La Semana Santa en Jerusalén

Dijo el célebre orador Lacordaire que los Lugares Santos eran para el mundo lo que los astros para el firmamento: manantial de luz, calor y vida. Jerusalén, sobre todo, irradia por doquier su maravillosa influencia, particularmente durante la Semana Santa.

La Sagrada Liturgia, que tan elocuentemente habla al creyente respecto al drama divino del Gólgota y que hace vibrar en todo lugar los corazones de los fieles, en Jerusalén, teatro de los augustos misterios de nuestra Redención, tiene mucho más de patético y sublime.

La fiesta de los Dolores de la Santísima Virgen, que el Viernes de Pasión se celebra en el Calvario, allí mismo donde la Madre de Jesús y nuestra presenció, sumergida en un mar de angustia, la crucifixión y muerte de su Hijo, es el admirable preludio de la Semana dedicada a conmemorar los sufrimientos de la Víctima divina.

Al día siguiente, sábado, la devota peregrinación de los PP. Franciscanos y los fieles devotos al simpático Santuario de Betfagé, distante 2 kilómetros de Jerusalén, prepara el místico triunfo del «Rey manso», que en el Domingo de Ramos se conmemora solemnemente junto al Santo Sepulcro.

Domingo de Ramos

El pontifical y procesión de las Palmas, que dura sus cuatro horas, perpetúa a través de los siglos la espontánea y popular aclamación de la soberanía de Cristo Rey de hace veinte siglos. En verdad, que esta solemnidad en Jerusalén conmueve y fascina. Los ramos de olivo provienen del mismo monte Olivete, del que un día los desgajó la turba alborozada para echarlos a los pies del Salvador cuando entraba triunfalmente en la ciudad; los cánticos de gloria y los Hosannas de los religiosos y coro de huérfanos, que repercuten por la vasta cúpula de la basílica, parecen ser todavía el eco de los entusiastas gritos de la muchedumbre y, sobre todo, de los inocentes niños que aplaudían y acompañaban a Jesús, sentado sobre el pollino.

Domingo de Ramos

En el Lunes Santo, devotas funciones en el Calvario y en la quinta estación.

En el Martes Santo, peregrinación al santuario de la Flagelación.

Miercoles Santo

Por la mañana tiene lugar la peregrinación a Getsemaní, que termina con la adoración de la Santa Columna, que se conserva en la capilla de la Aparición de Cristo a la Virgen del Santo Sepulcro. Los maitines de las Tinieblas, solemnemente cantados ante el Sepulcro en las tardes del triduo, son de un efecto maravilloso. Las graves, lúgubres notas de la música clásica, las significativas ceremonias de la Liturgia, los lamentos del profeta de Anatot, hieren dolorosamente las más hondas fibras del corazón.

El Jueves Santo

Es rico en escenas majestuosas y conmovedoras. El solemne pontifical celebrado ante el Santo Sepulcro, al que asisten también los cónsules católicos, y que termina con la procesión eucarística por el santuario para dejar a Jesús-Hostia en la tumba donde fué sepultado...; la enternecedora escena del lavatorio de los pies, practicada por el Patriarca en hábitos pontificales...; la peregrinación al Cenáculo, que recuerda la institución de la Eucaristía en aquel mismo lugar, convertido hoy, por desgracia, en mezquita...; y sobre todo, la Hora Santa en Getsemaní, a las altas horas ele la noche, para conmemorar la mortal agonía de Jesús, la traición de Judas, el abandono de los Discípulos, el arresto del Redentor... ¡Ah, el espectáculo es de los que conmueven hasta las lágrimas! Y vo he visto al claror de la luna que muchos fieles lloraban abrazados a los añosos olivos, retoños de los que presenciaron la agonía cíe nuestro Redentor.

