Capítulo provincial

Padres capitulares

Los Hnos capitulares con el Hno Visitador general.

El grupo que ilustra esta página representa a los Padres que tomaron parte en el Capítulo Provincial de la Seráfica Provincia de Valencia, reunidos bajo la presidencia del M. R. P. Agustín Zuluaga, Delegado general de España.

Por primera vez en la historia de la Seráfica Provincia de Valencia ha tenido este año lugar el Capítulo Provincial en el Colegio de Onteniente, sustituyendo las aulas del célebre Colegio a la austeridad monacal de Santo Espíritu.

En la parte informativa damos los nombres y apuntamos los méritos relevantes de los nuevos Padres componentes del Consejo o Definitorio Provincial, sobre todo del M. R. P. Provincial,P. Joaquín Sanchis, a quien La Acción Antoniana rinde desde el primer momento el testimonio de su fervorosa devoción y adhesión.

Fr. Joaquín Sanchis

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa,
Ministro provincial

a v b
Fr. Agustín Zuluaga
Visitador general
Fr. José Antonio Arnau
Custodio provincial
Fr. Luis Colomer
Ex Ministro y definidor provincial
a c a
Fr. Bonaventura Escrivá
Definidor provincial
Fr. Eusebio Arbona
Definidor provincial
Fr. León Amorós
Definidor provincial

Otros cargos

Después del capítulo de agosto de 1946 se nombraron los Hnos Guardianes y vicarios de los conventos de:

Consultorio religioso

¿El grado más alto de perfección a que puede aspirar una persona en este mundo está al alcance de todos?

¿En qué consiste este grado de perfección?

Contestando a la segunda, quedará suficientemente contestada la primera pregunta. La perfección a que podemos aspirar en este mundo es, n¡más n¡menos, cumplir nuestro fin, o sea: amar y servir a Dios, y esto se cumple conformándonos a su voluntad. Cuanto más una persona ama a Dios y por amor de Dios cumple su voluntad, tanto más perfecta es.

Como puede comprender m¡consultante, el alcanzar esa perfección está al alcance de todos. Todos tienen los medios necesarios y suficientes para cumplir la voluntad de Dios dentro del respectivo estado, y todos, sin excepción, pueden amar a Dios.

En una plática de retiro se nos habló de la necesidad de la lectura espiritual para la perfección cristiana. ¿Es efectivamente necesaria? Y en caso afirmativo, ¿cómo debe hacerse para sacar fruto?

En sentido absoluto y estricto no puede decirse que sea necesaria la lectura espiritual para alcanzar la perfección cristiana, pues de ser así habríamos de concluir que los que no saben leer se verían privados de un medio necesario para alcanzar su perfección. Pero en un sentido lato y relativo sí se puede decir, por ser ese un medio de grabar más firmemente en la memoria las verdades de nuestra te oídas en la predicación y de ir descubriendo nuevos horizontes en la vida espiritual, con estímulos y medios adecuados. Mas para que la lectura espiritual sea tal y, consiguientemente, produzca sus frutos, debe hacerse con pausa y reflexión, evitar el prurito de curiosidad de pura especulación y, además, que se haga con constancia. Conviene que se haga todos los días, por lo menos, un cuarto de hora y en un libro apropiado, a poder ser aprobado por el director espiritual.

Los que están en el Limbo, ¿a dónde irán en el día del juicio Universal?

Los que están en el Limbo sin duda asistirán también al juicio final. Después seguirán gozando de una felicidad natural. Pero no serán admitidos a la gloria o visión beatífica de Dios, lo cual, para ellos, no será motivo de infelicidad.

¿Es verdad lo que dicen que entrando en una iglesia por primera vez se pueden pedir a Dios tres gracias?

Al entrar en una iglesia se pueden pedir a Dios dos, tres y más gracias, o mismo cuando se entra por primera vez, que cuando se entra-por centésima. La creencia que se manifiesta en la pregunta es supersticiosa. Jesucristo nunca ha prometido conceder tres gracias al que entra por primera vez en una iglesia.

¿Qué son las tentaciones? ¿Por qué permite Dios que nos vengan tantas tentaciones?

