Índice del número 171
Abril de 1935. Año 16. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- La reposición del Crucifijo. Mirabal
Perseverancia. Galo Reguero García.
Breves lecciones de Liturgia. Juan Bta. Botet, ofm
Radira la egipcia. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Carcagente. Francisco Fogés, pbro.
Tengo sed. Enseñanzas de la Cruz. Francisco de A. Esteve - El P. Antonio Llinás y Massanet. Fr. Francisco Lliterras, ofm
Las creencias religiosas de los mahometanos. Fr. León Villuendas, ofm
De China. Episodios de la vida misionera. Fr. Fabián Castellá, ofm
P. Valentín Cebrián Boronat. In memoriam
Bibliografía.
La reposición del Crucifijo
Se reforme o no se reforme la Constitución, el sentimiento católico del pueblo español hace de los preceptos laicos letra muerta. Se quiere gobernar aquí «a la mejicana». Durante el bienio se obstinaron los hombres que ejercían el Poder en imitar a Calles. Como los que hoy declaran en Méjico que ellos no persiguen a los católicos, sino que se atienen al cumplimiento de la ley, que es persecutoria; los anticatólicos de aquí, hicieron una ley persecutoria, decían también atenerse a ella para cometer todo género de atropellos contra la fe y sentimientos del pueblo español. Y fruto de su sectarismo, que llevó a la ley una asamblea en la que se proclamaba que la mayoría de sus miembros pertenecían a las sectas, fue el arrancar el Crucifijo de las escuelas, de los Tribunales de Justicia, de la cabecera de los enfermos en los hospitales, con una saña frenética.
¡Qué ejemplos de ella quedan en la historia del bienio funesto! Los sacerdotes encarcelados por asistir a los moribundos o multados por no impedir el toque de las campanas; los católicos apaleados por orar ante la imagen del Corazón de Jesús en Bilbao, y aquella orden prohibiendo a los funcionarios del Poder público asistir con carácter oficial a ceremonias religiosas y manifestaciones religiosas de carácter público... con la disposición sarcástica de no permitir la presencia de la Cruz n¡la asistencia del Clero en los entierros de aquellos que mueran sin dejar declaración escrita de profesar la fe católica.
Pero el sentimiento católico de España se ha impuesto a los preceptos irracionales de la ley y a la furia desatada del abismo. Y así, tiempo atrás vio Madrid cómo detrás de la Cruz que acompañó públicamente el cadáver del señor Sánchez Guerra, muerto en el seno de la Iglesia Católica, formaban en cortejo de duelo las más altas representaciones del Estado y del Gobierno de la República, y del mismo Parlamento, que en este régimen lo es todo, porque constitucionalmente es la representación del pueblo, de donde emana todo poder.
¿Cómo no recordar episodios aislados, pero significativos, de médicos que en sanatorios oficiales conturbaban el espíritu de los enfermos con sus declamaciones ateas durante aquellos años de gobierno a la mejicana? Hoy, sin embargo, leemos en la prensa los acuerdos que van tomando algunas Diputaciones Provinciales y numerosos Ayuntamientos que restablecen el culto católico en los establecimientos de beneficencia y aun penales especialmente en los hospitales, en el santo Hospital; que siempre será santo el hospital, como lo será el cementerio, déseles la denominación que se les dé, porque el hospital, sin caridad, no es más que una filantropía con plantilla, y al cementerio le santifica el signo de la Cruz sobre las lápidas sepulcrales de los católicos, que quieren dormir su eterno sueño a la sombra de los brazos protectoramente benditos.
Restablecido ya el culto en los establecimientos oficiales de beneficencia, lo que quiere decir que renace junto a la enfermedad y al dolor, ya se entiende que procede colocar de nuevo el Crucifijo a la cabecera de las camas, donde los hombres sufren y meditan, llegando el postrer instante, pleno de lucidez, cuando el alma se ve sola frente a la Eternidad con la carga de sus culpas, y los ojos se vuelven buscando amparo y consuelo hacia el Redentor, confiando en la infinita misericordia que la contrición desarme su justicia.
