La gratitud de Juanón

El día estaba esplendoroso y bello, el jardín desbordante de hermosura y gracia, las flores, a cual más bella, todas competían en primores, y cual pebeteros de la linda primavera perfumaban a porfía el ambiente con el aliento suave de sus aromas. La marquesa de Belsolar, dama linajuda, joven y hermosa y de gran prestigio en la corte, había llegado a su palacio de verano que se alzaba fastuoso y se miraba coquetón en las plácidas aguas del lago que lamía en sus vaivenes los arenales de aquel edén.

Aquel día estaba sola con su dama de intimidad y podía correr y cantar sin etiquetas n¡embarazos cortesanos; y así lo estuvo haciendo libremente por su jardín, dando envidia a las flores con la gracia de su ser y emulación a las aves con los arpegios de su linda y privilegiada garganta. De momento algo extraño llegaba a sus oídos que la hizo enmudecer; y poniendo un dedo sobre sus labios para imponer silencio a su camarera, fue acercándose lentamente hacia la tapia que cercaba su jardín. Distintamente ya de allí se percibían profundos suspiros y fuerte llanto de alguien que en la parte exterior se debatía en honda pena.

Había allí junto una azotea o mirador desde donde se divisaba todo el campo de fuera y allí subió emocionada la marquesa para ver lo que ocurría. Y allí bajo, al pie de la azotea, vio a un muchacho tendido en tierra y llorando a lágrima viva, y junto a él un gran capazo cargado de piedras recogidas en las orillas de un río vecino.

—¿Qué tienes, muchacho, que así lloras amargamente? —le preguntó la marquesa.

Sorprendido el muchacho cesó de llorar, y absorto ante la visión de aquella dama tan hermosa y bella que se dignaba interrogarle, enjugó sus lágrimas para ver mejor, y serenándose dijo a la amable señora:

—Señora, como veis, yo soy un ser muy desgraciado. Soy muy endeble para este m¡oficio de peón de albañil, y no podré ya sostener a m¡pobre madre con el dinero que gano.

—¿Y cómo es eso? Cuéntame tu pena.

—¡Ah! Señora, ¿no veis que este gran capazo cargado de piedras es demasiado pesado para mí? Sin embargo yo debo llevarlo todo el día varias veces desde la orilla del río a los albañiles que trabajan cerca de aquí. Yo lo cargo con muchos ánimos, pero al momento me faltan las fuerzas y me veo forzado a detenerme, y así no adelanto nada, y apenas gano para poder comer yo, mientras m¡pobre madre está muy necesitada, y su pobre Juanón no le puede traer buen jornal. ¡Ah! S¡yo tuviera un jumentillo...

—¿Qué harías, pobre Juanón, s¡tuvieras un jumento?

—¿Qué haría? Pues con toda seguridad, señora, yo haría m¡fortuna, y m¡madre estaría bien atendida; porque yo cargaría m¡jumento con las más grandes piedras del río y haría muchos viajes sin fatiga, y la ganancia sería grande.

Con una dulce sonrisa la linda marquesa registró un instante su monedero, y sacando una bolsita en la que lucían muchas piezas de oro.

—Toma —le dijo, arrojando aquel tesoro al muchacho, maravillado—. Ahí tienes con qué comprar el jumento y un carrito.

Sin esperar las palabras de inmensa gratitud que le dirigía el niño, desapareció la marquesa, que pensativa y con lágrimas en los ojos, muestra de su intensa bondad, se volvió paulatinamente a su palacio, sin correr n¡cantar; porque la ocasión hizo verle las aceradas espinas que tiene la vida, que no son todo rosas y flores, como las saboreaba la marquesa en la corte y las contemplaba llena de hechizos en aquel jardín; pues allí junto vio el punzar de las espinas que hieren al corazón, como hieren a la mano delicada, al cortar una rosa, las espinas del rosal.

De sobra está el decir que Juanón, dejando abandonado sobre el camino su capazo de piedras, corrió veloz a contar aquel grato episodio a su madre y a proveerse al momento de un jumentillo y su carro, para comenzar su fortuna cimentada, y aunque parezca raro, en los bastos guijarros del álveo de un río.
Han pasado treinta años, todo envejece y se muda; la rueda de la fortuna va haciendo guiños o dando sonrisas, mientras va rodando, y burla burlando a unos ensalza y a otros deprime, para luego trocar los papeles s¡en alguna otra vuelta se le antoja.

