Perlas del cielo
La primera sonrisa de Jesús
El más sublime misterio, lo más tierno y conmovedor de la vida cristiana es, sin duda alguna, el nacimiento de Jesús, Redentor de los hombres. Todos sus rasgos tiernos y tan sublimes están, sin embargo, en el secreto de Dios, y saben sólo de ellos los millares de ángeles que lo presenciaron y la Virgen y San José que lo escondieron en su corazón para conferirlo consigo mismos en los momentos más dulces de su sagrado recogimiento.
Pero algo revelaron también, como premio, a las almas puras y sencillas de los santos, que se engolfaban enloquecidos en la contemplación de esos sagrados misterios; y ellos nos dicen que diez mil ángeles acompañaron a los santos esposos cuando penetraron en la humilde cueva, la que quedó alumbrada con el celestial resplandor de tantos espíritus angélicos; ellos nos cuentan que el dichoso José, después de hincarse de rodillas para dar gracias a Dios con su santa esposa por aquel humilde albergue que les había prevenido, comenzó a limpiar el suelo y los rincones de la cueva, dejándola aliñada y bien barrida; y que después encendió el fuego con los aderezos que para ello traía, y junto a él se calentaron y cenaron frugalmente de sus pobres provisiones; y hecho esto y habiendo conferido entre sí sobre los sublimes misterios que iban a realizarse, trataron de descansar; San José previno con las ropas que traían, junto a un rústico pesebre, el lecho para la Señora, y él se retiró a un rincón del portal, donde se puso en oración. Una y otro, la Virgen y San José, sintiendo una fuerza suavísima, se vieron arrebatados en éxtasis sublime, en el que conocieron todas las grandezas inenarrables del nacimiento del Salvador.
Durante ese éxtasis en que estuvo sumergido San José, se realizó el nacimiento de Jesús, que al darlo a luz María, lo recibieron en sus brazos los príncipes soberanos San Miguel y San Gabriel, que en forma corpórea y humana asistieron al misterio, y alzándolo en alto lo presentaron a los ojos de la divina Madre, que lo adoró como a Dios en cuerpo humano, glorioso y refulgente. Tomándolo luego en sus brazos la gloriosa Madre, le adoraron todos los ángeles del cielo y entonaron aquellos gloriosos cantos de: Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad.
El rumor suave de estos cantos celestiales hizo volver en sí al dichoso San José, que quedó sorprendido viendo transformada la cueva en un recinto de la gloria. Aún tenía la Virgen al Niño Jesús en sus brazos, al que acababan de adorar los ángeles; y a una señal de María se acercó humilde y confundido San José, y postrándose en tierra adoró profundamente al divino Redentor de los hombres. Era el primer mortal, después de María, que cruzaba su mirada con el Hijo de Dios humanado. Jesús, mostrando aún su cuerpo glorioso con los esplendores de la divinidad, miró tiernamente y con inefable amor al santo José; y con esa mirada infundió en su espíritu la plenitud de la gracia y le otorgó los poderes y derechos de paternidad; y creció súbitamente en el alma de José, y se engendró en su pecho el amor de padre, para ser ante el mundo y ejercer ante la sociedad el oficio de padre de Jesús.
Desde ese momento José trató y amó a Jesús como a su hijo; y Jesús le amó como a padre, al que volvió a mirar con toda la ternura de su amor filial y le acarició con la más dulce sonrisa que jamás presenciaron los ángeles y los hombres.
¡Dichoso mortal que mereció la primera mirada y la primera sonrisa del Redentor!
Después de haber adorado San José al Verbo humanado y haber concebido en su pecho el amor de padre que le otorgaba Jesús, dejó el divino Niño de mostrar su cuerpo transfigurado y glorioso, quedando la divinidad represada sólo en su alma, y mostrando el cuerpo en su ser natural y pasible. Le besó entonces José los pies con nuevo júbilo y admiración; y por voluntad de la Señora fue José entregándole los fajos y pañales que traían prevenidos y la divina Madre le envolvió con ellos con suma devoción y aliño; y así envuelto en pañales lo reclinó la Madre en el pesebre y entre pajas, donde los hombres habían de reconocer y adorar a su Redentor.