Y s¡este consuelo es un derecho que no se puede negar y que se reconoce, puesto que tal implica el acuerdo que tomar las Diputaciones y Ayuntamientos, ¿porqué no se respeta asimismo en la escuela y en los Tribunales de Justicia? Como en la hora de la muerte, es confortadora la presencia de Cristo Crucificado en la hora de la tribulación, cuando el reo con el peso de su crimen comparece ante la justicia humana, que s¡se ejerce es en nombre de la divina, porque nada es el hombre para el hombre s¡el poder del que ejerce tan alta función no procede de la fuente de la que todo poder dimana. Y s¡confortadora y esperanzadora es para el moribundo y para el condenado la efigie sagrada del Redentor de la Humanidad, ¿qué culpa horrenda no alcanza a quienes en los años de la infancia apartan al hombre de la Cruz y ocultan a los ojos del cuerpo y a los ojos del alma de los niños él rostro lívido y ensangrentado, el costado herido y los brazos abiertos de manos atarazadas, que serán los mismos brazos que se les abran cuando el dolor o la desgracia les acometan?
La Cruz a la cabecera. Así debe ser. Pero a la cabecera en todo. A la cabecera de la cama hospitalaria, a la cabecera del estrado judicial, a la cabecera del aula.
Mirabal
Rápida
Perseverancia
Hablar para muchos de perseverancia es lo mismo que pasar por la plaza de ingenuo e iluso.
Y sin embargo la perseverancia es precisa para triunfar en la vida material y en la espiritual.
La voluntad es el hombre —decía Bufón— y la perseverancia es como el corolario de una voluntad firme y decidida, después de una deliberación que analice y nos lleve racionalmente a la decisión.
Así como durante la guerra se ansia la paz, en los actuales tiempos de veleidades y deserciones se echa de menos la perseverancia ¿De dónde nace?
En primero y cas¡único lugar, en que pensamos poco en nuestro origen y en nuestro fin, y equivocando éste con otros fines secundarios, que realmente no son sino medios, no templamos nuestra voluntad, decidiéndonos siempre que éstos estén en conformidad con aquél. Además, analizamos demasiado las consecuencias de un obrar recto, y cuando las vemos poco agradables, llega la perplejidad en la decisión, la coacción interna en la voluntad, y claudicamos.
Los caracteres enérgicos deciden y obran rápidamente, los morales no tienen más norma en la decisión que la ley moral. Por eso precisa que vayan unidas ambas condiciones en un carácter entero, porque en otro caso o serán balas perdidas en la sociedad o inútiles armas cargadas.
No es la victoria en las luchas de la vida de los que empiezan, sino de los que perseveran. El artista, el comerciante, el industrial, etc., triunfa siempre, s¡después de un buen análisis decide y después persevera, procurando orillar los obstáculos imprevistos que se le presenten.
Igualmente sucede en la vida espiritual. Una decisión como la de San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, y otros muchos, unida a una perseverancia para cumplir los Consejos Evangélicos, les llevaron a ese grado de santidad que nos admira, y al que podemos todos aspirar, s¡hacemos lo que ellos.
Nos admiramos, queremos seguir su camino; pero no queremos de verdad y por eso nos falta la perseverancia, no teniendo presente la sentencia del Evangelio : Muchos son los llamados, pocos los escogidos.
Galo Reguero García
Breves lecciones de Liturgia
A medida que vamos avanzando en el Santo tiempo de Cuaresma, preparándonos para la solemne festividad de la Pascua, va la Iglesia, nuestra Madre, expresando con mayor intensidad sus pensamientos más elevados y los sentimientos y afectos más profundos de su corazón.
Pasadas las cuatro primeras semanas de Cuaresma, vamos a entrar en la quinta, llamada Semana de Pasión, porque toda ella está destinada a conmemorar los dolores agudos y la muerte afrentosa que por nosotros sufrió el Divino Redentor.
Y de este misterio nos habla elocuentemente, con su lenguaje siempre expresivo y simbólico, la Sagrada Liturgia de este tiempo.
Se suprime el Gloria Patr¡en el Introito y Lavabo de la misa, y en el Invitatorio y responsorios del Oficio divino en señal de tristeza y de pena por la Pasión del Señor.
Se cubren con un velo morado los altares, las imágenes de los Santos y las cruces, simbolizando que 4a divinidad de nuestro Redentor se ocultó, dejando sola a su humanidad en medio de tantos dolores y amarguras, y aludiendo también al pasaje del Evangelio del domingo de Pasión, que nos dice que Jesús se escondió y' salió ocultamente del templo cuando los judíos quisieron apedrearle.
