A la Juventud Antoniana

Falsos motivos del ateo

Afirmaba muy seriamente un ateo que no creía en la existencia de Dios, porque no le veía en ninguna parte. A lo cual contestó un hombre del pueblo, cristiano bien instruido: "Si no crees en Dios porque no
lo ves en ninguna parte, tampoco creerás en la existencia de los países situados al otro lado de los mares, porque tampoco los has visto. Ni mucho menos creerás en la existencia del aire, ni del viento, ni del dolor, porque tampoco los ves en ninguna parte. Además, dime: tú tienes entendimiento y voluntad, y un alma racional, como los demás hombres, ¿no es verdad?". "Claro está, contestó apresuradamente el ateo, pues de lo contrario sería yo un irracional". "Pues permíteme que lo dude, repuso el creyente, pues yo no veo tu alma, ni tu inteligencia, ni tu voluntad en ninguna parte. Y de ser verdad lo que tú afirmas, no debes tenerlos."

Se quedó el ateo sin saber qué responder a esta sencilla objeción; porque si nadie, ni él mismo, había visto su propia alma, ni su inteligencia, ni su razón, y a pesar de esto creía él que existían, también debía creer en la existencia de Dios, aunque nunca lo hubiese visto.

Así ocurre hoy día a muchos ateos, incrédulos y materialistas; niegan la existencia de Dios, sin saber por qué la niegan, y mucho meros sin saber demostrar sus afirmaciones. Se tienen y consideran como seres racionales, dotados de inteligencia y voluntad, potencias de un alma espiritual, y quieren así ser tenidos y considerados por los demás, so pena de inferírseles la mayor ofensa, y sin embargo, no piensan, ni discurren, ni reflexionan como verdaderos seres racionales.

Este sencillo razonamiento que hizo aquel cristiano instruido puede hacerse hoy a muchos que se dicen ateos, incrédulos y laicos, con la seguridad de que no sabrían qué contestar.

Nosotros, mis queridos Antonianos, como buenos creyentes y cristianos instruidos, creemos firmemente y confesamos que indudablemente Dios existe y que es eterno, inmenso e ilimitado y que con su ser infinito lo llena todo. En todas las partes se halla Dios presente: porque si es ilimitado, como debe ser el Ser Supremo, nadie hay que le haya podido poner límites ni fronteras. Y si en alguna parte dejase de existir Dios, se podría asegurar que allí no llegaban ni la inmensidad ni el poder divinos, lo cual sería el mayor de los absurdos.

Por tanto, repito, creemos y confesamos que Dios es inmenso, omnipotente e ilimitado y que su Ser infinito lo llena todo, los cielos y la tierra, los mares y los continentes, los espacios y los abismos, y que no hay ser alguno, ni puede haberlo, al cual no lleguen la presencia y la inmensidad de Dios infinito.

Y no sólo está Dios en todos los puntos del universo, sino que allí está conservando el ser y la existencia de todas las criaturas, sosteniéndolas y alimetándolas, e impidiendo con su omnipotencia que vuelvan a caer en el caos de la nada, donde se hallaban antes de ser creadas.

Está Dios viviendo y operando en todas las criaturas, y dirigiendo toda su actividad y operaciones, pues de lo contrario nada podrían hacer ni producir. Y se halla en las semillas de las plantas y de los árboles, haciéndolas germinar, y produciendo y desarrollando las hojas, las flores y los frutos. Y se halla Dios en todos los animales, hasta en los más diminutos y microscópicos, dándoles y conservándoles sus instintos y habilidades naturales con las que producen obras admirables que ni la inteligencia ni la industria humanas sabrían producir.

Repitamos, pues, con gozo de nuestras almas y con profunda convicción de muestro espíritu, que Dios existe indefectiblemente y que ha creado el universo, y lo conserva, dirige y gobierna con su altísima Providencia y Sabiduría.

Así lo creemos, sentimos y confesamos, y así lo queremos creer, sentir y confesar hasta el último instante de nuestra vida.