Jueves Santo

Viernes Santo

En este día las emociones llegan al colmo. La Pasión cantada en la penumbra del Calvario, que recuerda todos los pormenores de la tragedia divina allí mismo realizada...; las oraciones y súplicas del celebrante, ecos de las que Jesús agonizante dirigió a su eterno Padre...; el canto de los improperios, mientras los fieles, sollozando, adoran la Cruz...; el Vía Crucis después del medio día, por las mismas calles que recorrió la Víctima divina cargada con el pesado leño...; la lúgubre procesión del Entierro -de las ocho a las diez de la noche-, en la que se predica en italiano, griego, alemán, inglés, francés, árabe y español, y en la que el reverendísimo P. Custodio unge la imagen del Redentor sobre la Piedra de la Unción, y después, llevada por cuatro diáconos, es colocada en el Sepulcro... Todo esto en el mismo lugar en el que hace veinte siglos tuvo su cumplimiento, sumerge al alma en un mar de dolor...

Sábado Santo

Ha llegado el Sábado Santo. Cambia enteramente la escena: todo es encantador y hermoso. El canto de júbilo el ¡Alleluya! vibra potente en la basílica. En derredor de la Santa Tumba aletean los ángeles del Señor, repitiendo el Surrexit, que llena de alegría a los amantes de Jesús. En gama siempre creciente, el dolor se convierte en gozo, que llega al ápice en el solemnísimo pontifical, al que asisten numerosos religiosos y fieles que rebosan de entusiasmo.

Feliz remate de la función de Pascua, en el Domingo de Pascua, es la sugestiva procesión en torno al templete del Sepulcro, en cuyas tres vueltas, y en dirección de los cuatro puntos cardinales, se cantan sucesivamente por un italiano, un alemán, un francés y un español los cuatro Evangelios de la Resurrección, como anunciando a todo el orbe el triunfo de Jesús.

Domingo de Pascua

Aurea corona de las fiestas pascuales es la solemne y simpática peregrinación del lunes siguiente al santuario de Emaús, donde el Rmo. P. Custodio celebra de pontifical, recordando la gloriosa manifestación del Resucitado a los discípulos Cleofás y su compañero. Allí, en Emaús (Cubebe), distante 60 estadios (unos 12 kilómetros) cíe Jerusalén, se robustece la fe en el misterio de la Resurrección y se enardece el corazón, como el de los dos afortunados discípulos que reconocieron a Jesús resucitado «en la fracción del pan».

Cristo resucitado

Lector, quienquiera que seas, escúchame: La celebración de la Semana Santa debe engendrar en todo cristiano el anhelo de padecer y sufrir, para asemejarse cada día más al divino modelo. Y cuando al correr los días y pasar los años el Señor tenga a bien presentarnos el cáliz de la amargura, apliquemos sin titubear nuestros labios, recordando el Getsemaní, el Pretorio y el Calvario, sin olvidar tampoco el Surrexit, el Alleluya y Emaús.

Fr. León Villuendas Polo, ofm
Obispo de Teruel

[Notas biográficas de Fr. León Villuendas]

La honda pasión de Jesús

Cada año nos trae la Liturgia el viviente recuerdo de la Pasión de nuestro Redentor. Aunque en la íntima vida espiritual de las almas nunca se extinga esta fuerte v estimulante memoria y- en algunas se obre como una prolongación de los dolores de Jesús, la Iglesia tiene escogidos días para rememorar oficialmente la Pasión del Señor y en ellos hasta los cristianos distraídos vuelven la mirada del espíritu a lo que Jesús pasó por nosotros, y las almas de vida interior, unas veces por propia decisión, otras por secreta acción divina, se sumergen en ese abismo de dolores que proclaman el inaudito amor de Dios a nosotros y el tremendo trastorno de la vida que engasta en sí el pecado, que provocó la Redención. Las penas acerbísimas de Jesús, desde sus angustias de muerte en Getsemaní hasta los imponderables dolores de la cruz, pasan por ante la consideración cristiana en esos días y van despertando afectos de compasión y compunción saludables a cuantos no se obstinan en vivir de espaldas a Nuestro Señor Jesucristo.

