Índice de los números 569-570

Octubre-noviembre de 1976. Director: Fr. Gabriel Francés, ofm

El renovador Francisco

Conste que iba a titular este artículo así: «Francisco, el revolucionario». Luego, me ha parecido este título excesivamente sensacionalista y cargado de un contexto de violencia que difícilmente se aviene con el «mínimo y dulce Francisco de Asís». Pero, en mi interior, surgen con frecuencia algunos interrogantes en torno al tema: ¿Fue San Francisco un revolucionario? ¿Por qué en tan pocos años se originó tan gran incendio del fuego de su carisma? ¿Por qué a lo largo de siete siglos de franciscanismo no han cesado de originarse «órdenes», «ramas», «congregaciones», «movimientos»... que se confiesan y quieren ser inspirados por el carisma franciscano?

La clave interpretativa para responder a estas y otras muchas preguntas sobre la continua y sin cesar renovada vitalidad franciscana creo que está aquí. Francisco fue ante todo una vuelta al Evangelio como ideal y forma de vida. El Evangelio no es un libro revolucionario, en el sentido de que predique la violencia como método para sustituir unas instituciones por otras. Pero el Evangelio sienta unos principios de relaciones interpersonales para con Dios y para con los hombres que están exigiendo constantemente vivir en un dinamismo de cambio. El Evangelio establece una escala de valores en línea jerarquizada descendente así: espirituales-persónales-temporales, y esto revoluciona constantemente las instituciones humanas que se basen sobre otras escalas. Incluso hay en el Evangelio expresiones que parecen incendiarias: «He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo...! ¿Pensáis que he venido a dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división» (Le. 12, 49 y 51). Se refería el Señor a las tensiones que iban a originarse constantemente en tomo a su controvertida persona y su mensaje.

Francisco no es ningún incendiario ni belicista. Naturalmente. Pero, al aceptar como forma de vida el Evangelio, su carisma participa de ese fermento revolucionario que se encierra en,el mensaje de Cristo.
Con frecuencia se ha planteado esta cuestión: ¿hasta qué punto es original Francisco? La respuesta ha sido a veces extremosa. Hay quienes opinan que Francisco fue un total innovador.

Otros opinan que en casi nada es totalmente original, sino es por el espíritu que puso en vivir intensamente lo que ya era práctica en la Iglesia. La respuesta exacta corresponderá a los historiadores.

Hay algo que parece cada día más evidente: la radical novedad de Francisco es la misma que el Evangelio. El Santo, al justificar todo su comportamiento por lo que Cristo hizo o dijo, supo encamar lo esencial del mensaje de salvación. Este, como la misma Palabra de Dios, es siempre vivo y actual y sin cesar llama a nuevas consecuencias, según las circunstancias sociales e históricas, en que ha de actualizarse. Ahí radica la novedad de Francisco y por eso los hombres de todos los tiempos se vuelven con admiración hacia él.
Incluso, cuando sus propios hijos, pertenecientes a las innúmeras «órdenes», «ramas», «congregaciones», «movimientos»... han tenido que realizar la adecuada «renovación pedida por el Vaticano II a todas las instituciones eclesiales, han llegado a este redescubrimiento: la Regla franciscana es sobre todo el Evangelio: La «vuelta a las fuentes» es, también aquí, vuelta al Evangelio.

Este redescubrimiento del Evangelio, como norma siempre esencial de la vida franciscana, permite que en nuestros días se viva con gozo la identidad de la gran familia de San Francisco —religiosos, religiosas y seglares— por encima de todas las diferencias que puedan originarse de las divisiones jurídicas o la realización de la misma vocación «según los tiempos y lugares».

Al mismo tiempo, descubrimos por qué Francisco es cada día más actual para católicos, protestantes e incluso no creyentes, que admiran en Francisco la perfecta identidad y correspondencia entre sus convicciones y la vida y obra.

