Las Hermanas Franciscanas Terciarias de la Inmaculada en Fontilles

(Continuación)

CAPITULO III.- Lo que hacen en Fontilles las Hermanas franciscanas.

¿Habéis visto un hospital? Todo ser humano debiera visitar un hospital. Las risitas a los hospitales, la presencia de los enfermos, los gemidos de dolor y los ayes de amargura, ablandan los corazones, haciéndonos más humanitarios, menos egoístas y, por lo tanto, más buenos. En los hospitales hay enfermos, hay heridos, o de ambos a la vez.

¿Habéis visto un leproso? ¿Habéis visitado una leprosería? ¿Conocéis Fontilles, una de las mejores leproserías del inundo y, por lo tanto, con muchos leprosos? Todos no pueden ver a un leproso.
Todo ser humano que no tenga concubitancia infernal quisiera saber nadar perfectamente cuando ve a una criatura ahogarse, para poder lanzarse al agua a salvarla. Unos porque aman el bien ajeno; otros por vanidad en elogios futuros; pero, en fin, cas¡todos quisieran poder cooperar en salvar una criatura, pongo por ejemplo. Ahora bien; con decidida voluntad, con bondad notoria y probada, todos no pueden n¡sirven para presenciar el desagradable espectáculo de tener ante los ojos la visión que produce un leproso. Somos humanos, y a la función fisiológica del sistema nervioso simpático, al que no domina la más férrea voluntad, nos debemos.

Una leprosería; en este caso concreto, la de San Francisco de Borja, en Fontilles, es la suma de todo eso. Es una amalgama de cuerpos desechos, lacerados, torcidos y torturados por sufrir lepra; enfermedad contagiosa que les debilita, consume y agota. Pero tengamos en cuenta que, además, los leprosos no están salvaguardados de sufrir y padecer las múltiples dolencias y accidentes a que estamos expuestos los demás. Los demás que llenamos o podemos llenar los hospitales. Luego Fontilles es un triple hospital.

Las personas que por nuestra profesión atendemos a los leprosos no merecemos loa alguna. Somos como aquel que sabe nadar con pericia y salva al niño que se ahoga, para conseguir un premio en metálico o para verse fotografiado, con tratamiento de héroe, en la prensa gráfica. Somos como el que da una limosna y vocifera la dádiva.

Nosotros, el personal sanitario, somos trabajadores de la lepra. Como el carpintero de la madera. El Patronato directriz se encarga de retribuirnos espléndidamente. Trabajamos a sueldo.

El mérito, el verdadero mérito, el que n¡torpemente da órdenes a la pluma y ésta no puede glosar cual merece, es lo que a todas horas verifican esas Hermanas franciscanas que tienen en su haber la herencia que les transmitiera San Francisco de Asís: trabajo por amor.

Siempre, y cuando la salud y la edad la permitan, ésta es la regla y la norma de los principios de las Hermanas franciscanas terciarias de la Inmaculada. Por eso la Rda. M. Superiora no tiene que lamentar ningún zángano en la colmena. Todas las Hermanas son abejitas laboriosas que aportan dulce miel con sus actividades. Son hormiguitas tenaces, que grano a grano de su laboreo, lo acarrean día a día y hora a hora al granero del alivio y bienestar para los leprosos.

La modernísima y bien dispuesta cocina de los enfermos está atendida, a más de por expertos cocineros, por dos Hermanas, que dirigen y cocinan los condimentos que a diario paladean los enfermitos. Además son las encargadas de cumplir con exactitud los regímenes especiales que a diario son señalados, o alterados y modificados, por los señores médicos. Pues ya dijimos en otro lugar que Fontilles, además de leprosería, le es dable la tenencia de las diversas enfermedades que corresponden a población normal de igual número de habitantes.

