Índice del número 100
Octubre de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
- ¡El amor no es amado! Jesús Galbis
San Francisco, cantor de la naturaleza. Poema. Fr. Buenaventura Meseguer, ofm
El sauce de San Francisco. Perlas del cielo. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Deprecación. Poema. José Corts Grau
La Elegida. Página mariana. Fr. Buenaventura Botella, ofm - Fe práctica, manifestada en obras. Fr. Juan Bta Botet, ofm
El hecho místico. Fr. Juan Bta Gomis, ofm
Que vienen los beduinos. Fr. Juan Alventosa, ofm
Celo maternal. Virtudes selectas. Fr. Francisco Lliteras, ofm
La vida pendiente de un hijo. Misiones franciscanas. Fr. Manuel Navarro, ofm
Por sierras de Albarracín. PAJ
Llovió por fin. Fr. Eusebio Arbona, ofm - Informaciones
Notas de mi viaje a Palestina. Fr. León Villuendas, ofm
Bibliografía.
¡El amor no es amado!
La historia de los hombres célebres suele condensar en una frase lapidaria de éstos, todas sus características, de tal forma que un espíritu atento y observador, podría reconstruir a través de esa frase, la personalidad integral del que la pronunció.
La historia de los grandes Santos realiza esta misma labor, pero a mi modesto entender con más perfección y mejor éxito; porque las frases célebres de los Santos, más que simples frases, son gritos del alma, en los que toda ella con todos sus amores y con sus más íntimos anhelos, salta al exterior en explosión radiante de divina claridad, para iluminar los senderos de las otras almas y empujarlas hacia Dios.
Así ocurre de admirable manera en el grito de amor y dolor, que tantas veces durante su peregrinación por la tierra, brotó de labios del enamorado Serafín de Asís. ¡EL AMOR NO ES AMADO!...
Pocas frases de Santos condensarán más exactamente que esta todos los anhelos, todas las amarguras, todos los inefables amores de un corazón locamente enamorado del Corazón de Cristo.
El alma de Francisco de Asís se había manifestado desde los albores de su vida como sumamente tierna y sentimental: amaba a los pequeñuelos, á los enfermos, a los pobres; se dilataba su pecho ante la espléndida visión del pintoresco valle de la Umbría, en cuya contemplación sin duda comenzó a germinar en él aquel sublime amor a la naturaleza, que tanto enternece y enseña a los humanos.
Pero Francisco, nacido y criado en la abundancia de bienes terrenales, no había podido descubrir enseguida los veneros del amor por excelencia, del amor santo de Dios, hasta que el mismo Dios le tocó el corazón; y en una grave enfermedad que sufrió en Asís primero, y en el penoso cautiverio que soportó en Perusa después, su alma empezó a percatarse de la inmensa vanidad de todo lo creado, y a sentir anhelos infinitos de volar hacia Dios; y aquel joven de sentimientos tan tiernos y delicados, aquel joven que era el rey de la alegría en Asís, aquel joven que en medio de los regalos en que vivía había conservado siempre en su alma los candores de la Gracia bautismal (según afirma San Buenaventura), dio de mano al siglo, y vestido de tosco sayal, y ceñido con ruda y nudosa cuerda, se entregó totalmente, plenamente, generosamente al amor cumbre, al amor ideal, al amor de Jesús, que es encarnación viva y palpitación suprema del Amor Eterno...
Y el amor de Jesús se entregó también a él de una manera inefable y soberana
lo enloqueció primero, lo convirtió luego en serafín, y después de rasgar las fibras de su cuerpo en cinco llagas vivas y sangrantes, que lo transformaron en imagen fiel del Redentor, lo arrebató del mundo, y se llevó al cielo su alma seráfica, para anegarse allí por toda la eternidad en la plena y feliz posesión del Amado.
