Tierno San Francisco en la contemplación de la humanidad de Cristo, bailaba de gozo ante las escenas de su nacimiento. Belén fue imaginada por él cuantas veces celebraba en su día el misterio. Por fin proyectó su reconstrucción escenográfica para ayudar el recuerdo anual con los detalles históricos, aproximándose a la arqueología del lugar y vestuario.
Reprodujo al vivo un establo con pajas, Virgen y San José, mula, buey y cánticos celestiales. Estos sonaban en su corazón con la estereofonía del día real y de la hora precisa del divino alumbramiento. Su corazón, vacío de tierra, estaba henchido del gran pensamiento de continuar siendo el pregonero del divino Rey Niño, que vino al mundo a traer sencillez, bondad, redención, santidad, salvación, gozos inefables, entronizando la abnegación, el dolor, abrazado a la cruz desde su primer momento.
San Francisco, ¡cómo no había de retozar como un corderillo de contento contemplando los seres vivos de aquel dulce drama que Dios hecho Niño ofrecía a la humanidad! Gozoso, se compenetró con El, desterrando de su corazón toda malicia, haciendo proverbial su sencillez sin mancha. Vio a la Virgen y se creyó Ella, viendo a la pureza inmaculada con que se abrazó desde el día de su sincera conversión. Se fijó en San José y ambicionó su condición, sin perturbarse de sensualidad, contemplando el parto misterioso.
San Francisco en Greccio
No le estorbaban para esto el coro de bestias que con sus vahos caldeaban el tugurio del establo aquel, escenario adecuado de la pobreza, por la que tanto suspiraba. Desposado con ésta, la amaba y la quería en todas partes al natural, como supo plasmarla Dios en el nacimiento de Cristo; ella era el vacío del sentido para no estorbar la razón de adorar el gran dogma.
San Francisco en su plasmación belemita, que hizo personal con su elevación ideal y hermanado con los seres irracionales en la adoración del Niño Dios en su Nacimiento vivo, reproducido plásticamente en todo el mundo los días de Navidad, ha dado la gran lección de hombre redimido y hecho en persona el gran agradecido. Se ha incorporado al Cristo total. Vive de veras a Cristo. Le pregona con todas sus potencias y sentidos. Se ha hecho amor con El.
¿No había de ser galardonado con el estigma de las llagas? Con ellas en su cuerpo se hizo el gran caudillo dechado de almas elegidas. Mereció ser presentado a los hombres como el hombre más semejante al Corazón de Jesús.
Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Estelas alcantarinas
San Juan José de la Cruz
IV.
En la escuela de los santos
La Orden Franciscana, en medio de los revuelos del protestantismo, sentía vivos anhelos de santificación. En todos sus claustros se vivía la estrecha pobreza de los días del Bienaventurado P. San Francisco, y sus hijos ardían en deseos de una condigna y generosa reparación al divino Redentor, traicionado por tantas almas alistadas en las filas de la herejía protestante.
San Pedro de Alcántara, canonizado en 1669, había ya obtenido en España conquistas triunfales, y los nombres de sus mejores seguidores, como San Pedro Bautista y compañeros mártires, Beato Juan de Prado, San Pascual Bailón, Beato Andrés Hibernón, consolaban al mundo católico con sus fulgores de santidad. Sólo habían pasado ocho años de la reforma alcantarina cuando nuestro Fr. Juan José había ingresado en la Orden. El solitario convento de Santa Lucía del Monte, dependiente de la Provincia monástica de Granada, era una fiel expresión de la reforma del Santo del Pedroso.
Tres meses después de la vestición del hábito del joven novicio Fr. Juan José, el 30 de septiembre de 1670, con un breve del Papa Clemente X se constituía la primera Provincia alcantarina de Italia, formada por el convento de Santa Lucía del Monte, al que se le agregaron los reformados de Lecce, Squinzano, Grumo y Atripalda.
