Gandía

Tapiz primoroso

Amparada y protegida por el Mondúber, viejo padre y atalaya del espléndido panorama huertano, tiende sus brazos a la izquierda con el montículo Bayrén coronado por el derruido castillo de San Juan, y allá, en el confín del horizonte, con alargada diestra, el Azafor, con el Mediterráneo a sus pies. Estos límites geográficos contienen un paisaje lleno de exuberante y perenne vegetación, que cobra una sonrisa de riqueza el primoroso tapiz de espléndida belleza natural.

La huerta de Gandía es el himno del trabajo que refleja el de esos labradores que prodigan sus cuidados y arte exquisito que todavía no ha podido ser cantado. Esmaltan el bien cuidado jardín, manchas blancas, los célebres pueblos de la huerta, con nombres eufónicos y perfumados, que son la musa de la elegancia levantina. Todo en ellos fulge por la pulcritud y limpieza más acabadas.

"Bello marco para tapiz tan primoroso", exclamó un patricio español al contemplar, desde la ermita de Santa Ana, con éxtasis de emocionada y sorprendente admiración, la huerta incomparable de Gandía.

Franciscanismo

Los Beatos Nicolás Factor en Oliva, Andrés Hibernón en Gandía, Carmelo Bolta del Real y el siervo de Dios Fray José Cots Guilem de Piles, son los jalones que marcan la ruta de los anhelos seráficos sentidos por Gandía y su huerta. Se ve y se palpa el ambienté de cordial simpatía que envuelven esos héroes de la santidad franciscana y en la misma ciudad de los Borjas, donde toda hidalguía tiene su asiento, el nombre del humilde lego Hibernón lo llena todo: su glorioso sepulcro es el centro de la piedad gandiense.
Los hijos de San Francisco de Asís y los amantes de San Antonio de Padua son legión en aquella comarca privilegiada, tan rica en fe como repleta de bellezas naturales. Los pueblos de la huerta tendrán también su reportaje especial en estas columnas y no quedarán defraudados en sus nobles deseos, pues propósito nuestro es dar a conocer mensualmente las maravillas que encierra aquel rincón del país valenciano.

La ciudad de los Borjas

«¡Gran-día!», dijo el moro.

"Una pequeña Valencia", dijo el historiador Escolano, en el siglo XVIII, escribiendo de Gandía en sus famosas Décadas. Comparación no exenta de fundamento, s¡se considera que hay en ella como una prolongación de tradición y devociones de la capital. Pero el símil más perfecto lo ofrece el clima, el río que lame sus muros y la situación, separada y cerca del mar, surgiendo del paisaje de una huerta ubérrima bajo un cielo de unánime azul...

«La ciudad de los Borjas», dicen ahora, por ser solar hidalgo de una dinastía que durante tres siglos tantos timbres de gloria dio a España en todos los ramos del humano saber: arte, letras, milicia, nobleza, dignidades, santidad, etc.

Gandía, ciudad de gloriosa historia y magnífico presente, modernizada y cara a un futuro de esplendor, es uno de los asteriscos más notables en el mapa turístico regional. Apenas conocido por lo silenciado, es necesario que se pregone voz en alto y que se estampe en libros, folletos, revistas y periódicos, para que a todos los ámbitos llegue el eco y reflejo de su belleza, de sus tradiciones y de su arte.

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El gran duque de Gandía, San Francisco de Borja, despidiéndose de su familia para ingresar en la Compañía de Jesús.

Descripción de la ciudad

En la ribera izquierda del Serpis se halla sentada la población, en terreno llano, causando al viajero inmejorable impresión. En su interior exhibe su acuerdo con las corrientes modernas de construcción: calles amplias y rectas, plazas despejadas, paseos magníficos, alegres y románticos rincones. En los edificios urbanos alternan, en raro contraste, las construcciones de moderno estilo, con casas solariegas de respetable ancianidad, con patios de arcadas, que indican su prosperidad de otro tiempo. Las calles del Arrabal, barriada donde residían los moriscos, poco han perdido de su típico y ancestral carácter.
Gandía es una población activa que constantemente mejora, se embellece, se ensancha y crece en todas direcciones a uno y otro lado del río y a lo largo de sus carreteras.

