El milagro del «mocadoret»
Entre los milagros realizados —según la tradición— por San Vicente Ferrer en Valencia, figura el milagro del mocaoret. Predicando en la plaza del Mercado interrumpe el sermón para anunciar que a poca distancia de allí había una familia indigente que necesitaba urgentes socorros. Y para indicar a sus oyentes, ansiosos de ir a socorrerla, el lugar donde se alojaba, suelta su pañuelo al aire y les dice: «Seguidle»; el mocaoret, flotando, recorre callejuelas angostas y se introduce por una ventana en una pobre buhardilla. Penetran en ella los seguidores y contemplan allí, efectivamente, el cuadro de miseria descrito por San Vicente: una viuda con tres hijos que estaba a punto de desfallecer. Ejercieron con ellos su caridad y la ciudad adoptó a sus pequeñuelos.
Dios, que había dado a San Vicente el poder de penetrar los espíritus, también le concedió el de conocer las necesidades de sus pobres. Y para socorrerlos hace un milagro si es necesario, como lo hizo en esta ocasión.

Con motivo de celebrarse en abril la fiesta litúrgica de San Vicente Ferrer, Patrón principal de reino de Valencia y su diócesis.
Ascendit
Alba de Resurrección, alba florida, en la que el lirio mustio en la cruz recobraba lozanía. Amanecida primaveral en la que el Triunfador de la muerte y del pecado se levantó con gloria como Rey de majestad, en coronamiento espléndido de su empresa divina, en el momento más emocionante del drama grandioso de su vida terrena. La elocuencia del sepulcro vacío va rindiendo rebeldías, porque el sol glorioso de la Resurrección va dejando mucha luz en los espíritus. Razón tiene Boulanger al afirmar que la vida de Jesús y la propagación del cristianismo no podrían explicarse por leyendas.
Pasados cuarenta días ha llegado la hora de recibir el premio de sus combates y los honores del triunfo. En aquella hora cómo resonarían en su Corazón los ecos de los treinta y tres años de su vida mortal. Cuántos episodios desde la Nochebuena de ángeles y pastores, de lumbradas cegadoras y melodías inefables. Treinta y tres años resonantes de sentido amoroso, de amores infinitos. Aquellos horizontes conocidos, aquel paisaje dulce de los montes de Galilea, aquellas cumbres de los montes de Samaría, aquellas nieves del Hermón, aquellas umbrías recogidas del Jordán, aquel lago poético, escenario de tantos eventos inmortales... Cafamaúm, Betania, Cesárea, Jericó, todo reverdecía en su mente, todo persistía en sus ojos y en su recuerdo. Las tierras verdes de vides, trigales y olivares que le sugirieron las églogas parabólicas de la vid, el sembrador...
Pero, sobre todo, aquellas intimidades con los suyos, cuando en coloquios encantadores traducía la hermosura de su espíritu: que siempre dieran la paz al entrar en una casa; que pidieran más obreros para la mies; que se amaran como El les había amado... Y ahora todo iba a terminar, porque ascendía rodeado de un nimbo de gloria, envuelto en una nube resplandeciente que le ocultaría robándole a las miradas de los suyos.
Desaparecido, nosotros le seguimos todavía como los discípulos. Nos alegramos que entre en el reposo eterno de la gloria y se siente a la diestra del Padre, en la adoración de los ángeles y de los justos. Mas el sol de sus verdades nunca se pondrá, las huellas hondas de sus ejemplos nunca se borrarán y la Hostia pura que le contiene nunca nos faltará. Su cruz será el mote heráldico más glorioso, su sepulcro lugar de cita de millones de adoradores oriundos de todas las latitudes. Y aunque haya excedido las alturas imponentes de los cielos, nosotros un día le alcanzaremos, que nos ha dejado promesas de gloria.
Sabemos los caminos de Cristo. San Agustín los señala con el punzón certero de su ingenio en el mapa de la economía de la salvación: «Cum Christo nullam vitiurn ascendit.» A los pórticos de la gloria no llegan las gentes que andan caminos de soberbia hinchada, de lujuria vergonzosa, de avaricia desmedida. A los pórticos de la gloria llegan los que no consideran la tierra como ciudad permanente, sino como palenque de lucha al que bajan con el signo de Cristo.
