A la juventud Antoniana

La Iglesia católica


La Iglesia Católica es nuestra madre, y que nos ama mucho más y mejor que nuestras propias madres.

Y voy ahora a desarrollar este pensamiento y probaros esta proposición, con el fin de avivar en vuestros corazones el amor a esta Santa Madre, porque s¡de veras la améis, con todas vuestras fuerzas la defenderéis de los rudos ataques que le dirigen diariamente sus adversarios.

¿Consentiríais acaso que en vuestra presencia se hablase mal de vuestras madres? ¿No es verdad que rechazaríais con valentía cuantas injurias y calumnias se lanzasen contra ellas? Cierto, y así lo creo, y es porque las amáis con todo vuestros corazón y el amor da fuerzas y energías al alma, y el amor ilumina la inteligencia haciéndole ver con mayor claridad las ideas que tiene formadas.

Amad, pues, a la Iglesia como a verdadera madre, y la defenderéis siempre y en todas ocasiones contra los ataques de sus enemigos.

La Iglesia, os repito, es nuestra verdadera Madre porque nos engendra a la vida sobrenatural de la gracia.

El hombre, como dice el apóstol San Pablo, tiene tres clases de vida en este mundo: la vida animal, la vida racional y la vida sobrenatural. La vida animal es la vida del cuerpo, que nos es común con la de los brutos irracionales; la vida racional es la vida del espíritu, de la razón, de la inteligencia, por la cual nos diferenciamos esencialmente de los brutos animales; y la vida sobrenatural es la vida de la gracia, la vida divina, injertada maravillosamente en nuestras almas.

Las vidas animal y racional las recibimos de nuestros padres, al nacer en este mundo; pues el alma racional viene al mundo unida íntimamente con el cuerpo, y con él permanece unida mientras vive acá en la tierra; mas la vida sobrenatural de la gracia no la recibimos de nuestros padres n¡nos la pueden ellos dar, porque no procede de ellos, tanto que nacemos en este mundo muertos a a la vida de la gracia, hijos de maldición y de ira.

Porque es cierto que Dios elevó a nuestros primeros padres Adán y Eva al orden sobrenatural y les comunicó la vida de la gracia, vida nueva, prodigiosa y esencialmente distinta de la vida del cuerpo y del alma que tan maravillosamente les había dado; pero esta vida de la gracia la perdieron nuestros primeros padres por el pecado original; y no sólo la perdieron para sí, sino también para todos sus hijos y descendientes según la carne; y por esto nosotros venimos al mundo sin aquella vida muertos completamente a la vida de la gracia.

Mas esta vida divina que perdimos en nuestros padres nos la devolvió Nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Eterno Padre y Dios como El, que posee en sí la vida eterna, comunicada por su mismo Padre.

Y antes de salir de este mundo Nuestro Señor Jesucristo y subir al cielo de donde había bajado, comunicó, transfundió esta vida divina a su Iglesia, instituida por El, para que ella la comunicase a la vez a todos los hombres que quisieran recibirla; y al recibir de la Iglesia los hombres esta vida sobrenatural y divina se hacen hijos de la Iglesia, y la Iglesia es su verdadera Madre, que los ama entrañablemente y los honra y los distingue y los defiende y enriquece con bienes y tesoros inestimables que el mundo no puede conprender n¡siquiera barruntar.

Ved, pues, como la Iglesia Católica es verdadera madre de todos los fieles cristianos porque les da la vida sobrenatural de la gracia.

"Y ¿cuándo —me diréis— nos engendra la Iglesia a la vida de la gracia?"

En el santo bautismo: la pila bautismal es la cuna del cristiano; en el bautismo nace el hombre a la vida sobrenatural.

Pues, como os decía antes, venimos a este mundo muertos a la vida de la gracia; privados de la vida sobrenatural que perdieron nuestros primeros padres. Mas apenas nacidos nos llevan a la Iglesia, y el sacerdote, ministro de Nuestro Señor Jesucristo, y en su nombre, derrama sobre nuestras cabezas el agua bautismal que lava la mancha del primer pecado y nos restituye la vida de la gracia.

La ablución del agua natural y la efusión interior del Espíritu Santo se unen para producir el nacimiento a la vida espiritual de la gracia divina en nuestras almas.