Cuenta con los elementos oficiales de una cabecera de partido y con la vida comercial e industrial necesaria para atender no sólo a sus 13.693 habitantes, sino al vecindario de los 29 pueblos de la huerta que se vuelcan materialmente en Gandía para sus compras de todo género.

La ciudad cuenta, además, con servicios telefónico y telegráfico, administración de correos, Comandancia de Marina, estación sanitaria, consulados, Bancos, hoteles, Caja de Ahorros, periódicos, sociedades deportivas, teatros, cines, sindicatos, círculos de toda ideología y la acreditada sociedad Fomento de Agricultura, Industria y Comercio, que recoge todas las iniciativas económicas de la comarca.

Uno de los detalles más pintorescos de la ciudad es el Prado, o mercado de Abastos, donde se venden al por mayor los productos de la huerta. Celebra mercado los sábados y fiestas religiosas y feria del 10 al 18 de Octubre.

Edificios notables

Sin entrar en detalles que harían interminable este reportaje, podemos citar la iglesia Colegial, parroquia y colegiata a la vez, servida por un párroco, que es Abad mitrado, y cabildo de canónigos y beneficiados. Este templo es de estilo gótico, con dos preciosas puertas, en el altar mayor retablo de Pablo de San Leocadio pintado en el siglo xvi, y en la sacristía se guarda riquísimo tesoro, y en la capilla de la comisión reliquias de San Francisco de Borja y el sepulcro del cardenal Sanz y Forés.

El Palacio de los Duques, casa solariega de los Borjas, cerrado hoy por la incomprensión de una política sectaria. El edificio encierra un tesoro magnífico de gran valor histórico. Las Casas Consistoriales, erigidas en tiempo de Carlos III, coronadas por cuatro bustos de piedra que representan las virtudes cardinales, y en su interior una lápida romana del tiempo de Vespasiano. La antigua Universidad, hoy Colegio de las Escuelas Pías.

Parte religiosa

Además de la Colegiata ya mencionada, con categoría de arciprestazgo, tiene Gandía las siguientes iglesias: San José del Arrabal; San Roque, donde se venera el cuerpo del Beato Andrés Hibernón (el antiguo convento de Franciscanos, es hoy Beneficencia); Santa Clara (monasterio de clausura); Escuelas Pías; Palacio; San Marcos (adosada al hospital), y en su término, las ermitas de Santa Ana, San Antonio, de la Alquerieta y la ayuda de parroquia del Grao, dedicada a San Nicalás.

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El cuerpo del Beato Andrés Hibernón se veneraba en Gandía en la iglesia del ex convento franciscano. El cuerpo fue destruido en la Guerra civil del 36-39

Ordenes religiosas cuenta la ciudad con las comunidades de Escolapios, Clarisas, Terciarias Franciscanas, Carmelitas de la Caridad y las Operarías Doctrineras.

Escolares

Gandía tiene concedido Instituto Nacional de 2ª Enseñanza, contando también con el Colegio de Padres Escolapios, el de alumnas de las Carmelitas, un nuevo edificio de Grupos Escolares capaz para doce grados y varias escuelas y academias particulares.

Por las aulas de la antigua Universidad pasaron estudiantes ilustres como Pérez Bayer, Cavanilles, don Vicente Boix, el cardenal Sanz y Forés y otros.

El puerto

Es propiedad de la compañía del ferrocarril de Alcoy-Gandía y sólo tiene 40 años de existencia. Pero es la válvula que descongestiona la plétora de producción agrícola de esta comarca, prodigioso milagro de feracidad y torrente de riqueza.

Está situado a poco más de tres kilómetros de la ciudad, y aunque pequeño, tiene bastante tráfico. Lo visitan cada año más de 700 buques de vapor y vela que importan abonos, mineral, maderas, etc., y exportan en cantidad fabulosa frutas del país por valor de muchos millones de pesetas. Tiene Aduana, diques, muelles, tinglados, dragado, ferrocarril y carretera bien cuidada.

