Índice del número 173

Junio de 1935. Año 16. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm

San Antonio y la obra del Pan

S¡fuese preciso demostrar la intervención de la Providencia entre los hombres, aún en el orden material y en las más pequeñas necesidades de la vida, bastaría poner de relieve y como ejemplo la bienhechora Obra del Pan de San Antonio que hace años se viene difundiendo maravillosamente por todas partes. Parece que esta santa Obra se ha desarrollado y consolidado aún más en estos últimos tiempos en previsión de la espantosa crisis económica que estamos atravesando para encontrar en ella el remedio al cruel tormento del hambre que sufren tantos desgraciados.

No en balde se afirma que San Antonio de Padua es el limosnero de la divina Providencia, el procurador celestial de medios materiales que logran la consecución de gracias espirituales. Sin duda que él es el misterioso inspirador de esta grande Obra de caridad y de hermandad universal cristiana, y aún ahora, en esta época de crisis pavorosa, bajo más modestas y humildes proporciones San Antonio es el autor de este nuevo argumento en apoyo de la fe católica y de la esperanza en la Providencia de Dios.

El hecho de acudir al patrocinio del Paduano, mediante ofrecimientos de dinero o de pan para sus pobres, por el favor obtenido, se remonta a los tiempos inmediatos al Santo taumaturgo. Todos sabemos el voto que hizo una desconsolada madre, ante el cadáver de su hijo muerto, al invocar a San Antonio prometiéndole dar para los pobres una cantidad de trigo correspondiente al peso, del cuerpo del difunto, s¡le restituía la vida. Afortunadamente el Santo la oyó y la mujer cumplió el voto. Animados con este ejemplo, que fue el hecho inicial del Pan de los Pobres, los devotos del Santo acuden a tal recurso o estratagema en sus peticiones y sus resultados maravillosos sé reflejan de ordinario en la sección correspondiente de esta Revista. Mas, como institución, la Obra del Pan de San Antonio data de los últimos años del siglo pasado, por iniciativa del virtuoso canónigo de Padua, don Antonio Locatelli, en Italia y de la señora Bouffier en Francia.

En menos de medio siglo se ha extendido tanto esta obra que hoy la encontramos en todos los pueblos, grandes y pequeños, de las naciones católicas, en forma sorprendente y maravillosa, no obstante los agobios económicos en que se desenvuelve la moderna sociedad, lo cual prueba su providencialidad. Aumentan los pobres, se multiplican las necesidades; pero a proporción crecen prodigiosamente las limosnas y los ofrecimientos de pan, base esencial para el sustento del cuerpo.

Vamos a citar tres ejemplos de lo que puede el Pan de San Antonio.

Primero, la Obra Locateliana, de Padua, que sirvió de modelo a las demás instituciones similares, distribuyó el pasado año la pasmosa cantidad de 2.300 quintales de pan a sus pobres.

Segundo, el trabajo realizado por la Obra en Roma, en su sede principal del Colegio internacional de San Antonio, donde se ve palpablemente la intervención providencial de la gracia divina en favor de la gente menesterosa.

En sus primeros 30 años de existencia llevaba una vida próspera y desahogada. Al desencadenarse la guerra mundial, se temía y con razón, que la Obra resultase impotente para atender las necesidades cada día más crecientes, sin embargo pudo salvar la angustiosa situación con colmada medida. Terminada la guerra, el precio del pan subió vertiginosamente; también por aquí había qué temer; no obstante afluían las limosnas en proporción aritmética al mayor gasto ocasionado por la elevación de las harinas. Finalmente se presentó la crisis económica, pavorosa, catastrófica, en Italia y fuera de ella, y a pesar de ello, la Obra gastó el año pasado en pan la cantidad de 350.000 liras que no son una bagatela.

Tercer ejemplo, en nuestra Valencia. Rara es la iglesia donde no esté establecida la Obra del Pan de San Antonio, pero limitándonos solo a la iglesia de San Lorenzo, de Padres Franciscanos, el año pasado, además de las limosnas distribuidas en metálico, se repartieron en bonos a los pobres 6.940 kilos de pan.

