Perlas del cielo
Los muertos viven
En Betania los amigos predilectos del Buen Jesús lloran con amargura una fatal desgracia: Lázaro había muerto. Los lamentos acompasados de las plañideras, y las notas quejumbrosas de las flautas y de los músicos llenaban los ámbitos de aquella santa morada que tantas veces había albergado al Maestro, y Marta y María sentadas en el pavimento, cubiertas las cabezas con un velo, los pies descalzos, silenciosas y solitarias oían con amargura las frívolas palabras con que sus amigos los judíos las querían consolar. No estando Jesús, qué consuelo podría haber para ellas?
Cuando Lázaro enfermó le habían enviado un mensajero a la Perea donde Jesús predicaba diciéndole: Señor, mira que el que amas está enfermo. Mas Jesús, no hizo caso; y dos días después dijo a sus discípulos: Nuestro amigo Lázaro duerme, mas yo voy a despertarle del sueño. Había muerto Lázaro y Jesús llegaba a Betania cuatro días después de haber sido sepultado. Las dos hermanas que tan tiernamente eran amadas de Jesús, solo tuvieron para él esta reconvención de tanta fe: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiera muerto. Jesús les responde: Vuestro hermano resucitará. Yo soy la resurrección y la vida: Quien cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá. Jesús viéndolas llorar, lloró con ellas y se encaminaron al sepulcro, y cuando estuvo ante la losa, prorrumpiendo en nuevos sollozos que le salían de! corazón, gritó con voz fuerte: Lázaro sal fuera. Lázaro cuyo cuerpo ya echaba hedor, salió lleno de vida. Cristo Jesús le había despertado de su sueño, pues como creía en él, aunque había muerto, vivía.

Resurrección de Lázaro (De Meditadores del silencio interior)
Este episodio de la vida de Jesús, es el fundamento de la esperanza de nuestra resurrección; y su llanto ante el sepulcro de Lázaro confirma nuestra fe y da testimonio de que el llanto del cristiano es como el rocío, que ayuda a florecer la esperanza. No mueren los muertos, sino que duermen, y nos esperan, para despertar juntos en el cielo.
Así lo creía Juanín, hermoso niño de dorados rizos, que vio partir a su madre desde el lecho del dolor hasta el sepulcro, que era la puerta que daba entrada al camino del cielo. Su madre se lo había advertido ya, cuando se vio convencida de que iba a morir, y se lo a iba dejar solo en el mundo. Hijo mío, yo me voy camino del cielo. Tú me seguirás cuando hayas sufrido mucho; no te desesperes, que yo te aguardo, como en un largo sueño y cuando nos volvamos a juntar seremos siempre felices en el cielo para no separarnos jamás.
Juanín aprendió bien las últimas palabras de su madre, y la acompañó hasta el cementerio, y en su losa puso una cruz, como otras tantas de las que allí había, y sembró una linda flor que luego regó con sus lágrimas. La flor creció verde y lozana, y siempre mostraba el vivo color de sus florecillas, porque él frecuentemente las regaba con el rocío de su llanto; y al ver las florecillas se avivaba su esperanza.
La vida fue muy dura para Juanín. La soledad, el olvido de sus parientes, la miseria, el hambre, el frío glacial del invierno, la desnudez y toda esa corte de las desgracias, fueron las compañeras inseparables de su vida; para colmo de penas también la enfermedad vino a cebarse en su delicado cuerpo. Juanín se sentía abrumado de penas y amarguras, pero todos los días acudía a consolarse y a confortar su esperanza junto a la losa de su madre, que dormía allí y le esperaba para andar juntos por el camino del cielo.
Como sufría tanto, se lo contaba a su madre y lloraba, y sus lágrimas hacían reverdecer más la florecilla de la esperanza. Una noche de crudo invierno caminaba tiritando de frío y hambriento hacia la tumba de su madre, y rezaba con más fervor, con más ansia, con un anhelo más vivo de despertar a su madre para que se lo llevara al cielo: ya había sufrido bastante; con esa ilusión al llegar le pareció escuchar la voz de su madre que le llamaba y cayó desvanecido sobre la losa. A la mañana siguiente,el rocío cuajado en escarcha, recubría el cuerpo de un niño, y unas florecillas de siempreviva matizaban de vivo color la palidez de su frente. Era el cuerpo de Juanín que juntamente con su madre andaba ya por el camino del cielo.
