Índice del número 141
Octubre de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- San Francisco de Asís. Fr. Manuel Balaguer, ofm
El Amor Misericordioso (II). C. y C.
Los amiguitos de Jesús.
Los ángeles. - La perfecta alegría. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Francisco y la Santa Cruz. Poema. Fr. Juan Alventosa, ofm
El rosario y el cordón.
Negociando con el amor... Fr. José Antonio Arnau, ofm
San Francisco y el lobo. Fr. Luis Ángel, ofm - Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China). Fr. Fabián Castellá, ofm
Episodios del negrito Marabá (VII). Fr. Manuel Balaguer, ofm
Frutos de un árbol. El encapuchado
Fr. Buenaventura Ivars Ortolá. In memoriam
San Francisco de Asís
Por la ladera de un monte elevado y abrupto, al atardecer de cierto día, caminaba un grupo muy edificante.
Un fraile macilento y enfermizo iba montado sobre un jumentillo; varios religiosos le seguían a pie, y un rústico que llevaba del ronzal la bestezuela miraba de vez en cuanto con fijeza al fraile penitente y engullía ciertas frases que se agolpaban a su lengua. Por fin no pudo contenerse, y en un recodo del camino, donde el jumentillo se detuvo para tomar aliento, habló el rústico con simplicidad al fraile que cabalgaba, y le dijo:
—Oye, fraile: ¿eres tú ese Francisco del que cuentan tantos milagros y prodigios, y al que todo el mundo sigue atraído por su virtud?
—Sí, yo soy ese Francisco, pero soy el más vil pecador de la tierra.
—Pues mira —replicó aquel hombre simple— una cosa tengo que decirte: procura ser tan santo como los hombres te creen, que sería lástima que perdieses, por tu culpa, tan buena opinión como has ganado, y el mundo te maldeciría por tal engaño, pues ya ves que todos te siguen confiados en tu virtud.
Al oír tan simple y sincera advertencia, el humilde San Francisco, que no era otro el que cabalgaba, se echó del jumentillo y se arrojó a los pies de aquel labriego, que. tan bien le aconsejaba, y se los besó con humildad, agradecido a la sinceridad de su buen celo.
Siguieron luego su camino hacia las cumbres del Alvernia, mostrándose San Francisco hondamente preocupado en afianzar la base de su santidad, que no podía ser otra sino la humildad con su complemento el amor divino. Y como el amor de Cristo tuvo por base la humildad, y se hizo sublime por el dolor, la vista de aquellas escarpadas rocas del monte Alvernia le recordaban la suma humildad de Cristo y los dolores de su pasión, y brotaba de su pecho la ansiedad de poder clamar un día: "Christo confixus sum cruci": estoy crucificado con Cristo; y sólo así vería afianzada su santidad para ser ejemplo del mundo, como le había aconsejado aquel sencillo aldeano.

San Francisco vuelve del monde Alverna guiado por un crucifijo luminoso.
Desde el primer momento de su conversión había afianzado Nuestro Padre San Francisco la cumbre de su grande perfección en la humildad, y Dios le dio un complemento sublime en la cima de Alvernia que fue para él otro calvario, donde apareció crucificado con Cristo, y llagado en sus pies, manos y costado, como el Salvador, para poder decir a los hombres y de especial modo a aquellos que le siguen: "Christo confixus sum cruci" : Estoy crucificado con Cristo.
La sublimidad de la perfección está en ser otro Cristo, imitando sus virtudes para compendiar toda la vida en hacer el bien.
Ese camino es el que nos marca San Francisco, comenzando por la humildad para llegar a la cumbre del amor, mostrándosenos como el más perfecto dechado de Cristo, que anduvo por el mundo haciendo bien, y atrayendo tras sí a las muchedumbres, que le seguían, como dijo aquel labriego, fiados en su santidad, y confiando a él la salvación de sus almas, pues Dios lo destinó al mundo corno un nuevo redentor de la sociedad.
Estampa. Mérito y demérito
Mérito y demérito. El mérito remunera la operación. El demérito castiga la conciencia pecaminosa del obrar. Mérito y demérito, secuelas valoradoras del rectilinismo de la moralidad o inmoralidad.
El mérito presupone conciencia despierta de marasmos y rutinas. El acto humano entraña inteligencia de lo trascendental del objeto y libre determinación anímica. No existe moralidad, n¡mérito subsecuente, con la carencia absoluta de libertad y conocimiento.