Como estos ejemplos se podrían citar cientos de miles donde funciona la Obra del Pan. Lo que prueba claramente la asistencia sobrenatural que dispensa la divina Providencia a beneficio de los que están necesitados.

Se trata, además, de una institución que tiene carácter marcadamente social, confiada a los amorosos cuidados de San Antonio de Padua; medio sorprendente, inspirado por la Religión, con el cual el hermano que tiene va en socorro del hermano que no tiene.

Con razón dice un escritor, Enrique Perreyve: «El cristiano es un hombre al que Jesucristo ha confiado los hombres». Bien dicho.

F. Ll. M.

Basílica de San Antonio en Padua

Basílica de San Antonio en Padua (Italia)

Glorioso tránsito de San Antonio

Dos cosas hacen infeliz el momento, dichoso para el cristiano, de la muerte del hombre. El sentimiento de los bienes dejados en la tierra y el temor ante la insegura suerte que nos espera. Una cosa puede hacer dulce, apacible, suave nuestra partida del mundo, la unión con Dios, la participación de la vida de Jesucristo.

S¡el hombre pensara serenamente en sus relaciones con el Creador, seguramente que no le pareciera espantable el momento de la muerte, pues cuando meditamos con la debida reflexión en nuestras relaciones de subordinación, de dependencia y finalidad respecto de la Causa Suprema, no puede horrorizarnos la muerte, que nos liberta de la esclavitud de la materia, que nos despoja del cuerpo y deja libre al espíritu para volar a la posesión absoluta del Bien Supremo.

Más todavía; desde el momento que el hombre comienza a sentir en sí la palpitación de la vida -sobrenatural, y dice con el Apóstol: «m¡vivir es Cristo; no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí», y recibe el aliento de la vida de la gracia, que es la misma vida esencial e íntima de Dios, y se mira ser luz en el Señor, caridad en el Espíritu Santo y omnipotente en Aquél que le conforta, y escucha el acento inspirado de San Pablo, que dice: «el que mandó a la luz brotar de las tinieblas, es el mismo que ha comenzado a lucir en vuestros corazones», y exclama místicamente, cristianamente lo que Jesús, el primero de los cristianos, decía de una manera real y absoluta: «Yo y el Padre somos uno».

Siempre que el hombre se sienta cristiano, piense en cristiano, ame en cristiano, viva en cristiano, anhele y suspire en cristiano, no podrá sino desear ver rotos los vínculos de carne que le tienen aprisionado a la tierra impidiéndole gozar plenamente, como varón perfecto, del fruto de su dignidad altísima ; porque mientras somos peregrinos, la dignidad, la felicidad cristiana está en nosotros como semilla en el Surco, hondamente escondida, para dar en el debido tiempo el fruto sazonado de la bienaventuranza, ya que como dice San Juan: «Cuando aparezca Jesucristo, que es nuestra vida, entonces apareceréis también vosotros con El gloriosos, y seremos semejantes a él, porque le veremos como él es».

Difícil será que nosotros sintamos la aspiración a lo alto, irresistible, vehemente que esta vida cristiana despierta en el alma de los justos, y como ella inunda de felicidad el corazón de los santos, aun en medio de los trágicos instantes postreros de la vida. Por ella San Antonio de Padua, como dice el cronista González, en el momento de expirar entonó el festivo himno de loores a la Santísima Virgen: «O gloriosa Domina, excelsa super sidera»; por ella cuando le dijeron que recibiera la Extrema Unción pronunció estas palabras saturadas de superiores esperanzas: «Tengo ciertamente dentro de mí esta Unción santa, pero dejadme que la reciba también sacramentalmente, pues me es útil recibirla en los sentidos exteriores». Dicho esto se quedó en un íntimo coloquio con el cielo y expiró dulcemente, volando su alma, libre de los lazos de la carne, a la felicidad del Señor.

Tuvo lugar este transito dichoso al caer de una tarde rosada de Junio, mientras un clamoroso gorjeo de alondras acompañaba de armonías el último acento del gran Apóstol de Dios, y coros de milicias celestes proclamaban por las calles de Padua: «¡Murió el Santo! ¡Murió San Antonio!» Sus miembros se conservaron flexibles, y su rostro, hermoseado con una apacible sonrisa, atestiguaba la radiante felicidad que gozaba el alma de San Antonio de Padua en las gloriosas mansiones celestiales.

