Estampas antonianas
V. Martillo de herejes
La meta de los esfuerzos de San Antonio fueron siempre la lucha contra la herejía. El iba valientemente en busca de la oscuridad, no le amedrentaban las tinieblas ni el peligro de lo incierto, sus armas de ataque y defensa eran la cruz y esa palabra evangelista constantemente brotada de su corazón. Y decimos, ¿qué premio puede haber en la conversión de un pecador? ¿Es que acaso el liberado de la esclavitud puede servir a su libertador? Muchas veces, y esto es una triste ley sucedida a través de todos los tiempos, la ingratitud más manifiesta ha correspondido al favor o la gracia.
Sin embargo, he ahí el verdadero mérito del apóstol, del santo que un día y otro se esfuerza porque los hombres abracen el sendero de la virtud. Una labor eficaz y cuya recompensa espera aguardar el justo después de su muerte. Y a esto le empuja su fe, la convicción poderosa de una religión basada en el amor, la certeza en el cumplimiento de unas sagradas palabras que dicen: «¡ Quien salva un alma tiene la suya salvada!»
Pero pasemos a nuestro santo, a analizar los anhelos de un espíritu siempre alerta al ejercicio de la redención. Motivo que busca San Antonio asiduamente en los sermones, conversaciones privadas y públicas y, sobre todo, en el coloquio fervoroso de su espíritu con Dios. Así, dice el propio santo: «Es necesario que la vida del pecador sea toda celestial, en correspondencia con ¡a doctrina que debe enseñar. Su conversación ha de ser siempre pura y ha de encaminar sus esfuerzos a un solo fin: a la salvación de las almas. Debe levantar a los caídos, consolar a los que lloran, repartir los tesoros de la gracia como la nube derrama el agua bienhechora, con perfecta humildad y absoluto desinterés. En la oración ha de tener sus delicias. No ha de perder nunca la memoria de la Pasión, ni en los transportes de la alegría ni en las angustias de la adversidad. Si observa esta conducta, descenderá a él el Verbo de Dios, que es verbo de paz y de vida, y le inundará con sus luminosos rayos.
Sería interminable el número de los pecadores que convirtió, de las llagas espirituales sanadas por su divino contacto, de las almas que aun siendo ya de por sí justas, alcanzó para ellas grados supremos de perfección.
Ya en otro fascículo hablamos del gran poder persuasivo de su palabra, de su facilidad para conmover la conciencia del pueblo, de las dotes oratorias con que se adornaba su persona, y. cuando estas facultades físicas no bastaban para el logro del fin, recurría con la ayuda de Dios a los milagros, a la realización de esos portentos que han quedado como testimonio de la gracia y el poder angélico de un gran santo franciscano. Citaremos algunos para que nuestros lectores tengan conocimiento de ellos.
El primer prodigio obrado por San Antonio en Montpellier fue el siguiente: Se hallaba predicando en presencia del clero y una gran muchedumbre, cuando de súbito le vino a la memoria que había sido encargado para cantar en el coro durante la misa solemne que en aquella misma hora se celebraba en la iglesia del convento, habiéndose olvidado de dar encargo a otro religioso para que le sustituyera. Afligido por esta falta que consideraba una infracción a la obediencia, se apoya en el púlpito, cubre la cabeza con la capilla y se queda inmóvil y silencioso por largo rato, con gran admiración de sus oyentes. Durante este tiempo aparece él entre sus Hermanos, canta el Aleluya y cuanto se le había encargado. Al cabo de una hora se endereza en el púlpito de Nuestra Señora y continúa su discurso con una elocuencia insuperable.
Estupendo es el citado milagro, en el que se pone de manifiesto con qué fuerza poderosa realiza el santo el desdoblamiento, qué hermosa trasplanate sobre el campo de la tierra bendecida, ejemplo convincente de la lealtad de un hombre, un santo varón, que guarda y sigue con rigurosa puntualidad los preceptos religiosos de la Orden.
San Antonio vive y alienta para ofrecer el fruto dulce de sus obras a los hombres, para demostrarles el completo acatamiento a las órdenes de una comunidad, para edificarles con su ejemplo que aun los más santos tienen el ineludible deber de cumplir sin regateos los servicios del Padre.
Por ello, relatar las exquisiteces de su corazón, la virtud de un cuerpo santificado por las penitencias y la oración resultaría tarea excesiva, algo que rebasaría sobradamente los límites de este artículo. Baste saber que San Antonio de Padua se halló siempre pendiente de las órdenes de sus superiores, que a fin de cuentas no eran otras que las encaminadas a dar gloria y poder al nombre bendito de Dios.