Finalmente, no hay que temer que se agote la fuente de vitalidad franciscana —aunque los actuales miembros de la institución dejemos mucho que desear— porque en el franciscanismo, como en la Iglesia,
lo esencial es el espíritu y no la institución. La institución es siempre para dar «espíritu y vida» y esto viene garantizado por Cristo y su Evangelio.

No soy profeta para poder describir las futuras formas concretas que adoptará la institución franciscana. Cambiará mucho, como todo en la Iglesia y en el mundo. Pero la renovación tendrá que inscribirse en esta línea de vuelta a los orígenes de la familia franciscana, que la misma Iglesia estima como su línea de renovación para encamarse en nuestro tiempo.

P. Llamazares

Mensaje del Papa a la Familia franciscana reunida en Asís con motivo del 750 aniversario de la muerte del Seráfico Padre

El encuentro franciscano promovido en Asís en el 750 aniversario de la muerte de San Francisco concluyó el 29 de septiembre, después de nueve días de reflexión, de estudio y de oración comunitaria. En la liturgia de despedida, los asistentes escucharon el siguiente radiomensaje del Papa Pablo VI a todos los franciscanos esparcidos por el mundo.

Los franciscanos y el evangelio del amor

¡La paz con vosotros, en Jesucristo Nuestro Señor!

A vosotros, hijos e hijas de San Francisco, reunidos en Asís para celebrar juntos cabe la tumba de vuestro Seráfico Padre el setecientos cincuenta aniversario de su santa muerte y para renovar en vosotros el espíritu de su bienaventurada vida.

Hemos recibido con emoción y gratitud la invitación que nos habéis hecho de participar en este exultante y significativo encuentro; pero en la imposibilidad de corresponder a ella con nuestra presencia personal, deseamos con más razón aún estar entre vosotros con nuestro espíritu, mediante esta nuestra bendición apostólica.

Sí, hermanos, ministros generales y provinciales de las cuatro familias franciscanas de la primera orden; todas vosotras, las representantes de la orden segunda, hijas de Santa Clara; vosotros, exponentes de la tercera orden franciscana, y cuantos os habéis reunido en el nombre de San Francisco para revivir su espíritu, estudiar su historia, seguir sus ejemplos e invocar su protección: sí, recibid todos nuestra bendición.

Un mensaje siempre actual

Recibid nuestra bendición por este encuentro conmemorativo, signo de ejemplar fidelidad a la memoria y al amor del Santo incomparable, que proyecta sobre vosotros su nombre y califica vuestra profesión religiosa. Recibid nuestra bendición por la fraternal armonía, que esta reunión demuestra y afianza entre vuestras diversas ramificaciones de la única raíz franciscana. Recibid nuestra bendición por la ejem-par concordia y por la mutua colaboración con la que vuestras diferentes denominaciones franciscanas procuran victoriosamente dar testimonio en nuestro tiempo de la misma palpitante caridad cristiana, ante sus respectivos miembros, ante la Santa Iglesia y ante el mundo. Y recibid también nuestra bendición por los sabios objetivos espirituales, penitenciales y apostólicos que han puesto en movimiento vuestros pasos hasta encontraros en Asís para inaugurar juntos las celebraciones conmemorativas de vuestro antiguo y siempre sugerente fundador.

¡Gloria, sí, a San Francisco!

Benditos vosotros que celebráis su memoria y perpetuáis su difícil y alegre escuela evangélica. Y i paradoja de la pobreza cristiana: él, «el Poverello» seguidor del Señor de toda riqueza que se hizo pobre por nosotros, lo sigue presentando y actualizando hoy todavía, enderezando el eje de nuestra mentalidad humana, torcido por haber dado la primacía a )s bienes temporales, y lo apunta hacia el reino de los cielos, hacia la economía de la caridad y la riqueza del espíritu (cf. 2 Cor 8, 9). Francisco, además, libre como pájaro que encuentra de nuevo el espacio del cielo, contempla desde lo alto la belleza inocente de las criaturas, que ya no acechan, sino que sostienen su trayectoria celeste; y a todas, él las saluda cantando con amistosa poesía, grande como el cosmos, fraterno y humilde como toda hermana cosa de esta tierra. Y peregrino sigue su curso, y camina y sube...

