Jesús muere...

Son las tres de la tarde, el sol aparece ensangrentado; prodigiosamente apaga sus luces y nacen del abismo las sombras. La tierra se estremece; las rocas chocan unas contra otras y se rompen en guijarros. Las sepulturas se abren y sus muertos despiertan.

Entre tan universal desconcierto, alumbrado tan sólo por el último sanguíneo rayo, aparece en
lo alto de un monte, clavado en un leño, la persona de Jesús, el Justo, el Salvador, el Redentor, desangrado por las cuatro fuentes de sangre viva, abiertas en su sagrado cuerpo. Y Jesús, el Verbo, el Unigénito del Padre, muere...

Esta escena misteriosa nos recuerda el principio de nuestra espiritual ruina. Vivía el hombre enteramente feliz y bienaventurado entre las inefables delicias del paraíso terrenal. Sobre su conciencia pesaba el cumplimiento del único deber, para ser confirmado por Dios en su estado de inocencia y beatitud. Pero seducido el hombre por la voz del enemigo, dudando de la eficacia de la amenaza divina, quebranta el único mandamiento que Dios le impusiera, y sufre en su naturaleza íntima y profunda mutación. La armonía entre la razón y el apetito cesa, y es sustituida por la pelea constante entre la luz de la razón que intenta orientar nuestras acciones y el fuego ardoroso del apetito que pretende arrastrar la voluntad al mal.

Frutos de tal confusión son dudas en la inteligencia y vacilaciones en la voluntad, errores en el conocimiento y desviaciones en la voluntad del bien, gozándose en el mal. ¡Triste estado el del hombre ca ido, por su primer pecado!

Pero Dios, cupo poder es infinito y cuyo amor profesado al hombre no reconoce término, compadecido de su miseria concibe en su inteligencia la idea de la redención. Pretende levantarle del estado mísero del pecado y reengendrarle a nueva vida, pretende restituirle en parte la primera armonía de que gozaba en su inocencia, restableciendo parcialmente el equilibrio moral entre la razón y el apetito levanta la naturaleza humana al orden sobrenatural, para que los actos emanados de su voluntad, informados por la gracia adquirieran valor infinito con los que alcanzara el hombre la posesión de Dios. Y al concebir la idea de la redención humana desea llevarla a cabo en la forma en que más intenso amor, mayor demostración de cariño supusiera.

Y para conseguirlo realiza los más sublimes misterios, no cesa de obrar inenarrables maravillas, alterando las leyes de la naturaleza, hasta conseguir la encarnación de una de las personas divinas. Un acto solo obrado por el Dios Humanado, el más mínimo e insignificante, era de por sí, más que suficiente para conseguir el objeto de la redención; mas Dios quiso agotar los arcanos de su amor, quiso demostrar al hombre su predilección hasta parecer olvidarse del respeto debido a su misma personalidad divina.

Los montes y valles de Galilea y Judea, santificados por las huellas divinas y excelsas virtudes del Dios Humanado, bañados por los sudores de su apostolado, regados con su sangre divina, tan copiosa y liberalmente derramada por la salud espiritual del hombre, son el escenario de la vida prodigiosa de Jesús; ellos fueron testigos de los inauditos ultrajes e inenarrables sufrimientos padecidos por el Hombre Dios, para reintegrar al hombre a la amistad divina, y ellos, siendo insensibles, sintieron estremecerse de dolor, cuando, el hombre por quien Dios sufría, olvidado de todo sentimiento de gratitud, concibe la idea sacrílega de dar muerte al autor de su ser, al Salvador del linaje humano, al Redentor de la tierra.

¡Oh idea la más desatinada que ha concebido inteligencia alguna! ¡Pensamiento el más contrario a la razón! Y esa idea tan opuesta a las leyes de la inteligencia humana tiene perfecto cumplimiento en la forma más exagerada y revestida de los caracteres más vivos. Jerusalén se sentía de fiesta. La muchedumbre afluía numerosa a la ciudad, el gentío era innumerable. El sol espléndido irradiaba sobre ella, besándola con beso de paz.

