San Antonio, el milagro y la ciencia

Noción del milagro

Llamamos milagro a un hecho realizado por Dios fuera del orden establecido y comúnmente observado por la Naturaleza. Ante todo, el milagro es un hecho; no es una idea, una teoría, una doctrina; es, sencillamente, un hecho. En todo milagro hay que considerar dos elementos: el hecho y la relación. Un hombre está enfermo; su semblante pálido y demacrado y la opacidad de su mirada retratan los estragos que el dolor opera en su organismo; la vida se le escapa por instantes; este enfermo se muere; he aquí un hecho. De pronto el paciente se encomienda al Santo de su mayor devoción, la luz brilla nuevamente en su mirada, sus miembros se reaniman, la sangre nueva y generosa sonrosea su cara; el hombre ha retornado a la salud y a la vida; aquí tenéis otro hecho. La falta de relación natural entre estos dos hechos es lo que les da carácter excepcional, carácter milagroso; el milagro es un hecho excepcional.

 

P Samuel Leal
P. Samuel Leal
Licenciado ciencias naturales

La excepción supone una ley que deja de cumplirse en el milagro. Ahora bien; un hecho puede estar fuera de las leyes naturales de una de estas tres formas: ora superando de una manera absoluta las fuerzas de la Naturaleza; ora siendo el resultante contrario al que se debiera producir según las leyes naturales, y ya también salvando las leyes de la Naturaleza de un modo relativo en cuanto a la forma de realizarse. De aquí las tres clases de milagros que, con Santo Tomás, distinguen los teólogos (1):

Algunos milagros de San Antonio

Todas estas formas de milagros se encuentran en la vida prodigiosa de San Antonio, del sembrador de milagros, del glorioso Taumaturgo paduano. Un día una mujer volvía de oír una instrucción de San Antonio y en medio del más acerbo dolor encuentra muerto a su hijo en la cura. En les negruras de su desolación brilla el raye de la esperanza;¿porqué, se dijo, el santo no me ha de devolver vivo a m¡hijo? Y al punto retrocede, llega a presencia de San Antonio deshecha en lágrimas y de su corazón maternal escapa este grito suplicante: «¡Ha muerto m¡hijo! ¡Ten piedad del dolor de una madre!» «¡Vete—le replicó el Santo—; el Señor tendrá piedad de ti!» Creyó la mujer esta palabra, vuelve a su casa y encuentra al niño lleno de vida, fresco, sonriente y colorado jugando a las piedrecillas (2).

Otro día una mujer preparaba un baño para su hijo; mas al oír que San Antonio llegaba al pueblo se levantó corriendo para verle y oirle y en su precipitación metió a su pequeñuelo en una caldera de agua hirviente en vez de introducirlo en el baño tibio que preparaba. Al regresar del sermón tuvo como una advertencia de su error y corrió a su casa despavorida, encontrando, en efecto, a su hijo en la caldera de agua hirviendo, pero con la sonrisa en les labios, sin la menor quemadura n¡lesión alguna (3).

En Padua un penitente a quien la crónica llama Leonardo de Padua se acusó al Santo de haber maltratado cruelmente a su madre, derribándola de un puntapié; San Antonio, para afearle su delito, le dijo: «Ese pie con que has ultrajado a tu madre merece ser cortado.» El hombre, interpretando a la letra las palabras del Santo, vuelve a su casa, toma un hacha y se corta el pie. A la vista de aquel espectáculo horroroso la madre, loca de dolor, marcha en busca de San Antonio y le recrimina amargamente el consejo que dio a su hijo. Se compadece el Santo de su dolor y queriendo justificar su conducta con hechos más que con palabras la sigue a su casa, junta el pie a la pierna, hace sobre la unión la señal de la cruz y al instante se adhieren los huesos y la carne y el penitente se levanta bueno y sano, mezclando las gracias al Taumaturgo con las alabanzas a Dios (4).

Lo que dice la Ciencia. Fisiología de lo sobrenatural

¿Qué dice la Ciencia de estos hechos cuya realidad atestigua la historia? ¿Los admite? ¿Los explica naturalmente? ¿Reconoce la intervención de un principio sobrenatural? La Ciencia sincera e imparcial no puede sino confesar la presencia del milagro en los hechos citados; ellos son una suspensión constante de múltiples leyes de la naturaleza.

Toda la Biología, la normal y la patológica, es sabido que se reduce, en último término, a casos de Citología patológica o normal. Los seres vivos o son una célula o están formados por asociaciones de células. La salud y la enfermedad, la vida y la muerte se reducen, en definitiva, al funcionamiento normal o patológico, a la vida o la muerte celular. En la Biología celular es donde se mostrará la sobrenaturalidad o no sobrenaturalidad del milagro.

