Índice del número 139
Agosto de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- La Asunción de Nuestra Señora. Editorial
Los amiguitos de Jesús.
Un cuento que podría ser historia. Fr. José Antonio Arnau, ofm - San Luis, alquimista divino. Fr. Luis Ángel, ofm
Del centenario de San Antonio. Noticias.
Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China). Fr. Fabián Castellá, ofm - Episodios del negrito Marabá
(V). Fr. Manuel Balaguer, ofm
La música en el templo. Fr. Vicente Pérez-Jorge, ofm
La Asunción de Nuestra Señora
Antiguamente se indicaba en general con la palabra assumptio, asunción, el día de la muerte de un Santo, porque su alma había sido llevada al cielo. Actualmente se llama particularmente Asunción en la Iglesia Romana, la fiesta que se celebra en conmemoración de la muerte y elevación gloriosa de la Virgen María a los cielos.
No se sabe s¡la Santísima Virgen murió en Jerusalén o en Éfeso, s¡bien se supone fuese en Jerusalén. No menos incierta es la edad en que murió la Virgen, verificada la noche anterior al 15 de Agosto. Una tradición de que habla Nicéforo, dice que la Santísima Virgen recibió la noticia de su muerte por el ministerio de un ángel, probablemente San Gabriel, que le predijo el día y la hora en que se verificaría.
Algunos autores no están acordes acerca de la edad que contaba cuando su glorioso tránsito, s¡bien San Epifanio se inclina a que la Santísima Virgen llegó a los 72 años, y esta es la opinión que parece más verosímil.
Se cree que la Virgen pasó los últimos años de su vida en Éfeso, en compañía de San Juan, a quien Jesucristo la había confiado desde la Cruz.
Murió, sin duda, rodeada de aquellos primeros fieles y de los discípulos de su Divino Hijo. Una tradición que ha llegado hasta nosotros dice que habiendo llegado un apóstol que volvía de países remotos, pocos días después de la muerte de la Virgen María, consiguió que le dejaran abrir su sepulcro para contemplar sus facciones por última vez.
Levantaron la piedra que cerraba el sepulcro, pero no hallaron en él otra cosa que las flores, apenas marchitas, entre las que había sido depositado el cuerpo de la Santísima Virgen, el traje o túnica blanca que le había servido dé sudario.
¿Es cierto, pues, que el alma de la Virgen, en seguida después de su muerte, se juntó de nuevo a su virginal cuerpo y resucitando glorioso fue transportada por los ángeles al cielo?
La Iglesia, infalible maestra de verdad, así lo celebra desde tiempos muy remotos en la fiesta de la Asunción (15 de Agosto). Veredicto XIV dice que la Virgen, efectivamente, murió, y que su cuerpo está en el cielo. Y aunque los Santos Padres de los primeros siglos no nos hablen de la Asunción de la Virgen, y la Iglesia no haya definido aun como dogma de fe la Asunción; sin embargo, sería mucha temeridad negar que el cuerpo de María Santísima no esté en el cielo, pues sería oponerse al común consentimiento de la Iglesia.
Poderosas razones expuestas por eminentes teólogos, persuaden que el cuerpo de la Virgen Santísima, luego después determinada la vida mortal con una breve separación del alma, le fue reunida y elevado al cielo con el alma, a la presencia de su Hijo Jesucristo. Tan fundada y piadosa sentencia es universalmente admitida y tenida por cierta por los Santos Padres y Doctores y teólogos griegos y latinos en los diversos siglos de toda la cristiandad.
La fiesta de la Asunción es anterior al siglo vil. El emperador Mauricio, antes del año 600, trasladó esta fiesta del 18 de Enero al 15 de Agosto. Hacía la mitad del siglo IX Niquelas I cuenta el ayuno de la vigilia de la Asunción de la Madre de Dios entre los que la Iglesia Romana celebra ya de muy antiguo. Por último, aunque la festividad que ahora llamamos Asunción de María se celebrase en algunos tiempos y lugares con los nombres de Sueño, Muerte y Descanso de la Virgen, es cierto que siempre ha tenido dos objetos: la muerte corporal de María Santísima, y su elevación también corporal al cielo. La Iglesia celebra esta fiesta con más solemnidad que las otras dedicadas a la Virgen, por hacerse en memoria del premio, gloria y triunfo de la que es Soberana, Reina y Madre de Dios.
