallaba predicando, vio atravesar la iglesia un fúnebre cortejo. Escuchó asimismo los ayes desgarrados de los familiares y el plañir insistente de aquellos amigos que seguían tras el féretro lanzando continuos lamentos de dolor.

Antonio enmudeció, dejó en suspenso el sermón y mirando con sus compasivos ojos el cadáver del joven, impetró del Altísimo la gracia de poderlo devolver a la vida. Acto seguido, cuentan la crónicas, bajó el santo del púlpito despacio, sin apartar la mirada de aquella masa inerte ya desfigurada por las muecas angustiosas de una contracción mortal, y se fue acercando, con la misma lentitud de antes, derecho hacia la muerte, podíamos decir, soliviantando incluso sus sempiternas leyes, rompiendo los designios del destino y, sobre todo, pidiendo a Dios, al autor de lo creado y de lo inexistente, el don de conseguir infiltrar nuevamente un soplo vital en aquel cuerpo encartonado, rígido, muerto. Por eso es grande el prodigio que se realiza cuando al conjuro de su dulce palabra se incorpora el cadáver y una luz rosada, un tinte de vida, una sangre nueva comienza a verter sus palpitantes calideces en aquellas células frías y apagadas.

Grande debió ser, en efecto, la reacción de las gentes ante tan portentoso milagro. Conocían a San Antonio en su calidad de docto y virtuoso varón; sabían de su fama cimentada en largos años de estudio y meditación, pero ahora comprobaban cómo el mismo poder de Dios partía de sus manos benditísimas y la gracia era en él cualidad regalada por la Providencia en premio a su lealtad y abnegada virtud.

Quien era tan excelente en el púlpito y en el confesonario, no lo era menos en la realización de portentos. Milagros que atestiguaban plenamente el grado excelso de su santidad y eran prueba y testimonio de la grandeza soberana de Dios. Y quien ya había dado muestras irrefutables de su poder no lo era menos en la cátedra, por lo que sus discípulos resaltaban en él tres cualidades:

La Iglesia lo ha proclamado Doctor Evangélico.

¡Venerable Antonio, espejo en donde la pureza reflejaba sus límpidas siluetas, virginal manantial cuya agua suavizaba el ardor de la incontinencia, pregonero sublime de ese Dios todo amor y generosidad, luz, en suma, que abría fecundas rutas de gloria por entre los tenebrosos senderos del error o el pecado!

Su primer gran milagro es el eslabón que une en un engranaje maravilloso la solidísima cadena de su portentosa virtud. Un aviso o toque de atención a ese mundo frenético que se desgarra y pierde incluso jirones de su propio ser bajo el torbellino devastador de las pasiones, que es suicida que arroja indiferente los preciosos legados de su inmortalidad en la ardiente persecución de un espejismo falso e inseguro, que lucha por conseguir lo que San Antonio despreció por caduco.

F. G. S.


La Virgen Carbonerita

(Continuación)

Los muchachos obedecieron y Eustaquio cerró la puerta. De repente un torbellino de aire mezclado con hojas secas penetró por la ventana y una fuerte bocanada de aire frío la cerró de golpe. La tempestad se formó rápidamente. Los truenos estremecían la cabaña y la lluvia azotaba con tanta dureza las paredes que los leñadores sintieron temor y miedo, y cayendo de rodillas rezaron con gran fervor a la Virgen Carbonerita.

Esta fue la primera plegaría que la Virgencita recibió de sus leñadores. A la mañana siguiente emprendieron el camino al pueblo. En el cielo se veían algunos nubarrones negros como residuo de la tormenta de la noche pasada. Buscaron los atajos, pero el camino era abrupto y andaban con precaución por temor a resbalar y despeñarse por aquellos precipicios. La tierra estaba blanda y los matorrales mojados. No llevarían mucho rato andando cuando se desencadenó un fuerte aguacero. El camino se les hacía interminable, pero ellos no desfallecieron un momento. Sólo tenían un temor, y era que el señor cura se burlara de esto. Todo el tiempo discutieron sobre lo que tenían que decir.