¿Yo para qué nací?...
Glosa
¿Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme
Triste cosa será, pero posible.
¿Posible, y río y duermo y quiero holgarme?
¿Posible y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago, en qué me ocupo, en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo»...
En plena juventud está mi vida Y de esta gran verdad bien convencido, Yo tengo que morir...: y es gran locura Luchar en vida contra el mal yo quiero, |
¿Es posible que eternamente muera ¿Es posible, mi Dios, que me condene Oh, cuán fatal locura es esta mía, Un rayo de esperanza me ilumina |
Jesús Galbis
Cultura religiosa
Que vean vuestras buenas obras
Les decía en mi anterior escrito que nuestra fe ha de ser práctica, es decir que ha de ir acompañada de buenas obras, pues de lo contrario sería una fe muerta, estéril y de ningún mérito para la vida eterna.
Y con las buenas obras que deben acompañar siempre nuestra fe se alcanzan aquellos dos altos fines que tanto recomendaba nuestro Divino Maestro, hablando con sus discípulos: «Que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».
He aquí el apostolado fecundo que habéis de practicar en todas partes. Que vean vuestras buenas obras. Y ¿quién las han de ver? Todos los que os rodean, todos aquellos con quienes vivís, y a quienes tratáis; en una palabra, todos aquellos que tengan ojos para ver lo que hacéis, y oídos para oír lo que habláis; y esto pública y privadamente, en casa y en la calle, en el taller y en el colegio, en el despacho y en el templo, en las reuniones y diversiones, donde quiera que haya un testigo que pueda observar vuestros actos. Así es como se practica este Santo apostolado del que tanto se ha hablado, y del cual nunca se habla bastante: el apostolado del buen ejemplo.
Si queréis, mis queridos Antonianos, ejercer alguna influencia benéfica sobre todos los que os rodean, dadles en todas las cosas la lección del buen ejemplo: porque tiene una fuerza tan poderosa e irresistible que acaba siempre por vencer y arrastrar a todos a quienes alcanza.
La mayor parte de los jóvenes, por no decir todos, lo mismo que los niños y los mayores de edad, obran atraídos e impulsados por el ejemplo que ven en los demás.
Así que por más que se predique y se escriba, se enseñe y se hable, se proyecte y se proponga, todo resultará poco menos que inútil y estéril, si a las palabras no acompañan las obras, y a las enseñanzas los ejemplos, y a los escritos la práctica del bien y de la virtud.
Un buen ejemplo es por si más elocuente y eficaz que todos los discursos y que todos los proyectos, planes y programas de reforma de la sociedad que se han escrito y escribirán en todas las partes del mundo.
Y si pudiéramos penetrar en el interior de la mayor parte de los que son malos, blasfemos, impuros, enemigos de Cristo y su Iglesia, veríamos como son todo esto por los malos ejemplos que han recibido y reciben de los que los rodean y ejercen alguna influencia sobre ellos.
Es esta una verdad que se ve, se palpa, se toca, todos los días y en todos los órdenes de la vida.
Vosotros mismos la podéis experimentar y comprobar cuando queráis, sin gran trabajo ni esfuerzo.
Si sois estudiantes, veréis que en la Universidad, en el Instituto, en el Colegio, sea cual fuere, la mayor parte de los alumnos siguen siempre a unos pocos, que hacen de cabecillas, y dirigen todo el movimiento de los demás, tanto en bueno como en mal sentido, promueven las algaradas, forman las comisiones, organizan las asambleas, veladas, homenajes, y toda clase de reuniones y actos públicos y privados.
Si sois obreros, y formáis parte de algún gremio o asociación, veréis también, como las iniciativas en casi todas las cosas proceden siempre de uno o de muy pocos, que son los que atraen, dirigen y mueven a los demás hacia donde quieren y se proponen. Y esto ha sucedido siempre, sucede y sucederá, porque es condición humana y radica en nuestra propia naturaleza. De aquí se deduce cuán eficaz e influyente es siempre el ejemplo, bueno o malo, y cuán tremenda responsabilidad tendrán todos aquellos que arrastran a otros al mal, al desorden y al abandono de sus obligaciones.
Y en cambio serán siempre dignos de encomio, aún en esta vida, y de eterna recompensa en la otra, los que dan en todo buen ejemplo, conducen a otros por el buen camino y les enseñan el cumplimiento de los debeles religiosos y éticos.
