Índice del número 387

Junio de 1961. Año 35. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

San Antonio de Padua, apóstol de la caridad

Toda la vida misma de San Antonio es un continuo acto de postulado caritativo. Ya que siente la fuerza de ese acercamiento espiritual tantas veces preconizado por el Fundador de la Orden y en ella viene a cifrar las esencias de su valiosa virtud.

La caridad que San Antonio practica no es ya la simple entrega material o la sencilla acción de ofrecer un monetario remedio, es algo mucho más substancioso y real: la dedicación absoluta de su propio existir. Porque para nuestro santo no existe la fatiga que atormenta los miembros y paraliza acciones, él siempre va recto hacia las metas de un fin preconcebido, animado continuamente con esos divinos alientos que nunca le faltan como dínamo feliz que impulsa a sus sentimientos y mueve los engranajes maravillosos de la piedad.

Por tanto, la caridad de San Antonio no es un producto de exclusiva limitación dedicado a las necesidades de determinada época, sino que dilatándose cada vez más, abarca por consiguiente ilimitados espacios de tiempo y lugar. Hecho por el que su concepto caritativo puede exactamente aplicarse incluso a nuestro siglo actual, sirviendo como molde a todos cuantos postulados sociales han venido estableciéndose por la concepción humana. Caridad universal que al abrazar a los hombres les brinda el efectivo consuelo de la luz; caridad que lo mismo se complace en la lealtad del fiel que en la rebeldía del incrédulo, que no aspira al éxito llano de lo fácil, sino que ama y se enardece en la lucha por lo indeciso.

Con la adquisición de esas fórmulas de caridad que el santo estableciese en vida, podría a no dudar el mundo hallar los medios seguros para un real acercamiento y comprensión. Ya no existiría el temor o la duda, porque de antemano se hallarían dibujados los perfiles de una forma universal de amor y fraternidad. Los beneficios serían inmensos, ya que toda la conquista del laboratorio, los descubrimientos cada vez más espectaculares de la ciencia, tendrían como primordial objeto el bien común. Un trabajo en pro de la colectividad humana para estañar con los sopletes de la caridad tantos y tantos mortales rasguños.

Hasta ahora se ha hablado de caridad como una palabra hueca, un sinónimo más dentro del arsenal lingüístico de cada idioma. Sin embargo, su verdadero concepto, o se ha olvidado, para desgracia general, o no ha sido comprendido y practicado de manera sincera. Su auténtica etimología, según la clásica exposición que de ella hace el diccionario, es como sigue: «una de las tres virtudes teologales, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas v al prójimo como a sí mismo», y también añade: "virtud cristiana opuesta a la envidia y a la animadversión». Probablemente esta definición viene a ser idéntica, en cuanto a sus esenciales términos, en cada uno de los países de la tierra.

Entraña virtuosos significados, pero por ser precisamente virtud no es tan fácil adquirir cuando sentimientos opuestos llenan y gobiernan el impulso de las mentes. Para su mantenimiento se hace precisa una buena dosis de valentía, tal como la tuvo San Antonio, a quien no amedrentaban las dificultades y con el corazón inflamado de santos anhelos iba esparciendo entre las almas las esencias de esa maravillosa virtud. Por ello, en junio, mes de San Antonio de Padua, habremos de pedirle con todo fervor que la caridad florezca ya de una vez, y de forma definitiva, en los vergeles un tanto secos de la humanidad.

Francisco de Paula García Sabater


Luces en el misterio

Capítulo I. Dos luces

El crepúsculo vespertino de aquel día proyectó luces de oro en el horizonte tras la sierra. Esta parecía un festón oscuro con fondo claro y sombreaba el profundo valle donde empezaba la aldea a dormir. Los campesinos más tardíos acababan de llegar al retiro y la vieja leñadora trasponía la plazuela después de hecha la compra de provisiones, camino de su cabaña. Esta aparecía recortada en el altozano cabe el cual una fuente cristalina murmuraba monótonamente y dejaba oír su voz en el semioscuro ambiente.
La leñadora se cruzó con el último gañán que apresuraba el paso hacia el caserío ávido de juntarse a su familia después de ocho días de ausencia. Tostado y sudoroso, preguntó a la anciana por los sucesos acaecidos aquellas jornadas.