Lo que no suele meditarse tanto ni dejarse ver de la mayor parte de las almas es la misteriosa Pasión interior de Jesús que secretamente le abrumó desde su Encarnación. Fr. Juan de los Ángeles, y no es él sólo, llama a esta escondida pasión la cruz mental del Salvador. Teólogos como Suárez han dedicado particular atención a ese aspecto doloroso invisible de la vida del Señor. Hubo de ser continuo y de imponderable aflicción, aunque tal vez, como apunta el gran teólogo, admitiese mitigaciones y alivios de cuando en cuando.

Jesús, como cabeza que es de su cuerpo místico, que es la Iglesia, continúa en sus miembros su vida y sus misterios. No podía menos de continuar su propia Pasión. La razón más profunda de los dolores de la vida es cabalmente ésta. La Virgen no tuvo pecados que expiar, ni pecaminosas disposiciones que extirpar, ni imperfecciones morales que purgar. Era profunda y universalmente Inmaculada; pero precisamente por eso y por asociada eminentemente al misterio de la vida de Jesús, hubo de participar como nadie de sus dolores y ser la Virgen de los Dolores donde El fué el Varón de Dolores. San Pablo dice de sí que completaba en su carne lo que falta a las pasiones de Jesús por su cuerpo que es la Iglesia ; y este hecho de la vida del Apóstol es precisamente la ley cristiana del padecer como miembros místicos de Jesucristo.

Cristo crucificado

No ha de ser, pues, de maravilla que en algunas almas muy de la intimidad de Jesús reproduzca El a veces, y en limitada medida, algo de su cruz mental y les haga sentir el peso incomparable de los pecados cíe los hombres. Frente a ese dolor profundo que nadie ve, son como descansos y desahogos las espantables penitencias de una Beata Angela de Foligno, pongo por caso, o la tortura de marcarse el nombre de Jesús sobre carne viva, en el pecho, con un punzón candente, como Santa Juana y Francisca Fremiot. Es dolor no comparable a otro alguno de los que trituran a los hombres, más penetrante, dilacerante y pesado que todos. Parece tocar a los tuétanos del espíritu y a las raíces de la vida y hacer sentir el hondo desquiciamiento del ser humano respecto de su principio divino. Sienten esas almas entonces que el único dolor doloroso de verdad -valga la frase- es ese extraño dolor, y que el único mal verdadero del mundo es el pecado.

De tal íntimo dolor anduvo abrumado nuestro buen Jesús en las profundidades de su alma desde el punto y hora de la Encarnación. Tomó sobre sí la inmensa carga de nuestros pecados y quiso llevarla animosamente por nuestro amor y para nuestro remedio.

Si como podemos, hasta cierto punto, hacernos cargo de los dolores físicos, pudiéramos apreciar debidamente ese pasmoso y misterioso dolor cíe la cruz mental de Jesús, habría de ser honda v enérgica la detestación de nuestros pecados y horrendo el miedo de caer en ellos y de acercarnos a las ocasiones de pecar.

Realmente, andamos ciegos por los caminos de la vida.

Fr. Luis Colomer, ofm

[Nota biográfica de Fr. Luis Colomer]

 

Seguían a Jesús gran multitud de pueblo y mujeres que golpeaban su pecho y se lamentaban por El; mas volviéndose hacia ellas, Jesús les dice: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; más bien, llorad sobre vosotras y sobre vuestros hijos, porque han de venir días en que se diga: Bienaventuradas las estériles... Los hombres clamarán a las montañas: Caed sobre nosotros...»

Los acontecimientos políticomilitares de Palestina por los años 70 y 132, en tiempo de los emperadores Tito y Adriano, fueron el comentario real de las palabras proféticas de Jesús.