Las lecciones y responsorios del Oficio divino y las oraciones y cantos de la misa de toda esta semana nos excitan al arrepentimiento y dolor de nuestros pecados y nos mueven a la tristeza y compasión por los dolores acerbísimos de nuestro Señor Jesucristo. Y en el viernes de esta semana se celebra la fiesta de los Dolores de la Santísima Virgen, que tanta parte tomó en la Pasión del Señor.
Y toda la Liturgia de esté tiempo nos recuerda vivamente el precio de nuestro rescate, que es nada menos que la sangre de un Dios-Hombre, derramada en la cruz para lavar la mancha de nuestros pecados, y para redimirnos de la esclavitud de Satanás, en que todos habíamos caído.
Mas con ser tan elevadas y profundas las enseñanzas que nos da la Iglesia, nuestra Madre, en esta semana de Pasión, no son más que una preparación, una introducción, para la semana siguiente llamada Mayor, porque realmente es la más solemne de todo el año eclesiástico, y porque en ella realizó Jesucristo los mayores y más grandes misterios, y llamada también Santa, por los admirables frutos de virtud y santidad que produce y ha producido siempre en los corazones de todos los hombres, aun de los más perversos y empedernidos pecadores.
V toda la Liturgia de la Semana Santa es indudablemente la más solemne, la más expresiva, la más sublime, la más tierna y conmovedora de todo el año eclesiástico.
El domingo de Ramos nos recuerda la entrada solemne de Jesús en Jerusalén, aclamándole todos como Hijo de David pocos días antes de ser sentenciado a muerte de cruz. Y en la procesión de palmas y ramos que celebra la Iglesia en este día, hay una ceremonia muy significativa y llena de profundas enseñanzas. Al terminar esta procesión se cierran las puertas de la Iglesia, y permanecen así hasta que el subdiácono que lleva la cruz procesional da con ella tres golpes sobre las puertas, y éstas se abren y entra toda la procesión en el templo.
Y esto significa, que después del primer pecado, estuvieron cerradas las puertas del cielo hasta que Nuestro Señor Jesucristo las abrió con la llave de su cruz Sacrosanta.
El Jueves Santo nos recuerda la institución divina de la Sagrada Eucaristía y el Monumento, donde se coloca con la mayor solemnidad la Sagrada Forma, y permanece allí todo el día y toda la noche, adorada reverentemente por todos los fieles, hasta el día siguiente que es retirada procesionalmente y llevada al altar mayor para ser sumida por el celebrante.
El lavatorio de los pies de doce pobre; que se celebra en las catedrales y en varias iglesias y monasterios, nos recuerda el acto sublime en que Jesús lavó los pies de sus apóstoles, incluido con ellos el traidor Judas que poco después le había de entregar a su: enemigos.
En el Viernes Santo la adoración de la Santa Cruz es un acto profundamente conmovedor, porque el mismo Sumo Pontífice, los cardenales, obispos, sacerdotes, clero y fieles de todo el mundo, se postran ante el Lignum Crucis, y lo adoran y besan reverentemente, mientras el coro canta los Improperios y algunas estrofas del himno de la cruz. Terminada la adoración es llevada bajo palio la Sagrada Forma al altar de los oficios, donde después de varias ceremonias es sumida por el celebrante, pues en este día no se celebra la santa misa en atención a que recordamos el sacrificio de sí mismo que hizo Jesucristo a su Eterno Padre en el ara de la cruz.
Y en el Sábado Santo, la bendición del fuego nuevo, la Angélica y bendición del cirio pascual, las Profecías, la bendición de las pilas bautismales, la misa de Gloria y las Vísperas que se cantan dentro de la misa con el aleluya, tres veces repetido, son actos repletos de divinas enseñanzas para todos los fieles que los presencian, que por desgracia son hoy muy pocos, pues la mayoría de los cristianos desconocen o no saben penetrar el significado de las ceremonias y ritos de nuestra Sagrada Liturgia.
Todos estos actos y ceremonias del Sábado Santo se celebran en la primitiva Iglesia, durante la noche del sábado al domingo, en los templos llenos de fieles, preparando a los catecúmenos que eran bautizados aquella misma noche, y preparándose todos a la vez para celebrar la hora misteriosa en que nuestro Divino Redentor salió victorioso del sepulcro.
