El Nombre de Jesús

Niño Jesús

Niño Jesús (De religión digital)

Se le puso por nombre Jesús. (Vocatum est nomen ejus Iesus).— Hermosa y profundamente franciscana es la devoción al Santo Nombre de Jesús. San Bernardino de Sena y San Juan de Capistrano fueron sus infatigables propagadores, y alcanzaron con la virtud de tan dulce nombre estrepitosas victorias y milagros de renovación espiritual.

Herodes y los Niños inocentes

Regada por las lágrimas de Raquel y ennegrecida por las maldiciones de todo el pueblo belemita, yace la tumba de Herodes como escondida en uno de los antros infernales. En todos sus aledaños sólo brotan cardos y espinas, y en sus negras rajaduras anidan el áspid, la víbora y el escorpión.

Se oyen de vez en cuando los ¡ayes! de un alma en pena, impulsados al ambiente por las ráfagas de azufre y fuego que vomitan por sus resquicios los volcanes del antro infernal. Nadie de los vivientes osa acercarse a su vera; sólo hay un día aciago que se ve visitada aquella tumba. Es el día de los Santos Inocentes. No son los hombres los que vienen a visitarla, son los Niños, que bajan del cielo para recordarle su crimen horrendo y citarle, como a un juicio, para que justifique, si puede, las razones de su horrible maldad. Bajan todos blandiendo sus palmas, las palmas de su martirio, teñidas con la sangre de sus cuerpos inocentes; sangre que revive en aquel día y gotea sobre el cuerpo maldecido de su verdugo, y le hieren, cada gota, como dardos de la eterna maldición.

Llegados los niños a la tumba, forman un cerco esplendente, brillando, con sus túnicas albas, como estrellas desprendidas del espacio, y alzando sus palmas, tintas de sangre tierna, entonan un canto lúgubre, que despierta al alma negra de su letargo doloroso e infernal. El alma vuelve a su cuerpo, y Herodes, cadavérico, se estremece, y no pudiendo soportar la presencia ni las voces de sus víctimas inocentes, se levanta y echa a correr. Los niños le persiguen por montes y valles, y rodando como bola de fuego viene a parar a las orillas del mar. Viéndose acosado por los niños que le cercan, se arroja al fondo de las aguas; pero las aguas, que no soportan su hedor, lo suben a flote, y sus olas le llevan con su empuje hasta las bordas de un barco corsario. Sube a él, y los piratas, viendo el estigma de su maldad, le arrojan de sí con fuerza, y su empuje le lleva hasta las playas. Los niños corren tras él, y Herodes, furioso y desesperado, se interna al fondo de los bosques, y viene a caer en una cueva de ladrones.

Los ladrones, que a pesar de su fiereza tuvieron compasión del Niño Jesús y le ocultaron de sus perseguidores, cuando ven a los niños inocentes que van tras él acusándole de su maldad, sienten horror del crimen de Herodes, le echan fuera y le maldicen, y Herodes vuelve a correr perseguido por los niños inocentes; llega en su desenfrenada carrera a un campo de patíbulos, donde ve ahorcados varios cuerpos de malhechores. Mas al verle los ahorcados y darse cuenta que es la fiera que dio muerte a tantos niños inocentes, sueltan sus sogas y, formando látigos, a latigazos le hacen huir, pues no era honroso para ellos sostener entre sus patíbulos a tan grande criminal, verdugo de los niños.

Desesperado ya Herodes, y no sabiendo por donde huir, pide auxilio a los demonios, y uno de ellos le guía a una pequeña ciudad. Van buscando criminales que puedan parecerse al mismo Henees; dan, por fin, en una casa de buen aspecto, tal vez casa cristiana; la inspecciona el diablo y empuja a Herodes para que entre en ella.

Los niños que le persiguen se asustan, pues Herodes se asoma, apostrofando a los niños y diciendo: «Venid, venid, que aquí mueren otros niños inocentes.»