La cocina de los sanos, sita en la Hospedería de la Colonia, es atendida por dos hermanas, que no tienen sólo que cocinar para el personal fijo que yanta en sus tres comedores, más el arreglo de habitaciones y aseo de la ropa de los profesionales que por su soltería residen en la Hospedería de Fontilles, sino que intempestivamente tienen que tenerlo todo dispuesto y, a todas las horas, para lo imprevisto. Bien porque sin aviso alguno nos presentamos los sanitarios que, por nuestras especialidades y residencia particular y distante, acudimos a nuestros deberes, cuando las necesidades de los servicios a prestar lo reclaman y nuestra conciencia y buen concepto en el cumplimiento del deber nos lo aconsejan; bien, de pronto, se presentan visitas científicas, eclesiásticas, personal altruista y caritativo de toda España y del extranjero; bien ejercitantes religiosos, seglares, etc. Pues todo este ajetreo es llevado a feliz término por esas dos Hermanitas, que ya quisieran para sí los mejores hoteles.

Los leprosos, la inmensa mayoría de ellos, tienen que ser curados a diario de sus llagas y diversas lesiones; muchos de ellos dos veces al día. Los que no pueden salir de los lechos de las enfermerías porque sus lesiones y mutilaciones les convierten en verdaderos guiñapos, allí, en su propio lecho de dolor, son delicadamente atendidos, curados y vendados por manos expertas. A este servicio acuden el número de enfermeros, practicantes y médicos que la envergadura del mismo requiere, modernamente equipados, provistos y previstos; pero secundados por hermanas con manos desguantadas, que mientras, cual alas de mariposa, afelpan algodonando llagas, sus bocas, sonrientes, pronuncian palabras de consuelo al dolorido leproso, para mantenerle firme la resignación y la paciencia, sostenedoras de la encendida antorcha de la fe y confianza en Dios.

Al pabellón donde están emplazadas, modernamente y con todo adelanto técnico y científico, las clínicas de cura diaria, para los leprosos que por sus medios pueden acudir a ellas y por los que por carritos especiales son conducidos, ya que la lepra les hizo desaparecer parcial o totalmente los medios de locomoción, donde están instaladas las consultas de las especialidades y el quirófano, son dos Hermanas infatigables las que incansablemente atienden a los enfermos y a nosotros. Las dos son imprescindibles, diferentes, pero se complementan. Una, calladamente, con la sonrisa en los labios, ayuda a practicantes y enfermeros a los vendajes y curas. Y más próxima del Señor que ellos, por ser su esposa, no mira jamás el reloj, que, colgado a la pared, testigo penduleante es de tanta miseria humana. S¡no que, concentrada su atención en la delicada labor que sus manos realizan, a los dictados de su preclara mente y sublime corazón, eleva su mirada al cielo para pedirle a Dios piedad y compasión para los enfermitos. La otra Sor tiene un desagradable deber que cumplir. Y lo cumple. cómo no, a la perfección. Desde el departamento de m¡consulta la oigo continuamente regatearles a practicantes y a enfermeros materiales de cura, que ella les suministra. No lo hace por tacañería. No es así. N¡la Dirección de la Colonia, n¡el Director sanitario, ordenan la escasez, n¡la consentirían. Regatea esta Sor por el deber ineludible de que, ante la abundancia de materiales, en ciertas manos sean objeto de despilfarro estos elementos, que por las circunstancias atravesadas por causa de la pasada guerra, y no normalizadas aún, tanto han escaseado, y, que jamás en Fontilles han faltado, y Dios quiera que no falten nunca, para bien de los enfermitos. Te asustarías, lector, de la cifra de kilogramos diarios que de algodón en rama, gasas y vendas, así como carretes de esparadrapo, se consumen en Fontilles.

El pabellón que en su planta se realizan los servicios antedichos, tiene en su espacioso y único piso instalado un completo y bien dotado laboratorio de análisis. A este laboratorio, donde se disciernen y averiguan las cosas sanitarias, donde se descubren gérmenes de dolencias, donde se preparan lenitivos para las mismas, nada seríamos los que allí cooperamos, a pesar de siempre estar presididos los trabajos a realizar por doctores patólogos e histólogos de valía, sin nuestro brazo derecho, que en este caso concreto es la Hermana que el Señor, al tomarla por esposa, la dotó de habilidad y perseverancia sublimes.

