Índice del número 143
Diciembre de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- La Inmaculada. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Fe manifestada, vivida. Fr. Juan Bta Botet, ofm
Adviento. Fr. Juan de Dios Sala, ofm
El precio del «amor libre». Fr. José Antonio Arnau, ofm
El Amor Misericordioso. C. y C. - Una carta a San Antonio. P. B.
Diálogo en honor de la Inmaculada. Fr. Luis Ángel, ofm
Yo soy quien te ha matado. Pierre l'Ermite
Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China). Fr. Fabián Castellá, ofm - Episodios del negrito Marabá (IX). Fr. Manuel Balaguer, ofm
Un misionero católico en el día de su partida. Filiberto Simón
La música en el templo (II). Fr. Vicente Pérez-Jorge, ofm
Noticias franciscanas.
La Inmaculada
Hay ideas y hay amores que no se pueden separar, o porque nacieron juntos, o porque intereses comunes los ha venido a juntar con un lazo indisoluble. Por esa razón no podemos ocuparnos del Misterio sagrado de la Concepción Inmaculada de María sin que esa idea evoque el amor de la Orden Franciscana a la Inmaculada, amor que lleva a sí vinculado el recuerdo de luchas, controversias y triunfos de los adalides de la Inmaculada Concepción, que fueron los Franciscanos, alcanzados por el amor de su Dama y Señora, hasta llevar su gloria al cúmulo de su grandeza, patentizada al mundo por la declaración dogmática del misterio de su Inmaculada Concepción.
Ese es el mayor esplendor, y esa es la mayor gloria que le ha cabido a la Orden Franciscana, la predilección de María hacia la religión de Francisco y el amor de sus frailes a su Inmaculada Concepción.
Nacida esta Orden al rescoldo del amor divino que ardía en el corazón de Francisco, aquel Serafín llagado que mereció ser tenido en el mundo como otro Cristo, y siendo su obra grandiosa como otra redención, que vino a moralizar todas las sociedades humanas, no podía mantenerse esplendorosa sin la cooperación eficaz de María Inmaculada.

A la Religión sagrada de San Francisco debemos
que en alta voz os cantemos el blasón de Inmaculada.
Por esto nació la Orden Seráfica bajo los auspicios de María, la Madre de Dios, y su amor y su culto fueron el sostén de su villa, y fue su divisa más gloriosa la defensa de su Inmaculada Concepción.
Esta defensa, que vino a concretarse en la opinión llamada de los Menores, por ser los Franciscanos sus primeros y más ardientes adalides, ha cubierto de gloria a la Orden Franciscana. Todos sus sabios y doctores rindieron tributo a la defensa de ese misterio glorioso, logrando, con sus esfuerzos, verla pronto subir a la cumbre de su definición dogmática.
Por esto María ha convivido siempre y ha cooperado a esta obra grandiosa de la mano de Dios, y por esto los Franciscanos tienen a María por su Madre y por su Reina bajo su augusto misterio de la Inmaculada Concepción.
Era, pues, preciso que entre María y los hijos de Francisco mediaran relaciones íntimas de ternura y de amor que lían dado origen a ese número sin cuento de leyendas piadosas, de místicos idilios, de gloriosas tradiciones que llenan la historia franciscana, y que ponen bien de manifiesto que María ha sido el sostén y la vida de los hijos de Francisco y que los franciscanos se han cubierto de gloria en María, pues todo su saber, toda su virtud, todas sus luchas, han sido enderezadas a la gloria y defensa del misterio de su Inmaculada Concepción, y hasta verlo aceptado ya por todo el mundo como dogma de fe, después de su declaración dogmática.
Serán siempre, pues, dos amores inseparables, que uno evoca al otro, la Inmaculada Concepción y los Franciscanos.