La tentación es una solicitación al mal que proviene de nuestros enemigos espirituales. Tiene tres fases: la sugestión, la deleitación y el consentimiento. Para que sea pecado debe llegarse al consentimiento. Por lo que la tentación en sí no es pecado; más bien puede convertirse en fuente de méritos y escuela de sólidas virtudes, ya que mediante la tentación el alma se ejercita en la humildad reconociendo su miseria, en la confianza en Dios, a quien recurre, en demanda de auxilio, por la oración, y además se robustece de modo especial en la virtud, a que ataca principalmente la tentación; por lo cual, fácilmente comprenderán los motivos por que Dios permite tantas tentaciones, particularmente a las almas que ama.

Fr. Agnello


Novela de carácter oriental

Raquel la betlemita

VIII. La Semana Santa en Jerusalén

Dijo el célebre orador P. Lacordaire que los Lugares Santos eran para el mundo lo que los astros para el firmamento manantial de luz, calor y vida. Jerusalén sobre todo irradia por doquiera su maravillosa influencia, particularmente durante los días de Semana Santa. La sagrada liturgia, que tan elocuentemente habla al alma creyente del sangriento drama del Gólgota y que por doquier hace vibrar de ternura los corazones de los fieles, en Jerusalén, teatro de los augustos misterios de nuestra Redención, tiene algo de patético y de sublime.

No llorar de profunda pena al oír los lamentos de Jeremías sobre la ciudad desolada; no sentirse hondamente triste cuando en las altas horas de la noche del Jueves Santo se repiten en Getsemaní las palabras del Agonizante divino: «M¡alma está triste hasta la muerte»; sobre todo no partirse el corazón de pena cuando el Viernes, en la misma cima del Calvario, se representan las escenas de la crucifixión y se escucha, finalmente, la trémula voz del Evangelista, que dice: «Aquí Jesús, inclinando la cabeza, entregó su espíritu»; oír todo esto, repito, y no romper en copioso llanto, sería no tener corazón. Por el contrario, a los entusiastas gritos de «¡Hosanna al Hijo de David!», del Domingo de Ramos, y al «Ha resucitado, no está aquí», que el Diácono canta la mañana de Pascua en la misma entrada del Sepulcro, siéntese cl alma inundada de tan extraordinario gozo, que barrunta el del Paraíso...

Raquel, que amaba tiernamente a Jerusalén y que tantas veces había visitado sus Santuarios en compañía de sus padres, ansiaba vivamente tomar parte, al menos una vez, en todas las funciones de Semana Santa, y lo consiguió el año catorce de su edad. Sigamos sus pasos.

Hospedose en la casa de las Religiosas Josefinas, las cuales, como en Belén, tienen a su cargo la escuela de la Custodia franciscana, en la que reciben gratuita educación y enseñanza más de trescientas niñas.

La fiesta de los Dolores de la Santísima Virgen, que el Viernes de Pasión se celebra con extraordinaria solemnidad en el mismo Calvario, allí mismo donde la Madre de Jesús y nuestra presenció, sumergida en un mar de angustia, la crucifixión y muerte de su Hijo, es el admirable preludio de la Semana dedicada o conmemorar los sufrimientos del Redentor.

Al día siguiente, la peregrinación de los PP. Franciscanos y fieles devotos al Santuario de Betfage, prepara el místico triunfo del «Rey manso», que el Domingo de Ramos se conmemora solemnemente junto al Santo Sepulcro. Por la tarde del mismo sábado, a eso de las dos, el Patriarca latino hace su ingreso solemne en la Basílica, cortejado por sus canónigos y los religiosos franciscanos. Recibido en la Piedra de la Unción por la Comunidad del Santo Sepulcro, se dirige procesionalmente, cantándose tedéum y a los acordes del órgano, a la Tumba Sagrada, y pasa después a la Capilla de la Aparición para recibir la obediencia del Clero, religiosos y fieles. En este día la procesión que diariamente hacen los franciscanos por los Santuarios de la Basílica, reviste extraordinaria majestad y pompa durando dos horas y media. Terminase con la letanía cantada y con las bellísimas estrofas del Gaude Mater...

El pontifical y procesión de las palmas, que dura unas cuatro horas, perpetúa, a través de los siglos, aquella espontánea y popular aclamación ele la soberanía ele Cristo Rey de hace veinte siglos. No cabe duda que esta función en Jerusalén conmueve y fascina. Los ramos de olivo provienen del mismo Monte Olivete, del que un día los desgajó la turba alborozada para echarlos a los pies del Salvador cuando hacía su ingreso triunfal en la ciudad; los cánticos de gloria y los Hosannas de los religiosos y de los huérfanos, que repercuten por la vasta cúpula del templo, parecen ser todavía el eco de los entusiastas gritos de la muchedumbre y, sobre todo, de los inocentes niños hebreos que aplaudían y acompañaban a Jesús montado sobre el pollino.