Hay leprosos sin falanges; otros sin dedos; otros sin manos. La lepra les va corroyendo, desmembrándoles lentamente. Las hermanas se encargan de acercarles los alimentos a la boca, de limpiarles las fauces, etc.; todo ello con palabras cariñosas de consuelo, recordándoles que mucho más sufrió Nuestro Señor Jesucristo hasta su muerte.

El suelo de Fontilles es bello jardín de flores. Enfermos que sus manos lo permiten las cuidan. Pero la fragancia de las mismas se debe a que las Sores, con sus manos delicadas, añaden sus cuidados a las plantas para que luzcan las flores su lozanía.

Prueba este aserto que las múltiples imágenes santas que se adoran y veneran en Fontilles, no sólo en la iglesia y capillas, sino por todos los departamentos, ya que existen por doquier, todos los días del año y a todas las horas del día, sencilla y a la par que artísticamente, rodeadas están de flores, ofrenda perenne de las Hermanas.

La Rda. M. Superiora en todas partes se encuentra. Todo lo ve. Todo lo indaga. Todo lo sabe. No por curiosidad femenina —la perdió al convertirse en esposa del Señor—, sino por el deber de Madre. Para poder subsanar los defectos, s¡los hubiese. De pie, altivamente digna, con energía femenina, don especial que, con creces, ya poseía la hija espiritual de San Francisco de Asís, conferencia a diario con los enfermos que a ella acuden en demandas y peticiones. Procurando resolverlas todas ellas, por dificilísima que sea la consecución de lo pedido y hasta para lo absurdo que se le solicite; sin crítica alguna para el demandante, con amabilidad y dulzura, sabe convencerle de la imposibilidad de la demanda o de la no conveniencia de la misma.

Todas las Hermanas en su Casa Conventual cumplen los deberes de su Orden; y a pesar de la inmensa labor especializada que todas y cada una de ellas realizan, aun son cooperadoras constantes de la titánica labor que realizan los padres jesuitas, consolando y resignándoles, inculcándoles en el alma y corazón de los enfermitos, los principios cristianos, como lo vienen haciendo desde la fundación por ellos de la leprosería.

Juan Moll

Nazareno de Ponsoda

Sentida composición artística de don José María Ponsoda

"Quien quiera venir en pos de mí..." Es la invitación que constantemente nos hace el Divino Maestro; ahí se nos presenta en el momento cumbre de su intimación. ¿Invita, manda, ruega, enseña? Todo a la vez. Las almas generosas así lo han comprendido y, abrazadas con su cruz, siguieron al Divino Nazareno. El artista ha sabido dar a la composición toda la emoción de un corazón hondamente cristiano"

Consultorio religioso

Todos los años, cuando llega el tiempo en que se suele practicar la devoción de los Siete Domingos de San José, me ocurren dudas sobre los requisitos de esta práctica, y la confusión ha llegado a veces a tanto, por los diferentes comentarios que he oído, que hasta los he interrumpirlo, dejándolos incompletos. ¿Me lo diría, Fr. Agnello, en forma tajante que no dé lugar a dudas?

Con sumo gusto, caro consultante, y celebro la oportunidad de su consulta. Esta devoción al glorioso Patriarca consiste en honrarle durante siete domingos consecutivos con la memoria de sus siete dolores y gozos principales de su preciosa vida. Estos domingos pueden ser cualesquiera del año; pero en esta región valenciana el pueblo ha escogido con especial fervor los siete que anteceden a la festividad del Santo (19 de marzo).

Las gracias concedidas a esta práctica son, además ele los favores especiales que el Santo Patriarca concede a sus devotos, una indulgencia plenaria cada domingo. Las condiciones para poder ganar esta indulgencia son las ordinarias, o sea, confesión, Comunión, rezo de las preces prescritas y orar por las intenciones del Sumo Pontífice.

En cuanto a la confesión, cumple va el que tiene costumbre de confesar semanal o quincenalmente con su confesión ordinaria, sin necesidad de confesión especial. Esto quiere decir que no es preciso confesar el mismo domingo o el sábado anterior.

En cuanto a la Comunión, a poder ser, ha de hacerse el propio domingo; pero s¡una causa justa lo impidiere, puede hacerse otro día de la semana, el primero que le sea factible. Esto le resolverá el caso en que una enfermedad o algo imprevisto le impida comulgar en el mismo domingo.

