Divagaciones
1945, año...?
Quería calificar el año que empezamos, pero después de mucho pensar y de mover la pluma sobre el papel, cual si fuera un estilete quirúrgico que pretende rasgar la piel para descubrir algún secreto de la sangre, me encuentro con sólo unos puntos suspensivos y un interrogante.
En efecto, el año que, según nuestro cómputo llamamos ya 1945, el presente es eso y nada más. ¿Qué se indica con esos puntos...? ¿Qué hay escondido tras el interrogante?... No lo sabemos todavía. Hemos de resignarnos a que pase para saberlo. Menos mal que esta obligada espera es querida por todos, aunque presintamos no será lograda por muchos. Sin embargo, no todos nos resignamos a que pase sin conocerlo y trabajamos lo indecible para rasgar el velo que lo envuelve.
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Son muchos los pormenores de la ida que delatan esta innata curiosidad por el porvenir. En consonancia con esto se multiplican los conatos para marcar la nota que ha de caracterizar el año nuevo..
Así cada calendario hace sus predicciones obligadas del tiempo, de las circunstancias favorables o perniciosas para la industria, el comercio, la agricultura, hasta de los trastornos sociales que se esperan; y no digamos del día, hora y modalidad del fin de la guerra; y no faltan quienes, deseando relacionar la marcha de los individuos con la de los cielos, ponen su sección de horóscopos, para que los jóvenes, y también los viejos, se entretengan buscando el suyo y sueñen un buen rato en los destinos que les marcan las estrellas. Y según esto, unos dicen que será un año fasto; otros nefasto; éstos, ordinario; aquellos, de suma trascendencia para la Patria y, ¡cómo no!, para la humanidad entera...
¡Ah!, no cabe la menor duda; el misterio del porvenir es de los que más fuerte atracción ejercen sobre el espíritu humano...
Después de pensar otro largo rato, me ha dominado un prurito de risa; es que se me ha ofrecido un pormenor de la vida ordinaria, que dentro de su trivialidad podría proporcionarnos como un molde en que podamos plasmar el año que empezamos y nos permita de él dentro de doce meses. Ese pormenor es — me presumo que, como yo, se van también a reír los lectores— el cromo del que cada cual hacen pender su calendario. Esto en el supuesto de que se haya escogido el cartón según el propio gusto, para que presida la caída de las hojas del calendario o, mejor, de los días del año.
Así, un cromo que, con vivos colores, ofrezca una de las célebres «estrellas» del cine, del teatro, de la belleza, del baile, etcétera, indica va para los que lo acogen un año frívolo, pasional y hasta salpicado ele amargas desilusiones; otro que ostente a uno de los «ases» del deporte nos indicará un año deportista y de apasionadas disputas; un simple anuncio comercial, una máquina o una fábrica con su chimenea humeante, nos revelará un año de puro cálculo material y algún tanto egoísta; un paisaje alpino o de nuestra encantadora huerta, una escena familiar o algún cuadro célebre, representará un año artista, de fina sensibilidad y hasta algo romántico; una estampa del Sagrado Corazón de Jesús, una inmaculada de Murillo u otro motivo religioso, pondrá de manifiesto un año de emoción mística, de exaltación espiritual, de sublimación de vida...
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¿Qué no crees haber tanta relación entre el cromo y el pronóstico del año? ...
Efectivamente, así es en la mayoría de los casos por la irreflexión que impera en la incesante marcha de la vida. Pero su influencia secreta e inconsciente no se puede poner en duda...
Veamos. El cromo que preside nuestro calendario es mirado, por lo menos, a la caída de un día y al amanecer de otro. Estas miradas impresionan nuestros nervios; estas impresiones suscitan en nuestra sensibilidad emociones que insensiblemente van modelando nuestro sentimiento según el que se refleja en el cromo; y conocida es de todos la parte que el sentimiento tiene en la orientación de la vida.
Resultado, que al fin del año, cuando de él no queda en nosotros más que las impresiones de los sucesivos acontecimientos estampadas en nuestro espíritu, al hacer el recuento de todo nos encontramos con una gran suma de impresiones producidas -de un modo constante y eficaz, aunque inconsciente, si se quiere- por ese insignificante pormenor de la vida, por el cromo de nuestro calendario...
¡Y pensar que hay infinidad de insignificancias en la vida que influyen enormemente en su tono, en su orientación final!
Bien. Quiero terminar estas divagaciones con algo serio e inconmovible. Quiero borrar los puntos suspensivos y hacer caer el interrogante del principio.
Ya que la oscuridad nos rodea por doquier cuando queremos penetrar en los secretos del porvenir con la débil llamita de la razón, oigamos las palabras del que es la Verdad: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas.
Sigamos a Jesús. Obremos siempre mirándole: Él es nuestro ideal. Con esta firme resolución podemos ya decir, en cuanto a nosotros afecta: 1945, año lleno de esperanzas eternas, de sólidas realidades, de sublimación de vida.
Fr. José Antonio Arnau, ofm
[Notas biográficas del P. José Antonio Arnau]
En el año nuevo
¡Oh la alegría que se marcha;
oh la alegría que se va
por el camino que va nunca
la sentiremos regresar ! ...
Y las veladas del invierno
junto al calor del dulce hogar...
Conversaciones que va nunca
a nuestras bocas volverán.
El alma se va deshojando
sin advertirlo casi , y van
encaneciendo los cabellos
sobre la sien crepuscular...
Y cada día que se aleja,
y cada noche que se va,
se lleva un algo de nosotros,
algo que no veremos más...
Y suavemente, como en sueños,
vamos andando hacia el final.
... Allá a lo lejos se divisa
una palabra... eternidad.
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