Predica el Santo
¿Y a ti, qué?
Quiero más bien atribuirlo a despreocupada inconsciencia; pero aun así, no puedo arrancar la espina de mi corazón...
Salían del templo, de misa de una; sus facciones privadas del candor natural por el maquillaje y la pintura; apenas vestidas con unos retales, pintorescos gallardetes de verbena...
—¿Y a mí, qué?—, decía una despectivamente.
—Si van así acabaremos por no ir a la iglesia—, añadía otra.
—Ellos se lo perderán—, gritaba una tercera...
Y así, entre petulantes desahogos y cínicas risotadas, se me perdieron de vista y corrieron por sendas para mí llenas de sombras y de peligros.
¡Quién me diera las pudiera alcanzar, a lo menos con estas cuartillas, para hacerlas salir de tan suicida inconsciencia! ...
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¿ Y a mí, qué?...
¡Ah! ¿Lo sientes así? ¿No mientes?... La moral te debe preocupar. Y debes promoverla en ti y en quienes giren en torno tuyo. No estás sola en el mundo. Dios te ha dado un corazón. Y te ha dotado de encantos poderosísimos para el bien y para el mal, según tú quieras...
Cuando el sacerdote te intimó aquellas normas de modestia que tanto te molestaron, no hizo otra cosa que cumplir con su deber y ayudarte a ti para que lo cumplas.
Con la modestia, tus encantos, tu corazón, tu amor, son fuerzas que te elevan a ti y a quienes te miren. Tu paso es el de un ángel...
Sin la modestia, todo lo contrario. La bestia se apodera de ti y tus dones se truecan en incentivo de maldad. Tu paso es entonces el de la serpiente.
¿Y a ti, qué? ... Piensa y rectifica.
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El templo es la casa de Dios. Es casa de oración. El alma humana necesita comunicar con el cielo si no quiere ser anegada en la ola de materia que agita el mundo.
Cuando el predicador del Evangelio te decía que no profanes la casa de Dios velaba por tu bien. Quería que tu presencia en el lugar santo fuese digna de atraer la mirada del Padre celestial; de ese Padre que te ama desde la eternidad, y cuyo amor hacia ti continúa manteniendo tu existencia; de ese Padre a quien tú tienes olvidado, no obstante serlo todo para ti...
Retirarte del templo por no dejar los imperativos vanos de la moda es trocar el vasallaje de tu espíritu: No reconoces la soberanía amorosa del Padre celestial y te esclavizas bajo la tiranía ridícula de_ unas pasiones inconfesables...
;Y a ti, qué?... Vale la pena que reflexiones un poco.
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¿Quién pierde con ello? ... Tu actitud irrespetuosa ni perjudica a Dios, ni a la Iglesia, ni al sacerdote. Eres tú la que pierdes. Pensar lo contrario es tener un concepto muy menguado de la realidad.
Tú eres la que te has de salvar o condenar, según la actitud que tomes ante el mensaje misericordioso del Evangelio.
Si lo aceptas y lo constituyes en norma de tu vida, te salvarás; si no lo aceptas por querer seguir los antojos de tu vanidad, movidos por un criterio puramente mundano, entonces —ha dicho Jesús— va estás juzgada. No podrás tomar parte en su Reino.
... ¿Y a mí, qué? ...
No creo que frívolamente, como cuando salías del templo aquel domingo, vuelvas a repetir, encogiéndote de hombros, este despectivo grito de tu amor propio herido...
Pero si tu ligereza aún forcejea por no ser ahuyentada del efímero reino de la vanidad, ten presente y no olvides:
Que la moral del Evangelio te obliga.
Que necesitas acercarte a Dios para elevar tu vida.
Que cuando te alejas de El eres tú la que pierdes, ya que das pasos hacia la condenación eterna.
Fr. Antonio de Padua
Bienvenida a la imagen de Nuestra Señora de Fátima
Llegasteis por fin, ¡oh Virgen!, A sólo tres pastorcitos Muchos niños, muchos niños, Capullitos delicados, Y aun no pocos viejecitos, Llenos de achaques y días, Todos a una voz, ¡oh Virgen!, |
y os dan hoy la bienvenida Habéis, Madre, satisfecho Empezamos sin saber Un altar con pastorcitos Demostráis vuestro poder Niños, jóvenes y ancianos, Escuchad siempre amorosa |
Fr. Luis Ángel
[Nota biográfica del P. Luis Ángel]
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