F. G. S.
El apostolado seglar franciscano
No se trata precisamente de recordar el patrocinio franciscano a la Acción Católica, según atribución de Pío XI. Ni de limitarnos a evocar el memorable discurso de Pío XII en 1.° de julio de 1956 exhortando a los terciarios franciscanos a que se convirtieran ante todo en una escuela de perfección cristiana integral, dentro de su auténtico y específico espíritu franciscano. Se trata de que, bajo el lema franciscano de restaurar la Iglesia de Cristo, según mensaje expreso de El al Serafín de Asís, este mismo franciscanismo. en la hora presente y en la actuación superviviente de las Terceras Ordenes de aquella obediencia, debe trocarse, a tenor del propio texto pontificio, en una escuela de acción, de acción urgente y denodada para la edificación del Cuerpo de Cristo.
En el magno Congreso Nacional de Ordenes Terceras Franciscanas de las cuatro obediencias existentes en España, celebrado en Madrid a fines del mes de abril último, ^se han podido examinar y actualizar esas vivencias franciscanas en el mundo. Y se ha podido constatar cómo resultaban todavía válidas para la cristiandad de hoy las consignas, el pensamiento, las previsiones de San Francisco de Asís para el laicado. Sobrevive la atracción humana del Santo Poeta de Umbría, visible en la revelación a tantos intelectuales del camino de Roma a través del de Asís, como en el caso de Jorgensen. No se ha empañado el profundo y literal realismo evangélico del Poverello, sancionado en su fidelidad, intrépida y estricta, por el milagro de la Estigmatización. Ni ha dejado de ser vigente el maravilloso ensamblaje de la piedad interior formativa y de la caridad exterior trascendente que impulsó y transfiguró a Francisco y a sus Ordenes en la Italia de su tiempo.
Precisamente nuestro mundo contemporáneo se proyecta cada día más hacia una mayor exigencia en el dinámico activismo apostólico que las circunstancias imponen para no quedarnos atrás en la lucha contra los enemigos comunes. Y la fórmula necesaria para esta hora crucial del universo parece claramente definirse, en lo social-cristiano que informa tantas realidades substanciales y fecundas, naturales y sobrenaturales de nuestros días, por la idea de renovar (de nuevo) r\ mundo en el Cristo vivo, según el concepto paulino. San Pablo, en efecto, como presagiando el advenimiento de Francisco y de su hálito arcangélico, en su segunda Carta a los Corintios (II, 15) nos señala como norma y misión de los cristianos (ahora diríamos de los apóstoles seglares) el ser para Dios y el dar entre los hombres, así entre los que se salvan como entre los que se pierden, el perfume de Cristo en la tierra.
Desde Honorio III a Juan XXIII veintiséis Papas han proclamado la idoneidad del módulo franciscano para el ejercicio de la perfección cristiana en el mundo. En la carta colectiva que los cuatro Padres Generales de las Ordenes Franciscanas dirigieron a sus terciarios en 17 de septiembre de 1951, tales Superiores establecían para esta clase de apostolado que, sin ser propiamente una dimensión de vida religiosa estricta, recogía canónicamente sus ventajas, un tríptico psicológico de deberes: una profesión por la que moralmente el laico queda consagrado a Dios; una regla que le mantiene en la disciplina religiosa dentro del mundo; un espíritu que le eleva y le atrae y acerca hacia la altura de la santidad. Y desde Dante hasta Contardo Ferrini, desde los Reyes hasta los Papas, desde los Fundadores hasta los conversos, la fórmula franciscana ha logrado su objetivo en centenares de casos relevantes que constituyen columnas de la historia de la Iglesia.
En medio de lo que Rimbaud llamaría nuestra vida rabiosa, trepidante, alocada, el remanso de paz activa del franciscanismo como lema de «inquietud aquietadora», como podría denominarla Maragall, tan homenajeado por estos días y en este año en Barcelona, resulta, acaso, la sola terapéutica, el único antídoto de valor verdaderamente probado. Porque, como sugiere Deltell, en un notable ensayo literario libre aparecido en este mismo año 1960, es posible que no alcancemos a cambiar el mundo con nuestras solas fuerzas, incluso con palancas tan divinamente eficaces como el apostolado seglar franciscano. Pero sí que podemos, nosotros y quienes nos sigan, cambiar de mundo, es decir, ahincarnos, afianzarnos, atrincherarnos en ese otro mundo, distinto, opuesto al de hoy, creado por Francisco dentro de un espacio y de un tiempo, cuyos estallidos bélicos, con menor extensión quizá, pero no con menor intensidad, removieron a la Europa de su siglo.
Sólo así podremos tener la limpieza de alma, la serenidad de conciencia, que nos permitan, como a Francisco, ser santos cantando y abrazando al mundo entero con ansia de amor y vocación de redención. Cantando, con el poeta de Umbría: «Loado seas, Señor, a causa de todas las criaturas», porque en cada una de ellas fulgura, a veces ensombrecido o desfigurado, el sello paternal de la Providencia que nos envuelve, que se nos inclina, que nos recoge, hasta que, creadas para El, como dijo San Agustín, hallemos en El el descanso salvífico y eterno.
Octavio Saltor
—