En torno al lago de Tiberíades
Claro de luna
Una persona cargada de luces, de farolillos de mil colores, inquietantes, nerviosos, sugestivos, resbala en el espejo del mar, en noche de luna, tranquila, sosegada, soñadora, oriental... Se columpian los farolillos entre músicas sentimentales pero enérgicas del nuevo himno nacionalista judío, y risas locas, vanas, impetuosas de las mujeres hebreas que suenan a escándalo.
De la magdalena moderna; no de la vieja, la de María Magdalena, solitaria y desierta, sino de la bolchevique ha salido la barquita caprichosa, adornada con farolillos de brujo guiñar, y semejante a las góndolas en los canales de Venecia se mece y se columpia con muelle abandono en las aguas mansas del lago.
Debajo de las palmeras del bosque donde se esconde la Magdala de un paraíso de carne y goces, unos hombres de larga barba y túnica severa apuran sus cigarrillos egipcios, y las brasas del cigarro avivadas al soplo del goloso fumador devoran el tabaco de yerbas perfumadas, que envía a las estrellas entre aspírales, el humo blanco y oloroso, que no llegará a ellas porque, cargado de sándalo y adormidera del desierto, se dormirá pronto en brazos de la brisa del mar que, aunque tenue, en el lago sopla siempre, día y noche, meciendo las copas de los arbustos y palmeras que se miran en sus aguas.

Barco para peregrinos en el lago de Galilea (De lamilagrosa.biz)
Al avivar la brasa del cigarrillo se iluminan de color rojizo las frentes marchitas, surcadas, de aquellos viejos judíos, cuya nariz de aguilucho rapaz, nocturno y sonámbulo, toma aspecto siniestro de trompa de ciclón, cargada de viento y roncos sones de tempestad, que contrasta en la armonía sentimental y liviana de los abanicos de las palmeras, abiertos a
la brisa y a la luz de una luna que, llena, se diluye en luz de plata, y siembra en el sueño de los que duermen ansias de riqueza e ilusiones de felicidad, sobre un mundo judío que, desde Judas, ha enseñado a los hombres a traficar la plata aun a costa de besos...
Cargada de pesos-pluma, que se mantiene a expensas de un raquitismo de pulmones horadados, avispero de gérmenes patológicos, que acaba con una juventud que se consume en los goces de una carne que ya no siente más fiebre que la de la pasión, la barquita vuela, parece que le hayan salido alas; y alitas, en verdad, semejan sus remos que se agitan en apresurado compás que marcan las risas de ellas.
La juventud, dicen, todo lo atropella. Y así parece que estén ahora jugando con la muerte y atropellando la vida, como solemos pisar un muñeco, ellos y ellas en la barca. Ha prendido la llama de un farolillo en el papel rojo y este arde. A bordo todos se apresuran, a empellones, a apagar el fuego. La barquita se vuelve sin tino de aquí y de allá y a cada carga sobre su flanco parece que va a volcar. Perdida la serenidad todos gritan, ellas más fuerte. Por fin el esqueleto de alambre y cartón del farolillo se ha desprendido de lo alto de la proa y ha caído al mar. Al fin y al cabo, como en el argumento de Caifás, más vale que muera uno (el farolillo) para que no se pierdan todos. (Ellos, farolillos de carne, ardiendo en llamas de fiebre...).
Ha desviado su rumbo la barca y ha puesto proa hacia el puertecillo de Tiberíades. A medida que se acerca crece la curiosidad de los muchos hombres (mujeres ninguna) que están tomando su café
en el bar de la plazoleta, sobre la barandilla del puerto. Con la curiosidad ha nacido el escándalo. ¡Es posible, hombres y mujeres juntos, de noche, divertidos, entre risas y cantos!.. Los tradicionales israelitas y los hijos del Islam lo ven y no lo quieren creer. Eso es un atentado contra la pública moralidad. A un anciano judío oigo decir, con acento de profunda pena: los judíos venidos de Rusia y de Polonia son la plaga peor del país. Los judíos siempre han sido recatados. Esos no merecen ser judíos. ¡Nietos de Babel!.. ¡Hijos de Belcebú!