En lo más recóndito de un palacio se perpetraba el más horrendo de los crímenes, unos inhumanos sayones desangraban al golpe de fieros azotes el inocente cuerpo de Jesús. Condenado al suplicio afrentoso de la cruz, carga con ella y recorre las principales calles de Jerusalén, con la admiración de sus conocidos, con la ironía de sus enemigos y con el dolor y lágrimas de los devotos de su divina persona. Llegado a lo alto del monte Calvario, al duro golpe del martillo son clavados sus pies y manos en el infame madero y levantado en lo alto, queda pendiente entre la tierra y el cielo. Y allí, expresando deseos de almas que compartieran con él las delicias de su Padre, suspirando por almas que las informara la gracia de su Espíritu, sintiendo los ardores de sed de almas amantes, que siguieran sus huellas sangrientas en el suelo y sus pisadas gloriosas en la mansión eterna, consumió su obra redentora.

Las últimas palabras brotadas de sus cárdenos labios son de gratitud a su Padre celestial, de reconocimiento de su procedencia filial. Ellas son la postrer muestra de la gratitud de un hijo y al propio tiempo el compendio y la síntesis inefable de su vida. In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum. Y Jesús muere...

Mas, no muere, porque su muerte es ocasión de mostrar al mundo su inmortalidad. No muere, porque con su muerte renacen millares de vidas. No muere, porque con su muerte queda sepultada la muerte en el abismo y vive victoriosa la vida espiritual, la vida del alma, la vida de la gracia, la más excelente de las vidas.

Jesús muere... pero no muere. Muere temporalmente, quedando su cuerpo solitario en el sepulcro, pero no muere, porque su muerte es principio de vida, germen de gloria y origen y raíz de la felicidad eterna del hombre.

Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm

La luz de las almas

Y en Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no le comprendieron.

Y nació en un establo; subieron danzando las gentes de buena voluntad; aparecieron radiantes los coros angélicos; llegados de tierras lejanas se postraron ante el pesebre unos Reyes... Y Herodes ordenó la degollación de los infantes.

Y estuvo en la Piscina Probática. A un paralítico que en vano acudía a las aguas milagrosas, le mandó con acento inefable: «Levántate, toma tu lecho y anda»... Y los fariseos le objetaron: «Rabí, ¿cómo curas en día de sábado?»

Y llegó junto al pozo de Jacob y pidió de beber. Insistió con amorosa insinuación: «¡Mujer! si supieras quien es el que te pide de beber, tú le pedirías a él agua viva»... Y la Samaritana quedó atónita.

Y María Magdalena unció sus divinos pies con ungüento precioso, los regó con lágrimas y los enjugó con sus cabellos; el extravío de la pecar,ora había sido perdonado... Y los ojos de Judas, el discípulo, brillaron de indignación y de codicia.

Y se presentaron las turbas en Getsemaní; Pedro cortó la oreja a Malco; Jesús le sanó... Y Malco le amarró las manos y le empujó al patíbulo.

¡Dios Hombre! Un año y otro año vuelves a nosotros desde tu cueva de Belén, desde la carpintería de Nazaret, desde los caminos de Judea, desde la cumbre del Calvario.

Jesús de Belén! No te hemos comprendido. Bailamos ante nuestros «Nacimientos» con su pesebre primoroso y sus arroyos de cristal; mas no podemos comprender tu frió en aquella noche —nuestras salas son confortables—; ni podemos amar el desamparo de tu cuna —nuestros lechos son muelles—; ni podemos deleitarnos con la voz de los ángeles —nuestros oídos han acariciado todos los ritos de venganza—; ni podemos entonar villancicos —nuestros labios han escupido hiel.

Jesús de Nazaret! ¿Por qué el sudor que brilla en tu frente de Dios artesano? Nuestros sudores fermentaron odio. ¿Por qué la placidez de tu vida? Nuestros sentidos se desbordaron. ¿Porqué tu sumisión? Por qué tu humildad? Nuestras cabezas permanecen altivas.

Jesús de Judea! Tus pasos resuenan en nuestra imaginación como los de un visionario; los amamos por bellos; por bellas saboreamos las palabras de tus evangelistas, por bello escuchamos tu sermón de la Montaña: «Bienaventurados los mansos, bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los que lloran»... Mas no comprendemos tu reinado sin ostentación; no te seguiremos a tu trono del Gólgota.

