El Nombre de Jesús

Niño Jesús (De religión digital)
Se le puso por nombre Jesús. (Vocatum est nomen ejus Iesus).— Hermosa y profundamente franciscana es la devoción al Santo Nombre de Jesús. San Bernardino de Sena y San Juan de Capistrano fueron sus infatigables propagadores, y alcanzaron con la virtud de tan dulce nombre estrepitosas victorias y milagros de renovación espiritual.
Herodes y los Niños inocentes
Regada por las lágrimas de Raquel y ennegrecida por las maldiciones de todo el pueblo belemita, yace la tumba de Herodes como escondida en uno de los antros infernales. En todos sus aledaños sólo brotan cardos y espinas, y en sus negras rajaduras anidan el áspid, la víbora y el escorpión.
Se oyen de vez en cuando los ¡ayes! de un alma en pena, impulsados al ambiente por las ráfagas de azufre y fuego que vomitan por sus resquicios los volcanes del antro infernal. Nadie de los vivientes osa acercarse a su vera; sólo hay un día aciago que se ve visitada aquella tumba. Es el día de los Santos Inocentes. No son los hombres los que vienen a visitarla, son los Niños, que bajan del cielo para recordarle su crimen horrendo y citarle, como a un juicio, para que justifique, si puede, las razones de su horrible maldad. Bajan todos blandiendo sus palmas, las palmas de su martirio, teñidas con la sangre de sus cuerpos inocentes; sangre que revive en aquel día y gotea sobre el cuerpo maldecido de su verdugo, y le hieren, cada gota, como dardos de la eterna maldición.
Llegados los niños a la tumba, forman un cerco esplendente, brillando, con sus túnicas albas, como estrellas desprendidas del espacio, y alzando sus palmas, tintas de sangre tierna, entonan un canto lúgubre, que despierta al alma negra de su letargo doloroso e infernal. El alma vuelve a su cuerpo, y Herodes, cadavérico, se estremece, y no pudiendo soportar la presencia ni las voces de sus víctimas inocentes, se levanta y echa a correr. Los niños le persiguen por montes y valles, y rodando como bola de fuego viene a parar a las orillas del mar. Viéndose acosado por los niños que le cercan, se arroja al fondo de las aguas; pero las aguas, que no soportan su hedor, lo suben a flote, y sus olas le llevan con su empuje hasta las bordas de un barco corsario. Sube a él, y los piratas, viendo el estigma de su maldad, le arrojan de sí con fuerza, y su empuje le lleva hasta las playas. Los niños corren tras él, y Herodes, furioso y desesperado, se interna al fondo de los bosques, y viene a caer en una cueva de ladrones.
Los ladrones, que a pesar de su fiereza tuvieron compasión del Niño Jesús y le ocultaron de sus perseguidores, cuando ven a los niños inocentes que van tras él acusándole de su maldad, sienten horror del crimen de Herodes, le echan fuera y le maldicen, y Herodes vuelve a correr perseguido por los niños inocentes; llega en su desenfrenada carrera a un campo de patíbulos, donde ve ahorcados varios cuerpos de malhechores. Mas al verle los ahorcados y darse cuenta que es la fiera que dio muerte a tantos niños inocentes, sueltan sus sogas y, formando látigos, a latigazos le hacen huir, pues no era honroso para ellos sostener entre sus patíbulos a tan grande criminal, verdugo de los niños.
Desesperado ya Herodes, y no sabiendo por donde huir, pide auxilio a los demonios, y uno de ellos le guía a una pequeña ciudad. Van buscando criminales que puedan parecerse al mismo Henees; dan, por fin, en una casa de buen aspecto, tal vez casa cristiana; la inspecciona el diablo y empuja a Herodes para que entre en ella.
Los niños que le persiguen se asustan, pues Herodes se asoma, apostrofando a los niños y diciendo: «Venid, venid, que aquí mueren otros niños inocentes.»
Era ciertamente una madre, cruel como Herodes, que no dejaba nacer a sus niños, y en aquel momento se abre la puerta de la casa y sale de ella un alma inocente, el alma de un niño asesinado por su madre pecadora.
