Poesías con motivo del centenario de Fr. Vicente Serra
PLEGARIA DE FRAY VICENTE AL CUMPLIR UN SIGLO
PRIMER PREMIO
¡ALGO, ALGO!... que me ahogue la esperanza, ¡ALGO!... Indeterminado... ¡ALGO!, ¡ALGO!, ¡ALGO! ¡ANSIA, ansia, ansia!... Llevo ansia de apoyar mis brazos, que no encuentro firmeza a mis pies, ¡SUBIR!, ¡SUBIR!, ¡SUBIR! Ansío volverme blanco |
¡ANSIA, ANHELO, ALGO!... Más hermanos, Todos tenemos ansia, Señor, Queremos morir a la orilla, ¡YA SIN ANSIA! Si las flores piden más color ¡ANSIA, ANSIA, ANSIA!... ¡ANSIA, ANSIA!...
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MEDITACIÓ D'UN HOME ARRIBAT A VELL. PREMIO ESPECIAL
Homenatge a Fr. Vicent Serra
Jo ja no res tinc que vore Soc com les ruïnes d'un poble, Abans d'hora, acabalaba |
No en tinc desitjos d'anarme'n Anant a la vora d'Ell, Em porta amb tal mirament |
Fr. Angel Martín, ofm
Carcagente
Cien años sin soledad
Diálogo con Fray VICENTE, Hermano Franciscano,
portero de San Francisco, El Grande.
Madrid.
Le conozco, aproximadamente, desde 1946 ó 47. No podría precisar en este momento. Le he visitado anteayer en la portería de San Francisco el Grande. Estaba allí. Ni le tuve que llamar ni me hizo esperar. Me conoce, me estima, somos amigos, somos como abuelo y nieto.
—¿Qué hace usted en este mundo?
Nos tenemos íntima confianza. Toda la conversación discurrió entre carcajadas.
—Le digo que qué pinta usted en esta tierra, cuando su sitio está en el cielo. No son días ni años para estar usted aquí, en este valle de lágrimas.
Fray Vicente, que me quiere hoy más que ayer, no responde. No acaba de creerse que me haya acordado de él y que haya cruzado media España exclusivamente para darle un abrazo. Me ha estrechado las manos. Me mira con sus ojillos de arcángel sonriente y no me contesta.
—Bien, fray Vicente, si no me contesta, me voy. Ya le he visto, le he felicitado y he cumplido mi deber. Pero... ¿qué se le ha perdido a usted en este perro mundo, para residir en él cien años?
No hay modo. Me hace sentar junto a él. Me mira.
—Que sí, que sí, que le he ofrecido muchas misas a su intención, para dar gracias a Dios.
Pero si quieres arroz. Parece que soy una aparición que tiene junto a sí.
—Bueno, fray Vicente, contésteme con exactitud al interrogatorio que voy a someterle. Pero, ojo, no se escape por los caminos de su Picasent.
—¿Cuál es la palabra que más ha repetido en su interior durante cien años?
—Dios nuestro Señor.
Ya es algo. Por fin habló el prócer de la Orden franciscana, hijo de Picasent.
—Bien. ¿Y la segunda palabra que usted, más o menos, habrá pronunciado en cien años?
— ¡Viva la Orden franciscana!
Fray Vicente es un lego franciscano —quizás esta expresión a algunos modernos les parezca degradante. Ni para él, ni para mí lo es. Yo me eduqué con los franciscanos y les tengo más amor que el que ellos puedan tenerme a mí; y me tienen mucho.
—Fray Vicente, vamos con la tercera pregunta. ¿Qué es lo que más ha preferido hacer durante cien años en la Orden franciscana?
—Trabajar en lo que me mandaban mis superiores.
Hay que reconocer que este franciscano de Picasent es listo como todo valenciano de casta. Entre zorro y ángel.
—Pero fray Vicente de mis entretelas, usted sabe que, modernamente, a los superiores, por el mero hecho de serlo, ya no se los tiene en mucho.
—Bueno, eso son ideas de ahora. Los superiores los pone, en definitiva, Dios, para que le obedezcamos a El mediante lo que ellos nos mandan.
* * *
Tengo que cambiar de tercio. Fray Vicente está, físicamente, duro, tieso, sano, sonriente, vivaz, muy alegre, comunicativo. Y, lo que es peor, más optimista ante la vida que yo.
—Y eso no se lo perdono. ¿De dónde saca usted su alegría?
—Mira tú, qué pregunta. La saco de donde está. Del Sagrario.
Fray Vicente lleva la tira de años en Madrid, pero no se ha desprendido de su acento de Picasent.
—Aixó faltava, soc valencia desde sempre y per a sempre. Tú eres un que t'has fet un senyoret de Madrid. Jo soc de Picasent y res més.
—Está bien, fray Vicente. Pero, vamos a ver, ¿usted en qué pasa los días ahora?
—Eso no me preocupa. Ayudo si puedo y si no puedo, rezo. Yo nunca he estado solo. La soledad no es palabra que ha entrado en mi vida. Un buen franciscano no está nunca solo. Siempre puede rezar, trabajar, callar, oír a los demás, sacrificarse. Nuestra vida es sacrificio por Dios a imitación de nuestro Santo Padre Francisco y el vacío no tiene lugar en la vida de un verdadero franciscano.
Bien, bien, bien.
—¿Desde cuándo no ha estado en Picasent?
—Desde hace nueve años.
—¿Y por qué no ha ido ahora a celebrar sus cien años?
—Me canso viajando.
—Pero tiene sobrados amigos que le facilitarían todo.
—Pero no me interesa. Estoy bien aquí. Y a mi pueblo nadie me lo puede quitar de dentro de mí. Es como si estuviera siempre dentro de él y Picasent dentro de mí. No me preocupa.
En la portería de San Francisco el Grande entran y salen visitas. Todos le saludan. Responde con alegría, sonrisas y risas. No se inmuta. Está sano como un roble.
—Pero fray Vicente, yo sé que usted es un político.
Con esta pregunta logro que estalle en carcajadas.
—Sí, sí, dices la verdad. Soy carlista.
Yo abro los ojos de diez pares en diez pares.
—¿Carlista?
—Sí, sí, soy carlista. Pero de los buenos. Dios, Patria y Rey.
—Dígamelo en valenciano.
—Torna-li la trompa al chic. Soc carlí.
* * *
Bueno, hay que acabar, el posible lector se cansará de fray Vicente y de mí. También yo me despido de él. Le prometo nueva visita.
—Vuelve, te espero...
Son sus últimas palabras. Me llegaron al alma. Un franciscano fiel me demostraba su amor deseando verme de nuevo para... convivir.
Muchas gracias, fray Vicente. Por miles de años dure su ejemplo de auténtica vida religiosa franciscana. De su humildad.
Rosendo Roig, S. J.,
ex alumno del Colegio La Concepción, de Onteniente, promoción 1945
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