Una vez llegados al pueblo se dirigieron a la iglesia, pero al subir los escalones vieron que la puerta estaba cerrada. Entonces dieron la vuelta al templo y se encaminaron a la casa abadía, que estaba a continuación. Era un caserón anticuado rodeado de un pequeño jardín. Los leñadores pensaron que don Ángel aún estaría en la sacristía. Tiraron del cordón de la campanilla con fuerza; el tintineo se tuvo que oír hasta en la iglesia. Al poco rato oyeron que se acercaban a abrir. Era la señora Luisa, hermana del señor cura.

—¿Qué o curre?... —preguntó asustada—. Poco ha faltado para que rompierais la cadena de la campana.

Los leñadores entraron sin atreverse a hablar, y doña Luisa se volvió a atar el delantal que se había quitado unos momentos antes.

—Si queréis podéis ir a la sacristía. Mi hermano aún está allí. Ya conocéis el camino; yo no puedo acompañaros, pues estoy terminando de limpiar el polvo y tengo prisa; me espera Filo, la sirvienta, para hacer la compota de membrillo. Andar, andar vosotros.

Los leñadores se dirigieron a la sacristía. Antes de entrar separaron la cortina de terciopelo rojo y preguntaron respetuosamente si se podía entrar. Don Ángel, que paseaba por la estancia leyendo en su breviario, se quedó inmóvil al contemplarlos.

—¿Qué os trae por aquí?... ¿No estabais haciendo carbón en la montaña?

—Sí, don Ángel —contestaron a la vez los tres leñadores—. Pero hemos tenido que bajar para hablar con usted sobre algo muy importante.

El señor cura se acercó a ellos y al verlos tan impresionados dijo:

—Vamos, hablar pronto que me ponéis nervioso con tantos preámbulos. ¿Acaso habéis cortado árboles en algún término prohibido y os persiguen?...

—¡Oh!, nada de eso, don Ángel.

El señor cura acogió con agrado la respuesta y ya más tranquilo les invitó a sentarse junto a la estufa. Hacía frío. El cielo estaba gris y el viento gemía fuera.

—¿Cómo habéis tenido valor para bajar en un día como éste? —dijo mientras les llenaba las pipas de tabaco—. Tenéis las ropas mojadas, acercaos más al fuego. ¡Dios sabe lo que traéis entre manos!—, dijo dándoles unas palmadas en el hombro y sentándose junto a ellos.

Los leñadores sonrieron y se miraron entre sí. Nicolás, haciendo crujir sus gruesos dedos, reflexionó antes de hablar, y después de hacer un ligero carraspeo en pocas palabras refirió al señor cura todo lo ocurrido. Por la sorpresa que reflejaba el párroco en su rostro los leñadores se dieron cuenta que no eran creídos. Pero Nicolás continuó hablando y contando la aparición de la medalla detalladamente.

Don Ángel les miró unos instantes en silencio y luego dijo:

—Me parece que estáis obsesionados por algo y esto os hace hablar así.

—¿Acaso no cree usted lo que estamos diciendo...?

—No sólo no os creo yo, sino que nadie os creerá tampoco—, repuso mirándolos fijamente.

—¿Cree usted que nos tomarán por locos...?

Don Ángel frunció ligeramente el ceño y no se atrevió a pronunciar palabra.

—Pues es necesario que venga usted a la montaña. Hemos venido por usted—, dijeron con energía.

El párroco apretó las mandíbulas y tragó saliva. El tiempo no era muy a propósito para aquel viajecito. Tampoco se atrevió a dar un no rotundo.

—Lo que tenéis que hacer es ir a vuestras casas y cambiaros la ropa. Luego volvéis por aquí y ya hablaremos más detenidamente.

—Entonces —preguntó Nicolás aceptando las palabras del párroco—, ¿nos recibirá aquí o en su casa?

