Índice del número 99
Septiembre de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
- La aurora del gran día. Jesús Galbis
El hecho místico. Divulgación teológica. Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Sombras y tristezas. Página poética. Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm
¡Que vienen los beduinos!. Fr. Juan Alventosa, ofm
Cullera. Por tierras levantinas. Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm - Fe instruida y estudiosa. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
¡Predestinada! Página mariana. Fr. Bernardino Botella, ofm
Divagaciones. Eliseo A. Vidal
Por sierras de Albarracín. P.A.J.
Celo maternal. Fr. Francisco Lliteras, ofm - Las ollas quebradas. Perlas del cielo. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Informaciones. Crónica.
Bibliografía.
La aurora del gran día
En el orden la naturaleza es bello y halagador contemplar los fulgores de la riente aurora, que preceden y anuncian al día radiante de luz.
Dormida la naturaleza en el regazo de la noche silenciosa y oscura, los claros destellos del lucero matutino primero, y los débiles rayos del sol naciente después, la despiertan de su letargo, y toda ella sonríe, como anegada en un éxtasis de felicidad, toda ella siente la vibración palpitante del nuevo vivir; y, anegada en luz, canta las misericordias del Señor en un himno complejo y acorde, en un cántico magnífico y triunfal, que se extiende por toda la creación, y llega hasta los cielos, para unirse a los cánticos que entonan los ángeles ante el trono del Creador...
¡Hermoso es en verdad el orden de la naturaleza tan admirablemente dispuesto por la sabiduría de Dios!...
Pero en otro orden superior; en el de la Gracia, es todavía más bello y halagador para las almas, contemplar los destellos, de la Aurora Divina, María, que anuncian y preceden al Gran Día de la Gracia, bañado en las claridades eternas del Sol de Justicia, Cristo; que disipando las sombras del pecado, ilumina y enciende y vivifica los corazones, haciéndolos vibrar para su Vida y vivir para su Gloria.
Navidad. Pesebre del Monasterio de Belén. Holyart
¡Cuán alta e inefable se manifiesta la divina Sabiduría en este orden sobrenatural de cosas!...
Jesús es la luz y la Vida; pero una luz tan fuerte y una vida tan plena, que no hubieran podido las almas adormecidas en la noche del pecado, bañarse, al despertar, de esa luz, y absorber esa vida, que instantáneamente las transformara en Cristo... Y así como las sombras de la noche no desaparecen repentinamente bajo la acción de los rayos solares, sino que poco a poco se deshacen y disipan a la luz tenue y acariciadora de la aurora matinal; así también las sombras de la noche del pecado en que estaba sumido el mundo de las almas, no desaparecen enseguida por el divino resplandor de Jesús, sino que primero van disipándose y huyendo de las conciencias por el benéfico y claro resplandor de la Aurora inmaculada, de la purísima Virgen María, cuya luz refleja y nos trae la Luz divina de Jesús; y por cuya mediación reciben nuestras almas la Gracia de Jesús y la Vida de Jesús, por la que nos unimos a El y podemos aspirar a gozar la eterna felicidad del cielo.
En este orden de cosas sobrenatural y divino, es de una belleza inefable contemplar con los ojos de la fe el resurgimiento de las almas a la vida nueva de la Gracia. Vivían las almas envueltas en las sombras del pecado, sin luz para conocer los senderos de la verdad, sin energías para actuar en el campo sobrenatural del amor divino: el pecado había interpuesto entre el cielo y la tierra un abismo que nadie podía salvar, y el resplandor del Dios tres veces Santo no llegaba hasta las almas para encenderlas y vivificarlas, porque el pecado era como valla inmensa e infranqueable, que separaba a éstas de Aquel; la vida transcurría así para la humanidad oscura y triste, más oscura y más triste que seria para la naturaleza, pasar un día y otro día, privada de la luz del sol...