En un piso modesto de un populoso barrio de una gran ciudad se veía a una mujer de aspecto noble y señorial, ya envejecida y con arrugas delicadas en su frente y en aquella linda cara que, aunque arrugosa, no dejaba de ser bella. Muebles elegantes, lindas porcelanas de Sevres, sedas y damascos en las sillas y butacas, bronces y mármoles plasmando gestas y episodios de la historia, daban bien a comprender la nobleza y la vida de elegancia que se diera en otro tiempo aquella dama, ahora triste y reflexiva en su solitaria estancia, acompañada únicamente por su antigua camarera.

Esta mujer no era otra que la marquesa de Belsolar. Arruinada en la corte, con el desprestigio de la nobleza caída, alejada de su antiguo esplendor por adversos acontecimientos políticos, tuvo que buscar el refugio de un modesto piso para vivir a expensas de una pequeña renta que pudo salvar de la ruina.

De súbito la campanilla de la puerta de entrada sonó con golpe recio con grande extrañeza de las dos mujeres, pues allí nadie se acercaba a perturbar el ostracismo de aquella grandeza rendida.

Pocos momentos después, con visible azoramiento, llegaba la camarera para anunciar a la señora la visita de un campesino que deseaba verla y hablar un asunto de interés.

—Se habrá equivocado de puerta, hija mía —le dijo con resignación la señora—, pues tú sabes tan bien como yo que nadie viene a buscar n¡a ver a esta pobre desterrada.

—Eso mismo le he dicho yo, pero él insiste en que es usted la señora que él busca.

—Dile, pues, que pase.

El corazón de la dama latía con un ritmo acelerado de ansiedad y extrañeza, mientras la anciana camarera daba paso a un hombre corpulento y bien vestido con el traje de aldeano que, descubierta la cabeza, saludó con reverencia a la señora.

—¿ Qué desea usted ? —le dijo ésta mirando con curiosidad al desconocido.

—No me reconocerá usted, sin duda, señora marquesa, pero yo soy Juanón y le debo a usted toda m¡fortuna.

—No comprendo, buen hombre, vos diréis...

—Yo soy aquel niño que cargado con un capazo de piedras lloraba m¡debilidad y m¡impotencia bajo la cerca del jardín de vuestro palacio, y la señora marquesa me dio dinero sobrante para comprar un carrito y un jumento. Yo con eso comencé m¡fortuna y hoy estoy al frente de una gran empresa de construcción. Como os debo esta fortuna vengo a rogaros que os dignéis aceptar la mitad de todo m¡capital. —Y le ofreció a la marquesa una cartera llena de billetes.

Copiosas lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de la marquesa y de su vieja camarera. También el campesino se sintió conmovido y cubrió su rostro con un pañuelo a cuadros rojos y verdes que ocultaba sus gruesas lágrimas de gratitud.

Pasados los momentos de emoción la marquesa tendió la mano a su antiguo protegido diciendo con voz temblorosa:

—¿Cómo podré agradeceros buen amigo esta noble acción? Yo jamás aceptaré vuestra oferta generosa, pero es para mí una dulce alegría el comprobar que no favorecí a un ingrato, sino a un hombre de noble corazón que no ha sabido olvidarme cuando el mundo me ha sumido en la desgracia.

—Pues aceptad, señora marquesa, porque de lo contrario creeré que por orgullo no recibe m¡ofrecimiento.

—Lejos de mí tal orgullo, buen amigo; el no aceptar es porque me he acostumbrado ya a vivir con poco y amo esta vida de modestia y de tranquilidad.

No hubo medio de hacerle aceptar el dinero; pero logró Juanón transportarla de aquel modesto retiro a un espléndido pabellón construido en medio de un jardín y cerca de su casa, donde pudo vivir la marquesa y acabar su vida rodeada del amor y de las atenciones más solícitas de Juanón y de toda su familia.

Despedida de los alumnos de sexto

El autobús corre envuelto por las sombras de la noche. Han terminado los exámenes, a Dios gracias. Somos Bachilleres. Reclinado en el asiento, por m¡imaginación desfilan mis años de Colegio, preñados de recuerdos. Soy un muchachito de diez años; mis padres, llorando con el dolor de la separación, se alejan hacia sus lares y los míos queridos. Soy colegial.