—Casi, casi... —repuso don Ángel— es mejor en casa. Se hace tarde y siempre os entretendréis por ahí haciendo comentarios.

—Bien—, contestaron los leñadores levantándose para marchar.

El señor cura les acompañó hasta la puerta despidiéndoles con un apretón de manos.

—¡Estos brutos! —exclamó mientras los veía alejarse—. ¿Serán capaces de hacerme subir a la montaña con este tiempecito para una tontería?

Después cerró la sacristía y se dirigió hacia su casa mientras repetía sin cesar: ¡Tontería, tontería!

Cuando los leñadores llegaron a sus casas los familiares se asustaron al verlos, pero pronto se calmó su inquietud al oírles contar lo ocurrido en la montaña. La noticia se corrió por todo el pueblo como la pólvora y la gente empezó a hacer los preparativos para el viaje.

—No hay que precipitarse; antes hemos de hablar con don Ángel —dijeron los leñadores—. Él nos aconsejará mejor.

Había entre ellos quien quería irse inmediatamente, pero los leñadores se opusieron enérgicamente. Irían a hablar antes con el señor cura, como habían quedado. Don Ángel ya les estaba esperando con impaciencia. De primera intención se opuso por las inclemencias del tiempo. Pero al fin le convencieron y una vez logrado su consentimiento prepararon un carro para llevarlo a la montaña. La gente iría andando en procesión. Al atardecer se formó la comitiva. Llevábamos faroles y antorchas. Aquello era imponente. Yo casi tenía tu edad; recuerdo que mi padre cargó conmigo llevándome a hombros. Creo que en el pueblo no quedaron más que los viejos y enfermos. Todos marcharon y hubiera sido imposible impedirlo.

Según nos aproximábamos a la montaña dábamos gritos de alegría y júbilo, rezando a la vez con fervor a la Virgen Carbonerita, como todos la llamaban. Al llegar casi a la cima de la montaña, ya anochecido, se distinguía muy bien algo que brillaba entre las matas.

—Ese es el espíritu de alguna bruja—, se atrevió a decir uno.

—Seguramente es algún cráneo mal enterrado —repuso otro— y fosforea.

Al oír a aquellos incrédulos todos se lanzaron sobre ellos amenazándoles con pegarles por blasfemos e impíos, y de no intervenir el señor cura a tiempo no sé lo que hubiera ocurrido allí.

De pronto Micaela se levantó interrumpiendo la conversación y fue a encender la lamparilla eléctrica que había sobre la mesita de noche. Luego se inclinó y besó tiernamente a Regina.

—¿Pero es que ya has terminado la historia, Micaela...?—, preguntó la niña tomando la mano de la vieja criada y acariciándola con suavidad.

—No, pequeña. Quiero contarte el primer milagro que hizo la Virgencita en el pueblo. Pero luego te dormirás en seguida; de otra manera no podrás levantarte mañana y pasear por el campo.

—Sigue, sigue, Micaela—, suplicó Regina.

—¿En dónde me quedé ..?—, preguntó la vieja criada como si hubiera olvidado de pronto lo que contaba.

—Cuando querían pegar a aquellos blasfemos...

—Es verdad, pequeña —dijo la mujer—; los años me hacen perder la memoria. ¡Esta pobre vieja ya está para poco!

—Tú no eres vieja, Micaela. Eres la más guapa del mundo—, replicó la niña.

La mujer se echó a reír.

—Soy vieja, pero aun recuerdo a aquellos salvajes —añadió—; cuando llegamos a la cumbre parecía que la luna estaba encendida entre las matas de romero, tanto era su claror. El señor cura tomó la medalla y todos nos arrodillamos. El nos la dio a besar. Pasamos la noche rezando el Rosario y cantando himnos a la Virgen. A la madrugada regresábamos al pueblo; cuando llegamos ya era de día. El sol brillaba con fuerza, aunque todo estaba humedecido por la tormenta pasada. Los árboles aparecían desnudos y sus pocas hojas se arrastraban por el suelo.