Informaciones
De Roma
El Cardenal Bonzano.—Todos saben ya por la prensa, que pasó a mejor vida Su Eminencia el Cardenal Bonzano, benemérito Protector de la Orden Franciscana; que su muerte ha sido muy sentida y que sus funerales, celebrados en la iglesia del Sagrado Corazón, de los Salesianos, con asistencia del Colegio Cardenalicio y de casi todo el cuerpo diplomático, revistieron extraordinaria solemnidad. Sin embargo, el gran público ignora intimidades y detalles que ponen de relieve la profunda y sólida piedad del difunto Cardenal.
Veinte días antes de su muerte, tuve que visitarle por razón de oficio. Se trataba de invitarle a que, como en años anteriores, presidiese la velada que nuestro Colegio debía celebrar en honor del Beato Escoto. El mal que ya minaba su existencia, le obligó a negarse. Pero ¡qué negativa! Me hizo sentar a su lado, se interesó por el Colegio, por el número de estudiantes, por su disciplina; me habló del P. General con sentido amor y veneración, y terminó dándome su bendición y haciendo votos por el bien del Colegio y de la Orden...
El mismo día de su muerte oí de la Madre encargada del establecimiento de la clínica detalles verdaderamente edificantes: su piedad, su paciencia en la dolorosa operación, su gratitud a los servicios que se le prestaban, su preocupación por molestar lo menos posible, la devoción reverente que demostraba hacia el Santo Padre, que todos los días le enviaba su bendición, sobre todo, su alegría al saber que su fin se acercaba... todo habla, muy alto de la piedad de tan insigne Prelado dé la Iglesia.
Por fin, monseñor Salotti, Procurador General de la Fe en Roma, hablando en la intimidad a un grupo de Religiosos franciscanos, nos decía: «El Cardenal Bonzano era un santo; jamás oímos de sus labios una palabra contra la caridad: el sentimiento de la caridad y la rectitud de la justicia, delicadamente armonizadas, informaban todas sus obras. Consejero eficaz del Secretario de Estado, Cardenal Gasparri, ocupaba lugar preferente en el corazón augusto de Pío XI, que derramó abundantes lágrimas al tener noticia de tan irreparable pérdida...
¡Qué descanse en paz el sabio y virtuoso Purpurado, y que desde el cielo proteja a nuestra Seráfica Orden, de la que en tierra fue insigne Protector!
Una película española.—En el salón de los Carmelitas Descalzos, la «Casa de España» organizó una fiesta patriótica que tuvo lugar el día 8 de Diciembre, con asistencia de los dos Embajadores españoles, el nuevo Embajador de la Argentina en Madrid, Superiores españoles de las Ordenes Religiosas y nutrida colonia. La magnífica película del viaje de los Reyes de España a Marruecos, el sexteto que interpretó escogidas piezas, el ambiente de entusiasmo patrio, nos hicieron olvidar por unos instantes nuestra vida romana y respirar los aires de la madre España.
Velada a San Juan de la Cruz.—En el mismo salón se celebró otra fiesta, que aunque de carácter distinto, puede llamarse netamente española. Fue una velada literario-musical en honor del Doctor Carmelitano San Juan de la Cruz. Escogido auditorio del Clero y Ordenes Religiosas, ocupando la presidencia el Cardenal Verde, el Marqués de Magaz, con su esposa, el General de los Carmelitas y varios Obispos, aplaudieron con entusiasmo tanto las composiciones literarias cuanto las musicales. Los números de mayor valía fueron los tres discursos latinos: uno de los cuales titulado «Phisyonomia Sancti, Mystici ac Doctoris», pronunciado con la energía y buena declamación que caracterizan al español Padre Eugenio, profesor de Teología Mística, fue muy aplaudido.
¡Gloria al nuevo Doctor, honor de España y de la Orden Carmelitana!
Próxima inauguración y nuevo Consistorio.—Antes de Navidad se inaugurará solemnemente el Museo Misionero instalado en el Palacio Lateranense. Mucho han trabajado en la organización del mismo los Padres Franciscanos, sobre todo el incansable y competente ex secretario de Misiones P. Gubbels.
El próximo Consistorio, en el que será creado Cardenal nuestro nuevo Primado se cree revestirá extraordinaria importancia. Por lo mismo se espera con ansia en los círculos político-religioso-sociales.