Era ciertamente una madre, cruel como Herodes, que no dejaba nacer a sus niños, y en aquel momento se abre la puerta de la casa y sale de ella un alma inocente, el alma de un niño asesinado por su madre pecadora.

Los niños inocentes, entristecidos, reciben en su compañía a la pobre alma de aquel niño que no acabó de nacer, y volaron al cielo avergonzados de ver en el mundo tanta maldad y a tantos niños malogrados, no sólo en el cuerpo, sino también en el alma, con los escándalos que ofrece el mundo a los niños inocentes.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

San Vicente mártirSan Vicente Mártir,
patrón de la ciudad de Valencia

Nació en Huesca, y educado en Zaragoza mereció, por su ciencia esclarecida y acrisolada virtud, que su obispo San Valero le confiriera las órdenes sagradas hasta el diaconado y le confiara el honroso cargo de la predicación.

Sus ruidosas conversiones le acarrearon la ira del entonces furioso perseguidor de los cristianos en España, Daciano, quien le hizo ir a pie y cargado de cadenas a Valencia, condenándole allí a crueles tormentos, que el joven diácono sufrió con alegría y heroico valor.

No pudiendo hacerle renegar de la fe de Jesucristo descoyuntándole los huesos con el suplicio del potro, rasgándole el pecho y espaldas con uñas de acero, aplicándole planchas candentes a sus costados y arrojándole a lóbrega cárcel pavimentada de aguijones, donde entre luces de cielo le visitaban los ángeles y curaban sus heridas, intentó, rabioso, su perseguidor vencerle con halagos y delicias, que el santo mártir despreció con heroísmo, hasta que el 22 de enero del año 304 entregó su espíritu en manos del Señor.

Ya que admiramos hoy su heroísmo procuremos que su sangre derramada con generosidad por la fe de Jesucristo sea en nuestras almas semilla fecunda de santificación.

Noche misteriosa

Toda la familia no conoce más que por relatos de los periódicos cómo estaba la calle en la noche de Año Viejo. Y en los días que acaban de transcurrir se encuentra atareada y... dividida. ¿Cómo es eso?, me diréis. ¿Dividida la familia? ¡Nunca hubiéramos imaginado tal cosa! Pues sí., Al llegar las vísperas de Reyes la familia aparece dividida de un modo natural en partes, que casi casi son tres: los que creen en los Reyes Magos, los que no creen en los Reyes Magos, y a esto podríamos añadir los que hacen como que creen en los Reyes Magos, porque entienden que eso es lo que les tiene más cuenta.

Papá debe ser incluido entre los que creen en los Reyes Magos. De tal modo se entrega al goce de preparar la fiesta de los pequeños, de tal modo ampara su inocencia contra toda insinuación maliciosa y prematura y con tal fe y alegría lo hace todo, que los Reyes llegan al extremo de dejarle a él mismo alguna cosa, y casi siempre consiguen proporcionarle alguna sorpresa.

Éstos días han formado la semana de los misterios. Una vez ha llegado mamá con un paquetito, y sin buscar a papá inmediatamente, que es lo que hace cuando llega de la calle, se ha metido corriendo en su alcoba y se le ha oído trastear en el armario, percibiéndose el tintineo de su manojo de llaves, que es el rumor que acompaña a mamá por todas partes. En otro momento ha llegado papá, y en vez de ir directo al perchero, dejar allí su gabán y realizar las pequeñas operaciones de costumbre, se ha entrado al despacho como una bala. Se le ha oído trastear en los cajones de la mesa, y luego ha salido con toses y carraspeos de circunstancias.