Jesús del Calvario! Te hemos dejado entre dos ladrones.

Jesús del Tabernáculo! Estás solo. Ni los tullidos acudimos a que nos levantes, ni los sedientos a pedirte el agua viva, ni los pecadores regamos con lágrimas tu altar, ni el recuerdo de tu pasión desenrosca nuestras concupiscencias, ni tu figura enclavada y exangüe dulcifica nuestras rebeldías.

Hemos estado tristes. Nuestro corazón ha sabido de todas las hieles, nuestra conciencia se ha inquietado bajo todas las pesadumbres, anduvimos errantes pidiendo una gota de bálsamo a los enemigos. Sin despegar ya tus labios, abre tan solo nuestros oídos; sin volver a clamar en el desierto, desata las fuentes de nuestros ojos. Advierte cómo venimos. Queremos vibrar con todos tus dolores, suspirar con tus labios, andar tu camino con tus plantas desangradas. Nos ofuscaron las tinieblas. Tú eres la luz.

José Corts
Ex colegial de Onteniente

a

La Virgen al pie de la Cruz

Ya la vi; era su frente
cual noche en luna eclipsada,
yo la vi desamparada
en medio de tanta gente.

Allá en el Monte Calvario,
en medio la turba impía,
la vi yo en tan triste día
entre el cuadro funerario.

El pueblo gritaba fiero
con voces de maldición,
y yo vi su corazón
herido con duro acero.

De Cristo que es Dios y es luz,
besar los pies dolorida,
la vi yo triste, afligida,
al pié de la Santa Cruz.

II

¡Pobre madre! su memoria,
de Jesús la tierna infancia,
le recuerda, y la inconstancia
de los instantes de gloria.

Y de Belén al Calvario,
desde el pesebre a la cruz,
eclipsando iba su luz,
hombre cruel y temerario.

Siendo niño, derramar
le vio su sangre preciosa,
y en una cruz afrentosa
le vio después enclavar.

Y recorriendo la historia
de su milagrosa vida,
la inconstancia ella no olvida
de los instantes de gloria.

III

Va apagándose la luz
del que la creó en un día.

mira y ve a su madre pía
al pié de la Santa Cruz.

En ella Jesús pendiente
perdón por el pueblo implora,
la mujer que a sus pies llora
da por madre aquella gente.

María, en su cruel dolor,
por ser voluntad del Hijo,
al pueblo que le maldijo
adopta con tierno amor;

Y en el Gólgota sangriento
el pueblo deicida zumba,
y su voz ronca retumba
entre los ayes del viento.

VI

AI ver el sol la agonía
de Aquel que fue su Hacedor,
quiso expresar su dolor
negando la luz al día.

Y la tierra entre temblores
arrojó los esqueletos
que a sus sepulcros, inquietos
tornaron con sus temores;

Iban las piedras chocando
con estruendoso ruido,
y de la fiera el bramido
por el monte retumbando.

El pueblo indómito y fiero,
al ver tan patentes hechos,
dando golpes en los hechos,
clamaba al Dios verdadero.

Y al través de opaca luz
cual estatua se veía
la dolorosa María
al pie de la Santa Cruz.

Gaspar Mira

El sepulcro de Jesús

Y su sepulcro será glorioso (Is 11, 10) había profetizado Isaías y esta claridad y celebridad del sepulcro del Salvador la encontramos verificada en el acto de la sepultura. Dos verdades de fe contiene el sepulcro del Señor; su muerte, y su sepultura: mutuamente se completan; la muerte no se comprende sin esperar inmediatamente la sepultura; ni dar tierra a un cuerpo se verifica sin estar muerto.

Murió Jesús.—Léase el capítulo de su crucificixión en los Evangelistas y queda esta verdad evidentemente demostrada: sus padecimientos, patíbulo y lanzada, testifican su muerte. El odio de los enemigos era tan encarnizado que no se hubieran contentado con verle en la cruz, fue necesario saciarlo mirando como espiraba. El amor de sus amigos y de su querida madre no consintió darle sepultura al instante por acercarse el día de Pascua, sino estuviera muerto. Y en todo esto intervenía una autoridad romana, austera en menudencias y aspecto legal de los muertos. Y esta autoridad se entera de su representante, el Centurión, que Jesús había muerto. Y le reiteran su muerte los representantes de los Judíos que piden autorización para sellar y vigilar el sepulcro, porque el «seductor» había dicho que resucitaría.