Los coptos llaman a la Asunción la Pascua de Nuestra Señora, y se preparan a ella por medio de una cuaresma, en que la abstinencia es rigurosísima.
El Papa León IV instituyó la Octava de la Asunción el año 847.
Todo el orbe católico se muestra interesado en ver llegar el momento de ver elevado a dogma de fe el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. En esa obra llevan los Franciscanos un interés especial, como antiguos defensores de los privilegios de la Virgen María. Quiera Dios que veamos pronto coronados nuestros anhelos.
Estampa
Fe y Razón
Pensemos. La vida cristiana silencia, en su sublimidad, reflexiones orientadoras. El cristianismo, de veinte siglos de existencia, ha interrogado, con seriedad, al espíritu sobre los problemas trascendentales del vivir, y la vida refleja ha vertido pruebas contundentes de trasparencia fenomenológica.
La vida de fe es un caminar hacia los problemas de reflexión, iluminado con luces de sobre-naturalidad. La lumbre inmarcesible, que circunda a la esencia de Dios, sigue dos caminos de irradiación humana: la estela esplendorosa de la fe y la ruta rectilínea del raciocinio. La ciencia de Dios expande su eternidad luminosa, que gobierna a las personas y a las cosas en sus recónditos secretos, en dos direcciones impecables, el magisterio consciente de lo divino y la expresión divina, impresa en la mentalidad humana.
Fe es acto de ennoblecimiento racional. La vida de fe no es renunciamiento de personalidad humana, sino adquisición de personalidad divina.
Caminar espiritualmente, bajo la luz del creer cristiano, hacia el ideal divino, es remontarse, serenamente, sin cansancio y sin versión de valores humanos, con alas prestadas por la doctrina inefable de Dios. Ascender lógicamente es discurrir, fatigosamente, bajo la luz de la mente que parte ilumina y parte ofusca, que escruta y olvida, interroga y enmudece, investiga y desorganiza.
Fe y Razón son dos sendas de ascensión divina. La fe aporta a la conciencia del cristiano la luz de infalibilidad divina. El raciocinio humano confirma, con ciencia, los postulados inequívocos de la creencia de fecundidad eterna.
Fr. Luis Mª Rubert Candau
Anhelo ¡Subamos al Cielo Con la tierra humilde Allí nuestras ansias ¡Subamos al Cielo |
A un rosal Encaramado a un ciprés La nitidez de sus rosas Pero s¡se extiende y crece Así, al Árbol sin igual |
Los amiguitos de Jesús
Jesús ha puesto sus delicias preferentemente en los niños, en los que aun irradia con todos sus candores la inocencia con que adornó el alma del hombre en el paraíso terrenal.
Y los niños, que se adornan con esa inocencia, sienten también anhelos de gozar de la presencia de Jesús, y por eso le van a buscar en la Eucaristía donde Jesús ha guardado las delicias de su amor. Allí recibe Jesús con frecuencia a sus amiguitos, para gozarse con ellos.
Vosotros conocéis a muchos amiguitos de Jesús; ¿quién no conoce a algún niño que encuentra sus delicias en la Eucaristía
¿Queréis conocer a uno? Os lo voy a señalar.
El día 5 de Mayo de 1932 a las nueve de la mañana y en la iglesia de San Lorenzo de los Padres Franciscanos de Valencia, inundados de luz y de flores, al pie del altar se concertaba el amor eterno entre Jesús el que se apacienta entre lirios, y el más hermoso lirio que se destacaba entre todas aquellas flores, que era un niño de siete años que recibía su Primera Comunión. Un verdadero amiguito de Jesús que cifraba toda su felicidad en recibir a Jesús en su corazón.