Fr. Juan B. Botet, ofm


Episodios del negrito Marabá (20)

El paso del canal

La mañana era deliciosa, iluminada por un espléndido sol y refrescada por agradables auras. No había que perder tiempo, y aposentados en sus respectivas piraguas, volvieron a emprender el camino.

Nada de particular ocurría en la jornada, paro al declinar ya la tarde, un ceño de preocupación se dejaba ver en el rostro pacifico de Güezo.

El cauce del río se iba reduciendo hasta convertirse en un estrecho canal, y su paso era peligroso, por ve se frecuentemente obstruido por la acumulación de vegetales que arrastraban las aguas y por las intrincadas redes que en el fondo y a flor de agua solían formar las raíces de los paletuvios gigantescos que crecían en sus riberas, dificultando de tal modo la navegación, que se veían a veces cogidas las embarcaciones entre esos obstáculos y forzados los navegantes a pasar allí días y noches expuestos a respirar emanaciones pútridas y a ser víctimas del ejército implacable de los mosquitos.

Esa era la preocupación de Güezo; pero su pericia, y la del no menos experto Gouldor, pudo sortear tanto peligro, en lo que no dejó de tener su parte el negrito Marabá que, abocado a la borda de su nave, miraba con ojos de lince el raigambre oculto entre las aguas e iba advirtiendo a los remeros los peligros que iban llegando al paso.

Los cocodrilos

De otro mayor peligro pudo prevenirles el niño Marabá a los dos hombres que con sumo cuidado atendían a la dirección de sus barcas en el paso enmarañado de aquel canal. Llegaban ya a su término, donde el río volvía a explayarse en un anchuroso pantano, pero cuya superficie se veía recubierta de una capa densa de verdura, restos putrefactos de aquellas moles de vegetales que interceptaban el canal. Ya respiraban tranquilamente los dos remeros, cuando un grito de Marabá les hizo detenerse y poner atención hacia un recodo cercano, que él les señalaba con su dedo. Era un par de cocodrilos, que tal vez en aquel remanso tendrían su madriguera, y taimadamente se iban acercando hacia el paso de las piraguas, sin duda para saciar en ellas su voracidad. Pero Marabá había avisado a tiempo, y Güezo pudo arrojar a distancia parte de las provisiones cazadas en la isla y desviar hacia ellas aquellos monstruos, que corrieron con afán a devorarlas, dejando espacio seguro a las naves para salir sin riesgo de aquel peligro.

Siguieron las piraguas su marcha con rapidez, entonando los piragüeros su monótono canto, y haciendo estruendoso ruido Marabá y las mujeres, golpeando con palos sobre las bordas de las naves, para espantar a los cocodrilos que pudiera haber ocultos entre aquellos matorrales detenidos a flor de agua; pues así suelen huir amedrentados, Sin atreverse a atacar las embarcaciones.

El lago Notué. Un pueblo edificado sobre el agua

Por fin vieron extenderse ante su vista una magnífica sábana de agua tranquila y sin estorbos donde podían navegar volando las dos piraguas al impulso vigoroso de los remos. Entraban en un lago inmenso, cuyas orillas apenas alcanzaba a descubrir la vista, era el lago Notué.

Islas flotantes, siguiendo el movimiento de las ondas, se balanceaban graciosamente en la superficie del lago, y ligeras barcas de pescadores lo surcaban en todos los sentidos.

A poco de haber avanzado por el interior del lago quedaban gratamente sorprendidos ante la vista de un extenso poblado, cuyas cabañas parecían flotar sobre las aguas. Así era en verdad: era la gran villa de Katuna, edificada sobre las aguas. Cada habitación descansa en gruesas estacas fijas en el fondo del lago. Las paredes son de bambú y el techo de hojas de palmera. Cada habitante, además de su alojamiento, tiene parte de la cabaña reservada para vacas, cerdos, cabras y carneros.

Había además en aquel pueblo pintoresco, cales, plazas y cabañas especiales para celebrar los mercados. Cada cabaña tiene su piragua; esas, ligeras embarcaciones, hechas ordinariamente de un tronco vaciado de árbol, pueden, así como las góndolas venecianas, deslizarse por el dédalo de aquellas innumerables estacas sin chocar nunca.

