Índice del número 33

Marzo de 1923. Año 4º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm

Adán y Jesús

I. El corazón de Adán

Si algún elemento de nuestro cuerpo es digno de representar la característica del ser humano, no es ciertamente el cerebro, solio del pensamiento y centro de nuestras comunicaciones físicas internas y externas; oficina suprema de la inteligencia directora, la cual, por medio de la complicada y primorosa red del sistema nervioso, y en relación constante con sus cinco agentes generales, los sentidos, tiene, con una celeridad pasmosa, noticia de todas las sensaciones del organismo y de las que a él llegan del mundo externo.

Pero la inteligencia, con ser tan exquisita y nobilísima, reflejo de la Luz increada y una de las facultades supremas del alma, no es la primordial. A la manera de una sociedad bien administrada, hay en el ser humano un consejo de administración formado por las grandes potencias del espíritu, y se ha dado a la inteligencia la dirección técnica; pero la presidencia del consejo íntimo y deliberador pertenece a la voluntad, que sanciona las iniciativas de la inteligencia y pone el visto bueno a sus planes y proyectos.

Y así como la inteligencia tiene por sede el cerebro, que como faro que alumbra y vigila ocupa la parte más alta, así la voluntad, que es calor y fuente y motor y eje alrededor del cual gira la vida del ser, pone su santuario en el corazón, centro del hombre completo; providencia del organismo y gabinete del sentimiento o conciencia humana; donde hay un aparato que tiene una palanca misteriosa, la libertad, con dos movimientos: el de la derecha, que pone agradable comunicación con la misericordia de Dios, con la gracia; y el de la izquierda, que establece inevitable relación con su justicia inapelable y vengadora.

Es criterio admitido que no a la Omnipotencia ni a la Sabiduría, sino al Amor Divino se atribuye la creación del Universo, en cuya cima puso Dios al hombre para que comunicase con El en amoroso coloquio.
Cuando el hombre salió de las divinas manos, la palanca estaba en comunicación con la gracia, es decir, estaba en orden. Sus pensamientos eran puros, su mirada serena, su semblante apacible. La verdad envolvía su cerebro como al corazón la suave tibieza de la esperanza consoladora; y la quietud y sosiego de su espíritu denunciaban el regazo amoroso de la Divinidad en que todo su ser descansaba y se complacía.

Empero un vaho siniestro, exhalado traidora y solapadamente por el espíritu del mal, puso en el entendimiento del hombre un germen extraño y engañador, que derivando hacia sí la atención que tenía puesta en Dios, se contempló complacido en estático egoísmo; y bajando del cerebro al corazón, arrastró a la voluntad asociándola a su insensato placer; y la voluntad, es decir, el hombre, en aquel momento solemne y funesto, queriendo escudriñar lo que le fue vedado, puso su mano en la palanca misteriosa; y cortando el circuito que les unía con la gracia, la derivó hacia la izquierda precipitándose en manos de la Justicia.

¿Qué súbito espanto y estupor y congoja pueden compararse a los del hombre prevaricador en aquella estrepitosa caída y tránsito desde la gracia a la desgracia; de la cima al abismo; de la vida a la muerte; de la virtud, que es el orden, al desorden, que es el pecado; de la privanza y amistad de Dios, con las dulzuras de su rostro inefable, a su maldición atronadora y terrorífica con su ceño airado?

¡Pobre corazón humano, instrumento del amor, cámara secreta y sancta sanctorum por cuya escalera interior bajaba Dios y subía el hombre hasta confundirse en íntimo y regalado abrazo; y ahora, de repente, profanado y tenebroso; lugar de cita de todas las pasiones desbordadas; asiento del mal; guarida del pecado; fuente del desorden; tierra maldita donde crecieron las espinas que coronaron la sagrada cabeza de Jesús, y fragua siniestra donde se forjaron los clavos que le sujetaron a la cruz y la lanza que penetró en su Pecho sagrado, como un índice misterioso que nos señalaba el punto donde se encuentra la perla preciosa de nuestra salvación eterna: EL CORAZÓN DE CRISTO!