Así las cosas, llega la hora señalada en el plan divino para nuestra salvación, y ésta empieza para nosotros desde el momento en que la Sma. Virgen María, concebida sin pecado y llena de Gracia, aparece en el mundo de las almas, derramando sobre ellas la luz que ya la inunda, la bondad que ya la llena, la vida que ya la invade, el amor que ya la abrasa; y las almas en explosión radiante de alegría, despiertan de su triste letargo, y bañadas en esa luz, atraídas por esa bondad, enamoradas de esa vida, y encendidas en ese amor, que la Santa Virgen va vertiendo sobre ellas en ascensión triunfal, la contemplan, la siguen y la invocan; depositan en sus brazos maternales las lágrimas que lloran, las ternuras que sienten, los anhelos que brotan de sus fibras más íntimas; y la Virgen, salvando el abismo que las separa de Jesús, las conduce a Él, y borrando la valla que el pecado había interpuesto entre Dios y ellas, hace que todos los resplandores de la gloria de Jesús, las bañen de alegría y que los divinos ardores de su Corazón y las íntimas palpitaciones de su Vida, se comuniquen de un modo soberano e inefable a ellas, para transformarlas de arcilla, deleznable y terrena, en porciones de paraíso eternal, o mejor aún en fibras vivientes del mismo Corazón de Cristo..; pues así como la Sma. Virgen anunció el
gozo a la tierra por cuanto tenía que dar a luz a Jesucristo, salvador y redentor del mundo; así también es anunciadora de esta alegría en todas y cada una de las almas, en las que por su mediación hace nacer y vivir y reinar a Jesús, Rey absoluto y universal de todas ellas...
Por eso el Divino Esposo de los Cantares dice, refiriéndose a María: «¿Quién es esta que sube como Aurora resplandeciente...?», y la Santa Iglesia, al celebrar el día 8 de este mes, la Natividad de la Virgen sin mancilla, entona cánticos triunfales de gloria, y nos invita a la alegría, diciéndonos: «Celebremos con júbilo la Natividad de la bienaventurada Virgen María, para que ella interceda por nosotros a Jesucristo nuestro Señor»; y los fieles de todas las generaciones aclaman a María Inmaculada, como Aurora del Gran Día de la Gracia, iris de nuestra salvación, y principio de nuestra felicidad.
¡Felices ya de nosotros, s¡iluminados y atraídos por el resplandor celestial de esa Divina Aurora, nos hacemos dignos de que brillen en nuestras almas, los resplandores de Jesús y de que vibren nuestros corazones al impulso de su vida!...
¡Bendita mil veces y loada sea por todas las generaciones esa Aurora celestial que nos anunció y trajo al mundo el Gran Día, el día de la Gracia, que uniéndonos con Jesús nos comunica su Vida y nos ha de hacer partícipes de su gloria eternal!...
Jesús Galbis
Divulgación teológica
El hecho místico
SU EXISTENCIA.—(Continuación)
El hombre, en su afán nobilísimo de investigar y adquirir la verdad, yerra con frecuencia el camino y término, que es Dios hecho hombre, Cristo Jesús; y cuando piensa abrazarse con ella, abraza el error, y cuando piensa adueñarse de la vida, se apodera de la muerte, y cuando pretende que ha encontrado el descanso y sosiego, halla el cansancio y la lucha. Pero ¿qué prueba esto contra el hecho inmenso, sobrenatural y místico que se obró en la persona de Cristo Jesús? En contra de Cristo, nada; en contra del hombre prueba, que al apartarse de Cristo no halla ningún principio firme y suficientemente claro para desterrar de su mente todo error, y sosegar del todo su espíritu. Cristo es hombre y Dios, nudo gordiano que no puede ser desatado por ningún Alejandro. Nadie puede negar su existencia en el tiempo y en la eternidad, su naturaleza humana y su naturaleza divina, y por consiguiente su realeza universal, como no sea un ignorante o un malicioso. El varón cuerdo y sensato compadece al primero y desdeña la liviandad insípida de! segundo.