—Algo se ha dicho. Un niño grave parece hay, para el que acaba de llegar el médico del municipio.

—Sí; mi hijo es. Por eso he venido andando a marcha forzá. ¿Le hallaré vivo?

—Dicen que ya venció el peligro. Le bajó la calentura de repente.

—¿No me engaña?—, dijo el gañán.

—Formal es mi palabra. Así puedo decirle que lo he oído.

La leñadora fuese a su cobijo; el gañán, pocos minutos después, llegó a su casa y se abrazó al hijo, le besó con ternura entre gemidos, apartó su rostro de él y a distancia le miró recibiendo una sonrisa instintiva del pequeñín tan amorosamente tratado. Enfermo aún, sintió éste el alivio del cariño paterno.
La leñadora, en medio de la campiña agraz, de calvos montes vecinos, de aires fríos, miró a su cabaña circundada de olorosos romeros, y sin un ser vivo que con tiernos ojos la mimara, aceleró su paso y al poco tiempo llegó a ella y se sentó en una peña junto al boquete de entrada.

Con la cabaña a su espalda, contempló los preludios de la noche; sacó de un bolso mugriento un kilo de pan recién comprado. Hizo dos partes de él. Rellenó una de tocino crudo y la comió con avidez. De una jarra ancha llena de clarísima agua llenó un jarrito y bebió a satisfacción y remozó su ánimo decaído por la fatiga física que aquel día experimentó llevando a las familias la leña arrancada por ella de la sierra y transportada sobre sus hombros cansinos. Su edad cargaba al alma los recuerdos de sus sesenta años vividos sin descanso, diez de ellos en el empleo antedicho.

Su constante ir y venir por aquellos caminos, y habituada a aquella soledad, le hacía mirar al suelo como propio y no temer nada. Se tenía por honrada porque nunca se metió en terreno vedado, ni cultivó la amistad con nadie, ni recordaba la menor pendencia. Sólo un perrillo diminuto formaba su compañía y ni aun a éste se atrevió nunca a levantar la voz. Así que a la hora de las aves se durmió plácidamente sobre su duro jergón de paja sin ninguna preocupación.

Fuera volaban las aves nocturnas. Diez mochuelos en sus vuelos alrededor de la cabaña acompasaban sus cantos propios y de vez en cuando reposaban con sus grandes ojos abiertos como en formación a la entrada. A cualquier observador le hubiera traído aquello pensamientos siniestros, algún mal augurio, fantasías de muerte, escenas funerarias, todo lo tétrico que se pueda pensar, porque la leñadora, aparte no ser nativa del lugar, tenía sus achaques físicos y su cuerpo daba señales de lento desmoronamiento.
Soplaba una fresca brisa cada vez más fuerte a medida que avanzaba la noche, y a la madrugada con el canto del gallo la aurora comenzaba a clarear por el horizonte Este y a remover las tinieblas de las horas sin sol y sin luna.

La leñadora despertó al sentir el fresco de una ráfaga de viento que hizo rechinar las cañas y los palos de que estaba formada su pobre cabaña. Se arrebujó entre las viejas mantas que la cubrían y trató de reconciliar el sueño de nuevo. Unos momentos después fue el perro el que cambió de postura levantando la cabeza y dando señales de vida con somordo ronquido y acabando por ladrar.

—Alguien viene—, dijo para sí la leñadora.

Saltó del jergón de paja y avizoró la campiña. A los dos minutos oyó pasos próximos y aplicó el oído para averiguar la dirección de ellos. Pudo asegurarse que eran de algún labriego madrugador que se dirigía a trabajar a una pieza lejana de su propiedad y se veía obligado a tomar el atajo por la senda que pasaba por allí.

El labriego advirtió la presencia de la vieja leñadora y saludó embozado:

—Buenos días, señora.

—Buenos los tenga usted, señor.

—Parece usted una gallina recién tirá del palo—, insistió el labriego con acento duro y cuerda de barítono.

—¡Vaya comparación!—, arguyó la leñadora.

—La natural para nosotros los que no miramos más que a los corrales y al campo.

—Más respeto, buen hombre, a mis canas y condición.

