San Antonio, maestro de predicación evangélica
El ministerio que diríamos caracterizó la misión apostólica del taumaturgo minorita fue la predicación de la palabra divina, y su mérito principal a este respecto, como Doctor de la Iglesia, no estriba principalmente en la brillantez y elocuencia arrebatadora de sus sermones, sino en la certera orientación que en momentos de confusión supo imprimir, con su actuación portentosa, a esta función del magisterio pastoral de la Iglesia.
Y no es que faltaron predicadores en el siglo XIII; tal vez los había en demasía, y esto, como se puede comprender, era más bien en perjuicio que en provecho de la causa católica, ya que la confusión consiguiente proporcionaba a la herejía un campo abonado para su medro.
Dos formas de predicación se venían siguiendo con características bien definidas: una, escolástica, docta, latina; otra, popular y en romance. Ambas, salvo en raras excepciones, habían degenerado por falta de espíritu, o en la vacuidad más enervante, o en la misma herejía. La mayoría de los eclesiásticos de entonces se limitaba, en el mejor de los casos, a recitar de memoria algunas homilías de los Padres de la Iglesia o trozos de súmulas de sermones estereotipados, cuando no se internaba en las oscuridades de pedantescas alegorías y de exégesis retorcidas de los textos sagrados, recargados con una erudición pesada de sabor pagano mal digerido. Este método de predicación, como es natural, dejaba frío al pueblo, que cada día se alejaba más de la predicación oficial por no entenderla y menos sentirla.
Con todo, un ansia de renovación de vida agitaba la sociedad medieval, particularmente en las postrimerías del siglo XII y principios del XIII. Como floración de esta ansia pululaban por todas partes predicadores que se creían investidos de misión divina para reformar la Iglesia: muchos con abierta mala intención de herejía; otros con buena intención reformadora, pero con sólo el bagaje de su fogosidad indiscreta e ignorante. Mas con sus mordientes y desaprensivas sátiras, así como con sus bufonadas y chocarrerías, lograban unos y otros conmover las masas y arrastrarlas por caminos de perdición. En vano la suprema Autoridad de la Iglesia clamaba y anatematizaba. El mal seguía su paso avasallador. Hubo un momento en que se creía todo perdido. La Basílica de San Juan de Letrán, símbolo de la Cristiandad, parecía venirse a tierra.
San Francisco de Asís, como revolucionó tantas cosas en buen sentido cristiano, revolucionó asimismo la predicación con aquella su sencillez evangélica que pasmó a doctos e ignorantes, caballeros y rufianes, cardenales y bandoleros, aves y lobos. Paralelamente al Santo umbro, un español, Santo Domingo de Guzmán, puso al servicio de la Iglesia su sólida formación teológica para destrozar las artimañas de la herejía. Pero el ideal era lograr la conjunción de ambos movimientos para satisfacer las exigencias de un público burgués avispado y descontentadizo, dispuesto a profanar la divina palabra cuando no se la presentaban a su gusto. «El primero en unificar la profunda doctrina y la sencillez popular en una elocuencia irresistible, fue San Antonio de Padua» (Padre Gemelli. El Franciscanismo).
Su sólida formación escolástica no le confinó, como a muchos, a una región de pura especulación o de pedantesca elocuencia, carente de sentido real y práctico. Antonio era también un fiel discípulo de Francisco de Asís, y como éste dotado de una intuición rápida que le permitía captar las tendencias de su época y el secreto para llegar a las conciencias. «Tenía pensamiento teológico decidido y, a veces, precursor; elocuencia atrevida y substanciosa; imaginación de artista; viva y cas¡moderna conciencia del valor de la cultura» (íbidem). S¡a este caudal añadimos un temperamento exquisitamente sensible y un corazón enteramente entregado a los intereses de Jesús, tendremos al hombre providencial que había de hacer volver la elocuencia sagrada a desempeñar su verdadera misión evangélica «Para provecho y edificación del pueblo, anunciándole vicios y virtudes, pena y gloria con sencillas palabras, como lo hizo el Señor sobre la tierra», según define, inspirado por Dios, San Francisco en su Regla, cap. IX.