A estos pequeños misterios de la semana ha correspondido una noche del 5 al 6 casi policíaca. Después de cenar, se ha procedido a acostar a los pequeños. Uno de ellos, antes de dormirse, asegura haber oído claramente las trompetas del cortejo de los Magos... La pequeña afirma que ha visto a uno de los criados del rey Melchor atisbando por los cristales. Papá dice que todo aquello es muy posible, y que lo importante, en vista de tales sucesos, es dormirse pronto para que los Reyes no pasen de largo ante una casa donde los niños no se duermen y donde se vela sin ton ni son, en vez de descansar por la noche.
Papá se queda un momento contemplando la sonrisa con que los pequeños se han dormido. Es la sonrisa de la inocencia. Dios la ampara y los padres han de protegerla en el nombre de Dios. Papá entra y dice misteriosamente:

—Ya.

En la habitación que da a la azotea están en línea los zapatos de los pequeños dormidos. Entre risas ahogadas van los Reyes Magos dejando los juguetes en su sitio. Terminada la operación, papá dice a los mayores:

—Vaya, todos a la cama; pero antes dejad aquí también vuestros zapatos.

Lo estaban esperando. Corren como pequeños. Regresan poco a poco, dejando sus zapatos allí, y casi ríen con verdadera inocencia cuando besan a sus padres deseándoles una buena noche. Quedan solos papá y mamá.

—Otro año, Juan.

—Otro año, Teresa. Bendito sea Dios. Anda, vete acostando, que yo apagaré las luces. ¡Ahí Y yo creo que debemos traer también tus zapatos.

—¿Yo también? Bueno, pues ahora vuelvo. Voy a decirles a las chicas —se refiere a las dos muchachas de servicio— que traigan también ellas sus zapatos, ¿no te parece?

—Claro.

A los nueve pares de zapatos de los hijos, se añaden a poco las zapatillas de mamá y los zapatos de las dos criadas. Papá va apagando luces y se recoge. Cuando está desnudándose, mamá le dice: —A propósito. No dejes tus zapatos aquí. Llévalos también al cuarto de los Reyes Magos.

Es la sorpresa de todos los años. La sorpresa que no es sorpresa, pero que se espera con la ilusión de tal.

—Bueno, mujer; probaré fortuna—. Y papá va muy serio y deja sus zapatos en la imponente fila.

La noche está llena de ruidos misteriosos. Los pequeños pueden afirmar, con razón, que han oído a los Reyes Magos. Se levanta papá, mientras mamá hace que duerme, y saca aquel paquetito que guardó en el despacho. Se levanta mamá, mientras papá se hace el dormido, y va a buscar el paquete que guardó en el armario. Se levantan Manolo, Juanito y Carmen, mientras los papás hacen como que duermen, y dejan la última y pequeña sorpresa. Por la mañana resulta que los Magos han venido para todos. De verdad que han venido, y además con aquella delicadeza y aquella alegría con que, preparan sus regalos en el lejano Oriente para visitar a las familias cristianas.

Nicolás González Ruiz

a

Tres Reyes Magos

El cielo ha mostrado
tan límpida estrella,
que el alba no es bella
si brilla a su lado.

Tres reyes de Oriente
—desde sus camellos—
miran los destellos
del astro fulgente;
y al amanecer
quieren emprender.

Oro y pedrería
llevan abundante,
incienso fragante,
mirra en demasía,
y en el corazón
una incontenida
y rara emoción.

Sobre la ruinosa
faz de un portalillo
la estrella su brillo
aumenta gozosa,
y dice Melchor:
En esta pobreza
nació el Redentor...

Han descabalgado;
se esfumó la estrella;
una mujer bella
surge de contado,
y habla Baltasar:
Penetremos dentro
para le adorar...

Humilde es la estancia
del Niño adorado;
un lirio nevado
les da su fragancia,
y agrega Gaspar:
Como yo, Dios mío,
nadie te ha de amar...

Al alba temprana
la real caravana
torna para Oriente;
Melchor se arrodilla,
Baltasar se humilla
y Gaspar la frente
roza con el suelo...

¡El Niño sonríe
y se enciende el cielo!...

Vicente Mena

Consultorio religioso

¿Sería tan amable, Fr. Agnello, que me dijera cuáles son los rasgos principales de la familia ideal?