—¿Le ha ofendido mi saludo?

—Más bien la comparación.

—Pues dichosa usted que va con el día. Mejor procede que los señoritos de la ciudá. Ellos invierten los términos: hacen de la noche día y del día noche.

—Yo, en verdad, me acuesto y me levanto a la hora de las gallinas. Tengo mis horas con la naturaleza.

—Y es con la que mejor se va.

—Sí; lo natural es lo mejor.

—Dígalo; que al cambio de hora todo el mundo se ha trastocao. En esto creo que estamos de acuerdo.

—Y ¡cómo no hemos de estar! Yo me río de los señoritos. Ellos no sueñan más que en diversiones, en disfrutar—, afirmó la leñadora.

—Como todos los demás—, siguió diciendo el labriego.

—Pero los pobres son ambiciosos. Yo con tan poca cosa soy más feliz que ellos.

—Con muchas deudas, ¿no?

—En mi vida nunca he ido alcanzada de deudas. He pagado siempre religiosamente mis obligaciones. Nunca me acosté a dormir con la más pequeña deuda. Con poco o mucho he llegado a la respetable edad que tengo. En mi cabaña está el secreto de mi felicidad. ¿Lo quiere creer?

El labriego, embozado como iba, suspendió el diálogo obligado por la prisa que tenía de llegar a la meta de su viaje y se despidió, sin más, diciendo:

— ¡Buenos días, señora!

Se alejó de allí y desapareció por fin entre unas lomas. Media hora después ya el sol lo iluminó de nuevo todo. Se oyó ruido de cascabeles. Era un ganado que se aproximaba. Lo llevaba el gañán del día anterior. Entonces llevaba en el rostro otro cejo, se traslucía en él más alegría. Mientras, de vez en cuando arreaba las ovejas, que en número de cien llevaba, cordeleaba ágilmente con sus manos el esparto que en manojo sujetaba bajo del sobaco izquierdo. Como un eco lejano de tañido de campanas vino a advertirle que era la hora de rezar el Ángelus. Tomó con la mano derecha el sombrero por el ala y se descubrió Apoyó el gayato sujetándolo con las dos manos sobre la vuelta de la parte superior sin dejar de sujetar también el sombrero. Movió los labios por espacio de tres avemarías, se santiguó al final y cambió su actitud por la anterior, a la vez que entonó una copla a todo pulmón.

La campiña se sintió reanimada con aquellos signos del día y los pájaros cruzaban ya de parte a parte con toda libertad. De momento se alborotó una bandada de gorriones con señales manifiestas de susto. El gañán levantó la vista y advirtió en el cenit un gavilán que con astucias hipócritas exploraba el terreno para hacerse con alguna presa. Al instante lo vio dejarse caer en rápido descenso sobre la bandada de gorriones hasta hacerse con uno que lloraba piando a su modo.

—¡Si pudiera volar! —dijo para sí el gañán—. ¡No sé por qué en el mundo ha de haber seres como éste!

Y se acordó, por asociación de imágenes, de un suceso de su niñez: Del crimen del baile. De golpe todas las circunstancias vinieron a situarse en su imaginación y el calor de una indignación muy humana le salió del pecho a la boca en forma de gruesas palabras:

—¡Criminal!... ¡Criminal!

Las palabras rodaron por los aires y atravesaron las paredes de la cabaña de la leñadora y ésta salió rápidamente en dirección al sitio de donde suponía había salido la voz. Llegó al prado donde pacía el ganado y contempló al gañán con toda la sangre del cuerpo en la cara mirando con ojos desorbitados a un punto, víctima de una idea fija aterradora.

—¿Qué pasa?—, le preguntó la leñadora una vez se halló frente a frente con el gañán.

Este se recuperó y cayó súbitamente en la cuenta de la razón del sobresalto de aquella mujer. En un abrir y cerrar de ojos comprendió que había pasado por momentos de enajenación.

—Na, señora—, respondió.

—Me asusté —insistió la leñadora— al oír unas palabras horrorosas. Creí se trataba de un crimen.