Fray Juan José no salía de su asombro al verse en aquella escuela de santidad. Cuando escribirá a sus familiares les dirá «que es necesario agradecer a Dios la inmensa gracia que le ha concedido de encontrarse en medio de aquellos siervos; que se encuentra en una casa en donde la oración y la penitencia son cosas jamás vistas; había encontrado su paraíso. Aquí —concluirá escribiendo— no se quiere, como el mundo desea, gozar para padecer, sino, como anhela mi alma, padecer para gozar.»
En realidad aquellos dignísimos frailes, entre los que sobresalían los Padres Fr. Juan de San Bernardo, Fr. Bartolomé de la Concepción, Fr. Andrés Mesías, Fr. Carlos de las Llagas, Fr. José Robles, Fr. Francisco de San José, Fr. Pedro del Crucifijo, observaban una vida de singular y extraordinaria austeridad.
Sólo se les veía en la ciudad con motivo de su ministerio apostólico, y su comportamiento, inspirando compunción, hacía pensar en el cielo.
Fr. Juan José Baydal, ofm
Ingenio de la gracia
Un santo que se disfrazó de mujer...
El hecho ha sido evocado por el venerable sacerdote romano Pirro Scavizzi en La Madonna.
Sucedió en los días en que ejercía su apostolado en la Obra de Ponterotto dedicada expresamente a preparar a los mozalbetes para la primera Comunión y para la Confirmación, mediante la práctica adecuada de Ejercicios espirituales, el eximio sacerdote Vicente Pallotti, hoy en la gloria de los altares.
Se enteró el buen hombre de Dios que en una casucha del Trastévere languidecía de tuberculosis un mocetón de treinta arios, conocido anticlerical, irreductible a la fe; tanto que había amenazado matar al cura que se acercase a su camastro.
Blasfemias y palabrotas eran su lenguaje de dolor, y así todos tenían reparo en llegarse a él.
Y como el pobre hombre no quiso ir al hospital ni tenía familia alguna, le atendía por caridad, sobre todo por la noche, una buena vieja para evitar que se quitase la vida en un acto de desesperación.
Un buen día Pallotti, habiéndose enterado que aquel joven había hecho en Ponterotto los Ejercicios para su primera Comunión, quiso intentar convertirlo.
Para conseguirlo mejor propuso a aquella anciana que le prestase sus ropas de mujer, y él mismo, disfrazado así, sustituyó a la viejecita en la asistencia de aquella noche.
* * *
Eran las altas horas de la noche; todo silencio en la callejuela trastiverina.
Llegó la seudovieja a la casucha, saludó en voz baja al enfermo y le dijo que su compañera de otras veces no había podido venir.
Después de atenderle un poco y de arreglarle algo la habitación le preguntó si tenía inconveniente en dejarla rezar en voz baja el Rosario sin molestarlo.
Sacó entonces una estampa de la Virgen de Ponterotto, la puso sobre la mesilla junto a la lamparita de aceite que alumbraba el escuálido ambiente; luego se puso de rodillas con el rosario entre las manos y comenzó a rezar como saben rezar los santos.
El joven, a la vista de aquella imagen, dio un salto en su pobre camastro.
—¿Se siente mal?... ¿Quiere alguna cosa?
—No, no quiero nada.
El rosario se desgranaba lentamente entre los dedos de la anciana camuflada.
El enfermo suspiraba fuerte, se agitaba, miraba fijamente a la estampa iluminada y lloraba...
—¿Qué le pasa? ¿Puedo ayudarle?
—No, usted no me puede ayudar. ¡Oh, si estuviese aquí uno de aquellos sacerdotes de Ponterotto!
—¿Queréis un cura?
—No uno cualquiera, porque aborrezco a los curas, sino uno de Ponterotto.
—¿Y por qué precisamente de Ponterotto?
—¿Pero usted, buena vieja, no conoce aquella Virgencita?... ¿No ha visto nunca la capilla de Ponterotto?