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Sepultura de Jesús. Rafael Berenguer

Su sepulcro.—Fue sepultado, es otra de las verdades de fe. Lo tierno que resultaría el entierro de Jesús, presidido por su Madre, acompañada de las Marías y de los discípulos de! Salvador, queda más bien para contemplarlo que para describirlo. Los cielos con sus demostraciones y la tierra con sus temblores y hendiduras acompañan a los representantes de la humanidad, que están agotados de condolerse y plañir al Unigénito: «Harán lamentación por él como lamentación por hijo único» (Zach 12, 10). ¡Alma cristiana, reflexiona estas verdades y ten presente que en Jesús algo fue sepultado, algo no sepultado, sino entregado en manos del Padre! Lo sepultado fue su cuerpo, mortal, su espíritu entregado en manos de su Padre Eterno. Así también, tu como yo caminamos hacia la sepultura, que nos espera, pero sólo para el cuerpo corruptible y mortal, mientras que el alma inmortal ¿se la reservamos también como Jesús, para entregarla en manos del Padre que nos creó?

Rafael

La Semana Santa en Roma

Domingo de Ramos.—Antes del infausto 1870 había función Papal en el Palacio Apostólico. El mismo Pontífice bendecía y distribuía las Palmas: cantaba la Misa un Cardenal Pbro. Desde el 1826, las Religiosas Benedictas Camandulenses son las encargadas de adornar las Palmas que se han de distribuir en el Palacio Apostólico. Una de las ceremonias más sugestivas en este día es el canto del «Gloria laus et honor» a la puerta de las Basílicas e Iglesias. La composición del mismo se atribuye con bastante probabilidad a Teodulfo, obispo de Orleans en el siglo IX. En las Iglesias de los SS. Sergio y Baco, S. Nicolás Tolentino y S. Anastasio se tienen las funciones en rito ruteno, armeno y bizantino respectivamente.

Jueves Santo.—Antiguamente, había Capilla Papal en el Palacio Apostólico. Cantaba un Cardenal del orden de los obispos; ésta terminada el Papa llevaba el Santísimo a la Capilla Paulina, pasaba a continuación al balcón central de la Basílica para bendecir solemnemente al pueblo romano, después, en una de las Salas lavaba los pies a 13 sacerdotes pobres de diversas naciones, sirviéndoles él mismo a la mesa. Entre las solemnes ceremonias de este día, merecen notarse:

Viernes Santo.— En este día, dedicado a conmemorar la muerte del Señor, la estación cuaresmal es la Basílica de Santa Cruz donde celebra el Cardenal Titular; exponerse después a la pública veneración las insignes reliquias que posee. Otro tanto se hace en el Vaticano y demás Basílicas. Antes del tanto se tenia Capilla Papal en el Vaticano, oficiando el Cardenal Penitenciario Mayor y predicando el Procurador General de los conventuales. Entre las cosas más importantes de este día merecen recordarse:

Todo hace recordar la divina tragedia del Gólgota.

Sábado Santo. Como en los días anteriores, antes del 1870, había Capilla Papal en el Vaticano, cantando la Misa un Cardenal del Orden de los Sacerdotes. La estación cuaresmal es en Letrán. Las ceremonias de este día revisten extraordinaria pompa en la Basílica, Madre de todas las Iglesias: la bendición del fuego, el Exultet, los ritos de la fuente bautismal, la Misa de gloria con la Ordenación general llena toda la mañana desde las 6 hasta las 2 de la tarde.

En este día, los Colegiales y Seminaristas se reúnen en las Iglesias de diverso rito para presenciar las ceremonias. A las 4 de la tarde cantan la Misa los Armenos en la Iglesia de, San Nicolás Tolentino llamando la atención por la pompa y aparato exterior y por lo monótono de sus cantos.

Fr. León Villuendas, ofm

Roma, Marzo 1928

Un enamorado de la Cruz que muere...