( Continuará)

San Antonio y los niños

No voy a exponer aquí la vida y actividad del Santo, ni siquiera su hermosa y profunda doctrina. Sólo trataré de destacar lo que podría llamarse hilo de oro que une el corazón de Antonio a la niñez.

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El cuadro de Murillo

El genio del gran artista español, terciario franciscano, Esteban Murillo, ha sido ocasión de que la imagen de San Antonio aparezca comúnmente vinculada a la figura tierna y hermosa del Niño Jesús, porque inmortalizó en uno de sus óleos un episodio de la vida del Santo. Cuenta la historia que, en uno de sus muchos viajes apostólicos, San Antonio aceptó el hospedaje de un gran señor, el cual le señaló una pieza en un extremo del castillo en donde pudiera tener completa tranquilidad. Llegada la quietud de la noche, todos se retiraron al reposo.

El señor dueño del castillo no pudo conciliar el sueño; la idea de tener hospedado a un santo lo llenaba de felicidad. Quiso estar más próximo a él, dejó su lecho y se dirige a la habitación de Antonio; se detiene junto a la puerta y se pone de rodillas para orar. De repente capta que desde la pieza de Antonio sale luz clara que nunca antes viera en su castillo. Llevado por la novedad, se acerca y mira por el agujero de la cerradura y ve con estupor que el divino Niño viene radiante hacia Antonio, el cual le tiende los brazos como enajenado de dicha y de amor...

Ignoramos cuántas veces tendría Antonio semejantes celestiales visitas. Pero sabemos que ellas dejaban en su alma huellas imperecederas, dejaban en su corazón inclinación a la niñez, la imagen de un niño le recordaba y lo transportaba a los dulzores que sentía cuando su corazón palpitaba al unísono y muy junto al corazón del Niño Dios. Por lo mismo amaba con delirio a los niños, rezaba por ellos, los adoctrinaba con especial cariño y esmero, quería que todos conservaran su alma tan pura, tan bella, tan santa como el alma del divino Niño.

Esa preocupación y cariño no desapareció con la muerte; al contrario, se acrecentó en los cielos y desde allá tiende su mirada protectora sobre la niñez de todo el mundo y pone su valimiento ante el trono de Cristo Dios y le recuerda que esa niñez es la porción más querida por el Padre celestial y que, por tanto, derrame sobre ella esas bendiciones, esas gracias y ternuras que la mantendrán inmune del hálito infestado del mundo y del demonio y la conservarán cual los ángeles que contemplan la faz del Padre que está en los cielos.

Alma angelical

Si tratamos de ahondar en la causa por qué el Señor se mostró benévolo y cariñoso con Antonio, tomando la forma de niño al mostrarse a él, encontraremos que en el alma del glorioso Santo brillaban aquellas virtudes y encantos propios de la inocencia.

En el niño lo primero que se observa y llama la atención es la sencillez y espontaneidad en su sentir, proceder y exigir. Se diría que su alma es cual el agua cristalina que refleja en su fondo la luz y con ello hace visible cuanto se alberga en su seno. De modo que en ella no hay doblez, ni dolo, ni astucia. En el alma de Antonio brillaba con esplendor esa virtud. En todos sus actos, en todos los momentos de su existencia, se destaca la sencillez y espontaneidad propias de un verdadero israelita según el corazón de Dios.

A la sencillez de ordinario acompaña la modestia, o sea esa tendencia impregnada de naturalidad que, cual tenue nubecilla, reviste el proceder de la niñez y que le permite no destacar los tesoros de mérito y gracia, esa suave tendencia a huir de toda exhibición, como sinónimo de una delicada timidez, de una espontánea humildad. Pues bien, esta virtud que suele abrir el corazón y la simpatía de cuantos rodean, apareció en el alma de Antonio más brillante que la luz, más hermosa que la aurora, más atrayente que el suave aroma de las flores.

Hay tantos pasajes de su vida que lo demuestran que no encuentro cuál recordaros; fijad solamente vuestra mirada en el Capítulo de Asís, en esa magna asamblea en la cual se reunieron los más destacados representantes del primitivo fervor franciscano. Antonio estaba entre ellos, conversó y convivió con ellos y, sin embargo, ninguno captó el tesoro de ciencia y virtud que había en Antonio. Todos los religiosos son asignados a distintos lugares...; sólo el buen Antonio, el modesto Antonio, pasa desapercibido y todos se van y él queda rezagado y en abandono. En el convento de Fiorli, poco después, vive en tal forma que a excepción de la Santa Misa, en todo se le confunde con los Hermanos legos... y su actividad son los humildes quehaceres del convento, los cuidados materiales del mismo y de los religiosos...