II. El corazón de Jesús

Mirados el infortunio y desgracia del corazón humano, venido a tan extrema vileza y degradación en el triste atardecer del Paraíso, por su propia voluntad y albedrío, era lógica su precipitación en las profundidades del abismo y su condenación eterna, si el mismo que le condena y le precipita no saliese en su seguimiento, llevado en alas del amor, que todo lo vence, y le diese alcance, y le echase, como a náufrago en noche borrascosa, los lazos del arrepentimiento y del perdón comprados a precio subidísimo.
Es cosa que sorprende, la consideración de los portentos y maravillas con que responde Dios a nuestras rebeldías y a nuestros insensatos furores; pues cuanto más se aparta el hombre de Dios, tanto más se acerca Dios al hombre para rehabilitarle y ennoblecerle.

Si bien se mira, la Creación, la Encarnación y la Eucaristía no son otra cosa que una demostración palpable de esa pugna gigantesca en que el sucesivo y creciente vencimiento del hombre, se resuelve misteriosamente en una sucesiva y creciente glorificación de la naturaleza humana, sin menoscabo de la Justicia infinita. Mirad el pugilato:

A la creación, en estado de gracia del hombre, responde éste con el más degradante de todos los vicios: con la ingratitud. Pero Dios, que estaba sobre el hombre cubriéndole paternalmente con sus alas, desciende de su trono y, por medio de la Encarnación, se acerca y se coloca junto al ingrato vistiendo su propia carne, y le habla de igual a igual, y pretende convencerle con su ejemplo y su doctrina, y le ofrece como rescate, condicionado por el arrepentimiento, el tesoro infinito de sus méritos.

A esta maravilla del Amor divino contesta el hombre con el más horrendo de todos los crímenes, el crimen por excelencia, el deicidio, que es la blasfemia en acción, espanto del cielo y de la tierra. ¿Y qué responde a esto la Divinidad ultrajada? Lo tenía previsto, y lo dio a entender la tarde del Calvario cuando la lanza, partiendo el Costado sacrosanto del Redentor, puso frente a frente a corazón y Corazón, y, abierto Este, parecía decirnos por los labios de su Llaga:

«Te rebelaste contra Mí cuando era tu Padre y te cubría con las alas de mi Providencia; Me has dado muerte de cruz cuando me acerqué a ti para redimirte como Hermano; aquí me tienes ahora entregado a ti como Prisionero en la prisión del Tabernáculo que desde anoche, prevista tu ceguedad, dispuse en amoroso banquete, para que tú y Yo fuésemos una misma cosa. Ya no hay distancia entre nosotros.
«Toma la llave del arrepentimiento, que abre este Corazón, y penetra en El donde te esperan delicias inefables. En El está la luz que alumbra los entendimientos, el calor que derrite los odios, la miel que endulza la vida, el pasto que nutre !as almas. En su interior brota un manantial de aguas vivas que salta hasta la vida eterna y que mantiene lozanas y frescas todas las virtudes que adornan la casa de mi Padre.

«Tengo al alcance de tu mano el tesoro de mis gracias cupo número es infinito, y es tal la omnipotencia de mi voz que a una palabra mía salieron de la nada y se formaron, poblando esos inmensos panoramas de los cielos, las constelaciones de astros brillantes que circulan por los espacios infinitos en armonioso y concertado movimiento; y al eco de esa única palabra mía, que es mi voluntad soberana, se desarrolló la vida de los seres, y se llenaron los senos de la tierra de fértiles semillas; y los mares, los aires y las selvas de una variedad copiosa y espléndida de toda suerte de animales cuya reproducción, en el incesante rodar de los siglos, no son otra cosa que la resonancia de aquella palabra mía vivificante y creadora.

«Y, porque más te asombre, celebré consejo con mi Padre y con el Espíritu que nos une, para formar tu ser que es imagen del mío; y te he dotado de una virtud prodigiosa que supera las soberbias ambiciones que te apartaron de Mí en el Paraíso; porque he levantado tu voz a la altura de la mía para hacerla instrumento de mi Omnipotencia santificante y creadora, otorgándote la potestad de sancionar en mi Nombre las transgresiones de mi ley en el tribunal de la Penitencia, y de convertir en la mía, para que sea el alimento de tu espíritu, las substancias del pan y del vino.