Fr. Samuel Leal, ofm

Tumba

Capilla de la Tumba de San Antonio - photo by wikipedia common

Fiesta de San Antonio. Iglesia San Lorenzo (Valencia)

La Pía Unión, Juventud e infancia Antoniana dedican a su glorioso Patrón San Antonio de Padua
desde el día 5 al 13 de junio.

Novenario. Principiará el día 5 para terminar el día 13, festividad de San Antonio. El ejercicio de la Novena será todos los días por la tarde a las seis y media con exposición de S. D M., trisagio, sermón, novena, sorteo, reserva y responsorio en el altar del Santo. Está encargado de los sermones el P. Juan Mª Carbonell Sancho,ofm.

Fiesta de la Infancia Antoniana. Domingo día 9. A las ocho, misa de Comunión general con plática que dirá el P. Juan Mª Carbonell, para los niños y niñas de la Infancia antoniana, Archicofradía de la Inmaculada y alumnos de las escuelas del Centro Antoniano. (Se encarece a las madres de nuestros pequeños antonianos que los traigan en este día a recibir la sagrada Comunión vestidos con sus trajecitos de primera Comunión, los de este año y los del próximo pasado, s¡es posible; obsequiándose con una hermosa estampa-recuerdo a los que se reserven hacerla en este solemne día, y a todos con un bonito recordatorio.)

Triduo eucarístico. Días 10, 11 y 12. Se expondrá a S. D. M. por la mañana a las seis los tres días; siendo el ejercicio de la tarde a las seis y media como los demás días de la Novena.

Se suplica a todos los antonianos y devotos do San Antonio, que anticipadamente tomen turno en la VELA inscribiéndose en las listas que para este efecto se colocarán en la sacristía.

Festividad de san Antonio. Día 13. Ningún antoniano debe dejar de visitar en ese día a su Santo Patrón v recibir los santos sacramentos de confesión y comunión para lucrar la indulgencia plenaria que hay concedida por los SS. Pontífices para este día. La iglesia de San Lorenzo estará abierta desde primeras horas de la mañana.

Por la mañana a las ocho, misa de Comunión general que se aplicará en sufragio de don Antonio Verges Escofet, ex presidente de la Juventud Antoniana. Las Juntas de las Asociaciones Antonianas obsequiarán a todos los que se acerquen a la Sagrada Mesa con un fino recuerdo de este día. A continuación, sorteo de dos preciosas imágenes de San Antonio para sólo los presentes.

A las diez y media se cantará solemne misa, interpretando la capilla del maestro Sansalon¡una escogida partitura y motetes. Predicará el sermón panegírico el P. Samuel Leal Luna, Licenciado y Prefecto de estudios del colegio La Concepción, de Onteniente.

Por la tarde a las seis, exposición de S. D. M., trisagio, sermón y último ejercicio de la Novena. Luego de la Reserva BENDICION DÉ LOS LIRIOS, procesión por el interior de la iglesia y sorteo.

Breves lecciones de Liturgia

Tiempo Pascual

Todavía estamos dentro del Tiempo Pascual: tiempo que empieza en la fiesta de Pascua de Resurrección y termina con la octava de la Pascua de Pentecostés. Tiempo de gozo y de alegría; tiempo en que resuena constantemente el aleluya, como un eco prolongado del primer aleluya que se entonó el Sábado de Gloria, como preludio triunfal de ¡a Resurrección del Señor. Aleluya en todas las partes del oficio divino: Aleluya en cas¡todas las partes de la santa misa; aleluya canta el cuerpo por medio de las expansiones honestas y cristianas, y aleluya entona el alma por el regocijo que le produce el triunfo completo del Divino Redentor. Aleluya que se repetirá en el cielo, sin que nada n¡nadie pueda extinguir su cántico, sino que todo contribuirá a que se repita y prolongue por toda una eternidad.