El viejo israelita que nació y piensa morir en el espíritu y letra de su ley y de su pueblo, los increpa duramente. El simpático director de la colonia italiana del Monte de las Bienaventuranzas me dice al oído. No hay que extrañarse, ¡sonno cuaqueri! Viven en comunidad de bienes y de hogar. Cada uno de ellos y de ellas es de todos...
Pisando levemente, con pie de plumas, que apenas roza el embaldosado nuevo del cortil de nuestro hospicio, abrigada por las sombras nocturnas, pues hasta allí no llega la viva luz del salón del bar ni la de la plazoleta, pasa, de corrida, muy de prisa, como una exhalación, una mujer. A esas horas!... Las mujeres en Oriente están en casa y, a la calle, no hay ninguna que asome su cara. Por desgracia, en Oriente, también existen esas entretenidas, que pasean a altas horas el pecado ingrávido de su carne, en mercado vergonzoso. No ha llamado la atención; el viejo israelita, tirando de su barba, sigue con los ojos preñados de lágrimas la función de luces y de risas que se da sobre el mar. El Maestro diría, sin duda, de él como de Natanael que era buen israelita, sin dolo ni engaño. Avergonzado, gira sobre sus pies frágiles y temblorosos, su cuerpo, y el borde de su túnica todavía roza con la sombra de la hetaira, que pasa, cubierta y enlutada como una viuda. Para esta el anciano tiene un suspiro de piedad y lástima, para los suyos del lago, indignación y odio...
Los farolillos continúan columpiándose en una danza paradisíaca, bajo la lámpara de la luna en pleno. Un gramófono suena en el bar. Extáticos, como ofendidos, la cabeza sobre el pecho y la barba ensortijada cubriendo los labios que todavía deben murmurar, los hombres se han agrupado alrededor del gramófono, que no sabe más que de cantos monorítmicos de sabor árabe tradicional, y parece que allí, como en su propio hogar, gocen las delicias de ese claro de luna de verdadera noche oriental.
Allá lejos, cerca de la Magdala moderna, escándalo del recatado israelita, en la proa de la barquita continúan danzando los farolillos de color. Todavía suenan las risas, y sobre ellas el: Col oh abdáh ticbotenu, del himno nacional judío, fruto de la nueva generación, que al llamamiento de Lord Balfour y a la sombra de Herbert Samuel ha poblado la Palestina, no de israelitas, sino de cuáqueros, suena y vibra sobre el ambiente suave y blando del mar de Jesús y despierta las brisas marinas, que no entienden de esos cantos ni de esas risas, y que sólo recuerdan con añoranza la voz de Aquel Maestro, que las solía acariciar con dulzura en cada palabra salida de su boca.
Fr. Juan Alventosa García, ofm

Pesca milagrosa y Pedro andando sobre el agua en el mar de Tiberíades (De Aramo)
Cerca del cielo
| Estoy muy cerca del cielo, cerquita, cerquita estoy; con remontarme otro poco, me llego hasta el mismo Dios. En terrenal paraíso tenía yo mi ilusión, donde Dios, a manos llenas, riqueza y gracias volcó; cuando, en la noche callada, se dejó oír una voz: Sube, sube más arriba, desprende tu corazón. Y, en alas de la obediencia, remonté el vuelo veloz hasta que llegué a la altura que aquélla me señaló, dejando lejos las flores y el mar aquel de verdor, y aquellos frutos dorados con que el mundo me halagó. Y supe entonces, Dios mío, cuán bueno y amable sois para aquellos que te temen y sólo buscan tu amor. Do tú estás, es todo bello, grande y muy digno de vos, y hay tesoros escondidos de inestimable valor. ¡Oh qué hermoso es aquí el cielo! ¡Cómo brilla y luce el sol! |
¡Qué transparente es el aire! ¡Qué limpias sus aguas son! De sus ríos generosos me ha deleitado el rumor yendo a dar vida y riqueza a nuestra amada nación. ¿Qué sería de las flores, de los frutos y el verdor de nuestras fértiles vegas sin tan rico y grato don? ¡Oh! ni pensarlo siquiera. ¡No lo permita el buen Dios! Mas no se engrían por esto los que gozan tal favor. Sí a sus huertos primavera de albo velo revistió, no menos blanco y hermoso o da invierno al Aragón. Aquél de la tierra viene y es producto de su amor; éste ha bajado del Cielo y es el que a aquél vida dio; el que a sus frutos dorados hizo llegar a sazón, y, con ellos, dulce néctar a los hombres regaló. A loar, pues, a Dios todos, a entonar dulce canción los que viven en los llanos y los que, cerca de Dios. |
Fr. Luis Ángel Roig, ofm
Teruel - 12 octubre - 1928
La madre cristiana
Si se consulta la historia de todos los países civilizados y de todos los tiempos posteriores al enervante y ominoso paganismo antiguo, que otra vez padecemos tanto en familia como en sociedad, se notará y se palpará con evidencia, que la cristianización de las madres y de su plena adaptación al Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, ha sido siempre la obra de resultados más prácticos; tratándose sobre todo de nuestro progreso social-cristiano, que es el único que merece el nombre de progreso formal y de bien positivamente verdadero.