Cuando se estaba preparando para la Primera Comunión, bien recapacitado y muy convencido de la dicha grande que supone esa gracia extraordinaria, solía decir a sus papás: "¡Que ganas tengo de que llegue el momento de m¡Primera Comunión; pero no creáis, añadía, que lo deseo por el traje tan hermoso que me estáis haciendo, n¡por los regalos que me habéis de hacer, todo eso es nada; lo deseo tanto por tener la felicidad de albergar a Jesús en m¡corazón."
Cuando ya hubo recibido la comunión, terminado el acto, le dijeron sus papás: "Ahora, Carlitos, vamos a tomar el desayuno." "No papá, replicó el niño, ahora vamos a la Virgen a darle gracias." Después de haberse postrado ante el altar de la Virgen de los Desamparados dándole gracias por el favor imponderable de haberle concedido el recibir a Jesús, quedó absorbido con la felicidad de tanto bien; y al salir a la calle, presa su alma de tan grata impresión, se volvió a su papá, diciendo: "Papá, ¡no ha sido poca m¡suerte y m¡dicha el haber llegado a recibir a Jesús en m¡corazón a pesar de los malos tiempos que corremos!"
¡Cuanta verdad! La luz del Divino Maestro iluminó su alma para hacerle ver esa dicha de haber sido preferido por el divino amor a tantos otros niños, que arrastrados por la ola devastadora de la impiedad y del laicismo, no llegan a conocer a Jesús n¡menos a tener la dicha de albergarle en su corazón.
Quiera Dios conservar siempre suyo y tenerle unido a su corazón con el mismo amor con que en ese sublime instante de la Primera Comunión llegaron a estrecharse y a besarse Jesús y el niño Carlitos Ortells Simón, su verdadero amiguito, al que cordialmente, felicitamos desde las páginas de La Acción Antoniana, que, como sabemos, es una de sus preferidas lecturas.
Allí no está Jesús
Un pastor protestante acababa de entrar en una iglesia católica de Londres, llevando de la mano a su hijo, niño de unos ocho años. Llegados al interior del santuario, dice el chico a su padre:
—¿Por qué arde esa lámpara siendo de día?
—Hijo mío, es para indicar que Jesús está en el tabernáculo.
—¡Oh! ¡Cuánto me gustaría ver a Jesús! Enseñádmelo, padre mío.
—Pero, mira, hay una puerta y está cerrada.
—Mándela abrir.
—No es posible... Detrás de la puerta hay aun un velo espeso y oscuro que esconde a Jesús.
Al día siguiente, el padre con su hijo entraron en un templo protestante. Mirando por todas partes, y no divisando luz alguna, preguntó el niño:
—Papá, ¿por qué no hay lámpara aquí? ¿Acaso no está Jesús?
Vacilante y muy conmovido, contesta el pobre ministro anglicano:
—No, hijo mío, Jesús no está aquí.
—Pues bien, salgamos... Yo no quiero ir sino a las iglesias donde está Jesús...
Y el niñito lleva a su padre fuera de ese templo frío y vacío que nada dice al corazón.
La gracia triunfó al fin del pastor protestante, quien, convencido desde algún tiempo de la verdad del Catolicismo, vacilaba en abrazarlo por temor de comprometer su situación.... ¡Veinticinco, mil francos al año!
Abjuró, y con su hijo no visitó en adelante sino las iglesias en donde está Jesús.
Glosas de la vida
Un cuento que podría ser historia
Aquel domingo, en contra de lo acostumbrado, el tío Juan no se había levantado para ir a la Misa del Alba... La noche anterior había tenido lugar un acontecimiento en el círculo que él frecuentaba. En vez de llamarse Círculo conservador, en adelante se llamaría Sociedad El Progreso. Los cambios de los tiempos, decían, imponía también este cambio de nombre.
La seña Isabel, su esposa, ya de vuelta de su misa de ocho, de comunión general con plática y reparto de estampas del Sagrado Corazón, cuya fiesta se celebraba en el pueblo, estaba preparando su cocido de gran fiesta con chorizo, gallina, almóndigas y qué sé cuantas cosas más. En la plaza ella se había enterado de lo ocurrido en la noche anterior, así que, al observar el cambio de su marido, se presumió ya que estaba picado de la mosca progresista.