A su alrededor se ha fundado un pintoresco pueblo, llamado el Grao, con 2.000 habitantes, empleados y obreros en su mayoría.

Ruta del viajero

Gandía cuenta con estaciones en el ferrocarril de Carcagente-Denia y en el de Alcoy-Puerto de Gandía. Pasa por el centro de la ciudad la carretera de Silla a Alicante y de ella arrancan las que conducen a Albaida, a Villalonga y al Puerto. Está unida con bien cuidados caminos vecinales con todos los pueblos de la huerta. Un buen servicio de autobuses ponen hoy en contacto a Gandía con la capital y... pueblos circunvecinos.

Final

Sin embargo, a pesar de tantas maravillas como encierra esta comarca, Gandía es ignorada del turismo, no obstante verlo transitar por sus carreteras. Otras ciudades lo atraen con sus propagandas, que este pueblo descuida por bastarse a sí mismo con el esfuerzo de su trabajo.

Nosotros pondremos un poco de esfuerzo y buena voluntad en continuar dando a conocer en números sucesivos las bellezas que contienen los pintorescos pueblos de esta tierra sin igual.

F. de Paula

¡Nochebuena en Belen!...

Quince minutos de auto; dos piastras y media (1 pta.)... y henos en Belén, distante sólo 9 kms. de Jerusalén. Los recuerdos bíblicos se agolpan a manera que nuestro automóvil devora la carretera que conduce a la ciudad de David.

Apenas salidos de Jerusalén por la puerta de Jafa, se costea el Birket-es-Sultán, en el valle de Hinnom; se atraviesa la pequeña llanura de Rafaim o de los Gigantes, que nos recuerda a David vencedor de los Filisteos; se pasa por el pozo de María, llamado también de los Magos y de la Estrella, por recordar el reposo de María y José en su viaje a Belén, y la reaparición de la estrella milagrosa a los Magos; y se llega al convento de San Elías, situado a mitad de camino en un alto, desde el cual se goza la vista panorámica de las dos ciudades. Unos 14 minutos más adelante se pasa junto al «Campo de los Garbanzos», que trae a la memoria la hermosa leyenda oriental según la cual un día pasaba Jesús por allí y preguntó a un hombre que sembraba garbanzos: «¿Qué haces, amigo?» «Siembro piedras», le respondió. «Pues bien, piedras te nacerán.» Cuando el sembrador vino a la recolección, encontró petrificados los garbanzos.-

Ya cerca de Belén y en el lindero de la carretera se observa el Sepulcro de Raquel, que nos recuerda la muerte de la esposa de Jacob al dar a luz a su Benjamín. Sí, siempre, en esta ocasión de Navidad más que nunca, experimentamos los sentimientos de dulce placidez y alegría de que habla M. Víctor Guérin.

Conocen ya mis lectores la ciudad de Belén, que significa Casa de Pan, y que tendida sobre una colina la coronan viñedos y olivos. Cuenta unos 10.000 habitantes, cas¡todos ellos cristianos, dados a la agricultura y a la fabricación de objetos de piedad de madera y de nácar. Se distinguen las betlemitanas por su belleza, su vestimenta pintoresca y por su piedad y modestia.

Al entrar en Belén, sobre todo para celebrar las fiestas de Navidad, mientras se precipitan a la fantasía infinidad de recuerdos bíblicos, instintivamente, se cantan los villancicos y pastorales que aprendimos de niños...

El reloj indicaba la una y media cuando el Patriarca Mons. Barlasina se apeaba del auto en la plaza Mayor, entre los acordes de la banda y los aplausos de millares de fieles que se apiñaban en las terrazas y en las calles, dando principio a su ingreso triunfal. Al solemne canto del Benedictus y ya dentro de la Basílica a las notas del Te Deum que un centenar de Franciscanos cantaban en coros alternados, su Excelencia fue conducido procesionalmente al altar mayor de la parroquia franciscana de Santa Catalina, Iglesia adosada a la misma Basílica de la Natividad.

