Índice del número 92
Febrero de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
- Evocaciones. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Plegaria a la Virgen. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
El sembrado. Poema. Fr. Juan Alventosa, ofm
Paisajes franciscanos. José Corts Grau
El hecho místico. Divulgación teológica. Fr. Juan Bta Gomis, ofm
Los derechos del niño. Página pedagógica. F. M. Morales
Gratitud. Poema. Fr. Ludovico Rubert, ofm
Himno del colegio de San Antonio de Carcagente. Fr. Luis Ángel
La fe divina. Cultura religiosa. Fr. Juan Bta. Botet, ofm - Grandeza de María. Fr. Buenaventura Botella, ofm
Resumen de las observaciones meteorológicas de 1927. Fr. Eusebio Arbona, ofm
Un día misionero en Shanse.
Los llamados de Dios. Ángel de Rueda Carvajal
En Santo Espíritu del Monte.
La generosidad. Virtudes selectas. Fr. Francisco Lliteras, ofm - Flores del Gave. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Informaciones.
P. Francisco Forteza Valls. In memoriam
Bibliografía.
Evocaciones
Ya paso enero, con todas sus dulces ternezas y sus íntimas alegrías, brotadas de lo más profundo de la liturgia católica, que al ofrecer ante nuestra mente las encantadoras fiestas de Circuncisión y Epifanía, supo imprimir en nuestras almas las inefables consolaciones y las tiernas emociones que ella experimentaba, al contemplar al recién nacido Jesús, derramando, desde su cunita, sonrisas de amor y al percibir los vivos fulgores de la estrella misteriosa, anunciadora de luz, iluminadora de inteligencias, fúlgida aurora de fe.
Enero, se ha hundido en el piélago profundo del pasado, pero ha abierto sus puertas al mes de febrero para que contemple la sucesión de los seres presida nuestra existencia. Y febrero, alegre y triste a la vez, aparece envuelto con albores de dicha y con lúgubres sombras de llanto y dolor, ya que son esas las características propias del presente mes, en el año actual: características, que la liturgia católica, con su pompa severa y su majestad augusta, sabe reflejar dignamente en todos sus actos sublimes, los que trasmite, a todas las almas de bien.
La Purificación de la Virgen, que es la aurora fúlgida del mes de febrero, brilla con trágicos destellos de luz en el firmamento de la Iglesia, e irradia en todos los corazones, las saludables enseñanzas que se desprenden de esta fiesta encantadora. Rayos de pureza y candor, fulgores de profunda humildad, estelas luminosas de obediencia, son las mágicas luces, que al pasar por el prisma del corazón santísimo de la Virgen, se descomponen en colores bellos y puros, los cuales nos atraen dulcemente y nos guían por los senderos de la abnegación y del sacrificio, para que imitemos a Jesús, que a pesar de ser la luz y la revelación de las naciones y la gloria de Israel, hoy, en los brazos de María, fue ofrecido al Padre Celestial como pura, santa e inmaculada hostia de propiciación, como víctima por la salvación de los hombres.
Y la santa Cuaresma, que es el ocaso tenebroso de febrero en el año actual, ya que a últimos de este mes principia para todos el tiempo, llamado por antonomasia, aceptable y de salud (2 Cor 6, 2) aparece preñada de sombras, envuelta con lúgubres sudarios, cubierta con velos de penitencia, de tristeza y dolor.
Aquellas palabras profundas y misteriosas que pronuncia el sacerdote mientras impone, sobre nuestras frentes, la ceniza: «acuérdate, oh hombre, que eres polvo», se quedan grabadas en lo más profundo de nuestro corazón; y la imaginación soñadora evoca recuerdos, contempla escenas, admira cuadros lúgubres y a todas horas ve la muerte que le recuerda su origen y le señala su fin; idea profunda, que la iglesia sin cesar nos presenta a nuestra consideración, durante la Santa Cuaresma.
Estas son, las dulces evocaciones que febrero, con sus albores de dichas y con sus tristes sombras de llanto, ofrece a las almas.