—¿Y los leñadores...?—, preguntó la pequeña intrigada.

( Continuará )

Olga Bauzá de Lloréns

Noticias

Un franciscano, apóstol de la prensa y víctima de los campos de concentración, va a ser beatificado. — El proceso de beatificación del Padre franciscano Maximiliano Kolbe, que murió asesinado en la guerra en el campo de concentración de Auschwitz, ha sido inaugurado en sesión ordinaria de la Congregación de Ritos. El P. Kolbe nació en 1894 en la población polaca Pabjanica; en 1905, cuando sólo tenía once años, ingresa en el Colegio Seráfico de los Padres Franciscanos de Leopoli, y en 1915, después de sus estudios en Roma, se doctoró en Filosofía y Teología. Fundó la "Milicia de la Inmaculada Concepción" y creó a su regreso a Varsovia, con la colaboración de jóvenes de su Orden, un gran Centro de Prensa Católica. Lo mismo hizo en 1930 en Nagasaki, en Japón. Ambos centros existen todavía a pesar de las grandes dificultades por las que han pasado. Al declararse la última guerra mundial fue deportado a Bulgaria, y después de pasar de prisión en prisión, en 1941 llegó al campo de concentración de Auschwitz. El día 14 de agosto de ese año murió el P. Kolbe. El se había ofrecido voluntariamente a reemplazar a un padre de familia que debía morir junto con los otros nueve en un acto de represalia.

En la Unión Soviética viven 10 millones de católicos. — La Cruzada Misional americana de Cincinnati ha publicado nuevas estadísticas mundiales. Según éstas, el mundo tenía en junio pasado 2.886.700.000 habitantes, de los cuales 527.600.000 son católicos (17 millones más que en junio del año anterior). 10 millones de católicos viven en la Unión Soviética y constituyen el 4'8 por 100 de su población.

Cooperación de la Seráfica Provincia de Valencia a las Misiones populares. — No ha sido pequeña la actividad misionera desarrollada por la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón en lo que va transcurrido del año en curso.

Religiosos de dicha Provincia han misionado el arciprestazgo de Ariza (Zaragoza), en el que están enclavados los pueblos donde nacieron San Pascual Bailón y el Beato Juan Cetina.

También cooperaron a las misiones del arciprestazgo de Torrijos (Toledo) y Baeza (Jaén).

En la misión dada en el arciprestazgo de Albaida, el grupo de misioneros más nutrido fue el franciscano, constituido por 17 Padres, 11 pertenecientes a la Seráfica Provincia de Valencia y 6 a las Provincias franciscanas de Cantabria, Cartagena y Cataluña, correspondiendo 2 a cada una.

Merece destacarse la cooperación de los religiosos de la mencionada Provincia en la misión de Carcagente, dada en mayo por los Padres Jesuítas, en la cual les correspondió misionar en el centro establecido en la iglesia franciscana en dicha población

Últimamente, 8 Padres de la Seráfica Provincia de Valencia han misionado también, durante los días del 23 al 30 de junio, en Madrid, en el barrio de Orcasitas, que tiene unos 30.000 habitantes.

Santa visita regular. — La está girando por los conventos de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón el P. Provincial Fr. José Antonio Arnau, acompañado de su Secretario P. Camilo Jordá. Le deseamos mucho fruto y acierto en el cumplimiento de su delicada misión.

Resonancia del Congreso Nacional de la T. O. en Caspe. — Esta Hermandad tuvo en Madrid una nutrida representación, y ello ha influido para llevar a cabo con mayor rapidez lo que el día 19 de junio tuvo realidad consoladora: la bendición e inauguración de un nuevo salón de actos y recreación u hogar del terciario.