Es muy interesante su pregunta y voy a contestarla gustoso, aduciendo lo que el Rdo. P. Andrés Azcárate dice a este propósito en su Catecismo de los Casados.

El primer rasgo de la familia ideal, es que sea profundamente religiosa, teniendo por ley de su vida el santo temor de Dios y la guarda de sus mandamientos.

La familia debe ser religiosa por gratitud, aunque más no sea, pues es ella la obra de Dios y de Jesucristo, que la han dado unidad, estabilidad y santidad. Si Dios no reina en el hogar y en los corazones de los que lo forman, los esposos se guardarán difícilmente la mutua fidelidad y consideración y no tendrán la necesaria aureola de la autoridad para hacerse obedecer y respetar de los hijos, y éstos y ellos carecerán, en las pruebas inevitables de la vida, del dulce bálsamo de la resignación y de la esperanza.

Esta religiosidad de la familia se pondrá de manifiesto en la observancia individual y colectiva de los preceptos de Dios y de la Iglesia.

El segundo rasgo de la familia ideal, es que rinda culto al trabajo y practique la sobriedad y el ahorro.
Cierto que el trabajo es una pena que para trabajar hay que vencerse; pero en la economía actual de la vida el trabaje es condición indispensable para el bienestar de la familia. El trabajo es ley de la vida y, por lo mismo, ley de la felicidad de la vida. En manos del pobre, es pan, es caudal, es orden y comodidad, es disciplina, es ahorro para la vejez, es porvenir, es remedio del tedio y de todos los vicios. En manos del rico, es fuente de nuevas riquezas y tesoro de caridad, es padre de virtudes, como la ociosidad es madre de vicios.

Al trabajo han de acompañarle la sobriedad y el ahorro para lograr la posición de algo propio: capital, seguro, propiedad, en las mil formas que brinda la vida económica moderna. La propiedad, grande o pequeña y en cualquiera de sus formas, da seguridad al hogar, es estímulo de trabajo y ahorro, es la significación de la familia y el porvenir de los hijos.

El tercer rasgo de la familia ideal, es que sea numerosa, si Dios así lo dispone.

Cantando las delicias del hogar ideal, dice el Salmista: «Tu esposa será como vid llena de fruto en el interior de tu casa... Tus hijos serán como retoños de olivo alrededor de tu mesa.» ¡Bello espectáculo el de la parra, de la que cuelgan gruesos racimos de uvas reven ton as, y el de una mesa donde muchos hijos comen del mismo pan, amasado con los pudores del padre y aderezado por el cariño insustituible de la madre.

El cuarto y último rasgo de la familia ideal, es que exista entre sus miembros el amor punitivo.

Todo convida al amor en la familia cristiana: los vínculos morales y de la sangre, la gracia del Sacramento, las funciones que se desempeñan. Todo convida al amor y, por lo mismo, a la unión, a la intimidad, a fundir y a expansionar unas vidas con otras vidas, a suavizar las penas de unos con las alegrías de otros y a moderar y sanear los goces de éstos con los dolores de aquéllos. ¡Cuán bueno
es, cuán delicioso, vivir unidos los hermanos!

Los frutos de la familia ideal son los padres y los hijos modelos, los cristianos fervientes, los obreros honrados, los ciudadanos sin tacha, los sacerdotes y los militares fieles y abnegados.

Las familias que hayan llegado al ideal de la familia, donde la religión y el trabajo y la multitud y el amor se hayan juntado para obrar la maravilla de la sociedad doméstica perfecta, ejercerán en los pueblos una gigantesca misión política y religiosa, la única capaz de salvarlos de esa anemia y raquitismo espiritual y hasta físico de que agonizan.

Satisfecha, ¿verdad?... Las demás tened paciencia, que ya se os contestará.