El catolicismo profesa una ética de libertad, génesis del mérito o demérito.
La ética cristiana, en su ascensión a lo divino, alecciona el integrismo de la operación humana. Lo cristiano no es negativismo o mutilación del substrato hombre, sino cultivo esmerado del homo completus.
Cristianismo moral es profesión íntegra de cualidades innatas y adquiridas por el sujeto humano y renunciamiento a la pasividad confusionista o beatitud del Nirvana.
Mérito y demérito, consecuencia lógica de la ética cristiana. Estímulos morales que empujan a la pigricia del hombre hacia lo arduo del progreso moral.
Profesión idealista de estímulos aleccionadores. Mérito, eclosión de lo moral. Demérito, eclosión de violaciones de los postulados de la conciencia humana.
Fr. Luis Mª Rubert Candau, ofm
El Amor Misericordioso (II)
El Amor Misericordioso necesita apóstoles, millares y millones de lenguas que le anuncien y le den a conocer por todas partes; apóstoles del gran Mandamiento de la caridad que es el sostén de su reinado.
Toda la doctrina y obra del Amor Misericordioso brota del Evangelio, sintetizada en aquéllas palabras de San Juan (3, 16); "De tal manera amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todos los que crean en él no perezcan sino que consigan la vida eterna." Y el fin de esta Obra es que las almas conozcan al divino Corazón que es todo amor y misericordia y pongan su confianza en él y le correspondan por medio de la caridad con el prójimo.
Oigamos sus preciosas palabras dirigidas a su nueva confidente: "Creer en m¡Amor y corresponder a él es toda la doctrina de m¡Sagrado Corazón. Creer en m¡Amor Misericordioso es lo que Yo explicaba a Margarita María cuando le decía: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres". Creed, pues, en este amor de m¡corazón que es tan poco amado. ¡S¡me amáis guardad mis mandamientos! M¡mandamiento es: que os améis unos a otros como yo os he amado." Y a esto añade corresponder ponía confianza, por una confianza humilde y amorosa, pero práctica, haciendo lo que Dios humanado ha hecho. Hay que poner a la vista estas grandes manifestaciones de la inmensa caridad de Cristo; cuales son: La Pasión, La Eucaristía, El Corazón herido de amor.
Aquí tenemos con esto el gráfico de esta devoción y la síntesis de su doctrina; por eso ha querido Jesús manifestarse ahora en esa forma pidiendo que así se le pinte y represente en cuadros y estampas y en ellas se le dé culto. Por la cruz desea Jesús que se despierte en las almas el espíritu de sacrificio : "Me ha prometido—dice P. M. Sulamitis—reinará por su cruz y por su corazón: será nuestro Rey de Amor, quiero reinar así en todo el universo; ¿No he dicho acaso que cuando fuere elevado sobre la tierra atraería hacia Mí todas las cosas?... Esto es lo que quiero hacer; quiero recordar constantemente a mis almas mis sufrimientos y m¡amor; quiero ser allí (en la Cruz) para ellas una predicación muda que las enseñe como hay que amar y cómo hay que sufrir. ¡Oh, que vengan a la escuela del amor, y aprenderán m¡amor misericordioso!"
Quiere el Señor reanimar la fe en su Eucaristía, por eso impulsa a las almas a que acudan a su corazón vivo, allí donde está realmente en el Sagrario, en su Sacramento de amor. Oigamos sus lecciones sobre este punto: "Para enseñar a las almas a vivir bien es preciso enseñarlas a comulgar bien, y a obtener de sus comuniones el gran fruto de la caridad." "Que gozo para m¡corazón s¡mis amigos quisieran hacer de la Misa y de la comunión su divina cita y establecer allí en unión conmigo la unión de unos con otros por la caridad." Por la caridad, aquí es donde el Señor insiste más por la caridad... por la misericordia compasiva y delicada caridad para con nuestro prójimo.
Esta es la correspondencia que pide Jesús a sus amigos como prueba de su amor a él; que seamos como el Amor Misericordioso para con nuestros hermanos: "Sois mis amigos —dice— s¡hacéis lo que os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado." P. M. Sulamitis dice: "Me fue mostrado que toda la doctrina del Evangelio es Amor Misericordioso; también me fue manifestado cuan poco se practica esto... siendo tan esencial en nuestra Religión."
A remediar este mal viene la obra del Amor Misericordioso.