Respecto a las preces prescritas son: siete Padrenuestros, Avemarías y Glorias en reverencia de los siete dolores y gozos del Santo, con sendas oraciones, que se encuentran en los devocionarios y que suelen recitarse en las iglesias cuando el ejercicio es público. Mas s¡por alguna causa no puede leerlas n¡asistir a la iglesia, bastan los siete Padrenuestros, etcétera. Pero estas preces es requisito necesario el que se recen en el domingo.

Para las intenciones del Papa basta una corta oración, por ejemplo, un Padrenuestro.

Creo, con lo dicho, lo tendrá claro y estará ya fuera de esas dudas.

cordon

Un alma ansiosa de vida de perfección desea hacer mucha penitencia, pero su director espiritual no se lo permite, por lo que ella acude a Fr. Agnello y le pregunta: ¿deberé de cambiar de director espiritual para empezar una vida nueva de penitencia y de mortificaciones?

A esa alma le diré que la mejor penitencia es la abnegación del propio juicio, y esto se consigue, primero y ante todo, con la obediencia más sumisa al dictamen del propio director. Por otra parte, la vida está tan llena de oportunidades para mortificarse, que, sin daño de la salud y sin necesidad de permisos, puede llevar esa vida nueva de verdadera penitencia y de continuas abnegaciones. Así que yo no veo la conveniencia, n¡mucho menos la obligación, de cambiar de director espiritual. ¿Le acomoda m¡respuesta? S¡hay algo más, explíquese; s¡no, aténgase a lo dicho y no tema, porque el obediente siempre cantará victoria, como dicen los Libros Sagrados.

cordon

Una persona con ganas de que le den las cosas hechas, quiere saber:

1. ¿Qué días pueden cambiarse los misterios del Rosario?

2. ¿Por qué al comenzar el curso, los círculos de Acción Católica, etc., se hace invocando al Espíritu Santo, siendo así que, aunque las tres Personas de la Santísima Trinidad son iguales, atribuimos al Padre, el Poder; al Hijo, la sabiduría, y al Espíritu Santo, el Amor?

3. ¿Qué es más aconsejable a los dieciséis años, el misalito litúrgico o un Misal completo, para quien no conoce más que M¡Jesús?

Contestamos con brevedad, pues no nos permiten más espacio.

1. Es aconsejable que en los días de las respectivas festividades litúrgicas de los misterios del Santo Rosario se contemple la serie de los misterios en que está el de la fiesta, aunque sea en día de semana distinto, por ejemplo: la Anunciación, Navidad, Purificación, Asunción, etc.

2. Se presta a largo discurso, pero brevemente diremos que la apropiación de la Sabiduría al Hijo se extiende a las obras de sabiduría, como el orden del universo y a la causalidad ejemplar de las cosas; y la apropiación del AMOR al Espíritu Santo, se extiende a las obras de la caridad, principalmente a la santificación de las almas, la que presupone la infusión de las gracias y luces necesarias para realizarla; de aquí que se invoque al Espíritu Santo cuando se procede al estudio de las cosas divinas y humanas y cuando hay que realizar un acto de trascendencia para la vida: Ordenación, profesión religiosa, etc.

3. M¡opinión es que el Misal completo debe usarse cuando se tenga un conocimiento más que regular de la Liturgia. Sin ello, más servirá de estorbo y distracción que de otra cosa. Así, que para su caso es aconsejable un conocimiento más completo de la liturgia y práctica de la Santa Misa, lo que adquirirá en el adecuado manejo de buenos devocionarios y lectura atenta de un manual de Liturgia.

Fr Agnello

Informaciones

Fr. Junípero SerraPor la Canonización de Fr. Junípero Serra

En la historia moderna de las Misiones pocas figuras han destacado tanto como el P. Junípero Serra Ferrer, franciscano de Mallorca. A su ingente labor de apostolado unió el P. Junípero la práctica más estricta de las virtudes cristianas y propias del estado religioso, por lo que los admiradores de su estupenda labor civilizadora quieren también verle principalmente honrado como auténtico embajador de Cristo y santo religioso. Primero en California (Estados Unidos), lugar de su apostolado y donde murió, y después en Petra (Mallorca), su pueblo natal, se han iniciado los procesos correspondientes para conseguir su pronta beatificación.