Las Vísperas y la Procesión, pontificadas por el Obispo Auxiliar Mons. Tellinger, los Maitines y Misa de la Noche con la Procesión a la Cripta por el Patriarca Mons. Barlasina, el Pontifical del día de Navidad por Fellinger ocuparon la mayor parte del tiempo de nuestra breve permanencia en Belén. La gravedad de las ceremonias, la escogida música magistralmente interpretada por la nutrida capilla de los Padres Franciscanos, los numerosos fieles que con el Cuerpo Consular llenaban las naves de la Iglesia... todo esto, en la Nochebuena y en Belén, dejó un recuerdo imborrable en cuantos tuvimos la fortuna de asistir. Sobre todo resultó emocionante la procesión después de la Misa a la Gruta del Nacimiento, a pesar de la monótona cantinela de los griegos cismáticos que becerreaban en el coro de la Basílica. Llegados a la Cripta, se cantó por el Diácono el Evangelio, que iba realizando, esto es, poniendo el Niño en el lugar de la estrella, fajándolo y reclinando en el pesebre, mientras cantaba. ¡Lágrimas surcaron las mejillas de muchos de los asistentes, y mis ojos no estuvieron secos!

A las tres y media de la madrugada tuve la incomparable dicha de celebrar el Santo Sacrificio en la misma Gruta donde nuestra madre María lo dio a luz. ¡Qué emoción se experimenta al pensar que allí mismo donde salió del purísimo seno de la Virgen, nace de nuevo sacramentalmente en las manos del sacerdote, aunque pecadoras como las mías!

¡Como la Virgen lo dio a besar a los sencillos pastorcillos, yo también lo d¡a comer a muchos habitantes de Belén, que muy devotos se acercaron a recibirle!

La Basílica de la Natividad, hoy en poder de los astutos griegos cismáticos, que a mediados del siglo pasado la afearon levantando un grosero muro en la extremidad de las naves, aunque bastante deformada, en sus líneas generales es la misma edificada por la piadosa santa Helena sobre el lugar del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Consta de cinco naves divididas por cuatro hileras de columnas monolitas de piedra roja del país. En la parte subterránea se encuentra la Gruta de la Natividad que, aunque sombría, la iluminan 53 lámparas, de las cuales 19 pertenecen a los latinos. Una estrella de plata enclavada en el suelo revestido de mármol indica el lugar tradicional donde la Virgen dio a luz al Niño Divino. A cuatro pasos de distancia están el lugar del pesebre donde fue reclinado y el altar que se ha erigido para recordar la adoración de los Magos.

Otras capillas subterráneas están dedicadas a San José, a los Santos Inocentes, a San Eusebio de Cremona, a las Santas Paula y Eustaquia y a San Jerónimo. La capilla de San Jerónimo es la habitación donde, según una antigua tradición, llevó el Santo Doctor a feliz término sus trabajos Escriturísticos y donde redactó sus famosas controversias.

Alrededores de Belén.—En otra ocasión el 2-5 de Noviembre, hicimos una excursión arqueológica por los alrededores de Belén, cuya noticia, aunque sumaria, será del agrado de nuestros lectores.

Gruta de la leche.—A unos 200 metros de distancia de la Basílica se encuentra la gruta que los árabes llaman Mogharet es Sitt¡Mariam, gruta de la Señora María, comúnmente conocida con el nombre de Gruta de la leche, favorito lugar de peregrinación de las mujeres del país de todas las creencias que, faltas de leche para criar sus hijos, invocan la protección de la Virgen, la cual, según la tradición, en este lugar se detuvo con su divino Infante.

La Casa de San José.—A pocos minutos de distancia se encuentra la Capilla dedicada a San José, que las gentes del país llaman "la Casa de San José", y que, a m¡juicio, no es otra cosa que un recuerdo de la estancia del Santo Patriarca en Belén, sin que afirmemos ser ésta precisamente la casa que habitó.