Herourn taceat gloria fatilis. Nunca un vencedor fue honrado con pompa tan triunfal. Por eso vosotros, los héroes de la vida, los descendientes de la cruz, los que fomentáis la tendencia del alma hacia las cumbres para hallar la satisfacción del eterno afán, entonad los cantos triunfales de la esperanza en Cristo que fue a prepararnos un lugar, y así dominaréis los clamores estridentes del mundo. Seguid mirando al firmamento azul que se arquea sobre la vida invitándoos a los destinos eternos. Recordad lo del poeta:
«Sé que para el peregrino
que gusta el placer divino
de padecer de amores
las espinas del camino
se van convirtiendo en flores.»
«Ah, si los cristianos nos diéramos cuenta —exclama León Bloy—. Andaríamos siempre en pos de Cristo y entonces nuestra vida, sublimada por la acción virtuosa, teniendo en cuenta que nuestra existencia es un presente y un futuro, lo presente pasa, lo futuro queda, procederíamos como el labrador que da por bien empleados los sudores y trabajos de la sementera pensando en la mies copiosa que llenará sus trojes.»
Muchas veces están manchados los cristales y por eso no pasa la luz. Nunca os dejéis fascinar con equívocos, como los pájaros con los espejos y las mariposas con las luces; se quemas las alas, caen y tienen que arrastrarse por el suelo las que tenían alas para volar.
Ah, si los cristianos nos diéramos cuenta. Qué frase más grande entre las muchas grandes de Santa Teresita: «¡No me arrepiento de haberme dado al Amor!» Vosotros, los nuestros, los que me seguís en mi lenguaje, meditad aquel dicho del poeta indio Tagore: «La hierba busca la muchedumbre en la tierra, el árbol su soledad en el cielo.» Cuando miréis al cielo, decid: «¡Por allí se fue, por allí nos espera!»
Vicente Monroy Alacuero Redentorista
El hurriquito de oro
Fray León, con las alforjas al hombro y un tosco cayado en su diestra, caminaba cansino y gozoso pensando en la belleza panorámica que se ofrecía ante sus ojos, así como en la grandeza con que Dios había sabido dotar aquella región encantadora de tonos tan atractivos y sugerentes que inducía al espíritu a meditar en la grandeza del Señor. Igualmente en una mañana de invierno fría y lluviosa que otra de verano de sol reluciente y calcinante, cruzaba los montes, atravesaba los arroyuelos, saltaba los barrancos y caminaba por polvorientas carreteras pidiendo limosna para sus frailecitos.
Aquel hombre era un héroe; hacía muchos años que recorría los pueblos de aquella comarca y lo mismo los ancianos que los jóvenes le conocieron ya viejo, notándose a pesar de su edad que seguía vigoroso y fuerte.
Fray León tendría ya más de noventa años. Pero él, con su aspecto alegre y retozón, solía responder cuando alguien le preguntaba la edad que tenía:
—Os aseguro que aún no he cumplido los quince años.
—¡Pero si hace tanto tiempo que le conocemos, Hermano!—, exclamaba la gente.
—Mi Juan aún era un jovenzuelo cuando usted apareció por estas tierras—, dijo una mujer.
Entonces el Hermano limosnero, acariciando su barba larga color ceniza, retorciendo los labios con una mueca y guiñando sus ojos azules, respondía:
—¡Pero es posible que aquel mozalbete esté hecho ya un viejo y yo cada vez más joven! Esto parece cosas de brujas.
La gente reía aquellas travesuras del fraile, que le servían a ellos de distracción y recreo, y después le conducían afectuosamente al corral en busca de unos huevos o alguna gallina. Otros le invitaban a ver el rebaño y mostrándoselo le decían:
—Mire, Hermano, aquella cabra pinta pronto parirá y uno de los chotos será para usted; así tendrán carne los frailes para los días de Pascua.