Ya se cuentan muchísimos casos de enfermos que han acudido a Dios valiéndose de la intercesión de su siervo Fray Junípero Serra, y han sentido, con los favores recibidos, su gran valimiento ante el Señor. Quiera el cielo que pronto podarnos ver con la aureola de los santos a este ilustre misionero, gloria de España y de la Orden Franciscana.

Según noticias recibidas, para el próximo mes de mayo los terciarios franciscanos de Mallorca organizan una gran concentración en Petra (Mallorca) para honrar a su esclarecido paisano y hermano.

De la Alemania de la postguerra

Llegó la paz, pero la paz, para un pueblo devastado y derrotado, no significa aún reposo y felicidad. Fue un militar, un general, quien dijo que «no hay cosa más triste que una victoria, excepto la derrota». Problemas espantosos se presentan para Alemania durante este invierno. Se calcula que varios millones de personas perecerán de hambre y de frío. Y en este ambiente de desesperación no es fácil imponer la tranquilidad del orden, que es, según los escolásticos, la definición de la paz. Pocas noticias nos llegan de los crímenes y represalias que tienen lugar a las orillas del Rin y piel Oder; pero sabemos que la situación es difícil a pesar del empeño que los aliados ponen, sin duda, en el asunto. Por una comunicación llegada de Roma nos hemos enterado, por ejemplo, de que en el convento de los franciscanos de Kreuzberg, cerca de Bonn, fueron asesinados de noche, en su cama, en agosto último, tres religiosos, a saber: el Padre Bruno Feldmann, Custodio de la Seráfica Provincia de Colonia, con los Padres Floro van Look y Werner Raaf. El martirologio franciscano alemán va sumando nuevas víctimas a las causadas por la persecución nazi.

Se tiene noticia de otros episodios que no terminan tan trágicamente. Tal el que le ocurrió al P. Gerold, Guardián de Dorsten. Recuérdese que el convento de Dorsten no es más que un montón de escombros. Quedó destruido en uno de los últimos bombardeos de la aviación aliada, mientras un religioso, el P. Gebhard, quedaba cas¡milagrosamente vivo, colgado a la altura de su celda sobre un machón aislado, al tiempo que todo se derrumbaba estrepitosamente a su alrededor. Pues bien, el Guardián P. Gerold dedicábase un día, vestido de paisano, a registrar los escombros, por ver s¡aun se podía hallar algo aprovechable, cuando un soldado ruso, de los prisioneros que por allí quedaban, acercándose disimuladamente, le robó su hábito, con todos los documentos. El Padre, al darse cuenta, siguió al ladrón, y al alcanzarlo, le propinó un buen «recordatorio».

El ruso se presenta de nuevo, acompañado esta vez de varios camaradas, dispuesto a vengarse. El P. Gerold se ve obligado a pedir socorro a las tropas norteamericanas, y varios carros blindados quedan durante tres días haciendo guardia ante las ruinas del convento. Por fin, creyendo pasado el peligro, se retiran los blindados norteamericanos, y los rusos aprovechan la ocasión para rociar con gasolina y pegarle fuego a todo lo que se había salvado en los sótanos del convento.

Nótese que allí se habían recogido, además del órgano de la iglesia, cuidadosamente desmontado en los momentos de mayor peligro, también algunos artículos de varios comerciantes de Dorsten, como fardos de paños, cajas de calzado, etc.

 

Pego: en el convento de los PP. Franciscanos

Convento de PegoEn los días 25, 26 y 27 de enero se celebraron en el convento las solemnes Cuarenta Horas que, en honor a la Sagrada Eucaristía, dedica anualmente la Venerable Orden Tercera de Pego.

Durante las trece horas que diariamente permaneció expuesta Su Divina Majestad, siempre tuvo cabe sus plantas fieles oradores, corazones amantes que le rendían tributo de homenaje y gratitud.