Y como coronamiento y remate del Tiempo Pascual, la Iglesia Católica celebra una festividad solemne, una de sus mayores festividades, con rito de primera clase y octava privilegiada de primer orden: es la festividad de la Pascua de Pentecostés, la Pascua granada, que es como la recolección de los Frutos del Espíritu Santo, que baja del cielo en figura de lenguas de fuego, que se posan sobre la cabeza de la Santísima Virgen y de los Apóstoles y discípulos, reunidos en el Cenáculo, según les había sido ordenado por su Divino Maestro antes de subir a los cielos en el día de su Ascensión gloriosa.

Y esta festividad solemne significa la promulgación solemne de la Ley cristiana y evangélica; es como la toma de posesión y la entrada oficial del Espíritu Santo en este mundo, para renovarlo y restaurarlo totalmente, infiltrándole un nuevo espíritu, una nueva alma, una nueva vida, y formando una sociedad nueva, totalmente distinta de la anterior, vivificada, por una fuerza sobrenatural que viene de lo alto y adornada con los dones del Espíritu Santo, don de entendimiento, don de ciencia y don de sabiduría: don de consejo, de fortaleza, de piedad y de temor de Dios.

Y esta sociedad nueva, completa y perfecta es la Iglesia Católica, universal, una, santa, apostólica, sociedad de todos los cristianos y de todos los redimidos, fuera de la cual nadie puede salvarse; sociedad inmortal y eterna, que no tendrá fin, que durará hasta ¡a consumación de los siglos, para recibir en su seno maternal a todos los hombres que vienen a este mundo y darles su gracia y su vida con todos los medios necesarios para conseguir la Bienaventuranza eterna.

Y toda esta operación sobrenatural y divina que se verifica en los individuos y en la sociedad cristiana, es obra del Espíritu Santo, cuya venida solemne al mundo celebramos en la festividad y octava de Pascua de Pentecostés. Y toda la liturgia de esta festividad y de su octava, todo el oficio divino, toda la misa, los ornamentos sagrados, la hermosa Secuencia, el órgano con sus trémolos, todo nos habla con su lenguaje simbólico y expresivo, del Espíritu Santo y de sus operaciones divinas en las almas de los fieles cristianos.

Y ¿qué nos enseña el Tiempo Pascual? El Tiempo Pascual está lleno de enseñanzas sublimes y consoladoras. Nos enseña, en primer lugar, el triunfo completo de Nuestro Señor Jesucristo sobre el pecado, la muerte y el infierno. Triunfo que es también el triunfo del Catolicismo y de la Iglesia sobre todos' sus enemigos, pasados, presentes y venideros. Jesucristo, después de una muerte dolorosa e ignominiosa, resucita triunfante y glorioso; se aparece repetidas veces a sus apóstoles y discípulos, conversa y come con ellos; les instruye acerca de la sociedad y reino que venía a fundar en este mundo; los nombra ministros suyos y les da potestad para perdonar los pecados, y para obrar en su nombre los más estupendos prodigios, mandándoles que prediquen y enseñen su doctrina y divinas enseñanzas a todas las gentes y en todas las partes del mundo.

El Tiempo Pascual nos enseña, además, que la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es el anuncio y la prenda más segura de la resurrección de todos los cristianos, que viven según su Divino Maestro. Porque Jesucristo es la cabeza y los cristianos son los miembros del cuerpo místico de la Iglesia: la cabeza fue perseguida y maltratada, sufrió crueles tormentos, y murió por fin en una cruz; pero resucitó triunfante y gloriosa; se adornó con las dotes de los cuerpos glorificados, era resplandeciente como el sol, ágil como los espíritus, entraba y salía a través de las paredes y puertas cerradas, y era impasible e inmortal, con una vida que ninguno de sus mayores enemigos le podría ya arrebatar. Pues así también los cristianos, que son los miembros de su cuerpo místico, sufrirán y serán perseguidos, mientras viven en este mundo, por los enemigos de Jesús y de su Iglesia, y morirán, separándose sus almas de sus cuerpos; pero día vendrá en que resucitarán del sepulcro como su cabeza, que es Cristo, y sus cuerpos serán glorificados V adornados con la claridad, agilidad, sutileza, impasibilidad e inmortalidad, con una vida que no tendrá fin, y que ninguna fuerza humana n¡terrena les podrá arrebatar jamás.