—Pues caerá como una bendición del cielo, hijita —contestaba el Hermano—. ¡Hace ya tanto tiempo que mis frailes no prueban la carne tierna de cabrito!
Mientras tanto en el interior de otras casas preparaban secretamente un saquito con un poco de arroz, azúcar, harina y patatas para cuando llegara el Hermano alegrarle con nuevos obsequio».
—Tenga, Fr. León, cómase este trozo de torta de almendras.
—Bébase este vaso de leche.
Pero Fr. León unas veces aceptaba y otras rehusaba, diciendo con dulce sonrisa:
—No, no; hoy no puedo complaceros, hijas, y no me tentéis que es día de ayuno para mí. Dejadme marchar, ya me habéis dado bastantes limosnas; guardar, guardar un poquito para otros pobres religiosos que también necesitan de vuestra ayuda.
Y haciendo un gran esfuerzo cargaba con su alforja al hombro sin poder ocultar su alegría. Pero apenas llegaba a las afueras del pueblo los chiquillos que le divisaban corrían todos en tropel a su encuentro.
—¡Fray León! ¡Fr. León! —, gritaban alegres mientras rebuscaban en el bolsillo del pantalón para sacar unos céntimos.
—Tenga, Hermano, estas perras para que las eche en los cornijales de las sarrias del burriquito de oro de San Francisco.
—¡Ah! —exclamaba el fraile limosnero sonriendo emocionado—. ¡Qué contento se pondrá nuestro P. San Francisco cuando yo le entregue vuestro dinero! El que da a Dios una limosna recibe tres favores de su mano...
—¿Falta aún mucho, Hermano, para que se llenen los cornijales de las sarrias?
—La del lado izquierdo ya está completa; a la otra le falta para llenarse unos tres dedos—, contestaba el fraile señalando con los dedos el nivel aproximado del dinero.
—¿Tardará mucho aún para que se llene, Fr. León?—, preguntaba con gran interés y preocupación Miguelito, uno de los muchachos del grupo.
—Eso depende de las limosnas que quieran darme—, repuso el fraile acariciando el rostro del niño.
Entonces Miguel, volviéndose con energía miró indignado a su amigo Ramón que estaba a su lado silencioso, y dijo:
—Por ti, por tu culpa, que eres un tacaño, hereje, no están ya llenas las sarrias del burriquito de oro de San Francisco.
Ramón quedó absorto sin poder pronunciar palabra alguna.
—¡Oh! —exclamó Fr. León poniendo
una mano sobre la boca de Miguel para cortar las palabras—, Ramón no es un hereje, muchacho él es cristiano como vosotros. Un día sintió correr igual que tú sobre su tierna cabecita el agua de la pila bautismal. El quiere mucho a Dios y a la Virgen, ¿verdad, Ramón?
El muchacho movió afirmativamente la cabeza, y avergonzado y con las orejas coloradas iba a echar a correr, cuando Fr. León le asió fuertemente de un brazo.
—No te marches, muchacho —ordenó el fraile mirando el rostro de Ramón en el que veía su esfuerzo por dominar el llanto—. Yo no puedo marcharme sabiendo que tú estás triste. Miguel te pedirá perdón, pues a mí me gusta veros alegres y juguetones y pensad también que la Virgen desde el cielo llorará al ver que estáis enojados.
Miguel miró a hurtadillas al fraile; luego se acercó indeciso a Ramón y con las mejillas enrojecidas dijo obedeciendo:
—Ramón, perdóname por haberte ofendido; yo no sabía muy bien lo que significaba hereje.
Ramón durante un instante vaciló; él había sopesado las palabras de Miguel como muy ofensivas y se sentía herido. Casi sin atreverse levantó la vista para mirar al Hermano limosnero antes de tomar una resolución, pero era tan tierna y cariñosa la expresión de los ojos de Fr. León que Ramón abrazó impulsivamente a Miguel.
El fraile sintió que una gran emoción oprimía su garganta y las lágrimas pugnaron por asomar a sus ojos.