Página poética
Plegaria a la Virgen
Quiero verte ¡Madre mía! Ni la aurora con sus rizos, |
ni la fuente cristalina, Sólo tu rostro agraciado, |
El sembrado
Yo soy tu buen amigo, Verás como a porfía Verás como es antojo |
Verás que si hay tiniebla Verás, verás, querido, Ven, ponte acá, al abrigo |
Fr. Juan Alventosa García, ofm
Paisajes franciscanos
Quizá es la primera vez que me surge espontáneo un epígrafe. El franciscanismo y el paisaje van unidos tan cordialmente que en todas las escenas franciscanas vibra el alma de las cosas, y en todo paisaje flota un motivo franciscano. A San Francisco no se le podría contemplar por mucho tiempo en una covachuela oscura, como contemplamos San Juan de la Cruz, sino a pleno sol, en luminosa libertad, en contacto con el cielo y con la tierra, en una vibración suprema del espíritu y del paisaje.
Pero no pienso yo, lector, hondos razonamientos, sino estampas sencillas, tal como la imaginación y el sentimiento puedan pintarlas. No vayamos a estudiarle con pedantería sino a contemplarle con humildad, y entonces su figura se enardece unte nuestros ojos como una afirmación radiante, que culmina en el abrazo del Crucificado y del Serafín.
Evoca la agonía de Cristo. No hay cuadro de muerte más sobrio que aquel cuadro ni tensión de afectos más trágica que la de aquella cima en donde muere un Dios. El desaliento del Dios pesa sobre la humanidad, vino con el corazón infinitamente ávido de abrirse por amor de los hombres, y lo ha abierto el dolor de una lanzada, porque los hombres huían. Han pasado los siglos, la cumbre continúa solitaria; sobre las luchas y las pasiones la Cruz permanece inviolable, el Cristo aguarda con los brazos extendidos, y la humanidad asciende, la humanidad llega a la cumbre: el Pobrecillo de Asís, con el sayal a jirones y las plantas sangrantes, siente bajo sus pies el latido del mundo y sobre su costado el latido de Dios.
Y cuando nos hayamos detenido ante ese abrazo, y en sus acciones más insignificantes sepamos ver el toque divino, entonces ya podemos contemplarle abrazando a la hermana oveja, acariciando a la hermanita flor, y seguiremos adelante y ya no será la hermanita flor ni la hermana oveja, sino el hermano lobo, la hermana pobreza, el hermano asnillo. Lástima que de esto no se den cuenta quienes se atreven a nombrar a San Francisco en el prólogo de una «Noche del sábado», o en sus extravagancias panteístas!
San Francisco nos habla de unas hermanas que son frutos muy regalados en su entraña, pero muy espinosos al tacto del mundo; el espíritu franciscano es algo más que esa simpatía por las cosas, es ir cantando a lo divino por las plazas, es sentarse en el atrio de una iglesia y ser un pobre más entre los pobres, caminar aterido bajo la nieve y cifrar todo el consuelo en que un hermano se niegue a darnos albergue y llegue a golpearnos, tender los brazos en cruz como otro Cristo y exhalar el alma en holocausto, es empequeñecerse hasta lo invisible y amar con verdadero amor hasta lo infinito.
...Y he aquí que un poeta, dejándose atraer por tal figura, quisiera evocarla para avivar el espíritu, mezquino y alocado, en su vida inefable.
José Corts
Ex colegial de Onteniente
Divulgación teológica
El hecho místico
Su existencia
El hombre aspira al conocimiento de sí, de todo cuanto le rodea, y aún de todo lo posible. No me propongo investigar la raíz ni el por qué de semejante aspiración; sólo me limito a dejar sentado el hecho, que no es posible negar cuerdamente. Esto me basta para afirmar que hay en el hombre una tendencia innata que lo empuja, a veces sin advertirlo, al conocimiento racional de todo lo existente. De aquí su afán por la investigación que lo ha de conducir a la posesión de la verdad, ambrosía de las almas selectas.