Los Campos de Booz.—A la salida del pueblo, una fértil llanura nos recuerda el idilio gracioso y conmovedor de Rut, la moabita, que en tiempo de la siega llegó a ser esposa del opulento Booz, que por medio de Obed, padre de Jesé, fueron los progenitores de David y por ende del divino Emmanuel.

El Campo de los Pastores.—Siempre en la dirección de Oriente, a los pies de la colina Star el Ghanem, en castellano «Cuadra de los carneros», se ven las minas del antiguo santuario de los Pastores, celebérrimo en el siglo IV bajo la influencia de San Jerónimo. A este lugar del pastoreo, a media hora de Belén, la Comunidad franciscana viene procesionalmente el día de Navidad para repetir el Gloria in excelsis que hace más de diecinueve siglos cantaron los ángeles al anunciar a los pastores el nacimiento del divino Salvador.

Otros monumentos posee Belén que recuerdan su héroe principal, después de Jesucristo, el rey David. Por ejemplo, las Cisternas llamadas por los árabes Biar Dand, pozós de David, de cuyas aguas deseó ardientemente beber el fatigado rey mientras sus enemigos ocupaban Belén, pero que al presentársela los tres valientes que con peligro de sus vidas se la procuraron, la ofreció en holocausto al Señor, derramándola.

M. Víctor Guérin ha dejado escrito: «Belén, en efecto, es la patria de Aquél por el cual había durante largo tiempo suspirado el mundo antiguo, y que debía despertar al mundo a una vida nueva. De aquí, la eterna aureola de alegría que, a los ojos del cristiano, parece circundar la frente de esta pequeña ciudad: yo no podría menos de compadecer sinceramente a aquellos que al pisar por primera vez el suelo de Belén, no sintiesen levantarse del fondo de su corazón una de estas oleadas de consuelos inefables, que causan estremecimientos de gozo en el alma, porque no proceden de la tierra sino del cielo» (La Judée, I, 120).

A estas hermosas palabras de Víctor Guérin podría añadirse: «Quien visitase a Belén en las fiestas de Navidad, quien presenciase la solemnísima función que los Padres Franciscanos celebran en esta privilegiada ciudad la Nochebuena, sobre todo el sacerdote que ofreciese el santo sacrificio en el mismo lugar donde la Santísima Virgen lo dio a luz y lo reclinó en el pesebre, allí mismo donde lo adoraron los Pastores y los Ángeles cantaron el Gloria in excelsis, sin emocionarse, sin que las lágrimas surcasen sus mejillas...»

Fr. León Villuendas, ofm


Semblanza Misional del Venerable Padre Antonio Margil de Jesús, 1657-1726

IV. Estaba crucificado con Cristo. Cristo crucificado era el lema de sus sermones. Para Cristo ganaba las almas de sus prójimos

Otro matiz bellísimo, atrayente y merecedor de alabanza, que vemos y admiramos en la virtud, perfección y santidad del Venerable Padre Antonio Margil de Jesús, en su vida de penosa y constante peregrinación apostólica por los países mejicanos, fue su insaciable, entusiasta y bendita devoción a la pasión y muerte de nuestro divino Salvador, al ejercicio del santo Viacrucis y a la adorable Cruz del Calvario, símbolo augusto de nuestra redención, y faro luminoso de todas las naciones civilizadas. Estos son los tres castos amores en que ya desde muy niño se ejercitaba el Padre Antonio Margil, y en los que más tarde imitó perfectamente al Venerable Padre Antonio Llinás y Massanet, su primer maestro y prelado en las santas misiones de Michoacán, a partir del año 1683 en que pasó con él a las Indias Occidentales.

De la pasión santísima de nuestro Señor, de su larga y cruel agonía, de su dolorosa y humillante muerte de cruz y de las preciosas y salutíferas llagas que Cristo conservó en su cuerpo glorioso, hizo siempre el Padre Margil, materia ordinaria de sus meditaciones y contemplaciones sobrenaturales, de las sentidas pláticas y fogosos sermones que predicaba a los pueblos, y de las conversaciones familiares y amistosas con que él se insinuaba en la mente y corazón de todos sus devotos, de sus seguidores y de sus admiradores.