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Asís. La gran familia franciscana peregrinando haca la basílica del Seráfico Padre con ocasión del 750 aniversario de su muerte

El alegre anuncio de "Paz y bien"

Benditos vosotros, seguidores de su ascensión, que llegáis al monte de la visión, en el que Cristo crucificado marca sus estigmas dolorosos y gloriosos en el privilegiado discípulo contemplador, convertido ya en emblema de vuestra heroica escuela de dolor penitente y de amor inflamado.

Benditos vosotros, hijos de tan singular familia, que desde hace siglos acompaña apasionadamente a la historia, cada vez más agitada y mudable y sigue su rápido paso, sin cansarse y sin pararse. ¡«Mirad, hermanos, vuestra vocación» (1 Cor 1, 26), viviéndola y anunciándola! Vosotros no representáis un ascetismo anacrónico en este mundo moderno, que aspira a lo que considera la cumbre suprema del esfuerzo civilizador: convertir las piedras de la tierra en manjar para la existencia humana; vosotros sois los discípulos del Evangelio eterno, hechos libres en el espíritu por la búsqueda predominante y por vosotros preferida del reino de Dios, del que todo necesario y justo alimento temporal puede derivar, en virtud de la abundancia de la justicia y de la caridad.

Benditos vosotros, hijos e hijas de San Francisco, por la vestidura real de vuestra humildad y por la aureola popular de vuestra alegría, que también hoy sabréis descender en medio de las muchedumbres del mundo del trabajo y os atreveréis de nuevo a haceros amigos de los pobres, de los enfermos, de los desheredados, de los huérfanos, de los encarcelados, de los perdidos en los callejones marginales de las espléndidas e infelices avenidas de la riqueza y del placer.

Benditos vosotros, evangelistas de la palabra de Cristo, maestros de la sabiduría cristiana, modelos de las virtudes de plegaria y de sacrificio, que hacen Santa a la Iglesia: defended el silencio y el aislamiento de vuestros refugios conventuales; y salid después una vez más a saludar y a convertir al mundo anunciando de nuevo, sin cesar, vuestro «Paz y bien», llevando con vosotros a vuestro inmortal San Francisco, con nuestra bendición apostólica.

29 de septiembre.

Francisco, hombre en camino

La pobreza tiene su encanto

La ostentosa personalidad del poderoso no es a veces otra cosa que pura estafa encubridora de nada. El rico es entonces su dinero y el dinero es sólo tácito contrato mercantil que la sociedad suscribe entre muda y temerosa. Cuando el hombre se identifica con algo que no es él, pierde su autenticidad en la misma medida, y pasa a ser una cosa más, en este confuso trastero de Dios que es en más de una ocasión el mundo.

Cuando en cambio, el pobre se arriesga a tapar su poquedad en la desnudez de Dios, su penuria no es nulidad, sino plenitud de ser íntegramente, sin añadidura engañosa. Cubrirse enteramente de otra cosa conlleva tapar otro tanto la verdad de la propia existencia; destapar el alma de vanidades y el cuerpo de apariencias extrañas al ser original del hombre es tanto como hacerse patente el mundo y a Dios, con la limpieza sin amaños del agua, la piedra o la mirada clara del sol. Así debió de ser en un primer momento en que el hombre no conocía aún el desasosiego ni el sonrojo. Sin embargo, inventada la soledad de una primera transgresión, solo consigo mismo, descubre su debilidad ya inevitable y necesita del préstamo encubridor de cuanto le rodea. El frío, la sed, la tristeza y la necesidad le arañan la existencia, le roen la vida. Ha de proteger su desnudez vital llevándose semillas a la boca, protegiendo sus miembros resentidos de días y noches, aliviando la sequedad que le cuartea el espíritu.