¿Por qué, pues, se relegan ahora al olvido con tanta facilidad estas verdades de dolorosa experiencia? ¿Por qué empeñarse tan ligera y arbitrariamente en curar los males y llagas de nuestros pueblos, hoy más paganos que cristianos, con los paños calientes de cuatro leyes reprensivas, media docena de casas correccionales y media docena de guardias civiles armados? ¿Acaso la acción terapéutica de estos medios puede llegar hasta las entrañas del enfermo social, donde vegeta, se desarrolla y está ya muy arraigado el cáncer que tanto urge extirpar, si no queremos acabe con la vida moral de los individuos, de las familias y de aquellas instituciones católicas que todavía se mantienen florecientes e incontaminadas por dicha de los que a ellas pertenecemos?

No es ponderable lo que ganaríamos todos: los hijos y las madres, las familias y los individuos, los pueblos y las naciones, los estados particulares y la humanidad entera, con que de seguida, sin aplicar por ahora ese lastre de drogas y específicos de dudosa o fracasada terapéutica social, penetrase en nuestros intrépidos reformadores y saneadores de las costumbres privadas y públicas, en el intrincado corazón de las madres y en el alma soñadora de las doncellas casaderas, el espíritu cristiano para de este modo meter con garantías de buen éxito los dedos en la llaga, cortar a cercén, desarraigar de cuajo y sacar pronto afuera esos poderosos y malignos tentáculos que tiene ya tan extendidos la gran bestia apocalíptica en no pocas de tales mujeres, y ver como mejor renovar en ellas todas las cosas en
Cristo, cuyo espíritu y doctrina las cambiaría muy en breve.
Inocúlese en la mente y corazón del bello sexo el espíritu de caridad y de abnegación propia que de obra y de palabra nos enseño a todos Nuestro Señor Jesucristo, el primero y principal modelo, causa y divino ejemplar de todos los sociólogos de la misma tierra, que luego irán las madres transmitiéndolo por sí mismas de generación en generación a sus hijos, como ya lo hacen las que son buenas cristianas y aspiran a mayor perfección.
Hagamos mujeres virtuosas, mujeres recatadas, mujeres santas en el recto sentido de esta palabra, y aumentaremos sin dificultad el número de las madres cristianas, de las madres católicas, de las madres noblemente entusiastas, de celo sacrificado y de abnegación perfecta y absoluta, cual se necesitan en la sociedad actual. Porque no son las mujeres mundanas, llenas de vanidad y de soberbia, sino las cristianas plenamente convencidas, precioso amasijo de olorosas virtudes que han de obrar el milagro de la renovación, mejora y embellecimiento de nuestra raza.
Verdaderamente no hay entre nosotros otra palanca moralizadora ni restauradora de mayor potencia. Las madres son el primer Factor de esta obra de carácter mundial. Ellas saben donde está el resorte, como se pone en movimiento la máquina humana, como se transforman y purifican las costumbres de los hombres, como se salva y prospera toda sociedad. Los hijos en cambio, lo mismo aquí que en el resto del mundo, son el eco expresivo de sus madres, su moral continuación sobre la tierra, un retrato vivo de sus bellas cualidades, una muestra fehaciente de su virtud, la sombra benéfica de su religiosa piedad y la vibrante silueta de la santidad, que las informa y que con la leche transmiten a sus hijos.
Laborar en pro de las madres, dirigirlas por las sendas de su deber respectivo y adiestrarlas más y más en las virtudes propias de su sexo, es proteger con brazo fuerte la gran raza humana, formarla según Jesucristo y encauzarla por las vías del Santo Evangelio.
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