C. y C.
¿Qué es la misa?
Un capellán militar explicaba así la Misa a un pobre soldado:
—¿Sabes leer?
—No, señor.
—¿Sabes escribir?
—Menos aun, señor.
—¿Tienes madre en tu pueblo?
—¡Oh!, sí, señor; muy buena...
—¿Y cómo te lo arreglas para que sepa de ti?
—¿Sabe usted? Tiene uno amigos y paisanos, y...
—Pues bien, amigo: ¿Quieres que te diga ahora lo que es la Misa?... Es como una carta que los fieles no sabrían escribir al gran país adonde iremos a parar todos, y donde ya están acuartelados nuestros parientes y amigos.
Para escribirla, hay un escribano público, un compañero, que ha estudiado la lengua de allá... Es el sacerdote. La mesa o escritorio es el altar. La tinta celestial es la Sangre misteriosa del Salvador... Y cuando la carta está acabada, se vuelve el cura, y dice a los que están esperando: "Ite missa est", que es lo mismo que decirles: "¡Ea!, ya os podéis ir; la carta está ya camino del cielo".
Los amiguitos de Jesús
Piedad de un niño
Un niño que acababa de hacer con fervor su primera Comunión se hallaba muy desconsolado porque n¡su padre n¡su madre iban nunca a Misa, a pesar de sus reiteradas súplicas para conseguirlo; en vista de lo cual, decidió oír dos misas entre semana con el mismo objeto.
Su madre, a quien chocaron sus periódicas salidas semanales, le siguió un día, y al verle salir de la iglesia:
—¿Qué vienes a hacer aquí tan a menudo? —le preguntó.
—Ayer vine por m¡padre, hoy he venido por usted —le contestó arrojándose a sus brazos. Al domingo siguiente el piadoso y buen hijo tuvo la alegría de asistir a Misa entre su padre y su madre.
Allí está Dios
Manolito es un diablillo color de rosa, vivaracho, despejado y, como es de suponer, con nervios siempre en movimiento, puestos al servicio de una travesura tan graciosa como oportuna.
Para evitar sus malandanzas entre los compañeros de clase, en cierta ocasión acompañó a su profesora a la capilla, y tuvo la fortuna de situarse unos momentos al lado mismo del sagrario. La divina atracción de Jesús Eucaristía actuó profundamente en su almita encantadora y pura, reflejándose de rechazo en toda su persona.
—Mamaíta, no puedo comer; ¡estoy tan impresionado!... ¡tan nervioso! —declaró rotundamente al regresar su casa.
La señora empezó el obligado interrogatorio que saben de memoria las madres de los niños de todos los países y naciones.
—No te canses, mamá; no es nada de la tierra... Es que he estado tan cerca de Jesús en el sagrario que cas¡sentía que me miraba. ¡Que felices son los sacerdotes que pueden estar allí todos los días! Cuando yo sea mayor quiero también ser sacerdote.
Y la madre, cristiana de rancio abolengo y consciente de los deberes que la época actual impone a las familias, besó con respetuosa ternura la frente del hijo querido, que tan hondo había sentido la atracción misteriosa de Jesús en la sagrada Eucaristía.
(De Jesús Maestro)
Firmeza de fe
Una niña, chinita de 10 años, convertida hacía poco, pedía al Obispo misionero que la confirmase; pero éste alegaba su poca edad para aplazar la confirmación. Mas como ella insistiese,
—¿Qué harías —le dijo— s¡el mandarín te llevase a la prisión y te preguntase qué religión seguías?
—Le contestaría que soy cristiana, por la gracia de Dios.
—¿Y s¡te mandara que renegaras de tus creencias?
—Le diría que jamás.
—¿ Y s¡te amenazara con cortarte la cabeza s¡no le obedecías?
—Puedes cortármela cuando quieras, le contestaría.
Después de este breve interrogatorio el Obispo, admirado de aquella firmeza en sus creencias, confirmó a la niña.
Los ángeles
En la conciencia de todo hombre no sólo civilizado, sino aun de los mismos salvajes, está la existencia de un mundo invisible, superior a la humana naturaleza. Es el mundo de los espíritus, que habiendo salido de la nada al impulso poderoso de la voz de Dios, viven exentos de todo rastro de materia.
Su existencia la vemos confesada explícitamente en la historia de todos los pueblos, y de manera especial nos da de ella claros testimonios la historia del pueblo de Dios.