Causa de estas edificaciones

—¿Por qué razón—preguntaba con interés el niño Marabá;— han edificado este pueblo sobre las aguas, teniendo más ventajas si edificaran en tierra firme, a orillas del lago, como nosotros, y junto a las plantaciones de yuca, de maíz y demás cultivos? ¿Qué comerán aquí?

—¡Dahomey! ¡Dahomey!—contestaron Güezo y Gouldor señalando hacia Sudoeste.

Ese era el motivo. Los reyes del Dahomey organizaban todos los años, antes de las fiestas, una caza de hombres para los sacrificios humanos, y los dahomeyanos irrumpían inopinadamente sobre los pueblos circunvecinos sorprendiendo a sus moradores, que llevaban cautivos a Dahomey, haciendo un estrago en las demás personas y cosas que no podían llevar.

Todos los países fronterizos eran visitados a su turno, y los ribereños del lago Notué no habían perdido el recuerdo de las escenas de horror de que sus abuelos fueron testigos y víctimas. Pronto o tarde esperaban también ellos ser presa codiciada por el rey del Dahomey.

A fin, pues, de sustraerse a una nueva invasión de parte de este terrible vecino, todos esos infelices negros se han visto precisados a construir sus pueblos en medio del lago. Allí están al abrigo de un golpe de mano, y su habilidad en el manejo de las piraguas les permite escapar a un enemigo muy superior que se aventurase a guerrear en el agua. Además, saben ellos que una ley de estado prohíbe a los dahomeyanos pelear en las aguas.

La causa de esta ley era ésta: En una ocasión el ejército dahomeyano se aventuró hasta el río Volta. Sus enemigos los Popos los dejaron pasar libremente; pero mientras los del Dahomey estaban alejados, ellos abrieron expresamente la embocadura de su laguna en el Océano. Infinidad de negros, hombres, mujeres y niños fueron empleados en esta operación, y ayudando las olas, en breve se estableció una vasta y peligrosa comunicación entre el mar y la laguna, quedando interceptado el paso por la playa.
Al volver los dahomeyanos, ricos en botín y cautivos, y siendo ellos en número de 20.000, se encontraron acorralados sin barcas y sin salida. Sus enemigos los acosaron, por detrás, y se entregaron a la desesperación.

Todos quedaron muertos o ahogados, excepto tres, a quienes los Popos cortaron nariz y orejas, despachándolos para el Dahomey, para que anunciaran el desastre. Desde entonces el Dahomey teme aventurarse cerca de las lagunas, y ha jurado no dejarse coger en ellas otra vez; de ahí la ley que prohíbe al soberano hacer la guerra en el agua, y aún, para él personalmente, que vaya a ver el mar.

Por eso los negros ribereños de aquel lago han edificado sus pueblos sobre el agua, y aunque sus habitantes se dedican al cultivo en tierra firme, no pasan en ella la noche, sino en sus todjis (cabañas sobre el agua) y por eso nunca más los negros de los todjis han sido atacados por los dahomeyanos.

Toda esta historia iba contando Gouldor a Djerua y Marabá, al compás de sus remos, mientras llegaban a las primeras cabañas de Katuna. Viraron hacia la derecha, y después de cruzar diversas calles o canales de aquel laberinto, que por lo visto les era bien conocido, detuvieron la marcha ante una cabaña más regular y capaz; y atando las piraguas a las estacas de amarre, subieron por unas gradas a la puerta de la choza.

Otra casa cristiana

Gouldor llamó confiadamente, como en su propia casa: "¡Jetua! ¡Jetua!"

Una mujer de mediana edad salió del interior, yendo a abrazar a Gouldor. Era su hermana. A poco llegó en su piragua Tochenú, el marido de Jecua, y con él una linda moza, su hija, llamada Salomé, que se echó a los brazos de María. Eran amigas desde niñas.

Djerua y Marabá volvían a encontrarse en una casa cristiana. La cruz del Redentor presidía también aquella morada de paz y de bien.