El siguiente esquema, inspirado en la obra de Le Bec, unificando los milagros citados y manifestando las leyes biológicas que en ellos se suspenden, pone de manifiesto el carácter sobrenatural y milagroso de los tres hechos aducidos.

Milagro
supra naturam
Milagro
contra naturam
Milagro
preter naturam

El niño muerto

Efectos de la muerte en la célula

Coagulación del protoplasma celular

Descomposición de los elementos del protoplasma por las bacterias

Eliminación de los gases

Descomposición de los principios minerales

Déficit total por cesación de la vida

No han vida celular

El niño abrasado

Efectos del calor en la célula

Eliminación de las sales menos solubles

Desprendimiento de los gases

Oxidación de los elementos minerales

Formación de cenizas

Déficit por carencia de condiciones de vida

No hay vida celular

Reparación instantánea de tejidos

Efectos de la ausencia del factor tiempo en la célula

El metabolismo celular no tiene tiempo a realizarse

Imposibilidad de la reproducción y evolución natural de las células

Déficit por falta de condiciones de vida

No hay vida celular


a

Como se ve por lo dicho, los milagros, estudiados en la intimidad de la Biología proclaman la derogación, la suspensión de múltiples leyes naturalmente inmutables.

Ante esta conclusión se rebela la Ciencia, orgullosa y atea. Médicos, sabios biólogos, investigadores profundos han consagrado largos años al estudio de la Naturaleza. Observando que los fenómenos vitales, que los cambios nutritivos que tienen lugar en lo íntimo de nuestros tejidos, que la evolución celular se produce siempre de un modo semejante, han inferido que este orden de cosas debía ser inmutable y constante, y han dado a sus conclusiones el nombre de leyes inmutables de la Naturaleza. En vano se esforzará, pues, la crítica histórica en demostrar la veracidad de los hechos milagrosos; en vano se aducirán pruebas y más pruebas, testigos y más testigos presenciales de los hechos frente a todas las aseveraciones de los hombres, de la tradición, de la crítica y de la historia; la fría voz de la Ciencia repetirá impasiblemente la afirmación impía del doctor Marcuse:

«Esa resurrección, esa curación no puede ser cierta porque sería un afrentoso mentís a todas las leyes de la Biología y de la Medicina.» (5)

Convenido que así sea, cierto que las curaciones, los milagros de la Iglesia, por rica y variada que fuera la documentación histórica que los confirmara, no podrían admitirse científicamente s¡dijéramos que se realizaban en virtud de las fuerzas naturales. No; la Iglesia también afirma que los milagros no son fruto de las leyes de la Biología y de la Medicina; la Iglesia también asegura que las fuerzas naturales son impotentes para regenerar instantáneamente los tejidos y para devolver la vida a un cadáver putrefacto; la Iglesia reconoce y admite las leyes que siguen las energías de la Naturaleza.

Pero lo que las fuerzas naturales no pueden realizar, ¿por qué no lo han de poder hacer las fuerzas sobrenaturales?; lo que no explica la Ciencia, ¿por qué no ha de tener explicación en otro principio, que escapa a las investigaciones de las ciencias humanas?; lo que no puede en manera alguna explicarle por las leyes de la fisiología normal y patológica, ¿por qué no ha de ser explicable por los postulados y los principios de la fisiología de lo sobrenatural?; lo que es imposible al médico, ¿con qué título, con qué derecho se dice y se asegura que es también imposible al Principio Creador del Universo, que es también imposible al poder omnipotente, absoluto y supremo de Dios?

No; esto no es serio, esto no es científico; nada hay imposible para Dios, n¡ninguna ley natural puede mediatizar el poder soberano de Aquel que dio las leyes al Universo; nada hay imposible para Aquel que, con su palabra omnipotente, hizo fecundar la nada y sacó de su esterilidad misteriosa las maravillas, las gracias, las luces, las fragancias y los colores que esmaltan la Creación.

La más asombrosa objeción. Ultimo baluarte racionalista

Una dificultad se interpone a nuestra inteligencia, cuando quiere, por procedimientos racionales y científicos, resolver la sobre naturalidad del milagro. Infunde verdadero espanto pensar en ella, pero es necesario resolverla; de lo contrario seria inútil todo lo dicho hasta ahora. Es la dificultad, que iniciada por el enciclopedismo y afianzada por el ingenio de Kant parece reducir a la nada toda tentativa de demostración del milagro. No voy a restarle fuerza a esta objeción. Estoy seguro que s¡la habéis oído alguna vez os habrá hecho vacilar profundamente. Es la siguiente: Nosotros no sabemos hasta dónde pueden llegar las fuerzas de la Naturaleza. Para saber s¡una cosa es milagro habíamos de conocer hasta dónde pueden llegar dichas fuerzas naturales, para así poder asegurar s¡el hecho prodigioso está sobre ellas o no. La misma definición escolástica del milagro hace, por consiguiente, imposible su cognoscibilidad