La aparición de Cristo en el tiempo y en el espacio es un hecho esencialmente sobrenatural, porque excede infinitamente las fuerzas todas de la naturaleza, y de tal eficacia que es capaz por sí sólo de renovar, mejorándolos, Cielos y Tierra. El hecho en cuanto histórico, en cuanto fue visto, oído y tratado por los que fueron contemporáneos, compatriotas, amigos o conocedores de Cristo, puede sufrir victoriosamente el más riguroso análisis científico, siempre que se hasta éste con desapasionamiento, integridad y competencia, el resultado final será el mismo, porque no puede ser otro: que en Cristo hubo algo más que el ser de hombre, que Cristo era el Hijo de Dios (Mc, 5,1; 15, 39).
Jesús, ente sobrenaturalizado por antonomasia, es juntamente el primer ente místico, origen y fontana de todos los demás. Es ente místico, porque no sólo poseyó todo el ser y orden y gracia divinales, sino los vio y experimentó y gustó sin medida, como en su propio manantial. Luego, así su sobrenaturalidad como su misticismo fueron tan plenos y eficaces que se comunicaron y continúan comunicándose en todo tiempo, lugar y gente, con asombrosos efectos.
Que Cristo sea Dios es innegable: que sea un ente sobrenatural también; que sea un ente místico, igualmente; que comunica su ser a los suyos, no se puede negar, y, por tanto, que el hecho místico perdura y se multiplica a través de las edades y de las personas, es indudable. Entiendo aquí por hecho místico, la experimentación individual o social del orden o ser divinos.
Pero ya oigo que se me replica: ¿Qué dice? Acaso se da tal fenómeno? ¡Sueños, fantasías desconcertadas, mentes ilusas, neurastenia!... Palabras vanas, impotentes para destruir la realidad: el hecho místico se ha dado y se da y se dará; el hecho místico desafía a todos los críticos del mundo para que lo examinen y pronuncien su fallo con desinterés y anhelo de acertar. La realidad y la verdad no tienen por qué temer: podrán ser mal interpretadas, desconocidas y aun menospreciadas y puestas en ridículo, pero al fin triunfan.
Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
(Continuará)
Página poética
Sombras y tristezas
I En el silencio de la noche umbría |
II Como sigue a la luz la sombra oscura, Almas que entre torturas y tormentos |
Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm
Onteniente-Colegio de «La Concepción» 1928
En torno al lago de Tiberíades
¡Que vienen los beduinos!
En Palestina, en donde la abundancia de trigo, de cebada, lentejas y granos en unos lugares y la falta absoluta de ellos en otros, suelen ser la causa principal y motivo inmediato de guerras, incursiones armadas y de bandolerismo de aluvión, la época de la recolección, y, por consiguiente, los primeros meses de verano han sido siempre los de mayor cuidado. ¿Por qué? Lo hemos indicado ya. Y esta es historia vieja que a pesar de serlo tanto, ningún buen fellah, n¡simple beduino, que haya logrado producir a fuerza de torrentes de sudor cosecha de unos sacos de grano, puede ignorar n¡olvidar.
La Sagrada Escritura, en muchas ocasiones, al comenzarnos a contar las periódicas incursiones de los madianitas y pueblos de allá del Jordán sobre los de acá, acostumbra iniciar el hilo de su narración con las siguientes palabras: Tempore quo reges bellum inire solent. Llegado el tiempo en que los reyes (léase: cabezas de tribu) acostumbran salir a la guerra...

Tienda de beduinos (de Arquitexts.com)
Nada más natural, aunque con ello no quiero asegurar que sea lo más justo. Dentro de sus costumbres y consagradas maneras de proceder, estas incursiones son esperadas; claro está que con las armas en las manos y manos sobre las sacas de trigo y las bolsas enterradas y las aves del corral bien custodiadas.
