Índice del número 86
Agosto de 1927. Año 8º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm
- Amor de San Francisco a la virtud de la pobreza y a los pobres. José Mª Giménez Fayos
Francisco no ha muerto. Poema. Fr. Luis Ángel, ofm
El amor no es amado. Fr. Juan B. Gomis, ofm
El amor a los pecadores en San Francisco. Fr. Juan Bta Botet, ofm - Alegrías del Espíritu. Fr. Francisco Lliteras, ofm
Perlas de amor. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
De nuestro emocionario. Poema. José Corts Grau
La carta de un mártir. Fr. Manuel Balaguer, ofm
San Antonio en la Alameda. Fr. Manuel Balaguer, ofm
En el lago de Tiberíades. Fr. Juan Alventosa, ofm
Informaciones.
Con motivo del Centenario
Amor de San Francisco
a la virtud de la pobreza y a los pobres
Breve discurso leído en la Junta General de la Sociedad de San Vicente de Paúl que se celebró el día 1 del pasado mes de Mayo en el Palacio Arzobispal, bajo la presidencia del Sr. Canónigo Provisor, Dr. D. Federico Ferreres. (Conclusión)
Y así, primero el señor Obispo de Asís y luego alguno de los Cardenales, creyeron que debía reformarse el principio de la absoluta pobreza. Esta opinión de algún Cardenal hizo que S. S. el Papa Inocencio III retrasara la aprobación de la Regla, solicitada por el Santo, teniendo que intervenir la inspiración divina por medio de extraordinarias visiones, para que, al fin, el Sumo Pontífice diera su beneplácito supremo.
Hemos visto el amor de San Francisco a la pobreza, considerada como una virtud de ejercicio voluntario. Digamos ahora breves palabras sobre su amor al prójimo, y especialmente al prójimo pobre y desvalido. Ya, al principio de su conversión, le vemos cómo vendo un día de paseo vistiendo rico traje, lo troca por el roto y maltrecho de un hombre que se encuentra en el camino. Le vemos en otra ocasión, paseándose a caballo, y al encontrarse con un leproso, cómo siente impulso de alejarse de su repugnante vista, mas venciéndose, se apea y no sólo socorre con su limosna al desgraciado, sino que le da también un beso en el rostro.
En su viaje a Roma, también antes de su completo desasimiento de todos los bienes, le vemos después de haber dado la mayor parte del dinero a la iglesia de San Pedro, repartir el resto entre los pobres que a la puerta había, y habiéndose sentido especialmente conmovido a la vista de uno de ellos, cambió su vestido por los andrajos del mendigo, y aún más, ponerse él mismo a pedir limosna.
Le vemos, más adelante, fundada ya su Orden religiosa, cómo habiéndole dado un ciudadano de Cortona un manto o capa, por haberle visto muy desabrigado y con poca salud, en tiempo de mucho frío, se deshace de tal prenda al cabo de unos días, para que una mujer pobre pudiera abrigar a sus hijitos y como quiera que un novicio que le acompañaba pretendiera recobrarla, le dio fuerte reprensión, obligándole a besar los pies a la pobre. Otro manto le buscaron los frailes, más poco tardó en desprenderse de él.
En cierta ocasión, un mendigo enfermo y casi desnudo, se acercó al Santo, rogándole le encomendara a la caridad de la gente congregada para oírle predicar. Se dolió mucho el Santo de tanta miseria y tras decirle que le complacería, se puso a llorar, ponderando aquellas desgracias con el religioso que le acompañaba. Mas éste, sea por consolarle o porque su corazón no fuera muy compasivo, empezó a decir que quizá aquel pobre no era tan digno de compasión como parecía, pues muchos mendigos ha y que no lo pasan mal, una vez acostumbrados a tal género de vida, añadiendo otras razones análogas. Escandalizado el Santo, le reprendió diciéndole entre otras cosas: Con los pobres antes has de excederte en la compasión que exponerte a juzgarles temerariamente. ¿Quién piensas tú que es un pobre sino espejo en quien has de ver una viva imagen de Cristo?
A Cristo, pues, pierde el respeto quien ultraja o desestima al pobre. Todo cuanto en el pobre descubre la vista, es una miseria, y ésta tiene derecho natural a la compasión de quien la mira. No digo que no puede haber engaños, pero debemos dejar por cuenta de Dios el descubrir los secretas de la mentira. Atreverse la cortedad humana a penetrarlos, es temeridad llena de impiedades 5> de peligros. Si de parte del pobre hubiera engaño, de tu parte puedes estar seguro del acierto, si en el pobre miras, no lo que es, sino lo que representa, esto es, la persona de Nuestro Señor Jesucristo.