Grande ha sido la fuerza del amor de Dios en los Santos; pero esa fuerza fue tan colosal en S. Francisco, que no contento con sentirse él abrasado en aquel
amor, atrajo a sí, y abrasó en las mismas llamas a millares de almas. El corazón de Francisco, en medio de la relajación y frialdad del siglo trece, fue como una chispa voraz, que al no poder contener dentro de sí la fuerza de tanto fuego, estalló en un incendio magnifico y avasallador, que se propagó rápidamente por todo el orbe, con más facilidad que se propagarían en el seno de un poblado bosque las llamas del más devastador fuego material.
Todavía hoy, después de siete siglos que dejó de latir aquel corazón seráfico, se quema el mundo al contacto de sus ardores; de aquellos ardores de Francisco que no solo penetraron en las almas abrasándolas, sino que se comunicaron a la misma naturaleza, encendiéndola también con un fuego formidable y misterioso, que sólo Dios podía apagar: maravilla que se vio realizada repetidas veces, cuando en compañía de Santa Clara, fue San Francisco arrebatado en éxtasis en el conventillo de la Porciúncula, y cuando oraba el Pobrecillo de Dios en su calvario del monte Alvernia, próximo a recibir en sus pies, manos y costado las llagas de nuestro divino Redentor.
El amor de Jesús llegó a absorber a Francisco de una manera tan plena y tan absoluta, que podía él repetir con el Apóstol: «No vivo yo, sino más bien Cristo vive en mí»; el amor de Jesús lo enloquecía de júbilo ante las inefables ternuras de Belén, y lo enloquecía también de dolor ante las inmensas amarguras del Calvario... Francisco lloraba, porque en su sed abrasadora de amar a Cristo, quería anegar en ese amor a todas las criaturas; y al rozarle su corazón hecho ascua viva, con el mundo indiferente, despreocupado, olvidadizo, sentía en su alma una sensación de frío tan mortal, que le hacía estremecer, y prorrumpir en llanto, exclamando por todas partes: ¡EL AMOR NO ES AMADO!... ¡EL AMOR NO ES AMADO!...
Francisco se encendía más y más en el fuego del amor santo de Dios, y aquellas palabras que brotaban de sus labios cárdenos y marchitos por la penitencia, las lanzaba a los vientos, unas veces como Flechas agudas y punzantes que debían herir de amor a cuanto tocaran; y así se cuenta que hizo llorar cierta vez a un campesino que quería consolarle de su amargura, y ¡oh maravilla del amor de Francisco!, hizo llorar también a las flores perfumadas de las praderas sonrientes, a los tiernos arbustos y a los viejos troncos de los bosques sombríos, a las rocas secas y descarnadas de los montes majestuosos... ¿Y quién no había de llorar ante esos gritos desgarradores del amor y dolor de aquel serafín de la tierra, que se quedó ciego de tanto llorar la Pasión y Muerte de Jesús?
Otras veces brotaban de su boca aquellas sublimes palabras, débiles y dulces, como los últimos ayes de avecilla prisionera que se siente ya desfallecer de amor; pero siempre caían esas palabras sobre sus fibras, como brasas de fuego devorador, para consumirlo más y más, reduciendo al aniquilamiento de sí mismo, y obrando en él el milagro estupendo de la deificación de una manera viva, palpitante y total...
Francisco de Asís pasó por el mundo abrasándose y abrasando, y sembró en el corazón de sus hijos la semilla de aquel mismo amor, que seguirá hasta el fin de los siglos atrayendo almas a Dios.
Jesús Galbis
San Francisco, Cantor de la Naturaleza
e inspirador de la Poesía
I Siete siglos, Seráfico Padre II Siete siglos, Seráfico Padre |
y tañendo una viola III ¡Qué cantos los tuyos, IV Siete siglos, seráfico Padre, |
Fr. Buenaventura Meseguer, ofm
Perlas del cielo
El sauce de San Francisco
Así como entre los hombres Dios tiene predestinadas algunas almas para brillar con los esplendores de la santidad, y desde su nacer les muestra Dios su predilección con los prodigios de su gracia; así también entre los seres de la naturaleza ha y algunos a los que parece que Dios cuida con mayor esmero, como seres privilegiados, a los que destina para mostrar en ellos alguna maravilla de su poder. Tal era el sauce corpulento y regalado de un bosque de la Campania, de la Italia meridional. Creció como arbolillo mimado junto al reguero de una fuentecilla juguetona, que después de triscar sus aguas puras por las rocas y guijarros de un breñal, se espaciaba por los céspedes del bosque, y callados sus rumores, se filtraba silenciosa por la tierra esponjada del raigambre de la selva. De ella chupaba con exceso el mimoso sauce, y crecía con gracia, y redondeaba su frondosa copa; y desde lo alto dejaba caer sus ramillas lacias y verdes como cabellera destrenzada de una virgen pudorosa.