El hombre ya nace desvalido y crece pordiosero. Tiene todavía ante sí la mesa variada y desigual de una geografía redonda y fecunda de ofertas. Puede, por tanto, olvidarse de sí y enmascararse hasta desaparecer en la riqueza, la altanería o el poder, o bien perseguir el atajo difícil de una austeridad razonable en conformidad con el ejemplar perfecto de un ideal previsto. Y no es que profesar pobreza suponga un logro en sí mismo. Es etapa insoslayable para alcanzar la suprema autenticidad de integrarse en la otra pobreza de Cristo que nos hace hermanos de él e Hijos del Padre.

La renuncia aséptica del filósofo es camino seco, pisada en tierra muerta que levanta polvo y reseca la vida. Negarse de barro para investirse de Dios es senda amorosa, no menos áspera, pero compensada siempre por la reciedumbre que da saberse a cubierto en Dios del propio desamparo. Pocas citas evangélicas tan a cuento y tan exquisitamente bellas como aquellas de la zorra, de las aves, de los lirios del campo. Dios vela por ellos. Ni siquiera Salomón se adornó con la deliciosa finura del lirio silvestre.

Fue pobre Francisco a la medida del momento, por cuanto la pobreza es, a la vez, situación en la vida y situación en el tiempo. Dos puntos de referencia le atan a un modo peculiar de ejercer la mendicidad y el trabajo: el aliento vivificador de la palabra evangélica y el ejemplar vivo de pobreza al día que es el peregrino.

Favorecida en su día por el propio Hijo de Dios, la pobreza cobra personificación en la escenografía espiritual del santo de Asís y recibe de él acatamiento y vasallaje en concepto de siervo: Dama Pobreza, la llama con sensibilizado respeto, porque la pobreza actualiza a Cristo en un tiempo en que el dinero lo suplanta todo. Favorecida apenas por el hombre, se acoge al único derecho que el peregrinaje da: «Anheló siempre para sus hijos —ratifica Celano— los derechos de los peregrinos, es decir, de la hospitalidad bajo techo prestado, a fin de que, transitando en paz con Dios, desearan llegar pronto a la celestial patria.»

La pobreza así sentida es alto escalón que le aúpa hasta el costado desnudo de Dios, pone en tensión la sensibilidad espiritual del santo y le obliga a desahogos jubilosos. La ya clásica alegría santa del Fundador salta siempre en el centro del corro que forman la pobreza, el desprecio de sí mismo, la sencillez del que sin Dios no es nada. Alzado hasta ese plano de estioizada santidad, todo le exalta a Francisco. Una losa de piedra, pulida por el agua junto a un río y llena de desperdicios mal mendigados por él, se le antoja espléndida mesa de prodigalidad divina, y prorrumpe al punto en cantos de irrestañable alborozo. Y si de pronto, otro día, ve regresar de la limosna a un religioso que pregona cantando la satisfacción de ser mendigo de Dios, corre Francisco a su encuentro, le alivia el peso y le besa entusiasmado el hombro en que carga el menguado fruto de su pobreza. «Bendito sea mi religioso —proclama— que acude solícito, busca humilde y vuelve gozoso.»

Este es el tesoro que en otro tiempo buscara y no atinaba a encontrar. Tesoro que hay que compartir. No sólo por amor de Dios; Francisco es pobre también por amor al hombre. Por amor de Dios porque así se granjeará el favor de sentirlo cerca en la tierra y rico de plenitud después: «La pobreza es la que instituye herederos y reyes del reino de los Cielos». Por amor al hombre también, a quien así patentizaba el modo práctico de hacer viable la aceptación de la salvación evangélica, de tan áspera catadura para quienes no firman a tiempo el compromiso a que el amor de Dios felizmente nos condena: «Vende tus cosas y sígueme».

Fr. Ángel Martín, ofm.