Advertimos, pues, en San Francisco dos cualidades, en las que de un modo especial debemos fijar la atención los miembros de la Sociedad de San Vicente de Paúl, por lo que a los particulares fines de esta Sociedad atañe: 1ª. Desprendimiento de las riquezas; 2ª. Amor a los pobres.
Seamos generosos en dar, no nos duela emplear nuestro dinero en la limosna, es éste su más lucrativo y digno empleo. Cuanto más desprendidos seamos, más nos acercaremos a la perfección evangélica. Miremos la riqueza como un medio que Dios pone en nuestras manos para que le sirvamos, y siguiendo la máxima de San Ignacio, no usemos de ella sino en tanto en cuanto nos aproveche para conseguir el fin para el que hemos 'ido criados. Y ningún uso mejor podemos hacer de las riquezas que el desprender- ¡j nos de ellas por amor a Jesucristo pobre, venciendo la excesiva inclinación a poseerlas y a acrecentarlas.
Miremos a Jesucristo en el pobre, y seamos todo entrañas de amor para con él.
Si Dios no nos llama al ejercicio de la pobreza material, sí que quiere ver la pobreza en nuestro espíritu y para esto tenemos los pobres y desvalidos a nuestro alcance, para que podamos ejercitarnos en virtud tan excelente y divina.
Jesucristo es el divino modelo que con sus palabras y ejemplos nos enseñó cómo habíamos de emplear nuestra rápidamente transitoria vida: sigámosle. Mas, si su imitación nos parece inasequible a nuestra pequeñez, estudiemos detenidamente las vidas de los santos. Ellos fueron hombres flacos, llenos de miserias como nosotros, y con el auxilio de la divina gracia, se sobrepusieron a su propia insignificancia.
Pongamos nuestra atención en San Francisco en este año, siguiendo las instrucciones pontificias, y no nos contentemos con admirar su santidad. Esforcémonos en copiar sus virtudes, que la gracia de Dios no ha de faltarnos.
José Mª Giménez Fayos.
Francisco no ha muerto
Mortuus est Pater Noster Seraphicus el quasi non est mortuus. (Oficio de San Pedro de Alcántara)
¿Quién ha dicho que ha muerto Francisco, Se le ha visto de nuevo a los peces Se le ha visto elevado a la cumbre Se le ha visto observando los astros Joven, sabio y humilde, le han visto |
y a Satán y sus huestes aplasta Le han visto también con la púrpura Se le ha visto alentando al Piloto Se le ha visto..., mas ¿dó no le han visto, ¿Quién ha dicho que ha muerto Francisco? |
El Amor no es amado
| I
El Seráfico Francisco En verdad, le sobreviene Pero lo que atemoriza |
que suena en su santo pecho, IV Con manos y pies heridos, |
Cultura religiosa
El amor a los pecadores en San Francisco
Uno de los rasgos más característicos del Patriarca San Francisco fue su tierno amor a los pecadores.
Todo lo amaba el Serafín de Asís, todo el universo cabía en su magnánimo corazón, a todas las criaturas amaba como hermanos, porque veía en ellas la imagen del Creador; pero amaba a los pecadores de una manera especial, porque los veía privados de la gracia divina, los veía separados de Jesús Redentor, en quien el Santo tenía concentrados todos su amores.
Y tan vehemente era este amor de San Francisco a los pecadores, que le movía a rogar constantemente por ellos, imponiéndose rigurosas penitencias y mortificaciones, y vertiendo de sus ojos lágrimas abundantes, con las que quisiera borrar las manchas de todos los pecados.
Una noche en que el Santo rogaba por la conversión de los pecadores en un monte cercano a la Porciúncula, se le apareció un ángel mandándole que bajase a la iglesia de Santa María, donde le estaban esperando. Bajó al momento, y al entrar en la pequeña vio, rodeados de luz celestial a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen y a multitud de ángeles. Absorto con esta visión, oyó la voz de Jesús, que le decía: «Francisco, pues tanto te interesas por la salvación de las almas, pídeme lo que quieras.» Y el Santo, lleno de gozo, pidió una Indulgencia Plenaria, que se pudiese ganar con sólo entrar, confesados y contritos, en aquella pequeña iglesia.» «Mucho pides, Francisco, replicó Jesús; mas accedo gustoso a ello. Ve a mi Vicario en la tierra para que te confirme esta gracia.» Y dichas estas palabras desapareció la visión.