En Palestina, gran parte de la Siria, laderas del Hermón, alta planicie del Hauran y cordillera de la Transjordania, la cosecha del grano, sobre todo trigo, es la principal, y afirmaríamos que la única. A ella se dedican los beduinos en sus tribus, donde providencialmente acampan, llegado el invierno, a la hora de la siembra, con ánimos de levantar tiendas durante el nacimiento, crecimiento y madurez del trigo, hasta la siega y la trilla. En los pueblos y a formados, constituidos en clan más o menos nutrido y legal, al pobre fellah no le cabe otra suerte más que la de tomar del cabestro su triste asnillo, su mujer, y a lo más su vaca y su camello y trasladarse, diariamente, a las parcelas de tierra dura, seca e íntegra, polvorienta y blanca, como vieja y a punto de declararse estéril, y, con paciencia de patriarca, clavar los dientes de sus peculiares instrumentos de labranza, sembrar el trigo y a fuerza de sudor, más que de agua, hacer brotar del grano enterrado una delgaducha y raquítica arista, que apenas logrará coronarse con una cabecita tísica y anémica de trigo amarillento, pequeño, arrugado y enjuto, que en el horno doméstico, qué alimenta la excreción del camello, de la vaca y del asno, se convertirá en pan negro duro y correoso, que huele a humo de covacha árabe.
A excepción de la llanura de Esdrelón, Genezaret, las depresiones que riegan los afluentes del Jordán y alguna que otra fuente y pequeñas altiplanicies, sobre hoyos volcánicos, donde el trigo suele encontrar bastante humedad y buenos metros de molla de tierra carnosa, la cosecha de grano es insegura, tanto más cuanto en Palestina las lluvias acaban en abril y no comienzan hasta el diciembre, y los calores estivales y aun de la Primavera son secos y absorben ávidos muchas y muy profundas aguas, dejando al grano sin la necesaria savia que necesita para su alimentación y madurez perfecta. Son en muchas regiones, pues, las cosechas un problema y el resultado las más de las veces fatal y nulo. Esto ha motivado un paro delicioso de brazos, sobre todo entre los nómadas beduinos, que, en espera de una mala cosecha, se tumban con dulce pereza al sol o a la sombra, en su totalidad colectiva, diríamos oficialmente, como tribu, y no plantan... así fuera de que, después de trabajar mucho, no hayan de recoger nada.
¿Morirán de hambre? N¡por pienso. Entre beduinos el no sembrar no quiere decir no recoger.
Fr. Juan Alventosa García, ofm
(Continuará)
Por tierras levantinas
Cullera
He podido comprobar, más de una vez, que la PLANA y las HUERTAS de Gandía y Valencia son unos de los encantos más bellos de la región levantina, y que junto con la RIBERA constituyen la Trinidad encantadora de la fertilidad, de la hermosura y de los hechizos de Levante. A esta última apenas había tenido ocasión para contemplarla debidamente, y en estos días se me ha presentado. El pedestal que me ha servido para contemplar el panorama de la Ribera: el balcón desde el cual he admirado los encantos de esta tierra privilegiada, han sido la ciudad y castillo de Cullera, y a ellos voy a dedicarles estas páginas que escribo desde estas alturas, para que los lectores de la acción antoniana admiren también sus bellezas, y además, los entusiastas suscriptores que viven en esta ciudad, se recreen dulcemente fijando sus ojos sobre estas páginas que contienen las impresiones que he sentido ante su vista.
¡Cullera! ¡su castillo! Esas dos palabras bastan por sí mismas para abrir mágicos horizontes en la fantasía de cualquier romántico. Pero ahora, no voy a dar rienda suelta a m¡ardiente imaginación, que pretende a todas horas, manifestar su exuberancia. N¡Cullera n¡su castillo necesitan los pinceles del poeta; naturalmente tienen hechizos y hermosuras, más que suficientes para deleitar a cualquier admirador entusiasta de las encantadoras bellezas levantinas.