Era el árbol más gracioso del bosque; las auras matinales se recreaban balanceando sus verdosas colgaduras que rozaban con el suelo; las aves más cantoras y más alegres anidaban en los tiernos brazales de su ramaje; y al amanecer, subidas a sus más altos copetes, lanzaban desde allí a los aires sus más alegres y armoniosos gorjeos; las florecillas más tímidas y delicadas gustaban crecer y abrirse bajo su sombra, y perfumaban su anchuroso radio, las violetas, las temblorosas campánulas, las coquetonas miosotis, los lirios y amarilis y otras lindas florecillas que matizaban de vivos colores el césped de su regazo. ¡Qué gracioso estaba el sauce! ¡Qué frondoso y qué pletórico, como nutrido por la bendición de Dios! Era un árbol privilegiado, en el que Dios mostraba su placer, porque en los consejos de su amorosa Providencia lo había destinado para intervenir en los admirables episodios de la vida de un gran Santo.
El pobrecillo de Asís, llevado por el celo de las almas, recorría por los pueblos de !a Campania; completaba su anhelada misión por todo el reino de Nápoles. Como Pregonero del gran Rey, como Lugarteniente de Cristo, pasaba por los pueblos haciendo bien y convirtiendo a las almas; y los más estupendos prodigios acompañaban a sus sermones. Así llegó hasta el condado de Montilla; y con tan prodigioso fruto predicó en esta ciudad, que todo el pueblo no cesaba de aclamarle, por santo. Temió el pobrecillo Francisco al peligroso clamoreo de 1a vanidad y quiso huir de los aplausos del mundo.
Se había ya puesto el sol entre nubarrones cenicientos y plomizos, que amontonados como crespo y negruzco oleaje recubrían todo el firmamento; los pobrecillos frailes, calada la capucha y cruzados los brazos con las manos dentro de las mangas, caminaban silenciosos por el camino del bosque, y tiritaban de frío. Había anochecido, y silbando como basiliscos las rachas del huracán, arrastraban gruesos copos de nieve, que por momentos se multiplicaban, y caían silenciosos, como fantásticos duendes que bajaban del cielo para blanquear los árboles del bosque. Eran Francisco y su compañero, que huían de la ciudad para evadirse a los aplausos del mundo. El compañero, tembloroso ante la importante nevada, rogaba al Santo que volvieran a la ciudad, porque iban a sucumbir sepultados por la nieve.
Habían llegado ya hasta el sauce corpulento que crecía airoso en el bosque; y el Santo dijo a su compañero: No temas, hermano, así como Dios con una columna de fuego guiaba a su pueblo en las noches por el desierto, y con una nube les protegía de los ardores del sol, ese mismo Dios nos ha deparado este sauce frondoso aquí en el bosque, que nos protegerá de la nevada; reposemos bajo sus ramas y, pasaremos tranquilamente la noche, lo hicieron así; y la nieve comenzó a esparcirse fuera del sauce y no cayó ya ni un copo más sobre aquel árbol; sino que cayendo alrededor formó como una valla que les servía de abrigo; y ellos reposaron tranquilos bajo del sauce, sintiendo como un calorcillo, que era el soplo de la divina Providencia, que calentaba a sus siervos. Vio a la mañana siguiente este prodigio un labriego que pasó por allí; y se volvió a la ciudad a proclamar esta maravilla.
Deprecación
Mi señor San Francisco! Un poco de bondad,
un poco de ternura, de santa caridad!