S¡para confirmar lo dicho no bastaran los ruidosos éxitos logrados, según consta en la historia del Santo: los obstinados herejes confundidos; vueltos al redil de la Iglesia los de buena fe; pacificadas las ciudades divididas por fratricidas guerras; detestados los vicios de la usura y de la impureza, que corroían los cimientos del buen orden cristiano; pueblos enteros conmovidos por la saludable penitencia e incontables muchedumbres elevándose a la práctica de una vida cristiana más estricta, sería bueno aducir algunos textos del Santo en que, a la vez que enseña al predicador evangélico, descubre el secreto de sus éxitos, que lo son, sencillamente, de la Palabra de Dios debidamente anunciada a los hombres.
El mismo nos dice en el prólogo de sus Sermones Dominicales el método seguido en su predicación
«He construido —dice—, sirviéndome de la interpretación de las Escrituras de los dos Testamentos, un carro de cuatro ruedas, del cual pueda servirse el alma para elevarse a Dios, a semejanza de Elías, que en un carro de fuego ascendió de la tierra al cielo.
»Y he hecho esto para gloria de Dios, para edificación de los lectores y de aquellos que oirán leer estas páginas.
»Las cuatro ruedas de esta cuádriga son: los Evangelios dominicales, las lecturas del Antiguo Testamento, el Introito y la Epístola de la Dominica.
»Con estos elementos, según los recursos de m¡poca ciencia y con la ayuda de Dios, espigando en las obras de los Santos Doctores, como hacía la Moabita detrás de los segadores de Booz, he formado también yo m¡gavilla de espigas, la que presento a mis hermanos, que me la han pedido con dulce insistencia, no sin temor y temblor por parte mía, por m¡poquedad frente a la magnitud de la tarea que me he fijado...
»Siendo, por otra parte, los lectores
y oyentes de nuestros días tan delicados, que sólo se interesan por aquello que hallan expuesto de un modo elegante, con estilo cultivado y con método nuevo, para no exponer al menosprecio la palabra de Dios y para edificación de los fieles, he puesto un prólogo antes de cada Evangelio, insertando, además, en el tratado todas aquellas observaciones oportunas que se puedan sacar del mundo físico y de la naturaleza de los elementos y aun de las diversas etimologías.»
Aunque larga la cita, la agradecerá el
lector, ya que con ella se ve la originalidad del Santo en sus sermones, al exponer un método que en todo sería aplicable a nuestros tiempos, en que un saludable movimiento liturgista tiende a atraer a las
almas para que se alimenten de la exuberancia vital que encierra la Liturgia de la Iglesia.
Pero el predicador evangélico es algo más. Ejerce una embajada. Está, por lo mismo, en todo subordinado a la voluntad de quien es enviado. Es anunciador de la palabra de Dios, no de la palabra humana. San Antonio dice al respecto en su sermón del domingo VI después de Pascua:
«Predica la palabra de Dios quien atribuye a Dios y no a sí mismo la ciencia que posee para predicar. El que predica la palabra de Dios lleve cuidado de no enseñar nada que no sea, o la voluntad de Dios, o sacado de la autoridad de las Escrituras, o encaminado a la utilidad de sus hermanos. También cuide de no callar lo que debe enseñar.
»S¡alguien ejerce ministerio, ya predicando, ya en cualquier otro oficio sagrado de caridad, procure no hacerlo como por virtud propia, sino por virtud de Dios, de quien es administrador, para que en todos nuestros actos sea honrado Dios por Jesucristo nuestro Señor.»