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Estatua situada al lado de la iglesia de la Purísima en Monterrey (México)

Cristo en persona era su libro favorito, para él siempre abierto y colocado en la suprema cátedra de la Cruz. En este libro desencuadernado, siempre antiguo y siempre nuevo, leía sus sabias lecciones de vida eterna, tanto para sí como para sus hermanos. De él sacaba los admirables ejemplos que después practicaba y seguía con diligencia suma. De él predicaba a sus pequeños y grandes auditorios. De él aprendía esa doctrina de amor y esas leyes de caridad y justicia, que después enseñaba y aplicaba a las gentes de toda edad, sexo y condición, con la equidad social correspondiente. De él tomaba luz, gracia y acierto, para la debida conducción de las almas a los pastos saludables que la Iglesia de Dios ofrece a sus fieles, sazonados con la sangre del divino Cordero que la derramó toda por nosotros y por nuestros hermanos pendiente del árbol de la Santa Cruz.

Por esto amaba él tanto la cruz de Cristo, la llevaba consigo, la besaba con respeto, la cargaba sobre sus hombros, la plantaba en las encrucijadas de los caminos vecinales, la enarbolaba en la cumbre de los altos montes, la colocaba en las entradas y salidas de los pueblos, de las ciudades y de los villorrios menos importantes. La entronizaba en las plazas públicas, en las calles céntricas, en los templos e iglesias del Señor, y en los campos más frecuentados de la vecindad, para que todos la viesen y adorasen a menudo dentro y fuera de poblado. Procuraba también instalarla en las casas particulares, s¡eran cristianos los que moraban en ellas, para que así se acrecentase más y más su culto y veneración. El mismo la tomaba frecuentemente en sus manos, la cubría de besos amorosos y la estrechaba contra su pecho porque era su constante enamorado, el loquillo de la santa Cruz, el más entusiasta de sus defensores y adoradores, el que la llevaba más entrañada en su propio corazón.

Con inusitada frecuencia extendía él los brazos en cruz y en esta modesta postura oraba, rezaba y contemplaba por espacio de horas enteras. En estos casos parecía muchas veces una estatua de piedra o de madera, sin vida n¡movimiento corporal apreciables en virtud de las concentraciones místicas de su noble y elevado espíritu. Tendidos así los brazos, cuando hallaba tiempo y oportunidad de estar a solas en su celda o en la soledad de los campos por donde transitaba, hacía el penoso ejercicio de las tres horas de la agonía de nuestro paciente y adorable Redentor enclavado en el augusto madero del Calvario, tolerando entonces por El todas las molestias y fatigas que lleva consigo esta devota práctica de la pasión redentora. Para ello sujetaba los brazos a dos estacas que salían de la pared, s¡se encontraba en la celda propia, o los arrimaba a las ramas de algún árbol y de ellas se servía, s¡se hallaba de viaje por el campo, cada vez que intentaba hacer dicho ejercicio.

Con este mismo espíritu de reverencia y amor entrañable a la cruz del Calvario, viajaba otras muchas veces el Padre Margil, de un pueblo a otro pueblo, puestos también en cruz los brazos aun en la vía pública. Sólo que en estos casos disimulaba en lo posible su espíritu de mortificación y de adoración a la Cruz verdadera llevándolos enristrados con el palo o báculo que al efecto se cruzaba entonces al cuello por encima de los hombros, cual s¡de este modo buscase algún alivio corporal para sus largas y fatigosas caminatas, quien de día y de noche estaba crucificado con Cristo Jesús, lo traía hondamente grabado en su pecho y lo radiaba de continuo en todas las direcciones imaginables, para que a su vez fuese conocido, amado y reverenciado de todos los moradores de la tierra.