(Continuará)

Fr. Manuel Balaguer, ofm

El matrimonio en Palestina (II)

Elección de la esposa

Indicadas en el artículo anterior las noticias generales que ilustran el matrimonio entre los orientales, paso a tratar de la elección de la esposa, notando dos cosas, que formarán el argumento del presente: a) el derecho del padre en la elección de la esposa para el hijo; b), cualidades que debe poseer la esposa.

Combinar un matrimonio en Palestina es negocio que incumbe a los padres de los esposos y la iniciativa debe partir siempre del padre del esposo. Cuando el hijo ha llegado a edad conveniente y, según el criterio oriental, se le considera apto para contraer matrimonio, el padre, discutidos sus proyectos con la parentela, elige la joven que juzga más apropiada para su hijo. No cree necesario tener cuenta de las inclinaciones que su hijo pudiera tener a una determinada joven, y es frecuente el caso de abrir y cerrar las negociaciones, estando el interesado ignorante de todo. Inútil es notar que con el parecer de la esposa, aun se cuenta menos. Muriendo el padre, el derecho de elegir esposa para los hijos pasa al tío, o al tutor, o al hermano mayor.

Esta costumbre que radica en la más remota antigüedad, encuentra su explicación en la tierna edad de los esposos y también en la reclusión, en la que, por regla general vive la mujer en Oriente.

Aunque es verdad que estas uniones matrimoniales, combinadas por los padres, están lejos de representar un ideal, porque falta entre los jóvenes que se unen el mutuo amor, que nace del mutuo conocimiento, el oriental se ilusiona creyendo que este amor nacerá después; por otra parte, los esposos consideran garantía de su futura felicidad las buenas intenciones que impulsan al padre en la elección de la compañera de su vida.

* * *

He aquí las cualidades que debe poseer una esposa, de las cuales andan muy orgullosos los beduinos y fellahin.

I) La esposa debe pertenecer a la parentela. Debe ser una hija de la familia (bint ebéiie), una hija de la casa (binl ei-bvit), siendo posible la prima hermana del esposo; a falta de ésta, se busca la esposa entre los parientes. Una tal esposa (dicen los orientales) tendrá más interés por todo cuanto se refiere a la familia. Este derecho a la mano de la prima es universalmente reconocido entre los beduinos y fellahin, hasta punto tal que se cree con atribuciones para arrancarla de las manos de otro competidor, aunque fuese en el cortejo nupcial. Este derecho de casarse con la prima, que en caso de muerte del primogénito, pasa a sus hermanos por orden de ancianidad, está vigente con dispensa eclesiástica, hasta en las tribus de los beduinos católicos.

II) No encontrándose esposa conveniente entre las familias de los parientes cercanos, el padre la busca entre las jóvenes del mismo pueblo o de la misma tribu. Los beduinos son escrupulosos en la observancia de este requisito, con el fin de conservar la pureza y la historia de su propia raza; por el contrario, los fellahin son más libres en este particular; así por ejemplo, años atrás, la gente rural del sur de Jerusalén con frecuencia buscaba esposas para sus hijos en la región de Naplusa, porque siendo más pobres, las conseguían a bajo precio. Sin embargo, este proceder es mirado de mal ojo por los paisanos del esposo, y lo tienen como una ofensa hecha a sus familias y a sus muchachas, originándose en consecuencia litigios, sellados no pocas veces con sangre.

III) Se procura, además, que la esposa pertenezca a una familia honrada, influyente y posiblemente rica. Aunque no exista distinción de clases propiamente dicha entre los fellahin, no faltan, sin embargo familias en las que alguno de los ascendentes las ha ennoblecido con sus proezas, verbi gracia la dâr Tokan, la dar Abd-el Hádi, la dar Abu Gósch, etc. Se explica fácilmente la tendencia de recibir, al menos el reflejo luminoso que parten de aquellos célebres personajes; de aquí el dicho árabe: "Cásate con un noble, aunque sólo tenga una estera".

IV) Por lo que mira las cualidades personales de la esposa, se busca naturalmente que sea hermosa y elegante, que tenga los dientes blancos y, sobre todo, ojos grandes y esplendentes "como los de una gacela" o "como tacitas de café", dicen los árabes.