Desde Alcira, por cuya carretera he entrado en Cullera, ha aparecido ante m¡vista, el espectáculo encantador que ofrece el caudaloso río Júcar, el cual al deslizarse rumoroso por su dilatado cauce, parece que murmure a la ciudad de Cullera leyendas cadenciosas, henchidas de amor. Después he atravesado sus anchas calles hasta llegar a su espacioso Mercado, de construcción moderna y digno de las mejores ciudades de España. Desde su inmensa planicie he contemplado él castillo soberbio e imponente, que cual titán invencible se levanta majestuoso sobre la cumbre, custodiando las vegas fértiles que a sus plantas se extienden, y a una Virgen Morena, que es el faro esplendoroso de la piedad cristiana y del amor de los fieles. Emocionado ante su atrayente silueta, he emprendido el camino que a su cima conduce, con paso acelerado, ansioso de contemplar cuanto antes sus alturas, sus magníficas bellezas y tocar con las manos extendidas la azulada superficie de los cielos que parece que esté cerca, muy cerquita, cas¡tocando la cumbre del campanario.

Castillo de Cullera (De Fotojoesena)
He escalado su Ntra. Sra. del Castillo y subida a su devoto Santuario altura; la risueña ilusión preconcebida, de que subía la escalera del cielo, y que llegaría a tocar la techumbre del firmamento, se ha desvanecido. Todavía está más lejos... Pero las delicias, los encantos, las dulzuras, que se sienten en las mansiones celestiales, delicias por parte del corazón que busca amores, y delicias de la imaginación que se complace admirando los atractivos poéticos de la naturaleza, los he encontrado en este castillo, digno trasunto de la gloria. Porque aquí el alma se siente conmovida, el corazón se abre generosamente a los efluvios del amor, y la fantasía describe mágicos cuadros de belleza singular.
La Virgen del Castillo es el imán que atrae las miradas de los fieles, y conmueve las almas, es el acero finísimo que hiere los corazones, haciendo brotar desde lo más íntimo de ellos, efluvios de amor. Pruebas de ello son los varios espectáculos, tiernos y emocionantes, que he contemplado, desde estas alturas. Unas veces he visto algunas piadosas mujeres, que con los pies desnudos, y bajo un sol abrasador, ascendían la empinada cumbre, cubierta de guijarros ostentando en sus ojos unas lágrimas puras, indicios de la gratitud a la Virgen Morenita de Cullera.
Otras veces me ha emocionado la vista de varias almas piadosas que de rodillas han atravesado la iglesia, hasta llegar al trono de la Virgen, para contarle, entre suspiros y llantos, sus cuitas amorosas, sus desgracias, sus infortunios, para darle gracias por los innumerables beneficios, que a manos llenas ha derramado en sus corazones durante su vida.
Pero todavía se vislumbran otras bellezas desde estas cumbres elevadísimas. La imaginación encuentra nuevos objetos que le deleitan y le entusiasman. Como una alfombra de verdura, se distinguen a su alrededor hermosas ¡y dilatadas llanuras, cubiertas de arrozales. Más allá se divisan como puntos blancos, varios pueblos que descansan dulcemente, junto a los murmullos suaves que produce el rumoroso Júcar. Y lamiendo los firmes muros del Castillo, se halla el mar, siempre inquieto, que con sus eternos rumores, canta las glorias pretéritas de Cullera, y teje el incomparable poema de la grandeza levantina. Sobre todo la contemplación hechicera del mar emociona sumamente, al contemplarlo en la dulce quietud de la noche, mientras la luna baja silenciosa, hasta sus ondas cristalinas, para mirarse en sus aguas, al mismo tiempo que el mar, con voz potente, con rumores vibrantes, le entona el himno de sus grandezas, el glosario de sus delicias admirables.
Es indescriptible lo que siente el alma ante su visión; sólo es capaz de experimentarse. He pasado ya. varios días en este solitario lugar, y a pesar de que conservo muy grabadas en m¡retina y en m¡corazón las impresiones que he experimentado desde estas alturas, apenas he esbozado ninguna. Por eso os digo: visitad Cullera y su Castillo y os convenceréis de sus magníficas bellezas.
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Callera, agosto 1928.
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