Miryam la Nazarena
| Era hermosa Miryam, la más linda nazarena, más graciosa que la aurora coronada de bellezas, más pura que los candores de las blancas azucenas. Como el lirio entre las zarzas, así creció pura y bella entre los secos eriales que recubrían la tierra. Dios la concibió tan pura, de tan divina grandeza, que n¡los ángeles bellos pueden compararse a ella. N¡la luz del rosicler, n¡el reflejo de las perlas, n¡el resplandor de la luna, n¡el rielar de las estrellas; Dios la concibió más pura, Dios la imaginó más bella; más dulce que las sonrisas, |
más feliz que un alma buena, más graciosa que las flores, más candorosa y serena que la fuentecilla humilde que se escurre por la vega. N¡la espuma de los mares, n¡el azul en que se ostenta, n¡la blanca navecilla que en sus aguas balancea, pueden comparar su gracia con la hermosa nazarena, que es más pura y más graciosa que las gracias de la tierra, y es más hermosa que el cielo; porque Dios se mira en ella, y al verla se enamoró de su virginal pureza; que es María Inmaculada más pura que una azucena, y al concebirla el Señor la crió de gracia llena. |
Cultura religiosa
Fe manifestada, vivida
La fe de todo buen católico ha de ser viva, es decir, ha de estar informada por la caridad, se ha de manifestar con las obras, porque la fe sin obras, es fe muerta, como dice el Apóstol.
E insistiendo sobre esta cualidad de nuestra fe, por ser la más importante, os digo ahora que la fe ha de ser práctica, es decir, que no ha de quedarse en la mente, n¡en el corazón o la voluntad, n¡ha de consistir en deseos o meras palabras, sino que se ha de traducir en hechos que la confirmen y manifiesten exteriormente.
Porque mirad, la fe es el fundamento de la vida cristiana; y ¿de qué sirve el fundamento de un edificio s¡sobre él no se levanta la obra o la fábrica delineada por el arquitecto?
La fe es la raíz de nuestra justificación, de la cual vive el justo; y ¿de qué sirve la raíz de un vegetal, s¡sobre ella no se eleva el tallo o el tronco de una planta o árbol?
La fe es como el alma del hombre, considerado como cristiano y religioso; y ¿cómo demostrará el hombre que realmente tiene alma y vida divina o sobrenatural, s¡no la manifiesta con las obras de la misma naturaleza? Un cuerpo humano cuyos ojos no ven, cuyos oídos no oyen, cuya lengua no habla, y cuyo organismo nada siente, indicios da de que no vive, de que está paralizado y muerto.
Así ocurre en el orden sobrenatural; un hombre que no siente, que no obra, que no vive según la vida de la gracia divina, se puede afirmar que no vive según la fe, que su fe está muerta, puesto que no se manifiesta con las obras.
Y como no serán justificados, es decir no se salvarán, según dice San Pablo, los que solamente oyen la ley, sino los que la cumplen, de aquí que son necesarias las obras para dar vida a la fe, es necesario practicar la Religión para manifestar que existe la fe viva en el alma.
Tended ahora la mirada a vuestro alrededor y veréis cuántos jóvenes y aún cuántos hombres completamente desarrollados hay en nuestra Sociedad que se consideran y se tienen por perfectos cristianos, y sin embargo oyen en su presencia blasfemar contra Dios, contra la Iglesia, contra sus ministros y leyes, y contra todo lo más santo y sagrado, y permanecen impasibles, como s¡nada oyeran, sin formular la menor protesta, sin indignarse siquiera contra los blasfemos, como se indignarían sin duda s¡aquellas injurias se dirigiesen contra ellos mismos o contra personas queridas de su corazón. Estos tales dan muestras evidentes de que su fe, s¡es que tienen, no está informada por el amor a Dios, que es el primero de los preceptos de nuestra Santa Religión.
Oiréis a otros que se llaman a boca llena cristianos, y católicos, y sin embargo con esa misma boca blasfeman, maldicen y se quejan contra Dios y contra la Divina Providencia, cuando entra en sus casas alguna grave enfermedad, o alguna desgracia o revés de fortuna que desbarata los planes o proyectos que se habían forjado para alcanzar la felicidad en este mundo.
Y veréis también a no pocos que se jactan y blasonan de cristianos, como los que más puedan serlo, y no obstante, no temen n¡dudan siquiera complicarse en manifiestas usurpaciones o retenciones de lo ajeno, en usuras escandalosas, en negocios nada limpios que perjudican gravemente a sus semejantes, o en odios y venganzas contra sus prójimos, y aun a veces contra individuos de su propia familia.
Como veréis también a muchos de estos que se llaman católicos que trabajan tranquilamente y sin escrúpulos los días festivos, dejan pasar los domingos y fiestas principales del año sin oír la Santa Misa, y dejan transcurrir años y años sin acercarse al santo tribunal de la penitencia para confesar sus pecados.
¿Qué decís, mis queridos Antonianos, de la fe de estos flamantes católicos a la moderna?
Pues así hay muchos hoy por desgracia en las gran capitales y en las poblaciones de importancia, como también en pueblos pequeños y de escasa población.