El Padre Joussen, en su obra citada, cuenta varios hechos en confirmación de los expuestos. Yo transcribo uno que habla muy claro de la mentalidad oriental respecto al matrimonio. Se encuentra en la pag, 46:

"Hag el-Qoda había pedido la mano de Dalleh prima, para su hijo Mohammed.

Selmán, padre de la joven, se negó a secundar este legítimo deseo, y prefirió dar su hija a un tal Qásem por la suma de 200 megide.

Hechos los acostumbrados preparativos a la hora establecida, se forma el solemne acto de conducir procesionalmente la esposa a casa de su marido. Al pasar la numerosa comitiva ante la casa del primo de la esposa Mohammed, éste la arrebata violentamente, la encierra dentro de su casa. Con estupor general, el hermano del raptor desenvaina la espada y amenaza de muerte a quien intente acercarse. El matrimonio de la joven Dalleh con el raptor su primo, fue reconocido válido. Mientras que el padre de Dalleh fue privado del marchar (precio de la esposa) ; y por añadidura obligado a satisfacer las reclamaciones de Qásem entregándole por esposa la hermana de Dalleh."

Fr. León Villuendas, ofm
Jerusalén y Octubre, 1933.

Cuento de Dahomey

El rey y los cuatro imbéciles

Era una vez un rey que tenía un adivino (personaje indispensable en la corte de los reyes africanos), fabricante de amuletos y hombre de saber.

Un día, sin embargo, este rey se enteró de que un jefe vecino era más feliz que él, porque su fabricante de amuletos tenía, según decían, un talismán capaz de dar la paz a un reino.

El rey llama a su adivino y le manda que vaya cerca de su compañero para tratar de averiguar su secreto famoso. El adivino se marcha. Vuelve poco después con la forma mágica, y dice al rey:

—Si Vuestra Majestad quiere tener la paz en su reino hay que hacer un sacrificio con la cabeza y la sangre de cuatro imbéciles.

—Te confío la misión de encontrar estos imbéciles. Recorre el reino, penetra por todas partes en mi nombre; hasta te doy la autorización de buscar en mi mismo palacio, entre mis parientes, entre mi servidumbre.

Un día que el adivino atravesaba un bosque, ve a un leñador que hacía esfuerzos desesperados para cargar sobre la cabeza un haz de leña apoyada al tronco de un cocotero. El adivino, extrañado de que las ramas secas fuesen tan difíciles de levantar, se acercó al hombre para prestarle ayuda.

Pero vio que el leñador había juntado una por una estas ramas, las había apoyado en el cocotero y no se había dado cuenta, al atarlas, de que había pasado la cuerda alrededor del árbol.

—¿No ve lo que está haciendo? —dice el adivino—. ¿Usted se figura que conseguirá arrancar el árbol y llevárselo? Es usted un perfecto imbécil, amigo. Coja usted su taparrabo, su saco de rafia, su cuchillo, y véngase conmigo.

Otro día, al salir de un bosque, el adivino vio a un hombre rodeado de gorriones. Los tenía sobre los, hombros, sobre los brazos, y hasta los había que tenían la osadía de posarse sobre sus manos, que trenzaban precisamente un cepo para gorriones, lleno de maíz.

—¿Qué estás haciendo?—pregunta el adivino.

—Ya lo ve usted—replica el hombre—. Estoy preparando un cepo para coger a estos pajarillos glotones que me vienen a comer las semillas.

El adivino sonrió y dijo al campesino:

—Nunca he visto tratar como usted lo hace a los pájaros que destrozan las mieses. Le enseñaría una manera mejor para preservar el campo de estos ladrones; pero ¿para qué? Me parece ser un completo imbécil incapaz de comprender nada. Tengo mejor donde emplearle. El rey me ha encargado reunir cuatro hombres del talento de usted. Le necesito para algo importante. Dejad aquí el cepo, los granos de maíz, y venid conmigo.

Los dos imbéciles y el adivino se pusieron en camino. Anduvieron mucho tiempo, mucho tiempo. Un día que cruzaban una plantación de palmeras vieron un hermoso anacardo cargado de frutas.