Es imposible detenernos a explicar cada uno de estos divinos Oficios y ceremonias tan solemnes, y nos limitamos solamente a mencionarlos en conjunto, pudiendo nuestros lectores hallar la explicación de todos ellos en los devocionarios litúrgicos y en las múltiples semanas santas, escritas en latín y castellano. Sólo queremos hacer resaltar e imprimir en los corazones de cuantos nos lean que todos los actos y ceremonias de la Semana Santa están llenos de un simbolismo instructivo y conmovedor, de inspiración poética que arrebata y eleva el espíritu, y de santo júbilo por el triunfo prodigioso que obtuvo nuestro inmortal Redentor sobre el pecado, el demonio y la muerte.
En la lección próxima hablaremos del tiempo y ciclo pascual.
Radira la egipcia
Radira, la joven egipcia, hija de Salim, rico mercader de alfombras, estaba triste.
Desde su vuelta de Jerusalén, donde había deslumbrado con el esplendor de su belleza a judíos y romanos, estaba melancólica y ensimismada, suspirando continuamente por aquella ráfaga de felicidad y de vida que había inundado su alma a la vista del Profeta. Lo había visto casualmente a la salida de Jerusalén en el camino de Betania. Ella deslumbrante de hermosura, engalanada con ricas joyas, cortejada por un grupo de admiradores frívolos que la aturdían con sus galanteos y con todo el fausto y boato oriental que exigía su riqueza, transponía el horizonte bullicioso de Jerusalén, donde había lucido como estrella fugaz y brillante, para ocultarse de nuevo en el espléndido palacio que su padre, el rico Salim, le había construido entre un bosque de palmeras y sicómoros cerca de las orillas del Nilo.
Era al atardecer, cuando ya el sol corría al ocaso y una multitud de gentes de abigarrados colores y de todas clases y edades llenaba la vertiente del monte, junto a Betfagé, hasta interceptar el paso del camino que lleva a Betania, que es el que seguía la fastuosa caravana de Radira la egipcia.
Forzados a detenerse, 110 se molestó Radira, que al darse cuenta del espectáculo sintió que el corazón le latía brincoso, como cuando se sacia un prolongado anhelo. Era el Profeta, y Radira había deseado mucho el verlo.
Sin poderse contener demandó ayuda de sus esclavos para bajar del dromedario en que iba montada; y como atraída por una fuerza irresistible, dejando atrás esclavos y admiradores, se sumergió entre aquella abigarrada multitud, hasta lograr, entre mil apretujones, llegarse cerca del Profeta.
Estaba allí sentado sobre una peña, manso y humilde como un rey de paz, y hablaba con una dulzura inefable palabras de amor y de vida.
Radira se detuvo, sobrecogida de un temor reverencial; y al sentir la mirada dulce y divina de aquellos ojos de paz y de vida que se posaban en ella, se sintió avergonzada y comenzó a temblar como una gacela. Ella, la mundana, cubierta de alhajas y vanidades se sintió indigna de aquella mirada divina que le inundó el alma de amor celestial; e inclinada la cabeza y ocultando sus galas fue a sentarse también sobre un pedrusco humilde, como el Profeta, y cerraba los ojos para escuchar con más unción aquellas palabras de tan dulce amor.
«En verdad, en verdad os digo, decía el Profeta, no seáis solícitos de las cosas de la tierra; no os acongojéis por lo que habéis de comer para sustentar vuestra vida, o de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. Mirad las aves del cielo; no siembran, n¡siegan, n¡tienen graneros, y Dios las alimenta... Mirad los lirios del campo cómo crecen y echan flor; no trabajan n¡hilan. Pero yo os digo que n¡Salomón en toda su gloria estuvo vestido como una de esas flores... ¿Cuánto más valéis vosotros que ellos? No tenéis por qué temer, porque el Padre celestial cuidará de vosotros. ¿De qué servirá al hombre ganar todo el mundo s¡pierde su alma? Buscad primero el reino de Dios y su justicia y esas otras cosas se os darán por añadidura»... Así con esta dulzura iba desgranando el divino Maestro su maravillosa doctrina, y Radira ya no tenía los ojos cerrados, sino que embelesada le miraba de hito en hito, sorbiendo en su alma las miradas dulcísimas del Señor... El sol había ya declinado en el ocaso y Jesús se levantó: Algunos enfermos se le acercaban y recobraban instantáneamente la salud. Y con paso majestuoso, rodeado de sus discípulos, Jesús se encaminó hacia Betania.
Radira, como una estatua, fija la mirada en el Profeta, se mantuvo en pie mientras toda la multitud se disolvía. Y cuando Jesús, como un astro de luz divina, se ocultó en un recodo del camino para no volverse a ver, Radira sintió sus ojos humedecidos por unas lágrimas de amor jamás sentido, y maquinalmente volvió a los suyos para reanudar su marcha hacia el Egipto...