El bautismo, pues, sacramento instituido por el Divino fundador de la Iglesia, nos da y comunica la vida sobrenatural.

La Iglesia es por tanto nuestra verdadera madre; y además madre que nos ama mucho más y mejor que nuestras propias madres.

Porque amar, dice el Angélico Doctor, es desear y proporcionar el bien a la persona amada; y cuanto mayor y más excelente es el bien que se desea y proporciona, tanto mayor es el amor que se tiene.

Ahora bien; nuestras madres nos dan una vida natural y nos desean toda suerte de bienes terrenos; quieren que seamos felices y dichosos acá en la tierra, y con esto nos manifiestan su amor natural.
Mas nuestra madre la Iglesia nos comunica una vida celestial y divina, vida abundante y repleta de bienes, no caducos y terrenos, sino eternos y perfectos en un mundo sobrenatural.

Y no solamente nos da la Iglesia esta vida celestial y divina, sino que nos la conserva, la confirma, la robustece, la aumenta y la desarrolla, preservándola de inminentes peligros y de innumerables enemigos, que tratan de arrebatárnosla constantemente.

Más aun; nuestra madre la Iglesia nos devuelve la vida divina cuando tenemos la desgracia de perderla por el pecado.

Porque cuando perdemos la vida del cuerpo, por mucho que nos quieran nuestras madres no pueden devolvérnosla, y no pueden hacer otra cosa que llorar desconsoladas la muerte de sus amados hijos; pero nuestra madre celestial y divina nos resucita a la vida de la gracia, cuando la perdemos por el pecado, no una sino millares de veces, siempre que el pecador se arrepiente y acude a recibir los remedios que esta madre tiene mandados y establecidos.

Y aun el amor de esta santa madre se extiende más allá de la muerte. Porque cuando morimos a la vida natural, cuando nuestras propias madres tienen que abandonar por necesidad nuestros cuerpos, y aun tienen que pagar para que los saquen de nuestras casas, entonces la Iglesia nuestra madre recoge esos cuerpos, los bendice, los deposita en un lugar sagrado, los coloca a la sombra de la cruz en el camposanto, en el cementerio, que significa dormitorio, porque allí permanecen los cuerpos como dormidos, hasta que los despierte la voz poderosa del Señor el día de la resurrección de la carne; en esos cementerios que ahora se pretende profanar, arrancando la cruz bendita y quitándoles el carácter sagrado que les da nuestra madre la Iglesia.

Esto en cuanto al cuerpo, puesto en cuanto al alma, apenas sale de este mundo, la acampaña la Iglesia, cual madre solícita, con oraciones y cánticos sublimes, hasta los umbrales de la eternidad; e invita a los coros de los ángeles, a los apóstoles San Pedro y San Pablo, y a los innumerables ejércitos de todos los Santos, para que salgan a su encuentro, y la reciban alegremente y la presenten ante el trono del Altísimo.

Decidme: ¿qué amor es mayor y más excelente, perfecto v sublime, el que nos tienen nuestras madres o el de esta Santa Madre la Iglesia Católica a todos sus hijos y a todos los que viven y mueren en su seno amoroso?

Amemos, pues, a la Iglesia nuestra madre, con todo nuestro corazón, defendámosla con todas nuestras fuerzas contra los ataques de sus enemigos, y propaguemos en todas partes las gracias, los favores, los beneficios inefables que hace siempre a todos sus hijos, aun a los mismos que la odian, persiguen y calumnian.

Continuaremos hablando de nuestra Madre la Iglesia Católica.

Fr. Juan Bta. Botet

Festividad de la lengua de San Antonio

(15 de Febrero)

Dios concede al hombre las gracias y dones del Espíritu Santo, no sólo para su propia santificación, sino también para utilidad de los demás; a estas gracias llaman los teólogos gracias gratis datas, las que San Pablo enumera en su Epístola a los Corintios 12, 7-33. Entre éstas enumera el don de hablar con profunda sabiduría. San Antonio, el gran misionero del siglo xm, recibió de Dios esta gracia para que pudiera combatir a todas las potestades infernales que en dicho siglo habían invadido la cristiandad: la corrupción, el ateísmo, la herejía...

La palabra de Antonio traspasaba los corazones y rendía a los más inveterados pecadores; su lengua era como espada de dos filos, que penetraba en el alma haciéndola derramar lágrimas de penitencia y arrepentimiento.