Esta misma devoción a la pasión y muerte de Cristo Dios y Señor nuestro, le conducía con harta frecuencia a recorrer la Vía sacra con todo el fervor de su tierno y enamorado espíritu. Los días en que podía hacerlo, lo mismo s¡se hallaba solo que acompañado, recorría sus catorce estaciones del trayecto con una muy pesada cruz sobre los hombros, una soga áspera al cuello y una corona de espinas ajustada a su cabeza, que le molestaba no poco. Después de este acto, s¡no había ningún público inconveniente, tomaba una disciplina de sangre en memoria de la que por nosotros derramó nuestro divino Redentor y Salvador. De este modo resultaban sus calvarios muy devotos, muy compungidos y de no escasa aflicción para la carne.

Practicaba esta misma Vía sacra en no pocos de sus viajes de ida y de regreso a sus conventos, a los pueblos de su habitual residencia y a los sitios a donde hubiese de acudir repetidas veces. En semejantes casos acostumbraba plantar catorce cruces de madera en los trayectos respectivos, y a distancias convenientes, para representar con ellas el lugar propio de las estaciones de ese nuevo calvario por él legítimamente erigido.

Y porque las estaciones del santo Viacrucis contienen la fórmula más adecuada para hablar de Cristo a las gentes de uno y otro sexo, para darlo a conocer a los fieles y a los infieles sin distinción de clases, y para atraerle de continuo nuevos servidores que le amen y adoren en espíritu y verdad, extendía y propagaba esa devoción tan santa por todas las partes por donde pasaba. Con todo el ardor y entusiasmo de su celo incansable, establecía igualmente estos devotos calvarios por las ciudades, pueblos y aldeas que visitaba, durante sus correrías apostólicas por el Nuevo Mundo. Allí donde iba plantaba la cruz de Cristo y erigía las estaciones del Calvario para uso de los cristianos residentes en el mismo lugar. Erigidos dejaba tras de sí estos monumentos de nuestra santa fe, estos símbolos de nuestra redención por Jesucristo, estos gloriosos recuerdos de nuestro rescate, esas prendas de nuestra eterna salvación.

El Ilustrísimo señor Obispo de Puerto Rico, haciendo el cómputo de esos Calvarios en los primeros 15 años de sus misiones por las provincias de Guatemala, cuando era el compañero inseparable del Padre Melchor López, de la Seráfica Provincia de Castilla, los hace ascender a la importante cifra de 2.500, sin contar aquí las cruces altas que ellos dos colocaban en las sierras, en las cumbres de los montes y los caminos de su tránsito, n¡los calvarios también fundados por ellos en las provincias de otros obispados americanos. Mas como el Padre Margil sobrevivió al Padre Melchor López la friolera de 28 años cumplidos y continuó en todos ellos con grande actividad la erección de cruces y la fundación de calvarios por todos los obispados de ese país tan extenso y dilatado, no creemos exagerar s¡decimos que llegaron a 10.000 los que fundó el Padre Antonio durante los 43 años de su intensa labor misional por el territorio de la Nueva España, que no le pagará nunca la mitad de sus beneficios.

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Fr. Antonio Margil de Jesús. Querétaro (Méjico)

Cuando este insigne Apóstol de la Cruz practicaba la Vía sacra acompañado de muchas gentes, jamás dejaba de predicar su sermón en cada una de sus catorce estaciones; con lo cual movía sus auditorios a lágrimas de dolor y de penitencia, a compunción de sus pecados y a la reforma de sus costumbres privadas y públicas. Y hacía esto lo mismo en sus colegios apostólicos acompañado de otros muchos frailes y en otras casas religiosas de hombres y de mujeres, que en las calles y plazas públicas dirigiéndose a toda clase de personas seglares y eclesiásticas. En cualquiera de estos casos, todos los piadosos calvarios dirigidos y predicados por el Padre Antonio Margil, se parecían mucho a cursos completos de santas misiones, o a unos ejercicios espirituales practicados en toda regla. Con cada una de las catorce pláticas con que proponía entonces la consideración de los pasos en particular, encendía y alentaba hogueras de amor divino en los pechos y corazones de sus devotos oyentes, a quienes convertía y ganaba para Cristo su Dueño y legítimo Señor.