Curso ingreso, primero, segundo y así sucesivamente. Mis alegrías, mis pesares; premios, castigos, se suceden. Me voy haciendo hombre. De la infancia paso a la adolescencia. Quinto, sexto; he terminado. Vuelvo a la vida con todas mis potencias; todo ha sido un sueño. Pero, no; la realidad se impone, y entonces brota en mí un sentimiento de sincera gratitud.

sexto curso

Onteniente. Alumnos del colegio La Concepción que en el actual curso han terminado el Bachillerato

Gratitud para los hombres que me formaron intelectual y moralmente; para los hombres ministros de Dios que con abnegación altruista me han ayudado, se han desvelado para que sea un ente útil a Dios y a la Patria. A todos: profesores, inspectores y los que no siendo n¡una cosa n¡otra contribuyeron a m¡formación, entre los que se mentan los hermanos, hombres de corazón sencillo y recto y alma de santo, y a usted, Fr. Francisco, que en mis noches de enfermedad, se sacrificó y me cuidó con cariño sin igual; a todos m¡gratitud y m¡cariño; nunca os olvidaré, almas abnegadas y santas; vuestras enseñanzas serán norte de m¡vida.

Hemos llegado al Colegio. Cas¡no se descansa esa noche, porque... no se puede. En el siguiente día, se prepara la ropa para la marcha; entre risas y bromas, pero en nuestro corazón hay sentimiento y emoción. Nos despedimos de los compañeros con tristeza, porque a los unos se les dice: «Hasta la vista... en tal fecha...»; pero a los otros... «Hasta no sé cuándo...». Es el rumbo indestructible que siguen nuestras vidas.

Nos vamos alejando del Colegio, de nuestro Colegio (permítasenos esta expresión, aunque sea por última vez); sus muros se van esfumando. Desaparecen; la emoción nos embarga. Sobre el Colegio flotan los años con sus recuerdos y sobre ellos, cual pináculo de gloria, nuestra Patrona la Purísima Concepción; para Ella m¡último pensamiento de colegial. Lenta y cas¡inconscientemente, de nuestros labios brota una oración, una súplica, un propósito: ¡"Madre, seguiremos tus enseñanzas! ¡Madre, seremos hombres con el ideal de los que nos lo han inculcado, los Franciscanos!»

Todo, Colegio, recuerdos... se pierden en lontananza... Adiós... Pero, no. Dios mediante, hasta pronto.

Amado Vila Giner
(sexto Curso)

Resultado final de los exámenes

Nuestro colegio de la Inmaculada Concepción ha demostrado una vez más cuán eficiente es la enseñanza que proporciona a su alumnado. Digno exponente de ello han sido los últimos exámenes, verificados en Alcoy, que arrojan los siguientes resultados, con cifras las más elocuentes: Matrículas de Honor, 74; sobresalientes, 276; notables, 295; aprobados, 862.

Exámenes o matrículas, 1.603.

Llegue a los Padres Profesores nuestra sincera felicitación y caluroso aplauso.

La muerte ejemplar de un seminarista franciscano alemán

Todos dejamos un testamento con nuestra conducta, buena o mala; la huella moral impresa en el ambiente que nos rodea, sigue viviendo después de la muerte corporal. S¡la acción, aunque ordinaria, está perfumada de virtudes, produce en los ánimos de los demás algo difícil de comprender y explicar y que vulgarmente lo expresamos con las palabras: «fue un modelo». Esta es la frase con que todos los coristas querían sintetizar la vida y muerte ejemplar de uno de nuestros compañeros, Fr. Aegidius Vogel.

aSolo tuve ocasión de conocerle en sus acerbos dolores, resultado de las tres operaciones difíciles que le hicieron en la oreja y que le llevaron a la sepultura, y me convencí de lo que había oído decir de él a los coristas (seminaristas franciscanos) de su curso, de que era el «tipo del carácter ideal». Fray Aegidius, decía doctor Beck, que le operó, tiene una voluntad de hierro que le da valor en sus sufrimientos, una bondad de corazón que es el encanto de los que le tratan. Cuando íbamos a visitarle a la clínica, nos recibía siempre con la sonrisa en los labios y con apacible semblante. Después, de conversar e interesarse por cada uno de nosotros, nos rogaba que le leyésemos un trozo del Evangelio. De sus dolores, n¡una palabra.

