Índice del número 136

Mayo de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm

En mayo, el mes de las flores, la ferviente multitud aclama a su Reina y Señora.

¡Ave María!

Tengo una amiga excelsa
que endulza m¡alma herida.
Es toda pura y bella,
es toda dulce y pía,
es toda Inmaculada
y es su nombre suavísimo: «¡María!»

La encuentro siempre, s¡con fe la busco,
en mis horas de duelo o de alegría,
y Ella comparte mis pesares todos
s¡doliente la llamo: «¡Madre mía!»

Esta amiga no engaña,
esta amiga jamás m¡trato esquiva
y es «bendita entre las mujeres»
y es entre todas poderosa y rica.
Su tesoro es el Dios de mis amores,
m¡Manjar en la Sacra Eucaristía;
¡ante esa amiga excelsa,
menos Dios, doblan todos la rodilla!

Yo me siento orgullosa
por ser amiga e hija de María.
¡M¡amor! ¡M¡dulce orgullo, m¡alborozo!
¡Quién lograra que fueras bendecida
en este mes..., y siempre
por todos a porfía!..:
Y esa Mujer que dio vida en su seno
al Autor de la vida,
esa Virgen y Madre a un tiempo mismo,
la Madre de Jesús... ¡¡Esa es m¡Amiga!!...

Amor de mis amores,
m¡esperanza y m¡guía,
Amiga idolatrada,
m¡fervor te saluda... «¡¡¡Ave María!!!»

Fina Mar

Glosas de la vida

«Decíamos... sí; decíamos ayer...»

Así, dicen, reanudó las clases en la Universidad de Salamanca el nuestro Fray Luis de León después de unos años de cárcel.

Ahora, después de un año que he dejado de escribir para la La Acción Antoniana, cuando al fin llegó a mis manos uno de los números del corriente año anunciándome la reaparición, y llenando m¡alma de recuerdos que... ¿para qué recordarlos?, al querer reanudar mis «glosas», cas¡sin pensar puse: «Decíamos»... y cuando iba a escribir «ayer» no pude hacerlo sin pensar. Unos puntos se escaparon de m¡pluma inquieta, mientras m¡memoria, como interminable cinta cinematográfica, iba pasando por m¡mente infinidad de impresiones que me hicieron entrever la impropiedad del termino «ayer» en m¡caso.
¡Qué ayer tan lejano! ¡Cuántas cosas me separan de ese ayer!... ¡Qué distinta aparece España! ¡Qué lejos estoy de los míos! ¡Cuántas cosas nuevas han visto mis ojos y cuál diversas emociones me han hecho sentir: La noche, aquella noche de Agosto en que dejé Valencia, Alicante, Málaga con sus templos destruidos, el Estrecho, Cádiz, Vigo, el Océano, New-York, Chicago, el desierto de Arizona abrasador, los campos da naranjos de California, Los Ángeles en sus grandes fiestas por el 159 aniversario de su fundación, Santa Bárbara, el «camino real», las huellas gloriosas de nuestros misioneros de otros tiempos, San Francisco, su Bahía, Oakland!... ¡Y cuánta diferencia de lo mío!: La Prensa, el idioma, las calles, las casas, los negocios, los saludos, las miradas... todo. Es demasiado. No puedo decir, después de tanta cosa, que «ayer» estaba en m¡convento de Carcagente o de Valencia preparando mis cosas, mis estudios, etc.; que «ayer» me entrevistaba con el P. Alventosa para poner en orden los originales del próximo número de la Revista; que «ayer» me servía alguna circunstancia de los míos para componer m¡«glosa»... No. Hay demasiada agua, demasiada tierra, demasiada impresiones por entremedio para que encaje el «ayer».

Sin embargo no he podido dejar de completar la frase. S¡la hubiera dejado mutilada me creería reo de lesa patria. Tan fácilmente no se mutila una frase que ha venido a ser como la expresión viva del espíritu tradicional de España, que marca en la Historia de cas¡veinte siglos una trayectoria continua y uniforme en lo que tiene de más íntimo e indestructible la vida de los pueblos.

Para el verdadero español la vida tiene un sentido muy profundo; así que no es fácil romper su continuidad por meras circunstancias externas. Las raíces de la vida española no hay que buscarlas en el negocio, n¡en el régimen político, n¡en el imperialismo militar, n¡en nada que se parezca a todo esto. S¡así fuera, España hubiera dejado de ser hace mucho tiempo.