«¿Qué más pude hacer por ti que firmar en blanco los memoriales de tu arrepentimiento, y hacerme esclavo de tu voz en el Sacramento del Amor?»

F. M. Morales.

Nacimiento de San José

Cantad, dulces avecillas,
retozad por la pradera,
ángeles son de la gloria
los que promueven la fiesta:
ellos cantan en el cielo,
vosotras aquí en la tierra.
Cantad, dulces avecillas,
mostraos de gozo llenas,
pues la cuna de David
de nuevo se balancea,
arrullando a un niño hermoso
que Dios envía a la tierra.
Esta noche sus vagidos
sonaron por vez primera;
su vista alegra a los cielos,
y el esplendor que riela
el niño José en la cuna,
da estrechura a las tinieblas
y a las sombras lucidez.
¿No habéis visto a las estrellas
qué esplendorosas fulguran?
Y las que estabais en vela
¿no os sorprendió en esta noche
una luz de gloria intensa,
que asemejando a la aurora,
ya os pareció que hora era
de levantar vuestro vuelo
y empezar la cantinela?
Pues era el niño José
que hoy mismo a la vida llega;
y a su cuna descendieron
Dios trino y la gloria entera.
¿Y sabéis porqué los ángeles
en su cuna se congregan?
Porque ha nacido en el mundo
para guardar a su Reina,
aquella Virgen hermosa
que a la eternidad alegra,
que es la Reina soberana
de los cielos y la tierra:
porque este niño bendito,
Dios padre quiere que sea
su más fiel representante
que al Verbo por hijo tenga.
Cantad, dulces avecillas,
Cantad, esa buena nueva,
decidlo a las gratas flores,
decidlo a las aguas tiernas;
decidles que nació un niño
que al mundo de gloria llena.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Las Misiones católicas (II)

Y llega el misionero católico a la Misión de infieles a que se le destina. Y ¿qué hace este varón apostólico en aquellas apartadas regiones? ¡Ah! imposible describir la vida agitada, azarosa, sumamente variada del misionero católico. Son tantas las ocupaciones en que se emplea!; son tantos y tan diversos los oficios a que se dedica!

Pero muy bien podemos reunir y compendiar la vida del misionero, diciendo: que toda ella está consagrada a la salvación de las almas. A esto se reduce todo: todo cuanto hace, intenta y proyecta, tiene como blanco y como fin llevar almas al redil de la Iglesia Católica y regeneralas con las aguas de! Santo Bautismo.

Mas para conseguir esto, que tan fácilmente se dice, ¡cuántos trabajos y desvelos! cuántos sufrimientos y sacrificios no se ha de imponer! A cuántos peligros no se expone el misionero, no ya tan sólo de perder la salud, el bienestar, las fuerzas, si no hasta la propia vida!

Mas convencido de que dar la vida por sus hermanos es la mayor prueba y la más alta demostración de la caridad y del amor, todo lo emprende, todo lo intenta, nada le arredra, nada le fatiga, todo lo tolera, todo lo sufre con la paciencia, la resignación y la perseverancia del verdadero mártir de Jesucristo.
Mas si bien es verdad que los sufrimientos y sacrificios del misionero católico son tan grandes y casi incalculables, también es cierto que el mérito, la recompensa, el premio que se le promete en la otra vida, son proporcionados a obra tan sublime. Por que si, entre todas las obras del ministerio apostólico, la más augusta y la más divina es cooperar a la salvación de las almas: y, como dice San Agustín: «quien salva una sola alma, predestina para el cielo la suya», ¿qué cúmulo de gracias, de méritos y recompensas no obtendrá el misionero católico que tantas almas salva, abriéndoles las puertas del cielo?

Y aparte del premio eterno que tiene Dios prometido al misionero católico, cual es Dios mismo, gozar de su posesión y felicidad eternamente, se le anticipa ya parte de este premio inefable, acá en la tierra. Pues ningún gozo, deleite ni satisfacción terrena hay comparable, con el gozo, deleite y satisfacción que siente el misionero cuando logra convertir una sola alma para Nuestro Señor Jesucristo.