Tal era su fama que tenía que predicar en las plazas y en los campos, porque los templos eran pequeños para contener la multitud que venía a escucharle; los artesanos y comerciantes cerraban sus tiendas para no perder las enseñanzas del santo y celoso Apóstol.

Los herejes que en cierta ocasión no querían escucharle, para no verse obligados a rendirse ante sus convincentes razonamientos, fueron confundidos al ver al Santo encaminarse a la orilla del mar y allí dirigir su palabra a los peces, que dejando las profundidades de las aguas subieron a la superficie para escuchar la divina palabra que habían rehusado los herejes.

Tal era su doctrina, que el Sumo Pontífice Gregorio IX, habiéndole oído predicar, le ensalzó con el título de Arca del Testamento.

El fruto de su predicación fué tan copioso, tan sublime su doctrina, tan apostólico su celo, que Dios quiso glorificarlo, no sólo premiándolo en la otra vida, sino también haciéndolo venerar en los altares y conservando incorrupta aquella lengua que había cantado las glorias de su nombre, que le había hecho adorar por los pecadores y herejes, los que dejando su mala vida o sus falsas creencias volvían al seno, de la Iglesia, edificando a sus prójimos con la nueva vida que llevaban.

Pocos años después de su muerte, efectuándose la traslación de sus gloriosos restos, y hallándose presente en la exhumación del cuerpo el entonces general de la Orden, San Buenaventura, tomando en sus manos la incorrupta lengua del Santo y besándola devotamente, exclamó:

"¡Oh lengua bendita que siempre bendijiste al Señor y has hecho que otros le bendijeran!"

He aquí el ejemplo que deben seguir los cristianos y aun más los devotos de San Antonio, empleando sólo su lengua para bendecir y alabar a Dios y hacer que otros le bendigan y le alaben.

P. S.

S¡buscas milagros, mira...

El Taumaturgo glorioso San Antonio no se olvida que en el mundo se celebra su centenario y quiere dar a conocer continuamente que es él el Santo de los milagros. Por eso la Basílica de Padua, donde se conservan sus sagrados restos, es teatro continuo de frecuentes y nuevos milagros.

He aquí uno:

El 15 de Octubre último todos los fieles que llenaban la gran Basílica fueron sorprendidos por un hecho extraordinario; junto al arca del Taumaturgo se proclamaba el milagro.

El joven de quince años Guido Giasson, de Zero Blanco, había sido llevado al sepulcro de San Antonio, tenía un maligno tumor en la pierna, declarado incurable, y apenas podía andar apoyado en unas muletas.

Los médicos, según contaba la madre, habían formulado este juicio: o cortarle la pierna o morir dentro de unos meses.

"Morir por morir —Contestó la madre— más vale que muera entero", y al momento se dirigió al Santo con grande fe para que le conservara el hijo.

Después, desde Zero Blanco acompañó a su hijo hasta el Arca del cuerpo de San Antonio, y comenzó a rogarle, como las madres saben hacerlo.

Al cabo de poco el enfermo comenzó a sentir en sí una vitalidad nueva en la parte inferior del cuerpo; probó de aderezarse por sí mismo y lo consiguió; probó de caminar solo, sin ayuda de las muletas, y ante los ojos pasmados de la madre comenzó a andar perfectamente, dándose cuenta de que el tumor había desaparecido sin dejar señal.

La gente que contemplaba esta escena maravillosa comenzó a gritar: "¡Milagro!"

Otra curación milagrosa

Poco después del caso referido anteriormente ocurrió otro en la misma Basílica de San Antonio que llamó poderosamente la atención.

El 21 de Octubre tuvo lugar en Padua una peregrinación de Citadella, de la que formaba parte la enferma Valentina Diotto. La pobre mujer ya cuatro años que estaba enferma de tuberculosis en la espina dorsal.
Esta enfermedad causábale terribles dolores y no la dejaba aderezarse, por lo que los médicos tuvieron que aplicarle un busto de yeso que tenían que cambiar cada seis o siete meses. El último, que llevaba desde unos veinte días, tuvo que pagarlo ya a expensas de la caridad, pues hnbía agotado todos sus recursos.