El Lunes Santo se distingue por las dos funciones conmovedoras: la del Santo Monte Calvario y la de la V Estación.

En el Martes Santo hay peregrinación al Santuario de la Flagelación. La misa cantada es a las nueve, con mucho concurso de fieles.

La peregrinación a Getsemaní, el Miércoles Santo, con el canto de la Pasión, hace que el alma entre de lleno en la meditación del martirio del corazón adorable de Jesús. La peregrinación termina con la adoración de la Santa Columna, que se conserva en la capilla de la Aparición del Santo Sepulcro y que permanece expuesta a la veneración de los fieles por todo el día.

Los maitines de las Tinieblas, cantados ante el Sepulcro las tardes del Miércoles, Jueves y Viernes, son de un efecto maravilloso. Las graves y lúgubres notas de la música clásica, las significativas ceremonias de la liturgia, los lamentos del profeta de Anatot, hieren dolorosamente las más ocultas fibras del corazón.

El Jueves Santo es rico en escenas majestuosas y conmovedoras. El solemne pontifical celebrado ante el Sepulcro, al que asisten también los Cónsules católicos, y en el que se acercan al banquete eucarístico innumerables sacerdotes, religiosos y fieles, y que termina con la procesión eucarística por el Santuario para dejar a Jesús-Hostia en la Tumba... La conmovedora escena del lavatorio de los pies, hecha por el Patriarca con hábitos pontificales... La peregrinación al Cenáculo, recordando la institución ele la Eucaristía en aquel mismo lugar, por desgracia convertido hoy en Mezquita... Sobre todo la Hora Santa, celebrada en las altas horas de la noche en Getsemaní para conmemorar la mortal agonía de Jesús; la traición de judas, el abandono de los Discípulos, el arresto del Redentor... ¡Ah, el espectáculo es de los conmovedores!, y yo he visto al claror de la luna que muchos fieles lloraban abrazados a los añosos olivos, retoños de los que presenciaron la agonía de nuestro Redentor.

Viernes Santo. En este día las emociones llegan al colmo. La Pasión, cantada en la penumbra del Calvario, que recuerda todos los pormenores ele la tragedia divina allí mismo realizada; las oraciones y súplicas del Patriarca, recordando las que Jesús, agonizante, dirigió al eterno Padre; el canto de los improperios, mientras los fieles, sollozando, adoran la Cruz... El Vía Crucis después del medio día, por las mismas calles que recorrió la víctima divina cargado con el pesado leño... La lúgubre procesión del entierro —de las ocho a las diez de la noche—, en la que se predica en italiano, griego, alemán, inglés, francés, árabe y español, y en la que el P. Custodio unge la imagen del Redentor sobre la Piedra de la Unción, y después, llevado por cuatro diáconos, es colocado en el Sepulcro... Todo esto en el mismo lugar donde hace veinte siglos tuvo su cumplimiento, sumerge al alma en un mar de dolor...

Ha llegado el Sábado Santo. Cambia completamente la escena: todo es encantador y hermoso; un canto de júbilo, el ¡Alleluya!, vibra en el Santísimo Sepulcro. En derredor de la Santa Tumba aletean los ángeles del Señor, repitiendo el Surrexit, que llena de alegría a los amantes de Jesús. En gama siempre creciente, el dolor se convierte en gozo, que llega al ápice en el solemnísimo pontifical de la mañana de Pascua, celebrado por el Patriarca, rodeado de un pueblo que rebosa de santo entusiasmo.

Feliz remate de la función de Pascua es la sugestiva procesión en torno al templete del Sepulcro, en cuyas tres vueltas, y en dirección de los cuatro puntos cardinales, se cantan sucesivamente por un italiano, un alemán, un francés y un español los cuatro evangelios de la resurrección, anunciando al inundo entero el triunfo de Jesucristo.

Áurea corona de las fiestas pascuales es la solemnísima y poética peregrinación del Lunes siguiente al Santuario de Emaús, donde el P. Custodio de Tierra Santa celebra de pontifical, recordando la gloriosa manifestación del Resucitado a los discípulos, Cleofás y su compañero. Allí, en Emaús-Cubebe, distante 60 estadios (unos 12 km.) de Jerusalén, se robustece la fe en el misterio de la Resurrección y se enardece el corazón como el de los dos felices discípulos que reconocieron a Jesús resucitado «en la fracción del pan».