Los niños inocentes, entristecidos, reciben en su compañía a la pobre alma de aquel niño que no acabó de nacer, y volaron al cielo avergonzados de ver en el mundo tanta maldad y a tantos niños malogrados, no sólo en el cuerpo, sino también en el alma, con los escándalos que ofrece el mundo a los niños inocentes.
San Vicente Mártir,
patrón de la ciudad de Valencia
Nació en Huesca, y educado en Zaragoza mereció, por su ciencia esclarecida y acrisolada virtud, que su obispo San Valero le confiriera las órdenes sagradas hasta el diaconado y le confiara el honroso cargo de la predicación.
Sus ruidosas conversiones le acarrearon la ira del entonces furioso perseguidor de los cristianos en España, Daciano, quien le hizo ir a pie y cargado de cadenas a Valencia, condenándole allí a crueles tormentos, que el joven diácono sufrió con alegría y heroico valor.
No pudiendo hacerle renegar de la fe de Jesucristo descoyuntándole los huesos con el suplicio del potro, rasgándole el pecho y espaldas con uñas de acero, aplicándole planchas candentes a sus costados y arrojándole a lóbrega cárcel pavimentada de aguijones, donde entre luces de cielo le visitaban los ángeles y curaban sus heridas, intentó, rabioso, su perseguidor vencerle con halagos y delicias, que el santo mártir despreció con heroísmo, hasta que el 22 de enero del año 304 entregó su espíritu en manos del Señor.
Ya que admiramos hoy su heroísmo procuremos que su sangre derramada con generosidad por la fe de Jesucristo sea en nuestras almas semilla fecunda de santificación.
Noche misteriosa
Toda la familia no conoce más que por relatos de los periódicos cómo estaba la calle en la noche de Año Viejo. Y en los días que acaban de transcurrir se encuentra atareada y... dividida. ¿Cómo es eso?, me diréis. ¿Dividida la familia? ¡Nunca hubiéramos imaginado tal cosa! Pues sí., Al llegar las vísperas de Reyes la familia aparece dividida de un modo natural en partes, que casi casi son tres: los que creen en los Reyes Magos, los que no creen en los Reyes Magos, y a esto podríamos añadir los que hacen como que creen en los Reyes Magos, porque entienden que eso es lo que les tiene más cuenta.
Papá debe ser incluido entre los que creen en los Reyes Magos. De tal modo se entrega al goce de preparar la fiesta de los pequeños, de tal modo ampara su inocencia contra toda insinuación maliciosa y prematura y con tal fe y alegría lo hace todo, que los Reyes llegan al extremo de dejarle a él mismo alguna cosa, y casi siempre consiguen proporcionarle alguna sorpresa.
Éstos días han formado la semana de los misterios. Una vez ha llegado mamá con un paquetito, y sin buscar a papá inmediatamente, que es lo que hace cuando llega de la calle, se ha metido corriendo en su alcoba y se le ha oído trastear en el armario, percibiéndose el tintineo de su manojo de llaves, que es el rumor que acompaña a mamá por todas partes. En otro momento ha llegado papá, y en vez de ir directo al perchero, dejar allí su gabán y realizar las pequeñas operaciones de costumbre, se ha entrado al despacho como una bala. Se le ha oído trastear en los cajones de la mesa, y luego ha salido con toses y carraspeos de circunstancias.
A estos pequeños misterios de la semana ha correspondido una noche del 5 al 6 casi policíaca. Después de cenar, se ha procedido a acostar a los pequeños. Uno de ellos, antes de dormirse, asegura haber oído claramente las trompetas del cortejo de los Magos... La pequeña afirma que ha visto a uno de los criados del rey Melchor atisbando por los cristales. Papá dice que todo aquello es muy posible, y que lo importante, en vista de tales sucesos, es dormirse pronto para que los Reyes no pasen de largo ante una casa donde los niños no se duermen y donde se vela sin ton ni son, en vez de descansar por la noche.
Papá se queda un momento contemplando la sonrisa con que los pequeños se han dormido. Es la sonrisa de la inocencia. Dios la ampara y los padres han de protegerla en el nombre de Dios. Papá entra y dice misteriosamente:
—Ya.