Para agregarse a la peregrinación tuvo que pagarle su párroco el dinero. Cerca ya de la ciudad se la oyó exclamar con singular alegría: "¡He ahí a Padua! He ahí la Basílica del Santo brillando con los esplendores del sol!".

Ya en Padua la enferma se apresuró a confesar y comulgar; después se puso a rogar al Santo con gran fervor.

Hacia las ocho y media, el celebrante Monseñor Carmignoto alzaba al cielo la Hostia Santa; la Diotto comienza a temblar y a derramar un copioso sudor por todo su cuerpo; después oye por dos veces una voz interior que le dice: "En nombre de Dios quilate el busto y preséntalo ante el altar". Se volvió y comenzó a mover los brazos sin sentir dolor alguno, y fuera de sí por la alegría comienza a desatarse y quererse quitar el busto, pero fué al punto rodeada por las mujeres que estaban junto a ella.

"Dejadme—decía la Diotto—, dejadme que ya estoy curada."

Se levantó un gran rumor por toda la Basílica, la voz del milagro circula por toda la multitud de peregrinos.

La enferma fué llevada a la sacristía para desnudarse y quitarse el busto de yeso, mas, como no era lugar a propósito, no se lo permitieron, tampoco la dejaron en el claustro y por fin uno de los religiosos la obligó a ir al hospital. Allí los médicos no quisieron por no ser enferma de su cuidado; y últimamente en casa del doctor Simioni, donde estuvo antes de sirvienta, lo pudo lograr ayudada por el médico y hacia el mediodía entraba en la Basílica completamente curada, para depositar ante el Arca del Santo el busto de yeso.

Vieja leyenda oriental

El arrepentimiento

Dios quiso, un día, ser poseedor de "lo más bello que existe en la tierra". Llamó a uno de sus ángeles y le ordenó ir en busca de ello, sin darle otras explicaciones.

El ángel descendió y no fué poco su embarazo, al encontrarse en la tierra, para cumplir su misión.

El azar lo condujo a una vasta llanura que fuera, no hacía mucho, un campo de batalla y cuyos horrores se hacían manifiestos. Numerosos cuerpos faltos de vida yacían desparramados. Uno de ellos, de cuyo cuello entreabierto manaba aun sangre, le llamó la atención.

El ángel se detuvo y pensó:

—¡Esta es sangre derramada en defensa de la patria! ¿No es esto, pues, lo más bello que existe en la tierra?

El ángel recoge una gota de esa sangre generosa e inmediatamente va con ella al pie del trono del Todopoderoso.

—Ciertamente—dijo entonces el Señor—, derramar su sangre en defensa de la patria es cosa bella y noble. Pero esto no es precisamente lo más bello que existe en la tierra.

El ángel desciende nuevamente y vuelve a sus indagaciones. Mientras erraba, muy preocupado, fué sorprendido por un largo cortejo fúnebre que conducía a la última morada a uno de sus mejores hombre bienhechores de la ciudad.

Numerosos acompañantes, en los que se veía pobreza y miseria, formaban el cortejo. De todos los ojos manaban abundantes lágrimas por aquel filántropo que no sólo se hubo limitado a protegerles mientras vivió, sino que dispuso que sus limosnas continuasen repartiéndose aun después de su muerte.

—¡Ah! —pensó el ángel—, la gratitud es admirable virtud. Estas lágrimas son, sin duda, lo más bello que existe en la tierra. Recoge una de ellas y la lleva a su Dios.

El Señor dicé:

—Las lágrimas de gratitud son siempre admirables, pero una existe algo mejor en la tierra.

Por tercera vez desciende el ángel a la tierra en busca del deseo de su Señor y Dios.

Caminaba por un camino solitario, bordeado en ambos lados de espesos setos. Un ruido le detiene, se acerca y percibe claramente algunos sollozos. El ángel busca con sus ojos detrás de los setos y descubre un anciano sentado cerca de un árbol. De sus ojos, fijos en el cielo, manaban abundantes lágrimas; sus manos juntas y su actitud toda, hacían suponer que invocaba al Señor.

El ángel se informa de la causa que origina pena tan violenta y escucha. Es un hombre que llora las faltas de su juventud.

Profundamente emocionado, el ángel se dijo:

—Me parece que nada entre las cosas de la tierra puede igualar a las lágrimas de arrepentimiento.

Y llevó una de éstas al Señor.