* * *
Luego, entre suspiros y sollozos, el pobre hombre contó su historia, dijo que había hecho los Ejercicios en Ponterotto y que llorando había prometido a la Virgen, delante de aquella su hermosa imagen, ser bueno. Luego, fuera, había renegado de la fe, volviendo a la vida de pecado, blasfemando y odiando a los curas y a la Iglesia. Y que ahora, sintiéndose morir, tenía miedo de condenarse; pero que aquella imagen había vuelto a tocarle el corazón. Se confesaría solamente con un cura de Ponterotto.
La misteriosa «viejecita», segura ya de la victoria de la Virgen, se animó y quitándose el pañolón de la cabeza reveló al estupefacto joven la propia realidad.
—Soy yo, precisamente yo, un sacerdote de Ponterotto y sabía que la Virgen de Ponterotto te salvaría, porque tú no tienes madre y Ella es tu Madre.
La confesión y Comunión del muchacho convertido selló el edificante episodio, y lo concluyó el mismo día la Extremaunción y la recomendación del alma.
El joven besó por última vez en la tierra la imagen de la Virgen y murió sereno en los brazos del santo cura de Ponterotto Vicente Pallotti, que se atrevió a disfrazarse de mujer para salvar el alma de un hombre descreído, desesperado, abandonado de todos, encallecido en el vicio.
* * *
La gracia tiene sus razones que la razón no comprende. Unos Ejercicios, una mirada, unas avemarías, pueden dar la clave del misterio cuando anda de por medio la misericordia de Dios, la bondad de una Madre y el ingenio de un santo.
Estampas antonianas
VII. Reflejos de la vida de un santo
Siguiendo con la enumeración de todos cuantos prodigios obrase San Antonio, será interesante evocar otros de los milagros más salientes en la vida de este gran santo. Para ello, para aspirar una vez más los siempre vivos aromas de aquellos sobrenaturales portentos obrados por el angélico siervo de Dios, hoy vamos a recordar unos cuantos, escogidos al azar, y que habrán de servir como testimonio de la gloria del bendito Antonio.
Cuentan las crónicas que en cierta ocasión se le presentó un desgraciado pecador, tan conmovido por el dolor de sus culpas, que por más esfuerzos que hacía le resultaba imposible incluso el confesarlo. Su voz se entrecortaba por los sollozos y una honda aflicción le embargaba el espíritu. Miraba al Santo con ojos suplicantes, y las manos encallecidas, temblorosas por tanto abrazarse a lo ilícito, se extendían hacia el religioso con un ademán de suprema angustia. El Santo le miró y al acto comprendió la lucha de aquel corazón arrepentido, su anhelo sincero de redención.
Por ello le ordenó San Antonio dulcemente que volviera a su casa y allí, en la paz recoleta del hogar, penetrando en la profundidad del error, desarticulando sus tenebrosos tentáculos, fuese el hombre escribiendo en un pergamino todas y cada una de las culpas que afligían su corazón. Así lo hizo el penitente, el cual, volviendo al poco rato en busca del Santo le presentó aquella singular relación de pecados. Lo recogió el Santo en las manos, y conforme iba leyéndolos era como si una mano invisible fuese borrando las faltas contenidas en el pergamino, hasta que al finalizar la lectura quedó como si nada se hubiera escrito en él.
Otro portento de extraordinaria singularidad es el siguiente: En cierto pueblo se hallaba una mujer preparando el baño para su hijo cuando oyó decir que llegaba San Antonio a aquella localidad. La mujer, presurosamente, se levantó corriendo para verle y oírle, y tanta fue su precipitación que, sin saber cómo, metió a su pequeñuelo en una caldera de agua hirviendo, en vez de introducirlo en el baño de agua tibia que a tal efecto tenía preparado. Al volver del sermón tuvo como una advertencia de su error, y abnegada en llanto corrió al hogar lanzando lastimeros quejidos. Sin embargo, su sorpresa no tuvo límites cuando contempló a su hijo en la caldera del agua hirviendo feliz y sonriente, sin la menor quemadura ni lesión de clase alguna.