En el palacio de lujo oriental que entre palmeras y sicómoros se alzaba en las orillas del Nilo, podía verse todas las tardes en el más alto minarete una joven, como una bella esfinge, inmutable y fría, abstraída en sus pensamientos, contemplando la puesta del sol.
Era Radira la egipcia, que desde su vuelta de Palestina gustaba de aislarse con frecuencia en aquel sitio y permanecer largas horas pensativa sin que viniera nadie a turbar su soledad. La hora del crepúsculo la invitaba a abstraerse en sus pensamientos no ciertamente risueños y mundanos sino de una emoción divina, como dulces ecos de aquella sublime doctrina que escuchó un día de los labios del Profeta. Su pensamiento estaba fijo todos los momentos en el divino Maestro; su mirada siempre se dirigía, a través del espacio, hacia las llanuras y montes de la Palestina. Allí estaba su amor.
Una tarde al fijar su mirada por el desierto vio a unos pobres viajeros que parecían venir de la Palestina. Mirándolos con indiferencia Radira no hubiera vuelto a pensar en ellos a no haberlos visto detenerse en las puertas de su palacio v haber oído la conversación que entablaron con uno de los servidores de Salim, su padre.
—Aquí no albergamos a nadie —decía el doméstico—; este es el palacio del rico Salim y no se admite a los mendigos.
—Deten tu lengua, esclavo, y no ofendas a unos pobres viajeros que no pedimos limosna, n¡albergarnos en el palacio, sólo un rincón pedimos para descansar a cubierto de la intemperie ; pues venimos de Jerusalén y estamos extremadamente rendidos.
Súbitamente interesada Radira, que escuchaba la conversación inclinada sobre la barandilla del minarete, recordó la suave doctrina del Profeta, y entró en ansias de adquirir noticias suyas.
Bajó precipitadamente al atrio y ordenó al esclavo que buscara comida para los viajeros y preparara un cobertizo donde pudieran pasar la noche; y con una ansiedad indefinida les pedía noticias del Profeta de Jerusalén.
Ellos que le conocían y le amaban, por haber experimentado sus bondades, le dieron relación de su prodigiosa vida; pero finalizaron con este augurio de tristeza. El es sin duda, señora, el Hijo de Dios, el Mesías prometido; pero los príncipes de los judíos y los fariseos le odian y han decretado su muerte. Al salir nosotros la excitación de los ánimos era grande, por haberse publicado un mandamiento de prisión contra Jesús de Nazaret, intimando a todos los que supieran su paradero que lo comunicasen a los príncipes de los sacerdotes. Y sin duda morirá.
—No morirá s¡Radira llega a tiempo —exclamó con visible emoción la joven egipcia.
—Se despidió de los viajeros, y comenzó a dar órdenes para los preparativos de su viaje a la Judea.
Cuando el sol amanecía, más allá de la vasta llanura que las aguas del Nilo cubren de portentosa vegetación, en la línea que confinaba ya con el límpido cielo azul oscuro, y donde las arenas del desierto semejaban las hondas inmóviles de un inmenso mar amarillo, se destacaban las siluetas de una reducida caravana.
Era Radira, que con un corto número de sus más fieles servidores caminaba apresuradamente hacia la Palestina. Al parecer la obsesión de salvar al Profeta la había enmudecido, y fija su mirada en las más altas cumbres nevadas del Líbano que cerraban la inmensa llanura de aquel vasto horizonte, acuciaba a su dromedario y hacía correr sus fieles esclavos, que la seguían absortos y preocupados por la obsesión y el mutismo de su señora...
Las cúpulas y minaretes de Jerusalén, heridos por el sol brillante de medio día, estaban a la vista, semejando llamas de fuego al reverberar la luz en los lienzos bruñidos de sus bronces y pizarras.
Poco más, y la pequeña caravana pisaba los umbrales de la ciudad deicida. Un ronco clamor descendía rodando de la cima del Gólgota, estrellándose sus ecos en las calles desiertas y solitarias de los suburbios de la ciudad.
Radira no encontraba a quien preguntar por el Profeta. Sólo un anciano, con los ojos llorosos, pudo señalarle al monte, diciendo que lo iban a crucificar. Volaba más que corría la joven egipcia hacia el monte, para poderle salvar.