Junto a la sencillez y modestia del glorioso San Antonio aparece su bondad, esa cualidad que no puede ser concretada en términos porque parece ser como un destello divino que desciende a ciertas privilegiadas criaturas y deja en su frente como una chispa de Dios; esa virtud, consecuencia del orden y armonía interior, que ejerce su influjo en el cuerpo y lo controla, lo suaviza y lo hace aparecer cual un venero viviente de afectos, comprensión, ansias de procurar bien y elevación y cual un bálsamo que alivia a las almas en su duro bregar hacia la eternidad.

Se diría que su físico mismo poseía naturalmente una marcada tendencia a ella. La educación la proporcionó esa delicadeza de modales que vienen a ser como la antesala de la bondad. El esfuerzo personal la acrecentó en gran forma, ya que Antonio anhelaba, como San Pablo, vivir para los demás, ser todo para todos; principalmente deseaba imitar y transformarse en Cristo Jesús, fuente sublime de bondad. En ella hay que poner el fundamento humano de las conquistas de tantas almas que corrieron arrepentidas a sus pies y de sus pies al corazón bondadoso de Jesús.

Niñez inocente

Las hermosas manifestaciones del alma angelical de San Antonio no imaginéis que nacieron en forma espontánea y que él nada hizo por detenerlas, no. En toda virtud hay que distinguir dos aspectos: el humano y el divino; éste es fruto de la acción divina, la acción del hombre es sólo condición para que ella actúe; aquél es fruto de la acción humana auxiliada por la divina. Esa acción humana se inicia con la vida, se acrecienta con el esfuerzo hecho en el período de la infancia y adolescencia, se perfecciona con el esfuerzo realizado en la edad adulta. El primero toca sólo a los padres; el segundo, a los padres e hijos; el tercero, sólo a los hijos.

Antonio tuvo el privilegio de ser ayudado por ese esfuerzo en las tres etapas. Atendamos especialmente a las dos primeras.

Sus padres fueron dignos cristianos; el padre, como personificación de la rectitud y amor al deber; su madre, una santa mujer que en todo momento puso su anhelo y noble orgullo en formar a su hijo en la mejor forma posible. Por lo mismo el glorioso Antonio vivió sus primeros años rodeado de un ambiente que insensiblemente contribuyó a formar su alma, cual un alma en verdad angelical.

Apenas Antonio despertó a la vida de la razón, dirigió las tendencias de su alma hacia el bien y la virtud secundado con esmero por su santa madre y por el exquisito ambiente de piedad que le rodeaba. Tres eran sus ocupaciones: la oración sencilla y candorosa dirigida a Dios y en especial a María Santísima; la recreación alegre y vocinglera que llenaba de encantos su alma y traía delicia a sus padres, y el estudio, primero suave y sencillo, y después, poco a poco, intenso, grave y concienzudo, que le capacitó para penetrar y recorrer aún los más escabrosos recovecos de la filosofía y escudriñar los elevados misterios de la Sagrada Teología en general.

Las tres ocupaciones de Antonio en su infancia forjaron poco a poco la robusta personalidad que después sería la admiración del siglo, dotándolo de todas aquellas cualidades que hacen grande al hombre, y sin aminorar, sino, al contrario, acrecentándolas, aquellas otras de la infancia.

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Protector de la infancia

Por todo esto el glorioso Antonio ha pasado a la posteridad como el digno protector de la infancia y adolescencia. Más en concreto: Antonio fue designado por Dios protector de la infancia porque fue un niño admirable, porque amó con especial predilección a los niños y porque ostenta en sí cual hermosas perlas las virtudes que constituyen como la esencia del alma infantil. Por lo mismo Dios lo dotó de especial poder para conseguir gracias y favores en beneficio de los niños, ya sea para librar su alma de las asechanzas del enemigo, de las funestas consecuencias del mal ambiente o deficiencia de los padres, ya sea para hacer germinar en sus almas las bellas flores de las virtudes cristianas que lo realzan y capacitan para luchar y triunfar en la vida y merecer en la eternidad la palma de la victoria y la diadema del triunfo.