—¡Fray León está llorando!—, dijo uno de los muchachos.
Sorprendido el fraile por la expresión del niño, repuso con voz temblorosa:
—No lloro, hijo, es que me pican los ojos—, y sacando el pañuelo se frotaba los párpados.
En el reloj de la iglesia sonaron las once; Fr. León, cargando las alforjas a la espalda, dijo:
—Tengo que marcharme, si no Fr. Ambrosio me cerrará las puertas del convento y me quedaré en la calle.
Entonces los muchachos, agarrándose fuertemente al blanco cordón del hábito franciscano le besaron sin cesar. Fr. León oprimió contra sí todas aquellas cabecitas y llorando emocionado marchó con el corazón oprimido.
Durante todo el camino no pudo apartar de su mente a Ramón. Recordaba que solamente una vez había recibido del muchacho una limosna de diez céntimos, mientras que sus compañeros, más espléndidos, entregaban cuantos ahorros tenían para el burriquito de oro de San Francisco. Ramón, taciturno, observaba aquel acto de sacrificio de sus amigos, pero jamás se le ocurrió imitarlos.
No cesaba Fr. León de cavilar cómo lograría el hacer más dadivoso aquel tierno corazón, y se preguntaba también:
—¿Qué ocultará en su mente Ramón, que no tiene valor para hacer un pequeño sacrificio? ¡Qué sentimientos eran los suyos que no dejaba brotar la generosidad en su corazón!
Ramón, como todos los niños, conocía la historia del burriquito de oro. Fue en uno de aquellos recorridos que hacía fray León por los pueblos cuando encontró en un montón de basura un burriquito de cartón, roto y sucio.
—¡Pobrecito! —exclamó el fraile limosnero acariciando el juguete—ya no te quieren porque ya estás deteriorado e inservible. Pero yo te llevaré conmigo, arreglaré tu patita rota, quitaré la mugre de tu lomo y le daré brillo a tus ojos azabache—, y recogiéndolo del suelo lo metió en las alforjas.
Fray Ambrosio, el Hermano portero, cuando vio entrar a Fr. León con el juguete, dijo burlón:
—¡Ay Hermano León, volvemos a la niñez; por eso dicen que los años hacen niños a los viejos!
Pero Fr. León no se enfadó por las palabras del Hermano portero, todo lo contrario; con gran paciencia pegó con engrudo la patita rota del burriquito, lo pintó y después con esparto hizo unas sarrias. Fr. Ambrosio cuando lo volvió a ver de nuevo quedó maravillado. Después, alegre como un niño, Fr. León se lo entregó al Superior, diciéndole:
—Padre, en estas sarrias depositaré yo todas las limosnas que recoja de los niños y desearía que esas limosnas se destinaran exclusivamente para las misiones de nuestra comunidad.
Al Superior le pareció la idea luminosa, y eran tantas las limosnas que recogía que un día exclamó:
—¡Este burriquito es un tesoro!
Fray León, contento y satisfecho como un niño, repuso:
—¡Este es el burriquito de oro de San Francisco!
Desde entonces todos le llamaron así y no había por todos aquellos contornos pequeñuelo que no se desprendiera de unos céntimos para el burriquito de oro de San Francisco.
Era aquella tarde la primera en muchos años que Fr. León regresara al convento al comenzar a ocultarse el sol tras las montañas. El aroma de las flores silvestres que bordeaban el camino y el olor a tierra húmeda de la huerta embriagaban sus sentidos. Aspiró profundo el perfume purísimo del aire y después con enfado dejó el camino a un lado y atravesó por unos senderos, huyendo de encontrarse con jóvenes bulliciosos. En aquel pueblo había comenzado la feria y la carretera parecía en aquel atardecer un hormiguero de gente que bajaban de los pueblos colindantes.
Al llegar a unos matorrales oyó como el llanto cansino de un niño. Se detuvo unos instante para cerciorarse de dónde procedían los lamentos y después, dejando la alforja en tierra, con cautela buscó entre las matas, encontrando tendido boca abajo a un muchacho que lloraba desconsoladamente. El fraile se acercó y el niño, incorporándose rápidamente, quedó sorprendido al ver el rostro de Fr. León.