Y como prueba evidente y anticipada de esta verdad tan consoladora, quiso nuestro Divino Redentor que muchas de las almas que sacó del limbo en el día de su Resurrección, se uniesen con sus cuerpos que estaban en los sepulcros de Jerusalén y resucitasen resplandecientes y gloriosos, y que le acompañasen, como trofeo de su victoria, en el día de su Ascensión, cuando su Cuerpo, más brillante que el sol, subió majestuosamente a los cielos, manifestando claramente por breves momentos la gloria y resplandor que han de adornar a los cuerpos y a las almas de los que viven y mueren según su doctrina y divinas enseñanzas.

Y mientras llega el día de la resurrección de la carne, el Espíritu Santo llena y vivifica a las almas de todos los fieles cristianos y mantiene en ellos la vida sobrenatural de la gracia, que es la que ha de glorificar a los cuerpos, como transfiguró a los Apóstoles y discípulos en el día de Pentecostés, adornándolos de un resplandor celestial y comunicándoles el don de lenguas y un poder extraordinario para realizar prodigios estupendos, nunca vistos n¡oídos en la tierra.

Ved qué lecciones tan sublimes y consoladoras nos enseña el hermoso Tiempo Pascual, para todos aquellos que quieren aprenderlas y practicarlas.

Fr. Juan B. Botet, ofm

Una leyenda o cuento sobre San Antonio

«Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia.»

Es un rinconcito de Asturias, una pequeña aldea donde la mano del Señor, por medio de los encantos de la naturaleza, ha colocado un suelo lleno de hermosuras.

Un joven maestro, después de los trabajos de oposición ha logrado en propiedad la escuela de aldea tan privilegiada por la naturaleza pero poco atendida por la benéfica influencia de la moderna civilización. La constancia y laboriosidad del maestro, movido de encendida caridad, así como su cariño y abnegación hacia sus queridos discípulos, han logrado granjearse el afecto y veneración de los niños, que le aman como a verdadero padre. ¡Sólo el amor y abnegación pueden ganar las tiernas voluntades de los pequeñuelos!

Un día tras otro, desconocido de los hombres, mas presente de continuo ante los ojos de Aquel que escudriña los corazones, seguía nuestro joven apóstol su obra educadora, labrando para el Divino Maestro aquellas almas, preparándoles los caminos para la eternidad feliz en el reino de los cielos y modelando decorosos elementos para la sociedad venidera. Unía a su laboriosidad gran talento y prodigioso ingenio, buscando el mayor atractivo en sus enseñanzas y deduciendo de todo la que explicaba, máximas de la más pura moral cristiana.

Una fría mañana de invierno, de ese larguísimo invierno que en toda región montañosa se deja sentir, nuestro maestro, después de invocar a la Eterna Sabiduría y de saludar al Trono donde se asienta, y una vez finalizadas las lecciones que había asignado, dispuso a los niños en forma que pudieran sus almas infantiles recibir las saludables enseñanzas de Doctrina Cristiana, que diariamente les hacía. Enseñando estaba las Obras de Misericordia, y llegó su vez, a la que dice: "Dar de comer al hambriento". Breves preguntas, indagadoras de la opinión de los niños, precedieron al relato que para me verlos a compasión por los pobres, les hizo de esta o semejante manera: «Queridos míos: Antoñito era niño juicioso, hijo de familia rica que vivía en este pueblo hace algunos años. Todos los días muy de mañana, porque era madrugador, al despertar, se postraba de hinojos ante la Inmaculada Madre, dirigiéndole la plegaria "Bendita sea tu pureza". Dirigiéndose después a un cuadro del Santo de su nombre, le honraba con el responsorio «S¡buscas milagros», que vosotros ya sabéis.

Muy estudioso, nunca vino a la escuela sin saberse la lección.