Un hombre había subido al árbol, donde el adivino vio que cogía una fruta, la tiraba al suelo y bajaba del árbol para sentarse a comérsela. Después volvió a subir, a tirar otra fruta y a bajar de nuevo para comérsela, y ya se preparaba para subir otra vez al árbol, cuando el adivino le interpeló:

—¿Qué hace usted ahí?

—Pues coger frutas para comérmelas —contestó el campesino.

—Es usted un tonto. En nombre del rey le ordeno que se junte a mis dos compañeros y me siga.

La pequeña caravana, casi completa, volvió a ponerse en marcha.

Recorrió el reino entero sin encontrar el cuarto imbécil. El adivino, muy fastidiado, fe decidió a volver a la capital, guardando la esperanza de que encontraría a este último entre la gente de palacio. Llegaron a la población un día de mercado, La multitud reconoció pronto al adivino, y, como conocía el objeto del viaje, manifestó con grandes gritos su alegría.

Las aclamaciones fueron tan ruidosas que el rumor subió hasta palacio. En este momento el rey, que tomaba su baño preguntó:

—¿Qué pasa?

—Es el adivino que vuelve con los tonto —contestó el criado.

—¡Por fin!—replica el rey, lleno de júbilo. Y se precipitó al encuentro de los que llegaban, sin tomar la precaución de cubrirse decentemente.

Cuando se presentó en este estado delante del adivino, éste, escandalizado al ver al rey tan poco vestido, le dijo:

—¿A qué viene Vuestra Majestad aquí?

—Pues a ver a los imbéciles que traes y que hace tiempo estamos esperando.

—¿No podía, por lo menos, cubrirse decentemente? Además ¿no es Vuestra Majestad quien me dio la orden de ir en busca de estos hombres? En este caso, no es Vuestra Majestad el que debía de venir hacia mí, si no yo el que tenía que ir al palacio para darle cuenta de la misión que me confió. Jamás rey, en nuestro país, se ha conducido como lo está Vuestra Majestad haciendo hoy. En verdad, este cuarto imbécil que estoy buscando, sin poder encontrarle, es Vuestra Majestad. Le detengo, y le sacrificarán con los otros tres.

La multitud, entusiasmada, dio la razón al adivino, que nombró rey en el acto. Los sacrificios se verificaron poco después; la sangre de las victimas se recogió para servir como precioso talismán, y la paz reinó en el pais.

P. Isidoro Pelofy, H. A. L.

¿Casualidad?

De niño se había educado en un colegio de religiosos, y en su corazón habían arraigado las sabias enseñanzas que en el hogar paterno tenían adecuado complemento. Era ya un joven, pero podía alzar su frente sin rubor; honrado, trabajador, respetuoso con los padres, sin vicios, era la alegría de los suyos y un buen compañero para los camaradas de la oficina.

Y llegó la hora de tener que defender a la patria. Y vistió el honroso uniforme militar; y con su batallón tuvo que ir a las tierras inhospitalarias de África a cumplir con su deber. Pero no por hallarse lejos de su familia, ni encontrarse en compañía de jóvenes que no eran precisamente modelo de buenas costumbres, se apartó en lo más minino de la regla de conducta que su conciencia le prescribía.

No olvidó nunca sus oraciones de buen cristiano, breves cuando los deberes se lo impedían, más largas cuando se le ofrecía oportunidad. Un día tuvieron que salir precipitadamente al campo. El toque de diana fue bastante más pronto que de costumbre. Hubo que formar sin dilación, y provistos de todo lo necesario salir sin pérdida de tiempo, pues se trataba de ocupar una posición importante.

Aun no se columbraba la claridad de la aurora. Anduvieron bastante. Llegaron a un punto determinado e hicieron alto. Desplegados en guerrilla, ocuparon los bordes de un ribazo que les servía admirablemente de trinchera, y recibieron orden de tirarse en tierra y aguardar así buen espacio de tiempo en espera de que se presentara el enemigo, del que había confidencias de que no había de tardar en ponerse al alcance.