—¡Vaya!, ¡vaya!, con que es Ramón —exclamó el fraile sonriendo—. ¿Qué haces aquí a estas horas y llorando?
El muchacho suspiró hondo, y mirando de reojo al Hermano guardó silencio.
—Vamos, Ramón, dime por qué lloras—, ordenó el fraile cogiéndole de la mano y levantándole del suelo.
—Vine a esconderme aquí porque mañana temprano me marcho del pueblo. No quiero volver más a mi casa—, repuso lloriqueando.
—¿Te han castigado tus padres?
—No.
—¡¿Entonces por qué huyes?
—Es que mi madre me entregó cinco duros para que comprara queso y yo me he jugado los dineros en la feria. Después le pedí prestado a Miguel diez pesetas y las perdí también. Si vuelvo a mi casa sin el encargo mi madre me pegará.
—Vamos, no llores, muchacho, todo se arreglará; límpiate esas lágrimas. San Francisco es muy sabio. Yo que iba enfadado por tener que cruzar por estos andurriales huyendo del bullicio mundano. ¡Mira!, ¡mira! Lo que buscaba mi P. San Francisco. Que me tropezara contigo. Porque todo aquel que da a Dios una limosna recibe tres favores de su mano.
Ramón no comprendía las palabras del fraile. Cómo Dios le podía hacer a él un favor si nunca dio una limosna para el burriquito de oro.
—No me mires tan serio —dijo amorosamente el fraile—. Sé que me vas a decir que nunca me distes una limosna. Pero piénsalo bien. ¿Te acuerdas que una vez me distes diez céntimos?
Ramón quedó atónito; era tan grande su vergüenza que no podía alzar los ojos del suelo.
—Soy muy malo, Fr. León, muy malo, peor que un hereje; Miguel tenía razón en decirme hereje.
—Ahora déjate de llorar y decir tonterías —dijo el fraile mientras buscaba en el fondo de su manga—.
Toma estas limosnas que he recogido hoy para el burriquito de oro. San Francisco te hace un préstamo; tú ya me devolverás el dinero poco a poco cuando puedas. Compra el queso a tu madre y devuelve a Miguel su dinero. Pero antes escucha un consejo. Ten voluntad propia y no juegues en tu vida.
Ramón, con la cara radiante de alegría, cayó de rodillas besando el hábito del limosnero.
—Ven aquí, muchacho, y levántate de ahí —y abrazando a Ramón dijo—. Toda la amargura de mi corazón ha desaparecido porque sé que de hoy en adelante serás un buen muchacho.
En verdad que Fr. León no se equivocó; Ramón con gran ansiedad acechaba la llegada al pueblo de Fr. León y al verle, con el corazón henchido de alegría, corría a su encuentro para devolverle la deuda que había contraído con San Francisco.
Pero si queréis escuchar, querido lector, mi cuento o historia, como queráis llamarla, hasta el final, os diré que Ramón, comprendiendo cuánto Dios le amaba, tuvo confianza en aquel amor y soportó las duras pruebas que le impuso, hasta poder llegar un día a vestir el santo hábito de San Francisco.
Olga Bauza de Lloréns
Estelas alcantarinas
San Juan José de la Cruz
V. Ascensión espiritual
El P. José Robles, ilustre maestro en el siglo y después en el claustro, religioso de profunda piedad, observaba que el joven novicio Fr. Juan José de la Cruz caminaba por las vías heroicas del sacrificio. Como Maestro de novicios quiso probarlo y lo sujetó a las más severas y estrechas normas de su consumada práctica ascética con la abnegación de sí mismo, inmerecidas humillaciones, duros trabajos y otras muchas prácticas con las que mortificaba y acrisolaba aquel corazón de temple, siempre dispuesto a adelantar en el camino de la virtud. El tiovicio se conservó siempre sereno en su espíritu, y su alma resplandecía por la paz y el fervor. La comunidad le contemplaba con maravilla y a menudo se le proponía, hiriendo su delicada modestia, como ejemplo de virtud y perfección. Una visión celestial confirmó esta buena opinión que se había formado a su alrededor.