El día 26 del pasado febrero, cuando ya estaba en prensa nuestro número anterior, recibimos la aciaga noticia de la muerte del más ilustre y celebrado tribuno español D. Juan Vázquez de Mella, orador elocuente, ferviente católico y defensor decidido de los intereses de la religión.

Después de las extensas necrologías y de los numerosos y justos elogios, que la prensa sin distinción de clases le ha dedicado, poco podremos añadir nosotros sobre este coloso de la elocuencia, que si destacó en el parlamento por sus avasalladores y grandilocuentes discursos, palpitantes todos ellos de profundas ideas y de ardiente imaginación, no brilló menos en el cielo esplendente del catolicismo, al que consagró todas las energías de su alma y supo defender varonilmente en los momentos más críticos que atravesaron las órdenes religiosas en nuestra nación. Sin embargo, como franciscanos que somos, tenemos el sagrado deber de hacer resaltar uno de los aspectos más visibles y notorios de su vida: su franciscanismo.

Mella, además, de sentir en su alma, como todos los hombres más ilustres de la humanidad, la influencia avasalladora que brota del corazón llagado de Francisco de Asís, tuvo por honra llamarle Padre ya que ciñó su cintura con el cordón franciscano, ostentó sobre su pecho el escapulario de la V O T de San Francisco el Grande Madrid a la cual pertenecía y tuvo además la íntima satisfacción de cantarle en elocuentes y profundos párrafos.

La prensa, al enumerar a raíz de su muerte, todos sus discursos de carácter puramente religioso y literario, omitió el que pronunció en S. Francisco el Grande Madrid en 1914, con ocasión del Congreso Nacional de Terciarios Franciscanos y esta omisión es muy digna de lamentar, pues todo ese discurso es una ostensible prueba de su franciscanismo y de su elocuencia expresiva y soberana, constituyendo por sí solo una de sus mejores piezas oratorias, en la que supo encarnar vivamente, bajo la armonía de su estilo y la grandiosidad de sus períodos, las exquisiteces más puras de su alma ardiente, seráfica y franciscana.

No termina ahí su franciscanismo. Él, con grande cariño, escribió para la obra «San Francisco de Asís» publicada por la V. O. T. de Valencia, unas hermosas cuartillas impregnadas de amores seráficos: él reverenció y amó con muestras de sincera amistad a los franciscanos; él nombró, como albacea de su testamento a un padre franciscano; y él finalmente, para mortaja de su cuerpo, sólo quiso el crucifijo y el hábito y cordón franciscano, para que atado con él, como de vehículo divino, el Serafín de Asís se sirviera de él para llevárselo a las delicias de la gloria, en donde sin duda alguna se hallará, ya que su conducta piadosa, ejemplar y aún santa, nos lo hace piadosamente creer.

Por eso uno de los funerales más solemnes que se han celebrado en Madrid, por el eterno descanso del gran tribuno español, ha sido el que organizó la V. O. T. de S. Francisco el Grande de Madrid, al que asistieron las más ilustres autoridades eclesiásticas y civiles, con el Obispo y P. Vicario General de los franciscanos.

Descanse en paz el alma de nuestro ilustre terciario.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

El beso del Crucifijo

Cuando ya se había confesado fervorosamente; cuando ya sus labios no podían articular una palabra; cuando aquella frente, trono del pensamiento, iba a rendirse a la muerte, su hermano le presentó conmovido el Crucifijo que había tenido en sus manos al morir su madre y lo puso sobre los labios del gran sabio.

Eran dos agonizantes que se miraban; era el agonizante que estaba en la cruz, y la ciencia personificada en Menéndez y Pelayo, que parecía agonizar también; en aquel rostro divino que no sabría describir, empezó a verlo todo, a leerlo todo, porque allí estaba la unidad suprema que él buscaba; en aquella página iba a leer de una vez toda la ciencia y a saciar para siempre toda la sed de belleza; por eso sus ojos encendidos miraron los ojos del Redentor, y los labios del sabio, al extinguirse la vida, exhalaron el último aliento sobre el Crucifijo, y entonces no fue sólo Menéndez y Pelayo el que besó a Jesucristo: fue también Jesucristo el que besó en él a la Ciencia Española.

(Juan Vázquez de Mella. Del discurso en honor de Menéndez Pelayo)