Todos los domingos le daba su madre un real para sus gastos, pero al salir de misa, depositaba diez céntimos en el cepillo del Pan de San Antonio, para beneficio de los pobres con quienes era caritativo.
Una pobre anciana vivía entonces, cuyo sustento no era otro que el pan de limosna proporcionado diariamente por un huerfanito, nieto suyo, llamado Tomasillo, de la edad que Antoñito, con quien acudía a la escuela cuando se lo permitía su ocupación de ir al monte en busca de leños con que prender fuego para calentarse y proporcionar el pan para sí y su abuelita.

Tomasillo también era muy devoto de San Antonio, y aunque no podía depositar dinero en el cepillo como Antoñito, oraba fervorosamente ante el altar del Santo, encomendándole a sus difuntos padres y a su abuelita, suplicándole que no le abandonara, puesto que era pobre.

Se deslizaban los días invernizos, con la pesadez de sus interminables penumbras, pero al mismo tiempo con la rapidez del huracán que cruje amenazando tempestad. El vendaval arreciaba y la lluvia estrepitosamente caía y Tomasillo no pudo salir en busca del pan para su abuelita. La noche tendió su negro manto sobre la aldea, sin que el aguacero cesara y al despuntar la aurora el día siguiente, se alzó de su duro lecho Tomasillo, que no había dormido pensando dónde ir en busca de pan para su abuelita. Decidido salió de su pobre albergue después de encomendarse al Santo amigo de los pobres, pero el agua cayendo seguía y el viento no cesaba, y Tomasillo, caladas sus harapientas vestiduras y tiritando de frío, recorrió todas las viviendas sin hallar el anhelado sustento, volviendo silencioso y triste a su casa, aumentándole el dolor el pensamiento de la amargura del corazón de su abuelita, la cual, trabajosamente, por la pesadez de sus miembros, había salido a su encuentro, y cuanto le vio triste y cabizbajo le interrogó:

—¿Qué te ha pasado, hijo mío?

—Abuelita —replicó Tomasillo—, no he hallado nada. Nada...

—¡Dios proveerá, hijo mío —repuso la abuelita—. Confiemos en la protección del poderoso San Antonio, no olvidando aquello que rezas diariamente: «El peligro se retira, los pobres son remediados»... Vete a la escuela, vida mía; ya que el alimento corporal nos falte, no te prives de las saludables enseñanzas del maestro que fortalecerán tu espíritu. Vete con Dios y esperemos en su Divina Providencia.

Tomasillo obedeció viniendo a la escuela, aunque sin poder desprenderse de la tristeza y aflicción que invadía su espíritu. Silencioso en un rincón permanecía dando rienda suelta al dolor que amargaba su inocente corazón. No medió largo tiempo sin que Antoñito se percatase de la escena de dolor que sus ojos presenciaron al tornar su mirada por donde estaba su amiguito, y compasivo, se acercó silenciosamente, preguntándole:

—¿Por qué lloras, Tomasillo? ¿Por qué estás triste?

Toda respuesta fue un profundo sollozo que hirió su corazón compasivo, más le interrogó de nuevo:

—Dímelo, Tomasillo; ¿qué te pasa?

¡Anda! Que me da mucha pena verte así; ya te daré muchas cosas.

Tomasillo, después de exhalar doloroso suspiro, entrecortado e indeciso:

—Antoñito —respondió—: tengo hambre... y m¡abuela tampoco ha comido...

Como saeta violentamente disparada, hirieron estas palabras al alma de Antoñito, quien no pudiendo explicarse n¡dar crédito a lo que sus oídos percibían y sus ojos tenían delante, exclamó:

—¿Cómo puede ser esto, Tomasillo? Pues ¿no te he visto yo rezar a San Antonio?

Esto decía cuando siendo llegada la hora, ordenó el maestro la salida de la escuela. Mientras los demás niños con grande algazara volvían presurosos a los hogares donde serían objeto de tiernas caricias, Antoñito y Tomasillo salieron silenciosos, hasta que una vez en la calle, prosiguió Antoñito:

—Mira, amiguito: ahora te vienes conmigo a m¡casa, y yo diré a mamá que nos dé de merendar y después llevarás también a tu abuelita para que meriende.