Llevado asimismo de este espíritu de compasión y amor de Cristo crucificado y del celo de la salvación, mejora y santificación de las almas por El redimidas, erigía también la Vía sacra en las iglesias, en las ermitas y en casas u oratorios particulares, para que de este modo tuviesen los fieles cristianos donde anidarla con fruto y sin el tropel de dificultades que en otros casos suelen presentarse. No sabemos de otro misionero apostólico que se haya distinguido tanto por su culto de adoración a la Cruz n¡por la divulgación teórico-práctica de los calvarios en que ella es venerada y ensalzada sobre todos los emblemas de nuestra sacrosanta Religión.

FR. FRANCISCO LLITERAS, O. F. M.

Noticias

De Énova. Cuarenta Moras y Quinario

En la recién restaurada capilla que las Hermanas Terciarias Franciscanas tienen en este pintoresco pueblo se han celebrado unas solemnes Cuarenta Horas y devoto Quinario a San Francisco de Asís, con extraordinario concurso de fieles.

Las Cuarenta Horas tuvieron lugar los días 6, 7, 8 y 9 del pasado Octubre y sirvieron juntamente con el domingo, 10, para el Quinario de las Llagas del Serafín de Asís.

En ese último día coincidió la fiesta principal que todos los años hace la Venerable Orden Tercera de Penitencia de este católico pueblo a su Santo Fundador. Por la mañana, la capilla de música del Colegio.

Al Evangelio ocupó la sagrada cátedra el Reverendo Padre Ludovico María Rubert, ofm, que glosó con elocuencia y unción el tema: "Recuerdos de un Santo, como San Francisco de Asís".

Por la tarde, descubierto S. D. M. y cantado el trisagio por la Capilla del Colegio, el Visitador local de la Orden Tercera, don Jerónimo Leandro García Torres, dirigió su fervorosa palabra al numeroso auditorio. Se cantaron las Llagas, con el ejercicio correspondiente, se rezó la Estación Mayor, se dio la Bendición con el Smo. y todo el pueblo entonó los gozos al glorioso San Francisco de Asís.

Como coronamiento de la fiesta se impuso el cordón a varios cordígeros, se admitió en la Orden Terciaria algunos novicios y profesaron otros.

Vicente Marco Marco,Terciario franciscano

Quinarios a San Francisco

A la lista de los que publicamos en el número anterior, hemos de añadir los siguientes celebrados el pasado mes de Noviembre:

Bibliografía

Mártires de la Alpujarra en la rebelión de los Moriscos (1568), por el Padre Francisco A. Hitos, S. J.—Apostolado de la Prensa, S. A. Velázquez, 28, bajo derecha, Madrid. 1935.

Una página gloriosa, y cas¡desconocida, del catolicismo español en su siglo de oro. Millares de mártires dignos de la primitiva Iglesia: heroicos sacerdotes, caballeros, señoras, niños simpáticos, moriscos de acrisolada lealtad a Jesucristo. Y entre tantos millares de héroes, ¡n¡un solo traidor!

Raquel la betlemita, por el Padre León Villuendas, ofm. — Apostolado de la Prensa, S. A.—Velázquez, 28, Madrid. 1935.

Aun cuando de esta novela de carácter oriental ya se ocupó La Acción Antoniana en su número de Octubre último, sin embargo, tratándose del Padre Villuendas, queridísimo hermano nuestro e ilustrado colaborador de esta revista, y de la Editorial que nos ha honrado con su envío, de nuevo la recomendamos a los lectores, ya que en ella se pintan de mano maestra los encantos bíblicos que encierra el país de Jesús, que el autor conoce palmo a palmo por residir allí largos años y desempeñar importantes cargos en la Custodia franciscana de Tierra Santa.

La novela Raquel la Betlemita, que bien puede ser una historia contemporánea, es un precioso relato, que deleita, instruye y moraliza con encantadora naturalidad.

Nuestros difuntos

En Benetúser, Carmen Gras Quilis
En Palma de Gandía, Dionisia Vidal
En Benisa, Francisco Font Guardiola, de 96 años
En Cocentaina, Rosa Jover Richart, de 88 años