Raquel, a quien tanta satisfacción le había producido el permiso de sus padres para pasar diez días en Jerusalén, a fin de asistir a las funciones de Semana Santa, las presenció todas con indecible satisfacción y espiritual aprovechamiento. Betfage, el Cenáculo, Getsemaní, el Monte Calvario, el Santísimo Sepulcro, quedaron profundamente grabados en su casto y amante corazón. Hasta le cupo la dicha, el Lunes de Pascua, de peregrinar, en compañía de algunas religiosas, al encantador Cubebe, el Emaús evangélico.

En esta Semana Santa la joven Raquel sintió nacer en su pecho un nuevo anhelo: el de padecer y sufrir para asemejarse cada día más al divino modelo, que, colgado de la cruz, le brindaba con sus dolores. Cuando, algunos años más tarde, tuvo que aplicar sus labios al cáliz de la amargura, recordaba su Semana Santa en Jerusalén, y Getsemaní, con la mortal agonía de Jesús, y el Calvario, con los atroces tormentos de su crucifixión y muerte, eran el bálsamo que suavizaba sus heridas y el consuelo que mitigaba sus dolores.

IX. La noche buena de Belén

Al describir Víctor Guérin las emociones de quien por primera vez visita Belén, dice que esta graciosa población se presenta a los ojos cristianos rebosando alegría y serenidad, y añade: «Yo no podría menos de compadecer sinceramente a quienes al entrar en ella no sintiesen levantarse del fondo de su corazón una de esas oleadas de consuelos inefables que causan estremecimiento de gozo en el alma, porque no proceden de la tierra, sino del cielo.»

Y esta franca alegría, característica de Belén, porque ella es depositaria de la Santa Gruta donde nació el suspirado Mesías, llega al delirio en la fiesta de Natividad, que para los betlemitas es la fiesta por excelencia. Desde muchos días antes —escribió en su libro Flores y Espines el P. Eiján— la población sueña en la gran fiesta y se prepara convenientemente a ella. Llegada la vigilia, el entusiasmo, como un torrente sin cauces, se desborda por todas partes; la simpática y bulliciosa ciudad se adorna de fiesta; sus habitantes, de gustos orientales, visten sus mejores típicos trajes; en las calles hormiguea un gentío que todo lo inunda y que lleva a todas partes el contagio de su expansiva alegría; y entre tanto las campanas atruenan los aires anunciando, con ecos de placer, el fausto acontecimiento, y la Gruta resplandece como ascua de oro, y los franciscanos, custodios del Santuario, sacan de los armarios sus más ricas alhajas y sus más lujosos ornamentos, y mientras los cristianos de más prestigio salen al encuentro del Patriarca que debe oficiar en los solemnes cultos, en las azoteas de las calles se aglomeran las gentes y en la espaciosa plaza de la Basílica espera con ansia todo el pueblo... Todo es bullicio, todo es alegría, todo es animación en la patria de Jesús...

El frenético aplauso de la muchedumbre, cuando, a eso de las dos, aparece en la plaza el Diácono, que enarbola la cruz de plateado astil sobre enjaezado caballo, anunciando la llegada del Patriarca; los vivas y ovaciones del pueblo y el vibrante sonido de las músicas al presentarse el Patriarca, que, acompañado de canónigos, sacerdotes, seminaristas, franciscanos y Asociaciones, se dirige a la Basílica; el solemne tedéum y los acordes del órgano al cruzar el Santuario y entrar en la contigua iglesia de Santa Catalina; las solemnísimas vísperas pontificales, con tanta pompa en el altar y con tan clásica música de la Schola Cantorum de la Custodia de Tierra Santa; la procesión a la Santa Gruta y a los demás Santuarios de las capillas subterráneas..., constituyen un magnífico preludio de la solemnidad y preparan el ánimo para los solemnes maitines y la extraordinaria misa de la media noche.

Son las diez. Ya la espaciosa iglesia está repleta de fieles: en lugar preferente los Cónsules católicos de Jerusalén con sus esposas. Poco después, las campanas, que no han cesado de enviar el eco de sus vibrantes voces por los históricos oteros y cañadas, anuncian el principio de los oficios litúrgicos.