Sin embargo, no hizo caso, pues le conocía muy bien y sabía que de aquella agua no llegaría mucha al río. Ella preparaba la comida y cantaba a media voz el , "Corazón Santo, tú reinarás", que era el último canto que oyó al coro de la Parroquia.
El tío Juan entra en la cocina, sin que ella lo advierta, y permanece un momento indeciso; al fin, dice bruscamente:
—Bueno, basta; esos cantos y esas mantillas ya les queda poco de vida...
—¿Ahí estabas tú?—le dice la seña Isabel sin inmutarse—. Buenos días nos dé Dios, hombre, buenos días...
—Lo que es yo sí que voy a tener un día bueno porque sí, con Dios o sin él.
—¿Qué dices? Cállate, hereje, condenao. Cuando digo yo que...
—¿Qué, qué dices tú?
—Na, que te picó la mosca del Progreso.
—¿Qué mosca? A mí no me picó ninguna mosca.
—Más vale así.
El tío Juan se pasa la mano por la frente, como quien piensa un grave asunto, pero en realidad era para sacudir algo de su honradez que se sentía avergonzada en presencia de la bondad de su esposa. Al fin rompe el silencio no sin cierta timidez.
—¿Sabes, Isabel, que hoy no vendré hasta la noche?...
—No lo sabía —dice ella—, pero me lo pensaba.
—Pues sí—añadió el tío Juan—; anoche tuvimos un acontecimiento allí, en el... en la Sociedad, y hoy hemos de celebrarlo con un banquete que dicen ha de ser monstruo... ¿Tú sabes qué será eso de monstruo?
—¿Yo? ¡Qué he de saber, hombre!... Espero que me lo digas a la noche cuando vuelvas. Pero, mira, siento mucho que hoy no comas en casa, pues ya ves... este cocido no lo hago todos los días.
—Está bien; pero no me sabe mal, porque nosotros vamos a tener... qué sé yo cuántas cosas; mira, a cada uno nos cuesta el cubierto 25 pesetas, con que...
—¿Veinticinco pesetas? ¡Qué monstruosidad! Por eso le llamarán monstruo... Con veinticinco pesetas tenemos para pasar una semana los dos...
Bueno, me marcho, no sea que...
—Pero no dejes de ir a Misa.
—Eso ya lo veremos. Ahora voy a la barbería, y después, s¡llego a tiempo, a Misa de once, para que no digan...
—Ná, lo que he hecho, que te picó la mosca. Pero no tardará el día en que te arrepientas...
—No lo creas. Bueno, adiós... o hasta la noche.
—S¡Dios quiere —añadió ella—. Mira, Juan, s¡cuando vuelvas no estoy aquí me esperas o vienes a la Iglesia...
—Sí, sí, conforme...
La señá Isabel se quedó un poco triste, pero pronto le vino a la boca la tonada que interrumpió antes, y continuó: "Corazón Santo, Tú reinarás..." Esta letrilla le dio confianza.
El tío Juan después de la barbería se juntó con algunos amigachos y..., dicho sea de paso, no tuvo valor de romper con ellos. Tocaron las once y no se decidió a dejarlos para ir a Misa. Allí, en la terraza del casino, muy cerca de la Iglesia, estaba con ellos muy contento tomando su aperitivo... Media hora después salían de misa. El vio a la gente que salía muy contenta, y que se daban mutuamente el saludo dominical. Algo como un vacío notó en su corazón que le turbó un momento. Pero no hizo caso, se sacudió un poco y allí no hubo nada.
Tocaron las doce, y la campana de la torre dio la señal del "Ángelus". El tío Juan, como por instinto, se llevó la mano para quitarse el sombrero. Pero no, no tuvo valor. N¡siquiera se retiró un poco de sus nuevos amigos para rezar el "Ave María" a solas...