Fr. Agnello

El nombre de Dios

Es cosa singular que el nombre de Dios tenga, así como en castellano, cuatro letras en casi todos los idiomas conocidos. En latín Deus, en francés Dieu, en griego Zeos, en alemán Oott, en escandinavo Odin, en sueco Oodd, en hebreo Adon, en sirio Adad, en persa Syra, en turco Addi, en egipcio Aumn o Zent, en japonés Zani, en etrurio Chur, en árabe Allá o HUh, y muchos más por el estilo.

Confidencias

Muchos bautizados tienen un catolicismo para su uso, sin benignidad y sin humanidad.

La falta no está en la doctrina, en sí irreprochable y de amplitud magnífica. La falta está en nuestra manera incompleta o inconsecuente de practicarla.

Por lo mismo que formamos todos una sola unidad en Cristo, nos incumbe la obligación de contribuir personalmente al bien común. No estamos en el mundo para servirnos de los demás, sino para servirnos mutuamente.

Incomparablemente es más triste que la miseria corporal la miseria de las almas. Cuando una necesidad es más material, más fácilmente mueve a compasión. Cuando menos tiene de terrena, más se ¦ oculta a la observación de algunos.

Son muchas las personas que con generosidad heroica atienden a las necesidades materiales del prójimo. Empero pudieran ser muchísimas las que atendieran a su inteligencia y corazón.

No olvidemos que la caridad por excelencia en la época actual es él donativo de la luz y del amor.

Sepamos padecer por los ajenos sufrimientos y saber decir como Jesús: «Misereor super turbamn... La miseria de esa muchedumbre me atormenta.

Y con San Pablo: «¿Quién padece sin que yo sienta sus sufrimientos?»

Hay que dar material y moralmente; pero más aún «saber dar». Esto es, adquirir la inteligencia de la limosna por la inteligencia de la miseria.

María de Santángel


Novela de carácter oriental

Raquel la betlemita

XI. El adiós a Belén

Ha pasado un año de luto; Raquel cuenta dieciséis. Los Padres de Tierra Santa que patrocinan a la huérfana, de inteligencia con los tíos de ésta, que viven en la capital de la Argentina v que esperan con ansia la llegada de su sobrina, han combinado todo para que el 1.° de mayo se embarque en Alejandría en un vapor francés que va directamente a Buenos Aires. Han apresurado la marcha para que Raquel pueda ser acompañada por dos Religiosas del Hortus conclusus, que en esa fecha las destina la obediencia a la cosmopolita ciudad de la próspera República. En verdad que la compañía de las Religiosas, a las que nuestra joven visitó más de una vez en sus excursiones a la región de Etam, ha de ser una verdadera providencia para Raquel, que todavía no conoce más mundo que su encantadora Belén y apenas Jerusalén y sus cercanías.

Se aproximaba el 25 de abril, día destinado para salir de Belén y marchar en el tren a Alejandría, pasando antes por la capital de Egipto, donde las buenas Religiosas tenían que entretenerse tres días. Para Raquel, el 25 de abril era una fecha fatídica en el verdadero sentido de la palabra: ¡abandonar su amada Belén, que para ella conserva tantos y tan gratos recuerdos!... ¿Quién puede alejarse, sin que sienta partírsele el pecho de angustia, del lugar donde nació, de la tierra que arrulló su cuna, del ambiente que prestó alas a sus primeros suspiros? ¿Quién puede ausentarse, sin que las lágrimas arrasen sus ojos, del hogar dichoso a cuyo abrigo nacieron v se desarrollaron sus más santas y puras ilusiones, de los buenos y sinceros amigos. cuyos corazones latieron al unísono del propio? ¡Ah! el sabio organizador del mundo, Dios Nuestro Señor, ha colocado una fibra especial en lo más íntimo de nuestro ser, que se agita al contacto de cuanto se relaciona con nuestro pueblo.

