Poesías con motivo del centenario de Fr. Vicente Serra

PLEGARIA DE FRAY VICENTE AL CUMPLIR UN SIGLO

PRIMER PREMIO

¡ALGO, ALGO!... que me ahogue la esperanza,
los huesos de mi carne,
el canal de mi río vacío,
mi finitud inabarcable
entre tus manos de Alfarero.

¡ALGO!... Indeterminado...
fuego que lave el cuenco de mis ojos
la pila que baja al pozo
donde está desnudo el agua.

¡ALGO!, ¡ALGO!, ¡ALGO!
que tengo ansia de infinitud,
nada me sacia,
todo es corcho sin peso,
chiclé gastado.

¡ANSIA, ansia, ansia!...
no de pecados ni suciedad
ni de noches apagadas,
ni siquiera de pecar por amor
—que es el menor de los pecados—
¡Ansia de oropéndolas!
de trigales, de buen tiempo de sementera.

Llevo ansia de apoyar mis brazos,
de sujetarme a tus manos,
de tirar el bastón,
de cubrir las ventanas con luz,
de callar el campanario;

que no encuentro firmeza a mis pies,
que todo lo creado se ladea
que un viento de ansiedad,
ansia de subir a los árboles.

¡SUBIR!, ¡SUBIR!, ¡SUBIR!
de lavar los chopos,
la grama, los escombros...
de rodear el pinar
de zarzales sin espinas;
mi ciudad hacerla luz.

Ansío volverme blanco
junto a tu infinitud
esparcida a voleo en el campo, en los niños,
en el amor, sobre las viñas,
en el viento y en el río.

¡ANSIA, ANHELO, ALGO!...
regaliz del huerto,
esquilas en los corderos,
nieve junto al río
versos, versos, sonetos.

Más hermanos,
más silencios,
más requiebros,
menos olvido nuestro...

Todos tenemos ansia, Señor,
porque tenemos envidia,
complejos, ganas de crecer
hasta tu picota:
Es que la sed enturbia
lo creado por el sol.

Queremos morir a la orilla,
sobre la playa, Señor,
entre los corales azules,
sobre las margaritas silvestres
de tu senda.

¡YA SIN ANSIA!
¡CON SOSIEGO!

Si las flores piden más color
ya no es por ansia, Señor.
Nos conformamos
en ser un florero
a la puerta del postigo.

¡ANSIA, ANSIA, ANSIA!...
de infinitud, de ríos,
de bordar caracoles,
de ir de nuevo por nidos
al pinar, a los zarzales.

¡ANSIA, ANSIA!...
de ser juguete
entre las manos de tus niños.

 


Fr. José Carmelo García R.
San Francisco el Grande
Madrid

San Francisco el Grande

MEDITACIÓ D'UN HOME ARRIBAT A VELL. PREMIO ESPECIAL

Homenatge a Fr. Vicent Serra

Jo ja no res tinc que vore
amb aquest món on soc viu.
Ja el meu se n'ha anat, perque era
a l'altra vora del riu,
i el mire en la llunyania
com un horitzó furtiu.

Soc com les ruïnes d'un poble,
un arbre no encara sec,
un núvol de neu que anava
solcant a colpets el cel
i avui s'ha quedat penjant
com un niu al mig dels temps.

Abans d'hora, acabalaba
treball, aficcions, joiosa
força de viure la vida
tota la sang tremolosa.
Ara també, pero pense
que avui es ja tot altra cosa.

No en tinc desitjos d'anarme'n
ni tampoc de retornar.
Estic! Aixo es tot: estic,
conquilla buida en la mar.
Buit de térra, ple de joia:
me porta Deu de la ma.

Anant a la vora d'Ell,
mai en la vida he estat sol,
com l'aigua que en passar xopa
el marge d'arena moll.
¿I he de voler jo altra cosa
si Ell sempre ha fet el que vol?

Em porta amb tal mirament
que mentre jo estiga aixina
pense que ja es bo guanyarse
tal portable companyia.
Que vinga prompte o mes tard
a per mi: no en tinc mania.

Fr. Angel Martín, ofm
Carcagente

Cien años sin soledad

Diálogo con Fray VICENTE, Hermano Franciscano,
portero de San Francisco, El Grande.
Madrid
.

Le conozco, aproximadamente, desde 1946 ó 47. No podría precisar en este momento. Le he visitado anteayer en la portería de San Francisco el Grande. Estaba allí. Ni le tuve que llamar ni me hizo esperar. Me conoce, me estima, somos amigos, somos como abuelo y nieto.

—¿Qué hace usted en este mundo?

Nos tenemos íntima confianza. Toda la conversación discurrió entre carcajadas.

—Le digo que qué pinta usted en esta tierra, cuando su sitio está en el cielo. No son días ni años para estar usted aquí, en este valle de lágrimas.