Un día el P. Robles se encontraba en el coro haciendo oración en compañía de los novicios. De pronto se le apareció un ángel llevando varias antorchas encendidas, entre las que había una que resplandecía más que las otras. ¿Qué significaba esta simbólica aparición? El mismo ángel se lo hizo entender al P. Robles. La antorcha más luminosa representaba la eminente santidad de Fr. Juan José, que adelantaba con mucho a todos los demás.
Finalizado el año de la prueba, Fr. Juan José se dispuso a la solemne profesión con la práctica de los Ejercicios espirituales. Con particular fervor se confió a la protección de la Virgen Santísima y a los santos de su especial devoción. El 24 de junio de 1671, a los pies del Rdo. P. Juan de San Bernardo, con las manos sobre el Crucifijo y los Santos Evangelios, rodeado de todos los religiosos que derramaban lágrimas de conmoción, con voz segura, pero vibrante de íntima caridad y emoción, pronunció la bendita fórmula de su perenne consagración a Dios.
La ceremonia fue coronada por un cántico austero, lleno de dulzura, mientras el neoprofeso se postraba ante los sacerdotes para recibir la bendición y abrazaba a los religiosos con el beso de la franciscana alegría. Con esta sincera y voluntaria inmolación una nueva estrella refulgente de caridad y santidad aparecía en el firmamento seráfico.
Fr. Juan José Baydal, ofm
Ha fallecido en Perúí una educadora franciscana
Carta dirigida a la M. General de las Terciarias de San Francisco de Asís y de la Inmaculada Concepción
Lima, 29 de enero de 1961.
Madre queridísima: Paz y Bien.
«La mayor paz en el mayor dolor» envuelven la triste nueva que nos oprime el corazón. La pena inmensa se une a los grandísimos consuelos del Señor que hizo bienaventurada a su Magdalena eucarística y al estrecharla en sus brazos la dijo: «Eres mía por toda la eternidad.»
Su santa muerte es un testimonio; el martirio lento de la enfermedad, el heroísmo continuado. El homenaje a sus restos, una apoteosis. Parecía hasta incorrupto su cuerpo porque pasadas treinta y ocho horas no despedía olor y la profusión de flores que la rodeaban la envolvían en perfume. Qué muerte tan santa... Será una página edificante más a las escritas por las franciscanas de Valencia al dejar el valle de lágrimas. Las Madres que han presenciado el vuelo de esa alma al cielo están emocionadísimas. Sor Ana María me hizo el relato: fortaleza de mártir para consumar el holocausto, alegría, confianza; ningún sobresalto, ni turbación. Recibió por segunda vez la Extremaunción sin confesarse porque no tenía nada que decir; cada Hermana de las presentes recibió su abrazo, una palabrita espiritual de despedida, una sonrisa de agradecimiento. Expiró sin una lágrima, con la dulzura de paloma o de cordero. Pedía perdón. ¿De qué?
Su muerte fue reflejo de una vida de entrega total, de Fiat y Magníficat. La ciudad entera de Huancayo le manifestó su gratitud y admiración, y qué manifestación, nunca vista. La iglesia de Ocopa no podía contener a la concurrencia venida desde Huancayo y los pueblos vecinos. A las cuatro misas de cuerpo presente en Palián siguió el solemnísimo responso en Ocopa, antes de sepultarla en el cementerio anexo al convento, como ella deseaba. Se prepara el funeral a los treinta días en la Catedral de Huancayo y ya se abrió la colecta para colocar su busto en la Normal. Todo lo merece; le dio a esa escuela su sangre y su vida y con verdadero amor. Ya pertenece al coro triunfante del Seráfico Padre y tenemos una protectora en la gloria con más poder y más amor porque feliz, transfigurada, su cambio glorioso agranda las delicadezas de su alma, la ternura de su corazón, la preferencia de su amor. Qué gloria para nosotras haber tenido sus «preferencias». Decía que de Huancayo le gustaba hasta el polvo. Era el campo de su apostolado, donde floreció sembrando luz y ahondando en su surco: fe, esperanza, amor.