Como entiendo, mis amados lectores, que la hermosa escena que tuvo lugar el día 20 de Noviembre en esta ciudad, servirá de dulce alimento para vuestro espíritu y estimulará el férvido entusiasmo que todos sentís por las misiones, he resuelto describirla con todos sus pormenores.
El 18 del mismo mes llegaron a este convento de Paderborn, procedentes de otros varios conventos de la Provincia, cuatro religiosos, sacerdote uno de ellos y hermanos legos los otros tres, los cuales debían partir muy pronto para la China.
El P. Ephrem Ricking, Ministro Provincial de esta de Sajonia, determinó que la despedida de los misioneros se hiciera en este convento-coristado de Paderborn, para infundir nuevos ánimos a los numerosos coristas que esperan con ansia la llegada al sacerdocio para salir luego a iluminar las tinieblas de la desgraciada China, y excitar en el pueblo la devoción a las misiones.
El día 19 por la noche, reunida en un amplio salón esta Rvda. Comunidad, se organizó una solemne velada en honor de los misioneros, que con el P. Provincial presidieron el acto.
El P. Gebhard Diebaker, Maestro de coristas, comenzó la velada con un breve discurso de salutación. Después se sucedieron varios coristas que pronunciaron discursos y poesías referentes al acto, alternando con hermosos cantos y piezas de piano y violín, ejecutado todo ello con singular acierto y maestría. Luego hubo proyecciones de asuntos referentes a los misiones de China y como último número, pronunció un breve discurso el P. Provincial, declarando terminada la velada, que resultó magnífica y digna de este numeroso y próspero constado.
Mas el espíritu misionero de estos religiosos no quedó con ello satisfecho. Aquellos hermanos suyos partían en el nombre del Señor, y en el nombre del Señor había que darles el último abrazo.
El día siguiente tuvo lugar la última y más tierna ceremonia, en que esta Provincia de Sajonia daba el postrer abrazo a aquellos sus amados hijos, que llamados por el divino Pastor, abandonaban la dulce compañía de los suyos y partían, tal vez para no unirse de nuevo a ellos hasta la gloria. ¡Qué ceremonia tan tierna y consoladora. No puede quien no la ha visto formarse idea de ella.
Por la tarde, reunida la Comunidad y multitud de católicos de Paderborn, que llenaban la iglesia, se dio comienzo a la ceremonia de despedida. Los cuatro misioneros se arrodillaron en un reclinatorio al pie del altar mayor, y el P. Provincial, después de invocar el auxilio del Espíritu Santo y descubrir a S. D. M., les dirigió la palabra en una fervorosa plática, poniéndoles de manifiesto cuánta es la necesidad de operarios que padece la viña del Señor, y cuánta es la distinción que Dios les hacía llamándoles a ella.
Terminada la plática les bendijo y les impuso cuatro hermosos crucifijos, única arma que por toda defensa en la trabajosa lucha que iban a emprender les daba su Santa Madre, la Provincia de Sajonia.
A continuación se cantaron con toda solemnidad las preces que nuestra Seráfica Orden señala para los caminantes, terminadas las cuales se dio la bendición con el Santísimo y se reservó a S. D. M.
Vuelto después el P. Provincial a los misioneros les dio el abrazo de despedida en nombre de la Provincia que tan honrada se sentía al ver en ellos aumentado el número de sus apóstoles, y luego de él fueron abrazándoles, unos en pos de otros, todos los miembros de la Comunidad. ¡Qué momentos aquellos! Siempre ha sido grande mi veneración a los misioneros; pero en el momento en que estrechaba contra mi pecho a los que, tal vez algún día, ponga la Iglesia en el número de sus mártires, subió de punto esa veneración y llegué a sentirme emocionado como pocas veces en mi vida.
Luego de esta ceremonia, que hizo derramar lágrimas al pueblo que la presenciaba, les acompañaron el P. Provincial y los ministros asistentes hasta la puerta de la iglesia, donde les dio la bendición y les despidió en el nombre del Señor.
Algunos religiosos y una multitud grande de católicos les acompañó procesionalmente a la estación del ferrocarril, dando así hasta última hora señal harto manifiesta del grande y justo concepto que tienen de los misioneros.