Consecuencia

Niños, imitad a San Antonio no en aquella estupenda santidad de su edad madura, sino en aquella cautivadora que iba creciendo con sus años, y como él procurad cultivar las preciosas virtudes de la infancia y ornamento de la edad adulta: inocencia, sencillez, modestia, bondad y ternura. Con ellas triunfaréis en el tiempo y en la eternidad.

Fr. Eduardo Rosales, ofm

La Iglesia y el Capitalismo

«Cuando contemplamos a esas turbas de indigentes oprimidos por la miseria sin culpa ni responsabilidad de su parte y a su parte y a su lado tantos ricos que se divierten sin pensar en los demás, que malgastan sumas considerables en cosas inútiles, no podemos dejar de constatar con dolor que no es sólo la justicia la que deja de observarse, sino que el mandamiento de la caridad permanece todavía incomprendido y totalmente ajeno a la vida cotidiana.»

«La riqueza se ha acumulado en manos de unos pocos y la multitud inconmensurable se debate en la indigencia.»

«Un gran número de hombres, preocupados únicamente de acrecentar, por todos los medios, su
fortuna, han puesto sus intereses personales por encima de todo y han cometido incluso terribles crímenes contra el prójimo sin apenas escrúpulos de ningún género.

»Y esos que han tomado —los primeros— el camino que les conduce a su perdición eterna, han encontrado fácilmente muchos imitadores de su iniquidad, sea por el ejemplo de sus resonantes triunfos y la fastuosidad insolente de su tren de vida, sea ridiculizando las repugnancias de conciencia más delicadas, o bien aplastando a sus concurrentes más escrupulosos.»

Ea, ya está éste con lo de siempre, pensarás. Y no. Mejor dicho, sí. Pero lo que acabas de leer no es mío. Puede que sea lo de siempre. Pero es el Papa quien lo ha dicho así textualmente. Puede que sea desagradable o, al menos, duro. Pero es así.

Ese texto pontificio es, poco más o menos, lo que vulgarmente entendemos por CAPITALISMO. El capital como centro de la vida. El dinero como Rey y Señor. En su derredor se mueven, más o menos directamente, todas las fuerzas de la vida. Es triste. Pero hay que decirlo. El régimen capitalista, tal como existe en nuestros países, tiene esos y otros muchos defectos. Sin que quiera decir que tenga sólo defectos.

Al menos nadie podrá decir que la Iglesia se calla. Que las jerarquías eclesiásticas se han hecho cómplices del capitalismo y sus abusos al no atreverse a denunciarlos.

«Mucho tiempo ha que el capital ha logrado acaparar derechos y ventajas excesivas. Reclamaba para sí el total del producto y del beneficio, dejando a los trabajadores apenas lo suficiente para reparar sus fuerzas y subsistir.»

«Leyes económicas inhumanas e ineluctables han hecho que el capital se acumule en manos de unos
pocos, condenando a los obreros a llevar una vida precaria en una perpetua inquietud.»

Son textos de los Papas que podría citar en número indefinido. Pero, ¡para qué seguir! Ya estoy oyendo decirme: «Venga, que ya está bien. Que los ricos no somos ni negreros ni explotadores empedernidos.»
No. Directamente, conscientemente, no. Habrá casos en que haya mala voluntad y menos conciencia. Pero en la generalidad de los casos los ricos no pretenden esa esclavitud del obrero.

Pero ahí —me parece a mí—, ahí precisamente radica lo injusto de un sistema económico. En que se pueda faltar gravemente a la justicia, se puedan pisotear derechos ajenos con la conciencia tranquila.
«Hay violación del orden cuando el capital contrata a los obreros o a la clase de los proletarios sólo con vistas a explotar, a su antojo y en su provecho personal, la industria y el régimen económico entero, sin tener cuenta ni de la dignidad humana de los trabajadores, ni del carácter social de la actividad económica, ni de la justicia social y del bien común.» (Pío XI.)