La solemnidad de los actos se patentizó de un modo singular el día 27, fiesta de la Tercera Orden. A las ocho, misa de Comunión general, acercándose a la Sagrada Mesa los hijos del Serafín de Asís ansiosos de hospedar en sus pechos al que, para alimento del hombre, quedó perenne en el Tabernáculo. Por la tarde, a las cinco, principió la función, entonándose solemnes trisagios; de tal modo, que s¡los días anteriores fueron solemnes, no pueden compararse con los tan gustados e interpretados de este día. A continuación los sermones, que estuvieron a cargo, durante los tres días, el Rdo. P. Pacífico Torres, quien desarrolló los temas apropiados sobre la Eucaristía.

El altar mayor estaba artísticamente adornado, formando un conjunto tan bello entre luces y llores, que parecía el cielo. Formando un trono, que los hijos del Serafín le habían preparado; trono formado de corazones fieles y almas fervorosos, que, llenas de fe y entusiasmo, entonaban los cantos a S. D. M.

Muy bien por los terciarios de Pego.

Carlos Sendra Marcos.


Novela de carácter oriental

Raquel la betlemita

II. Los esposos de la "Casita blanca"

Así son conocidos en Belén los dos simpáticos jóvenes Elimelec y Noemi. Ambos, hermosos de alma y cuerpo, son pobres, pero trabajadores honrados; ambos frisan en los veinticinco años, y sintiendo claramente que el Señor los destina el uno para el otro, se han jurado perpetuo amor en aquella Gruta, que ha sido siempre el imán de sus corazones cristianos. Al estrecharse las manos, mientras el sacerdote bendecía su santa unión conyugal, sólo en una cosa pensaron: en cumplir la voluntad de Dios y en formar un hogar en el que se bendijese y alabase al Señor.

Viven en las afueras, muy cerca de la Tumba de Raquel, junto a la carretera que une a Hebrón con Jerusalén. Elimelec, inteligente, trabaja con primor objetos piadosos de madreperla; Noemi, hacendosa, atiende a los quehaceres domésticos con exactitud, y se desvela por su esposo, a quien ama más que a sí misma. Los esposos de la «casita blanca», como les llaman sus paisanos, son felices cuanto es posible en este valle de lágrimas.

Se levantan del lecho con la aurora, y rezando el rosario, se dirigen a la Basílica de la Natividad, donde oyen misa, comulgan, visitan la Santa Gruta; y después, con la alegría en el rostro y la paz en la conciencia, vuelven a su casita. Tomado un frugal, pero sano desayuno, cada uno atiende seriamente a sus respectivos trabajos, que duran hasta el anochecer, excepto la hora de la comida y un rato de descanso. Puesto el sol, mientras la hacendosa Noem¡prepara la modesta cena, Elimelec lee en alta voz la historia sagrada, cuyas páginas, sobre todo aquellas en las que se hallan descritas las incomparables escenas de Rut, de David y del nacimiento de Jesús, les arrancan lágrimas de ternura. Después de la cena, acostumbran subirse a su linda terracita para respirar el aire oxigenado de la campiña y entretenerse en animada conversación, ya sobre el cielo, cuyo firmamento sembrado de brillantes estrellas canta la gloria del Creador, ya sobre su amada Belén, relicario de tantas gracias y dones del Altísimo.

N¡que decir tiene que los domingos y fiestas son sagrados para Elimelec y Noemi. La Comunión en la Santa Gruta, después de haberse purificado en el tribunal de la penitencia, la asistencia a la misa parroquial, la risita a los pobres enfermos, a quienes socorren con sus ahorros, ocupan cas¡toda la mañana. Por la tarde, a hora oportuna y provistos de su merienda-cena, se echan al campo, pues ambos sienten grande atractivo por los encantos de la naturaleza.