El nombre del divino Redentor, estampado en la última cita, me impele a copiar otro texto del Santo en que se pinta inadvertidament- a sí mismo en el predicador modelo, según el espíritu de San Francisco de Asís. Comenta el pasaje de la Escritura: Tomó Jacob una piedra y la puso como almohada bajo su cabeza. «El predicador —dice— debe apoyar su cabeza, es decir, su inteligencia, sobre aquella piedra angular del edificio que es Cristo mismo, porque apoyado sólo en esta piedra deberá combatir al demonio s¡quiere estar seguro de la victoria, según está escrito: Puso su campamento junto a la piedra del auxilio. Debe, por tanto, plantar sus tiendas y sus tabernáculos junto a Jesús, que es ayuda en las necesidades y alivio en las tribulaciones; debe confiar en El y ponerse enteramente en sus manos.
»Por tanto, también yo comenzaré m¡predicación en el nombre de Jesús, y como David, iré yo también a combatir al filisteo Goliat, confiando en la ayuda de aquel que antes que nadie ha combatido en pro de su pueblo.»
Con los textos aducidos, espigados de la fecunda mies del Santo Doctor, queda suficientemente probado su luminoso magisterio, así como la propiedad con que el Santo Padre le apellida Doctor Evantiélico.
San Antonio fue colmado de sabiduría divina y orador que condujo a la Iglesia católica a muchos extraviados con su palabra, que fue como una lluvia del cielo para hacer germinar en la tierra. Sixto V.

San Antonio predica a los peces
Antonio el taumaturgo, Mas San Antonio, sin desmayo, Entristecido, Antonio Se alza al fin y, pausado, Y entre las olas multitud de peces |
bondad que os deparó como morada Dios, al crearos, os bendijo... Cuando Dios confió a vosotros la custodia Vosotros le servisteis de alimento; Calla Antonio; los peces aletean, Antonio se enternece, y así exclama: Pascual Gila |
El amor, virtud social, según San Antonio
Así como Dios es principio de todas las cosas, así la caridad (amor sobrenatural), virtud primaria, debe ante todo ser poseída, la cual, s¡fuere mutua y constante, cubrirá toda la multitud de los pecados. Mutua, esto es, recíproca y común; constante, a saber, indeficiente en lo adverso y en lo próspero, perseverante, hasta el final» (1).
Este es el principio de la reciprocidad en el amor que San Antonio formula, el cual vincula a todos los hombres en Dios, es decir, en el bien supremo e infinito. Siendo el amor lazo común y perenne, la sociedad será unión, abrazo y participación recíproca de valores y de afectos.
San Antonio quiere reafirmar este punto de vista doctrinal, y añade: «Es voluntad de Dios que se le ame a El y al prójimo, la que fue consignada en la ley natural (in lege naturae), en la ley escrita y en la ley de gracia, y confirmada ante testigos cuando se les dijo Este es m¡precepto, que os améis unos a otros» (2). La Naturaleza, pues, la Ley y la Gracia coinciden en lo mismo, en preceptuar el amor mutuo entre los hombres, para que les sirva de norma infalible de vida.
¿Cómo ha de ser este amor recíproco? Como el amor que cada uno se tiene a sí ha de ser el que ha de tener a su prójimo, y esto sin subterfugio de ninguna clase. «Tu imagen —escribe el Santo— es cualquier otro hombre, y como te provees a t¡naturalmente, de igual modo debes proveerle. Amarás, dice (Jesucristo), al prójimo como a t¡mismo; lo que debe hacer el hombre porque es de más delicada con. textura que todos los animales» (3). S¡el hombre amase a todos los hombres como a sí mismo se ama, pronto se trocaría la sociedad terrena en una sociedad celeste, hasta donde fuere posible dada la condición del hombre herido espiritual y corporalmente. Porque la verdad sea dicha, «por prójimo hay que entender todo hombre, pues, ninguno existe contra quien se pueda obrar dañinamente» (4).
Además, el amor, s¡es verdadero y leal, origina la compasión, porque se ve a sí en la persona paciente. San Antonio valora tan altamente el sentimiento y virtud de la compasión, que reputa como bruto animal a quien carece de la misma (5). El calificativo es duro, pero merecido.