Los maitines se celebran con toda solemnidad, y llama singularmente la atención el canto del Invitatorio, en el que un coro de niños va alternando con la capilla de música; alternativa que, en, aquellos momentos, evoca el diálogo que veinte siglos hace sostuvieron los Ángeles y los pastores, a los que anunciaron
el nacimiento del Niño Jesús.

Principia el pontifical a las doce, en medio de un misterioso silencio por parte de la muchedumbre que llena las naves de la iglesia; son momentos de conmovedora expectación. Al canto del Gloria in excelsis, aquel mar de gente se mueve, se agita y deja escapar frases de admiración. Algo extraordinario se nota en los acordes del órgano, en las voces de los cantores, en el aromático incienso, en el deslumbrante centelleo de innumerables luces que vierten ríos de oro y que transforman el templo en imagen del paraíso.

Después de la misa se organiza la procesión al lugar mismo donde nació Jesús, a la Santa Gruta. El encantador Niño, que ocupa durante la misa el centro del altar, es colocado en los brazos del Patriarca y trasladado solemnemente al Santo Pesebre donde la Virgen Madre reclinó a su divino Hijo recién nacido. El momento es de gloria, y las lágrimas saltan a los ojos sin poder reprimirlas. Todas las miradas se concentran en el Diácono, que principia el canto del Evangelio de Navidad. Nada hay en este cuanto sencillo como sublime relato que, oído en este lugar, no conmueva profundamente.

La voz del ministro, ahogada por la emoción, canta: Et peperit hic Filium suum primogenitum, et pannis eum involvit. El Patriarca, de rodillas ante la bellísima imagen del Niño, lo envuelve en pañales de seda, y levantándolo luego del lugar del Nacimiento, va a colocarlo sobre el lugar del Pesebre, en tanto que el Diácono prosigue: Et reclinavit eum in hoc praesepio. Entonces las voces argentinas de los niños, imitando el coro de ángeles en la Noche de Natividad, entonan el Gloria in excelsis, cual tributo de amor y de alabanza al recién nacido que, tendidito en el Pesebre, sonríe a todos... La procesión deja la Santa Gruta al repicar alegre de las campanas, a los acordes del órgano y al majestuoso canto del tedéum... Junto al Pesebre se principian las misas que terminarán a las cinco de la tarde, y en las que millares de fieles reciben la Sagrada Comunión.

Por la tarde, la Comunidad franciscana, acompañada de numeroso pueblo, organiza su alegre y devota romería a los Santuarios que conmemoran los sucesos de la Infancia del divino Niño: a la Gruta de la leche, preciosa tacita de plata que ha recogido encantadoras tradiciones y leyendas orientales, como recogió, al decir de las mismas, gotas de la purísima leche de la Virgen Madre, que volvió maravillosa aquella bendita tierra; a la casa de San José, donde dícese que vivió San José y la Sagrada Familia durante su accidental permanencia en Belén; al Campo de los Pastores, donde los pastores de Bet-Sahur que guardaban sus rebaños tuvieron la incomparable felicidad de ser informados por los Ángeles del Nacimiento del Mesías y de oír el Gloria in excelsis cantado por las celestes jerarquías.

Esta alegre romería pone término a la fiesta de Navidad con gran júbilo y animación de los betlemitas, que se sienten santamente orgullosos al poder decir a millares de peregrinos participantes en sus regocijos: «¡¡Somos los paisanos del Niño Jesús!!»

Desde Navidad hasta la Epifanía la Santa Gruta continúa siendo visitada por los peregrinos y por los fieles no sólo de Belén, sino de Jerusalén y sus contornos, que, a imitación de los sencillos pastores y de los tres sabios del Oriente, vienen a adorar y a ofrecer sus dones al divino Niño Jesús. Digna corona de las fiestas natalicias es la solemnidad de los Santos Reyes.

La víspera de la Epifanía hace su entrada solemne en la Basílica el P. Padre Custodio, a las diez y media de la mañana. A las dos de la tarde se celebran las Vísperas con pompa pontifical. El día de la fiesta, a las nueve, tiene lugar- la misa, que celebra el P. Custodio, con asistencia de inmenso pueblo y de los Cónsules católicos. Termina la solemnidad con la solemne procesión por los claustros del convento: el momento más emocionante de la misma cuando, al llegar a la Santa Gruta, el Diácono canta el Evangelio que describe la conmovedora escena de la adoración de los Magos...