Después de la misa solemne, que con motivo del Corpus del convento ofició el P. Provincial Fr. José Antonio Arnau, asistido de los RR. Padres Buenaventura Escrivá y José Martínez Bonavida, se organizó la comitiva con cruz alzada, seguida de los religiosos, Discretorios de la T. O., terciarios v numeroso público. El P. Provincial, acompañado de asistentes y mónagos, entró en el nuevo salón, instalado en el mismo convento, con las palabras rituales. Terminada la bendición dirigió unas palabras a los asistentes al acto, que llenaban el recinto, encomiando la obra y su iniciativa, tanto más —dijo— cuanto era como fruto del reciente Congreso de Madrid. Sus palabras fueron seguidas con impresionante atención, ya que el P. Provincial, en su breve y densa intervención, manifestó conocimiento perfecto de estas obras sociales. Recogimos de muy buen grado cuantas ideas de organización, desarrollo y encauce es capaz de admitir ((este grano de mostaza)» —dijo el P. Provincial— que con el tiempo y la orientación que le van a dar, pueda ser una auténtica y amplia obra social.

Con la bendición quedó inaugurado y los discretorios ofrecieron a los asistentes aperitivos.

La Rondalla de la T. O., recientemente organizada, ofreció al público, muy particularmente al P. Provincial, una selección de bonitas jotas con estrofas alusivas al acto.

Este nuevo Salón de la T. O. comprende un ambigú; biblioteca, con tres apartados: religión, literatura y franciscanismo; mesas de juego; aparatos de radio y de televisión, con una inicial discoteca selecta. Además —y esto constituye uno de los mayores atractivos— reside en el salón una escuela-rondalla con profesores propios.

La puesta en marcha de estas obras se debe exclusivamente al esfuerzo, trabajo y colaboración de los terciarios, Pía Unión de San Antonio y particularmente a la obra catequística con todos sus bienhechores, a quienes expresamos nuestro profundo agradecimiento.

Por la tarde hubo un hermoso acto de profesiones y vesticiones, en cuya ceremonia ofició el P. Provincial.

Al terminar la procesión de S. D. M., que sobre andas fue llevada por cuatro presbíteros, y concluida con ello la ceremonia religiosa, se ofreció al numeroso público sesiones de cine y de televisión, recreación que, con los refrescos salidos de la nevera, logró hacer el completo del día plácido, alegre y franciscano.

Bibliografía

P. Joaquín Sanchis Alventosa, Definidor General, O. F. M.— Ejercitatorio. Cuatro volúmenes en tela, de 18 por 12. Editorial Litúrgica Española, S. A., Sucesores de Juan Gili. Av. de José Antonio, 581. Barcelona (España).

Este libro, de sólido e interesante fondo e impecable presentación, contiene la teoría y práctica de Ejercicios espirituales y está destinado a la conquista de todas las almas para Cristo; de las almas consagradas a Dios de una manera oficial cuales son los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, y de las numerosas almas del mundo seglar.

Abarca ocho partes distribuidas como sigue:

Felicitamos al P. Sanchis por tan interesante libro, cuya adquisición y lectura recomendamos encarecidamente a los que se dedican al apostolado de la dirección de Ejercicios.

P. Rafael Fuster, Definidor Provincial, O. F. M. Beatos Carmelo Bolta y Francisco Pinazo. 128 páginas de 12 por 17, en rústica. Editor: Tipografía Levante, Blanquerías, 23. Valencia.

Este libro, embellecido con una portada tricolor de estilo moderno y artísticas letras iniciales capitulares del P. José Luis Iriondo, contiene la bien escrita y documentada vida de los misioneros franciscanos valencianos de la Custodia de Tierra Santa, llamada (da Perla de las Misiones»-, martirizados en Damasco-el 1860, Beatos Carmelo Bolta y Francisco Pinazo.

Interesa su lectura a todos los amantes de las glorias franciscanas, principalmente a los hijos del Real de Gandía y de Alpuente, pueblos natales, respectivamente, de los Beatos en él biografiados. Pídalo a Padres Franciscanos, San Lorenzo, 2. Valencia.