Por tratarse de ella y por tratarse de usted, no puedo decir palabras de condolencia; sólo unirme a su pena inmensa y a sus oraciones que serán sólo para aumentar de alguna manera su gloria y que volverán en bendiciones desde el cielo, donde ya gozará de ese Señor al que tanto quiso en la tierra. Me encomiendo a esa alma bendita y espero que sea también mi dulce protectora.
El 17 de enero recibí otra noticia dolorosísima: la muerte del P. Cavestany, de un derrame al cerebro, en veinticuatro horas. La he sentido y la siento amargamente; fue mi director espiritual, quien orientó definitivamente mi vida y en su larga ausencia la escribí siempre y él, buenísimo, me contestaba. Sus últimas letras antes de Navidad las envió con José Agustín de la Puente y su señora, que lo visitaron varias veces en Madrid. Me envió un libro y preciosas estampas, señalando en una la cifra 12.001, las misas que había celebrado hasta ese día y de las que yo llevaba la cuenta uniéndome a su ángel custodio. Su recuerdo está mezclado con lágrimas, que siendo por él son piadosas y santas, pero queman el corazón. El Señor se lleva uno tras otros a todos los seres queridos, pero El «ensancha hacia arriba lo que hacia abajo se estrecha»... Qué dulces encuentros nos esperan, ¿verdad, Madre mía?... En este año, empezado en el dolor, sólo quiero obsesionarme con la idea del cielo; fue para María y el cielo el último canto que pidió antes de irse Sor Magdalena; yo quiero cantarlo desde esta vida, en la soledad y tristeza del alma, para que me conforte y ahonde en mi corazón la esperanza.
No le diré más cosas tristes, Madre mía; a la Rda. Madre, que estoy con ella a su lado, con nuestra inmensa pena pero gloriosa porque ella es bienaventurada y nuestra Madre, madre de una santa.
La abrazo con todo corazón muy dolorido; suya,
Carmela
Noticias
Apostolado franciscano entre los prófugos chinos en Hong-Kong
El P. Otho Chang, ofm, que ya desde hace varios años misiona entre los prófugos chinos en Hong-Kong, obtuvo hace algún tiempo del Gobierno inglés terreno para edificar una escuela para los niños y niñas de los prófugos chinos, por cuyo territorio debe pagar 10 dólares todos los años al gobierno de la ciudad.
Ahora ya está la escuela edificada y consta de cuatro grandes aulas escolares y de habitación y despacho para los maestros. En la actualidad asisten a esta escuela 365 alumnos, divididos en dos secciones: una por la mañana y otra por la tarde. Además el P. Otho por la tarde enseña catecismo a 189 mujeres, a 26 hombres y a 85 niños.
El Gobierno se muestra muy favorable a ayudar a los misioneros para las escuelas y también prometió al P. Otho ayuda financiera para los gastos de la escuela a partir del mes de septiembre de este año.
Saporo-Japón. — Comisaría misional confiada a la Provincia Franciscana de Thurindia.
En esta Misión-trabajan 22 Padres, de los cuales solamente 12 atienden al servicio de las almas y los 10 restantes a obras de educación, etc. Además hay 12 clérigos O. F. M. y tres estudiantes en el Colegio Seráfico fuera de la Misión. El año pasado emitieron profesión solemne dos clérigos y profesión temporal tres novicios clérigos y tres novicios legos, así que la Comisaría cuenta japoneses: 4 sacerdotes, 12 clérigos, 5 Hermanos legos y 2 terciarios perpetuos.
El mismo año fueron bautizados 234 adultos y 103 niños, y en peligro de muerte 109 adultos y 74 niños; total, 520. El número de adultos bautizados dicho año es algo inferior al de los años anteriores. Esta disminución se debe al aumento del materialismo y racionalismo en Japón.