En virtud de tan múltiple testimonio, la Iglesia cree firmemente y confiesa en alta voz la existencia de un mundo invisible, poblado de naturalezas espirituales. En esto no hace más que seguir la tradición universal, que por más que se remonte en la vida religiosa de los pueblos
nos muestra siempre a la Divinidad destinando al gobierno de las criaturas inferiores un ejército de seres intermedios, y siempre en acción ya se llamen semidioses, genios, demonios, rabdóforos, rectores celestes, almas sidéreas, luces vivientes, eos, cabires, fetiches o de cualquier otro modo con que los ha reconocido la antigüedad y la idolatría. Estos nombres diversos designan siempre y en todas partes los mismos seres, espíritus invisibles, inferiores a Dios, superiores al hombre, o sean los ángeles que reconoce el Cristianismo.
Orfeo los ha celebrado en sus versos; Hexiodo nos refiere sus grandes hazañas; Thales, Pitágoras y los antiguos sabios los colocan en el vestíbulo del mundo divino, donde viven exentos de los males que a nosotros nos afligen; Platón llena con ellos los espacios, los llama dioses secundarios, inteligencias separadas, almas celestes, genios y verdaderos ministros de la Divinidad en el mundo inferior; Sócrates, su maestro, conversa familiarmente con uno de ellos; Aristóteles los considera como centros de atracción y como los motores de las órbitas celestes; los orientales, los adoran; los bárbaros y salvajes temen su poder.
Son invisibles, y no obstante, en todas partes son populares. Mas nosotros los cristianos, removiendo los errores que acerca de ellos ha engendrado el paganismo, y conociendo su existencia por el testimonio que da de ellos la revelación, los veneramos como ministros de Dios, moradores de la patria celestial, y su nombre se encuentra a cada paso en nuestro lenguaje para expresar la perfección, la gracia y la delicadeza; así decimos ante una belleza singular, que es una belleza de ángel; decimos pureza de ángel, amor de ángel cuando encontramos estas cualidades en grado superior.
¿Y quién podrá persuadir a una madre de que el niño que mece en sus brazos no se asemeja a los ángeles por su candor e inocencia? ¿Y quién no reconoce la creencia universal de que el niño que la muerte ha arrebatado a su madre a ido a juntarse con sus celestiales compañeros los ángeles de la gloria?
Esto prueba que no podemos desprendernos del ideal angélico, que lo evocamos en todas partes, sobre todo cuando contemplamos a nuestros tiernos niños, y a la fuerza creemos en los ángeles, como cree todo el mundo; y nosotros, además, lo creemos con el convencimiento del inmenso beneficio que nos hace Dios de destinar a cada uno de los hombres uno de estos celestiales espíritus para que nos guarden y nos guíen en el camino de nuestra vida hasta introducirnos en la patria celestial, según aquel oráculo del Éxodo: "He aquí que Yo te envío m¡ángel para que te preceda y te guarde en el camino."
Crónica desde Moncada
El día 30 del pasado mes de Agosto, presencié, en la capilla del Noviciado de HH. Terciarias Franciscanas, un acto por demás conmovedor y edificante. Al pie del santo altar, cinco jóvenes novicias hicieron voto solemne de castidad, pobreza y obediencia, con renuncia del mundo, sus pompas y vanidades. Las v¡coronadas de azahar, como manifestación de su desposorio con el Divino Cordero, y en la misma capilla contemplé a sus familias, que s¡oprimido tenían su corazón por verse obligadas a desprenderse de un ser tan querido las v¡tranquilas, ofreciendo al Señor el sacrificio que este acto les imponía.
Se celebró la Misa por el señor Visitador con asistencia de cuatro sacerdotes, y cantada por un coro de novicias, que a mí me pareció de ángeles; después del Evangelio predicó el P. Ferrer. En el exordio, patentizó su cariño por uno de los padres de aquellas nuevas profesas que fue su primer maestro, en cuya Escuela se formó su corazón, y todo el sermón fue un canto precioso a la Orden franciscana.
Tuve curiosidad y llegué a saber que el maestro elogiado en el sermón es don Gaspar Mira, jubilado ya, y su hija, la nueva profesa, Consuelito Mira López, hoy en el claustro, Sor Consuelo de Jesús Crucificado, y que tiene otra hija también monja de la misma Orden.
Vaya m¡enhorabuena a las cinco familias y que el Señor dé a todos su gracia y su virtud.
Un asistente
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