Y no ha sucedido así. España ha sabido y podido conservar su genuina personalidad. Recuerdo que leí en un autor alemán que España es el último baluarte de la Europa tradicional y su cultura; así que más bien que tratar de europeizar a España se debiera proceder a europeizar a la misma Europa, haciéndola volver los ojos a España. No diría yo tanto ahora s¡me encontrara ahí; pero estando aquí, en lo que podríamos llamar el vanguardismo de la vida moderna, me parece sentir la verdad que encierra el juicio del escritor alemán. Las raíces de la vida genuinamente española hay que buscarlas en el Pilar de Zaragoza, en los Concilios de Toledo, en Covadonga, en las gestas de la Reconquista, en los autos sacramentales de nuestros dramaturgos, en los escritores del siglo de oro, en los misioneros del Nuevo Mundo, en los teólogos del Concilio de Trento, en los héroes de la Independencia... Un pueblo que hace radicar su vida en tales realidades posee una unidad de vida tan íntima y profunda que los acontecimientos externos, aun los que parezcan más hondos, podrán llegar a rozarla y hasta hacerla sangrar, pero nunca romperla...

Mas, ¿en qué estoy divagando? No lo sé. Yo quería decir que el «decíamos ayer» es muy español, y solamente cuando uno ha renunciado a comunicar con la genuina savia de la vida española podrá con gran facilidad, bajo las vicisitudes de los tiempos, romper la continuidad de vida del «ayer» con el «hoy».
Cuando Jesús se despedía de sus discípulos los vio abatidos por su pérdida, y compadecido les dijo: «He ahí que estoy con vosotros hasta el fin del mundo.» El alma católica que siente la realidad viviente de estas palabras siente también la inmutabilidad de la vida cristiana a despecho de sus adversarios.
El alma española, moldeada en el catolicismo, ha sabido con dos palabras unir páginas de su Historia, al parecer muy distantes, y dar su debido valor a los acontecimientos que pasan.

Fr. José Antonio Arnau, ofm

California-Marzo 1932.

Cultura religiosa

Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella

Mis queridos antonianos: Os decía en m¡breve conferencia anterior que el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo en su Resurrección gloriosa es el triunfo de su Iglesia, porque la Iglesia Católica es su obra maestra, es su continuación, su prolongación, su cuerpo místico.

Y s¡Jesucristo resucitó para no morir ya más, tampoco su Iglesia morirá nunca, porque lleva en su seno el germen de la inmortalidad que le comunicó su Divino Fundador. Ningún poder humano, ninguna fuerza natural, n¡aun las mismas furias del averno, podrán destruir jamás la Iglesia de Cristo.

Continuemos, queridos antonianos, desarrollando este tema, altamente instructivo y consolador.

Cuando Nuestro Señor Jesucristo fundó su Iglesia, dijo a Simón, quién había de ser el príncipe de sus Apóstoles: " Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré m¡Iglesia, y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella".

Esta fue la promesa de inmortalidad y de vida que dio Jesús a su Iglesia; promesa que ha venido cumpliéndose y se cumplirá hasta el fin de los siglos, porque antes pasarán los cielos y la tierra que dejará de cumplirse la palabra de Dios.

Y para ver claramente esta verdad, no tenemos más que dar una mirada a la historia de la Iglesia desde su fundación.

Apenas nace la Iglesia en el Calvario, de la sangre preciosa que brotó del costado de Cristo, empieza a ser perseguida por sus grandes enemigos, que nunca le han faltado. Y tan pronto como los Apóstoles, después de recibir el Espíritu Santo, empiezan a predicar el Evangelio, según el mandato de su Divino Maestro, empiezan a ser perseguidos por los mismos judíos, que todavía no habían abierto los ojos a la luz de la fe.

Los Apóstoles fueron azotados, atormentados de varias maneras, insultados, encarcelados, con la prohibición expresa de predicar el Evangelio y de hacer milagros en el nombre de Jesús. Mas como los milagros y prodigios estupendos que habían realizado eran argumentos clarísimos y decisivos en favor de la doctrina que predicaban, el pueblo que los había presenciado se iba convirtiendo al Cristianismo, cada vez en mayor número, y esto era lo que más desconcertaba a los mismos perseguidores, quienes por temor al pueblo tuvieron que suspender los tormentos que imponían a los Apóstoles. Fueren éstos entonces desterrados de Jerusalén y empezaron a extenderse por toda la Judea, Samaría y Galilea, y aun fuera de Palestina, predicando en todas partes la buena nueva, y valiéndose Dios de esta primera persecución para esparcir y propagar en todas partes la divina semilla. Y así ha sucedido siempre: las persecuciones contra los cristianos y contra sus doctrinas han sido el medio de que se ha valido la Divina Providencia para propagar y multiplicar en toda la tierra la semilla de la palabra de Dios.

Se desencaderaron luego las terribles persecuciones de los emperadores romanos contra los discípulos de Cristo, y éstos tuvieron que refugiarse y encerrarse en las catacumbas: inmensas galerías, corredores, calles, toda una ciudad que se abrió debajo de la Roma pagana. De allí eran arrancados a millares los cristianes para ser martirizados con los irás crueles tormentos y llevados al circo pata ser devorados por las fieras.