Sí, el hombre ama con pasión a su pueblo. y lo ama porque en él está comprendido el campo de su actividad, porque sin él no concibe la vida ni entiende el amor: lo ama porque no imagina la propia felicidad sino encerrándola en el marco de la tierra que le vio nacer y del firmamento estrellado que se extiende sobre su cabeza; lo ama porque no sabe representarse la dicha sino en la forma y colorido, para él siempre seductores, del paisaje en que vive, de los ideales en que sueña, de las ocupaciones en que consume sus fuerzas...

¿Quién no comprenderá, pues, la profunda pena de Raquel al tener que abandonar su querida patria? ¿Quién no adivinará la angustia tremenda de esa joven de dieciséis años, a quien las circunstancias le imponen el sacrificio de renunciar a su país, y con su país, tal vez, los más bellos ideales que hasta entonces había acariciado su inocente corazón?

Era el segundo zarpazo de la fiera del dolor, emboscada en el trayecto que ha de recorrer Raquel, la cual apenas podrá dar un paso sin que se lance sobre ella, ora para oprimir su espíritu, ora para despedazar su corazón, ora para condenar su carne a tenaz tormento. Raquel, espíritu delicado, siente con más intensidad y mayor agudeza que otras almas vulgares el tener que dar un adiós, acaso eterno, a su amada Belén; pero al mismo tiempo no olvida que Jesucristo fue el paciente voluntario; recuerda la célebre Semana Santa pasada en Jerusalén, en la que presenció los gemidos, los clamores, las lágrimas de todo un Dios; Contempló a un Dios calumniado, escarnecido, Condenado; le vio clavado en un leño infame; le vio agonizar; le vio morir ...

Por eso, si ante el sacrificio de abandonar su dilecta patria, gime, llora y hasta chorrea sangre su delicado corazón, como gimió, lloró y sudó sangre el Divino Redentor antes de inmolarse en la Cruz, también como Él, que confortado por el ángel e identificada su voluntad con la del Padre, exclamó al acercarse sus enemigos: «Vamos de aquí; ya llega aquel que me ha de entregar», así Raquel, imitando la actitud resuelta del Agonizante de Getsemaní, se abandonó en las manos de la Providencia, y fue a dar su último adiós a cuanto más amaba en Belén.

Adiós, campos de Booz y región de Etam , en vuestros sembrados y bajo la benéfica sombra de vuestros frutales, al recuerdo del idilio de Rut y de los místicos cantares del Rey sabio, mi corazón, ávido de amor infinito, sintió la necesidad de unirse estrechamente a Dios, de vivir en Dios, de perderse en los insondables abismos de la misma Divinidad, como se pierde una gota de agua en la inmensidad del mar...
Adiós, padres queridos; aquí, en la tierra bendita del cementerio, reposan tranquilos vuestros cuerpos y esperan el feliz día de la resurrección para unirse indisolublemente a sus almas y gozar eternamente de Dios; yo os recordaré siempre y en todas partes con gratitud filial, porque, después del Señor, os lo debo todo, la existencia, la educación y hasta el amor que siento a Jesús...

Adiós, Religiosas de San José; vosotras fuisteis más ángeles, tutelares desde los tiernos años de mi infancia; a vuestro lado se deslizaron suavemente mis días sin gustar más que dichas y venturas, y mi corazón se abrió a las santas emociones de la más pura, de la más inocente alegría...

Adiós, Padres Franciscanos de la Custodia de Tierra Santa; vosotros que siempre habéis sido en Belén sol que ilumina, remedio que consuela y alimento que sostiene, habéis tenido para mí delicadezas paternales, particularmente cuando la despiadada guadaña de la muerte segó prematuramente la vida de mis padres...

Adiós, Gruta Santa de la Natividad, donde nació el amor de mis amores, hecho gracioso Niño, de la Virgen María, hace veinte siglos, y donde hace pocos años se hospedó en mi. corazón por primera vez bajo los velos eucarísticos; tú, que recogiste entonces mis ansias, mis suspiros y mis santos propósitos, recoge ahora las copiosas lágrimas que vierten mis ojos...