Ya me está más de uno respondiendo que más valdría callarse. Que pudiera haber algo de verdad, pero que sería preferible no excitar inútilmente los ánimos. Sin embargo, León XIII no es de ese parecer :
«Nos estamos persuadidos de que es preciso, "con medidas prontas y eficaces", venir en ayuda de esas gentes de las clases inferiores, estando, como están, en una situación de infortunio v de miseria inmerecidas.»

Ya estoy oyendo una objeción bien conocida:

—Cómo se conoce que usted no sale de su convento. Si usted fuera alguna vez a la plaza vería a muchas mujeres de obreros comprar cosas bien caras y bien poco necesarias.

Pues sí, efectivamente, ya lo sé. Hay familias de obreros que comen bien, que visten bien... ¿Pero es que no tienen derecho a comer y a vestir bien los obreros? ¿Pero es que, además, sabes tú a costa de qué sacrificios pueden hacerlo? Trabajan ellos en varias colocaciones, trabajan sus mujeres, trabajan quizá sus hijos, y claro, el dinero entra. Viven bien.

¿Pero por qué no piensas en el número inmenso de sus compañeros, trabajadores no especializados, cargados de familia, que tienen que contentarse con un salario mínimo para vivir (no sé si se puede decir vivir) en casuchas miserables o en chozas insalubres? Que se privan un día tras otro de un poquito de carne o de una golosina para dárselo a sus pequeños o a su mujer, un poco delicada de salud...
Nos llaman la atención los obreros que frecuentan los cafés. Y no nos fijamos en los trabajadores infinitamente más numerosos que no ponen los pies, mas que en contadas ocasiones, en bares y tabernas.

Algunas veces he oído reprocharles de que van al cine. Claro, ellos, «sólo los obreros», deben por lo visto contentarse con las «puras y sanas alegrías de la familia», comer patatas y trompitos, sin fumar un cigarrillo que merezca ese nombre y sin beber un vaso de vino con los amigos.

No, señor. No es ese el pensar cristiano. Dice León XIII.

«El hombre no debe tener los bienes exteriores como privados, sino como "comunes" de suerte que de ellos haga fácilmente partícipes a los demás en sus necesidades.» Comunista, comunista, exclamas.
Que va, hombre. Nada de comunista. Cristiano. Simplemente cristiano.

S. Azaceta

San Antonio predica a los peces

Carmelo Jaén. San Antonio predica a los peces

Sermón de San Antonio a los peces

En el Adriático duermen
peces, abismos y playas.
Por la orilla, fray Antonio,
portugués de mucha fama,
viene apretando los dientes
y mordiendo las palabras.

Duros herejes de Rímini,
duros de oído y de alma,
se han burlado de su voz
que era una flecha afilada,
y la semilla celeste
se ha convertido en cizaña.

Llega el fraile muy despacio,
con lentitud de fantasma:
plata en las huellas de arena,
y en los ojos, fuego y plata,
mientras reparte temblores
la barbilla emocionada.

Fray Antonio se arrodilla
y vuelve hacia el mar la cara;
tal vez en el mar encuentre
lo que en la ciudad no halla.
¡Irá en busca de un milagro
si un milagro le hace falta!

Clava en el cielo los ojos
atados a una plegaria,
mientras las olas sin ruido
se acercan a sus sandalias.
Y en la paz de aquella tarde,
y sobre el lecho del agua,
navega el grito de Antonio,
cortante como una ráfaga:

—«Pececitos de la mar,
llegaos a mis palabras:
ya que los hombres no quieren
oír lo que Dios les habla...»

Se despertaron a un punto
pelaje, color y escama;
y mil puntas de metal
trazaron rutas de plata.
Primero, los más menudos,
de acero y de filigrana;
más atrás, otros medianos,
entre juguete y ganancia,
y al final, los más solemnes,

orgullosos de su estampa.
El silencio y la atención
estremecieron la playa.

El sermón de fray Antonio
fue sermón de circunstancias:
—«Hermanos peces, oídme,
y a Dios dad vuestra alabanza.
El os ha dado refugio,
pan seguro y limpia casa...»