Visitador general de la seráfica Provincia de Valencia
Ha sido designado por el Rmo. P. Ministro General de los frailes menores Visitador general de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, para el presente año, el M. R. P. Fr. Ignacio Omaechevarría, de la Provincia franciscana de Cantabria.
Misión de Barcelona
Del 19 de febrero al 5 de marzo del año actual tuvo lugar en Barcelona y suburbios una gran misión en la que actuaron 840 misioneros pertenecientes al clero secular y distintas Ordenes religiosas. La Orden Franciscana estuvo representada por 62 religiosos, de los que siete pertenecen a la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, a saber: PP. Fr. Salvador Perona, Fr. David Cervera, Fr. Pablo Ares, Fr. Antonio Álvarez, Fr. Bernardo Llopis, Fr. Vicente Martínez y Fr. Andrés Lahera. La impresión es que la misión ha sido muy fecunda en frutos espirituales.
Misión en el arciprestazgo de Benisa
Del 19 al 26 de marzo del año en curso se celebrará una misión en el nuevo arciprestazgo de Benisa (Alicante). En ella intervendrán 14 Padres misioneros franciscanos de la Seráfica Provincia de Valencia y de las Provincias limítrofes. Que Dios bendiga sus trabajos misionales.
De La Argentina
Ha venido en plan de vacaciones, tras siete años de permanencia en la Comisaría misional que allí tiene la Seráfica Provincia de Valencia, el Rdo. P. Javier Pons, quien, después de visitar a sus familiares y tomarse un merecido descanso, regresará de nuevo a aquella tierra a continuar sus tareas misionales. Dios le acompañe en el prolongado viaje.
Conmemoración de Fr. Junípero Serra y Beato Raimundo Lulio
En el mes de octubre próximo pasado, en Palma de Mallorca, se celebró una solemne conmemoración de Fr. Junípero Serra y Beato Raimundo Lulio en la iglesia de San Francisco, regentada por los Padres franciscanos de la Tercera Orden Regular. Como todos saben, aquél estuvo durante diecisiete años evangelizando California y éste fue el precursor de la filosofía cristiana. Presidió la celebración el Ministro español de Negocios Exteriores Excmo. Sr. Castiella, quien hizo un discurso en honor de los siervos de Dios en el aula magna del convento de San Francisco.
Además del Excmo. Obispo de Mallorca asistieron varias autoridades religiosas y civiles, tanto de España como de América latina, Portugal, Estados federados de América del Norte e Islas Filipinas, con banderas de sus países.
IV Centenario del convento de San Salvador
Se han celebrado con gran esplendor en el día de la Inmaculada las fiestas del IV centenario de la fundación del convento de San Salvador de Jerusalén, sede central de la Custodia franciscana de Tierra Santa desde 1560. Con tal motivo S. B. el Patriarca de Jerusalén Mons. Alberto Gori celebró una solemne misa Pontifical de acción de gracias.
El convento de San Salvador, durante estos 400 años transcurridos, ha sido la residencia habitual de las autoridades de la Custodia de Tierra Santa, después que los franciscanos fueron obligados a abandonar el Santo Cenáculo. En este período de tiempo el nombre del convento de San Salvador ha sido asociado a las vicisitudes de los Santos Lugares de Palestina, en una época de agitación para los intereses de la Iglesia, particularmente durante la dominación turca, pero en la que la Custodia ha escrito sus páginas más gloriosas en defensa de los derechos de la catolicidad. El convento de San Salvador es, por otra parte, el centro de una vasta misión cuyo campo de actividades se extiende a seis diversas naciones del Oriente Medio en la que trabajan cerca de 500 misioneros.
La enseñanza religiosa cristiana en Siria
La enseñanza religiosa cristiana será introducida en el próximo trimestre escolar en todos los centros públicos y privados de Siria frecuentados por alumnos cristianos. La ley por la que se impone esta obligatoriedad fue votada por el Parlamento Sirio en 1955, en la que se imponían los estudios de religión como materia de examen al final del curso escolar. Hasta el presente no había tenido vigencia este Decreto.
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