A nuestra pregunta por su salud, respondía con alguna frase chistosa y cambiaba de conversación. Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban y los médicos que no le dejaban se hacían cruces de tanto valor. Sin duda tenía siempre en la mente una frase, que él mismo escribió en su libreta de notas: «El que padece por amor de Cristo consigue la alegría del Espíritu Santo». Cuando nos despedíamos se encomendaba a nuestras oraciones, con una profunda y religiosa convicción que conmovía. Dos días antes de su muerte y cuando los dolores eran más agudos, por habérsele inflamado el cerebro, escribía durante la noche en su libreta: «Señor, dadme ánimo y paciencia: yo quiero con alegría ir contigo al Calvario...» (¡Señor, ¿decía yo con seriedad y convencido cuando hacía el Vía-Crucis, que quería padecer contigo y que me hicieses partícipe de tus dolores?»

Después de haber recibido los Santos Sacramentos, dijo: «Estoy dispuesto a comparecer ante m¡Dios». Horas antes de morir nos escribía, con mano temblorosa, desde la clínica: «Amados hermanos y compañeros: Va me queda poco tiempo: sólo os ruego que oréis por mí y perdonéis los malos ejemplos que os haya dado... Dios os lo pague. Dad las gracias a la Orden por el maternal cuidado que ha tenido conmigo. Rogad para que me una pronto con m¡Jesús, por quien suspiro...» «Aunque algunas veces haya tenido motivos para temer, confío en m¡Jesús, que es amigo de pecadores y publicanos. Dad m¡último saludo a los compañeros de Bamberg y Dietfurt».

Y en las mismas horas de angustia escribía a sus padres estas letras: «Mis muy amados padres: Desde el lecho de muerte pienso en ustedes: no estén tristes... Este es m¡último deseo: permanezcan fieles a la Iglesia Católica y a Cristo. ¡Viva Cristo Rey! El nos perdone a todos. Les ama su hijo... Aegidius». P. D. «Saluden al señor Cura y encárguenle que ore por mí». Momentos después decía al doctor que le había operado tres veces: «Señor doctor, Dios le pague su trabajo; usted ha hecho lo que ha estado de su parte». Lo mismo agradeció de corazón a las Hermanas todo lo que habían hecho por él.

Al P. Maestro de coristas, que no se apartó nunca de su cabecera, le decía: «S¡usted lo permite, deseo reciba m¡madre él álbum de fotos y m¡hermano el reloj que yo he usado».

Como s¡supiese la hora de su muerte dijo a la Hermana: «El Espíritu Santo quiere llevarme al cielo el día de Pentecostés». Efectivamente, el día 9 de Junio, a las siete de la tarde, mirando al Crucifijo y despidiéndose de sus padres y hermanos y del P. Maestro, pronunció estas solemnes palabras: "Ha llegado la gran hora": inmediatamente perdió el sentido y momentos después volaba a la eternidad a los veintidós años de edad. La muerte de Fr. Aegidius ha sido la muerte del justo, la última pulgada, diría Eugenio Montes, que le da el cielo a la escultura de la inmortalidad.

Fr. Miguel Oltra, ofm
München 22 de Junio de 1935.

Crónica. Sor Emilia Mendoza Fuertes

En Pego celebró sus místicos desposorios con Dios, emitiendo los votos perpetuos de su profesión, la religiosa franciscana de María Inmaculada cuyo nombre encabeza esta crónica.

La ceremonia tuvo lugar en la iglesia del antiguo convento franciscano, el día 19 del pasado mes de Julio. Fue celebrante don Jacinto Grau Magraner y predicó el P. Francisco Ferrer. La capilla musical de los Padres Franciscanos tuvo a su cargo el canto de la misa y profesión.

La religiosa fue apadrinada por don José Vidal Bernabeu y su señora madre, doña Dolores Bernabeu, que luego obsequiaron espléndidamente a los concurrentes e invitados.

A la religiosa ceremonia asistieron las personas de mayor distinción, y entre ellas, representando al Muy Ilustre Ayuntamiento, el concejal y director de la Casa-Colegio-Beneficencia, don Antonio Ortolá.

De Palestina

Peregrinaciones de la Comunidad de Nazaret a los Santuarios

A Naím

Iba Jesús camino de la ciudad llamada Naim... También la Comunidad de Nazaret iba camino de Naím, el día 4 de Abril, para conmemorar el estupendo milagro de la resurrección de un mozo en el mismo lugar donde hace 20 siglos lo realizó el taumaturgo Profeta de Nazaret.