Tomasillo, ante la generosidad de su caritativo compañero, dijo agradecido:

—¡Oh, Antoñito! Tú siempre serás bueno; pero no debo ir a tu casa. S¡algo me quieres dar, dámelo para llevárselo a m¡abuelita; mira que estoy sucio y mal vestido y no le gustará a tu mamá que vaya contigo.
A lo que Antoñito respondió:

—M¡mamá te quiere porque eres muy bueno y porque sabe que rezas a San Antonio. Vamos, ven conmigo y no quieras que me enfade s¡no vienes.

Tomasillo, vencido con tan piadosa insistencia, acompañó a Antoñito, siendo acogido cariñosamente por su madre, la cual, enterada de la desgracia del huérfano y la pobreza en que su abuelita vivía, para honrar más al gran taumaturgo San Antonio, a quien profesaba especial devoción, donó un hermoso traje a Tomasillo, y desde entonces les proporcionó lo necesario para su sustento.

Antoñito fue enviado a la ciudad para cursar los estudios universitarios; pero como siguiera siendo tan bueno, y deseando asemejarse más a su Santo patrono San Antonio, resolvió ingresar en la orden religiosa de los franciscanos, después de obtener el permiso de su madre, ya viuda.

Tomasillo, protegido por la madre de Antoñito, llegó a ser excelente mozo y muy entendido en las faenas campestres, desempeñando el cargo de mozo mayor de esta casa.

No hacía un año que Antoñito había tomado el hábito, cuando su madre pasó a recibir el premio de sus buenas obras en la otra vida. Cuando llegó el tiempo de su profesión, Antoñito, no teniendo parientes próximos a quienes encomendar su hacienda, cedió todos sus derechos a Tomasillo. Este fue el premio que Dios otorgó a estos dos amigos: Antoñito, con el nombre de Fray Antonio, llegó a ser celoso religioso y sacerdote ejemplar, tomando como modelo de su vida en todo al Santo de su nombre y hermano en religión, San Antonio de Padua. Tomasillo llegó a ser fervoroso cristiano y prudente padre de familia, acrecentando con su solicitud y cuidado la hacienda recibida para bien de los pobres con quienes, agradecido al Santo amigo de los menesterosos, era muy caritativo, repartiendo cuantiosas limosnas, llegando a merecer el apelativo honroso de «padre de los pobres».

—Amados niños —prosiguió el maestro a quien prestado habían sorprendente atención—. Aprended y grabad en vuestro corazón el amor y compasión hacia los menesterosos que son imagen de nuestro Redentor, que nos exhorta diciendo: «lo que hagamos con los pobres, es como s¡lo hiciésemos con él». S¡mucho queréis a Jesús, amad también mucho a los pobres. No hagáis como los niños malos que se burlan de ellos, sino socorredlos con vuestras limosnas y animadles con palabras de aliento exhortándoles a sobrellevar con paciencia su miseria confiando en la Divina Providencia.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia», dijo nuestro Redentor. No olvidéis que agrada mucho a Dios que contribuyáis al sustento de muchos pobres, depositando alguna moneda en el cepillo del pan de San Antonio. El Santo os premiará ese sacrificio aún en esta vida, os libre de muchos peligros de alma y de cuerpo a que diariamente estáis expuestos, a más de abriros las puertas de la eterna bienaventuranza.

Firmes en estos buenos propósitos formados y con ánimo de realizarlos, colocaos en vuestros respectivos asientos y recemos: «Os damos gracias, Señor,» etc... «Ave María Purísima. Sin pecado concebida.»

Con el calor de estas doctrinas de sana moral volvieron los niños al calor de sus hogares, en aquel día frío de invierno, de ese larguísimo invierno que en toda región montañosa se deja sentir y en cuyas horas, deslizadas con apacible calma, se forjaron los recios temples de las almas cristianas de nuestros antepasados.

Gabriel de Diego Torres

Trabajo presentado para el concurso literario de 1931 Ea 1931, siendo Director de La Acción Antoniana el P. Juan Alventosa, se publicaron las bases para un Concurso literario que debía celebrarse el mes de Junio de dicho año. Llegaban a esta redacción los primeros trabajos cuando desgraciadamente ocurrieron en España lamentables sucesos que obligaron a suspender temporalmente la revista.