Nuestro hombre aquel día con las prisas de la marcha se había olvidado de sus devociones ordinarias; y estando en conversación con el compañero que a su lado estaba, se acordó de su olvido; mas por no llamar la atención siguió su conversación en voz baja, según era la consigna.

De pronto le pareció oír ruido; y en contra de lo dispuesto, pudo más en él la curiosidad, y alzó temerariamente la cabeza. Pero al mismo tiempo pasó sobre su cabeza una bala silbando que se llevó su salacot ¿Casualidad? Nuestro amigo recibió el aviso como venido del cielo, y sin respetos humanos hizo su señal de la cruz y se encomendó fervorosamente al Señor y a la Virgen, dándoles gracias por haber salido con bien del peligro, y pidiendo su protección para la lucha, que no tardó en comenzar.

Desde aquel día no ha dejado ni una vez sus oraciones, y ha seguido siempre siendo el ejemplo del joven cristiano, que cumple sus deberes religiosos sin el menor respeto humano.

Constantino

Para ir al cielo muy de prisa

En un hospital de Misiones, una buena china, bien dispuesta y preparada, acababa de recibir el bautismo. En seguida de bautizarse, llama a la enfermera:

—Hermana, tráigame una soga.

—¿Una soga? ¿Qué quieres hacer con ella?

—¡Como estoy en gracia de Dios, estoy segura de ir al Cielo derecha, si muero!

—Es verdad; pero ¿qué quieres decir con eso?

—Pues, nada; que me des la soga para que me ahorque, y no pueda más ofender a Dios.

Le explicaron que su deseo de ir al cielo era muy bueno, pero que el ahorcarse no era buen camino.

Escuchó la explicación con toda docilidad, y se resignó. El Señor, sin embargo, acogió el deseo de aquella alma sencilla.

No muchos días después, la neófita murió con sentimientos de una fervorosa cristiana.

¡Cuánto tienen que aprender muchos católicos de hoy, al ver el aprecio en que esta neófita terció su alma.

 

Noticias

Hacia la beatificación del Venerable Escoto

aEn un estudio sobre Los Alemanes y sus santos, el almanaque, editado por la Acción Católica de Colonia para 1933, después de haber recordado la canonización de San Alberto Magno y de San Pedro Canisio, evoca, en estos términos, la memoria de otro ilustre doctor: "En este círculo falta todavía un gran sabio de la Edad Media cuyo cuerpo reposa en Colonia, en la antigua iglesia de los Franciscanos: Juan Duns Escoto, el doctor del amor de Cristo. Quizá veremos pronto desarrollarse en nuestra población un movimiento, que se encargará de promover la canonización de este gran hijo de San Francisco."

Esta esperanza empieza ya a real realizarse, puesto que, a continuación de una conferencia de un Profesor del Colegio de Francia, M. Esteban Gilson, la sección colonesa de la Asociación de las Universidades católicas de Alemania, segura de la protección eficaz de las otras secciones del imperio, ha resuelto tomar entre manos la causa de beatificación del jefe de la Escuela Franciscana. Así, pues, en Colonia, donde se encuentra la tumba de este glorioso Paladín de la Inmaculada Concepción, se viene desplegando intensa actividad para elevar a los altares al Venerable Escoto, una de las mayores glorias de la Orden Franciscana.

Siguiendo esta iniciativa de Colonia, se celebró en el mes de Agosto próximo pasado en Baviera un Congreso Franciscano, presidido por el Ministro General de la Orden, y al que asistieron los Padres Lectores de todas las provincias alemanas. Los fines casi exclusivos de este magno Congreso escotístico fueron el estudio de la excelsa personalidad del Doctor Sutil y Mariano, el examen crítico de sus obras y de los principales trabajos hechos sobre él durante estos últimos años, la discusión de las doctrinas fundamentales del escotismo y la exposición del estado actual de la causa de beatificación del Venerable P. Juan Duns Escoto.

Si Colonia, que custodia la tumba del gran Caballero de la Inmaculada Concepción, despliega una intensa actividad para hacerlo colocar oficialmente en los altares, París no puede desinteresarse por esta glorificación de uno de los más ilustre maestros de su celebérrima Universidad, la Sorbona.