Hacia las siete, cuatro automóviles bajaban a todo correr la montaña y se deslizaban ligeros por la llanura de Esdrelón para llegar, después de 25 minutos, a la pequeña aldea musulmana Naim —la agradable— pasando por el-Afuleh, floreciente colonia judía. Situada a los pies del pequeño Hermón y enfrente del Tabor, su vista nos recordó los montes de Gelboé con Endor y Sunam, y las escenas bíblicas de que fueron teatro... Aun me pareció escuchar el eco de la elegía davídica dedicada a Saúl y Jonatán, muertos en aquellos montes por los Filisteos.

Gelboé

«Montes de Gelboé, n¡el rocío n¡la lluvia caigan jamás sobre vosotros; n¡campos haya de donde sacar las primicias, puesto que allí es donde fue arrojado por el suelo el escudo de los fuertes...»

Apenas llegados, la familia musulmana, que cuida el Santuario, salió a nuestro encuentro, y una bandada de rapazuelos nos rodeó; fijaron en mí sus avispados ojos, señalaron mis barbas y gritaron a coro, ¡bajxis!, que quiere decir ¡propina! La propina la d¡al guardián del Santuario, que agradecido respondió con un gracias sonoro y un ¡Alah le conceda muchos años de vida!

El lugar tradicional donde Jesús resucitó al hijo único de la viuda que llevaban a enterrar, era indicado ya desde la remota antigüedad por una Iglesia, que a la caída del reino latino en Palestina fue convertida en Mezquita, sustituida más tarde por otra, fabricada junto a la primera a su vez derrocada. Los Franciscanos, al precio de paciencia, años y dinero, obtuvieron la propiedad de las primeras ruinas, y construyeron sobre los fundamentos del antiguo Santuario la Capilla actual hace más de medio siglo.

En ella celebramos la función litúrgica, que, como en todas las peregrinaciones, consiste en el canto de Nona, la Misa que recuerda el hecho evangélico, el himno con la antífona y oración y las preces para lucrar las indulgencias. A las nueve, mientras los Novicios que habían comulgado en el Santuario tomaban su desayuno, yo leí la narración evangélica sobre las ruinas de la puerta de la aldea junto a la Capilla. Las palabras de Jesús dirigidas a la desolada madre: «No llores», y las otras al mozo muerto: «Muchacho, yo te lo mando: levántate», me produjeron, como a los contemporáneos del Redentor, un santo temor.

Nos volvimos a Nazaret glorificando al Señor, como lo hicieron los de Naim que presenciaron el milagro. La piadosa excursión resultó muy amena, no obstante el retardo de media hora. ¡El chofer se había olvidado de la bencina!... Fortuna que Afuleh distaba poco y fue fácil el remedio, comprando a los judíos seis o siete litros. La mañana, como de Abril y en Galilea, estaba encantadora...; todo verdeaba, todo floreaba y los trigales en espiga.

A la Mensa Christi

Siguiendo la calle del bazar, en Nazaret, estrecho y sucio como todos los de Oriente, un poco más adelante de la Iglesia maronita se encuentra una Capilla coronada por una cúpula que encierra un enorme bloque, cuyas dimensiones son 3'50 de longitud, 3 de latitud y 1 de altura. Los Franciscanos adquirieron en el año 1861 las ruinas del antiguo oratorio, propiedad entonces de un musulmán, y edificaron la capilla actual. Se conoce este pequeño Santuario con el nombre de Mensa Christi, porque una tradición, más o menos respetable, quiere que este bloque calcáreo fuese utilizado por Nuestro Señor en una comida tenida allí con sus discípulos. Sin entrar en la crítica de esta tradición, que acaso sea una identificación con la Mensa Christi, localizada junto al lugar de la multiplicación de los panes en la ribera septentrional del lago de Tiberíades, los peregrinos continúan a visitar este pequeño Santuario, y la Comunidad Franciscana de Nazaret, además de celebrar en él una Misa semanal, todos los años, el Martes de Pasión, se dirige a él en devota peregrinación. Este año tuvo lugar el día 9 de Abril. Como de costumbre, a las 7'30 salimos del Convento, y precedidos de nuestro genízaro fuimos al Santuario, en el que se cantó Nona y la Misa, terminando con la lectura de un trozo del Evangelio de San Lucas, 22, 25-30, donde sólo por extensión acomodaticia se alude al Santuario.