Durante la festividad natalicia los tres moradores de la «casita blanca» se sienten extraordinariamente felices y asisten a todas las funciones religiosas con transportes de alegría. ¡Ah!, también ellos son los paisanos del Niño Jesús, y sin duda de los más íntimos. En la Gruta del divino Niño, que ellos visitan indefectiblemente todos los días del año, se han cumplido los actos más culminantes de su vida cristiana: en ella Elimelec y Noem¡recibieron por primera vez la Sagrada Comunión; en ella contrajeron el vínculo matrimonial; en ella alcanzaron de Jesús el fruto bendito de su santa unión, y en ella la graciosa e inocente Raquel tuvo la incomparable felicidad no sólo de adorar al Verbo encarnado, como los pastores y los Magos, sino de introducirlo en su casto pecho bajo los velos eucarísticos.

Qué maravilla, pues, que durante la vigilia, la Nochebuena y el día de la fiesta echasen un cerrojazo a la «casita blanca» y pasasen todo el tiempo en el Santuario y en el Colegio de las Josefinas? La fiesta de Navidad era para ellos la fiesta por excelencia.

Fr. León Villuendas, ofm

(Continuará)

Noticias

Capítulo Provincial

En nuestra sección de ilustración damos noticias gráficas del Capítulo Provincial celebrado en Onteniente los primeros días del mes de agosto último, bajo la presidencia del M. R. P. Agustín Zuluaga, Visitador y Delegado general. Ya conocen los lectores de La Acción Antoniana al nuevo Superior Provincial, P. Joaquín Sanchis, y sus méritos, varias veces destacados en nuestras páginas. Una vez más reiteramos nuestro saludo respetuoso al Superior Mayor de esta Seráfica Provincia de Valencia, que tanto cariño siente por esta publicación.

Nuestro Director, el P. José Antonio Arnau, ha sido nombrado Custodio, es decir, sustituto del P. Provincial en los casos previstos por nuestras leyes y primero de sus consejeros. Es de lamentar que no podrá continuar al frente de nuestra Revista por su ausencia forzosa de la capital; pero su bien cortada pluma continuará escribiendo esos sabrosos artículos y consultas que tantos suscriptores nos ha merecido.
Los demás componentes del Definitorio o Consejo Provincial son los siguientes: PP. Luis Colomer, Buenaventura Escrivá, Eusebio Arbona y León Amorós. El primero y el último son particularmente conocidos en el campo de las letras por sus múltiples publicaciones.

Franciscano premiado

En el certamen periodístico organizado por el Excmo. Ayuntamiento de Lebrija, con motivo de las fiestas centenarias del nacimiento del gran humanista Elio Antonio de Nebrija, fue premiado con 3.000 pesetas el artículo «Una gran gloria española: Antonio de Nebrija», debido a la pluma del franciscano P. Antonio Aracil, de la Provincia Seráfica de Granada.

Noticias interesantes del P. Gonzalo Valls

Con gran sorpresa y alegría hemos leído el nombre de nuestro hermano y paisano el P. Gonzalo Valls en una carta abierta de un misionero español de China, publicada en la Revista Franciscana, del mes de julio pasado. Creemos hacer un obsequio a los lectores transcribiendo unas líneas de mucho interés misionero «La vida en China actual. - En Taiyuen-fu —según escribe el P. Valls— la vida está por las nubes. Han suprimido la carne, huevos, harina, aceite, vino, etcétera, quedando sujetos al régimen completamente vegetariano. Y continúa dicho misionero en su carta: S¡en aquel vicariato, que era de los más desahogarlos, andan tan mal de recursos, saca la cuenta de cómo andaremos nosotros, incomunicados de todo auxilio extranjero. Aquí un tou (modio) de mijo cuesta 2.200 dólares; un huevo, 30 dólares; una libra de patatas, 50 dólares; un tou (modio) de trigo, 2.200 dólares, y así lo demás. Para un vestido talar (una bata) se necesitan 15.000 dólares; unos zapatos, 2.000 dólares; un par de media 800 dólares...» El lector podrá hacer por sí mismo el comentario a estas líneas transcritas.

Primera comunión

José Luis Jover González ha celebrado su primera comunión en la iglesia arciprestal de Santa María de Cocentaina el día 9 de junio de 1946.