Otra razón aduce San Antonio para mover al amor mutuo, la idea de que todo hombre es un, peregrinante que necesita ser socorrido en muchas cosas, pues va camino de la patria celeste y le han robado cas¡todo el bagaje. «Todos somos peregrinos —dice— porque de otra parte hemos caído, a saber, de la gloria del paraíso a la miseria de este destierro. Somos también peregrinos porque, arrojados de la presencia de los divinos ojos, caminamos mendicantes lejos de la patria celestial» (6).
Quien ama, quien se ame a sí mismo, y como a sí mismo a su alter ego, que es todo hombre, se moverá espontánea e instintivamente al socorro del prójimo en toda necesidad que conozca, y cuando no pueda socorrerla, sin duda la compadecerá, y la compasión es bálsamo suave de la vida social. Las ideas y enseñanzas que San Antonio, varón amante y compasivo, expone, son generosas y amables sobremanera: «Te prescribo de nuevo que abras tu mano a tu hermano necesitado y pobre, que vive contigo en la Tierra» (7).
Al necesitado se le ha de dar lo que necesita o algo equivalente, y cuando no, désele de lo que se tenga, probando así la bondad y eficacia del amor. Qu¡cor dat, totum dat: «quien da el corazón, lo da todo», enséñanos con profundidad de doctrina (8).
Del amor nace la benevolencia; de la benevolencia, la compasión; de la compasión, el socorro; del socorro, el trato, y del trato, que engendra cariño, la amistad. «Amigo quiere decir —según San Antonio— algo así como custodio del alma, o bien significa el que es amado. Amistad, amor hacia alguno, a quien se ama por causa de las bondades que posee, cuando se han igualado los corazones» (9). Y claro se está que la amistad, al hacer de dos corazones uno, hace comunes las cosas o bienes de entrambos, los que pueden serlo en buena ley y razón, pues no toda, las cosas pueden ser comunes.
Hay una amistad que debe buscarse y retenerse a toda costa, y además, en ella, como fundamental y primaria, deben afianzarse todas ¡as demás s¡han de ser firmes, duraderas y dulces: la amistad con Cristo Jesús, Dios y Hombre. «El verdadero amigo es Nuestro Señor Jesucristo, quien amó con tanto extremo, que por nosotros entregó su alma» (10).
Así es como el amor, vínculo social, crea lazos espirituales, suscita sentimientos de compasión, inclina a la benevolencia y al sacrificio, despierta y fortifica la amistad, y envuelve a los hombres en una atmósfera de bienestar y de ayuda recíproca que dulcifica la vida y mitiga los malos humores hasta extinguirlos. Haya paz, origen de todo bien, y la engendra cumplida el amor.
(1) In Dominica IV, págs. 212-13.
(2) In Dominica XIII post Pentecosten, de II cláusula, pág. 414.
(3) In Dominica II post Epiphaniam, pág. 669.
(4) In Dominica I post Pentecosten, de caritate sermo, pág. 235.
(5) In Dominica II post Epiphaniam, pág. 669.
(6) In Dominica III post Parcha, de II clásula, pág. 168.
(7) In Dominica II post Epiphaniam, pág. 669.
(8) In Ascensione Domini, sequitur secundum, pág. 889.
(9) In Dominica IX post Pentecosten, de III cláusula, pág. 354.
(10) In Litaniis, pág. 879.
SAN ANTONIO DE PADUA.- Estatua de mármol que forma parte de la decoración del altar mayor en la iglesia de San Francisco, de Bolonia (siglo XIV).