Adiós, mi Belén querida, «si me olvidare yo de ti quede seca ,mi mano diestra». Adiós, mi Efrata dilecta, «si no me acordare de ti pegada quede al paladar mi lengua»...

Fr. León Villuendas, ofm

Vitalidad de un espíritu

El Martirologio franciscano, de suyo tan rico, ha vibrado al choque de una nueva y gloriosa sacudida. Veintinueve hijos de la Orden Franciscana han merecido el honor de los altares. La sangre fresca de los mártires no ha coagulado aún sobre los campos de China; son hijos de nuestra generación, de nuestros mismos días.

Su martirio es un argumento decisivo en favor de la actualidad de la doctrina y vida franciscanas. Hoy, lo mismo que hace siete siglos, el espíritu inyectado por San Francisco en la primera generación franciscana, circula por las venas de la gran familia seráfica con el mismo calor, con la misma riqueza de celo apostólico que en el momento de la crucifixión del Alberna, donde quiso Cristo transfundir, al vaso frágil de las cinco llagas de San Francisco, su fuego divino con el que vino a prender la tierra en sus incendios celestiales.

No han sido solamente los Frailes Menores —tan dignamente representados por los tres Obispos, cuatro sacerdotes y un hermano lego— los confesores de la fe. También las Franciscanas Misioneras de María, tan franciscanas como misioneras, han ocupado un puesto de honor con su aportación de siete mártires. Y más en número y no menos en fervor, los Terciarios franciscanos: todo un escuadrón de más de trescientos, doce de los cuales han sido solemnemente beatificados, mientras los restantes aguardan la misma suerte.

Es el triunfo de un espíritu, espíritu del Evangelio, como pregona en su pórtico la Regla franciscana. Y es emocionante ver cómo en las cristiandades que esperaban de un día a otro los zarpazos de la persecución, hombres y mujeres pedían insistentemente la admisión en la Orden Tercera franciscana, a fin de adquirir ¦—al contacto con Francisco— el temple de mártires.

Triunfo del espíritu franciscano; triunfo de la tenacidad de unos misioneros que supieron sincronizar, al unísono con el de Jesús, corazones hasta entonces incultos y dañados de los demás crasos errores.
Frailes Menores, Franciscanas Misioneras de María y Terciarios franciscanos mártires: símbolo de la vitalidad del espíritu franciscano en su triple aspecto de apostolado sacerdotal, religioso y seglar.

P. A.

Vida negativa

Es de destacar la gran cantidad de personas que viven a base de «negaciones», escribía recientemente una devota y gentil corresponsal. Y relataba que días atrás habla pedido permiso a su jefe para ausentarse de la oficina para asistir a misa. Después de obtener rápida venia y cuando se disponía a ponerse el sombrero para salir, otra chica comenzó una letanía de denuestos.

—¿Ganas algo con ir a misa? Yo no creo en esas cosas —dijo, y añadió—. Tampoco creo en la confesión, claro está—, y agregó cerca de cinco cosas más en las cuales no creía, por lo que la compañera católica se tornó hacia ella correctamente y le preguntó:

—¿En qué crees entonces?

Confundida, su interlocutora trató de decirle que no sabía.

Nuestra corresponsal sintetiza: «Debe ser terriblemente confuso el regular la vida, en base a un sistema de negaciones.»

De Along the Way (California, EE. UU.)

Limosnas para el colegio Seráfico de Benisa

[Primero da la lista de limosnas recibidas que suman 6.933 ptas. Y luego añade:]

Tenemos la satisfacción de dar a conocer a nuestros lectores la buena aceptación que ha tenido nuestra carta circular anunciando la Organización de Socios Protectores del Colegio Seráfico. El primer volante que llegó anunciando una adhesión fue el de un Prelado de la Iglesia y ex alumno de Benisa, el Sr. Obispo de Teruel. Nos dispensará S. E. demos publicidad a las letras en que da su nombre a la Organización, pues ellas revelan el cariño con que el insigne Prelado recuerda su Colegio.
Dice así:

«Teruel, 3-1-1947.
»M. R. P. Provincial Joaquín Sanchis. — Valencia.