Otro milagro de similares características nos lo refieren los biógrafos del Santo de la siguiente manera: Una mujer que volvía de oír una instrucción dada por el apóstol del Lemosín halló muerto a su hijo en la cuna. Júzguese cuán acerbo sería el dolor de esta desdichada madre y desesperación ante este doloroso e imprevisto accidente. No obstante, en medio de su desolación, iluminó su mente un rayo de esperanza: ¿Por qué el Santo —se dijo— no me ha de devolver vivo a mi hijo? Retrocede, pues, y se llega a la presencia del taumaturgo deshecha en llanto, pero llena de confianza suplica así al Santo: «¡Ten piedad del dolor de una madre!» «¡Vete —le replicó el virtuoso siervo de Dios—, el Señor tendrá piedad de ti!» La mujer creyó en tal palabra, y a su vuelta encontró a su hijo lleno de vida, fresco y sonrosado, jugando con unas piedrecillas.
Hechos singulares, que vienen a demostrar la virtud de un santo cuya virtud le encumbró en las cimas de la inmortalidad.
Conocía muy bien San Antonio las tretas y añagazas del maligno espíritu, y las despreciaba como convenía. Tanto es así, que una tarde, después de completas, mientras hacían oración sus religiosos, vieron que una partida de bandoleros talaba los campos de< un insigne bienhechor del convento. Avisaron inmediatamente al Santo, pero éste, con suma paz, les dijo: «Tranquilizaos, esto no es si no un artificio del demonio, que os quiere apartar de la oración y presencia de Dios.» Al día siguiente, conforme a la advertencia del Santo, vieron con estupor los frailes que todo permanecía intacto: campos, árboles y mieses.
Por ello quizá cada vez que San Antonio predicaba se congregaba en su torno gran cantidad de auditorio. Se llenaba hasta rebosar los templos y en infinitas ocasiones tenía que predicar al aire libre. A tal efecto nos viene a la memoria el prodigioso hecho ocurrido en la plaza de Arenes un día en que San Antonio dirigía uno de sus acostumbrados sermones. De súbito se amontonan las nubes, truena espantosamente, relampaguea y parece incluso venirse el cielo abajo. Asustada la gente, inicia un movimiento instintivo de huida; sin embargo, el Santo les detiene gritando: «No temáis que la lluvia no os tocará.» Y así fue, en efecto, llovió copiosamente en lo restante de la ciudad, pero en la plaza de Arenes no cayó una sola gota.
Era la potestad concedida por Dios a San Antonio de poder incluso mandar en los elementos; la gracia que se manifiesta abiertamente para sorpresa de incrédulos y consuelo de creyentes. Porque San Antonio era y es capaz de obrar los más inconcebibles portentos, por ser un espíritu puro y,estar en todo momento impregnado de la gracia y poder de Dios: un alma plenamente envuelta en santidad.
F. G. S.
Nuestro Arzobispo ha sido nombrado asistente al Solio Pontificio
Según título expedido en Roma por S. S. Juan XXIII, el Excmo. y reverendísimo D. Marcelino Olaechea y Loizaga, Arzobispo de Valencia, ha sido nombrado asistente al Solio Pontificio.
Esta alta distinción, reservada a un corto número de dignidades que han contraído méritos especiales con la Iglesia católica, se le concede a nuestro prelado al cumplir el veinticinco aniversario de su consagración episcopal, merecedor —dicen las letras pontificias— de recibir en esta ocasión público testimonio del singular aprecio y benevolencia que el Vicario de Jesucristo le profesa por el esfuerzo y acierto demostrados en el cumplimiento de sus deberes episcopales.
La Acción Antoniana felicita cordialmente a nuestro Arzobispo por tan alta distinción y por el XXV aniversario de su consagración episcopal.
Misión del «Gran Buenos Aires»
Con motivo de la celebración de los 150 años de la independencia de la Argentina y del centenario de la reanudación de las relaciones diplomáticas de su Gobierno con la Santa Sede, los señores Obispos de todo el Gran Buenos Aires, con el Emmo. Cardenal Antonio Caggiano, Primado de dicha nación, y el Excmo. Nuncio de Su Santidad, decidieron que la Iglesia católica se asociara a los actos conmemorativos de tan faustos acontecimientos con una Misión de proporciones gigantescas en el Gran Buenos Aires, centro y corazón de toda la América latina, con el fin de elevar y renovar el espíritu religioso decaído allí por la falta de clero y por una infiltración comunista muy considerable, sobre todo en las universidades argentinas, en la masa obrera, en el ambiente cultural argentino de la prensa, radio, cine, televisión, música y teatros populares.