El fraile estaba inspirado,
y su elocuencia saltaba
de una página del Génesis
remota y casi olvidada,
a las brisas evangélicas,
frescas de amor y de gracia.
Los pececitos oían
y la cabeza inclinaban
alabando al Creador
con fervores de plegaria.

El fraile se sonreía
en medio de la algazara.
Gentes de todos colores
bajaron hasta la playa;
y hasta los mismos herejes,
que no estaban para pláticas,
se postraron en la arena
para no perder palabra.

Y se cuenta que aquel día,
y por más de una semana,
fueron cayendo en las redes
que fray Antonio tiraba
peces pequeños y grandes,
algunos de mucha talla.

La voz del fraile se oía,
graciosa y multiplicada,
por las callejas de Rímini
y por toda la comarca.
La sal del mar se mezcló
con la sal de muchas lágrimas.
Golpes de pecho contrito
en los templos retumbaban...

Y después de luengos años
en Rímini se acordaban
de un sermón de fray Antonio,
portugués de mucha fama...

Fr. Prudencio de Salvatierra, 0. F. M. Cap.

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«La fracción del pan», símbolo de unidad

Para los judíos el gesto de «partir el pan», con bendiciones y acción de gracias, era signo de unión entre los comensales. Pero la multitud saciada por Jesús, a orillas del lago, no vio en el signo más que el pan que se multiplicaba. Y siguió la desbandada de Cafarnaúm.

Un año después, en la intimidad emocionada del Cenáculo, se realiza el signo. Fue en aquella noche del mes de Nisán, cuando la luz de la luna llena inundó Palestina para servir de lámpara a la última pascua judía.

Sobre dos trozos de pan Jesús dejó caer estas cuatro palabras: «Esto es mi Cuerpo». Jesús, teniéndose entre las manos, se nos entregaba vivo antes que nosotros lo entregáramos a la muerte. Su voz —aquella voz, entera siempre, de Jesús— se debió romper entonces..., traspasada por el inmenso amor que le unía a nosotros hasta el cabo de los siglos. En adelante para advertir su presencia bastará romper un trozo de pan como en Emaús.

Este sencillo gesto mantenía el rescoldo de la fraternidad de los primeros cristianos en el Señor. «La fracción del pan» es el término técnico más antiguo para designar la Eucaristía. En torno a la mesa de Jesús, el hospedero, brotaba el milagro del consorcio, el ardor de una fe y la esperanza de una vida eterna. Aquel pedazo de pan fortalecía a los mártires, antes de ser triturados, como el trigo, por el furor de las fieras.

Todo un mundo de símbolos y extrañas perspectivas ha conocido este familiar gesto de partir el pan. Nos lo recuerdan todavía las palabras y los gestos del sacerdote en las misas de hoy. La blanca hostia que el celebrante divide por la mitad representa, según la mística medieval, el Cuerpo de Cristo, roto en su pasión. La mitad dejada a un lado evoca a aquel fragmento —fermentum— de pan consagrado en la misa anterior, que se reservaba para afirmar la unidad del sacrificio. Y la partícula de hostia que se mezcla en el vino simboliza la Carne y la Sangre del Resucitado asociadas para nuestra salvación.
Y por encima de todo simbolismo, en ese pan fraccionado para alimentar incesantemente una misa innumerable, está expresada la unión de todos los cristianos en el Señor.

La fracción del pan» es, ante todo, comida de fraternidad, comunión con «los muchos, con todos los que participamos del mismo pan» (1 Co 10, 17). Sin unión no existe comunión fecunda posible. El sacramento del altar, en su sentido más profundo, es el sacramento del Cristo místico. De ahí el ósculo de paz, la alegría embriagadora que experimentaban los primeros cristianos al sentarse a la mesa del Señor para «la fracción del pan».

El esfuerzo que se realiza hoy para devolver a la misa su impresionante espíritu comunitario debe estar presidido por ese humilde gesto de partir el pan. Cada bautizado no es, en verdad, más que una célula de un cuerpo único, una oveja de un solo rebaño, un grano de una idéntica espiga. Un solo bautismo... un solo pan... Basta romper ese pan y ponerlo al alcance de nuestro apetito para sentir la presencia de Jesús entre nosotros.

Gar-Lore