Porque contemplar aquella alma que hasta entonces había sido hija del diablo, esclava de Satanás, manchada con la culpa, y ver luego con los ojos de la fe, como se rompen las cadenas de la esclavitud, cómo recobra la dignidad de hija de Dios, y cómo reaparece en ella la imagen divina, oculta bajo la negra mancha del pecado, y ver además, cómo rotas las ligaduras de la culpa, se dispone aquella alma, no ya a correr velozmente por los caminos del Señor, sino a volar hacia Dios, hacia quien se siente atraída, como toda criatura hacia su centro, toda esta contemplación produce en el alma del misionero el mayor gozo, deleite y satisfacción que puede sentirse en la tierra.

Y lleno, repleto, saturado de este gozo inefable, que inunda toda su alma, y aún se desborda por todo su cuerpo, emprende el misionero católico nuevas conversiones de almas; y este gozo espiritual, uno de los frutos más regalados del Espíritu Santo, infunde en su alma nuevos deseos, nuevas ansias, nuevo celo por la salvación de las almas, y comunica a su cuerpo nuevas fuerzas, nuevos bríos, nuevas energías para acometer nuevos trabajos y nuevos sacrificios, y continuar su obra regeneradora.
Y para esto busca nuevas regiones, surca nuevos mares, vadea nuevos ríos, recorre nuevas tierras, se interna en nuevos bosques, en busca de nuevas almas para Jesucristo.

¿No se minan los montes en busca del oro y de las piedras preciosas, y se bucea en los mares en busca de las perlas, y se perforan las cordilleras, y se cruzan los desiertos, y se vuela por los aires, y se exploran las más apartadas regiones de los polos, para llevar a todas partes los adelantos y progresos de la civilización? pues ¿cómo no se habían de imponer los misioneros católicos los mayores sacrificios para buscar las almas de los Mieles, mucho más preciosas que el oro y que las perlas, y para iluminarlas con la luz de la fe, mil veces más esplendorosa que las luces de la razón y de la civilización moderna?

Así es como se explica la vida prodigiosa y estupenda de nuestros más grandes misioneros: de un San Francisco Javier, de un San Francisco Solano, de los protomártires franciscanos de Marruecos, del B. Raynundo Lulio, y de tantos y tantos otros, del clero secular y regular, quienes desde nuestras primeras conquistas, en África, y desde el descubrimiento de las Américas, no han cesado, ni cesan de abrir y crear nuevas misiones, y conservar las antiguas, con nuevos misioneros, nuevos apóstoles, nuevos mártires que riegan con su sangre aquel suelo, haciendo brotar nuevos cristianos, nuevos confesores, nuevos atletas del ejército de Jesucristo.

Por eso no hemos de extrañar que los Soberanos Pontífices y los Prelados todos de la Iglesia, como ecos de la voz de Roma, no cesan de recomendar, fomentar y propagar, por todos los medios, la obra máxima, la mayor de todas, de las Misiones católicas; porque ellas son la manifestación más clara y evidente del espíritu divino que vivifica a la Iglesia, de la llama del amor que arde en su pecho, del celo apostólico que la devora, del ansia, del deseo ardiente que la consume, de que se conviertan y se civilicen y se salven todos los infieles que hay en todo el mundo.

Fr. Juan B. Botet, ofm

Los pintores de san Antonio Murillo y Martínez Cubells (II)

San Antonio de PaduaDejamos a Murillo en el número anterior en posesión de un nombre famoso como pintor y recién contraído su matrimonio. Por esta época se notó un cambio bastante acentuado en técnica pictórica de nuestro biografiado, sin duda debido a las grandes enseñanzas que aprovechó durante su estancia en Madrid estudiando a sus maestros favoritos. La primera obra suya de esta época fue una Concepción, con un religioso escribiendo en primer término, encargo para el convento de San Francisco, de Sevilla, y por la que cobró 2.500 reales; se ignora el paradero de esta pintura. Luego ejecutó las imágenes de San Leandro y San Isidoro, costeadas por el Arcediano de Carmona, Juan Federiqui, para la sacristía mayor de la Catedral sevillana.