El «Gran Buenos Aires» abarca tanto la capital federal, el propiamente Buenos Aires, como las poblaciones que circundan a la capital, formando una inmensa ciudad de cerca de 8 millones de habitantes, con las diócesis de La Plata, Lomas de Zamora y San Isidro, Mercedes y Morón.
Con la idea de misionar al mismo tiempo en dos mil centros: iglesias, colegios, teatros, mercados, estaciones, fábricas, etc., se consideró necesaria la cifra de 2.500 misioneros. Para la preparación de la Misión se escogieron 12.000 especializados, y ante la escasez de personal para la predicación se pidió la ayuda de otras repúblicas sudamericanas y del clero español, y los Excmos. y Rmos. Obispos de España y la Confederación de Religiosos Españoles reclutaron 700 sacerdotes, mitad seculares y mitad regulares, quienes se trasladaron a la Argentina entre el 25 de agosto y 8 de septiembre de 1960.
Casi todas las Ordenes religiosas y Congregaciones existentes en España estuvieron representadas en esta gran Misión, pero las que más misioneros han aportado son: los Paúles, 28; los Claretianos, 34; los Dominicos, 36; los Redentoristas, 43; los Jesuítas, 51, y los Franciscanos, 52, a los que se agregaron otros 56 franciscanos residentes en la América latina. La Seráfica Provincia de Valencia y Aragón aportó nueve sacerdotes, —cuyos nombres ya se publicaron en nuestro número del pasado septiembre—, uno de los cuales, el P. Joaquín Ribes, en el boletín Paz y Bien de noviembre, relata como sigue el desarrollo de la Misión:
«Después de unas reuniones preliminares para ambientar a los misioneros, el día 24 de septiembre dio comienzo la Gran Misión.
»Como movidos por un resorte, 2.400 misioneros predicaban a la vez la Palabra de Dios en 1.200 Centros de misión y en los hospitales.
»Miles de niños y centenares de enfermos recibían pocos días después el sacramento de la Penitencia y el Cuerpo Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo.
»E1 1.° de octubre dio comienzo la Gran Misión General para todos.
»La llegada de la Virgen de Luján, Patrona de Argentina, traída apoteósicamente por primera vez en la historia a la capital de la República, constituía el primer acto de esta Gran Misión. Fue algo maravilloso. Catorce obispos, más de dos mil misioneros, fuerzas de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, Autoridades de la nación y de la ciudad, con su Intendente (Alcalde) al frente, y muchos miles de argentinos saludaban con sus pañuelos a la bendita y querida Patrona. La inmensa plaza de Mayo era pequeña para contener a la multitud. Teníamos la seguridad de que la Virgen de Luján haría la Misión.
»E1 día 2 comenzó la predicación misional; el ambiente religioso de la ciudad nos parecía ahora frío. El tiempo lo estaba también, y la lluvia que caía ese día constituía un verdadero contratiempo. Poco a poco, a medida que el tiempo mejoraba, el fervor religioso se caldeaba, y al final de la primera semana la Misión se palpaba por todas partes.
»En la segunda semana el trabajo misional aumentaba: actos públicos, conferencias especiales, administración de Sacramentos, visitas y Comunión a los enfermos, etc., juntamente con los actos programados para la Misión, llenaban casi todas las horas del día y algunas de la noche.
»¿Se ha conseguido mucho fruto? Cada misionero puede solamente tener idea de su propio centro misional.
«Sabemos que Dios ha trabajado en las almas y que muchos han dejado trabajar a Dios.»
Cordial felicitación a nuestros misioneros por su fecunda labor apostólica en la Misión del «Gran Buenos Aires» y por su feliz regreso a nuestra patria.