De Teruel. A la Purísima ConcepciónEl día 15 del pasado Diciembre, y precedido por un triduo de santos ejercicios que dirigió el P. Juan Pons, se celebró en el Colegio de las Hermanas Terciarias Franciscanas de esta capital la fiesta que anualmente dedican a la Purísima Concepción, Patrona de dicho Colegio.
La capilla del Colegio vestía sus mejores galas, y la imagen de María, colocada en el centro del altar, parecía cautivar con su mirada y hechicera sonrisa los corazones de cuantos la contemplábamos.
A hora competente se distribuyó la Sagrada Comunión entre las colegialas, a las que el Padre Pons les dirigió sentida plática, enfervorizando una vez más sus puros corazones en el amor a Jesús.
A las diez y media se celebró la Misa solemne, oficiando el P. Juan Fons, asistido por los Padres Vicente Margarit y Luis Mª Torres; la capilla del Colegio interpretó con singular gusto una partitura del maestro S. Marraco, y al ofertorio, el Tota pulcra, a solo, de Armaudas, cantada con arte exquisito por la señorita Carmen Verdejo.
Por la tarde, a las cinco, y con asistencia de todas las alumnas del Colegio y otras personas que quisieron tomar parte en tan simpática fiesta, se celebró la función vespertina, cantándose unos hermosos trisagios marianos, de Luguera, en los que una vez más dieron a conocer las alumnas del Colegio su gusto artístico.
Luego del ejercicio del último día de la Novena, de nuevo el Padre Pons dirigió su palabra a los concurrentes, pero principalmente a las niñas, presentándoles a la Santísima Virgen como modelo acabado de toda virtud, y principalmente como lirio purísimo que con sus aromas cautiva los corazones que la aman y quieren imitar sus virtudes. Terminó la función con los gozos a la Purísima, y luego en las entradas del Colegio, para completar mejor la fiesta, las niñas mismas quemaron alguno fuegos de artificio.
La más cumplida enhorabuena a todos, principalmente a las abnegadas Hermanas Terciarias, que juntamente con la enseñanza saben inculcar en el corazón de sus alumnas el amor a nuestra Inmaculada Madre, que debe ser el guía de todas nuestras acciones.
Crónica
Colaborador.— La preciosa y acabada tricromía que ilustra nuestra portada, debida al pincel de don Rafael Berenguer, artista inspirado y aventajado discípulo de don José Benlliure. Desde las columnas de La Acción Antoniana le damos mil gracias a tan ilustre como humilde maestro en el arte de la pintura, por la bella tricromía y por las artísticas y originales viñetas que ilustrarán nuestras páginas en los sucesivos números, todo lo cual ha compuesto expresamente y con verdadero amor y cariño para nuestra amada revista.
Profesiones.—En el Real Monasterio de Santo Espíritu del Monte, después de haber terminado felizmente el año de Noviciado, el día 6 del pasado Diciembre emitieron sus votos temporales los coristas Fr. Gonzalo Artero y Fr. Juan Bta. Font.
A los nuevos profesos y a sus familias la enhorabuena.
Las fiestas de la Inmaculada en la iglesia de San Lorenzo.—Solemnes han resultado los cultos celebrados en la iglesia de este Convento en honor de la Inmaculada Concepción. La Archicofradía de la Virgen Purísima celebró su fiesta, precedida de un novenario que predicó el P. Director de la Archicofradía, P. Francisco Insa. El día 8 fue la fiesta principal, se pronunciaron dos sentidas pláticas y se repartieron hermosas estampas. Por la tarde, cantados los trisagios marianos, ocupó el púlpito el P. Juan Bta. Botet. A continuación se hizo la procesión claustral, besándose después el pie a la Virgen Purísima.
El P. Eugenio Silvestre en Fontegreca (Italia).—En el Boletín Oficial del Obispado de Isernia-Venafro, número de Octubre, se lee una noticia que honra al P. Eugenio Silvestre, hijo de nuestra Seráfica Provincia de Valencia:
«Deseando monseñor Parrillo, Oficial de la Rota Romaca, restaurar una pequeña iglesia de Fontegreca, su pueblo natal, dedicada a San Antonio, se sirvió de nuestro querido hermano, P. Eugenio, para pintar dos lienzos destinados al techo.