A la Capilla del Temblor

El día 12, Viernes de Pasión, dedicado a conmemorar los Dolores de la Virgen Santísima, nuestra Comunidad hizo su peregrinación a la colina del Temblor, cuyo Santuario ya conocen nuestros lectores por haberlo descrito en la correspondencia anterior...

Termino esta correspondencia con las ingenuas y sencillas líneas de un Hermano recolector del Tenabor, que habiendo pasado una semana entre nosotros dejó el siguiente escrito en su habitación:

«Un adiós eterno a Nazaret y sus habitantes. ¡Adiós, tierra bendita, que fuiste «habitada y hollada por las más santas personas Jesús, María y José! No volveré a veros más; me despido, pero os llevo en m¡corazón; jamás me olvidaré de ti, Nazaret bendita, n¡tampoco de mis Hermanos carísimos, Padres y Legos, que moran en ti. ¡Quiera Dios que, como nos hemos unido estos días aquí, nos unamos perpetuamente en la gloria! — Fr. Diego Navarrete

Nazaret, 4-IV-1935.»

Lo que este buen Hermano dejó escrito al tener que dejar Nazaret, lo sienten cuantos tienen la fortuna de pasar algunos días en este encantador pueblo de Galilea, donde tanto tiempo vivió la Sagrada Familia.

Fr. León Villuendas, ofm

Noticias

De Santo Espíritu del Monte.

La Santísima Virgen de Gracia vuelve a su Real monasterio y Capilla

La revolución de Mayo del 1931 no respetó siquiera la tranquilidad santa con que los frailes franciscanos vacaban en la oración y en el silencio, atentos únicamente a la santificación de sus almas y al bien espiritual de sus prójimos, por todo el valle de Tolín, en uno de cuyos apartados y escondidos rincones el monasterio se alza como un índice para las elevaciones del espíritu y su campana monacal invita con sugestión invencible a la soledad y al retiro. En los días de la hostilidad sectaria, los indefensos religiosos tuvieron, muy a pesar suyo, que abandonar la amada soledad y consigo se llevaron lo que más amaban, el tesoro que más apreciaba su corazón: el bendito Cristo que presidió sus rezos y oraciones nocturnas y diarias en el Coro, por tantos años, y la preciosa imagen de la Virgen de Gracia, compañera inseparable de aquella legión de misioneros, que recorrieron las villas y lugares todos de nuestro reino de Valencia, fustigando el vicio y alentando a la virtud.

Virgen de Gracia

El Cristo, obra maestra del insigne Vergara, hace algún tiempo regresó a su coro, para continuar presidiendo la salmodia de los religiosos, y hace unas semanas también la Santísima Virgen de la Divina Gracia volvió a su capilla, a ocupar el lugar preferido del monasterio, desde donde ha de continuar infundiendo en los apóstoles franciscanos el don de la fortaleza santa que haga "preciosos los pies de los que evangelizan la paz y el bien", y en los fieles, «amor hermoso» que rinda los corazones que el pecado hizo obstinados en la maldad.

La Virgen volvió

Volvió a su casa, a su capilla, a su monasterio. Porque no fuera sacrilegamente maltratada su divina imagen, los religiosos la depositaron en la casa de la familia de don Manuel Giner en Moncada.

El día 29 del pasado Junio, festividad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, fue solemnemente devuelta a su antigua morada. El anuncio de tan feliz nueva movió a numerosos devotos de los pueblos valencianos, cercanos a Moncada, quienes se reunieron en romería para acompañar a pie por las huertas y serranías a la Madre de la Divina Gracia. Se reunieron numerosos grupos de Moncada, Masarrochos y Tabernes. De esta población salió su banda de cornetas y de Masarrochos su banda de música, y entre cantos, aclamaciones y rezos, en cuatro horas y media, hicieron su devota romería.

Moncada sintió la emoción de la despedida. Dejemos escribir a su Reverendo Cura Párroco:

«Moncada 29-VI-1935.

Reverendo Padre Guardián y Reverenda Comunidad: Pax Vobis.