Fray Vicente, que me quiere hoy más que ayer, no responde. No acaba de creerse que me haya acordado de él y que haya cruzado media España exclusivamente para darle un abrazo. Me ha estrechado las manos. Me mira con sus ojillos de arcángel sonriente y no me contesta.

—Bien, fray Vicente, si no me contesta, me voy. Ya le he visto, le he felicitado y he cumplido mi deber. Pero... ¿qué se le ha perdido a usted en este perro mundo, para residir en él cien años?

No hay modo. Me hace sentar junto a él. Me mira.

—Que sí, que sí, que le he ofrecido muchas misas a su intención, para dar gracias a Dios.

Pero si quieres arroz. Parece que soy una aparición que tiene junto a sí.

—Bueno, fray Vicente, contésteme con exactitud al interrogatorio que voy a someterle. Pero, ojo, no se escape por los caminos de su Picasent.

—¿Cuál es la palabra que más ha repetido en su interior durante cien años?

—Dios nuestro Señor.

Ya es algo. Por fin habló el prócer de la Orden franciscana, hijo de Picasent.

—Bien. ¿Y la segunda palabra que usted, más o menos, habrá pronunciado en cien años?

— ¡Viva la Orden franciscana!

Fray Vicente es un lego franciscano —quizás esta expresión a algunos modernos les parezca degradante. Ni para él, ni para mí lo es. Yo me eduqué con los franciscanos y les tengo más amor que el que ellos puedan tenerme a mí; y me tienen mucho.

—Fray Vicente, vamos con la tercera pregunta. ¿Qué es lo que más ha preferido hacer durante cien años en la Orden franciscana?

—Trabajar en lo que me mandaban mis superiores.

Hay que reconocer que este franciscano de Picasent es listo como todo valenciano de casta. Entre zorro y ángel.

—Pero fray Vicente de mis entretelas, usted sabe que, modernamente, a los superiores, por el mero hecho de serlo, ya no se los tiene en mucho.

—Bueno, eso son ideas de ahora. Los superiores los pone, en definitiva, Dios, para que le obedezcamos a El mediante lo que ellos nos mandan.

* * *

Tengo que cambiar de tercio. Fray Vicente está, físicamente, duro, tieso, sano, sonriente, vivaz, muy alegre, comunicativo. Y, lo que es peor, más optimista ante la vida que yo.

—Y eso no se lo perdono. ¿De dónde saca usted su alegría?

—Mira tú, qué pregunta. La saco de donde está. Del Sagrario.

Fray Vicente lleva la tira de años en Madrid, pero no se ha desprendido de su acento de Picasent.

—Aixó faltava, soc valencia desde sempre y per a sempre. Tú eres un que t'has fet un senyoret de Madrid. Jo soc de Picasent y res més.

—Está bien, fray Vicente. Pero, vamos a ver, ¿usted en qué pasa los días ahora?

—Eso no me preocupa. Ayudo si puedo y si no puedo, rezo. Yo nunca he estado solo. La soledad no es palabra que ha entrado en mi vida. Un buen franciscano no está nunca solo. Siempre puede rezar, trabajar, callar, oír a los demás, sacrificarse. Nuestra vida es sacrificio por Dios a imitación de nuestro Santo Padre Francisco y el vacío no tiene lugar en la vida de un verdadero franciscano.

Bien, bien, bien.

—¿Desde cuándo no ha estado en Picasent?

—Desde hace nueve años.

—¿Y por qué no ha ido ahora a celebrar sus cien años?

—Me canso viajando.

—Pero tiene sobrados amigos que le facilitarían todo.

—Pero no me interesa. Estoy bien aquí. Y a mi pueblo nadie me lo puede quitar de dentro de mí. Es como si estuviera siempre dentro de él y Picasent dentro de mí. No me preocupa.

En la portería de San Francisco el Grande entran y salen visitas. Todos le saludan. Responde con alegría, sonrisas y risas. No se inmuta. Está sano como un roble.

—Pero fray Vicente, yo sé que usted es un político.

Con esta pregunta logro que estalle en carcajadas.

—Sí, sí, dices la verdad. Soy carlista.

Yo abro los ojos de diez pares en diez pares.

—¿Carlista?

—Sí, sí, soy carlista. Pero de los buenos. Dios, Patria y Rey.

—Dígamelo en valenciano.

—Torna-li la trompa al chic. Soc carlí.

* * *

Bueno, hay que acabar, el posible lector se cansará de fray Vicente y de mí. También yo me despido de él. Le prometo nueva visita.

—Vuelve, te espero...

Son sus últimas palabras. Me llegaron al alma. Un franciscano fiel me demostraba su amor deseando verme de nuevo para... convivir.

Muchas gracias, fray Vicente. Por miles de años dure su ejemplo de auténtica vida religiosa franciscana. De su humildad.

Rosendo Roig, S. J.,
ex alumno del Colegio La Concepción, de Onteniente, promoción 1945