Ya era la hora señalada para el banquete. Todos, muy bromistas y alegres, se dirigen a la Sociedad El Progreso, en cuyos salones se celebraría el "banquete monstruo". Por el camino se iban juntando con más y más adheridos. Al llegar a los alrededores de la "Sociedad" todo está invadido de gente. El tío Juan con sus amigos se mezcla entre la muchedumbre, y cada cual tira por donde puede; él se tuvo que quedar fuera, como muchos otros, pues los salones estaban también todos llenos. "Esto es estupendo"..., "monstruo"..., "colosal"..., "es un éxito nunca imaginado"..., "el cambiar el nombre ha sido todo"... "¡Ah!, pues cuando realicemos el programa.." "Nada, el Progreso"... Eran las palabras que de aquel montón de entusiasmo dejaban salir. El tío Juan estaba lleno de satisfacción.
El reloj señaló las una. Un ¡chis!... salido de entre los dientes de uno que salió al balcón principal, y difundido por muchos a medida que se daban cuenta, impuso pronto un espontáneo silencio... Aquél empezó a hablar: "Señores, digo, ciudadanos. (Una voz: Da lo mismo). El éxito es despampanante. La Junta Directiva nunca creyó que tuviera tanta opinión. La prueba la tenéis en este acto. Creíamos que se inscribiría al banquete como un centenar, y he ahí que son varios los centenares de ciudadanos conscientes que, simpatizando con nuestro programa de regeneración, han pedido cubierto. Hasta bien entrada la noche estuvimos recibiendo peticiones, que no era del caso rehusar, aunque nos impusieran un sacrificio. (Voces: Muy bien.) No hemos podido buscar otros lugares más espaciosos, así que tendremos que resignarnos a guardar dos turnos... ¿Estáis conformes? (Sí, sí.) Pues bien, ahora comerán los directores y ciudadanos que han tenido la fortuna de llegar primero, después vosotros... (Aplausos.) Y para que no os veáis privados de la luz que en sus brindis nos darán nuestros grandes hombres pondremos altavoces para que lo oigáis perfectamente... ¡Viva El Progreso!..." (Vivas y aplausos.)
La gente se fue acomodando conforme pudo El tío Juan, aunque acuciado por un intencionado apetito, pues no había almorzado, se mostraba lleno de satisfacción por el entusiasmo que por doquiera reinaba. "Total —se dijo—, es cuestión de una hora de esperar, pero no será más que un día. ¡Cuántas veces no he tenido que retrasar m¡comida por el maldito trabajo! Aquí a lo menos descanso y me divierto"... Mientras, el reloj adelantaba...
Dentro, la animación aumenta por momentos. Ya se oyen descorchar algunas botellas... ¡Chis!... que van a hablar. El altavoz, que hay en el balcón, indica que alguien limpia la garganta.
"Ciudadanos—se oye una voz ronca—, este vino dorado que dentro de poco correrá por nuestras venas debe significar la nueva sangre.. (Aplausos.), la nueva sangre que permitirá al pueblo español sacudir los lazos de la esclavitud de un pasado vergonzoso y correr por la senda del progreso y de la libertad..." (Aplausos y pausa.)
Otra voz: "Camaradas: Debemos, en el camino emprendido, mirar hacia adelante, y no hacia atrás como hicieron nuestros mayores, con lo que nuestro pueblo se ha encontrado fuera de las vías del progreso..."
Más aplausos y otra voz: "Españoles: Ahí tenéis el ejemplo de las grandes democracias; en cualquier parte, en los Estados Unidos, por ejemplo, el trabajador tiene su auto y cuanto quiere; eso ya es progreso. Pues bien, para llegar ahí han tenido que romper las cadenas de la casa, de la iglesia, de... de.., (Una voz: La conciencia.) Sí, de la conciencia religiosa... (Aplausos y escándalo.)
* * *
Así fueron pasando algunas voces por aquella bocina del balcón. También fueron pasando las horas, y los que esperaban oían con la boca abierta aquellos esperpentos oratorios. Nuestro ciudadano, el tío Juan, también estaba con la boca abierta, pero más parecía bostezo que entusiasmo, sobre todo cuando vio que ya eran las tres y no les llamaban.