En la habitación que da a la azotea están en línea los zapatos de los pequeños dormidos. Entre risas ahogadas van los Reyes Magos dejando los juguetes en su sitio. Terminada la operación, papá dice a los mayores:
—Vaya, todos a la cama; pero antes dejad aquí también vuestros zapatos.
Lo estaban esperando. Corren como pequeños. Regresan poco a poco, dejando sus zapatos allí, y casi ríen con verdadera inocencia cuando besan a sus padres deseándoles una buena noche. Quedan solos papá y mamá.
—Otro año, Juan.
—Otro año, Teresa. Bendito sea Dios. Anda, vete acostando, que yo apagaré las luces. ¡Ahí Y yo creo que debemos traer también tus zapatos.
—¿Yo también? Bueno, pues ahora vuelvo. Voy a decirles a las chicas —se refiere a las dos muchachas de servicio— que traigan también ellas sus zapatos, ¿no te parece?
—Claro.
A los nueve pares de zapatos de los hijos, se añaden a poco las zapatillas de mamá y los zapatos de las dos criadas. Papá va apagando luces y se recoge. Cuando está desnudándose, mamá le dice: —A propósito. No dejes tus zapatos aquí. Llévalos también al cuarto de los Reyes Magos.
Es la sorpresa de todos los años. La sorpresa que no es sorpresa, pero que se espera con la ilusión de tal.
—Bueno, mujer; probaré fortuna—. Y papá va muy serio y deja sus zapatos en la imponente fila.
La noche está llena de ruidos misteriosos. Los pequeños pueden afirmar, con razón, que han oído a los Reyes Magos. Se levanta papá, mientras mamá hace que duerme, y saca aquel paquetito que guardó en el despacho. Se levanta mamá, mientras papá se hace el dormido, y va a buscar el paquete que guardó en el armario. Se levantan Manolo, Juanito y Carmen, mientras los papás hacen como que duermen, y dejan la última y pequeña sorpresa. Por la mañana resulta que los Magos han venido para todos. De verdad que han venido, y además con aquella delicadeza y aquella alegría con que, preparan sus regalos en el lejano Oriente para visitar a las familias cristianas.
Nicolás González Ruiz

Tres Reyes Magos
El cielo ha mostrado Tres reyes de Oriente Oro y pedrería Sobre la ruinosa |
Han descabalgado; Humilde es la estancia Al alba temprana ¡El Niño sonríe |
Vicente Mena
Consultorio religioso
¿Sería tan amable, Fr. Agnello, que me dijera cuáles son los rasgos principales de la familia ideal?
Es muy interesante su pregunta y voy a contestarla gustoso, aduciendo lo que el Rdo. P. Andrés Azcárate dice a este propósito en su Catecismo de los Casados.
El primer rasgo de la familia ideal, es que sea profundamente religiosa, teniendo por ley de su vida el santo temor de Dios y la guarda de sus mandamientos.
La familia debe ser religiosa por gratitud, aunque más no sea, pues es ella la obra de Dios y de Jesucristo, que la han dado unidad, estabilidad y santidad. Si Dios no reina en el hogar y en los corazones de los que lo forman, los esposos se guardarán difícilmente la mutua fidelidad y consideración y no tendrán la necesaria aureola de la autoridad para hacerse obedecer y respetar de los hijos, y éstos y ellos carecerán, en las pruebas inevitables de la vida, del dulce bálsamo de la resignación y de la esperanza.
Esta religiosidad de la familia se pondrá de manifiesto en la observancia individual y colectiva de los preceptos de Dios y de la Iglesia.
El segundo rasgo de la familia ideal, es que rinda culto al trabajo y practique la sobriedad y el ahorro.
Cierto que el trabajo es una pena que para trabajar hay que vencerse; pero en la economía actual de la vida el trabaje es condición indispensable para el bienestar de la familia. El trabajo es ley de la vida y, por lo mismo, ley de la felicidad de la vida. En manos del pobre, es pan, es caudal, es orden y comodidad, es disciplina, es ahorro para la vejez, es porvenir, es remedio del tedio y de todos los vicios. En manos del rico, es fuente de nuevas riquezas y tesoro de caridad, es padre de virtudes, como la ociosidad es madre de vicios.