M¡respuesta a esta objeción quiero que sea tan sincera como sincera ha sido la exposición de la dificultad. Reconozco que cada día nos sorprenden nuevas maravillas científicas; agentes prodigiosos diríamos que surgen sin cesar de los senos de la nada. Nadie hubiera podido predecir, siglos atrás, las maravillas de la mecánica, del magnetismo y de la electricidad. ¿Quién había de pensar que sin alambre siquiera habíamos de estar oyendo en nuestro domicilio lo que se dice y se canta en Roma, en Londres o en Berlín? La microbiología que data de los días de Pasteur, ¿que revolución no ha obrado en la Medicina, en la Cirugía, en la Higiene y en la Fisiología? Las maravillas de la televisión están llamando ya a las puertas de la industria... Todo esto es cierto; en verdad no podemos predecir hasta dónde llegan o llegarán las energías de la Naturaleza; pero s¡ello es así, no es menos cierto que podemos también asegurar que, sean cuales fueren las energías que con los siglos aparezcan en el mundo, ellas no invalidarán nunca los principios sólidamente científicos, confirmados y demostrados hasta el presente.

Podrán acrecentar con nuevas conquistas, con nuevas luces, el esplendor maravillosa de las verdades hasta hoy conocidas y comprobadas, pero invalidarlas, destruirlas, negarlas, jamás. Esto es lo que afirma abiertamente la Ciencia, «Ante todo —dice el insigne Lapparent— tenemos el deber de no contrariar ninguna verdad experimental; tenemos la obligación de respetar las leyes que en todo tiempo rigen la actividad del mundo y del espíritu.» (6) Y el doctor Lavrand, añade (7): «Ningún fenómeno nos autoriza admitir que algún día descubriremos fuerzas, cuya existencia hoy ignoramos, y que destruirán nuestros conocimientos científicos. Esto jamás ha sucedido desde que el mundo es mundo, y no puede suceder sin acarrear el completo trastorno de las ciencias físicas, químicas y mecánicas. Tal suposición no es aceptable, pues, en el progresivo desarrollo de nuestros conocimientos, nunca una nueva ley biológica ha destruido y reemplazado una ley antigua, preexistente.»

Ahora bien; una ley natural, incontrovertible, cierta, admirablemente comprobada, vulgar por lo conocida, es la ley de la transformación de la materia que formuló Lavoissier: Nada se crea y nada se destruye en la Naturaleza; todo se transforma. Por consiguiente muchas serán, ciertamente, las maravillas científicas que admirarán las futuras generaciones; muchas serán las fuerzas que con los siglos brotarán del seno fecundo y prolífico de la madre Naturaleza; muchas las energías y las virtudes naturales que al presente escapan a la escrutadora mirada de la Ciencia, pero sean cuales fueren los misterios que el tiempo revele a la Humanidad, sean las que se quiera las virtudes, las energías, las fuerzas que el estudio perseverante, el trabajo paciente de los sabios arranque de las entrañas de la Naturaleza, nunca podrán estar en contradicción con la citada ley de la conservación de la materia.

Por lo tanto, cuando veamos que una fuerza superior y desconocida obra en contradicción de las leyes naturales hemos de concluir que esta fuerza misteriosa es sobrenatural. Y esto es precisamente lo que ocurre en los milagros. «En la curación sobrenatural del cáncer—dice el doctor Le Bec— lo que se observa no es una transformación de la materia, sino la desaparición absoluta, que es muy distinto. Esta no puede producirse más que por la acción de una fuerza sobrenatural que posea el poder de llevar a cabo la completa supresión de la materia. Los ejemplos de curaciones sobrenaturales dicen de modo elocuente lo que debemos pensar acerca de las fuerzas naturales des conocidas; se ve claramente que precisa la intervención de una fuerza sobrenatural que proporcione los elementos de que carece en absoluto el organismo.» (8)

Esto es lo que dice la Ciencia a la última y más tremenda objeción que el racionalismo presenta a la cognoscibilidad y realidad del milagro. Nada hay, pues, que temer a que energías nuevas echen por el suelo el monumento veinte veces secular del milagro en la Iglesia; suponer que lo que es sobrenatural hoy podrá ser natural mañana es científicamente un inconcebible error. No me refiero a las apreciaciones individuales, me refiero a los hechos en sí mismos considerados, y afirmo en nombre de la Ciencia que lo que fue sobrenatural para el hombre de las cavernas es sobrenatural para el hombre científico del siglo XX y s¡fuera posible el superhombre, también lo sería para él.

Pero hay más. La Metafísica también nos presta sus enseñanzas para desvanecer la objeción pavorosa del materialismo imperante. Es metafísicamente cierto que solo Dios puede producir el ser, y por tanto mudar instantáneamente los seres.