Así resulta que estos individuos, aun cuando se llamen católicos y quieran ser tenidos por tales, en realidad no lo son, porque §u fe es fe muerta, no es viva, no está informada por la caridad, no se manifiesta con obras de la vida sobrenatural.
Y así resulta también, con harto sentimiento de nuestra Madre la Iglesia, que a medida que la fe languidece y se entibia y muere, aumenta y crece y se desborda la corrupción de costumbres, privada y públicamente, en los individuos, en la familia y en la sociedad, y se multiplican los crímenes, y la vida cristiana desaparece, y es despreciada y vilipendiada la verdadera Religión, y no se da el debido culto a Dios, y por consiguiente caen del cielo a la tierra males terribles, desgracias y calamidades sin cuento, como los recientes de Cuba y de Tokio. Y s¡no es sostenido el brazo airado de la Divina Justicia por la oración y sacrificios de los buenos, espanta pensar lo que será del mundo, de continuar por este derrumbadero.
Mas pongamos aquí punto final a esta breve conferencia, porque este asunto merece más ser meditado que comentado.
Adviento
¡Qué bello, cuán consolador es, tras horrorosa tormenta, contemplar un rayo de sol que rasgando las nubes derrama y esparce su luz sobre la tierra! ¡Cuánto no goza el espíritu y cómo se dilata el pecho en la contemplación de los pálidos resplandores de la aurora! Mas todo esto es pálida sombra de los grandes consuelos y alentadoras alegrías que se derraman en el alma de todo creyente con solo escuchar esta palabra: Adviento.
Ella evoca aquellos tiempos dichosos en que el pueblo de Israel, alentado y confiado, esperaba la venida del Sol de Justicia, Cristo, del Príncipe de la Paz, del Salvador del mundo. La Iglesia, nuestra madre, rememorando aquellos tiempos precursores de la Redención del género humano, quiere conmemorarlos durante cuatro semanas llamadas de Adviento como digna preparación a la celebración de la Natividad del Rey de cielos y tierra, de aquel día venturoso en que el Verbo se hizo carne, de la Festividad solemne, tierna y universalmente siempre simpática y cautivadora, de aquel día sublime y extraordinario por precederle una Noche más luciente que mil soles y más dichosa y buena que toda dicha y que toda bondad, porque el Dios que creó los astros rutilantes del firmamento, el Dios autor de toda bondad y de toda dicha y placer quiso en esa Noche entrar en el mundo en la figura de un tierno y delicado infante.
¿Qué preparación ha de ser la nuestra para tal solemnidad? Siendo el Adviento, en sus cuatro semanas, una representación de aquellos cuatro mil años que median de Adán a Jesucristo, y recuerdan al mismo tiempo los deseos y suspiros de los patriarcas y profetas por su venida, la luz de la fe más viva debe alumbrar todos nuestros pasos, y todo cuanto hagamos, pensemos o profieran nuestros labios debe ir informado por esa misma fe en Cristo, que es la vida de todo cristiano, y más aun lo debe ser en estos tiempos que corremos, en los que tanto se combate nuestras creencias. Y en suma, que nuestro corazón arda en amor de aquel Divino Niño de Belén, cuya Natividad hemos de celebrar dentro de breves días.
Glosas de la vida (3)
El precio del «amor libre»
...Entre las aspiraciones del mundo moderno ocupa un lugar preponderante lo que viene llamándose amor libre. El día en que la sociedad se constituya sobre la inviolabilidad sagrada del amor libre se habrá dado un paso decisivo en la conquista de lo que también llaman los derechos del Hombre...
¿Qué se querrá significar con este modo de hablar, tan corriente por los muchos que lo emplean, y tan solemne por el tono ecuménico con que lo hacen? Yo, a la verdad, cuando oigo o leo tales cosas, me sonrío, pero pronto acuden las lágrimas para nublar la sonrisa. Me sonrío porque, después de todo, eso de amor libre y derechos del Hombre son, por lo menos, frases bonitas. Yo creo que no pasan de ahí. Asoman las lágrimas a los ojos, porque de meras frases bonitas se pretende hacer principios de incalculable trascendencia en el orden social, y... claro, esto ya es un poco serio...