—Tú has cumplido tu misión —le dijo entonces el Maestro Soberano—. Cierto, nada existe en la tierra cuya belleza exceda al arrepentimiento; porque s¡la inocencia es la virtud por excelencia, el arrepentimiento crea en el corazón del hombre una segunda inocencia.

Dehesa

La Dehesa (incluída dentro del Parque) separa el lago (izquierda) del mar Mediterráneo. Mediterranea.org

La Albufera y la Dehesa

Conocida es Valencia por la belleza de sus campos de naranjos, cuyo perfumado azahar, que constituye el atractivo principal en las noches abrileñas, envuelve a la ciudad con la vaharada de la flor simbólica; por la estepa verde, de horizonte brumoso, de los arrozales; por su fecunda huerta, que como alcatifa policromada y brillante sirve de antesala a la sultana del Turia; por la notoria fama de sus artistas, proclamados en lo antiguo y moderno señalados con los nombres de Joanes, Ribera, Ribalta, Pinazo y Sorolla; por la belleza de su cielo sin par; por su mar esmeralda, tranquilo, mar latino, portador de arte y cultura; por la alegría y fastuosidad de sus fiestas; por ser, finalmente, asiento de las más álgidas civilizaciones. Pero hay una injusticia cierta al no ser conocida Valencia, con una propaganda profusa y mundial, por su Albufera, la laguna más grande que ha sido, s¡no lo es aun, de España, de singular belleza, en cuyo centro existe la isla del Palmar, típica población de pescadores, paraje ameno y pintoresco.

La Albufera. Campos de Arroz

La Albufera. Campos de Arroz. Wikimedia

Del país de Jesús

La florida Galilea

Con frecuencia la Sagrada Escritura hace referencia a los trigales, a los prados, a las flores, especialmente, de la Galilea. El mismo Jesucristo, durante su predicación, se sirve de los encantos de la Naturaleza para adoctrinar a las turbas; así, queriendo inculcar el filial abandono en la divina Providencia, recurrió a la belleza de los lirios, a quienes Dios viste y adorna.

Muy natural, pues, que los apasionados estudiantes de nuestra Escuela Bíblica ardiesen en deseos de contemplar la Galilea engalanada con todos los atavíos de la primavera. Sus deseos fueron cumplidos el 11 de Abril, consagrado a San León, y día de m¡fiesta onomástica.

Megido y la llanura de Esdrelón

La ciudad de Meguido en la llanura de Esdrelon en Israel.

Serían las once da la mañana cuando pasando por Djenin, última villa de la Samaría, entramos en la llanura de Es-drelón, tan rica en recuerdos bíblicos, como bella por los encantos de la Naturaleza.
Forma una especie de triángulo, cuya base se extiende desde el Carmelo hasta las montañas de la Samaría, y cuyo punto toca al Tabor. La llanura de Esdrelón (dice Meistermann en su Guía), pantanosa en algunos de sus sitios, es de una notable fertilidad, según lo indica su nombre de Fezrael que quiere decir Semilla de Dios. El patriarca Jacob la destinó a su hijo Isacar, padre de una raza de pastores, y la personificó con precisión en "un asno robusto, tendido en su establo, y considerando lo dulce que es el descanso y lo excelente que es la tierra".

Galilea

Galilea,desde el Monte Tabor “Lo siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán”. Mt 4:25. De la web de la Custodia de Tierra Santa

Esta llanura sirvió asimismo en todos tiempos como de teatro a las batallas. En ella se cruzan en todas direcciones las rutas que antiguamente unían los imperios de Oriente; cual s¡merced a su posición, a su fertilidad y a su corona de montañas, que constituyen excelentes puestos de observación o bien fortalezas naturales, estuviera como destinada expresamente para servir de fondo a las escenas de rivalidad de los pueblos llamados a medir sus fuerzas. Tuthmés III, Ramsés II, Gedeón, Débo-ra, los filisteos de la época de Saúl. Necao II, del tiempo de Josías, los griegos y los romanos, los cruzados, y hasta el mismo Bonaparte, han ceñido aquí sus frentes con los lauros de señaladas victorias.