Les son ya familiares las cisternas de David, situadas no muy lejos de su casita, y que aun en nuestros días las llaman los indígenas Biar Daud (pozos de David); conocen perfectamente la Gruta de la Leche —a unos 300 pasos al SE. de la Basílica—, hoy transformada en hermosa capilla, donde, al decir de la tradición local, se detuvo en cierta ocasión la Santísima Virgen con su divino Infante, y al darle el pecho, algunas gotas de su purísima leche cayeron en tierra, comunicándole la virtud de producir leche en las madres, cuando les falta se detienen en el santuario llamado Casa de San José, distante del anterior unos siete minutos a Oriente, donde acaso moró la Sagrada Familia durante su permanencia en Belén; llegan hasta Bet-Sahur, pueblecito sobre un gracioso promontorio, tal vez la patria de los afortunados pastores que, adoraron al recién nacido Jesús.

Combinan también de cuando en cuando sus excursiones a los Campos de Booz y Rut, en medio de la fértil llanura, media hora distante de Belén, cuyos trigos en espiga les recuerdan el idilio de Rut; o a la colina Siar el Ghanem, siempre hacia Oriente N poco distante de los campos de Booz, en donde los ángeles, después de haber anunciado a los pastores el nacimiento del Mesías, entonaron el Gloria in excelsis Deo. Con frecuencia, en dirección opuesta a las excursiones anteriores, toman la ruta de Jerusalén a Hebrón, junto a los bellos huertos de Bet Djala, y se alargan hasta la región de Etam, que dista unos 6 kilómetros de
su casita, paseándose entre la Fuente Sellada, los magníficos estanques de Salomón —el mayor de los cuales mide 129 metros de largo, 70 de ancho y 12 de profundo—, llegándose hasta el bíblico valle o jardines de Urtás, de una fertilidad prodigiosa, donde hace cas¡treinta siglos se inspiró Salomón para componer su inspirado Epitalamio, y donde hoy, las Religiosas de la Virgen del Huerto, venidas de la América española, cantan a su Esposo Jesucristo los himnos de amor que el rey sabio puso en la boca ele las bellas hijas de Sión.

Algunas veces al año visitan la Santa Ciudad al estilo de peregrinos. Sobre todo en Semana Santa suelen ir a rendir su tributo de oraciones y lágrimas al amante Redentor, en los sitios mismos en que se cumplieron los adorables misterios de su pasión y muerte.

Entre el trabajo, la oración, las obras de piedad y misericordia y el mutuo amor, se desliza tranquila la vida de los felices esposos de la «casita blanca».

III. Nacimiento y niñez de la angelical Raquel

A pesar de tanta dicha, en la «casita blanca» falta algo. Los jóvenes esposos serían felices en sumo grado s¡el Niño Jesús les concediese lo que todos los días le piden con grande fervor en el mismo lugar donde El nació.

Ellos han leído mil veces las palabras del Salmo 127:

Bienaventurados los que temen al Señor y andan por sus caminos.
Dichoso tú, ¡oh justo!, porque comerás en paz el fruto del trabajo de tus manos; dichoso serás y todo te irá bien.
Tu esposa será como una parra fecunda en el recinto de tu casa; alrededor de tu mesa se sentarán tus hijos como pimpollos de olivo.
Tales serán las bendiciones del hombre que teme al Señor.
El Señor te bendiga desde Sión, para que contemples los bienes de Jerusalén todos. los días de tu vida y veas a los hijos de tus hijos y la paz en Israel.

En verdad, ellos se sienten favorecidos por el Señor: comen tranquilos el pan que se ganan con el sudor de su frente; como suele decirse, todo les sale a pedir de boca; pero... en aquel hogar falta algo, faltan los pimpollos alrededor de su mesa. Han pasado nueve años desde su feliz unión matrimonial, y la bendición de los hijos no ha caído sobre ellos. ¿Acaso no son gratos a los ojos del señor? ¿Por ventura le tendrán ofendido?...

Era una mañana del florido abril, décimo aniversario del fausto acontecimiento ele su matrimonio. Al amanecer, la óptima Noem¡daba a luz una bellísima niña. En derredor de la «casita blanca» todo era felicidad. Y al día siguiente, la animación extraordinaria: un continuo ir y venir de los parientes y amigos, que eran muchos, para felicitar a los esposos y contemplar a la recién nacida; hasta las avecillas parecía que festejaban el acontecimiento gorjeando a la desesperada. Regenerada a la vida de la gracia con las aguas del bautismo, se le impuso el nombre de Raquel, en memoria de la esposa de Jacob, «de lindo semblante y de hermoso talle», cuyo sepulcro dista apenas cinco minutos de la «casita blanca».