A las cuatro de la mañana ha sido despedida la gloriosa Imagen de la Santísima Virgen de la Divina Gracia por los vecinos de la Ciudad de Moncada. Vuelo general de campanas, tracas, bandas de música y cornetas, aplausos y vivas, lágrimas y oraciones han sido las manifestaciones de amor del Clero y feligreses que acompañaron la veneranda Virgen hasta la salida de la población.

Dios les acompañe y como ha sido despedida de Moncada será recibida en ese Santo Lugar, para que las generaciones se postren ante la Madre del Redentor.

Afectísimo suyo en C. J.

José R. Vila, Cura.»

Y en efecto

No se equivocó el señor Arcipreste de Moncada. A las nueve y cuarto, cerca de la fuente de la Calderona, la Comunidad Franciscana esperaba a su Madre Divina, con cruz alzada y velas que llevaban encendidas los religiosos y novicios. A su llegada, se arrodillaron todos y su Guardián entonó: Monstra te esse Matrem: que corearon todos, de hinojos, ante la Virgen. Se organizó la procesión, dando la vuelta al patio, plaza y entrando en la iglesia entre los acordes de la música, cornetas, tracas, aplausos, vivas y campanas... Se celebró, acto seguido, solemne misa cantada que celebró el P. Manuel Ferrandis, en la que predicó el P. Buenaventura Arener, Guardián del monasterio, y por la tarde hubo de nuevo procesión por la plaza y Sabatina cantada, quemándose tracas, carcasas, truenos y dejando libre cauce a las expansiones de la piedad fervorosa.

Día memorable, fecha y recordación gloriosa... Pero ¡Cristo Señor: continúa siempre presidiendo la divina salmodia de los frailes!... ¡Madre de Gracia: que ya nunca, jamás, tengas que abandonar el monasterio, y abre de nuevo, desde tu altar, el tesoro de las gracias divinas que inunden los valles y las serranías por donde los misioneros de Santo Espíritu dirijan en adelante sus pies, evangelizando la paz, evangelizando el bien!...

De Carcagente. Fiesta de San Antonio

En el presente año se ha puesto una vez más de manifiesto el amor que Carcagente siente por San Antonio de Padua.

El Novenario solemne, preparación para la gran fiesta, se vio muy concurrido. La elocuencia de los PP. Bernardino y Luis Rubert y del P. Samuel Leal contribuyeron en gran manera, con los sugestivos temas que trataron, a que la concurrencia fuera numerosa. También prestaron gran relieve al novenario las clásicas composiciones musicales que se interpretaron.

Fiesta de la infancia

El domingo coincidente en la novena se celebró la fiesta que anualmente dedican a San Antonio la Infancia y Juventud Antonianas. Hubo misa de comunión general, en la que pronunció una plática el P. Benjamín Reig, y en la que tomaron la Primera Comunión varios niños de la Catequesis de San Antonio y del Colegio de PP. Franciscanos.

Después de la función religiosa se obsequió a todos los niños de Primera Comunión con un suculento desayuno, servido por señoritas Antonianas.

La función de la tarde revistió caracteres de verdadero acontecimiento. Se cantaron solemnes trisagios. El P. Luis Rubert pronunció después un elocuente sermón sobre interesante tema. A continuación se bendijeron los Lirios y se repartieron entre centenares de niños, que ordenadamente figuraron en la procesión que se organizó en honor de San Antonio. Junto a la imagen del Santo, iban varios niños vestidos con el hábito y cordón del Santo Taumaturgo.

Fiesta principal

Llegó el día de San Antonio, en el que se celebró la fiesta principal. Como preparación, la víspera del Santo, en la portería del Convento, se repartieron limosnas a cada pobre, además de ración de pan y chocolate.

Por la mañana, el director de la Pía Unión, P. Bernardino Rubert, celebró la misa de Comunión.

A las diez se cantó solemne misa, en la que se interpretó clásica partitura de notable compositor.
Por la tarde, con una enorme concurrencia, que invadía hasta la misma calle, se cantaron trisagios. A continuación, el P. Samuel Leal pronunció un panegírico en honor de San Antonio.

Se organizó después la procesión, en la que figuraron centenares de antonianos.

Nuestros difuntos

En Onteniente, Francisco Llinares Revert, de 74 años
En Alfafar, María Teresa Cervera Andreu, de 57 años
En Cocentaina, Milagros Boronat Vicent, de 28 años
En Pego, Vicente Sendra Pons.
En Valencia, Salvador Alfonso Falcó, de 65 años.