«Muy Rdo. y amado P. en Cristo:

»Al leer que han constituido una Organización de Socios Protectores del Colegio Seráfico para remediar la precaria situación de los colegiales de Benisa, es para mí un deber grato y honroso el formar parte de ella.

«Como franciscano, continuo absolutamente pobre; como Obispo, puedo disponer y administrar mi modesta congrua personal para mis necesidades o las de los pobres, etc. Aunque apenas baste para cubrir las familiares y las de los pobres, que son muchas, no puedo, olvidar ese Colegio Seráfico, cuyo recuerdo lo he llevado siempre grabado en mi corazón con hondo sentimiento de gratitud, y por eso ofrezco el pequeño óbolo anual de 300 pesetas como Socio Protector.

«Suyo afmo. en Cristo,

Fr. León, Obispo de Teruel»

Noticias

Veintinueve franciscanos beatificados

En la basílica de San Pedro, de Roma, se ha celebrado la ceremonia de beatificación de los veintinueve mártires franciscanos sacrificados por los boxers, en la rebelión china que lleva este nombre, en el año 1900.

De los veintinueve mártires, quince eran europeos y los restantes chinos, entre éstos cinco estudiantes.
Treinta Arzobispos y Obispos, en su mayor parte italianos, asistieron a la ceremonia de la beatificación, entre, ellos el Arzobispo de Taiynanfu, Monseñor Domenico Ruca Cafrusi, población en que sufrieron el martirio los beatificados.

Nueva publicación musical

El P. Serafín Gilabert García, franciscano, que por sus anteriores publicaciones musicales religiosas era ya conocido por el mundo musical como compositor y músico de sano criterio, ha publicado recientemente una obra, la Misa Regina Angelorum, a tres voces iguales y coro de tiples ad libitum, con acompañamiento de órgano o armonio, que, según eminentes críticos, le revelan como compositor de profundos conocimientos técnicos y de un gran sentido musical religioso.

Don Noberto Almandoz, director del Conservatorio de Música de Sevilla, compositor y maestro de Capilla de la Catedral, dice de esta publicación: «Esta obra revela las excelentes dotes que Dios ha concedido a su autor para la composición. Está seriamente concebida y con gran pulcritud realizada. Las voces como el órgano, tratados con soltura y elegancia, hacen que el conjunto sea de un efecto grandioso.»
Nuestra más sincera felicitación al P. Serafín Gilabert, que con sus éxitos en el campo del divino arte realza el hábito franciscano.

Nuevas normas para la elección del Papa

Recientemente se han publicado algunas disposiciones tendentes a asegurar la más adecuada elección para la Sede vacante, a fin de evitar que algún electo pueda haberse votado a sí mismo. Se determina también el rigor con que deben ser quemadas las papeletas luego de cada votación, así como todos los escritos y notas que los Cardenales hubieran podido hacer en relación con la misma, a fin de evitar el que, hallados con posteridad, pudieran dar indicios reveladores de cuanto sucediera en el Cónclave. Y se dispone que el número de votos necesarios para resultar elegido sea el de los dos tercios más uno, en lugar de sólo los dos tercios, como hasta ahora venía siendo.

Fr. Juan de Dios SalaFr. Juan de Dios Sala, in memoriam

En Cocentaina (Alicante). — El día 17 del pasado diciembre falleció en el convento de su pueblo natal nuestro Hermano en religión P. Juan de Dios Sala, que fue varios años profesor del Colegio de la Concepción de Onteniente.

Al comunicar aquí tan triste noticia, suplicamos a los lectores una oración por el alma del finado, y mandamos por medio de estas líneas nuestro más sentido pésame a todos sus familiares.