Cuando llegaba jadeante a la cima, horrorizada ante el espectáculo de la cruz, y ardiendo en ira y furor contra los verdugos, oyó la voz dulce del Maestro que decía desde la cruz : "Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen".
Aquellas palabras de inmenso amor llegaron a su pecho como una corriente de celestial rocío, que apagó los ardores de su furor; y cayó postrada en tierra, repitiendo como un eco las palabras del Profeta: «Padre, perdónalos»...
Poco tiempo después, junto a Belfagé, en la falda del monte Olivete se levantaba una casita modesta, rematada con una cruz.. Era la morada de Radira la egipcia, ya cristiana, en aquel mismo lugar donde por vez primera había visto y escuchado al Profeta Hijo de Dios.
Carcagente
A modo de prólogo
A la bella ciudad de Carcagente le cabe el honor de ocupar el tercer lugar en la lista de los reportajes que dedicamos a las poblaciones valencianas que se distinguen por la difusión de nuestros ideales. Ya años que mantiene con entusiasmo esta posición, debido al ardiente amor que se profesa a San Antonio de Padua. Además, el colegio que los Padres Franciscanos tienen en la población, en lo que fue casa solariega del generoso e ilustre patricio carcagentino don Agustín García Oquendo, contribuye a mantener vivo el fuego de ese amor paduano por estar dedicado al gran Taumaturgo. No menos le cabe al acreditado Colegio de la Inmaculada que para señoritas dirigen las ilustradas Religiosas Benedictinas de la Enseñanza. Y s¡añadimos la labor callada, pero continua, de nuestro activo corresponsal fray Maseo Company, portero del Colegio.
Y ahora cedemos la pluma al culto y erudito cronista de la ciudad, que se ha dignado enviarnos estas hermosas cuartillas que tan bellamente describen los encantos sugestivos de su patria chica.
Canto a Carcagente
El paraíso
Miradle allá a lo lejos envuelto entre perfumes; el oro y la esperanza le brindan sus tesoros. Es Carcagente la ciudad ribereña por antonomasia, y su hechizo reverbera en el cristal límpido del Júcar, el manso río que besa sus plantas y fecunda con caudal de vida sus vergeles.
Su nombre se pierde en la noche de los tiempos; su fama alcanzó ya el pináculo de la gloria, y es que en su blasón ostenta timbres tan preclaros como la fe, la piedad, la honradez, el trabajo, la tenacidad y la esperanza; virtudes admirables y suficientes cada una de por sí de conducir un pueblo hasta la inmortalidad.
Los elementos se unieron en feliz consorcio para prodigarle toda gama de bellezas: Cielo puro, montes que le acogen en el respaldar de sus faldas, grandioso manto de follaje que se tornasola con los azahares y el oro de los frutos, gráciles palmeras, en fin, que hienden los aires cual penachos de triunfo; tales son los encantos que a propios y extraños ojos ofrece este paraíso.
Ello es Carcagente, Carcagente único e inconfundible, que s¡es rico por la armonía de sus colores, no lo es menos por su esfuerzo, por su fe, por su optimismo.

Capilla de la Virgen de Aguas Vivas, santuario de la fe y lugar de refugio para los hijos de Carcagente
Idolatrada
Nacarina y esplendente, nimbada de amor y orlada de flores, se muestra María de Aguas Vivas a la adoración de sus hijos desde regio trono.
Cual rico filón brotó de la tierra allá en las postrimerías de la Reconquista; cual perla deslumbradora quedó engarzada en el Monasterio de su nombre; cual talismán preciado se confió luego a nuestra villa, y Carcagente, que no Sabe de amor más que el de esta Madre, supo labrar en su honor rica capilla para rendirle adoración y acatamiento.
Siempre que hubo de dejar su mansión, la de Aguas Vivas, le siguió una multitud entusiasta y enardecida. No preguntéis quién era. M¡patria os dará razón de ello. Era Carcagente, sí, Carcagente, que tiene a gran honor cobijar la fe cabe a su imagen.
Las generaciones se postraron ante la misma desde el punto y hora del Hallazgo, sus esperanzas jamás quedaron defraudadas, y por ello cuando quisieron darle nombre no hallaron otro más adecuado y expresivo que el de Madre y Soberana emperadora.
A María de Aguas Vivas, pues, jamás le faltó el rico pedestal do posar sus plantas; jamás quedó sin corte escogida y entusiasta, y su nombre, repetido con murmullo interminable a través de los tiempos, vino a ser premio y anhelo, suspiro y recompensa para el corazón de un pueblo agradecido.