El mercader chino puede ir libremente voceando por las calles sus collares, pulseras, anillos, etc., de fantasía oriental. Nadie le negará el derecho; más aun, de seguro que se llevará tras sí las miradas de muchos jóvenes soñadores; los niños también serán atraídos por el brillo ilusionista de su mercancía. Pero que se atreva, en un momento en que se crea dueño de la situación, a querer hacer pasar sus cosas como verdaderas joyas... No es para decir lo que le va a pasar... Insultos, cárcel, pedrea, etc... Lo más mitigado es suponerle, entre dos guardias municipales, buscando el seguro en la huida del pueblo.
Querer que una mera frase bonita pase como una ley fundamental, creo que se mucho más grave que pretender vender un collar de cuentas de, vidrio como s¡fuera de auténticas perlas. Sin embargo la sanción no es más grave, n¡mucho menos. El del collar ha de huir, s¡quiere librarse de las iras populares, o de la cárcel; el de la frase bonita es aun banqueteado y... ¿Por qué tal anomalía? Como monstruosa que es, la razón debe ser sencilla: En un caso se descubre, por lo menos, a tiempo, el error; en el otro caso, no. O también, en un caso ya se ha llegado a distinguir lo que es verdadero de lo que es pura fantasía, mientras que en el otro todavía deslumbra la sonoridad de las palabras. Porque lo que es amor, libertad, derechos... son palabras que encandilan de verdad.
Amor libre es algo que fascina, no cabe duda. Yo digo más: el día en que llegue a tener su realización más completa en su genuino valor, será el día en que se llegará a la suma felicidad, pues será precisamente la actuación del amor en su grado más puro... Pero cuando uno oye anunciarlo tan barato por las calles y plazas, en periódicos, folletos, libros, etc., se llega a sospechar s¡realmente será amor libre lo que se anuncia, o más bien, una estafa. En último resultado será prudente indagar su precio antes de darle paso.
Un pálido ensayo del amor libre está en el divorcio establecido por las democracias modernas, con el fin de favorecer la libertad del amor y, por lo mismo, la felicidad de los interesados, primero, y de rechazo de la sociedad entera. Está bien, pero es el caso que no se llega a este apetecido resultado, sino al contrario. Prueba al canto.
En Norteamérica, prototipo de la democracia moderna:
Durante los últimos veinte años se ha facilitado en gran manera la obtención del divorcio. ¿Resultado?...
Hace diez años el promedio de la edad de los criminales era cuarenta años. Es decir, el desengaño de la vida, dificultades acumuladas por los años, también malas inclinaciones no dominadas desde la juventud etc., dan su fruto a una edad bastante avanzada... Ahora, el promedio de la edad de los grandes criminales es de veinte años. ¿Cómo ha descendido tanto en diez años? Las estadísticas dicen que el setenta por cien de estos jóvenes criminales son hijos de matrimonios divorciados, es decir, de hogares destruidos por el amor libre.
Esa multitud de jóvenes de quince, veinte años, criminales en la edad del optimismo, son el terrible precio que una sociedad progresista da para que el amor libre entre en su seno.
¡Hogares deshechos, corazones quebrantados, vidas tronchadas!... Esos son los terribles frutos que la sociedad moderna recoge por la violación de la ley que Cristo impuso a los que se unen con los lazos del matrimonio cristiano: "Lo que ha unido Dios que no lo separe el hombre..."
California, Noviembre, 1932.
El Amor Misericordioso
El momento más sublime del amor y el punto más culminante de la obra de la redención está en la cruz, y la manifestación más grandiosa de la misericordia del Hijo de Dios la vemos en aquella actitud conmovedora en la que Jesús, alzando al cielo sus divinos ojos, pide perdón al Eterno Padre para sus verdugos, diciendo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que se hacen." Por eso el Amor Misericordioso tiene su trono en la cruz, y la imagen más perfecta del Amor es Cristo Crucificado.
Esa imagen de Cristo Crucificado se proyecta sobre un globo de luz, sobre una circunferencia de luz blanca que nos hace recordar el Pan eucarístico, pues nada más natural que al representar el Amor Misericordioso en el acto más cruento y más sublime de su heroísmo, cual es el realizado en la cruz, recordemos el Sacramento del Amor, que estableció Cristo para perpetuar en la tierra su caridad infinita, que es la renovación continua de su Amor Misericordioso a los hombres.
Como el centro del amor radica en el corazón del hombre, así la caridad infinita de Jesús tiene su centro en su Corazón Sagrado, y por eso el Corazón de Jesús es el blanco de los amores y de la tierna devoción del hombre Y s¡al recordar el Amor Misericordioso del Calvario no podemos prescindir del Pan eucarístico, que es el relicario perpetuo de ese amor, del mismo modo no podemos separar del trono del Amor Misericordioso la imagen del Corazón divino, y por esto se diseña también levemente sobre su pecho el corazón sagrado, radiante de luz y de rayos de su misericordia.