Al trabajo han de acompañarle la sobriedad y el ahorro para lograr la posición de algo propio: capital, seguro, propiedad, en las mil formas que brinda la vida económica moderna. La propiedad, grande o pequeña y en cualquiera de sus formas, da seguridad al hogar, es estímulo de trabajo y ahorro, es la significación de la familia y el porvenir de los hijos.
El tercer rasgo de la familia ideal, es que sea numerosa, si Dios así lo dispone.
Cantando las delicias del hogar ideal, dice el Salmista: «Tu esposa será como vid llena de fruto en el interior de tu casa... Tus hijos serán como retoños de olivo alrededor de tu mesa.» ¡Bello espectáculo el de la parra, de la que cuelgan gruesos racimos de uvas reven ton as, y el de una mesa donde muchos hijos comen del mismo pan, amasado con los pudores del padre y aderezado por el cariño insustituible de la madre.
El cuarto y último rasgo de la familia ideal, es que exista entre sus miembros el amor punitivo.
Todo convida al amor en la familia cristiana: los vínculos morales y de la sangre, la gracia del Sacramento, las funciones que se desempeñan. Todo convida al amor y, por lo mismo, a la unión, a la intimidad, a fundir y a expansionar unas vidas con otras vidas, a suavizar las penas de unos con las alegrías de otros y a moderar y sanear los goces de éstos con los dolores de aquéllos. ¡Cuán bueno
es, cuán delicioso, vivir unidos los hermanos!
Los frutos de la familia ideal son los padres y los hijos modelos, los cristianos fervientes, los obreros honrados, los ciudadanos sin tacha, los sacerdotes y los militares fieles y abnegados.
Las familias que hayan llegado al ideal de la familia, donde la religión y el trabajo y la multitud y el amor se hayan juntado para obrar la maravilla de la sociedad doméstica perfecta, ejercerán en los pueblos una gigantesca misión política y religiosa, la única capaz de salvarlos de esa anemia y raquitismo espiritual y hasta físico de que agonizan.
Satisfecha, ¿verdad?... Las demás tened paciencia, que ya se os contestará.
Fr. Agnello
El nombre de Dios
Es cosa singular que el nombre de Dios tenga, así como en castellano, cuatro letras en casi todos los idiomas conocidos. En latín Deus, en francés Dieu, en griego Zeos, en alemán Oott, en escandinavo Odin, en sueco Oodd, en hebreo Adon, en sirio Adad, en persa Syra, en turco Addi, en egipcio Aumn o Zent, en japonés Zani, en etrurio Chur, en árabe Allá o HUh, y muchos más por el estilo.
Confidencias
Muchos bautizados tienen un catolicismo para su uso, sin benignidad y sin humanidad.
La falta no está en la doctrina, en sí irreprochable y de amplitud magnífica. La falta está en nuestra manera incompleta o inconsecuente de practicarla.
Por lo mismo que formamos todos una sola unidad en Cristo, nos incumbe la obligación de contribuir personalmente al bien común. No estamos en el mundo para servirnos de los demás, sino para servirnos mutuamente.
Incomparablemente es más triste que la miseria corporal la miseria de las almas. Cuando una necesidad es más material, más fácilmente mueve a compasión. Cuando menos tiene de terrena, más se ¦ oculta a la observación de algunos.
Son muchas las personas que con generosidad heroica atienden a las necesidades materiales del prójimo. Empero pudieran ser muchísimas las que atendieran a su inteligencia y corazón.
No olvidemos que la caridad por excelencia en la época actual es él donativo de la luz y del amor.
Sepamos padecer por los ajenos sufrimientos y saber decir como Jesús: «Misereor super turbamn... La miseria de esa muchedumbre me atormenta.
Y con San Pablo: «¿Quién padece sin que yo sienta sus sufrimientos?»
Hay que dar material y moralmente; pero más aún «saber dar». Esto es, adquirir la inteligencia de la limosna por la inteligencia de la miseria.
María de Santángel
Fr. Juan de Dios Sala, in memoriam