El Señor le abrió (a San Antonio) el entendimiento para comprender las Sagradas Escrituras, y las palabras de su predicación eran más dulces que el panal de miel. - Tomás de Celano
Alabanzas de San Antonio de Padua a María
María es como la estrella de la mañana en medio de la oscuridad de las nubes, y brilló en el curso de su vida como resplandece la luna en la plenitud de su luz. Como el sol, envía también Ella fúlgidos resplandores. Es como un arco iris, señal de reconciliación entre Dios y el hombre; es como un capullo de rosa que abre su corola en pleno invierno, como un lirio que crece junto a, las corrientes de las aguas, como un incienso que esparce suaves aromas. Ella es un cáliz de oro cubierto de piedras preciosas, un olivo que jamás pierde su follaje, un ciprés que se eleva. sobre todos los árboles del bosque...
Así como sobre el vellocino de Gedeón descendió el rocío, mientras permanecían secas las tierras que le rodeaban, así también vino el Hijo de Dios sobre este vellocino: la Virgen Santísima, para tejer para Sí un tejido humano, una carne humana, que fue suministrada por esta corderita María, nuestra ovejita, encontrada por el verdadero Jacob cerca del pozo de la humildad.
Ella germinó como el lirio que abre su corola, en forma de cáliz, sobre un tallo robusto. En efecto, la Virgen fue robusta por la humildad, y por su renuncia voluntaria de las cosas temporales se elevó con la contemplación de las cosas celestiales, y fue cándida por la pureza virginal con que dio a luz a su Hijo. Y así como no se altera un lirio al difundir su perfume, así tampoco se alteró el candor de María cuando engendró al Salvador. Al modo que es cándido el Líbano por las nieves que cubren su cima, es también Ella todo candor e inocencia, y su perfume puede dar la vida a los pecadores penitentes y gracia a los justos.
La Virgen Santísima fue como un jardín lleno de toda clase de flores, y el Señor la bendijo: «Tú eres bendita entre todas las mujeres.» Mas advierte que María se conturbó cuando el arcángel Gabriel le refirió estas palabras, porque Ella quiso ser bendita entre todas las vírgenes; por esto permaneció perpleja ante aquel saludo.
(Sermón de Navidad.)
La Virgen coronada por los Angeles

Terracota de la escuela de Andrés de la Robbia. Como testigos de este misterio se ven a San Antonio, Santa Clara, San Juan Bautista, San Lorenzo, San Luis, obispo de Tolosa, y San Francisco de Asís. Está este hermoso relieve en la capilla de los Médicis, de Florencia.
Son muchos los artistas que enlazaron a San Antonio con el misterio de la Exaltación y Coronación de la Virgen. En el Vaticano hay un mosaico, reproducción del cuadro de Bianchi: Representa a la Virgen ensalzada por las Iglesias de Oriente y de Occidente. La de Oriente está representada por San Juan erisóstomo; la de Occidente, por San Francisco y San Antonio. También en Santa María la Mayor, en el mosaico de Santiago Torrita de la Coronación de la Virgen, figura San Antonio como heraldo oficial del Misterio de la Asunción.

San Antonio y el Niño (fragmento)
La escultura más típica de este españolísimo tema estaba en la iglesia de San Agustín, Cádiz.
Aparecía San Antonio sentado y apoyando su cabeza con la mano derecha, cuyo antebrazo descansaba a su vez sobre una mesa. Con la otra mano apenas s¡detiene un libro abierto, que se desliza y va a caer al suelo. Todo parece indicar que Fr. Antonio se duerme. En divino contraste, sentado encima de la mesa, tranquilo y sonriente, está el Niño Jesús vestido, quien amorosamente extiende su manecita izquierda v toca graciosamente la manga del brazo que sirve de'soporte a Fr. Antonio, semidormido. Parece que quiere despertarle. O más bien parece que quiere infundirle más sueño, un soñar extático al Dios humanado.
La revolución marxista hizo desaparecer el Niño jesús. Afortunadamente quedó salva la escultura del Santo, tal cual la reprojuce este grabado. Según los técnicos pertenece a la escuela de Alonso Cano.