Y esto es metafísicamente cierto, porque para inmutar un ser en su misma sustancia, que por serlo tiene carácter universal, es necesario tener la misma virtualidad que para producirlo de la nada. Para producir un ser de la nada se necesita potencialidad infinita, porque la intensidad de la causa eficiente está en razón directa del efecto que debe producirse. Esta relación está confirmada por la observación vulgar, por el principio de causalidad y contradicción, por la teoría científica del menor esfuerzo, por el principio de Newton que funda el equilibrio en la igualdad de potencia y resistencia y por la rigurosa precisión y exactitud de las leyes matemáticas.

En la misma proporción que disminuye el divisor, sin variar el dividendo, dice la Matemática aumenta el cociente. Así se dice:

toda cantidad partida por infinito es igual a cero, a / ∝ = 0;

toda cantidad partida por sí misma es igual a la unidad, a / a = 1;

toda cantidad partida por la unidad es igual a sí misma a / 1 = a,

y toda cantidad partida por cero es igual al infinito, a / 0 = ∝.

En el caso de las curaciones sobrenaturales, como se infiere de lo anteriormente dicho, nos encontramos en el último caso. La potencia pasiva es cero y por tanto la potencia activa de la causa debe ser infinita, y en consecuencia sólo una fuerza infinita las podrá explicar. Más infinito en el Universo n¡ha existido, n¡existe, n¡puede existir más que un solo ser: el Absoluto, el Necesario, el Transcendente, Acto Puro, Dios; luego únicamente Dios puede ser causa del milagro. El milagro solamente puede ser obra de Dios.

Y esta es precisamente la causa por que la Ciencia, orgullosa, impía, materialista y atea, niega la sobrenaturalidad del milagro. El milagro es un testimonio irrecusable de la presencia de Dios en la tierra, de la presencia de lo sobrenatural en el mundo. Por esto los enemigos de Dios, los enemigos de lo sobrenatural y divino, los ateos, rechazan y no admiten el milagro; es que su reconocimiento supondría la retractación de sus doctrinas y errores, es que el reconocimiento del milagro es una implícita confesión de la existencia de Dios.

Fr. Samuel Leal, ofm

(1) Sum. Theol. I. P. g. CV.

(2) Lib. miracul., c. III, n. 23.

(3) Cherance. San Antonio de Padua, pág. 110.

(4) Lib. miracul., c IV, n. 34.

(5) Berliner Tageblat, 1902.

(6) De Lapparent. Sience et apol. París, 1905

(7) Lavrand. La suggestion et les guerisons de Lourdes. París, 1908.

(8) Doctor E. Le Bec. Demostración del milagro. Bar. 1918.

San Antonio predicando a los peces

A San Antonio de Padua

El Santo de todo el mundo

Tu inmenso poderío, tu espléndida grandeza,
tu amor incomparable venimos a loar.
Se postran a tus plantas el pueblo y la realeza,
y en trono convertido contémplase tu altar.

Amor te profesamos muy tierno y muy profundo;
los hombres a porfía hoy corren hacia ti;
te vemos invocado en todo el vasto mundo;
confianza, amor inspiras y un santo frenesí.

Los pueblos se suceden, los siglos van pasando,
magníficos imperios que fueron ya no son;
tan sólo tú figura se va siempre agrandando
y más y más dominas en todo corazón.

Glorioso Taumaturgo doquier todos te aclaman,
los pobres y los ricos imploran tu piedad,
el joven y el infante con el anciano te aman
y para todos ellos es grande tu bondad.

Mas nadie como el pobre que halló en t¡su tesoro
y a quien amante ofreces el cotidiano pan;
abiertas hoy las arcas donde se guarda el oro
a fuerza de prodigios en su favor están.

Tras el perfume corre del lirio que tú ostentas
la edad de los ensueños, la inquieta juventud;
gracioso la seduces y calmas sus tormentas
y truecas sus pasiones en divinal virtud.

Los sabios, de la ciencia las cristalinas fuentes,
ansiosos, van buscando para apagar su sed;
con rayos de luz pura alumbras tú sus frentes
y de esas ricas aguas les haces la merced.

Los indios y esquimales te conocen, ¡oh, Antonio!;
los negros y amarillos te suelen invocar;
los blancos, tus hermanos, de t¡dan testimonio
por valles y montañas, por tierra, cielo y mar.

Tu voz el universo conoce y te obedece,
los elementos todos acatan tu poder;
se rinde a t¡el Averno y tiembla y se estremece
y siembras los prodigios con sólo tu querer.

¡Qué grande eres, Antonio! ¡Qué excelsa tu figura!
¡Asombro de los siglos, remedio del mortal!
Alábente los cielos, te ensalce la criatura
y libres nos veamos por t¡de todo mal.

Fr. Luis Ángel, ofm

P. Luis Ángel
P. Luis Ángel