Si en nuestro pecho hiela, y tu pecho se inflama
haz que ardamos nosotros también en esa llama,
¡Rosas de rubíes que manan martirios,
ojos fulgurantes que viven delirios,
lumbre de tus llagas, lumbre de tus ojos,
plantas desangradas por tantos abrojos...
Caminos, caminos!
tus pasos les dieron confines divinos.
¡Sendas de la Umbría
que guardáis su aliento... Y esta tierra mía
que aún besa las huellas de su romería!
Señor San Francisco! tu voz era una,
vibró en todo el orbe, y un claro de luna
puso en tu cabaña temblores de cuna.
¡Señor! te esperamos;
ya apenas si somos los hombres hermanos,
el amor de Cristo nos cansa, señor,
y solo nos resta ceniza de amor;
y unas alas torpes,
y un soplo de luz:
ya apenas si hay alguien que abrace su cruz;
y se mustia el gozo como flor de un día:
...¡almas que le visteis andar por la Umbría!
Mendigo alegre de los pies desnudos,
que por gran tesoro llevabas tres nudos,
hermano del agua, del fuego...
Amor,
que clavó en su carne todas las espinas,
por tus cinco rosas que manan divinas,
tráenos a Cristo en nuestro dolor.
...Mi señor San Francisco! Un poco de bondad,
un poco de ternura, de santa caridad!
José Corts Grau
Página mariana
La Elegida
El Ángel Gabriel, según nos refiere el Santo Evangelio al anunciarnos el misterio de la Encarnación, fue enviado por Dios a una Virgen. Pero ¿a qué Virgen? A la primera que encontrase o que él arbitrariamente escogiese? Nada de esto, sino que fue enviado a la pequeña ciudad de Nazaret en Galilea, a una virgen desposada con un varón de la casa de David, llamado José, y el nombre de la virgen era María. De modo que según el sagrado Texto, el Arcángel es enviado a una Virgen determinada, que ya había sido elegida por Dios desde toda la eternidad y formada a medida de su corazón.
Por esto pudo darle detalles a su ministro sobre el nombre de la virgen y de su esposo y del lugar donde con toda seguridad podría hallarla. Esta Virgen, pues, diremos con S. Bernardo, no ha sido hallada a la ventura y por casualidad, sino que ha sido escogida y conocida en todo tiempo por el Altísimo que la predestinó para ser algún día Madre suya.
¡Oh, cuánto mérito le da a la Santísima Virgen ese formársela y elegírsela Dios para su propia madre. Pues ello nos dice que el Señor la estuvo mirando con amor de predilección desde toda la eternidad y que se regalaba ya entonces en Ella y tendría su corazón de jubilosa alegría al contemplarla en lontananza hermosa y agraciada, perfecta y santa cual ninguna otra criatura. ¡Ah, y cómo se realza su figura sobre todos los seres de la creación!
Los hombres medimos el valor de las cosas o por la pericia y talento de las personas que las escogen, o por las aplicaciones y destino que se les da. Según esto ¿cuál no será el mérito y valor de la bienaventurada Virgen María siendo elegida por Dios de entre todos los seres posibles para Madre del Verbo encarnado? Sí, el que la elige es Dios, sabiduría infinito, único que puede apreciar el valor y mérito de las personas o cosas, porque sólo El penetra los corazones y sondea las conciencias y conoce las intenciones de los hombres; sólo El conoce la esencia de la cosas y está en el secreto de su formación, porque todas son obras de sus manos. Nada, pues, se le podrá ocultara su mirada penetrante, vasta e infinita.
Pero hemos dicho también que el valor y mérito de la cosas elegidas está en relación del número de entre las cuales se seleccionan. Poco se necesita discurrir para escoger entre dos o tres objetos el mejor; más difícil nos sería la elección de uno entre cien, y a medida que aumenten las cifras crecerán también las dificultades de los electores, siendo poco menos que imposible al hombre poder apreciar el mérito superior de una cosa cuando haya de seleccionarla de entre una multitud de objetos preciosos y de gran valor.
Fr. Buenaventura Botella, ofm
(Continuará)
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