Dolor y gozo
No sabéis lo que llegara a sufrir un día Carcagente, cuando el azote del dolor restalló fulminante en sus hogares.
Nube de consternación y espanto invadió su ámbito, y la población, presa de inmenso terror por el mal que todo lo envenena con su hálito, se sintió con el ánimo deprimido.
Juzga qué el brazo de la divina justicia permite tal desolación en justa represalia; pero allá en el horizonte ve pronto alborear un rayo de consuelo. María de Aguas Vivas está con Carcagente; María de Aguas Vivas no consentirá que se anonade su heredad.
La población, de pronto, reacciona; corre en pos de su esperanza, y para que sea más eficaz la súplica, va en busca del Crucificado, la imagen pobre y olvidada que allá en la ermita de San Antonio se custodia.
Va el temor desaparece y la alegría renace en los hogares, y es que la súplica se escuchó y fue colmada con creces la esperanza. Por eso la población se postra reverente ante el Cristo y le da un nombre, nombre que llegó hasta nosotros con toda la unción y respeto de lo sagrado y que suena a los oídos con ternura, Buena Muerte.
Tras el Seráfico
No son las llanuras de Asís n¡la Porciúncula las que congregan tantos corazones ansiosos de seguir la ley nueva, aquella norma dé vida que el Pobrecito de Asís inculca a las muchedumbres. Es Carcagente, sí, Carcagente, que dejándose guiar por el aroma de virtud que aureola a los hijos del Serafín llagado, se apresura a levantar cabe a sus muros un monasterio de su regla.
Ha sido suficiente que el Patriarca Ribera indicara su conveniencia para que los Jurados se aprestaran a cumplimentar este deseo. Ya se levantan las paredes, ya queda la iglesia terminada, y entre tanto, los franciscanos, los humildes hijos del Serafín, se dan por muy pagados en poder morar en un hospital de peregrinos.
Mirad como crece la V. O. T. recientemente establecida; mirad como la población atiende con preferencia al sustento de los religiosos con el donativo de una cantidad periódica; mirad, finalmente, como los moribundos piden como especial gracia que se les entierre con el hábito de San Francisco.
Nada se hace, nada se proyecta sin el concurso de los Menores, y es que el espíritu del Serafín todo lo anima y preside; por eso, cuando la exclaustración cierra las puertas a esta Orden benemérita, no consigue
ahogar en Carcagente el sentimiento franciscano y la V. O. T. continúa viviendo en nuestra patria cual s¡el espíritu de los religiosos la informara.

Carcagente. Vista parcial de la ciudad
Almogárares
Ha tomado asiento en nuestra tierra el almogávar. Con nostalgia rememora los tiempos bélicos en que golpeaba la piedra con su espada, y no puede sustraerse al canto obsesionante de lucha y ambición que le domina.
Pero hoy ya no es lucha de furor y de exterminio sino de creación y grandeza; sus fuerzas inactivas vuelven a golpear de nuevo con el hierro, no para segar vidas, sino para hacer que éstas broten restallantes de la tierra.
¿Veis esos vergeles? Ayer eran páramos desiertos, arenales infecundos que rechazaban todo conato de vegetación. Pero llegó hasta ellos el hierro del almogávar y, penetrando en sus entrañas, arrancó del subsuelo el preciado líquido. Comenzó desde entonces a alegrarse lo sombrío ; el erial se transformó en vergel florido, y allí do muerte y desolación se respiraba, comenzó y a sombrear la nueva vida.
Mas en pos del esfuerzo continuado el círculo se estrecha y ya no queda punto donde hollar se pueda el hierro. No esperéis, sin embargo, que se entregue a la molicie. El ha reparado en sus montes; éstos permanecen aun intactos y allí se ha dirigido para revolverlos, transformarlos. Bajo su inagotable esfuerzo han ido desapareciendo, y en donde el sol reverberaba sobre calveros ingratos hoy se descompone en rayos mil entre el boscaje.
En las Hespérides
Del ubérrimo vergel carcagentino brota el oro que en enormes pepitas pende de la esmeralda de verdura.
Manzana del paraíso, venero sois del sol hispano y amuleto infalible contra toda dolencia.