Y parece que entonces hubiera sido sumamente fácil acabar con todos los cristianos, destruir y exterminar la Iglesia Católica, cortar de raíz, y con un solo tajo, aquel pequeño árbol que empezaba a crecer y desarrollarse. Y así llegaron a creerlo aquellos paganos corrompidos y enorgullecidos con sus conquistas, hasta atreverse a levantar un monumento al cruel perseguidor Diocleciano con esta satánica inscripción: "Al Divino Diocleciano por haber destruido la superstición cristiana en todo el imperio". ¡Infelices, desgraciados!; la corrupción y el orgullo les tenían completamente ciegos. Y es que Dios a los que se han de perder antes los enloquece.

En aquellas catacumbas, como en el sepulcro de Jesucristo, estaba encerrado el germen de la vida, de la resurrección y de la inmortalidad. La sangre de tantos mártires había sido fecunda semilla de millones de cristianos. Y de aquella Roma subterránea surgió toda una nueva civilización que había de sepultar a la civilización pagana y que había de llenar el mundo de héroes y de sabios y el cielo de santos y bienaventurados.

Murieron los perseguidores de la Iglesia, y ¡con qué muerte tan horrible!, y el Cristianismo y la Iglesia Católica están llenos de vida y de una vida inmortal y gloriosa que les infundió su Divino Fundador y que nadie les podrá nunca arrebatar, n¡los poderes de la tierra n¡las furias del infierno.

En vano, pues, se intentará destruir la vida cristiana, aniquilarla y hacerla desaparecer en las almas y en los pueblos; está sostenida y alimentada por la vida de Cristo que es vida divina y vida inmortal.

Sí, es esta una verdad altamente instructiva y consoladora. La Iglesia Católica, decía el gran Veniliot, sabe que será siempre perseguida, pues así se lo anunció su Divino Fundador; pero sabe también positivamente que saldrá siempre victoriosa de todas las persecuciones, porque así se lo prometió también la Divina Sabiduría.

Y pasarán todos sus perseguidores y morirán y se olvidará hasta su nombre, y s¡se recuerda será con baldón e ignominia, y la Iglesia Católica vivirá siempre con vida inmortal, porque es la navecilla de Pedro, que lleva en su seno a Jesús, quien acalló los vientos huracanados, apaciguó los mares alborotados y destruyó las tormentas que en todo tiempo levantaron las pasiones y odios humanos, los errores de los herejes y el despotismo de los tiranos.

Y todos los que afortunadamente hacemos la travesía de este mundo en la nave de la Iglesia Católica sabemos con certeza que bogamos directamente hacia el puerto de salvación para saltar a las playas de la eternidad y entonar el himno de la victoria, juntamente con los que allá llegaron y son felices y bienaventurados para siempre.

Fr. Juan Bta. Botet, ofm

S¡buscas milagros mira...

Una curiosa operación

El hecho ocurre en la colonia italiana de Khatoum. El señor Racit¡Rómulo tenía una grave infección en un dedo de la mano y resolvieron los médicos cortarle el dedo para librarle de la muerte.

A más de esto se vio en el hospital afectado de doble pulmonía, por lo que fue preciso administrarle las Santos Sacramentos. Al siguiente día fueron convocados tres médicos para la consulta, pues el caso era gravísimo. Llegados a la cabecera del enfermo vieron con sorpresa que la fiebre había desaparecido, sin señal ninguna de pulmonía, y la infección del dedo, en vez de dar la sangre fétida, como otros días cuando se le curaba, entonces presentaba sangre roja y pura sin señal de infección. Maravillados los médicos le preguntaron qué había ocurrido aquella noche, y él respondió:

—Me han hecho una operación.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Quién la ha hecho?

—San Antonio.

—¿Cómo?—replicaron los médicos,más maravillados todavía.

Entonces Racit¡Rómulo comenzó a referir de esta manera: «Esta noche, mientras dormía, me apareció un fraile acompañado de un hermoso niño que llevaba dos cestillas en las manos. El fraile me preguntó cómo estaba y s¡deseaba curarme. Yo le respondí que quería curar, pero que tenía poca esperanza. Entonces el fraile (que después por la figura comprendí que era San Antonio) me dijo: «¿Quieres que yo te haga la operación?» Yo le respondí que muy gustoso. Entonces el santo con un bisturí me abrió el costado; extrajo cierta materia insana que puso en una de las dos cestillas que tenía el niño. Después sacó de la otra cestilla otra cosa sana, que puso en el lugar donde estaba aquella primera que sacó del costado abierto. Hecho esto cosió la herida, y mientras yo le decía a m¡mujer, que estaba junto a mí para curarme: «Está aquí San Antonio, ¿no lo ves?», el santo desapareció.»

Los médicos quedaron altamente conmovidos ante este relato, y aunque eran protestantes juzgaron como milagrosa esta curación e hicieron una función de acción de gracias a Dios en la capilla del hospital.

El señor Rómulo pudo salir ya del hospital completamente curado y altamente reconocido a la poderosa protección del santo taumaturgo de Padua.