Al reanudar su publicación en Enero de 1932, con nuevo Director, nadie se cuidó de reclamar los valiosos trabajos presentados y conociendo el mérito literario de los mismos hemos decidido publicarlos, haciéndolo constar en cada uno de ellos.

San Antonio

Imagen de San Antonio que se venera en la Capilla de las Religiosas Trinitarias de Burjasot-Godella, obra del escultor valenciano Francisco Teruel

La visión de San Antonio

Jesús diligitir ab Antonio..,

I

La tarde vierte
su luz de gualda,
la tarde huye,
la tarde avanza.
¡Parece al verla
un mar de ámbar!
Ladrar de perros
en la besana,
balar de ovejas
en la majada.
El pastorcillo
alegre canta
hondos sentires
que hinchen su alma
acompañados
de la dulzaina.
El sol se esconde
tras la montaña.
¡En Occidente
la tarde apaga
su luz postrera
de oro escarlata!

II

Negras las sombras
cubren a Padua.
Es ya de noche,
noche estrellada,
la luna vierte
su luz de plata.
Las cosas todas
se vuelven blancas.
Silencio augusto,
profunda calma
reina en las cosas...
¡¡¡Todos descansan!!!

III

Por los cristales
de una ventana
el fulgor brilla
de luz extraña.
Jesús, del Cielo,
bajó a Padua,
do Fray Antonio
tiene su estancia:
la celda aquella
parece un ascua,
parece un cielo
ardiendo en llamas.
Jesús amante
a Antonio abraza
con él dialoga
divinas hablas.
¿Qué le dirá?...
¡Ah, cosas santas!

Con él dialoga
dulces palabras
de vida eterna,
que amor divino
su pecho inflama.
Sus brazos son
como una ara,
donde Jesús
Niño descansa.
Jesús ya duerme.
Antonio calla...
Mientras el Niño
sueña en sus palmas
murmura Antonio
tiernas plegarias.
Su corazón
se enciende en llamas
de amor divino
que le arrebata
en dulce éxtasis
larga jornada...
Allá en el huerto
sus puras aguas
vierte la fuente,
la fuente clara
y el cinamomo
su aroma exhala.

IV

Suena la voz
de la campana.
Jesús despierta.
La blanda cama
siente perderla;
Antonio marcha
para rezar
las alabanzas
con que a diario
a Dios le pagan
los religiosos
todas sus gracias.

V

Vuelve del coro.
Antonio halla
al Niño-Dios
con su morada.
Con él dialoga
divinas hablas.
—Tú no me vences
sé que me amas,
yo por tu amor
bajé a Padua,
dejé m¡Cielo
donde gozaba
y entre tus brazos
hallé morad

tan deleitosa
para m¡alma
que al no mandármelo
aquí me estara.
M¡Eterno Padre
ya me reclama.
—¡Oh, qué dulzuras
más regaladas!
¿Venir a mí
(Galán del alma),
vil gusanillo?...
—Antonio exclama—.
Yo no soy digno
de tanta gracia.
Jesús, ya vuélvete
y tu recámara.
Tiempo vendrá
en que m¡alma
eternamente
calme tus ansias.
Jesús se vuelve.
Antonio calla.
Divina flecha
su pecho rasga
de amor divino
herida el alma.
Con tal fervor
a Jesús ama
que por Él siente
locura santa.
S¡duerme o vela,
s¡reza o canta,
s¡ora o piensa,
s¡habla o calla,
por aquel Miño
siente nostalgias.
Lo dicen todos:
«Antonio ama.
Ama a Jesús
con toda el alma.»

VI

Siguió a la noche
clara mañana.
En el Oriente
apunta el alba.
Allá a lo lejos
los perros ladran,
las aves pían,
los gallos cantan.
Del Apenino
en las montañas
fulge radiante
el sol de Italia.
Cielo más bello,
noche más clara
nunca se vio
en toda Padua.

Fr. Julián Mª Sánchez, ofm

Trabajo presentado para el concurso literario de 1931