La dorada naranja, que tal renombre da a m¡patria, surca el continente en fantástica carrera, se interna en los mares y cual moderno argonauta toca todas las costas y escudriña todos los puntos donde asienta el pie humano. Pero no creáis que va a buscar riqueza como los mitológicos; va a diría. No va a explotar sino a ser explotada.
Naranja carcagentina, en misión de paz surcas el mundo para que éste sepa de este nuestro vergel querido. Lo mismo te ofrendas a los poderosos que a los desgraciados, y con tu zumo de ambrosía das cuanto de grande y admirable tiene España : sol, perfumes, luz, colores, amor y vida.
¡Fruto dorado, orgullo de m¡tierra y blasón del labrador sufrido, bendito seas!
Deprecación
¡Oh Carcagente, ciudad de ensueño, patria adorada, cuán bella eres!
Tus hijos te idolatran, los extraños te admiran y todos a porfía te enaltecen, y es que Dios plugo colmarte de todo hechizo.
Pues que tal fascinación sobre mí ejerces, haz que dure tal encanto por m¡vida. Que siempre vea en t¡la antesala del cielo, y cuando el sueño de la muerte venga a oscurecer de mis ojos tu bella imagen, sean tus azahares m¡sudario, sean tus naranjales los que me presten sombra bendita en el descanso eterno.
Francisco Fogués, Presbítero
(Cronista de la ciudad)
Enseñanzas de la Cruz
Tengo sed
La obra de la Redención humana tocaba a su fin. Los pérfidos soldados habían cumplido el mandato que los sacerdotes de la antigua ley judaica les dieron de crucificar a Aquel fingido Mesías (según ellos) y que sin pensarlo había de ser su esforzado Redentor.

La extraordinaria afluencia que por celebrar la Pascua acudió a Jerusalén, conmovida por aquellos no menos sorprendentes sucesos que presenciando estaba, sin reparar en lo que pasaba, iba y venía del monte Calvario, teatro del culminante desenlace de aquella patética escena.
En la cima del montículo se alza majestuosas tres grandes cruces con sus respectivos ajusticiados, de los cuales, el que ocupaba la presidencia constituía el blanco de las iras y odios de los unos y el punto de convergencia de las tiernas y compasivas miradas de los otros.
A este tiempo, Jesús, que así se llamaba el reo principal, condolido más por las maldades y culpas de sus tenaces verdugos que por los crueles padecimientos que aquel estado de la crucifixión le infligieran, echando de ver que todo era cumplido y que tan sólo quedaba en vacío el salmo profético que dice: «Estando sediento me dieron a beber vinagre», desea ardientemente el cumplimiento de esta última profecía acerca de su Pasión y Muerte prorrumpiendo: «Sitio», esto es, «tengo sed».
Sí, Jesús mío, tú que con taciturnidad desconocida sufriste los más duros tormentos que desde el día anterior los despiadados judíos descargaron sobre tu delicado cuerpo y que en otro tiempo sitio dijiste a la mujer Samaritana cuando fatigado por el largo caminar y calor propio de Palestina, acosado por la sed natural descansaste sobre el brocal del pozo de Jacob, en tus correrías evangélicas por aquellas tierras, entablando con ella el más puro y sublime de tus coloquios, prometiéndole en cambio de aquella agua ineficaz para apagar la sed otra agua cristalina de vida eterna que Tú sólo puedes regalar, te quejas ahora, cuando tu verdor se ha secado como un vaso de barro cocido y tu lengua se ha pegado al paladar, no para mitigar las penas de tu agonía, ya que dispuesto estabas a padecer más s¡preciso fuera para la salvación de los hijos de Adán, sino que para acrecentar aquéllas con la bebida del vinagre recuerdas a tus verdugos la costumbre de dar un poco de este insípido licor a fin de animar a los ajusticiados en su tormento y de esta manera satisfacer la condenación de nuestra gula.
Sitio, tengo sed, repites sin cesar a tus confidentes en las soledades del sagrario, pero sed no de agua sino de almas que haciendo suya tu gloriosa divisa «Amor y Cruz», amen como Tú amaste y sufran como Tú les has enseñado a sufrir, lema que constituye la expresión más sincera de aquella tu sed corporal, y almas que mitiguen la insaciable sed de reparación y de justicia que te abrasa y que tanto abunda en nuestros días.
Colmemos en cuanto podamos las justísimas aspiraciones del Corazón abierto de Jesús y El agradecido nos hará partícipes de esa mística fuente de fragancia celestial.
Francisco de A. Esteve
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