Por esta inmensa llanura, que en nuestros días cultivan en gran parte las llamadas colonias hebreas, se deslizaban nuestros automóviles hacia Naza-ret, dejando a derecha los montes de Gélboe donde perecieron Saúl y Jonatás; Endor, la patria de la Pitonisa; Naim, testigo de la fuerza taumaturga de Jesús; el Tabor, con la gloriosa escena de la Transfiguración, y el pequeño Hermón, que presenció en sus faldas las hazañas de Gedeón. Entre tanto nuestros ojos no se saciaban de contemplar los verdes sembrados ya en espiga, esmaltados de flores, que a su vez tapizaban ribazos y pradeias de encendidos y variados colores.

Al mediodía, mientras las campanas de la Basílica franciscana de la Anunciación repetían armoniosamente la salutación angélica, entrábamos en la risueña Nazaret, para detenernos, en esta ocasión solas tres horas, dedicadas a la refección, al saludo de nuestros hermanos y a una ligera visita del grandioso convento y de los restos de la primitiva Basílica.

Con el pensamiento en la familia Nazaretana, reanudamos nuestra marcha, siempre por fértiles y floridas llanuras. Apenas llegados al alto contemplamos al N-O. Séforis, la Diocesana romana, acaso la patria de San Joaquín; a la izquierda, Gethhepher, que dió origen a Jonás; y a una hora de Nazaret, Caná de Galilea que visitamos, evocando el recuerdo del primer milagro en las bodas, y la simpática figura de Natanael, hijo de esta villa.

La tarde principiaba a declinar cuando pasamos por el tradicional "Campo de las espigas", que nos trajo a la memoria la lección que el Redentor dió a los fariseos escandalizados porque los hambrientos discípulos estrujaron algunas espigas en día de Sábado; un poco más allá se yergue, en medio de la llanura, el monte Korún Hattín, célebre por la victoria de Saladino contra los Cruzados; por fin Tiberíades, que pasamos de largo, para volver después a pasar la noche, dirigiéndonos a Cafarnaum.

Siempre bordeando a la parte occidental del mágico lago cruzamos Magdala, que nos evocó la pecadora convertida, la cual, al decir de los rabinos de Tiberíades, había incurrido en la pública indignación, no sólo del pueblo natal, sino de todo el litoral.

Atravesamos la llanura denominada Chucir, que es la tierra de Genesaret, y mientras nos acercábamos a Cafarnaum, a la vista de las verdeantes colinas se agolpaban a nuestra imaginación escenas evangélicas, como la multiplicación de los panes y el sermón de la montaña que, ciertamente, se desarrollaron en estos afortunados parajes.

Por fin, henos llegados a Cafarnaum, donde el Salvador fijó su domicilio habitual, constituyéndola centro de sus correrías mesiánicas y ciudad de sus predilecciones, ya que fué aquí donde Jesús pronunció más discursos y donde obró mayores prodigios. Entre las ruinas de Tell Hum merecen atención especial las excavaciones de Wilson, que estudiadas por Guerin y continuadas por Hohl y Watzinger y el franciscano Vendelino fueron ultimadas bajo la dirección del malogrado P. Orfal¡O. F. M., llegando a la conclusión que se trata de una importante sinagoga de Cafarnaum, la cual de no ser la misma que construyó el Centurión romano y que santificó con su presencia y sus enseñanzas eucarísticas nuestro divino Bedentor, que parece lo más probable, es, ciertamente, por lo menos, una reconstitución de aquélla.

Los últimos rayos del sol policromaban las nubes de Occidente y nosotros, sentados sobre las rocas de Cafarnaum, salpicadas por las olas del lago, recordábamos las más bellas páginas evangélicas : el mar, que se calma al precepto de Jesús; la pesca milagrosa; la aparición del Besucitado en la ribera; la barca que balancea, mientras Jesús predica a las turbas; el Redentor, que camina sobre las rizadas olas...
A las siete de la tarde entrábamos en Tiberíades, donde el P. Cándido Beraza, presidente del Hospicio, adivinando nuestro cansancio, no desmintió la generosa y materna solicitud que le han hecho proverbial en toda la Custodia...

Por la mañana, cuando el sol naciente plateaba las tranquilas aguas y los forzudos pescadores sacaban las redes a la orilla, encanastando la abundante pesca, nuestros automóviles, siempre bordeando el lago, emprendieron su vertiginosa marcha hacia la Transjordania.

Fr. León Villuendas, ofm

Jerusalén y Abril 1931.