El banquete eucarístico
Un pingüe banquete, a saber, el banquete de su verdadero Cuerpo, enriquecido externa e internamente de todas las virtudes y con todas las gracias, ofreció Jesús a sus Apóstoles, y les mandó que lo distribuyesen en lo sucesivo y por siempre a todos los que habrían de creer en Él. Cree, pues, firmemente y confiesa abiertamente, que aquel mismo Cuerpo que dio a luz la Virgen, fue crucificado, yació en el sepulcro, resucitó y subió a los cielos para sentarse a la diestra del Padre; aquel mismo Cuerpo ha dado Jesús a los Apóstoles; aquel mismo Cuerpo sacrifica todos los días la Iglesia y lo distribuye a sus fieles. Porque al pronunciarse estas palabras: Este es m¡Cuerpo, el pan se transubstancia en el Cuerpo de Jesucristo, el cual confiere una doble unción al que dignamente lo recibe, ya que aligera las tentaciones y mueve a la piedad; por esto aparece figurado en la tierra que mana leche y miel, porque endulza las amarguras y nutre la devoción.
Infeliz del que se acerca a este convite sin el vestido nupcial de la inocencia o de la penitencia, porque el que come indignamente, ha comido su propia condenación. Y ¿cómo podrán jamás juntarse la luz y las tinieblas? ¿Qué de común habrá entre Jesús y Judas?... Su misma sangre dio a beber Jesús a sus Apóstoles, cuando dijo: Esta es m¡sangre del Nuevo Testamento, la cual será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados. Esta misma sangre es derramada sobre nuestros altares, bajo las apariencias del vino, que puesto en la prensa de la cruz, trasuda sangre por todos los lados.
¡Oh caridad inefable del Amado! ¡Oh amor intenso del esposo Jesús hacia su esposa la Iglesia! Su propia sangre ofreció El con sus santísimas manos para beneficio de ella.
Esta es la escena grande, pues está colmada y resplandece con la gloria de la Divina Majestad, con las riquezas de la angélica bienaventuranza, con las delicias de una doble glorificación, a saber, la del alma y la del cuerpo.
Muchos son los llamados a ella, más pocos son los que acuden, porque es infinito el número de los necios que anteponen a la Cena de la Vida las miserias temporales. El animal inmundo prefiere revolverse entre las inmundicias antes que deleitarse en las cosas santas. Y con todo, Jesucristo abandonó la Cena de su bienaventuranza para aliviar las penas en que yacen éstos... De las alegrías del Paraíso bajó a las tinieblas del Limbo y se anonadó, habiendo antes tomado el vestido de nuestra miseria. Durante treinta y tres años anduvo buscando al hombre que de El había huido. Finalmente, descendió al interior de la tierra y se encontró coa Adán y su descendencia. Una vez que le hubo hallado, salió de gozo y lo llevó consigo a la celeste bienaventuranza... En la Cena se ciñó un lienzo, porque en su Concepción recibió de la Virgen un vestido cándido y limpio, y no un vestido contaminado, puesto que por obra del Espíritu Santo fue concebido de la Virgen purísima; no sufrió corrupción aquel cuerpo, porque Dios no permitió que su Ungido la sufriese.
Jesús es nuestro consuelo en las adversidades; por eso dice Isaías: «Él se ha hecho la riqueza del pobre, el sostén del miserable en sus afanes, la esperanza contra las tempestades, el refrigerio contra los ardores.» En las angustias de las adversidades mundanas, en el torbellino de la diabólica sugestión, contra los ardientes calores de la lujuria y de la vanagloria..., es Él nuestro sostén.
(Fragmento de un sermón del Santo)
SAN ANTONIO EN EL CORO DE LOS DOCTORES
Fresco de Lucas Signorelli, en la Capilla Nueva (siglo xv) de la Catedral de Orvieto. Nótese que también están San Francisco y Santo Domingo.

San Antonio está arriba del todo marcado con una cruz +
San Buenaventura ensalza "aquella lengua verdadera y sumamente bendita, porque bendijo a Dios e hizo que fuera bendecido por otros".
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