¿Y España, donde el escotismo cuenta con una pléyade gloriosa de insignes propugnadores que, según los mismos extranjeros, son los más auténticos y genuinos intérpretes del gran Escoto, se cruzará de brazos ante este hermoso y consolador movimiento escotista, y consentirá quedarse a la zaga en procurar la exaltación al honor de los altares del inmortal Paladín de la Inmaculada?

Preces

Para impetrar de Dios la pronto glorificación del Venerable Escoto recomendamos a nuestros piadosos lectores las siguientes preces, que el P. Ministro General de nuestra Orden ha prescrito se reciten diariamente en todos nuestros conventos: Se dirá tres veces el Gloria Patri y después, sólo una, la siguiente invocación: "Sancta Trinitas ut beatum Joannem Scotum Inmaculatse Concepcionis Virginis Marine Adsertorum, glorificare digneris, te rogamos, audi nos"; y en castellano se dirá así: "Trinidad Santa que te dignes glorificar al Bienaventurado Juan Duns Escoto defensor de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Te rogamos, óyenos".

Vida popular del Beato Escoto

Con el fin de dar a conocer la vida de este gran franciscano, el sabio y entusiasta escotista P. E. Longpré, está preparando una Vida Popular del Beato Juan Duns Escoto, ilustrada y documentada con las investigaciones críticas por él mismo realizadas en varios archivos y bibliotecas de las principales capitales europeas. Esta vida, que su autor ilustre publicará muy en breve en francés y en alemán, será inmediatamente traducida al castellano.

Ilustres visitantes

El día 11 del próximo pasado Octubre estuvieron a visitarnos en nuestro convento de esta ciudad de Valencia el Sr. Arzobispo de San Juan de Cuyo, José Américo Orzali, y el Vicario foráneo de San Luis, D. Segundo A. Ponce. Visita relacionada con la fundación de casas y parroquias franciscanas en aquellas dilatadas regiones argentinas. De Valencia, y en el histórico Día de la Raza, pasó Sr. Arzobispo a visitar el Colegio de "La Concepción", de Onteniente, donde se le tributó un grandioso y entusiasta recibimiento

Solemne quinario

Con la acostumbrada solemnidad se celebró durante el pasado Octubre en Onteniente el Quinario a las Llagas de San Francisco. Los sermones estuvieron a cargo de los PP. Carlos García, José Puigcerver, Manuel Balaguer y Samuel Leal. En la función vespertina se estrenaron los Misterios Gozosos de la Corona Franciscana, música del P. Vicente Pérez y letra de Fr. Camilo Jordá.

En Liria

Con la solemnidad de costumbre se ha celebrado en esta ciudad de tan arraigado franciscanismo el solemne quinario a las Llagas de Nuestro Seráfico Padre San Francisco en los días 18 al 22 del pasado Octubre. El grande amor de los hijos de Liria al Pobrecillo de Asís se hizo patente en la numerosa asistencia a todos los actos del quinario, pero de especial modo culminó su fervor en el día de la fiesta, que fue el domingo día 22, en que la V. O. Tercera quiso rivalizar al entusiasmo de otros años con gran asistencia de gente.

Predicó el P. Bernardino Rubert, que desarrolló en sus sermones temas de palpitante actualidad.

En Cocentaina

Solemne ha resultado en Cocentaina el quinario celebrado en honor de Nuestro Seráfico Padre San Francisco, que la V. Orden Tercera de Penitencia dedica todos los años a su glorioso Padre.
Comenzó en la misma festividad del Santo, día 4 de Octubre, con la misa de Comunión y misa solemne que los religiosos de la Primera Orden y las Monjas de Santa Clara celebraron en la iglesia de dichas Monjas en la que también se ha celebrado el quinario a San Francisco. Por la tarde comenzó la serie de los cinco ejercicios y sermones que estuvieron a cargo del P. Conrado Ángel, Lector general de Sagrada Teología y Definidor de esta Seráfica Provincia de Valencia. El domingo día 8 fue la fiesta que dedicaba la V. O. Tercera a San Francisco, en la que predicó el P. Samuel Leal, Visitador de dicha Tercera Orden.