Elimelec y Noemi, que, al venir al mundo su graciosa niña, habían entonado el litúrgico Tédeum en acción de gracias, la contemplaban embelesados, sonriente como un ángel, en la linda cunita; mientras la suave brisa matinal, perfumada con el aroma de las flores, acariciaba la frente de su hijita, los pajarillos continuaban revoloteando, bulliciosos, en torno a la casa.

La niña crece linda y graciosa. Todavía en fajas, echada sobre la muelle y blanca cunita, sonríe siempre al padre que, junto a ella, trabaja la madreperla, o a la madre, que se ocupa en los quehaceres de familia. Ya mayorcita, corre por entre las flores del jardín, colgándose con frecuencia del cuello de sus padres, de los cuales difícilmente se separa.

Los años pasan veloces, y la niña, que ha cumplido los cinco, es llevada al colegio, donde recibe una educación esmerada, bajo los tres aspectos: religioso, físico e intelectual. El colegio es de la Custodia franciscana de Tierra Santa y está regentado por el benemérito Instituto de las Religiosas de San José de la Aparición, del cual doy algunas indicaciones.

La Madre Sor Emilia de Vialar, hija de padres nobles, vio la luz del día, en septiembre del año 1797, en Gaillac, risueña villa del Departamento de Tarn (Francia). Inspirada por el Señor, fundó la Congregación de las Religiosas de San José de la Aparición, el año 1832, con el fin de atender a las obras de caridad, y específicamente a la educación de la juventud, a la asistencia de los enfermos en los hospitales y a la compleja vida de apostolado en las Misiones. La propagación del Instituto, cuya Casa-Madre está en Marsella, fue rapidísima. Hoy, después de un siglo de existencia, se halla extendido y con exuberante vida, en Francia, Inglaterra, Italia, Grecia, Bulgaria, Siria, Palestina, islas del Mediterráneo, África, Australia y en diversas regiones de la India. La casa de Belén fue fundada en 1853, y desde este año hasta nuestros días han gozado del afecto y veneración de los betlemitas, que ven en estas óptimas Religiosas las segundas madres de sus hijas. Ellas fueron las encargadas por la Providencia para hacer crecer y fructificar el germen de vida cristiana que sus amantes padres depositaron en la abonada tierra de Raquel, a quien el Señor había regalado una índole dócil y un alma verdaderamente buena.

Su belleza, su candidez e inocencia, junto con su aplicación e ingenio, nada comunes, hicieron pronto de la niña de la «casita blanca» el ídolo del Colegio.

Los domingos y fiestas es toda de sus amados padres. Disfruta en acompañarles por la mañana a la Parroquia, a la Santa Gruta, a los hospitales; por la tarde, divaga con ellos por la campiña. Las piadosas excursiones a la Ciudad Santa sacan de quicio a la pequeña.

Antes de pasar adelante en nuestra narración, merece ser notada una cosa, y es que, a imitación de sus padres, Raquel siente grande lástima ante las desgracias humanas. Le han enseñado en el Colegio que socorrer al pobre es socorrer a Jesucristo, y no pierde ocasión de hacerlo. ¡Qué contenta se pone cuando sus padres le llenan el bolsillo de pequeñas monedas para distribuir a los menesterosos! Y ¡cómo brillan sus ojos de gozo cuando, al salir de excursión, observa que le doblan la ración de la merienda, porque saben sus avisados padres que Raquel goza lo indecible cuando puede hacer parte a una pobre ciega, a quien ella llama su amiguita!

Los años continúan sin detener su acelerado paso. Raquel ha llegado a los diez, y un día del plácido mayo quedan satisfechas sus ardientes ansias de recibir en su inocente pecho a Jesús Sacramentado. Pero la primera Comunión de Raquel merece capítulo aparte.

(Continuará)

Fr. León Villuendas, ofm