Salió San Francisco alborozado de la pequeña iglesia, y refirió a sus compañeros la visión celestial que acababa de tener. Y al amanecer del día siguiente se dirigió presuroso a Perusa, donde a la sazón se encontraba el Sumo Pontífice Honorio III. Escuchemos con atención y reverencia el diálogo sencillo y candoroso que el Santo sostuvo con el Papa.
—Santísimo Padre —dijo Francisco, postrado a sus pies—. He reparado, hace poco, una iglesia dedicada a la Santísima Virgen, y ahora vengo a pediros una Indulgencia, que se ha de ganar en ella, sin ninguna limosna.
—No es costumbre obrar así —contestó el Papa—; pero dime cuántas indulgencias pides, y por cuántos años.
—No pido años —replicó Francisco—, sino almas que queden regeneradas con el perdón de sus pecados.
—No puede conceder esto la Santa Iglesia—contesto el Papa.
—No soy yo—añadió Francisco—, sino Jesucristo quien os lo ruega.
Y fue tal el afecto y vehemencia con que el Santo pronunció estas palabras, que el Papa se vio como forzado a exclamar por tres veces: «Me place, me place, me place conceder lo que me pilles.»
Entonces los Cardenales allí presentes exclamaron: «Mirad, Santísimo Padre, que al conceder esta Indulgencia anuláis en cierto modo las de Roma y Jerusalén.» Mas el Papa contesto: «Concedida está la Indulgencia, no voy a revocarla ahora. Lo único que haré" será limitarla.» Y llamando al Santo, le dijo: «Concedo que cuantos contritos y confesados entrenen la iglesia de Santa María de los Ángeles, queden absueltos de sus pecados y de las penas temporales por ellos merecidas; esta gracia se ganará todos los años; mas solamente por espacio de un día natural, desde las primeras vísperas hasta todo el día siguiente.
Y dichas estas palabras, San Francisco, inclinando profundamente la cabeza en señal de aprobación, se retiró de la cámara pontificia.
—¿Adonde vas, hombre sencillo?—gritó el Papa.— ¿Qué documentos llevas de la Indulgencia?
—Me basta—respondió el Santo-lo que he oído. Si es obra de Dios, Dios la confirmará; no necesito ningún documento. Sea la Santísima Virgen la escritura, Jesucristo el notario, y testigos los san tos ángeles.
Después de esto volvió San Francisco desde Perusa a Asís, y al llegar cerca de la ciudad se sintió lleno de celestial dulzura, gozo y reconocimiento, viéndose obligado a separarse un poco de sus compañeros para dar rienda suelta al afectos de su corazón. Y al volver en de aquel breve rapto, llamó a voces a
compañero Fray Maseo, diciéndoie: «De parte de Dios te digo que la Indulgencia concedida por el Papa en la tierra, ha sido confirmada por Dios en el cielo.»
De nuevo se aparecieron a San Francisco Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen en la iglesia de la Porciúncula. Manifestó Dios su voluntad de que esta Indulgencia se ganase en la fiesta de San Pedro Ad Vincula, o sea el día 1 de Agosto, desde las primeras vísperas hasta todo el día siguiente, todos los años. Y así lo confirmó el Papa, a pesar de la oposición de algunos Obispos, reunidos en Asís para promulgar solemnemente esta gracia.
Este es el origen divino de la celebérrima Indulgencia de la Porciúncula, extendida hoy por todo el mundo. Jubileo plenísimo que ha servido y sirve de norma a los demás jubileos e indulgencias extraordinarios. Jubileo que hoy se gana en la pequeña y encantadora iglesia de la Porciúncula con sólo entrar por una de sus puertas y salir por otra, con las debidas disposiciones. Jubileo que hoy se gana en todas las iglesias franciscanas y en las designadas por el Prelado diocesano, sin que haya cristiano que deje de aprovecharse de esta gracia. Y Jubileo que debéis ganar todos, como verdaderos cristianos y devotos de San Francisco.
Todos sabéis las condiciones necesarias para ganarlo, pues han sido explicadas repetidas veces en nuestras iglesias y en las parroquiales, como también en esta revista. Solamente tengo que animaros encarecidamente a que os mostréis cada vez más agradecidos al seráfico San Francisco, quien por su entrañable amor a los pecadores obtuvo de Dios esta gracia tan extraordinaria.
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