Alcanzó del P. General permiso para que pasase un mes en su propia casa; tiempo que el P. Eugenio dedicó para cumplir su encargo. Los lienzos representan, uno la Inmaculada, el otro San Antonio que recibe del Niño Jesús, sentado sobre las rodillas de la Virgen, pan que distribuye a los pobres. El inspirado trabajo ha merecido los aplausos de cuantos han visitado la iglesia restaurada, incluso del señor Obispo de la Diócesis, que tuvo frases de alabanza para el artístico pincel de nuestro hermano.
Nuestra enhorabuena.
Libros recibidos
Episodis de la Vida Missionera.—Notes biográfiques del P. Francesc Bernat, frare Menor de Catalunya, sacrificat en terres de Xina, recollides pel seu company P. Francesc Pons, Misioner Apostólic.—Editorial Seráfica. Vich. 1927.
En el ambiente misional que por todas partes impera, será muy bien recibida la presente obrita, escrita por un veterano misionero, compañero inseparable del mártir biografiado, que en aras del sublime ideal de salvar almas infieles en la pagana China, sacrificó los mejores años de su vida.
Los cuadros que el autor, en correcto catalán, nos va presentando resultan muy interesantes por el acopio de datos y conocimientos referentes a China, lo mismo que por el calor que el sentimiento da a todas sus narraciones.
En la literatura catalana «Episodis de la Vida Misionera», llena un vacío, pues es la primera obra de asuntos misioneros escrita en aquella hermosa lengua, hermana de nuestro valenciano; y aunque el autor en el prólogo se humilla afirmando no conocer la literatura catalana, el libro está escrito con verdadero dominio y conocimiento de dicha lengua.
Su lectura les dará a conocer la vida del misionero católico, evangelizando a los pobres infieles, sumergidos en las tinieblas del error, y transformándoles de hijos de tinieblas en hijos de luz, rubricando con su sangre la fe de sus doctrinas. No otra cosa es la vida del P. Francisco Bernat, O. F. M., misionero apostólico del Chensi septentrional, que después de cuatro años y medio de penoso y ubérrimo apostolado por aquellas tierras infieles, derramó su bendita sangre en defensa de su fe.
Fr. Ludovico Rubert Candau.
Discurso de la Solemne Apertura del Curso en el Colegio de Nuestra Señora de la Esperanza, de Segorbe, por el Padre Luis Colomer, O. F. M.—Valencia 1927.
He ahí un discurso académico, cuyo mejor elogio consiste en afirmar del mismo, que reúne, de una manera admirable, las cualidades propias de esta clase de estudios, compuestos para ser leídos en las solemnes aperturas de los cursos académicos.
A pesar de que brotó de la clara y profunda inteligencia del P. Colomer en los momentos de más agitación y falta de tranquilidad, ocasionada por los preparativos anejos a la debida y ajustada distribución y arreglo de un colegio que empezaba a ser dirigido por la Orden Franciscana, y no obstante haberlo escrito en el breve espacio de dos escasas horas de tiempo, debido a los muchos e imprescindibles quehaceres que pesaban sobre él en aquellos días de tanto trabajo, el discurso es un verdadero modelo en su clase por la belleza y pulcritud de estilo, por la viveza de imágenes, por la elegancia de su composición esmerada, por la propiedad de conceptos y por la claridad de su fondo puramente pedagógico.
Después de describir a grandes rasgos la razón de haber admitido, a pesar de no gozar de mucho personal la Orden Franciscana de esta Provincia Seráfica de Valencia, el Colegio de Nuestra Señora de la Esperanza, trata con verdadero y profundo conocimiento de causa, de la noble acción del pedagogo cristiano, que es educar e instruir, iluminar la inteligencia con el conocimiento de la verdad y formar el corazón del niño en la norma de la ley moral y de la observancia de los preceptos divinos. Y al tratar estos dos puntos, fundamentales e imprescindibles en toda formación netamente cristiana, lo hace tan profunda y bellamente, que aún al leerlo ahora nuestras manos instintivamente tienden a juntarse para aplaudir, como lo hicimos, asociándonos al numeroso auditorio que le escuchaba, el día que tuve la dicha de oírlo, al leerlo en la solemne apertura del Colegio de Nuestra Señora de la Esperanza.
Fr. Bernardino Rubert, ofm
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