Todo esto, pues, viene a constituir lo esencial de la imagen del Amor Misericordioso : Cristo Crucificado en el momento de pronunciar su primera palabra, que fue palabra de perdón y de misericordia, la Hostia Santa, como fondo luminoso que hace resaltar el trono de la Cruz, y la imagen del Corazón divino, diseñada sobre su pecho, como centro de su amor.
Cuando solo se tiene el busto de esta imagen (como en las Capillitas de la visita domiciliaria), no se ven sino estas tres cosas: la Cruz, a medias, el Pan eucarístico y el Corazón sagrado, y la aureola de luz que circunda la cabeza del divino Crucificado; y sobre el corazón esta palabra: Charitas, porque ciertamente Jesús es todo caridad, y el corazón es su centro.
Cuando la imagen se representa toda entera con la imagen completa de Cristo en la cruz, vemos a sus pies y delante de la cruz una corona real de oro, que nos recuerda la realeza de Cristo, pero la tiene a sus pies, porque, como El con: testó a Pilatos, su reino no es de este mundo. Su soberanía es de amor, y quiere reinar en los corazones, por eso esta corona está esmaltada de corazones y rosas entrelazadas, simbolizando la caridad y el amor. El en cambio está coronado de espinas, importante trofeo de amor que es alivio de los dolores y penas, de las burlas, calumnias y desprecios, que constituyen las cruces de su reinado. Al pie también de la cruz hay un libro, que es el de los santos Evangelios, en el cual se leen claramente estas palabras: Amaos unos a otros, como yo os he amado... y para mostrarnos el manantial de ese precepto de amor, cae sobre él un rayo de luz que se desprende del corazón divino. La Cruz, la Eucaristía, el sagrado Corazón y los santos Evangelios, he aquí los senos del Amor Misericordioso, la imagen del Divino Amor.
Propaguemos con celo y con amor esta obra, seamos almas verdaderamente amantes del Amor Misericordioso. El nos pide esta cruzada de amor, de fe, de confianza, de caridad y de virtudes cristianas, para que ayudemos a la renovación de la sociedad y a la instauración del reinado de Cristo.
La visita domiciliaria del Amor Misericordioso será un medio de propagar esta cruzada de fe cristiana. Es obra muy sencilla, organizada con coros de treinta familias y una celadora de cada coro, que mantenga la organización. No debe establecerse ninguna cuota obligatoria, y las limosnas que se recojan deben invertirse en su culto y propaganda.
El Amor Misericordioso nos bendiga y llene al mundo de su gracia, para que reine en los corazones.
C. y C.
Frutos del desorden
En un interesante estudio, intitulado Los placeres y la juventud criminal, se señala con alarma el hecho de que las cárceles norteamericanas la mayoría de los reclusos son muy jóvenes.
Cincuenta por ciento de los detenidos tienen menos de 26 años. Los muchachos de 20 dan la proporción más fuerte, y tras ellos vienen los de 19 y 18 años.
Mr. Wiegertham, presidente de la Comisión Nacional para Observación y Refuerzo de las leyes, atribuye la plaga que dejamos señalada a la "complejidad de la vida moderna y su desorden".
En una encuesta hecha entre los presos jóvenes, se notan motivos que corroboran tal opinión. Y la citada revista escribe:
"Pero más aun que un hogar en que padres e hijos no se entienden, el hogar roto o divorciado es el responsable del descarrilamiento moral de tanta juventud."
"En la Escuela Industrial de Preston, correccional para adolescentes, el 79 por ciento de los muchachos son hijos de padres divorciados."
He aquí un terrible argumento contra las crecientes facilidades dadas a la disolución del matrimonio.
La misma revista Je suis partont, añade: "Una gran parte de culpabilidad incumbe a las escuelas a las que se acusa de dar sólo a los niños ideas triviales, timoratas y fútiles, en lugar de enseñarles a formar el espíritu y a fortificar su moral. Esta educación, insuficiente para afrontar luchas y tentaciones, no puede ser completada n¡rectificada en cárceles y correcionales."
Luego... ¡que vengan a ponderarnos la educación sin Dios y la inestabilidad del matrimonio! Cuanto menos se practica la moral cristiana más necesidad hay de cárceles y casas de corrección.
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