Y ¿es posible la consecución de la Verdad? Ciertamente lo es, aunque con trabajo y esfuerzos grandes, y por lo común, después de haber pasado por muchos errores, suposiciones, teorías, etc. Además, una cosa es la posibilidad y otra el hecho. ¿Quién se jactará de haber alcanzado por sí mismo y sin ayuda extraña el conocimiento claro y cierto de la Verdad? Tal vez nadie a pesar de los siglos que el mundo lleva de existencia. De aquí la necesidad del mutuo auxilio en empresa tan cercada de dificultades y tan necesaria para la paz interior del alma y para el progreso humano. Pero ¡ay!, la historia del pensamiento lo testimonia, que una generación infatuada destruye y sepulta en el olvido las verdades y adelantos conseguidos por su predecesora a fuerza de aplicación, insomnios, trabajos, padecimientos y amarguras? ¿No vemos, sobre todo en nuestros días, que lo son1 de luz y de sombra, cómo la Verdad y el Error, el Bien y el Mal, lo Bello y lo Feo luchan a brazo partido y nadie quiere ceder un punto de sus logradas conquistas? ¿Qué individuo, qué sociedad, qué nación puede vivir y crecer y completarse en pos?
Un torbellino de errores, cuyo efecto inevitable es el quiciamiento individual, social, científico y artístico, perturba todo el mundo y amenaza convertirlo todo en ruinas. Sin embargo, ¡qué duro reproche para el entendimiento humano! Hace veinte siglos que llegó a la Tierra una luz que no puede ser entenebrecida por las tinieblas, una verdad que encierra en sí todas las verdades, un progreso que es ilimitado, una paz que no altera ninguna guerra, un fundamento social que no puede ser derruido, una base científica indestructible, un canon de belleza insuperable, un hecho sobrenatural y místico que si no se admira es que no se le contempla, y si no se le ama es porque no se le conoce: la aparición de Cristo Jesús, sol universal y lleno de gracia y de verdad tales, cuales convenían al Unigénito del Eterno Padre. Pero los suyos, es decir, los hombres no le han recibido, y han preferido la oscuridad a la luz, y permanecer en el caos del desorden, a ser trasladados por Cristo al reino de la paz y armonía y progreso y dulzura que supera todo sentido.
Pagina pedagógica
Los derechos del niño
La sugestiva figura del niño está siendo cada día objeto de mayores preocupaciones en la vida pública; de tal manera, que ha llegado a ser uno de los temas preferentes, no sólo de los Gobiernos de todos los países civilizados, sino preocupación también de la Sociedad de las Naciones que tiene su residencia en Ginebra, donde se han formulado recientemente los llamados «Derechos del Niño»; los cuales nos proponemos comentar en esta nuestra querida Revista a través del criterio católico que la informa.
No frente a esos «Derechos del Niño» formulados por la «Declaración de Ginebra», pues son copia, aunque borrosa, de los nuestros; sino como complemento e interpretación recta de tema tan capital por ser el primero entre los problemas sociales, nos parece necesario que nuestros lectores vean el original de esos mismos derechos formulados por Jesucristo y garantizados por su palabra divina en e! código del Evangelio.
Y decimos que nuestros lectores «vean» el original, porque la palabra de Jesucristo es aquí tan diáfana, por lo brillante y concisa, que la sola lectura de sus divinos conceptos desplaza toda interpretación.
Lo que nosotros digamos de nuestra parte no tendrá otro alcance que un paladeo de la substanciosa doctrina del Divino Maestro, y un argumento reflexivo que consolide en nuestra mente y en nuestro corazón el inestimable tesoro de la Fe y de la Verdad católicas en cosa de tanta monta.
Pero la categoría de este asunto no cabe en los términos de un solo artículo por extenso que sea. Es esta una cuestión que comprende diferentes extremos; los cuales, aunque ordenados todos a un fin superior como es la educación del niño individual y socialmente considerado, conviene que los estudiemos separadamente para mayor caridad y comprensión,siempre que no se rompan la armonía y trabazón del conjunto.