Y llegamos al año 1656, en que pintó Murillo el gran lienzo que adorna la capilla bautismal de la misma Santa Iglesia. Representa, como todos hemos visto, la Aparición del Niño Dios a San Antonio de Padua, y es la obra de mayores dimensiones que ejecutó el artista. Mide 5'50 metros; por 3'50, según Curtís; o 5'48 por 3'56, según otros. Pintó Murillo esta hermosa composición por encargo del Cabildo, y le valió 10.000 reales, que pagó el mismo Cabildo. Fue colocada en el lugar que ocupa el 21 de Noviembre de 16:6. Refiere Viardot que en 1815 el duque de Wellington ofreció 900.000 pesetas por el lienzo.

El 5 de Noviembre de 1874 se descubrió que la composición había sido mutilada, apareciendo cortada la imagen del Santo, en un trozo que medía 1'85 metros por 1'92. La impresión que el robo causó en el mundo, principalmente en España, no es para descrita. Después de no pocas e infructuosas pesquisas, quiso la Providencia que la figura del Santo apareciese. El 2 de Enero de 1875, un mal español llamado Fernando García, propuso a un negociante de cuadros de Nueva York, llamado Schaus, el venderle el fragmento robado. La Providencia tocó el corazón de este hombre, el cual fue a dar cuenta de la proposición que le hicieron al cónsul de España; éste negoció la compra, y la realizó en 250 dólares (unos 250 duros nuestros). El Gobierno español, que había ofrecido al que encontrase el fragmento un premio de 50.000 pesetas, se apresuró a otorgárselo a Schaus, quien lo renunció; a cambio de este generoso servicio a España, se proyectó otorgarle otra recompensa, que como tantas otras cosas, cayó en olvido. El 30 del mes de Octubre del año 75 quedó de nuevo instalado en su sitio el cuadro, ya restaurado por nuestro paisano Martínez Cubells; pero como en el número anterior decíamos, esto será tema para cuando hablemos de este ilustre pintor valenciano.

Pintó, además, Murillo, otros cuadros, del Santo Paduano, siendo los principales, dos que posee el Museo provincial, de Sevilla; el del Museo del Emperador Federico, de Berlín; el del Museo de Louvre, de París, dibujo original de la misma composición, y varias repeticiones con ligeras variantes en la colección de Justa y Rufina.

Por el 1670 solicitó !a majestad de Carlos II que se trasladase Murillo a Madrid; pero mal avenido éste, como decíamos, con la vida cortesana, declinó tales ofrecimientos del monarca, permaneciendo en Sevilla, donde pintó en 1672 los lienzos que le encargó el famoso caballero don Miguel de Mañara, para decorar la nueva capilla del Hospital de la Caridad, en cuya hermandad había solicitado el artista el ingreso en Abril de 1662 y en la que fue admitido en 4 de Junio de 1665. Por estos lienzos, que fueron once, cobró Murillo 78.115 reales. Ejecutó además, por entonces, veinte composiciones para la iglesia de Padres Capuchinos, de Sevilla. También pintó para el Hospital de Venerables. En 1678 pintó varios cuadros para el retablo mayor del convenio de San Agustín, y muchos otros que existían en varias iglesias y casas nobles y principales de Sevilla.

En 1680, se trasladó a Cádiz a cumplir el compromiso contraído de pintar para el convento de Capuchinos de aquella ciudad, un retablo de Santa Catalina y cuatro cuadritos para el mismo, por el precio de 900 pesos. Cuando tocaba a su término la obra, tropezó y cayó desplomado al suelo desde bastante altura. El golpe agudizó la afección que padecía, y enfermo de gravedad regresó a Sevilla, donde falleció el 3 de Abril de 1682. Dejó un testamento sin terminar, pues se cuenta que falleció otorgándolo, por él se ve la piedad que su alma atesoraba. Al siguiente día, 4 de Abril, fue admitida la validez del testamento incompleto.

Su cadáver fue enterrado en la capilla del Descendimiento, de la iglesia de Santa Cruz, de la ciudad sevillana, en una sepultura que ya contenía otros cuerpos.

Durante la invasión francesa fue derribado este templo, y cuantas pesquisas se realizaron para hallar el cuerpo del artista, fueron infructuosas, pues solo apareció un montón de cenizas, parte hoy de la tierra que se pisa.