Después de un gran escandalazo notan que el silencio invade los salones. Una voz sale de la bocina: "Ya pueden pasar". Se agolpan sobre la puerta; todos quieren entrar primeros Los salones están ya desalojados; algunas sillas rotas por el suelo; en la mesa unas cuantas fuentes con algunos huesos mal pelados de gallina, muchas botellas vacías, algunos trozos de pan, algunas manzanas partidas y varias bandejas que debieron contener tortadas y otros dulces...
Con mil empujones y aprietos se sentaron conforme pudieron los del segundo turno. Ya sentados, se dieron cuenta de la devastación que sus antecesores hicieron; ellos no serían menos. Se miraron recelosos y esperaron a los camareros para que se llevaran lo vacío y trajeran lo lleno. Nadie daba señal de vida. Todos se miran. Al fin uno que salía y entraba sin cesar con un mantel en los hombros—debía ser camarero — les dice: "Señores: cuando gusten, pues ya son las cuatro y hemos de levantar la mesa.
—¿Pero no nos dan a comer?...
—Se lo comieron todo los otros...
El escándalo es indescriptible. "Traidores", "farsantes", "estafadores", y otras lindezas, son las únicas palabras que se oyen, mientras las sillas, botellas, vasos, etcétera, se ven rodar por los aires y colarse por los balcones.
El tío Juan pudo escapar ileso, lo que no lograron todos, y cabizbajo se dirigió a su casa. La encontró cerrada. En vano buscó en todos sus bolsillos la llave; no la llevaba. Sin duda se la dejó en el bolsillo de su traje ordinario. "No hay más remedio que esperar o ir a la Iglesia", pensó. Se decidió por lo último.
La Iglesia estaba llena de fieles y revestía aspecto solemne. Se celebraba la fiesta del Corazón de Jesús. Al entrar en ella ya había empezado el sermón. Se situó en un rincón; muy cerca había otro que le pareció uno de los que entraron al segundo turno al "banquete monstruo". Sin duda que habrían muchos más.
El sermón era escuchado con inusitada atención. El padre predicador era de lo bueno. Hablaba de la necesidad que tienen los individuos y los pueblos de obedecer el llamamiento de Cristo, s¡quieren ser felices. "Sin Cristo —decía— no hay n¡libertad n¡progreso posibles, entendiendo estas palabras en su genuino significado"... El tío Juan cas¡sin darse cuenta hacía con su cabeza señales de asentimiento.
Una feliz ocurrencia del predicador le rremató por completo: ..."Hoy día, hermanos míos, se dicen mucho esas palabras; y en nombre de la libertad y del progreso se nos requiere, y hasta se nos quiere obligar a que olvidemos nuestra gloriosa historia... ¡Pobre España! Se la quiere introducir en la carrera de los pueblos que se llaman a sí mismos modernos, precisamente cuando se están viendo los síntomas de descomposición o derrumbamiento del coloso que ha levantado la soberbia de los hombres sin Dios... ¿Cuál será la suerte de España? No la auguro buena, a no ser que vuelva a sus tradiciones. Me presumo que cuando llegue al lugar del convite se encontrará defraudada; verá con estupor y vergüenza que otros se comieron las viandas.." Y muchos otras cosas dijo, pero estas últimas palabras pesaron tanto en el ánimo del tío Juan que se arrodilló y empezó a llorar...
Un poco después se hacía la procesión claustral. Los fieles cantaban con fervor: "Corazón Santo, Tú reinarás..." El tío Juan también cantó lo mismo. En la procesión vio que iban formando muchos de los que habían estado esperando la hora de comer para el segundo turno; a muchos les vio los ojos como s¡hubieran llorado.
Aquella noche cenó muy a gusto. Veinticuatro horas que no había comido. La señá Isabel se dio cuenta de todo, mas no dijo nada; se limitó a comentar la fiesta y sermón del día. El tío Juan poco a poco se fue animando.
Por vez primera, a instancias de él, desde algunos años, rezaron el "Santo Rosario" sentados a la puerta de la calle, tomando el fresco.
Unas semanas después se esparció por la población la especie de que la Sociedad El Progreso había cerrado sus puertas por falta de socios.
California, Junio 1932.
—