Nos interesa dejar aquí sentada previamente una opinión personalísima, que sometemos, sin reservas, a la censura de nuestros superiores: Entendemos que es muy natural, y por lo tanto conveniente y necesaria, la tendencia de todo el mundo a intervenir en cuestiones de Religión y de Enseñanza como de cosas entrañables.
La. Pedagogía como la Religión no son, en absoluto, cuestiones puramente profesionales. Consideramos aquí la Pedagogía en su más elevada significación, o sea como el arte de la Religión; pues debiendo la instrucción dirigir la mente hacia la verdad, y la educación inclinar la voluntad hacia el bien, para que el orden presida la armonía de la vida, que es la felicidad de los individuos y de las sociedades; sería un gran error separar la Pedagogía de su fin más noble, es decir, de la Religión, siendo ésta el «lazo fuerte que nos une a la Verdad Suprema y al Bien Sumo, o sea, a Dios», según la definición de San Agustín. Y así como la Religión y la Pedagogía se remontan sobre toda otra materia, a regiones soberanas e inaccesibles aún a las más altas inteligencias, descienden también sencilla y suavemente hasta el corazón y la mente de los niños, y son el pasto suculento de las multitudes y de las gentes indoctas; de tal manera, que no hay dos cuestiones que más se presten a ser divulgadas sin que sus dogmas y sus preceptos pierdan de su dignidad y elevación nobilísimas.
Por eso, en el templo católico, la escuela por excelencia, porque hay cátedra permanente, se da el espectáculo pedagógico verdaderamente misterioso y sublime de explicarse lecciones doctrinales sobre un punto concreto y conocido, ante un auditorio universal integrado libremente por personas que representan todos los temperamentos, todas las edades, todas las posiciones, todas las jerarquías y categorías posibles; y nadie sale de ella que pueda afirmar que aquella lección no ha sido explicada para él.
Así como la voz del predicador penetra simultáneamente toda, con su timbre y modulaciones, en el oído de cada uno de sus oyentes; así también la palabra del Espíritu Santo, manifestada por los labios de su apóstol, penetra toda simultáneamente en todos los espíritus que la han escuchado; y nadie se considera extraño y ajeno y superior o inferior a lo que allí se ha dicho.
En la escuela, rectamente entendida, el templo social por excelencia, porque se da culto a la verdad, que debe ser su objeto, y a la moral, que debe ser su fin, se da también el caso verdaderamente misterioso de repetirse, aunque en inferior escala, el mismo fenómeno en lo que a la educación se refiere, punto culminante de la Pedagogía.
Claro es que la Religión y la Pedagogía, consideradas como ciencia, es decir, especulativamente, son profesionales, y sus disciplinas se bifurcan en lo que tienen de peculiar y característico, quedando reservadas a aquellas inteligencias superiores capaces de penetrar en sus arcanos; y los que a ellas dedican su vocación se llaman teólogos y pedagogos.
Pero cuando una y otra se toman prácticamente; cuando se las considera como la luz de las inteligencias y el calor de los corazones y el oxígeno de las almas y el ascensor de la dignidad humana hacia su destino eterno, su conocimiento pertenece por derecho natural a todos. Y en este sentido nos preponemos enfocar aquí los derechos del niño; pues todos estamos capacitados para entender y obligados a intervenir en la educación de nuestros hijos y a cooperar a los esfuerzos del Estado en la patriótica misión de la educación nacional.
F. M. Morales.
Gratitud
Yo sentí la belleza de la aurora,
sus luces y fantásticas figuras,
los cantos y gorjeos de las aves,
he oído henchida mi alma de dulzura.
Vagado he por el campo y la pradera
envuelto entre las luces de la luna,
percibiendo el aroma de las flores
y oyendo el son de las corrientes puras.
Mas... nunca yo sentí tanta belleza
ni... a mi alma otro son tanto subyuga,
como el que hoy canta en mí tiernas canciones,
llenas de gratitud y de ternura.
Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm
Himno del Colegio de S. Antonio de Carcagente
CORO De júbilo reboso ESTROFAS En la hermosa Ribera |
Un plantel de azucenas Nido santo es de amores El dulcísimo Infante Fr. Luis Ángel, ofm |
Cultura religiosa
La fe divina
Hemos visto que la fe humana es necesaria al hombre, en todos los órdenes de la vida. Vamos a ver ahora cuán necesaria es la fe divina, la fe en un Dios, Creador del cielo y de la tierra, principio y fin de todas las cosas, y fe en todas las verdades que nos ha revelado. Pues de lo contrario, no podría el hombre explicarse ni la creación y existencia de cuanto hay en el mundo, ni su peregrinación por la tierra, ni las penalidades de esta vida, ni mucho menos su último destino, que no puede, en manera alguna, consistir en cosa alguna creada.
Y en primer lugar debéis saber, y hacerlo saber así a quien os contradiga, que el hombre no puede alcanzar, con sola su luz natural, el conocimiento de todas las verdades sobrenaturales, ni puede, con solas sus fuerzas, adoptar los medios necesarios para conseguir su último fin y salvarse. Fue necesario que Dios le revelara dichas verdades y le proporcionara los medios adecuados al fin, a que le había destinado.
Y si la fe humana es necesaria al hombre para vivir en sociedad, la fe divina le es del todo indispensable para vivir vida sobrenatural, y alcanzar la vida eterna.
Y para que podáis continuar explicando a vuestros compañeros estas verdades, es necesario que sepáis antes qué es la fe divina, cuál es su principio, su objeto, su motivo, su fin y sus cualidades.
¿Qué es la fe divina?
La fe divina es una virtud sobrenatural, que con la inspiración y gracia de Dios, nos inclina a creer todas la verdades que El nos ha revelado.
«Es la fe divina, como dice San Pablo, el fundamento de las cosas que se esperan, y un convencimiento de las cosas que no se ven». El principio de la fe divina es la gracia de Dios. Su objeto material lo constituyen las verdades divinamente reveladas y enseñadas como tales por la Iglesia Católica. Su objeto formal o motivo, es la autoridad misma de Dios, que nos manifiesta tales verdades.
Y su fin es la bienaventuranza eterna.
Las cualidades o propiedades de la fe divina son: 1ª. Es sobrenatural, es decir, es un don o gracia del orden sobrenatural, que se nos da o infunde en el bautismo. Y nadie puede hacer un acto de fe meritorio para la vida eterna, sin el auxilio de la gracia divina.
2ª. La fe divina es razonable, es decir, que las verdades que nos propone para que las creamos, no son contrarias a la razón, sino que la elevan y perfeccionan. El motivo porque creemos es la veracidad de Dios; y creemos, no por el conocimiento de la verdad intrínseca de las cosas, sino por la adhesión a la autoridad de Dios, que nos la propone. Y esta veracidad divina produce en nosotros una convicción y certeza tal, que nos exime de todo temor de equivocarnos, porque siendo infalibles la ciencia y palabra de Dios, nada es más razonable que creer en su palabra desde el momento en que la conocemos.
Es además la fe divina muy razonable, porque exige para creer, el conocimiento del hecho de la Revelación divina, que nos da a conocer la palabra de Dios, que es el objeto de la fe
Es también razonable, porque nos exige el conocimiento del sentido de la Divina Revelación, que suele ser fijado por la Iglesia Católica. Y es por último muy razonable, porque exige el conocimiento de los motivos de credibilidad, que preceden a la fe, dándonos a conocer el hecho de la Redención y la infalibilidad de la Iglesia. 3ª. La fe divina es cierta, en si misma, porque procede de Dios; y lo que de Dios procede es siempre verdadero, sin que pueda nunca engañarnos. Es cierta con relación a nosotros, porque nos es dada por Dios, sin que pueda nunca inducirnos a error. Y es cierta en su origen, que es Dios infinitamente sabio: por tanto no puede haber certeza comparable con la certeza que nos proporciona la fe He ahí, mis queridos Antonianos, la definición, principio, objeto, motivo, fin y propiedades de la fe divina.
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