El año 1858 se colocó una lápida conmemorativa en una fachada de las que dan al solar en que estuvo el templo, con la siguiente inscripción:

PARA PERPETUAR LA MEMORIA
DE QUE EN EL ÁMBITO DE ESTA PLAZA,
HASTA HACE POCO TEMPLO SAGRADO,
ESTÁN DEPOSITADAS LAS CENIZAS
DEL CÉLEBRE PINTOR SEVILLANO
BARTOLOME ESTEBAN MURILLO
LA ACADEMIA DE BELLAS ARTES
ACORDÓ PONER ESTA LÁPIDA,
MODESTO MONUMENTO, PERO EL PRIMERO,
QUE SE CONSAGRA A SU ILUSTRE FUNDADOR. 1858

F. Asensio.

02

José Corts Grau, presidente de la Congregación de Honor

La sonrisa del futuro

Las horas dulces del pasado hermoso
nos legaron su herencia,
la herencia santa del ensueño noble,
el noble anhelo de las cosas buenas,
sereno empuje del esfuerzo sano,
el sano aliento de esperanzas bellas.

Señor, pronto la vida
de estos lugares alzará sus tiendas,
con ansiedad el porvenir nos llama,
a nuestras almas incesantes llegan
las voces de un gran mundo.

Diz que horas tiene de temores llenas,
que tiene encantos de ternura henchidos,
que tiene sones de falaz sirena,
que tiene abismos de atracción suaves,
que tiene cuadros de simpar belleza.

¡Futuro ignoto, tu sonrisa obscura
guarda el secreto de la ruta incierta...!
la ruta que el ensueño
nos muestra ahora cual florida senda,
y solo rosas en su fe vislumbra
y oasis solo en el desierto espera...

¿Habrá en el alma mágicas visiones?
¿habrá en los ojos misteriosa venda?

Las alas pugnan por volar ansiosas,
el pecho late con extraña fuerza,
el porvenir velado

lo aclara, a instantes, brillantina estrella
mostrándonos la dicha. ¡Enigma ardiente!
¡cuántos contrastes en tu seno encierras!

Para unos ,amor, para otros, frío,
desgracias, goces, inquietudes, pruebas.

No sé... algún día la ilusión rosada
quizá en la cumbre del placer se vea,
tal vez rebose de ventura el alma,
tal vez el pecho de ansia desfallezca...

¡Envuelto porvenir, guarda tu enigma!
¡Incierta realidad, queda en tinieblas!

Quizá algún día nuestra nave cruja
y estalle la tormenta;
quizá la vida, en sus vaivenes bruscos,
desgarre presto la rosada venda...

Mas si ante el viento, en el desierto estéril,
las blancas lonas desgarradas quedan,
que algún recuerdo de estos muros santos,
que una imagen de su santa iglesia,
que la añoranza de las dulces horas
en nuestros años de ilusiones tiernas,
que el fiel consejo del varón bendito
que modelaba nuestras almas buenas,
que la voz pura de la augusta Madre
cuyo azul manto nos tendió por prenda
«Levántate», nos diga con cariño,
y a su santo regazo nos devuelva.

José Corts Grau
Poesía leída por su autor en la velada celebrada el día 11 de Febrero en el Salón de Actos del Colegio de Onteniente.

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El Crucificado

Como un manso cordero
Sin querer castigar a sus rivales,
Muere Jesús clavado en un madero
Por libertar al mundo de sus males.
¡Ay! Redentor querido,
¡A qué punto el amor te ha conducido.

En penosa agonía
Lanza, por fin, un esforzado grito:
¡Padre mío! recibe el alma mía
Y perdona a los hombres su delito.
A! ruido de su boca
Se abre en dos partes la elevada roca.

Al fin, Jesús, espira
Y a su muerte, Satán se desespera,
Se tornó el gozo del Averno en Ira;
Se goza el Limbo que la Gloria espera,
La tierra se estremece;
Y el Orbe entero con su Dios padece.

Y en tanto, el Sol, airado,
Niega su luz a la Ciudad impía,
Que no contenta con haber matado
A los Profetas que su Dios le envía,
Alza osada su frente
Contra el mismo Señor Omnipotente.